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1 Períodos fundamentales en la historia de las teorías políticas

y jurídicas en la sociedad feudal en

la Europa occidental

1.— Las relaciones feudales en los países de Europa occidental comenzaron a formarse mucho antes de la caída de la zona oeste del Imperio romano. La conquista de Roma aceleró este proceso y aumentó la diferenciación de clase en las tribus germánicas; se destacó de éstas una capa superior que, apoderándose de las tierras conquistadas, avasalló paulatinamen- te a la población campesina hasta entonces li- bre. La propiedad feudal de la tierra fue la base del feudalismo en desarrollo. Hacia los siglos IX y X, la mayor parte de la población trabaja- dora libre de esos países sufría ya la dependen- cia feudal (mejor dicho, próxima a la servidum- bre). Al mismo tiempo se formó la estructura jerárquica, típica del feudalismo, de la propie- dad territorial, en la que los propietarios de la tierra, unidos entre sí por relaciones de vasalla- je, se dividían en rangos, de superiores a infe- riores, de conformidad con su poderío econó- mico y político.

Marx y Engels hicieron notar que la es- tructura jerárquica de la propiedad territorial, y el sistema, relacionado con ésta, de las milicias armadas, dieron el poder a la nobleza sobre los campesinos. Calificaron el régimen feudal co- mo una “... asociación dirigida contra la clase oprimida y productora...”1

Una de las peculiaridades de esta asocia-

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ción es la vinculación directa entre la propiedad de la tierra y el poder político, consistente en que el propietario, en mayor o menor grado, ejerce el poder sobre la población de su pose- sión y, ante todo, sobre la clase avasallada y productora, la de los campesinos siervos. Todo un sistema de instituciones políticas, jurídicas y otras, del régimen feudal, que respond- ían a las concepciones de los feudales, refrendaba el poder de éstos sobre los campesinos. Las nor- mas del derecho feudal, que eran las del más fuer- te, un “derecho de puño”, consolidaban los privi- legios de los feudales, legalizando su arbitrarie- dad con los campesinos sojuzgados.

Las teorías políticas y jurídicas de la socie- dad feudal de Europa occidental traducen la lucha de clases entre los feudales y la masa trabajadora por ellos explotada, así como también la que existía entre los diversos sectores dentro de la clase dominante, principalmente entre los feuda- les seculares y los eclesiásticos.

2.—La religión —la doctrina de la Iglesia católica— fue la ideología dominante de la Euro- pa occidental medieval. Sobre sus dogmas se construyen también las teorías políticas de ese período.

Engels hace notar que lo único que había quedado del desaparecido mundo antiguo era el cristianismo y algunas ciudades, medio destrui- das, que habían perdido su anterior civilización. Consecuencia de ello —como no podía ocurrir de otro modo en aquella etapa de desarrollo— fue el monopolio de los sacerdotes sobre la educación, con lo que ésta adquirió un carácter predominan- temente teológico. “El dogma de la iglesia era al mismo tiempo axioma político, y los textos sa- grados tenían fuerza de ley en todos los tribuna- les. Aun después de crearse el oficio independien- te de los juristas, la jurisprudencia permaneció bajo la tutela de la teología2”… La Iglesia presen- taba la síntesis y confirmación más generales del régimen feudal existente. La religión cristiana fue utilizada ampliamente en el Medievo para justifi- car la explotación feudal, propagar el oscurantis- mo y fundamentar la arbitrariedad y la violencia. “La oposición revolucionaria contra el feudalismo

2 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. tv, pág. 14.

F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1941, pág. 29.

se manifiesta a través de toda la Edad Media. Según las circunstancias aparece como misticis- mo, herejía abierta o insurrección armada.3” 3.—En la historia de las teorías políticas y jurídicas, se pueden distinguir tres períodos. Durante el período de formación de la so- ciedad y del Estado feudales —etapa del fraccio- namiento feudal— predominan las teorías teocrá- ticas, que dan una justificación teológica a ese régimen, y que traducen las pretensiones de los papas al dominio mundial.

En contra de la clase dominante se mani- fiestan las herejías de los valdenses, cataros, albi- genses y otros.

En cambio, durante el período de la monar- quía representativa de castas y de desarrollo de las repúblicas urbanas (siglos XIV al XVI), aparece una serie de teorías que, en diversos grados, tra- ducen la aspiración a liberarse de la tutela de la Iglesia; hacen una aguda crítica de las teorías de los teócratas (Marcelo de Padua, Dante, los juris- consultos medievales y otros).

La lucha por el poder entre los feudales se- culares y los eclesiásticos se acentúa, expresándo- se en la polémica entre los escritores que tratan de justificar las pretensiones papales al dominio mundial, y los partidarios de los feudales secula- res, que defienden la independencia y la primacía del poder secular.

Estas modificaciones en la ideología políti- ca de la Edad Media fueron determinadas por los cambios sustanciales que se operaron en la base de la sociedad feudal.

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los feudales, quienes extremaron la explotación de los trabajadores. El desarrollo del comercio y de los oficios, y el desenvolvimiento mayor de las ciudades crean condiciones favorables para la lucha de éstas contra los feudales, a consecuencia de lo cual, en unas circunstancias se constituyen en repúblicas urbanas independientes, y en otras, sólo conquistan la libertad para sus habitantes y la autoadministración.

En el terreno ideológico, la lucha de los tra- bajadores contra los feudales se expresa, como en el período precedente, en las herejías, entre las cuales cabe destacar, especialmente, la de Wyclif- fe, los lolardos, y la de Jan Hus y los husitas. Finalmente, durante el período de la desin- tegración feudal, cuando en el seno de su socie- dad comienzan a formarse las relaciones burgue- sas de producción, se inicia el proceso de acumu- lación primitiva de capital, se constituyen las fu- turas clases fundamentales de la sociedad capita- lista y se crean las naciones y los Estados centra- lizados; la burguesía promueve sus propios ideó- logos, que, en mayor o menor grado, se apartan de la concepción religiosa del mundo y se dedican a elaborar la concepción jurídica peculiar de esa clase (ver más adelante cap. VIII).

2. Las teorías teocráticas

1.—Un rasgo característico de estas teorías es la tendencia agresiva, traducida en las aspira- ciones de sus representantes, de hallar una fun- damentación teórica para las pretensiones de la Iglesia católica romana y de los papas, al dominio mundial. Estas tendencias se manifestaron con especial agudeza en los siglos XI y XII. A partir de la segunda mitad del siglo X, apoyándose en su poderío cada vez más acrecen- tado, la Iglesia católica romana dirige sus esfuer- zos a suprimir la dependencia del clero con res- pecto al poder secular, a subordinar toda la socie- dad a aquél, y a establecer la autoridad papal ili- mitada, tanto en los asuntos eclesiásticos como en los seglares. Anteriormente, la clase sacerdotal católica romana, para justificar su pretensión a la supremacía, invocaba el hecho de haber sido fun- dado el obispado romano, según decían, por el propio apóstol Pedro, al que Cristo, fundador

mitológico de la religión cristiana, habría dicho: “Tú eres Pedro (en griego, roca, piedra), y sobre esta piedra crearé mi Iglesia, y las mentiras del infierno no la vencerán.” Pero, con el correr del tiempo, este “argumento” resultó insuficiente, y los papas comienzan a recurrir a otro, sin tener escrúpulos en valerse de documentos apócrifos. Las invocaciones históricas sirvieron de fundamentación para el ulterior desarrollo de te- orías relativas al dominio de la Iglesia sobre el Estado secular, de “la luz sobre el reino de las tinieblas”, teorías expuestas en el sistema filosófi- co de Agustín. Se formula, al mismo tiempo, la teoría de “las dos espadas”, es decir, según ellos, que Cristo habría entregado dos espadas al sobe- rano eclesiástico, quien, a su vez, entrega una al soberano secular, por lo cual aquél tiene supre- macía sobre éste. En la teoría referente a las lla- ves, recibidas por el apóstol Pedro, y con las que éste cierra y abre el cielo, se expresan las preten- siones papales al derecho de deponer a los empe- radores, por cuanto los papas se consideraban, al principio, como sucesores de ese apóstol. La idea de la supremacía del poder papal halló clara ex- presión en las Actas del papa Gregorio VII, en las que se proclama que sólo el obispo de Roma es ecuménico, y puede destituir y nombrar a todos los obispos, promulgar estatutos, instituir jerarqu- ías. Es el único en el mundo que se denomina Papa y derroca a los emperadores. Ningún conci- lio puede llegar a ser ecuménico sin su permiso, ni ningún libro reconocido como canónico. Nadie puede abolir sus resoluciones, salvo él mismo.

Luna”— se compara a sí misma con el Sol y al Estado con la Luna, que recibe su luz del primero. El oro del poder eclesiástico se contrapone al plomo del secular, o el día del poder clerical a la noche del poder imperial. Sobre esta base, se afirma que el papa tiene derecho a nombrar sobe- ranos. Estos son elegidos por dios, pero por in- termedio de los sacerdotes, lo cual se traduce en el acto simbólico de la bendición y unción de los reyes.

Todos los razonamientos de los partidarios papales, acerca de los derechos del pueblo, y sus invectivas contra los “tiranos”, muestran que los representantes de las teorías teocráticas se valían hábilmente, para sus fines, del descontento de las masas trabajadoras contra la opresión de las auto- ridades seculares y trataban de presentarse como defensores del pueblo en contra de la violencia y arbitrariedades de los “tiranos”. En realidad, el Papa y todo el clero reprimían implacablemente todos los movimientos que surgían entre las ma- sas trabajadoras, si estaban dirigidos contra la explotación feudal.

Los papas aplastaban también la aspiración de autonomía de las ciudades. Así, por ejemplo, Inocencio III (1198-1216), bajo cuyo pontificado alcanzó la Iglesia su más alto poderío, castigó sin piedad a las ciudades italianas que intentaban defender su independencia.

Este papa, de quien el rey inglés Juan Sin Tierra se reconoció vasallo, comenzó a llamarse, no solamente representante del apóstol Pedro, sino del propio Cristo. Dirigió e inspiró las gue- rras europeas de ese tiempo y organizó una cam- paña contra la herejía albigense, especialmente peligrosa para la clase dominante.

3.—También los partidarios de los feudales seculares recurrieron a argumentos basados en la Sagrada Escritura. Así, el obispo Waltram de Naumburg afirmaba que dios había establecido dos poderes independientes que deben ayudarse mutuamente. El apóstol Pablo, según dice Wal- tram, denomina servidor de dios al príncipe, el cual no en vano lleva la espada. La sanción a los delincuentes no corresponde, pues, a los servido- res de la Iglesia, sino a los príncipes.

También los feudales seculares y sus parti- darios, en su lucha contra los papas, tenían su propia teoría de las “dos espadas”, según la cual

éstas habrían sido entregadas al Papa y al Empe- rador simultáneamente. Este pensamiento se en- cuentra también en uno de los monumentos legis- lativos del siglo XIII, el Espejo de Sajonia. Durante el reinado de Federico Barbarroja, los jurisconsultos, que llegaron a ser sus conseje- ros más allegados, le adjudicaron el poder y el derecho de propiedad sobre todo el territorio del Estado. Justificaron esas pretensiones mediante los preceptos del derecho romano, que fundamen- taba jurídicamente el poder ilimitado de los césa- res. Apareció una teoría que afirmaba que los emperadores eran los herederos de aquéllos. En el siglo XII, algunos teólogos llegan a una conclusión más radical aún y consideran que los obispos de un Estado deben subordinarse al soberano, como los hijos al padre, no por natura- leza, sino para mantener el orden, para conservar la unidad (Hugo de Fleury).

Pero la protesta contra la Iglesia católica romana encuentra su expresión, de manera espe- cialmente aguda, en las herejías.

3. Las herejías en los siglos XI

al XIV

1.— El descontento por las normas existen- tes y, sobre todo, por el dominio de la Iglesia católica adquiere amplias proporciones y recibe su expresión ideológica, principalmente, en diver- sas teorías religiosas, contrarias a sus dogmas, las llamadas herejías.

Engels señala que en las condiciones del régimen feudal, “...todo ataque general contra el feudalismo debía primeramente dirigirse contra la Iglesia, y que todas las doctrinas revolucionarias, sociales y políticas, debían ser en primer lugar herejías teológicas4”.

Engels distingue tres clases de herejías, de acuerdo con su contenido de clase. “Las herejías —dice— expresaban la reacción de los pastores patriarcales de los Alpes contra el feudalismo invasor (los valdenses) ; por otra parte, la oposi- ción de las ciudades emancipadas del feudalismo (los albigenses, Arnaldo de Brescia, etc.); final- mente, la insurrección directa de los campesinos

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(Juan Ball).5”

Desde el siglo XI hasta el XII, la herejía más extendida fue la de los cataros (los puros). Análoga herejía obtuvo primeramente una amplia divulgación en los países eslavos, en Bulgaria y Servia, donde sus partidarios se llamaban bogu- milos.*

Estos rechazaban la propiedad privada, se manifestaban en contra de la explotación de los trabajadores por los feudales seculares y eclesiás- ticos, y negaban la jerarquía de la Iglesia. Aspira- ban a restaurar el régimen de las primeras comu- nidades cristianas; respondían a los intereses de los campesinos sojuzgados por los feudales búlgaros (boyardos y clero). La base filosófica de su teoría fue la idea de la lucha entre la divinidad y el diablo. Desde Bulgaria, esta teoría se exten- dió, no solamente a lo largo de toda la península Balcánica, sino también mucho más allá de sus fronteras. En el Occidente se formó la herejía dei los cataros. En la Rus** surgió la secta de los strigolnikki (ver más adelante cap. VII), que, en sus concepciones, coincidieron mucho con los bogumilos.

La vasta envergadura de este movimiento testimonia que tenía un contenido social definido: la protesta de las masas trabajadoras —

campesinos y artesanos— contra la explotación feudal. A este movimiento se adhirieron también los comerciantes, así como alguna parte de los caballeros. Los cataros tenían diferentes nombres: en el sur de Francia, se llamaban albigenses (por la ciudad de Albi, su centro) ; en Lombardía, humiliatos (de Humilia), a veces cataros o catare- nos (andrajosos), y en Alemania, ketzer (here- jes).

Los cataros eran contrarios a la Iglesia cató- lica y predicaban que el Papa era representante, no de Cristo, sino de Satanás. Afirmaban que aquélla se había hundido en extravíos y pecados. No sólo se oponían a la Iglesia, sino tam- bién a una serie de órdenes del Estado: el servicio militar, la pena de muerte y, en general, a todo derramamiento de sangre. Hasta el matrimonio y la familia eran interpretados como engendros del

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F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1941, pág. 29.

F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1941, pág. 30.

*Bogumilos, Amigos de Dios. (N. del T.). **Rusia, antes de ser Estado centralizado. (N. del T.)

mal. El papa Inocencio III organizó contra ellos, en el sur de Francia (albigenses), una cruzada (1209-1229), por ser esta teoría muy peligrosa para la clase dominante.

El movimiento herético de los valdenses (llamados también “desheredados lyoneses”) sur- gió a principios del siglo XII y se dio el nombre por el de Pedro de Valdo, mercader de Lyon que había distribuido sus bienes entre los pobres y predicaba la humildad y el arrepentimiento. Esta teoría, surgida entre los pastores alpinos, se di- vulgó también después entre la parte más pobre de la población urbana. Negaban el Estado Y toda la doctrina de la Iglesia. Hubo entre ellos un cis- ma y la parte más radical se fusionó con los cata- ros.

En el siglo XII tuvo lugar en Roma una re- belión de las masas más pobres de la zona urbana contra el poder papal. La encabezaba el monje Arnaldo de Brescia, quien predicaba la vuelta a los hábitos de la Iglesia cristiana antigua, a la humildad apostólica, y proponía despojar al Papa de todo poder secular. Como resultado de esta rebelión, el Papa fue privado de dicho poder y se estableció la república. Sin embargo, la parte no- ble de la población urbana, aterrorizada por la envergadura del movimiento entró en una com- ponenda con el Papa y acudió al emperador Fede- rico Barbarroja para recabar su ayuda. El movi- miento finalizó en un fracaso. El emperador, pérfidamente, tomó prisionero a Arnaldo, en- tregándolo al Papa para que lo castigara. En su calidad de “hereje”, terminó en la hoguera.

ba la llegada del poderoso y terrible movimiento contra el catolicismo del siglo XVI, la Reforma. De las profundas huellas que han quedado de los movimientos heréticos del siglo XIV, cabe desta- car el movimiento de Inglaterra que, cronológi- camente, coincidió con la rebelión campesina encabezada por Wat Tyler.

El movimiento herético en ese país apareció en la segunda mitad del siglo XIV.

En 1365, el parlamento británico decretó la prohibición de apelar al Papa contra las sentencias de los clérigos, así como la abolición del tributo anual que los ingleses debían abonar, de acuerdo con el convenio concertado entre Juan Sin Tierra e Inocencio III. A las reiteradas reclamaciones del Papa de cumplir esta obligación, el parlamento dio una respuesta negativa.

John Wycliffe, sacerdote y profesor de la Universidad de Oxford, dio la fundamentación teórica de esta negativa. En sus obras formuló una serie de proposiciones, abiertamente contrarias a toda la doctrina de la Iglesia católica. El gobierno, que pleiteaba con el pontífice, apoyó primera- mente dichas proposiciones. Pero posteriormente, cuando en Inglaterra se desencadenó un vasto movimiento campesino, la actitud del gobierno ante Wycliffe se modificó, aun cuando éste, di- rectamente, no ejerció ninguna influencia sobre dicho movimiento.

De sus teorías, los reyes británicos sacaron la conclusión de que tenían derecho, no solamente a quitarle al Papa el poder secular, sino también de confiscar las tierras de la Iglesia en beneficio del Estado.

Wycliffe afirmaba que la Sagrada Escritu- ra es la única fuente de la doctrina religiosa. Nin- guna interpretación del Papa ni de los Padres de la Iglesia tiene valor para los creyentes. En las Sa- gradas Escrituras no se dice nada del poder papal, ni de la jerarquía eclesiástica, ni tampoco del de- recho del pontífice al poder secular.

Los “sacerdotes pobres” (los lolardos), par- tidiarios de Wycliffe, sacaron de la teoría de éste una conclusión más radical aún, y predicaron el retorno a la primitiva sencillez de vida de las co- munidades cristianas. Esta prédica halló eco en el pueblo, por cuanto el alto clero poseía en Inglate- rra colosales riquezas y llevaba una vida lujosa y

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