LA NEOCONVERSIÓN Usos del cuerpo y síntomas (PÁG 85)
B. Otros horizontes sobre la neoconversión
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encendedor hasta vaciarlo de todo el gas o llenar páginas enteras con firmas. Se impone una secuencia: crujido inaugural, profundo y explosivo, luego una sensación intolerable de que el pulgar caiga en el vacío; finalmente, práctica de «verificación», hasta que los crujidos secundarios
creados por las flexiones bajo la superficie de la piel se detienen. «Lo van a cortar», exclama. «Pero, entonces, ¿el otro?» Notemos aquí el efecto de bilateralización.
Como telón de fondo, quejas referidas a su aspecto fálico: arrugas alrededor de los ojos, caída del cabello, gordura, etc. Teme no poder seducir más.
Pudo construirse una serie de fenómenos del cuerpo: estrabisrno divergente durante su primera relación, dolores tenaces en la rodilla derecha que se harán bilaterales en la víspera de un examen exploratorio, lo que le hace decir «es psíquico»; rigidez de nuca y de espalda. Cada síntoma se apoya en una «sugestión»: palabra brutal, cachetada ofensiva, un golpecito. Clínicamente, una perfusión de antidepresivos que pasa por fuera: «El brazo se me va a pudrir, me lo tendrán que amputar».
La explicación a su tendencia a golpear a las mujeres la encuentra en sus padres: «"¡Sal del paso!", le decía mi madre a mi padre; yo reproduzco eso». «Golpeo porque mi padre tendría que haberle dado una cachetada para pararla. Ella lo rebajaba y o amenazaba con irse.» La madre de M. es presentada como un personaje autoritario e infiel que rechaza y después toma, como todas esas mujeres de las que él se separó; el padre, como impotente y depresivo: «Yo lo vengo, no quiero ser un trapo de piso».
Su adolescencia estuvo marcada por un hecho: su madre lo sorprende con un rosario enroscado alrededor del pene. Ella le dice: «Si vuelves a hacerlo, te enfermarás». La noche siguiente tiene poluciones nocturnas acompañadas por ritos obsesivos y fuertes
angustias. Estas desaparecerán a los veintiún años con la primera relación sexual y la vuelta a la masturbación.
«¿Es psíquico, doctor?... ¡Huy, huy, huy!» Este enunciado en forma de pregunta es repetido sin fin por el paciente, en la sesión o por teléfono. Conviene acusar recibo: «Completamente», para evitar su reiteración inmediata. Ninguna vacilación, ninguna apelación al sentido.
La temática fálica presenta un carácter no dialéctico, sin correlato con la función paterna. En dieciocho años de entrevistas, las asociaciones fueron rarísimas, sin sueños, ni lapsus, ni siquiera olvidos. Sin trastornos del lenguaje. Sin teoría delirante. La conservación de un eje imaginario le permitió trabajar, y sostener una relación terapéutica más bien amistosa. Viene entre dos mujeres a tomarme como testigo de sus goces desordenados, de su poder para tomarlo o rechazarlo, y de los fenómenos corporales intolerables. Se mantiene allí. Se sostiene de ese doble imaginario que yo encarno, que abandona cuando lo encuentra en una mujer, algo que sin embargo vacila cuando la sexualidad con ella lo confronta con lo insoportable; a partir de allí, domina la violencia. La duración sin precedentes de su último concubinato (seis años) estuvo acompañada por fenómenos del cuerpo invasores y durables. La ruptura de esta relación radicalizó el cuadro con,
correlativamente, un empobrecimiento de su lazo social. La búsqueda de una mujer le parece ahora mucho más condenada al fracaso porque su «aspecto fálico» se degrada.
No hay subversión de la función de órgano por la función fálica, como en el síntoma de la conversión histérica. Dado que es esquizofrénico, tiene que vérselas con Φ0, sus fenómenos del cuerpo de apariencia hipocondríaca son acompañados por una gran angustia. Él intenta localizar el goce en un órgano; sus prácticas de verificación para cifrarlo no constituyen realmente un límite. Intenta construir un síntoma. Actualmente hay que temer la automutilación o el suicidio.
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Víctor tiene diecinueve años. Es un joven endeble con una manera de caminar muy particular, un paso robótico. Se mantiene muy derecho, con la frente inclinada y la cabeza ligeramente reclinada sobre un lado. Camina de manera entrecortado, plegando muy poco las rodillas y tendiendo las piernas hacia adelante con un esbozo de deslizamiento de los bordes de los pies, que casi no despega del piso.
Cuando habla, mira casi siempre de soslayo a su interlocutor, aunque la mayor parte del tiempo no lo mira en absoluto. Su historia patológica comienza en la infancia, hacia los diez años. Su familia residía desde hacía varios años en el extranjero, donde el padre dirigía una fábrica. Vivían separados de la población local, y eran protegidos por guardias que acompañaban al joven Victor y a su hermana a la escuela.
Victor, totalmente aislado de sus compañeros de clase y casi mudo en la casa, se manifiesta mediante crisis de violencia elástica dirigida contra los objetos de su habitación. Un rechazo obstinado a seguir yendo a la escuela acarrea la decisión del retorno de la familia a Francia, donde él retoma la escolaridad.
Sus estudios secundarios se realizan con bastantes buenos resultados, que contrastan con su aislamiento persistente. Victor no tuvo compañeros, hablaba poco en su casa, y menos aún en el colegio.
En varias oportunidades hicieron consultas con psiquiatras. Sus padres se oponen a que tome medicamentos. Alrededor de los catorce años y otra vez hacia los dieciocho, se queja de ser objeto de burlas de sus compañeros del colegio. Repite el último año, e interrumpe en varias ocasiones su escolaridad por su negativa a ir a clase. Las ideas de persecución referidas a sus compañeros no parecen estar organizadas en un delirio sistematizado: él piensa que todos se ríen de él.
Entonces, empieza un tratamiento de breve duración con un terapeuta conductista que intenta reeducar las dificultades en el caminar. Después comienza una terapia familiar que reúne a Víctor, sus padres y su hermana mayor. Los sentimientos de persecución de Victor se esfuman, y la
paranoia de su padre ocupa el centro de la escena en las sesiones. Victor, quien toma cada vez más seguido la palabra para participar en las críticas hacia el comportamiento de su padre, es enviado a un psicoanalista. Espera de las entrevistas una sedación de sus dificultades de relación. Explica, en efecto, que tiende demasiado a pensar que sus compañeros se burlan, «cuando quizá se trata de simples bromas».
Durante las primeras entrevistas se dedicará a hacer una reseña mecánica de sus actividades de los días precedentes, señalando los buenos resultados escolares, y su preocupación cuando sus notas son malas. Insiste en sus hazañas relacionases. Quiere mostrar los progresos de su capacidad de hacer intercambios con el prójimo: comidas en común en el restaurante universitario,
intercambio de bromas, exposiciones orales en el anfiteatro, trabajo compartido con un compañero . Intenta hacerse amigos. Se trata siempre de compañeros de su mismo sexo. Victor no habla con las chicas y nunca menciona su existencia.
La computadora ocupa todo su tiempo libre. Es un equipo adecuado para evitarle utilizar la palabra. Internet le permite enviar al otro extremo del mundo mensajes, de los que solo le apasiona la comunicación. Aparentemente, el contenido le resulta más bien indiferente.
Habla muy poco de sus sentimientos, salvo de su rabia hacia su padre, que «se arrastra en la casa en lugar de buscar un trabajo, que molesta a todo el mundo con su persecución, que es
insoportable». El padre, efectivamente, renunció al trabajo por un conflicto con la dirección general de su empresa durante el cual parece haberse mostrado tan inflexible que hizo inevitable la ruptura; y desde entonces se declara perseguido y vigilado, incluso amenazado por polizontes de esa
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«Es un vago.» La desocupación del padre y sus reacciones depresivas transformaron el equilibrio de la familia, lo hicieron caer de su posición de tirano familiar. (PÁG. 119)
Victor queda muy impresionado por una crisis durante las vacaciones en el campo: creyendo
que la casa estaba cercada y la familia en peligro, el padre trata de prohibirles salir de la casa durante varios días. «La persecución es la enfermedad de la familia, pero yo intento corregirme.»
Durante varias semanas, Victor se pone furioso en la comida en el restaurante universitario: no acepta las bromas de sus compañeros y revolea algunos objetos.
Una queja -le duelen las piernas después de un largo paseo en familia- me permitirá indagar sobre sus dificultades para caminar. Él me tranquiliza: su terapeuta (conductista) lo había ayudado mucho dándole ejercicios: «dar vueltas al hospital obligándose a plegar las rodillas». Antes
caminaba con «las piernas completamente derechas». De hecho, ahora las pliega muy ligeramente. Había empezado a comportarse así alrededor de los catorce años. Luego de algunos meses su andar se había aligerado, pero en el último año del liceo, nuevamente se había «endurecido mucho». Como le hice notar que esta dificultad para caminar había aparecido en un momento en que él andaba mal, convino: «Era cuando me perseguían».
Comenzará la sesión siguiente declarando: «Yo caminaba así porque tenía miedo de que me traten de maricón». No dirá nada más en ese sentido, salvo que la idea se le había ocurrido a él, sin que nadie lo hubiera insultado así. «Estoy muy atento cuando camino, pienso en eso todo el
tiempo.» Mencionará de nuevo este caminar durante las sesiones siguientes, y entrará al consultorio con un paso cada vez más suelto, y pronto casi normal, que conserva sin embargo cierta rigidez del tronco.
Ese andar de autómata apareció en Victor a la edad en que la pubertad transforma el cuerpo, podría suponerse que como respuesta a las excitaciones sexuales. En lugar de una significación fálica -que la ausencia de anudamiento edípico de su psicosis infantil, PO, no permitía-, la rigidez del cuerpo habría intentado poner límite a la disgregación de lo imaginario, al agujero Φ0.
Victor lucha contra el empuje a la mujer. Teme que se lo tome por un homosexual. Para oponerse a la feminización se yergue con una erección de todo el cuerpo, sostenida por una atención agotadora.
Que haya bastado que Victor pudiera decir algunas palabras sobre esta feminización para que cediera de forma duradera esta dolorosa mostración fálica no significa que aquí la significación obstaculice la invasión de goce, sino más bien que es posible actualmente una estabilización provisoria. Y es que el padre, hasta entonces demasiado presente y demasiado absoluto, fue destituido de su autoridad por la desocupación y la evidencia de su delirio, lo que le permite a Victor ocupar el lugar de único individuo cuya mente es racional, y de este modo beneficiar a su familia con sus consejos de lógico, que lo ubican así más cerca de su ideal de especialista en informática -situación favorecida por los estudios que sigue en esta especialidad. Puede entonces renunciar a la contractura voluntaria de sus músculos y a su andar «viril» sin sentirse acosado por invasiones de goce deslocalizado.