Los negros de Madagascar creen en un dios supremo llamado Ndriananabari, al que se opone un genio perverso llamado Angatch, que trata, por todos los medios, de hacer desdichados a los hombres y a sus almas, a las que llaman "razanes", y que son intermediarios entre Dios y los hombres.
La antiquísima historia se ha divulgado -¿cómo no? con el nombre de leyenda, y en ella se explica cómo apareció el hombre sobre la Tierra y cuál es el auténtico significado de la muerte.
Esta "leyenda" es así:
Hace muchísimo tiempo, más del que nadie puede tener consciencia, Ndriananabari envió a La Tierra a su hijo Ataokoloinona, a fin de explorarla y le informase de las posibilidades de crear en ella seres vivientes.
Para un atento observador analítico no pasará por alto el hecho elemental de que algo así fue lo que hizo la NASA en el Proyecto "Apolo", al enviar astronautas a La Luna, o como han hecho los responsables del Proyecto "Vikingo" con respecto al planeta Marte. La leyenda de los aborígenes de Madagascar no nos dice cómo llegó Ataokoloinona a la Tierra. Hemos de suponer, por tanto, que llegó como tantos otros "dioses"... ¡volando! (¿O no fueron volando Armstrong, Aldrin y Collins a la Luna?)
Aunque se nos acuse de tratar de anticipamos al tiempo, dando por hecho lo que muchos no aceptan de que el hombre pueda aclimatarse a mundos o lugares inhóspitos u hostiles, la verdad es que jamás hemos afirmado que ello sea posible. Pero hay que reconocer que nunca creímos a nadie capaz de vivir bajo el agua o sobrevivir en el espacio exterior, y todo esto ha sucedido.
Nuestro planeta pudo ser, hace millones de años, tan árido, inhóspito y hostil como se dice que son ahora Mercurio, Venus, La Luna o Marte. y remarcamos el "se dice" porque, aunque el hombre está hecho para respirar oxígeno al aire libre, ha hallado el medio para llevarse este elemento debajo de las aguas, lo cual no impide que haga lo mismo en
cualquier mundo sin aire y de elevadas temperaturas. Con equipos adecuados, podemos resistir el calor, el frío y hasta la falta de oxígeno. ¡Y si no, al tiempo!
Pues bien, Atakoloinona descendió a La Tierra y se encontró con un excesivo calor. Para librarse de él y disfrutar de un poco de frescor, se introdujo en una cueva y ya no volvió a salir. Nadie ignora que ciertas grutas gozan de privilegio de mantener una temperatura ideal durante todas las épocas del año: fresco en verano y caliente en invierno.
Ndriananahari empezó a inquietarse por la tardanza de su hijo y, para averiguar qué le había ocurrido a Atakoloinona, envió a sus siervos, los hombres, a buscarle.
Cuando los hombres llegaron a La Tierra se extendieron por todas partes, buscando al hijo de su dios, pero no lo hallaron. Al fin, cansados de buscar, decidieron enviar a algunos de ellos para informar a Dios de la inutilidad de su búsqueda, así como requerir de él nuevas instrucciones.
Sin embargo, ocurrió que los emisarios no volvieron.
¿Cómo regresaron a su mundo estos emisarios, ya que la "leyenda" no nos dice cómo llegaron los hombres a La Tierra? La cosa es muy simple: los emisarios son los muertos.
Nos encontramos en Madagascar hace, pongamos por caso, unos millones de años. Hemos buscado al hijo de Dios, Atakoloinona, por todas partes, sin éxito. Tal vez lo hemos hecho durante varias generaciones, siglos inclusive; y nada. El mago, hechicero, jefe religioso, sumo sacerdote o "fetiche", como se le quiera llamar, reúne a sus seguidores y les habla seriamente:
"-Atakoloinona sigue sin aparecer. Ya no sé el tiempo que llevamos buscándole. ¿Qué podemos hacer? Lo mejor sería avisar a Dios de la inutilidad de nuestra gestión. Y como sabemos que los muertos vuelven con los "razanes" o sea las almas de nuestros antepasados, hemos de realizar sacrificios entre nosotros para comunicamos con Ndriananahari y que El nos comunique su voluntad."
Es lógico suponer que esta solución sería aceptada, se eligiría a unos cuantos "emisarios" y se les daría muerte. Sus almas "volarían" al cielo, a los dominios de Ndriananahari, e informarían de lo ocurrido.
¡Pero Dios jamás ha revelado cuál es su deseo!
Los "emisarios" siguen muriendo. Millones de seres "llegan" y "se van" de nuestro mundo, haciéndonos creer que "nacen" y "mueren" aquí, sin que nada salga de este mundo esférico nuestro, y mucho menos que se comunique con el exterior. Y esto, que se ha creído durante siglos como el mayor misterio de la Vida y la Muerte, confundiéndolo siempre con mitos, leyendas, historias, supersticiones e ignorancias, ha sido lo que ha mantenido encendido el fuego de la religión.
Hay quien cree que sólo somos animales pensantes y quien supone que hemos llegado a este "deplorable nivel" después de haber sido dioses e intervenido en la Creación. Otros, ni en favor ni en contra, " dicen que hemos venido a este mundo, después de haber sido entidades psíquicas en otros mundos, y que nuestro ciclo evolutivo de entidades cósmicas no ha concluido aún, que evolucionaremos, volviendo a diferentes cuerpos y a distintas vidas, hasta conseguir la perfección necesaria para ser espíritus superiores.
Y no falta quien prefiere no creer nada, dedicarse al trabajo, a vegetar, ir tirando como sea, y al final, “Dios dirá!, lo que no deja de ser una postura cómoda, indolente, insípida y estéril.
¿Y qué opinamos nosotros?, se preguntará más de un lector, no sin lógica, puesto que si hemos dedicado nuestro tiempo al estudio de estas cosas, y nos encontramos, para bien o
para mal, escribiendo un libro que habla de nuestro origen, bien podemos tener una opinión. ¿No es así?
Naturalmente que sí. Y el lector, más o menos, ya sabe cómo pensamos. Pero si alguien. no ha caído aún en la cuenta, vamos a decírselo sin rodeos.
Creemos que nuestro planeta se formó, por desprendimiento de una gran masa gaseosa, procedente del Sol, hace unos cinco mil millones de años. Si son más o menos, eso poco importa. El ambiente fue primero ígneo, gaseoso, y luego, por enfriamiento, se fue condensando y licuando o solidificando. Aquí no podemos ser lo precisos que son los cosmólogos o cosmogenéticos, porque estos matices fisicoquímicos no nos van a solucionar el problema de nuestras dudas.
Sabemos, y lo hemos expuesto ya, que en estos momentos hay millones de planetas "naciendo" y "muriendo" simultáneamente. El Universo está en continua transformación, accionado por inmensas masas de energía, y nosotros continuamos "vegetando" en La Tierra como si nada ocurriera.
Cuando el planeta se enfrió, antes o después, nos llegaron gérmenes biogenéticos de alguna parte. Pensar que la vida sólo se produjo aquí, por generación espontánea o por combinación de aminoácidos en el "caldo de cultivo" primigenio, a lo que se añadieron descargas eléctricas, rayos ultravioletas, cósmicos, roetgen, gamma o bioenergías aún por descubrir, y que de los aminoácidos primitivos se formaron las primeras células, es tan utópico como creer que estamos solos en la ingente masa de estrellas, soles y planetas que forman, han formado o formarán todo el Cosmos, que no puede tener principio, ni tampoco puede tener fin, ¡aunque se transmute todo, y corriendo los millones de milenios, existan planetas transparentes, cuadrados o formen todos un bloque único y cúbico, cosa que no creemos en absoluto!
El hombre, por tanto, ya fuese igual, parecido o completamente distinto de como es ahora, tuvo que existir muchísimo tiempo antes de que existiera nuestro planeta Tierra.
El hombre posee un espíritu inmortal y, por tanto, creemos que es eterno y forma parte de la Entidad Suprema que rige el cosmos. Incluso, cabe la posibilidad de que la metempsícosis, de la que ya en la antigüedad nos hablaron los gnósticos, los druidas, los sacerdotes egipcios, Pitágoras, Buda y muchos otros, sea una realidad y, por las razones que sean, esos espíritus vuelven a la Tierra, reencarnan en nuevos cuerpos e, inconscientemente, prosiguen la tarea que dejaron inacabada en su existencia anterior. Con esto, naturalmente, no queremos decir que Hipólito León Rivail hubiera sido el sacerdote celta Allan Kardec, y mucho menos que el famoso embajador extraterrestre en La Tierra, como dice ser, el italiano Eugenio Siragusa, hubiera sido la reencarnación de Giodano Bruno, la de José Balsamo, el misterioso Conde de Cagliostro, y que hace más de 12.000 años hubiera vivido en Azlante (Atlántida), dado que, siendo cosas éstas que no se pueden demostrar, fácil es que cada uno de estos y otros personajes digan lo que quieran, ya sea verdad o mentira. En realidad, creemos que esto importa bien poco; lo importante es lo que hacen esos hombres. Si su labor es buena, sea verdad o no lo que dicen, hemos de aceptarla; pero si, por medio de engaños, fraudes y mentiras, llevan a cabo una mala labor, debemos rechazarla.
Aquí podríamos decir, de paso, que tanto Moisés como Cristo, realizaron una tarea benéfica para el pueblo israelí, pero perjudicial para egipcios y romanos, respectivamente. Y añadir, aunque sólo sea de religión, que el concepto del Bien y del Mal es tan dispar como interpretaciones se puedan dar a lo malo y lo bueno, lo feo y lo bello, lo grande y lo pequeño, etc., etc.
Qué duda cabe de que Cristo fue maravilloso para los cristianos. Pero, ¿no despertó la conciencia adormecida del pueblo israelí y con ello creó una doctrina que, con el tiempo, acabaría con los dioses romanos? ¿Y no hizo Moisés algo que desagradó al Faraón, puesto que, después de conceder la libertad a los hebreos, ordenó perseguirlos y ocurrió aquello de las aguas del Mar Rojo?
Es obvio que si existe Dios, cosa que no dudamos, aunque no sea para nosotros un señor venerable, con barba, patriarcal y "hecho a imagen y semejanza" nuestra (por aquello de que A es igual a C, si C y B son iguales y A y B también lo son) y que nos dio el libre albedrío para "hacer y deshacer" con nosotros mismos, no está bien que se meta en nuestras vidas y pretenda orientar nuestros pasos por el camino que conduce hacia él, ya que esto sería una intromisión o interferencia notable.
El hombre debería saber sin lugar a dudas cuál es su cometido en la vida y su destino en la muerte. Sabido esto, sin retóricas, confusiones, dudosas interpretaciones, cuestiones de fe o de moral, que cada cual elija su propio camino hacia el bien o el mal y allá se las arregle con su conciencia.
Pero, evidentemente, no se trata de eso, ni mucho menos, y lo que estamos ventilando con nuestra presencia en este mundo es mucho más complicado. Hay gentes que nacen, viven y mueren sin saber para qué han nacido. Incluso, los que dicen estar convencidos de saberlo, en su fuero interno, creemos, tienen dudas suficientes como para quedarse afónicos totalmente si los mentirosos se quedaran mudos.
¿Nos comprenden?
Y si los extraterrestres, de los que Eugenio Siragusa dice ser embajador, nó aspiran a interferir en nuestras rencillas o discusiones, lo mejor que podían hacer era quedarse en sus mundos, gozando de su avanzada tecnología, ¡que no debe ser poca, ya que sus "ovnis" parecen ser máquinas extraordinarias! Porque, veamos, ¿dicen que temen un enfrentamiento entre soviéticos y norteamericanos, y que alguien, perdida la serenidad, se lance a un holocausto atómico?
¡Por favor, queridos señores! Si nosotros tuviéramos medios suficientes para poder penetrar en dimensiones ajenas a las físicas, si pudiéramos viajar a velocidades lumínicas, si pudiéramos transmitir nuestras ondas mentales y hacer que los hombres recibieran esos "mensajes" telepáticos y, si mucho nos apuran, dejar sin electricidad a buena parte de los Estados Unidos... ¡bueno, seguro que contaríamos con medios idóneos para impedir que soviéticos y norteamericanos llegasen a destruir el mundo con sus proyectiles nucleares!
Pero, ¡cuidado, no nos interpreten mal! Por el simple hecho de que la doctrina de Eugenio Siragusa, ¡y la de muchos otros!, predica el bien y el entendimiento entre los hombres, van a renunciar los capitalistas de Occidente a sus beneficios y van a repartir éstos con los obreros de sus fábricas, creemos que esto no lo veremos nunca, puesto que sabemos de hombres que son capaces de morir antes de renunciar a sus privilegios... ¡Y tan humanos son unos como otros!
Las religiones han mantenido que los hombres son hermanos, pero ninguna ha dicho que todos debemos ser ricos o pobres. Lo que sí han dicho es que tengamos paciencia, que nuestros infortunios son temporales, y que a mayor sufrimiento en La Tierra, mayor gracia a los ojos de Dios. Y esto, sin ánimo de ofender a nadie, siempre nos ha parecido un poco sarcástico, aunque se aparte bastante de la cuestión que estamos estudiando.
El hombre tiene un destino y es el de buscar el mayor grado de conocimiento, para servir a una causa de finalidad cósmica. A este respecto, hemos de tener muy en cuenta las
palabras que los psicólogos Marvin Karlins y Lewis Andrews expresan en su obra "Biorrealimentación":
"El hombre no es sólo un reloj encerrado dentro de sí mismo, sino que es parte de un aparato de relojería mucho más grande, llamado Universo."
Y, por otra parte, Platón nos cuenta estas palabras de Sócrates poco antes de tomar la cicuta: "Acude a mi mente una antigua doctrina, según la cual, las almas de los hombres van, después de la muerte, de éste a otro mundo, y vuelven a éste para nacer de los muertos".
Hemos leído por ahí que los mayas tenían dos calendarios, uno popular, casi exactamente como el nuestro, de 365, y otro ritual, conocido con el nombre de Tzolkín, que está compuesto de trece meses de veinte días, lo que equivale a 260 días solares.
Y la pregunta que se hacen los que estudian estas cosas es la misma que nos hacemos nosotros. ¿Para qué puede servir un calendario que no puede emplearse para medir el tiempo?
Alan y Sally Landsburg, en "Conexión con el espacio exterior" (Plaza & Janés, 1976) nos dicen: "El calendario Tzolkín de los mayas marcaba probablemente el trayecto anual de un planeta distinto a la Tierra alrededor de un astro que no era nuestro Sol".
Y este es el núcleo de la cuestión que nos ocupa. ¿Vinieron nuestros antepasados de otro mundo? ¿Nacimos aquí, evolucionando a través de siglos, sufriendo mutaciones, hasta llegar a ser lo que somos, o, de "australopopitecos" o "pitecántropos", por intervención extraterrestre, nos convertimos en "homos sapiens"?
Planteadas así las cosas, la cuestión no ofrece dudas. Creemos que, en un millón de años, sin más ayuda que la nuestra, no sólo estaríamos defendiéndonos a mordiscos de otros animales de la selva, sino que, posiblemente, ante el acoso de enemigos mucho más preparados para la vida salvaje, nuestra especie se habría extinguido, Por tanto, hay que admitir que la inteligencia, de la que tan orgullosos estamos -¡es un irónico decir!-, nos ha servido para libramos de la extinción y para encumbramos como reyes de la creación, aunque no hubiéramos puesto nada de nuestra parte.
Es forzoso reconocer, por tanto, que poseer una inteligencia como la nuestra nos ha servido de mucho, dado que aún continuamos "vivos y coleando" y nos consta que muchas especies que habitaron el planeta ya se han extinguido, tal vez porque nos fueran funestas y debíamos acabar con ellas.
Por eso precisamente, y no por otra razón, estamos seguros de que, a menos de ocurrir una catástrofe universal, de la que no se salve ni el apuntador, el hombre seguirá saltando de planeta en planeta, obedeciendo a una ley de supervivencia inherente a él, hasta que. Bueno, éso no lo podemos decir, ni saber. Pero ya sabemos y hemos dicho bastante.
Parece ser que el módulo situado en órbita alrededor del planeta Marte por el cohete que transportó el Proyecto Vikingo, envió a Houston una serie de fotografías, de las que nada nos ha dicho nuestro compatriota Juan Oró, en las que, según el Profesor Jiménez del Oso, han aparecido arquitecturas piramidales sobre la superficie del planeta rojo. Pirámides y un monumento muy parecido a la Esfinge de Gizeh.
Ahora, bien; nosotros ignoramos si esto es verdad o no, o si es fruto de la más aventajada especulación, puesto que en estas cuestiones de la divulgación científica, arqueológica o tecnológica se han mezclado ya intereses extraordinarios, como si se tratase de ver quien la dice más gorda o de vender más libros que nadie. Por lo mismo, hemos de aceptar siempre con reservas algunas informaciones ufológicas, ávidas de notoriedad para sus divulgadores, con el único fin de protagonismo u otros inconfesables móviles.
Y también Charles Berlitz nos ha dicho que en el fondo del Atlántico ha descubierto una gran pirámide, en donde se supone que debió estar el continente sumergido de la Atlántida.
Nosotros, naturalmente, sólo sabemos que existen pirámides en Egipto, en Centroamérica, y en algunos lugares más, cuyos vestigios están tan deteriorados que hace falta muy buena voluntad e imaginación para adivinar que se trata de una pirámide.
¡Ah, pero, aquí, a nuestro lado, sobre unos paquetes de cuartillas, tenemos la pirámide experimental, con la que han obsequiado a sus lectores Max Toth y Greg Nielsen, autores de "Pyramid Power", que se ha publicado en España con el título de "El Poder mágico de las pirámides"!
Se trata de una pirámide de cartulina roja, de unos nueve o diez centímetros de altura, por catorce de base, y, aunque no sea una reproducción exacta de la pirámide de Keops, sí que nos ha dejado bastante perplejos y pensativos, porque esa pirámide de papel, posee, efectivamente, un "extraño poder mágico".
Suponemos a muchos de nuestros lectores al corriente de esa obra, de esa pirámide y de ese "poder mágico", ya que en ella se reitera gran parte de lo que ya hemos comentado en otras obras nuestras y que, a nuestra vez, hemos sabido por informaciones extranjeras. Pero, por si alguien lo ignora, diremos que, desde hace varios meses, estamos afeitándonos con una hoja que colocamos en el interior de la pirámide de cartulina roja, orientada, según instrucciones, en el eje Norte-Sur. Y el descubridor del "fenómeno", el checoeslovaco Karl Drbal, lleva afeitándose diez años con una misma hoja, que coloca periódicamente en su pirámide. Esto, aparte de causar un grave quebranto a los fabricantes de hojas de afeitar, en caso de que llegue a extenderse por el mundo, es algo que nos debe inducir a reflexión.
¡Y reflexionamos!
¿Qué hace "regenerarse" el filo de una hoja de afeitar que, antes, suponíamos desgastada por el uso? ¿Qué hace que algunos cuerpos se "momifiquen" dentro de la pirámide, cuando en otros lugares se descomponen? ¿Por qué la pirámide ha de estar orientada en el eje Norte-Sur, siguiendo las corrientes del campo magnético terrestre? ¿Sabían estas cosas los que construyeron las pirámides o las hemos descubierto nosotros ahora, como "descubrimos" América después de haberse olvidado la Humanidad de ella?
Aceptamos que esta reflexión es un interrogante continuo, pero, ya que no podemos responder a muchas cuestiones, lo mejor que podemos hacer es formular preguntas. Así