El poeta surafricano Stephen Watson (1995: xii) ha escrito que el genocidio de los bosquimanos es «el episodio peor documentado y también el más vergonzoso de toda la historia de Suráfrica». Sus orígenes se remontan a la fundación del asentamiento de El Cabo de Buena Esperanza en 1652 por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC, en sus siglas neerlandesas). No mucho después de la creación del asentamiento se iniciaron las tensiones con los habitantes originarios de la zona, primero con los pastores khoikhoi y después con los cazadores y recolectores bosquimanos.
Lo que empezó por ser un mero puesto de aprovisionamiento para los buques de la Compañía acabó por convertirse en una colonia en toda regla. Los
primeros colonos eran, sobre todo, agricultores (de ahí el nombre boer, que significa
granjero en neerlandés), y vivían en los alrededores del asentamiento, bajo el férreo control de la VOC. La política de hechos consumados y el afán de riquezas de algunos de estos granjeros propiciaron que ya a lo largo de las primeras décadas del
siglo XVIII muchos colonos empezaran a desplazarse hacia el norte, más allá de las
fronteras oficiales del asentamiento Una vez allí, tuvieron que adaptarse a las condiciones del terreno, que favorecían sobre todo el pastoreo. Surgieron así los
trekboers, ganaderos itinerantes, que contra viento y marea fueron ocupando, a costa
de los indígenas, el interior de la colonia de El Cabo. Los trekboers huían de la
muchas oportunidades de empleo) y de los intentos de la VOC de controlar sus movimientos, sus actividades comerciales y, sobre todo a partir de la segunda (y definitiva) ocupación británica, en 1806, su cuestionable forma de tratar a los indígenas. Sus primeros conflictos fueron con los pastores khoikhoi, que también practicaban la ganadería itinerante, y a los que gradualmente desposeyeron de su ganado y redujeron a la servidumbre. Sin embargo, a medida que se iban adentrando en territorios más áridos situados al norte de la colonia, se las tuvieron que ver cada vez más con los cazadores y recolectores bosquimanos que durante milenios habían logrado sobrevivir satisfactoriamente en aquel semidesierto. Y si los khoi, merced a su condición de pastores y a su mayor número, salieron, en comparación, mejor parados que los bosquimanos, éstos, que carecían de la menor utilidad para los invasores, terminaron por ser considerados como una molesta plaga que debía ser erradicada.
Como ha escrito el historiador Frank Welsh:
Cuanto más se alejaban de El Cabo, más primitiva se volvía la existencia de
los trekboers. Sin maestros ni ministros, sin más libros que la Biblia –y, en
cualquier caso, muchos eran casi analfabetos–, la vida se centraba en torno
al ganado y los conflictos. Hacia finales del siglo XVIII, muchos de los
granjeros de la frontera representaban la tercera generación de quienes habían vivido en los límites mismos de la subsistencia […] La mano de obra la proporcionaban los khoikhoi y sus descendientes, que Dios había proporcionado para servir y atender al hombre blanco sin más pago que la comida y una pequeña parte del ganado. (Welsh 2000: 77-78)
Los trekboers vivían en comunidades patriarcales autosuficientes, lejos de
todo control por parte del Estado. Calvinistas acérrimos, se veían a sí mismos como elegidos de Dios en medio del desierto, cuyo destino, trazado por la propia
divinidad, era gobernar aquella tierra y a los nativos que la ocupaban. Consecuentes con su visión del mundo, los varones bóers hacían con sus familias, su ganado y sus siervos nativos lo que creían más conveniente, dando lugar a frecuentes episodios de brutalidad y de pura barbarie. La larga y compleja historia de la expansión europea hacia otros continentes está salpicada de grupos de este tipo, a los que el aislamiento, las limitaciones culturales, el fanatismo religioso y la sed insaciable de tierras y riquezas convirtió en verdaderas «bestias humanas». Pocos de estos grupos, sin embargo, cayeron en un estado tal de degradación como el de una
buena parte de estos trekboers. Allí donde los bosquimanos habían desarrollado
complejos mecanismos sociales para compartir sus recursos y evitar los conflictos cruentos, los colonos, con la Biblia en una mano y el mosquete en la otra, se apropiaban a la fuerza de las fuentes de agua de los territorios que invadían, y eliminaban sistemáticamente a los antílopes que competían con su ganado por los pastos. Esto no podía ser tolerado por los bosquimanos, que dependían del agua y de los antílopes para su supervivencia. Aunque eran conscientes de la inferioridad de su tecnología frente a las armas de fuego de los invasores, llegaba un momento en que el hambre y la desesperación impulsaban a los cazadores a atacar las granjas de los bóers con el fin de apoderarse del mayor número posible de cabezas de ganado, que eran inmediatamente consumidas. La respuesta de los colonos era fulminante y brutal. Muy pronto llegaron éstos a la convicción de que quienes no querían someterse a sus designios debían, lógicamente, ser eliminados.
Según el historiador Nigel Penn, autor del estudio más importante sobre la
expansión de la colonia de El Cabo en el siglo XVIII, para los observadores
los san [bosquimanos] parecían carecer de bienes, estructuras políticas, religión, casas, cultura, decencia y hasta de un lenguaje inteligible. También físicamente se alejaban más de los patrones europeos que cualquier otro pueblo que los holandeses se hubieran encontrado. Conscientes de los logros de su propia nación, e imbuidos de un sentimiento de superioridad bajo la guía de Dios, no puede sorprendernos que los colonos imaginaran a los san como seres totalmente «otros». (Penn 2005: 123)
Según Penn, esta actitud cristalizó sobre todo en los años de 1770 y 1780, en que, en determinadas zonas, el avance de los bóer se encontró con una enconada resistencia por parte de la población khoi y bosquimana. «La violencia que lo impregnaba todo –escribe Penn–, el odio y el desprecio a la forma de vida de los
san [bosquimanos] y un ethos de trabajo forzado, animaron a los granjeros blancos a
tratar a todos los no blancos que no participaban con ellos en los comandos como
enemigos o siervos potenciales» (Penn 2005: 137).xxxix
En este pasaje, Penn menciona la herramienta concebida por los bóers para combatir la obstinada resistencia bosquimana: el comando armado. Esta institución
empieza a fraguarse en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando los colonos de
la región fronteriza de El Cabo «se dieron cuenta de que necesitaban algún tipo de organización militar para conquistar y someter la mano de obra, los territorios y el ganado que precisaban» (Penn 1996: 83).
Los primeros comandos se organizaron como represalia por actos concretos de pillaje. En 1774, sin embargo, las autoridades organizaron el llamado «Comando General», que tenía órdenes de aniquilar o apresar a aquellos bosquimanos que
xxxix
Para un estudio en profundidad de la violencia que caracterizaba la relación entre granjeros blancos y criados khoi y bosquimanos en las zonas fronterizas, y sus causas, véase el estudio de Susan Newton-King (1999). Aunque se centra en la frontera oriental de la colonia de El Cabo en el siglo XVIII, buena parte de lo que dice es válido también para la frontera norte. Véase también Szalay 1999.
ofrecieran resistencia. Sin sufrir baja alguna, las tres alas de este comando dieron muerte a 450 bosquimanos y apresaron a otros 289 (Penn 2005: 112-119). El siguiente extracto del diario de Adriaan van Jaarsveld, que en 1775, un año después del Comando General, dirigió un expedición similar contra los bosquimanos del Sneeuberg, bastará para dar una idea del funcionamiento de estos grupos armados. Al comienzo del extracto Jaarsveld está en un lugar del Sneeuberg llamado Carolus Poort:
16 [de agosto de 1775]. Mandamos 18 espías en dos grupos, cada uno de seis miembros; también hicimos prisioneros a dos guías bosquimanos, que habían venido a espiar nuestro campamento. Les preguntamos, mediante un intérprete, dónde estaban su capitán [jefe] y su gente, a lo que nos dijeron que estaban en el susodicho Roode Bergen […] Además nos prometieron llevarnos hasta los ladrones; guiado por esta promesa, aquella noche mandé con ellos a un grupo de mis hombres, ordenándoles que volvieran esa misma noche. Poco después de su partida regresaron algunos
de los espías, diciendo que habían encontrado un kraal [campamento] en
una vertiente del Roode Bergen, a cosa de una hora y media de camino en dirección norte, visto lo cual marché esa noche con mis hombres hacia el
kraal señalado por los susodichos espías.
17 [de agosto de 1775]. Al alba, rodeamos el kraal y cuando el día nos favoreció con más luz, disparamos sobre él, y no escapó ni uno solo de los ladrones, sino que quince cayeron allí mismo, y tomamos a ocho pequeños. […]
18 [de agosto de 1775]. Regresé con mis hombres al susodicho Carolus Poort, donde me esperaban los hombres que había enviado el 16 de agosto. Declararon que habían sido de todo punto engañados por los dos espías bosquimanos. Finalmente llegó el segundo grupo de espías, tras haber
pero los ladrones habían escapado de él, gracias a que los dos falsos guías habían tenido a los hombres que los acompañaban dando vueltas de un
lado a otro en torno al kraal, para, con sus huellas, avisar a sus compañeros
de la presencia del comando. Al saber esto, envié a otros siete espías junto a los dos tramposos, pero les advertí muy seriamente, por medio del intérprete, de que si nos engañaban por segunda vez sería su muerte segura, pero que si nos llevaban al escondite de los fugitivos, quedarían con vida, ante lo cual prometieron indicar sin falta el escondite de los fugitivos. Después los dejé partir, pero transcurrida apenas una hora los dos embusteros se tiraron al suelo; nuestros espías les ordenaron que se levantasen, pero ellos yacían como muertos, sin responder. Los espías intentaron entonces obligarlos a golpes a que se levantaran, pero ellos se seguían haciendo los muertos; y al ver que no había forma de obligar a aquellos dos embusteros a moverse de ese sitio, y que nada más iban a delatar, nuestros espías los mataron allí mismo. Abandonaron los cuerpos y, tras encontrar el rastro de los fugitivos, nuestros espías siguieron las huellas hasta encontrarlos en una cueva del Roode Bergen; entonces regresaron para informarnos, y yo me encaminé esa noche hacia sus cuevas con el comando.
19 [de agosto de 1775]. Por la mañana disparamos sobre ellos, en las cuevas, de modo que ni uno solo escapó. Al contar los muertos, encontramos 44, y tomamos a 7 pequeños, quienes nos dijeron que entre los muertos había un capitán, aunque no el principal capitán que gobernaba
todo el río Hipopótamo. (Informe del veldkorporaal Adriaan van Jaarsveld,
en Moodie 1960 [1838-1841]: Part III, 45)
A pesar de su brutalidad, el comando de van Jaarsveld, y otros enviados con posterioridad, contaban con el visto bueno de la VOC, que limitaba su radio de acción e insistía en que se respetaran ciertas reglas. Este es el motivo por el que contamos con documentos como el que acabo de citar. Sin embargo, a medida que la frontera avanzaba hacia el norte estas incursiones armadas fueron escapando
cada vez más al control gubernamental, y terminaron por convertirse en verdaderas batidas de caza cuyo objetivo no era otro que el de acabar con cualquier bosquimano que se cruzara en su camino. No es de extrañar, por tanto, que rara vez se hicieran prisioneros, y que, en la medida en que los había, los prisioneros fuesen sobre todo mujeres y niños que habían sobrevivido a las matanzas. De hecho, los fines, la siniestra eficacia y la cuidadosa planificación de estos comandos
recuerdan enormemente a los Einsatzgruppen que, a partir de 1941, en la estela del
avance alemán, se dedicaron a erradicar in situ a las comunidades judías de la
Europa oriental.
En ocasiones aisladas, algunos granjeros de la zona fronteriza habían intentado por su cuenta establecer relaciones amistosas con los bosquimanos, generalmente con resultados poco prometedores. En 1798, tres años después de que los británicos se hicieran por primera vez con el control de la colonia de El Cabo, esta actitud conciliadora se convirtió en la política oficial, y se intentó también establecer misiones religiosas entre los bosquimanos. La falta de control efectivo de las zonas más alejadas por parte del Gobierno, la actitud decididamente genocida de los bóers y los baster (resultado del mestizaje de los khoikhoi y los europeos), y las peculiaridades de la forma de vida y organización social de los
bosquimanos dieron al traste con esta iniciativa.xl
El resultado del desarrollo y perfección del sistema de comandos fue que, entre 1770 y 1800, los bosquimanos sufrieron tremendas pérdidas, y en muchas zonas su resistencia quedó totalmente aplastada, bien por el exterminio total de su
xl
Sobre la política de apaciguamiento hacia los bosquimanos a finales del siglo XVIII y principios del XIX, véase Penn 2005: 221-236 y Penn 2007: 90-92.
población, bien por su asimilación en la población de mestizos o su reducción a la
condición de siervos en las granjas de los bóers o los baster.xli
A pesar de esta situación, todavía en la primera mitad del siglo XIX los
bosquimanos /xam que vivían al sur del río Orange, en la zona al este de Namaqualand conocida entonces como Bushmanland, habían logrado mantener su forma tradicional de vida en relativa paz. Esto se explica porque la extrema aridez de esa zona hacía que su interés para los colonos fuera mínimo. El influjo de
granjeros baster hacia esa región empezó, probablemente, muy temprano. xlii Se
trataba de grupos que intentaban huir de la opresión que sufrían más al sur a manos de los bóers, que muy pronto se apropiaron de los mejores pastizales, y desposeyeron a los khoi y los basters de su ganado. Según J. S. Marais, ya al
principio del siglo XIX los bóers cazaban en Bushmanland, y terminaron por
adentrarse en el territorio con su ganado aquellos años en que «los pastos de sus ranchos (si es que los tenían), no eran buenos» (Marais 1962 [1939]: 26). Marais dice que los bóers encontraron allí instalados a los basters, y que algunos pasaron a trabajar para ellos. Pero fue sobre todo a partir de 1847 cuando las cosas comenzaron a cambiar de forma drástica. En diciembre de ese año, el gobernador
xli
Véase el estudio de Szalay sobre esta cuestión (1995). Szalay llega a la insostenible conclusión de que el exterminio de los bosquimanos de la colonia de El Cabo es un «cliché», ya que, según él, «la mayor parte fue asimilada a la colonia como mano de obra». Como prueba de que su conclusión se basa en un análisis, cuanto menos, incompleto de las fuentes primarias, basta ver el uso superficial que hace de los documentos relacionados con la misión de Louis Anthing.
xlii
Según Nigel Penn (2005: 164), el influjo de basters «al principio hacia Namaqualand, pero más tarde hacia Bushmanland y el río Orange», huyendo de la opresión que sufrían en las zonas ya ocupadas por los bóers, empieza ya en la década de 1770. Asimismo, Penn documenta con detalle cómo ya en las últimas décadas del siglo XVIII algunos de los colonos establecidos en las zonas más septentrionales de la Colonia, desoyendo las órdenes de la Compañía, hacían frecuentes viajes a la zona del río Orange, e incluso más allá, generalmente en busca de pastos, marfil, o comunidades nama de las que adquirir ganado. Sin embargo, muchas de estas
expediciones eran en realidad despiadadas incursiones de pillaje, lo que dio lugar a que las zonas al norte y al oeste de Bushmanland se vieran dominadas por la violencia y la inseguridad, más de medio siglo antes de que los territorios que quedaban inmediatamente al sur del Orange fuesen oficialmente anexionados a la colonia (Penn 2005: 170-217). –Ed.
Sir Harry Smith anexionó formalmente a la colonia de El Cabo el territorio entre los ríos Sak y Orange, que fue declarado zona comunal de pastos, con iguales derechos para los granjeros europeos, khoi y baster. Como señala lacónicamente Nigel Penn, «los derechos de los san [bosquimanos] no fueron tenidos en cuenta» (Penn 2005: 286). Poco antes de la anexión, la introducción en el Karoo de las ovejas merinas, capaces de adaptarse a aquel duro entorno, había aumentado considerablemente el potencial de Bushmanland para la explotación ganadera y, por tanto, para la colonización permanente (Deacon 1996a: 14). Desde ese momento, la afluencia masiva de granjeros europeos y mestizos dio un vuelco a la situación, y lo que ya había sucedido en otras zonas de la colonia comenzó a tener lugar en Bushmanland. Si tenemos informaciones detalladas sobre el genocidio perpetrado
en esa parte del mundo en la segunda mitad del siglo XIX, es gracias a los esfuerzos
de un hombre excepcional, el magistrado y comisionado Louis Anthing, cuyas cartas e informes al gobierno colonial hacen que el extermino de los /xam sea, posiblemente, el primer caso de genocidio sistemático del que tenemos datos
fiables y pormenorizados.xliii
xliii
Louis Anthing está ausente de todos los diccionarios biográficos surafricanos. En estos momentos estoy trabajando en la transcripción y edición de los documentos relacionados con su misión, dentro de un proyecto en colaboración con Pippa Skotnes que aspira a rehabilitar la figura de Anthing y conseguir que se reconozca su papel como pionero en la defensa de los derechos humanos de las poblaciones indígenas. Dentro de esa investigación, estoy intentado reconstruir en la medida de lo posible su biografía. Lo que sigue es un brevísimo resumen de lo que he podido averiguar hasta ahora. Por motivos de espacio, no doy las fuentes de cada dato. Louis Karel Anthony Anthing nació hacia 1824, muy probablemente en Maastrich, al sur de los Países Bajos. Su padre, Johann Philipp Anthing (1792-1833) pertenecía a una familia del estado alemán de Saxe-Gotha, que entonces tenía muchos vínculos con Alemania. En 1815 el padre de Johann Philipp, el teniente-general C. H. W. Anthing (1767-1823, el abuelo paterno de Louis), fue nombrado vicegobernador y comandante militar de Batavia, la actual Jakarta, que entonces era una colonia neerlandesa. En 1816, cuando iba con su padre camino de Batavia, Johann Philipp contrajo matrimonio en Ciudad del Cabo con Charlotte Johanna Gottliebe Liesching, hija de un médico alemán afincado desde años en El Cabo. En 1818, Johann Philipp llevó a su familia a El Cabo (donde nació su segundo hijo Frederik Lodewijk, 1819-1883), y poco después regresó a Europa. Sólo en 1838, cinco años después de la muerte de su marido, Charlotte Johanna Gottliebe regresó a Ciudad del Cabo, donde parece claro que no gozaba de una gran holgura económica, si bien una de sus hijas, Dorothea Wilhelmine Christine (1826-1893) se casó en 1851 con un miembro de la importante familia Hiddingh. Louis obtuvo su primer empleo en
El 13 de septiembre de 1861, Anthing escribió al entonces Fiscal General de la Colonia de El Cabo, William Porter, informándole de que al interrogar a un bosquimano llamado Jakob Fluik, al que se acusaba de asesinato, este le había hablado de matanzas indiscriminadas contra los suyos, perpetradas por granjeros bóer y baster a partir de la anexión del territorio a la colonia en 1847. Ya en su carta al fiscal, el magistrado hace gala de unos sentimientos hacia las víctimas que no son
los habituales en un funcionario colonial británico del siglo XIX:
Afirmar como hacen los colonos de la frontera que es imposible ejercer