Ministerio apostólico, parte 5 (5:1–21)
1. Porque sabemos que si nuestra tienda terrenal en que vivimos se desarma, tenemos una casa de parte de Dios, una casa eterna no hecha con las manos, en el
cielo. a. «Porque sabemos». Pablo introduce este versículo con las palabras porque sabemos (véase también 1:7; 4:14; 5:11). A la luz de los versículos precedentes (4:16–18), que hablan de la persona exterior e interior, y de mirar a lo que no se ve, Pablo recuerda a sus lectores sus primeras enseñanzas sobre la resurrección. Puede decir: «nosotros sabemos», para recordarles a los corintios la doctrina que él mismo les enseñó, primeramente, en persona, y luego con su correspondencia. Su enseñanza no está ni en discrepancia ni es diferente de la que les enseñó en 1 Tesalonicenses 4, y 1 Corintios 15. Nada en los primeros escritos de Pablo entra en conflicto con su discurso actual, como tampoco podemos detectar nosotros un desarrollo gradual de la doctrina de la resurrección. Este capítulo no aporta prueba alguna de que él haya tenido que corregir o cambiar su enseñanza inicial.1
El conocimiento de la vida venidera no se origina en nuestras mentes humanas. Por el Es- píritu Santo, Dios nos revela la certeza de nuestra propia [p 189] inmortalidad, de manera que podamos encontrarnos con la muerte alegremente.2
Pero, ¿qué es lo que sabemos? Pablo, con absoluta confianza, nos dice: «Tenemos una casa de parte de Dios, una casa eterna no hecha con las manos, en el cielo». Antes de examinar detenidamente su respuesta, debemos considerar la cláusula condicional que la califica.
1 Después de un detallado estudio, Ben F. Meyer concluye: «Existe una falta total de prueba convincente de
que la enseñanza de Pablo sobre la resurrección de entre los muertos sufrió un desarrollo progresivo signi- ficativo, bien entre I Tesalonicenses y I Corintios 15, bien entre I Corintios 15 y II Corintios 5. Existen alu- siones de un “estado intermedio”, al menos en II Corintios 5 y Filipenses 1, aparentemente sin que esto suponga cambio alguno en la idea que Pablo tenía sobre la resurrección de entre los muertos y la trans- formación de aquellos que vivieren cuando la Parusia». Véase el artículo de Meyer, «Did Paul’s view of the resurrection of the dead undergo development?» ThSt 47 (1986): 382.
2 Juan Calvino, The Second Epistle of Paul the Apostle to the Corinthians and Epistles to Timothy, Titus and
b. «Porque sabemos que si nuestra tienda terrenal en que vivimos se desarma». Algunos eruditos destacan que Pablo tenía que enfrentarse al gnosticismo, sistema religioso y filosófi- co que enseñaba que la materia era mala y el alma era buena. Como tal, el alma se deshace de su cobertura externa en el momento de la muerte y se libera.3 La cuestión, sin embargo,
no es si Pablo tenía que enfrentarse a aquel incipiente gnosticismo, y que por eso usaba la terminología gnóstica, pues con ella pretendía ser más eficaz en su disputa. Aunque la filoso- fía griega enseñaba que esta vida terrenal se compara con vivir en un tabernáculo, Pablo de- muestra que está apelando al trasfondo veterotestamentario. Un tabernáculo o tienda, como bien sabían sus constructores, es una vivienda temporal que fácilmente se desmonta. Alude a la tienda que Moisés usaba como punto de reunión fuera del campamento de Israel. En esta tienda, Dios habló a Moisés cara a cara (Éx. 33:7–11). Esta tienda terrenal, que posteriormen- te se convertiría en el tabernáculo, era el reflejo de la presencia de Dios entre su pueblo cuando su gloria cubría el tabernáculo. Además, incluso las vestiduras del sumo sacerdote, Aarón, reflejaban la santidad y la gloria de Dios. No obstante, tanto el tabernáculo como la ropa sacerdotal revelaban imágenes de transitoriedad. El tabernáculo se desmontaba cada vez que los israelitas se mudaban de emplazamiento, y Aarón se desvestía de sus ropas sacerdotales cuando concluía su servicio ritual.4
En los primeros ocho versículos, Pablo usa una serie de tres metáforas (tienda [vv. 1, 4], vestiduras [vv. 2–4] y vivienda [vv. 6–8]). La primera ilustración que Pablo, fabricante de tien- das, usa, es la de una tienda. Compara nuestro cuerpo físico con una morada temporal. Y quizás puede que estuviera pensando en la Fiesta de los Tabernáculos, durante la cual los judíos vivían en cobertizos temporales durante siete días, para celebrar el final de la cosecha y conmemorar los cuarenta años de peregrinación de los israelitas por el desierto.5 La metáfo-
ra [p 190] de desmontar una tienda señala la proximidad del fin, no sólo de nuestro cuerpo físico, sino también de toda nuestra existencia terrenal. Ciertamente Pedro menciona lo de vivir en «la tienda de este cuerpo», que pronto será desechado (2 P. 1:13–14; cf. Is. 38:12; Sa- biduría de Salomón 9:15). La palabra terrenal se usa como contraste con celestial, como re- cordatorio del primer hombre, que fue hecho del polvo de la tierra (Gn. 2:7; 1 Co. 15:47), y éticamente como lugar de pecado.6
Pablo escribe literalmente: «si nuestra casa terrenal de la tienda es desarmada». Describe esa casa en términos de tienda, para resaltar su transitoriedad. La probabilidad de que esta tienda sea destruida con una sola acción, es real, ya que la muerte marca el final del cuerpo terrenal y de la vida de una persona. Pero Pablo ignora cuándo este desmantelamiento tendrá lugar. Si Jesús fuera a regresar aún estando Pablo con vida, no hubiera tenido que pensar en la muerte.
Anteriormente Pablo había escrito que había soportado una prueba en la que casi estuvo a las puertas de la muerte (1:8). Este incidente le recordaba la brevedad de la vida y la posibili-
3 Consultar Rudolf Bultmann, Exegetische Probleme des Zweiten Korintherbriefes (Darmstad:
Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1963), pp. 4–6; Walter Schmithals, Gnosticism in Corinth, trad. John E. Steely (Nashville: Abingdon, 1971), p. 262. Cf. Dieter Georgi, que cree que Pablo ha adoptado la
terminología gnóstica, The Opponents of Paul in Second Corinthians (Philadelphia: Fortress, 1986), pp. 230, 318.
4 Consultar S. T. Lowrie, «An Exegesis of II Corinthians 5:1–5», PThR 1 (1903): 56–57; Meredith G. Kline,
Images of the Spirit (Grand Rapids: Baker, 1980), pp. 35–36, 42–47.
5 Éx. 23:16b; Lv. 23:33–36a, 39–43; Nm. 29: 12–34; Dt. 16:13–15; Zac. 14:16–19; Jn. 7:2. T. W. Manson,
«ΙΛΑΣΤΗΡΙΟΝ» JTS 46 (1945): 1–10; Philip Edgcumbe Hughes, Paul’s Second Epistle to the Corinthians: The
English Text with Introduction, Exposition and Notes, serie New International Commentary on the New
Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1962), p. 162.
6 J.-F. Collange, Énigmes de la deuxième épître de Paul aux Corinthiens: Étude exégétique de II Cor. 2:14–
dad de morir antes de que Cristo volviera.7 Pero no podemos deducir de este hecho que en el
intervalo que medió entre la redacción de ambas cartas a los corintios, Pablo cambió de idea y dejó de esperar la venida de Cristo mientras él viviera. Pablo había sobrevivido a un buen número de experiencias casi fatales; la lapidación de Listra (Hch. 14:19) sirve como ejemplo. Y en su lista de tribulaciones, escribe que, en varias ocasiones, había estado expuesto a la muerte (11:23). Conociendo por experiencia propia de la brevedad de la vida, Pablo era cons- ciente de que el evangelio había de ser predicado a todas las naciones antes de que el Señor volviera. También sabía que su actividad misionera no había hecho más que empezar y que quedaría inconclusa a su muerte (cf. Ro. 15:20, 24, 28).
c. «Tenemos una casa de parte de Dios, una casa eterna no hecha con las manos, en el cielo». La segunda parte de este versículo es una continua fuente de debate; porque las pala- bras de Pablo son enigmáticas y, a veces, difíciles de reconciliar con todo el contexto. Si existe un contraste entre el tabernáculo terrenal y la casa celestial, ¿por qué Pablo escribe en tiem- po presente («tenemos»)? La razón de esto es que los escritores del Nuevo Testamento con fre- cuencia escribían en tiempo presente, pero con un significado futuro, el cual se determina por el contexto. Un ejemplo lo tenemos en la narración del huerto de Getsemaní, donde, antes de ser arrestado, Jesús dice: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores» (Mt. 26:45). De la misma manera en que Jesús sabía que la traición se iba a consumar en breve plazo, [p 191] así mismo Pablo sabía, con certeza, que una morada celestial lo estaba aguardando (véase Jn. 14:2–3).
¿Es una casa de Dios el cuerpo de resurrección que los creyentes reciben en el momento de su muerte?8 Si esto es así, debemos contar, entonces, con tres cuerpos sucesivos: uno
terrenal, otro intermedio, y un tercero resucitado o transformado. Pero, ¿por qué tendrían que resucitar los muertos, cuando Jesús vuelva, si ya se les ha dotado de un cuerpo de resurrección? La Escritura sólo habla de un cuerpo físico que, o bien muere y es resucitado en la venida de Jesús, o bien se encuentra con el Señor en dicha venida y es transformado (1 Co. 15:42, 51; Fil. 3:20–21; 1 Ts. 4:15–17). La Biblia no da detalles de cómo será nuestra morada en los cielos.
Reconocemos que la Escritura nos describe a los seres del más allá, en términos de la forma física con que abandonaron esta tierra. Samuel es descrito como un viejo (1 S. 28:14); se nos habla del dedo de Lázaro en el cielo, y de los ojos y la lengua del rico en el infierno (Lc. 16:23–24); asimismo los santos en el cielo están vestidos con ropas blancas y llevan ramas de palma en sus manos (Ap. 6:11; 7:9). Lo que sucede es que los escritores sagrados usan un lenguaje antropomórfico. Es decir, describen a los muertos como seres de carne y hueso, por- que no conocen otra forma de describir a los que se han marchado. La Escritura afirman in- equívocamente, que los santos que ya se han ido son espíritus; sus cuerpos descansan en el polvo de la tierra y sus espíritus han vuelto a Dios (Ec. 12:7; Heb. 12:23).9
¿Qué significa la palabra casa? A este sustantivo se lo califica como proveniente de Dios, eterno, no hecho por manos humanas, en el cielo. Algunos eruditos interpretan esta palabra como el cuerpo de Cristo, esto es, la iglesia. Estos expertos indican que, en griego, el vocablo oikodome (casa) se refiere a la iglesia y no a un cuerpo individual. En apoyo de esta interpre- tación, se basan en algunos pasajes de las epístolas paulinas, especialmente 1 Corintios 3:9
7 F. F. Bruce, Paul: Apostle of the Heart Set Free (Grand Rapids: Eerdmans, 1977), p. 310; Murray J.
Harris, «II Corinthians 5:1–10: Watershed in Paul’s Eschatology?» TynB 22 (1971): 56; T. Francis Glasson, «II Corinthians v. 1–10 versus Platonism», SJT 43 (1990): 145–155.
8 Numerosos eruditos mantienen este punto de vista. Véase la lista que presenta Murray J. Harris en
Raised Immortal: Resurrection and Inmortality in the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1983), pp.
98, 255 n. 2.
(edificio de Dios); Efesios 2:21 (edificio o templo santo; por extensión, el cuerpo de Cristo); Efesios 4:12, 16 (el cuerpo de Cristo).10
Sin embargo, el contexto en el que se usa una determinada expresión, es el que determina su significado. Aquí el contexto de la palabra casa difiere del de los pasajes que hablan de la iglesia. Además, siempre que Pablo se refiere a la iglesia como cuerpo de Cristo, no lo expresa en tiempo futuro, sino en presente.11 [p 192] En el versículo 2, Pablo reseña nuestras ansias
de ser revestidos con nuestro tabernáculo celestial en el futuro. Esta interpretación demues- tra ser incongruente si es que ya pertenecemos al cuerpo de Cristo (1 Co. 12:13; Gá. 3:27).
Otros eruditos creen que la casa celestial es el templo de Dios que aguarda al creyente en el momento de su muerte. Cuando los cristianos entran en este edificio, entran realmente a la presencia de Dios.12 En apoyo de esta interpretación está el hecho de que el concepto no
hecha con manos humanas, aparece también en la descripción del más grande y perfecto tabernáculo celestial. Ese lugar es la misma presencia de Dios (Heb. 9:11). Una objeción a esta interpretación consiste en que la simetría del versículo 1 se ve afectada, pues una tienda terrenal y una casa celestial no representan a un cuerpo físico y al templo de Dios, sino a un cuerpo físico y a un cuerpo espiritual.
Quizás debiéramos pensar en esta morada celestial como un lugar que provee cobertura en forma de gloria divina (4:17; Ro. 8:18), una gloria de valor inconmensurable. Aunque entramos en la presencia de Dios, donde se nos cubre de gloria, aguardamos con mucha anticipación la redención de nuestros cuerpos, es decir, la resurrección de los cuerpos (Ro. 8:23). Es innegable el enlace entre el párrafo precedente (4:16–18) y este versículo.
Anteriormente, Pablo hablaba de la persona exterior y la interior, de los sufrimientos temporales y de la gloria eterna, de las cosas visibles y de las invisibles. En el versículo 1, habla de una tabernáculo terrenal, esto es, de nuestros cuerpos físicos, traídos a este mundo por el esfuerzo humano. Contrasta este tabernáculo temporal con una casa cuyo origen está en Dios y que pertenece, por completo, a un orden diferente de cosas. La casa es la misma presencia de Dios que, en los portales del cielo envuelve al creyente en gloria eterna. Pablo dice que si él muriera antes de la venida de Cristo, su alma entraría y estaría en el cielo sin su cuerpo hasta la resurrección, en la hora de la consumación.
2. Porque ciertamente en esta tienda gemimos, anhelando ser revestidos con nuestra