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OPCIÓN FUNDAMENTAL Y ELECCIONES CONCRETAS

In document ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA (página 194-197)

OPERACIONES VITALES Y REINOS DE LOS VIVIENTES

Definición 25: La elección es el acto con el cual el hombre, deseando mediante la voluntad

5.3. Naturaleza y límites del acto libre

5.3.2. OPCIÓN FUNDAMENTAL Y ELECCIONES CONCRETAS

Como hemos vista, existe una estrecha relación entre la definición de lo que es para cada uno el valor fundamental o ―bien supremo‖ que desea y busca para realizar el fin natural de la voluntad, es decir, la ―perfecta felicidad,‖ y las elecciones que hace libremente de objetos y fines particulares para conseguir, mediante actos concretos, el bien supremo mismo. La definición del valor fundamental y, por lo tanto, su elección por parte del individuo, orientará a este valor todo el deseo de felicidad de la propia voluntad, condicionará, por lo tanto, en concreto, existencialmente, la libertad de elección del individuo mismo.

Siguiendo una terminología ya establecida en la filosofía y teología moral contemporáneas, pero con un significado diverso del neo-kantiano que con frecuencia se le da, definiremos este acto del intelecto y de la voluntad mediante el cual cada hombre define el valor fundamental o ―bien supremo‖ de la propia vida, opción fundamental.

En síntesis, cuanto a lo que se ha dicho hasta ahora, por su capacidad de orientar, ―de dar un sentido a‖ toda la vida de un individuo y a su capacidad efectiva de libre elección, la opción fundamental se convierte en un decidirse a sí mismo por parte del individuo. En efecto, en base al valor fundamental elegido, el individuo será de un modo o de otro, será religioso o no- religioso, abierto a los demás o egoísta, generoso o avaro, realizado o fracasado, etc.

De aquí el problema: la moralidad ―buena‖ o ―mala‖ de un singular acto libre particular mediante el cual se decide respecto a alcanzar un bien particular, ¿se juzga sólo respecto a la opción fundamental o también respeto al singular acto en sí mismo? En otras palabras, ¿qué es lo que hace ―bueno‖ o ―malo‖ un acto singular, concreto de un hombre: el ―valor fundamental‖ respecto al cual tal acto últimamente se orienta o el ―valor particular,‖ el bien concreto que, de hecho, en concreto se desea realizar con ese acto, como el efecto de aquella acción?

El problema es de fundamental importancia: en efecto, si la moralidad de los actos de una persona, es decir, su ser actos ―humanos‖ buenos o malos, dependiera únicamente del fin fundamental que se desea alcanzar en la existencia, pero que directamente no es causa inmediata de aquel acto, entonces cualquier acto podría ser realizado siempre que su efecto sea funcional a alcanzar el fin último. Es decir, no existirían actos singulares moralmente ―buenos‖ o ―malos,‖ todo sería ―bueno‖ si el fin último buscado a través de estos actos es ―bueno,‖ o todo sería malo si el fin último buscado es ―malo.‖

Es claro que tal planteamiento, que es el de algunos moralistas que mantienen la teoría de la opción fundamental (y mucho más frecuentemente de algunas vulgarizaciones cómodas de

195 aquella teoría), no es admisible. En efecto, el acto se convierte en ―bueno‖ o ―malo‖ por el fin que inmediatamente o directamente busca, no por el ―fin último‖ hacia el que es orientado. Así, por una parte es cierto que lo que puede ser ―bueno‖ o ―malo‖ es solamente el ―fin,‖ el ―objeto‖ que se busca alcanzar mediante un acto o una serie de actos, de modo que los actos se hacen ―buenos‖ o ―malos‖ relativamente a los fines deseados por el intelecto y la voluntad del individuo. Para decirla evangélicamente, es ―del corazón‖ que nacen las intenciones ―buenas‖ o ―malas,‖ no de las acciones tomadas como tales. Por ejemplo, un trabajo finalizado a incrementar la riqueza para el honesto sustento de la persona es bueno, diversamente de uno finalizado a incrementar la riqueza por el sólo placer desmedido de poseer. Donde es objetivo ―bueno,‖ como se ve, todo lo que es efectivamente en función de la realización y perfección del individuo en todas los componentes de su naturaleza, personal, social, religiosa, cultural, etc. Mientras es objetivo ―malo‖ todo lo que priva al hombre de uno de estos bienes: el mal, metafísicamente, es siempre una privatio boni, es siempre un no-ser, tanto cuanto el bien, como sabemos, es proporcional a una perfección en el ser.

Por otra lado, no obstante, existen actos que causando como su efecto directo un objetivo intrínsecamente ―malo‖ porque en sí contrario al verdadero fin último del hombre, no pueden jamás convertirse en ―buenos‖ porque el individuo los finaliza a alcanzar objetivos ―buenos.‖ Por ejemplo, matar a un inocente no es, ni puede ser jamás considerado un acto ―bueno,‖ como tampoco cometer adulterio, y, en general, todos aquellos actos que violan algún principio de la ley natural. Al máximo, se podría discutir la no-responsabilidad y/o la no-imputabilidad moral (no se está hablando aquí de responsabilidad e imputabilidad jurídicas, que son otra cosa: un acto moralmente malo sigue siendo tal incluso si las leyes de un país lo permiten jurídicamente) de aquel acto, en la medida en la cual el sujeto no era consciente del efecto del acto mismo o de su inmoralidad, o en la medida que no era completamente libre al realizarlo. Jamás, sin embargo, un acto ―malo,‖ porque el objetivo que busca directamente es en sí ―malo,‖ puede convertirse en ―bueno‖ en vista de algún fin ulterior tal vez ―bueno.‖ Por ejemplo, la ―defensa legítima‖ o la ―defensa de la patria,‖ si bien justifica repeler al agresor con medios proporcionados, no hace de la violencia o del matar un ―bien‖ que buscar o desear. La libertad, la ―humanidad‖ y, por lo tanto, la ―moralidad‖ del acto en este caso se refiere a preservar la propia vida y/o la de los demás. En este sentido, el ―heroísmo‖ del que en una situación de legítima defensa elige más bien dejarse matar que matar, o del que sacrifica la propia vida para salvar la de otro, son acciones que exaltan la dignidad de los que las realizan, porque hacen evidente la eminencia de su libertad como capacidad de autodeterminación al fin último, capaz de vencer toda necesidad o coacción externa, incluso aquella extrema de la propia muerte.

En todo caso, es evidente que el fin de orden más alto que se busca no hace ―bueno‖ al fin malo procurado como efecto inmediato de una acción y, por lo tanto, mucho menos, a la acción misma que procura el mal directamente. Los fines ―buenos‖ se procuran con medios ―buenos,‖ o, al menos, ―no intrínsecamente malos.‖ El principio de la moral utilitarista del ―fin justifica los medios‖ es inaceptable como tal. Con mayor razón, una ―opción fundamental‖ ―buena‖ o ―mala‖ no determina la ―bondad‖ o ―maldad‖ de todas las demás opciones o elecciones concretas que derivan de ella. De otro modo, sería imposible realizar acciones malas para uno que ha orientado toda su vida hacia un fin ―bueno,‖ como, también, hacer acciones ―buenas‖ para uno que ha orientado toda su vida a un fin ―malo.‖ Y esto es ridículo antes que falso.

196 De lo dicho emerge el límite de un cierto planteamiento de la libertad de tipo neo-kantiano, que se ha desarrollado sobretodo en la filosofía y de la teología moral de ciertos ambientes católicos en este siglo. Según este planteamiento, toda la moralidad del individuo está ligada a su opción (elección) fundamental. Este planteamiento choca con la perspectiva que Tomás describe como consciente y refleja definición por parte de cada uno del valor fundamental o sumo bien respeto al cual orientar toda la propia existencia y, por lo tanto, como un decidirse a sí mismo a través de un juicio y una elección de valor determinada y consciente. Al contrario, en esta teoría, la opción fundamental se caracteriza como una elección ―irrefleja‖ ―trascendental‖ o ―atemática‖ ( = no expresada mediante un juicio), de la cual los acto concretos serían la simple expresión ―temática‖ o ―categorial‖ que nunca alcanzan a definir la moralidad ―buena‖ o ―mala‖ de un acto. En efecto, siguiendo evidentemente la doctrina kantiana arriba recordada, que hace de l voluntad una facultad genérica no-intencional de desear, comparable a una de las tantas causas naturales que determinan el comportamiento del hombre, se llega a definir como moralmente ―lícito‖ o ―ilícito‖ un acto concreto, simplemente en base al determinarse de las circunstancias, separando, por lo tanto, absurdamente, la moralidad fundamental de la persona de los actos que ella efectivamente realiza. Antropológicamente, esta limitación de la persona a una indefinida moralidad ―trascendental‖ que la priva de su inalienable derecho-deber de ser hombre y persona ante todo como sujeto consciente y protagonista ( = causa eficiente) de los propios singulares actos específicos (actos ―categoriales‖ dirían estos moralistas), es absolutamente inaceptable porque alienante.

La moralidad de las personas en una situación de vida como la de nuestras sociedades, ciertamente más compleja y condicionante que la del pasado, no es ayudada deresponsabilizándola respecto a los propios actos y por lo tanto contribuyendo – ¡en nombre de la moral además! – a su alienación. Por un lado, la alternativa a este planteamiento no es la de un moralismo legalista que, de nuevo, caiga en el mismo error del precedente planteamiento, porque, en el fondo, no hace más que añadir condicionamiento a condicionamiento, de hecho, inhibiendo la capacidad de autodeterminación de las personas. La moralidad de las personas se ayuda educando su conciencia moral para conocer la ―bondad‖ de ciertos valores y la relación intrínseca de coherencia y, por lo tanto, de necesidad que existe entre ellos y ciertos comportamientos y actos concretos, esenciales para realizar esos valores. Es, en efecto, precisamente esta relación de necesidad que existe entre un objetivo y los comportamientos para procurarlo lo que constituye la obligatoriedad de la norma moral. Lo que hoy generalmente se rechaza, en efecto, no es la obligatoriedad de la norma moral, sino el planteamiento legalista de la misma. Es decir, aquel modo anormal de educar consciencias que, no explicando el vínculo de coherencia que existe entre ciertos comportamiento y los objetivos que se busca alcanzar, pretende que las personas sigan estos comportamientos simplemente por la autoridad de quien las propone, o – peor, porque obviamente, la autoridad moral es un valor cuando se maneja correctamente – por acostumbramiento pasivo. Un planteamiento éste que, si fue tolerable en tiempos de difusa ignorancia y de subdesarrollo intelectual de las masas, hoy produce sólo rebelión y caída de nivel moral de un número creciente de personas y de grupos.

Así, hoy es más que nunca evidente que la moralidad de las personas es ayudada educando su inteligencia a comprender la bondad y la belleza de los valores y, a la vez, la necesidad de realizar ciertos actos buenos para alcanzarlos, de modo que se brinde a las persona mismas la fuerza moral para realizarlos. En una palabra, se trata de reforzar el deseo de las personas hacia

197 los verdaderos valores, dejando que tales objetos, precisamente porque entendidos, ejerciten sobre ellos todo su natural poder atractivo, dándoles la fuerza de realizar aquellos actos, frecuentemente no fáciles, necesarios para alcanzarlos. El ―bien es difusivo de sí‖ (bonum

diffusivum sui), decía Tomás y toda la filosofía escolástica.

He aquí la gran responsabilidad de educadores y operadores de comunicación social para que le dejen al ―bien‖ la capacidad de difundirse, no con una tediosa moral de buenos sentimientos o con la repetición obsesiva de los deberes de las normas comportamentales, sino esforzándose para presentar de la manera más convencida y adecuada posible los verdaderos valores con los sacrificios que razonablemente es necesario imponerse para no dejar que estos valores se queden sólo como alienados y alienantes deseos de bien. En una palabra, si es verdad que ―moral‖ es sinónimo de ―humano,‖ para educar en la verdadera moralidad es necesario hoy más que nunca ―apostar en favor del hombre‖ y en particular de los hombres de ―buena voluntad‖ brindando toda ayuda para que se desarrolle en cada uno de ellos toda la grandeza y la belleza del heroísmo de la responsabilidad, como la más auténtica exaltación del hombre y de su realización, según los deseos más profundos, auténticos y profundos de su naturaleza.

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