(GRÁFICO PÁG 143) 2 La soledad semántica
C. Lalengua Donald como instrumento de fragua
III. DE QUÉ DEPENDE SER UN HOMBRE NORMAL? (PÁG 181)
M. D. da testimonio en las primeras entrevistas de lo que él llama una «angustia existencial», referida a sus dificultades para invertir en sus estudios universitarios el fracaso de sus relaciones sociales y también efectivas con las mujeres.
Es un joven de veinticuatro años, brillante, culto, estudiante de ciencias, que sin embargo reprobó todos sus exámenes desde que terminó el bachillerato «debido a sus dificultades
psicológicas», dice. Luego, esta serie de fracasos y de fallas lo llevan a buscar un «psi» para que le dé un motivo.
El analista nota bastante pronto una discordancia entre una presentación dominada de sí mismo y de las circunstancias históricas de esas «fallas» y una enunciación «fluctuante» de sus dificultades. Oscila efectivamente entre dichos donde surgen preguntas angustiantes sobre trastornos que lo afectan, y comentarios irónicos y agresivos sobre el marco propuesto o sobre mis intervenciones.
Sufre, dice, de no poder salir de su casa por temor a enfrentar la mirada de los demás. Cuando está en un aula, se ve obligado a ubicarse de manera tal que los otros estudiantes queden a sus espaldas, y a estar cerca de una salida para poder irse si tiene algún malestar. Si la mirada de otros se posa en él, es invadido por sensaciones corporales desagradables a las que llama «descargas», una especie de picazón que enrojece e invade su rostro. Siente asimismo que sus manos se hinchan, como si ya no formaran parte de su cuerpo. No soporta esta sensación de cuerpo despegado. Dice que siente cuando se predispone mentalmente para esas descargas endureciendo el cuerpo, pero es impotente para controlarlas, a pesar de las estratagemas que utiliza: se fija en una idea o mira a sus interlocutores a los ojos para hacerles bajar la mirada. Esos fenómenos lo invaden y le movilizan
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tal energía para enfrentarlos, que no consigue concentrarse en su trabajo, y se hunde en el llanto, con ganas de suicidarse para que este sufrimiento termine.
Fue en su primer año de facultad cuando sintió por primera vez esas descargas mientras hacía una demostración en el pizarrón; se sentía «inspeccionado» por la mirada inquisidora de sus compañeros y de sus profesores. Quien siempre había sido un alumno brillante falla cuando se le pide mostrarse a la altura de las circunstancias y es invadido por fenómenos «cenestésicos» de desprendimiento y e de su cuerpo. El interpreta este episodio y sus fracasos como el cumplimiento de la predicción de una maestra en cuya casa estaba empleada su madre, y quien le había dicho que «¡el éxito escolar de su hijo no duraría!». Las palabras de esta mujer que lo despreciaba
socialmente y que rebajaba de este modo su éxito escolar se habían visto verificadas, según creía
con convicción, en esos fracasos ulteriores, como si se hubiera puesto enseguida en posición de
obedecer esta exhortación de goce de un Otro despreciativo. Pero ¿con la certeza de los efectos de esta predicción no le presta al Otro una autodifamación?
En un escrito que dará al analista intenta circunscribir estos fenómenos de descargas, que aparecen en un contexto de lucha contra sus ideas megalomaníacas para escapar a la mirada despreciativa de sus compañeros. Sus «descargas» son en aquel momento manifestaciones de la invasión de un goce por ser el objeto de la mirada despreciativo de los otros.
Se queja de las «descargas» que lo inundan y de las tensiones que conllevan en los lazos
sociales, y dice también que a veces lo invaden accesos de angustia aniquilantes -esto después de haber hecho el servicio militar en los cazadores de montaña. Se desmoronaba cada vez que tenía que pasar por pruebas físicas como enterrarse en la nieve. Quedaba petrificado, creía morir. No pudo pedir una prórroga debido a sus fracasos en los exámenes, pero también porque en su familia «no pueden sustraerse al servicio militar»- su abuelo era coronel.
Lo que le preocupa actualmente es su soledad amorosa; no consigue encontrar mujeres que se correspondan con su ideal femenino, pero sobre todo tuvo experiencias sexuales desastrosas, que teme que se repitan cuando conozca a una mujer. Así, padece angustia-pánico en el momento de tener que penetrar a una mujer. Tan pronto como su sexo podría estar entre las manos de una mujer, dice, se derrumba, y no puede soportar la relación sexual.
Hay en M. D. un llamado a la mediación de un saber para explicarse la significación de esos trastornos que lo afectan y el sentimiento de su propia extrañeza. Pero el estatuto de ese saber esperado resulta problemático en vista de las reacciones suscitadas por las intervenciones del analista. Estas apuntaban a una reactivación de sus palabras, eran interpretadas tan pronto como se emitían; él agregaba significantes nuevos que atribuía al analista, deformando así sus palabras hasta el punto de volverlas incomprensibles. Se mostraba desestabilizado ante los «¡eso es lo que usted cree!» del analista, pero seguía prestándole declaraciones, atribuyéndole sus propios
pensamientos. La voz escuchada era el eco de sus pensamientos internos, que instituía allí como
partenaire de sus interpretaciones delirantes. Se protegía también del surgimiento de un decir
inédito o de confrontarse con el vacío de su silencio aprendiéndose el texto de sus sesiones antes de acudir a ellas.
Es lo que confesó con mucha agresividad cuando el analista le preguntó por un pedido de cambio de horario de una de las sesiones sobre «qué hacía que él no pudiera ir directamente». Y escucha agregar: «¡como un grande!». Había atribuido una respuesta a la pregunta interpretando en su alucinación auditiva que el analista lo trataba como a un niño. La voz sonorizaba la mirada infantilizante que imaginaba colocada en él.
Durante este período atiborra al analista con escritos y trae un casete donde grabó su voz. En sus escritos intenta circunscribir, localizar el goce de esas descargas. Con la entrega de este casete hace del analista el depositario de este objeto-voz que le estorba. Ya no le presta su voz en la alucinación
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auditiva, ¡le da el objeto- voz! Intenta con eso despegar, exteriorizar, entre-dos, este objeto- voz en un tercer lugar, que la transferencia permitió instituir. (PÁG. 183)
Cuando algunas semanas después le devuelve el casete sin haberlo escuchado, el analista le hace saber que lo que importa es lo que él puede decir en sus sesiones. Motivaba este acto el deseo de no agregar al «todo produce sentido» que esperaba del Otro del «saber absoluto» del psicoanálisis. Si bien se mostró sorprendido, a partir de ese momento hubo un cambio en su implicación en la transferencia y un apaciguamiento en su interpretación delirante.
Llevará una serie de hechos en torno a su interrogación sobre su identidad sexual: «¿Soy un hombre normal?», preguntaba.
«Cuando vine por primera vez, y vi su nombre pegado al de su amiga, pensé que eran una pareja de homosexuales, y que me iban a convertir en homosexual.» Porque, durante una conferencia del antropólogo Coppens sobre el origen del homo sapiens, lo escuchó decir: «¡Es una mujer!». Tomó esas palabras como si se dirigieran a él y sintió un malestar tal que tuvo que salir. Ya había sentido esta alusión a su identidad sexual durante un examen; pensó que el examinador quería «examinar su sexo», y allí también fue presa de un malestar tal que abandonó el aula. Oye del Otro la
respuesta a lo que él es como ser sexuado, pero esto desencadena su angustia, como si no pudiera sostener la pregunta misma.
También está confrontado con una parasitación del significante sexual masculino, que se le impone cada vez que lee la sigla informática bit en un texto o cuando el profesor de física dibuja en el pizarrón la red magnética cuyo contorno forma órganos genitales. El no puede bromear con eso como hacen sus compañeros o conformarse con pensar en el valor -metafórico- de esos signos.
Con esa parasitación surge un «real» del sexo, como si el significante sexual estuviera en aquel momento desmetaforizado.
En varias oportunidades evocará un recuerdo infantil traumático que, según dice, lo marcó. A los seis años sufrió una operación después de una fimosis. Su madre no supo limpiar su sexo
correctamente, lo que se reprodujo después con su hermano, quien también fue operado. Después de la operación se despertó con su sexo ensangrentado, y no comprendió lo que le pasaba; creyó
que no tenía más sexo, que se había vuelto una mujer. Todavía ve a su madre haciendo el apósito en la mesa de la cocina, allí donde habitualmente pelaba conejos. Dirá, conmovido, que ella hab ía invitado a ese raro espectáculo a su abuela y a sus tías. Recuerda sus gritos de dolor.
Hay una fijación de goce del Otro en su pene reducido a la carne. Además, en esta sesión referirá la angustia-pánico que le provoca tener que poner su sexo en manos de las mujeres. Elabora
entonces durante varias sesiones esta versión traumática de una escena de castración vivida como real. La sustracción de su pene -que cayó en manos de su madre- sirve para dar un sentido a la elisión del falo, por el hecho de que la castración simbólica no pudo operar, por no haber sido el deseo de la madre una referencia suficientemente orientada hacia el padre. Como el fracaso de la metáfora paterna no permitió la introducción de la significación fálica, el significante fálico no pudo operar. Apoyándose en la presencia «real» del analista, en la transferencia, el paciente reorganiza sus experiencias de despedazamiento intentando encontrarles un sentido unificante. Debido a esta presencia tan «ligera» como posible, ante las manifestaciones tan vertiginosas como reversibles de su amor de transferencia que se transformó en odio, M.D. pudo hacer aparecer el carácter destructor de su odio a las mujeres, que provocaba en la transferencia, posicionándose así como objeto del goce del Otro. «Todo lo que hago es para provocar su cólera, y este odio que siento por usted impide mi trabajo aquí.» Algunas sesiones después dirá que pensó en estar en ese lugar de mujer, gozando de ser una mujer penetrada por otra mujer con un sexo masculino
removible. Agrega que no le gustaría sentir placer como una mujer penetrada por un hombre. Cuando se imaginó en ese lugar, tuvo miedo de ser transformado, sintió en sus miembros algo como si se redujeran a una raya. ¿Es una defensa contra el empuje a la mujer? Esperaba que su
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analista le diera esta respuesta que él mismo se construyó en la transferencia sobre su identidad sexual, y se impacientaba con la retención de ese saber cuando preguntaba si él era un hombre normal o un homosexual. Puede pensarse también que el parasitismo del «todo produce sentido sexual», que perturba su visión de los símbolos fálicos o su lectura de las siglas informáticas, es el retorno en lo real del significante de su sexo, que ha sido forcluído de lo simbólico. Es uno de los efectos de la forclusión del Nombre del Padre. En la sesión siguiente anuncia que tuvo un sueño. «Soñé que estaba en un puente como el que me trae aquí. Estaba con un amigo con quien de niño había tenido juegos sexuales. Yo quería presentárselo, usted estaba con su amiga del otro lado. El puente se agrietaba, yo me sumergía, volaba y llegaba a la otra orilla. En la grieta había un
hombrecillo de oro que parecía un buda que hacía girar el CD-ROM. No podía leer lo que había en la memoria, no podía meterlo en la computadora».
Lo interpreta como un signo de su deseo de suspender su análisis: «La grieta del puente indica que ya no vale la pena que venga. Creo que para mí ya es tiempo de elegir entre el psicoanálisis y el budismo, puesto que usted no me quiere decir lo que sabe sobre mí y no me guía lo suficiente».
Volverá cuando haya logrado decidir si quiere comprometerse o no en este trabajo analítico. Ese deseo de salida llegó en un momento crucial y delicado, cuando se quejaba de estar desestabilizado porque el analista eludía ocupar este lugar del saber absoluto del Otro, que había venido a buscar en la teoría psicoanalítica, y no podía hacer, lo que quería. Y, al mismo tiempo, la presencia del
analista en la transferencia lo empujaba a construirse esbozos dé respuesta al vacío enigmático con el que lo confrontaban esos fenómenos de descargas y esta parasitación del sentido sexual. En efecto, tenía que elegir (pero ¿podía?) ante la necesidad de hacer existir a un Otro del saber en el goce al que se consagraba.
La postal recibida seis meses después de esta interrupción, donde agradecía por el placer que sentía en compañía de las mujeres, muestra que el analista ocupa todavía este lugar de la dirección.