perfección trascendental del acto de ser de determinados entes físicos y espirituales y es, al sumo grado, característica del Acto Puro que es Dios mismo, ―el Viviente‖ por excelencia. El acto de vivir, como acto de ser propio de los vivientes, define a los vivientes mismos como aquellos entes (físicos o espirituales) capaces por esencia de determinar a diversos niveles el propio
comportamiento. Esta capacidad de autodeterminación parcial (en los vivientes sub-humanos) o
total (en el hombre y en las substancias espirituales) del propio comportamiento, hasta llegar a la perfección absoluta del ―vivir‖ en Dios (Acto Puro en quien ser, esencia y operaciones se identifican) es lo que Platón y Aristóteles entendían cuando definían al viviente como aquel ente capaz de mover se.
En otros términos, dejando por el momento la consideración de la Vida en Dios, que aquí no es el tema, los vivientes son aquellas substancias físicas o espirituales que manifiestan un intrínseco
finalismo en las propias acciones, porque son capaces de modificar el propio comportamiento en
vista de satisfacer determinados fines que poseen por naturaleza, sea que estos fines sean conscientemente conocidos y, por lo tanto, conscientemente modificables (en el hombre y/o en las substancias espirituales), sea que no sean conscientemente conocidos y, por lo tanto, sean no- modificables (en todos los vivientes subhumanos).
Los dos fines que en general son comunes a todos los vivientes dotados de cuerpo, humanos y sub-humanos, son los de la supervivencia y de la reproducción. En la práctica, estos dos fines sintetizan el fin único de la continuidad genética de la especie mediante la sucesión de la generación de los individuos. En el reino de los vivientes sub-humanos, estos dos fines ocupan el lugar más alto de la jerarquía de fines naturales del viviente y a ellos subordinan fines intermedios con funciones instrumentales en relación a las dos fundamentales (e.g., en el reino animal, fines instrumentales son los instintos del hambre, de la unión sexual, de la agresividad, etc.). Estos fines intermedios en los animales más complejos (―perfectos‖) también sub-humanos,
74 pueden cambiar de lugar en su jerarquía,72 con el fin de satisfacer los dos mayores, si bien en los vivientes sub-humanos esto se dé sin consciencia de los fines mismos ( = distinción entre instinto y objetivo). Por ejemplo, en la escala jerárquica de los fines del animal, el miedo del fuego es normalmente un instinto más alto que el de comer en función de la supervivencia. Pero, precisamente porque ambos están subordinados al fin superior de la supervivencia, un animal muy hambriento puede vencer el miedo del fuego, si bien sin ser ni consciente ni libre respecto al uno ni al otro. Sobre la posibilidad de hacer heteroárquico (i.e., dar otro orden a) el ordenamiento de los fines intermedios del animal se fundan, obviamente, todas las técnicas de adiestramiento de los animales por parte del hombre.
En el hombre, en cambio, a esta capacidad de cambiar inconscientemente el ordenamiento de los
fines, se añade también la capacidad de ser conciente de los fines naturales (instintivos) del propio comportamiento y, por lo tanto, la libertad respecto a estos fines. Es decir, lo que caracteriza al hombre es la capacidad definida ―libre albedrío‖ (cf. cap. 5), de poder definir
nuevos fines para su comportamiento o, precisamente, ―objetivos‖ no dados por la naturaleza,
que pueden llevar al individuo incluso a sacrificar, por estos fines más altos que el libremente se da, los mismo fines naturales fundamentales de la supervivencia y de la reproducción.
En todo caso, en todos los vivientes físicos, esta capacidad de autodeterminación parcial (vivientes sub-humanos) o total (vivientes humanos) del propio comportamiento, está ligada a una jerarquía de órganos y de operaciones (funciones) mediante las cuales la estructura física de nivel superior en la jerarquía ―usa‖ a la de nivel inferior; es decir, hace de su ―órgano,‖ literalmente, ―su instrumento,‖ con otra estructura biológica del cuerpo regulando su acción, es decir, estimulándola, modulándola e incluso suprimiéndola, en la medida que tal acción satisfaga un criterio o ―fin‖ incorporado en el del nivel superior.73 Es claro que para que el órgano superior ―se dé cuenta‖ de la acción del inferior, es necesario que éste, a su vez, ―actúe‖ sobre el superior, ―se comunique‖ con él, de modo que la función o operación vital (función biológica), adquiera aquel carácter de ―circularidad‖ que la caracteriza respecto a las demás operaciones físicas de entes no-vivientes. En fin, es claro que también las estructuras de control superior (e.g., en el animal, las estructuras cerebrales) son, a su vez, ―órganos‖ de la totalidad del viviente, es decir, son ―instrumentos‖ para la realización de los dos fines naturales supremos del viviente, la supervivencia y la reproducción. En tal sentido, el cuerpo del viviente se define un ―organismo.‖ En síntesis, el carácter ―circular‖ que caracteriza las operaciones vitales de un organismo como operaciones (funciones) de autorregulación es lo que especifica al viviente respecto a los demás entes físicos naturales cuyas partes, precisamente por esto, no pueden ser definidas ―órganos‖ de aquel ente, ni aquel ente un ―organismo.‖
72
Técnicamente, se dice que los fines intermedios constituyen, entonces, no una jerarquía, sino una heteroarquía, dado que el orden de los fines puede ser siempre ―diverso,‖ ―otro‖ (‗έηεπορ). Este término fue introducido en 1945 en un histórico ensayo de biomatemática de Warren McCulloch, uno de los fundadores del planteamiento computacional de las redes neuronales en el estudio del comportamiento.
73
Como veremos inmediatamente, en el hombre, precisamente por su capacidad de autodeterminación total del propio comportamiento también cuanto a los fines del comportamiento mismo, el último nivel de control debe concebirse fuera de la jerarquía de órganos y de operaciones. En este sentido se dice que el intelecto y la voluntad son facultades no-orgánicas o ―espirituales.‖
75 Esta misma caracterización ―orgánica‖ de la estructura del viviente y de su comportamiento puede ser definida también como un finalismo intrínseco que inconscientemente (en todos los vivientes) y conscientemente (en el hombre) determina la naturaleza y el comportamiento de cada viviente. En efecto, como tal vez ya habremos notado, el fin, el estado estable final, en el comportamiento del viviente, de ―causa‖ externa al proceso físico que emerge solamente al término del proceso mismo porque no lo preexiste, como es el caso con todos los entes físicos no vivientes (cf. la distinción de las cuatro causas en §1.3.2.5), se hace, al menos parcialmente,
interna al viviente mismo, precisamente gracias a la estructura jerárquica de los órganos y de las
operaciones que caracterizan a todos los vivientes dotados de cuerpo.
El tipo de acción que se da en base a estos procesos es, por lo tanto, definida, por la filosofía escolástica, como inmanente al ente físico viviente, distinguiéndolo así de todos los demás entes físicos no-vivientes. El término ―acción inmanente‖ es, por lo tanto, otro modo de definir la capacidad de auto-determinación parcial o total del propio comportamiento como característica del viviente.
3.3.1.2. La distinción entre operaciones inmanentes (actos segundos formales) y el alma (acto
primero formal) del viviente en la teoría hilemórfica
Siguiendo, por lo tanto, el principio general del agere sequitur esse (cf. § 3.1), vemos en que sentido la noción de acción inmanente es capaz de brindar una caracterización de lo específico de la esencia del viviente, y del hombre en particular, respecto a los otros entes físicos. Una caracterización particularmente fecunda para el desarrollo de una biología teórica (biofísica y biomatemática) que, recuperando lo esencial de la teoría hilemórfica aristotélico-tomista de la vida ( = el alma como forma de la materia de la cual el viviente está constituido, cf., § 3.6), no caiga en los excesos de las dos hipótesis extremas que en la modernidad se disputan el campo de la metafísica del viviente: el dualismo racionalista del ―vitalismo‖ y el reductivismo mecanicista del ―funcionalismo‖ (cf., § 3.5).
La acción inmanente de un organismo se diferencia de todas las demás acciones físicas, definidas, precisamente para contrastarlas por la filosofía escolástica, como acciones transitivas. Las acciones de cualquier ente físico no-viviente son dichas ―transitivas‖ porque en ellas la acción del cuerpo movente ( = sujeto agente) se ejercita sobre otro cuerpo moviéndolo ( = objeto pasivo) y, por lo tanto, ―transita‖ en éste (e.g., la bola de billar en movimiento golpea la bola quieta cediéndole en parte o totalmente su movimiento, según el clásico, universal ejemplo de golpe mecánico). El estado estable final al cual el proceso irreversiblemente tiende, no ejercerá así ninguna función ―reguladora‖ sobre el desarrollo del proceso físico mismo, porque físicamente no pre-existe ningún ―fin‖ en el proceso mismo en las acciones transitivas, como sabemos por la doctrina de las cuatro causas ilustrada en el primer capítulo (cf. § 1.3.2). La diferencia entre una acción inmanente y una transitiva es ilustrada intuitivamente en la Figura 4.
76 Acción inmanente Acción transitiva
Figura 4. Esquema de acción inmanente a un sujeto humano (control del movimiento de los miembros por obra del cerebro finalizado a la operación de correr) y de acción transitiva entre dos esferas (la primera comunica el movimiento a la otra).
La acción inmanente es, por lo tanto, una forma de organización global (correspondiente a lo que hoy podríamos definir una ―estructura de auto-regulación‖) de singulares operaciones
transitivas o modificaciones físico-químicas de las partes materiales de los órganos de los
vivientes (e.g., organiza las interacciones físico-químicas entre las macro-moléculas o ―proteínas‖ que constituyen los ―ladrillos‖ de la materia orgánica al interior o al exterior de la célula). Fenomenológicamente, es decir descriptivamente, es acción inmanente cualquier función vital de un organismo viviente (e.g., la respiración, la nutrición, el ver, el caminar, etc.). Tales funciones vitales no son otra cosa que estructuras complejas de organización de una miríada de microeventos físico-químicos (acciones transitivas). Por ejemplo, piénsese en la miríada de reacciones químicas de oxidación efectuadas por las moléculas de hemoglobina en la sangre, reacciones que constituyen un componente esencial de la operación vital de respirar y que se repiten en todo acto de inspirar. O piénsese en la miríada de reacciones químicas que suceden en las neuronas del sistema nervioso en el arco de pocas decenas de milisegundos y que constituyen el medio físico-químico para la transmisión de un impulso nervioso en los nervios y en el cerebro, al interno de la compleja operación vital de la sensación, etc.
Comenzando en los niveles más bajos, es, por lo mismo, acción inmanente la forma de
organización global de las singulares modificaciones físico-químicas de las moléculas que
componen la materia de la cual está constituida la célula, entendida: 1) o como organismo
viviente elemental, es decir, como organismo unicelular (e.g., una bacteria), o 2) como órgano elemental (algo así como la partícula subatómica en el átomo) de un viviente pluricelular.
A un nivel de organización ulterior, en los organismos pluricelulares más complejos, es acción inmanente también la forma de organización global de las acciones transitivas entre los diversos órganos formados de tejidos ( = estructuras de células) uno sobre otro (e.g., la respiración en el animal es una de estas formas altamente complejas de acción inmanente). Al nivel físico más alto de esta suerte de ―caja china‖ de niveles de acciones inmanentes siempre más complejas y ―globales,‖ es ―acción inmanente‖ también una determinada función sensorio-motora de un animal. Por ejemplo, en el hombre, es acción inmanente la estructura de auto-regulación de las
77 acciones transitivas de los músculos del brazo sobre el cerebro y del cerebro sobre los músculos del brazo, mediante el envío de impulsos nerviosos en ambos sentidos (cf. Figura 4).
Como se ve, todas estas acciones inmanentes, en cuanto formas de organización compleja de las acciones transitivas, físico-químicas, de las partes del viviente, tienen necesidad de ser a su vez asumidas en una única forma que las incluya todas y de la cual todas estas operaciones vitales particulares no sean otra cosa, por lo mismo, que manifestaciones individuales. Esta forma que da unidad a todas las partes (órganos) y a todas las operaciones del singular ente viviente entendido biológicamente como organismo y metafísicamente como substancia (e.g., la singular bacteria, la singular planta, el singular animal, el singular hombre) será la forma substancial de aquel viviente.
Ella se define también como el acto primero (formal) del viviente al que le pertenece metafísicamente el acto de vivir, es decir, el acto de ser propio de aquella substancia viviente. Las singulares acciones inmanentes, las singulares funciones vitales (nutrición, respiración, sensación, locomoción, etc.) serán, así, formas accidentales de organización de las singulares operaciones de los singulares órganos (de la célula, al tejido, a aquellos complejos de tejidos que son los miembros) del viviente. Tales funciones serán, por lo mismo, las manifestaciones comportamentales, empíricamente evidenciables y científicamente estudiables, de la forma
substancial del viviente, de su ―alma‖ o ―acto primero.‖ Estas funciones vitales o acciones
inmanentes son, por ello, definidas en el aristotelismo de la escolástica medieval y moderna como actos segundos (formas accidentales) del viviente y, aún más fundamentalmente, expresiones del acto de ser del viviente mismo, es decir, de su ―vivir.‖ Cuando, en efecto, un viviente cesa de manifestar acciones vitales, quiere decir que ha cesado de vivir, pero, por lo mismo, ha también dejado de ―ser una unidad substancial‖ de partes: es decir, ha comenzado a descomponerse, ha perdido su forma substancial que lo hacía un organismo. Habiendo perdido su esencia de ―viviente,‖ a las partes de este (ex-)ente no le competerá más el acto de ser del viviente.
Para significar la distinción entre la forma substancial de un ente físico no-viviente, porque capaz sólo de acciones transitivas, y la forma substancial de un ente físico viviente, en cuanto capaz también de acciones inmanentes, el hilemorfismo aristotélico-tomista ha continuado usando el término platónico alma para significar la forma substancial de todo viviente (desde la bacteria, hasta la planta, hasta el animal, hasta el hombre). Existe, así, una fundamental diferencia entre la noción de ―alma‖ en la filosofía clásica y en la moderna. En la filosofía moderna, después de Descartes, el concepto de ―alma‖ se convirtió en sinónimo de ―alma espiritual,‖ es decir, de aquella que es la forma substancial del hombre, porque el mecanicismo cartesiano, como veremos, entendía al viviente subhumano, y al cuerpo mismo del hombre, como a todo otro cuerpo físico, como una máquina (cf., § 3.5.1.2). En el aristotelismo tomista, en cambio, con ―alma‖ no se entiende sólo el alma racional, espiritual, del hombre, capaz de inmortalidad, sino también (y osaría decir principalmente) las formas substanciales de cualquier viviente, también de los más simples como la bacteria y la planta. Y esto porque con ―alma‖ no se quiere expresar más que, que un viviente, siendo capaz, a diferencia del no-viviente, de operaciones inmanentes, tiene una forma substancial distinta de la del no-viviente. Pero con esto no se quiere absolutamente decir que una bacteria o una planta o un animal tienen un alma inmortal como la del hombre. ―Alma,‖ en fin, en el aristotelismo, es sólo sinónimo de ―principio vital,‖ de forma
78 substancial, ―acto primero‖ de un viviente. Una forma substancial que, como todas las forma sustanciales de los entes físicos ( = formas materiales o corpóreas), con la sola excepción del alma humana, se corrompe con el corromperse de la materia que organiza.
Por otra parte, también Platón, con su doctrina de las ―tres almas,‖ le reconocía inmaterialidad, espiritualidad y, por ende, inmortalidad, sólo al alma racional (§ 2.2.2). En todo caso, como veremos mejor en el cap. 6, existe una fundamental diferencia entre la doctrina del alma espiritual platónica y aquella aristotélico-tomista. Para Tomás, toda alma humana es capaz de subsistir porque recibe el acto de ser directamente de Dios, con un acto creativo distinto de aquel único acto con el que ha creado todo el resto del universo físico, incluidos los vivientes subhumanos. Pero el alma humana es capaz de subsistir como una substancia separada del cuerpo sólo después de la muerte, precisamente porque ha sido creada por Dios no como forma separada (de otro modo, el alma sería un ―ángel‖), sino como ―forma substancial de una materia.‖ Aquella materia que ha sido preparada, ―dispuesta,‖ para cada hombre por el acto unitivo de sus progenitores, aquella materia que, precisamente gracias a aquella alma, se convertirá en el cuerpo de aquel individuo, de aquella persona humana (cf. cap. 6).
En otros términos, en cuanto a lo que interesa a la antropología filosófica, la cual, de por sí, no tiene como objeto de estudio la vida humana después de la muerte, sino anterior a la muerte, el alma no es jamás una entidad separada del cuerpo, sino, también en el caso del hombre donde es ―espiritual‖ y, por lo tanto, donde su ser no depende de la materia – como la forma substancial ―material‖ de todo ente físico subhumano, viviente y no-viviente – es siempre forma del cuerpo. De aquí la validez también para el hombre de la definición aristotélica, hilemórfica, del ―alma‖ del viviente en general como:
acto primero de un cuerpo natural (¡no artificial! como la máquina, N.d.R.) que tiene la vida en potencia (es decir, que debe actualizarse en operaciones vitales adecuadas, N.d.R.) – y tal es el cuerpo dotado de órganos (es decir, capaz de acciones inmanentes, N.d.R.).74
Profundizaremos en breve en lo propio del hilemorfismo aristotélico en relación a las teorías funcionalistas (mecanicistas) y vitalistas modernas en biología (cf. § 3.6).
A este punto tenemos todos los elementos para comprender la noción de ―acción inmanente‖ como acto segundo de un viviente, manifestación de su acto primero formal ( = ―alma‖) y, por lo tanto, de su acto de ser ( = acto de vivir).