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El mundo, reflexiona finalmente Spencer-Brown, solo puede verse a sí mismo en la medida en que se divide en al menos un estado que ve y otro que es

II. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO: OBSERVACIÓN DE SEGUNDO ORDEN Y SISTEMAS SOCIALES

2.2 LA OBSERVACIÓN DE SEGUNDO ORDEN

En su artículo “On Constructing a Reality”, Heinz von Foerster nos presenta el siguiente experimento:

Sostenga el libro con la mano derecha, cierre el ojo izquierdo, y con el ojo derecho fije la mirada en la estrella de la Figura 1. Mueva el libro lentamente de adelante hacia atrás dentro de la línea de visión, hasta que en una distancia apropiada (alrededor de 12 a 14 pulgadas) el punto negro desaparece. Manteniendo bien fija la mirada en la estrella, el punto debe permanecer invisible incluso si movemos lentamente el libro de manera paralela a sí mismo en cualquier dirección.

Este experimento revela el llamado “punto ciego” (blind spot) de la visión, y se explica por

la inexistencia de células foto-receptoras en el área donde el nervio óptico se une con la retina; pero normalmente pasa desapercibido en razón de que el otro ojo y el cerebro completan la información faltante. Con este ejemplo, von Foerster pretende ilustrar una importante característica de las operaciones cognitivas: no solamente existe un punto ciego, sino que, más importante aún, normalmente no observamos nuestro punto ciego, es

decir, no vemos que no vemos . Esta “deficiencia de segundo orden”, como la llama von

Foerster, solo puede superarse con la cibernética de segundo orden, o la observación de la observación.

Para Luhmann, estas reflexiones, aunque puedan parecer triviales, resultan de máxima importancia en lo que se refiere al estudio de la operación de observación y, en consecuencia, para la teoría del conocimiento . Tomaremos, pues, a este como punto de partida para nuestra exposición.

¿Qué es la observación? O, planteando mejor la pregunta: ¿cómo observa un observador? La respuesta puede darse desde perspectivas biológicas, neurológicas, psicológicas, etc., pero no abordaremos el problema de manera adecuada a no ser que contemos con una teoría lo suficientemente general que nos permita elucidar lo que hace cualquier observador. Esta es precisamente la ventaja que ofrece la teoría de Spencer-Brown: un estudio formal de la observación que puede aplicarse a sistemas de cualquier índole .

A partir de esta teoría, al hablar de observación no deberíamos pensar exclusivamente en procesos de conciencia ni de ningún otro tipo. El concepto se utiliza aquí de un modo

sumamente abstracto, “independientemente del sustrato material, de la infraestructura o del

modo específico de operar que hace posible efectuar las observaciones” . De acuerdo con

la teoría de Spencer-Brown, observar debe definirse, de manera formal, como “una

operación que utiliza una distinción para indicar un lado (y no el otro)” .

Como hemos visto en el capítulo anterior, para Spencer-Brown la distinción establece un límite o borde entre dos lados, de modo que no se puede alcanzar el otro lado sin cruzar el borde. Al mismo tiempo, esta operación indica uno de los dos lados y deja al otro lado

como “no marcado” (unmarked state) . De aquí se deriva el concepto de forma, que es,

precisamente, el resultado de la distinción: el espacio que posee simultáneamente dos lados: un espacio o estado marcado y un espacio o estado no marcado .

Es necesario señalar que, así como la forma consiste en la distinción de dos lados separados por un borde, al mismo tiempo, se distingue a sí misma de todo lo demás. La forma posee su propio espacio no marcado que consiste en todo aquello que está excluido de dicha distinción.

Tomemos como ejemplo la designación o indicación fundamental de la ontología: el “ser” .

Este concepto solo tiene sentido, como cualquier otro concepto, en la medida en que presupone una distinción entre un espacio marcado (al que se denomina “ser”) y un espacio

no marcado (todo lo demás, todo lo que está excluido del ser). Ahora bien, existe la posibilidad de mantener al espacio no marcado como tal (en cuyo caso, la forma debería representarse del siguiente modo: ser ), pero también podemos cruzar el borde y observar desde el otro lado, para lo cual necesitaremos otorgarle una designación: el estado no

marcado se convierte en el concepto de “no ser” y podemos especificar ahora la forma en

términos binarios: ser/no ser.

No obstante, esta forma que especifica ambos lados de la distinción también posee su espacio no marcado, a saber: todo lo que queda fuera de la forma: ser no ser , en otras palabras, cualquier otra distinción posible queda excluida de la forma. No existe, pues, forma que elimine un espacio no marcado excluido de ella misma, ni siquiera una que pretenda ser tan universal y omniabarcadora como la forma básica de la ontología. Cualquier teoría, incluyendo la ontología (e incluyendo, por supuesto, esta teoría de las formas), es un caso de observación, y, por lo tanto, una distinción que jamás puede escapar a las leyes de la forma.

Lo que hemos hecho hasta aquí es establecer las bases puramente formales para cumplir el programa de la cibernética de segundo orden de von Foerster. Observar una observación consiste, como hemos visto, en comprender la distinción que utiliza la observación de

primer orden, lo cual supone dar el paso del “qué” de la observación al “cómo” de la

observación . ¿Cuál es la ventaja de esta perspectiva? El observador de primer orden, mientras opera su observación, nunca puede observar la distinción que utiliza, es necesario que otro observador (o el mismo observador pero en un momento posterior) distinga la distinción que opera cuando el primer observador observa . Así pues, el punto ciego de toda observación es la distinción con la que opera; en otras palabras, lo no observable es el observador mismo . Expresado en la terminología de la lógica tradicional, en una observación, que consiste en distinguir dos lados, la distinción misma, o sea, el observador, es el tercero excluido .

La cuestión es, entonces, lograr la observación del punto ciego de las observaciones, o, tomando prestado un término tradicional de las ciencias humanas, resolver el problema de la latencia. Para el observador de primer orden, la distinción que es condición de posibilidad de su operar permanece latente. La observación de segundo orden, al poseer la

ventaja de orientarse por el “cómo” de la observación, es capaz de observar lo que el observador no puede observar en el instante de su operación. En otras palabras:

La observación de segundo orden no es, en efecto, solamente observación de primer orden. Es más y es menos. Es menos porque sólo observa observadores y nada más. Es más porque no solamente ve (= distingue) su objeto, sino que también ve lo que el objeto ve. y ve cómo vé lo que éste ve, y quizás incluso ve lo que éste no ve, y ve que éste no ve que no ve lo que no ve.

No obstante, la observación de segundo orden no deja de ser, ella misma, una operación de observación, de modo que todo lo que hemos afirmado para la observación de primer orden debe ser válido también para la de segundo orden. Cuando nos encontramos en el plano de la observación de la observación, nos vemos, pues, forzados a aceptar una conclusión autológica: la observación de segundo orden consiste también en una operación que distingue e indica, y no carece, en consecuencia, de su punto ciego.

Debemos concluir que el punto ciego de la observación es una condición ineludible de toda cognición (ni siquiera una teoría de la observación de segundo orden, como esta, puede

escapar de ello), y nos obliga a renunciar a cualquier pretensión de asegurar un punto de

observación privilegiado para el conocimiento: “La observación de segundo orden no

otorga como reiteración de la observación ninguna visión mejor, y ni qué decir de un

conocimiento mejor fundamentado o más seguro” . Sin embargo, sigue siendo verdad que la observación de segundo orden es la única que permite la observación de los puntos ciegos o latencias, algo que no se concibe en el nivel de las observaciones de primer orden.

Su lema no podría ser “yo lo veo todo” (pues es ciega acerca de sí misma), pero sí: “yo veo lo que tú no ves”.

Otro aspecto en que las ventajas de la observación de segundo orden se hacen evidentes está en el tratamiento de las paradojas. Si entendemos a la observación en términos de distinción, podemos ver claramente que toda observación implica una paradoja: la unidad de la distinción. Con este término nos referimos a que toda forma, en tanto establece un borde para indicar un lado (y no el otro), depende de que el otro lado esté dado

simultáneamente: “Cada lado de la forma es por tanto el otro lado del otro lado. Ningún lado es algo en sí mismo. Se actualiza solo por el hecho de que se señala ese lado y no el

otro” . De este modo, el espacio no marcado, por definición, excluido de la forma, debe

estar, al mismo tiempo, incluido en la forma.

A partir de aquí, la observación del punto ciego de las observaciones también puede entenderse en términos de paradojización y desparadojización. El observador de segundo orden es capaz de observar cómo el observador maneja su paradoja, cómo desparadojiza la paradoja de la observación, o, en otras palabras, cómo hace invisible la paradoja. El

mecanismo más importante de desparadojización son las preguntas “qué”; en este ámbito,

el problema de la paradoja ni siquiera aparece: los objetos que se observan son lo que son,

o no son. Solo al observador de segundo orden, que se pregunta acerca del “cómo” de la

observación, se le hace visible la paradoja de la unidad de la distinción . De allí que la observación de segundo orden no pueda excluir a la paradoja de su teoría; al contrario, el despliegue de la paradoja, la paradojización, constituye un aspecto fundamental de su propia operación, y observa, además, que así como el punto ciego es una característica ineludible de toda observación, también lo es la paradoja.