En el curso de nuestra última exposición, nos hemos propuesto familiarizaros con la idea de que hay más de un universo comprendido en el interior de un espacio tiempo, os hemos precisado que no queríamos hablar de un universo eventualmente tan alejado que los telescopios más perfeccionados no lleguen a captarlo en su campo visual, sino que más de un universo estaba comprendido en el interior de este mismo espacio limitado por las tres dimensiones que reinan en el mundo dialéctico.
Como hombres dialécticos, nos hemos hecho una imagen del mundo. Sabemos que pertenecemos a un cierto universo. Todo lo que los telescopios más poderosos pueden percibir e incluso lo que se encuentra más allá, en consecuencia la totalidad del espacio insondable y todo lo que está comprendido en él, pertenece a la naturaleza de la muerte, es decir a un orden en el cual se afirma una ley natural dialéctica constante que conocemos perfectamente y que resumimos con estas palabras: subir, brillar y descender. Este es un estado, un orden en el que una de las características es la vida y la muerte, ocasionadas por cambios incidentales incesantes, con todas las consecuencias de esta inestabilidad.
En resumen, nuestro universo, el universo del cual somos el producto y al cual pertenecemos, es lo que es por la ley electromagnética que está en su base, por el juego de diversas actividades de la gravedad, al interior de un grupo de posibilidades determinadas. Lo que tiene por resultado el mantener el conjunto en estado. Este conjunto forma un todo cuyas partes están subordinadas unas a otras y se influencian mutuamente.
Así pues la tierra está influenciada por el sistema solar y por el zodíaco; ella es una unidad, comprendida en una más grande, a su vez comprendida en una más grande todavía y así sucesivamente, hasta que contemplamos el conjunto como una gran unidad, un gran Todo.
Ahora bien, fácilmente se puede demostrar que esta unidad universal tiene una idea en su base y que el conjunto representa la actividad de esta idea.
Sabemos que una idea despierta una vibración; que esta vibración opera en la sustancia primordial, produce allí una actividad y que esta actividad se vuelve una manifestación, una realización. ¡Bien!, a la actividad la llamamos el campo magnético y a la realización el universo en perpetua manifestación. La idea fundamental libera de una cierta manera el
hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el carbono, y asegura su cohesión armoniosa. Algunos átomos son forzados a dividirse y a reunirse según ciertas leyes y forman así los elementos.
Ahora bien, acordémonos que puede ser demostrado que la idea en la base de nuestro universo es antidivina. Podemos probar su esencia antidivina por la actividad, la manifestación y la realización que provienen de ella y deducir de ello que debe de haber allí un universo diferente, que procede de otra idea, la Idea divina. Esta debe demostrar y manifestar otra actividad, otra manifestación, debe de estar provista de una constelación etérica diferente y demostrar, consecuentemente, según su principio y su resultado, un ser totalmente diferente.
Así pues comprendemos que este universo diferente no tiene necesidad de otro espacio para manifestarse, sino simplemente de otra idea, de otro campo magnético, considerando que dos campos magnéticos diferentes pueden muy bien exteriorizar y actualizar en un mismo y único espacio sus manifestaciones respectivas, absolutamente diferentes, sin que se perciba nada de la manifestación vecina. La única cosa que puede ocurrir es que los dos campos magnéticos se perturben mutuamente, cuando criaturas de campos diferentes tienen entre ellas cualquier relación.
Sabemos que una parte de las criaturas de nuestro universo pertenecían, antes de nuestro tiempo, al universo divino, no en su manifestación actual, que es la de esta naturaleza, sino en una manifestación totalmente distinta, manifestación de la que no queda mas que un único principio, al que nosotros llamamos átomo original, así como un sistema magnético latente en el ser aural. Actualmente, el átomo se ha hundido en el sueño, en el letargo y el sistema magnético del ser aural está reemplazado por otro sistema magnético actualmente en vigor.
Está claro que aquel que posee un átomo primordial espiritual, "una rosa del corazón" que antaño florecía en otro universo y que se abría en una incomparable belleza, ha conservado una cierta sensibilidad, una predisposición a captar las emanaciones del campo magnético divino.
Nuestro campo microcósmico puede ser perturbado por el campo cósmico divino. En consecuencia, puesto que pertenecemos, como colectivo y como individuo, al universo dialéctico, transmitimos esta perturbación a todo el cosmos dialéctico. Así en parte somos de la naturaleza divina y en parte de la naturaleza de la muerte. Luego forzosamente los dos campos magnéticos se perturban el uno al otro. La Lengua Sagrada explica místicamente este fenómeno diciendo por ejemplo que "Dios no deja perecer la obra de sus manos" o bien "Él
envía a su Hijo con el fin de salvar lo que estaba perdido, o que "Él está furioso por el pecado de sus hijos".
Confrontado ante unos hechos científicos, todo alumno puede admitir y comprender que si él tiene, en el corazón, un capullo de rosa, si consecuentemente él es un hijo de Dios, sufre las influencias del campo exterior de radiación del universo divino. Además, aquel que no se contenta con sufrir este efecto, sino que encima lo experimenta y lo reconoce conscientemente, se encuentra corporal y perfectamente en el círculo exterior gnóstico.
Ahora bien, este campo de radiación exterior de la Gnosis es incontestablemente magnético, aunque nunca en la medida en la que podría volverse catastrófico, pues ciertamente una atracción muy fuerte sería perjudicial para el éxito y solo podría tener como resultado la separación de una manera brutal del principio original del sistema en el cual actúa, lo que desde luego no es la intención divina.
¿Cuál es entonces esta intención? Ella implica que el sistema caído se ofrece voluntariamente a sufrir la transfiguración. El sistema caído debe volverse en su totalidad un sistema divino y regresar al universo divino. Se puede comparar el campo de radiación exterior a un contacto, a una llamada, a una señal, a una silenciosa advertencia, sin ninguna coacción, sin atracción magnética forzada. El contacto basta, en efecto, para hacer nacer en el corazón una ligera y suave radiación que se dirige a la conciencia dialéctica y a la que la conciencia reacciona por una turbación, con una inquietud. Sabéis esto, os lo hemos explicado frecuentemente. Unas impulsiones nuevas nacidas en el ser dialéctico operan sobre la conciencia dialéctica que es, a decir verdad, invitada a seguir la voz, es decir las sugestiones del átomo primordial.
Así es como ocurren las cosas: Evidentemente la conciencia dialéctica ignora que esta cosa, a la que nosotros llamamos átomo primordial, existe y que ella lo sigue. Esta conciencia está tan habituada en su mundo imperfecto, incompleto y antidivino, a experimentar sin cesar y a especular, es impulsada hasta tal punto por las circunstancias a buscar ella misma la felicidad, que siempre supone que actúa absolutamente por propia iniciativa; aunque enteramente egocéntrica, sin embargo es conducida. Así pues está claro que todo portador de un capullo de fosa no puede escapar a la influencia de la impulsión gn6stica.
Se desarrollan, bajo la influencia de esta fuerza, las series de acontecimientos que todos conocemos, considerando que fuimos constantemente los juguetes o que quizás aún lo somos. Son las volteretas y las acrobacias del yo dialéctico que quiere sacar provecho de la
diversidad de sus intereses y verlos triunfar: es la lectura de cantidad de libros -son las mil y una sesiones, reuniones y conferencias a las que es de la mayor importancia asistir- los movimientos y agrupaciones de las que forma parte, donde se ejerce a veces una función- es sentir la cabeza fatigada por cantidad de nulidades- es flotar constantemente entre la esperanza y el temor -quizás también es sublevarse contra la voz interior que se impone a nosotros de cien maneras- es jugar al hombre seguro de si mismo, incluso al "iniciado", al "llamado". En resumen, es el guirigay y la confusión de decenas de millares de hombres que se comportan, ellos y su entorno, según un conocido cliché. Todos habéis oído ya citar el ejemplo de ¡los pozos en los que se levanta la tapadera! El rayo de sol que penetra en el interior hace huir a la miseria, revela un bullicio indescriptible, el enloquecimiento de un hormiguero sobre el que se ha puesto el pie.
Esto ya lo sabéis, pero estad ahora atentos: esta confusión, este atolladero, este caos, puede durar mucho tiempo, incluso toda una vida... hasta que al fin nace la fatiga, el cansancio. ¿Por qué? Porque el ser aural o yo superior no sabe ya que hacer. En efecto, en el curso de las experiencias referidas más arriba, el yo superior había siempre tratado de guardar la iniciativa, guiaba al yo inferior por allí por donde éste podía encontrar satisfacción y comer a sus anchas. Esto era dar piedras por pan, pero durante todo el tiempo en que el yo se contentara con ello, la rueda continuaría girando.
Ahora bien, llega un momento en el que el yo inferior, el yo, está harto de este juego de engaño y en el que el sistema magnético del ser aural o yo superior ya no es capaz de darle satisfacción. El yo superior está fatigado, el firmamento dialéctico demuestra un debilitamiento de su intensidad luminosa; lo que ocasiona una perturbación magnética evidente que no provoca únicamente una radiación luminosa nueva del átomo primordial, sino que hace que el campo de luz correspondiente del ser aural sea tocado por la radiación magnética gnóstica y revivificado. Un rayo magnético perfora inmediatamente un camino en el santuario de la cabeza en un punto preciso llamado mesencéfalo. Desde que este punto es alcanzado, una impulsión profunda toca las cápsulas suprarrenales regidas por esta parte del cerebro, una energía nueva recorre el cuerpo y el yo reacciona por primera vez a la llamada de la Gnosis.
Tal hombre está maduro entonces para el segundo campo de radiación gnóstico. Es en este segundo campo donde el alumno entra en contacto con la Escuela Espiritual os hacemos observar que el interesado ha podido muy bien conocer la Escuela Espiritual en un primer período, incluso haberse vuelto miembro, pero solo haberlo comprendido hasta ese momento
como un simple movimiento, un grupo parecido a tantos otros. Es en el segundo período cuando el alumno llega a conocerla de una manera muy diferente. En este período, la amará y la servirá por necesidad interior, con un ímpetu, con un entusiasmo tan irreprimible que ya nunca la abandonará. Desde ese momento, el alumno prueba el sabor anticipado de la Casa Paterna.