El hipnotismo contribuyó mucho al desarrollo de Cayce como canal psíquico. Durante su niñez, que transcurrió en Kentucky, el pequeño Cayce sintió un gran interés por la religión, cierta tendencia hacia las experiencias místicas, y dio muestras de poseer facultades psíquicas. El concepto del místico o vidente como canal, sin embargo, no surgió hasta varios años después de que Cayce empezara a trabajar como vidente en trance.
La primera vez que Cayce actuó como vidente en trance, sentía una gran necesidad a nivel personal. Según el relato de Thomas Sugrue, en su biografía de Cayce titulada There Is a River (Hay un Río), todo empezó con un extraño suceso:
En la primavera de 1900, a los 23 años, Cayce empezó a trabajar como vendedor ambulante. Una noche, cuando estaba en Eikton, una ciudad a unas cuarenta millas de distancia de Hopkins ville, donde estaba su hogar, se detuvo en la consulta de un médico para pedirle unos polvos para el dolor de cabeza, pues hacía varias semanas
que sufría esa molestia. Lo siguiente que supo es que estaba en la cama, en su casa de Hopkinsville. Un amigo de la familia lo había reconocido en Elkton, cuando andaba de un lado para otro despeinado y desorientado, y lo había traído a su casa. El médico de cabecera sospechó que ello había sucedido porque le había dado un sedante demasiado fuerte. Cuando Cayce se recuperó, resultó que había perdido la voz y estaba muy ronco.
La ronquera no se le fue, siguió así todo el verano. Varios médicos emitieron diagnósticos e intentaron tratar su enfermedad, pero no tuvieron éxito. Cayce decidió que lo de su garganta era incurable, dejó el trabajo de vendedor, y empezó a trabajar en el campo de la fotografía, ello habría de convertirse en su profesión.
El hipnotismo estaba de moda por entonces en América, algo muy parecido a lo que sucedió con la canalización en los ochenta. Uno de los aspectos más teatrales del hipnotismo era que con frecuencia revelaba los poderes psíquicos del hipnotizado.
Por entonces, llegó a Hopkinsville un hipnotizador que iba de un lado para otro con su espectáculo. Su truco era el siguiente:
Pedía a alguien que escondiera un objeto en algún lugar de la cuidad, entonces atravesaba la ciudad con los ojos vendados y dirigía su carruaje hasta el lugar donde estaba escondido el citado objeto. Asimismo algunos afirmaban —no sin razón, aunque un poco prematuramente— que la hipnosis era la medicina del futuro.
Hart se enteró del problema de Cayce y aseguró que él era capaz de resolverlo por doscientos dólares. No recibiría nada si fallaba. Cuando estaba hipnotizado, Cayce hablaba normalmente, pero cuando salía de este estado, tenía la voz tan ronca como de costumbre.
Un médico de Nueva York se enteró del problema de Cayce y viajó al sur para llevar a cabo una cura hipnótica. El también fracasó. En una carta dirigida a los familiares de Cayce, no obstante, comentaba que Cayce parecía resistirse a aceptar la sugestión posthipnótica relacionada con su garganta, era como si él quisiera hacerse cargo de ello. El doctor sugería que alguien hipnotizara a Cayce y luego le hiciera hablar sobre su enfermedad. Un hipnotizador local, Al C. Layne, quería probar y Edgar estaba deseoso de someterse a este último experimento.
Un año después de que comenzara el problema, tuvo lugar el experimento decisivo. Layne sugestionó a Cayce y le ordenó dormirse. Cuando Cayce respiraba profundamente, el hipnotizador indicó a Cayce que “observara su cuerpo y describiera qué era lo que le pasaba en la garganta”.
Entonces, Cayce habló con voz muy clara, y expuso lo que llegaría a ser su marca de fábrica: “Sí, tenemos el cuerpo”. Cayce pasó a describir su afección de garganta. Se debía a la mala circulación. Indicó que su circulación podía mejorar mediante la
sugestión hipnótica, mientras permanecía en un estado de inconsciencia. Layne lo sugestionó y la garganta de Cayce se tomó de un color rojo brillante. Tras unos veinte minutos, Cayce dijo que esa circunstancia había desaparecido, y pidió que el hipnotizador lo devolviera a la normalidad, y lo despertara. Hizo así, y la voz le fue restituida.
Pero al cabo de unos días su voz volvió a debilitarse. Empleando el mismo procedimiento que antes, Layne consiguió ayudar a Cayce a recobrar su voz. Durante casi un año, Cayce hubo de someterse a sesiones de hipnotismo periódicas para mantener su voz en funcionamiento.
Layne inmediatamente supo apreciar el valor potencial del trance de Cayce. Algunos hipnotizadores de Europa habían demostrado que mientras el hipnotizado estaba en trance con frecuencia manifestaba una capacidad psíquica para diagnosticar la enfermedad de otra persona. Cayce había sido capaz de diagnosticar su propio problema y de indicar un tratamiento. Así que podía muy bien emitir un diagnóstico para otra persona. Layne decidió servirse del trance de Cayce para la práctica de la medicina. Y pronto Layne (un osteópata autodidacta y sin licencia) había abierto una consulta, y utilizaba a Cayce para emitir diagnósticos en secreto y recetar tratamientos. De este modo, Cayce empezó a dar lo que Layne denominó “lecturas”, sin éste saberlo.
Cuando Cayce se dio cuenta de lo que estaba pasando, se disgustó bastante e hizo prometer a Layne que iba a dejar de hacerlo. Pero Cayce dependía de Layne, porque éste le sometía a los tratamientos hipnóticos, así que continuaron trabajando. Cayce se enteró más adelante de que Layne había seguido con las lecturas. Layne insistía en que las lecturas definitivamente iban muy bien orientadas, los diagnósticos realizados para los pacientes eran exactos, y los remedios sugeridos estaban surtiendo efecto. De todas formas, estas prácticas molestaron a Cayce y ambos rompieron su relación. Pero Cayce volvió a tener problemas con su voz y hubo de acudir nuevamente a Layne. Así que, aunque de mala gana, Cayce accedió a realizar lecturas para los pacientes de Layne. Finalmente llegaron a la prensa rumores sobre el trabajo realizado por Cayce y Layne, que practicaba la medicina sin licencia, y Layne tuvo que abandonar la ciudad.
Cayce encontró a otro hipnotizador para su tratamiento, y sólo de vez en cuando —en caso de auténtica necesidad— realizaba lecturas para otras personas. Hubieron de pasar muchos años antes de que Cayce admitiera que sus lecturas psíquicas eran beneficiosas para los que necesitaban ayuda. Y sólo entonces accedió a desempeñar la función de vidente.
Cuando le daban el nombre de una persona, a menudo describía su entorno. En una ocasión, describió perfectamente la habitación de una persona, pero dijo que esa
persona no estaba allí, como cabía esperar. Minutos después, indicó que esa persona acababa de llegar. Era como si tuviera visiones móviles, además de un sexto sentido que le permitía saber dónde tenía que mirar. Era un vidente que tenía como rayos-X en los ojos, gracias a lo cual podía mirar dentro del cuerpo y describir estados del paciente que posteriormente los médicos verificaban mediante reconocimientos médicos.
Lo que convenció a Cayce fue, por un lado, la exactitud de su percepción psíquica y, por otro, el hecho de que aquellos médicos que siguieron sus prescripciones tuvieron éxito con los pacientes. Su clarividencia era fantástica. Una vez recetó una medicina que no era posible encontrar en ninguna parte. Ya no se hacía. Y fue él mismo quien dio la fórmula que posibilitó su elaboración. Al poco tiempo, llegó una carta de un médico que había localizado la fórmula del tratamiento, y efectivamente coincidía con la fórmula de Cayce. En otra ocasión, Cayce recetó un remedio imposible de encontrar. Entonces, Cayce localizó una farmacia en concreto, describió una estantería del almacén, e indicó que buscaran en la parte de atrás, detrás de unos fármacos de uso más habitual. Localizaron al farmacéutico, le pidieron que siguiera las instrucciones de Cayce y encontraron la vieja botella del citado remedio.
Como padre de la medicina holística, describió la interacción existente entre la mente y el cuerpo, sobre todo el funcionamiento del sistema endocrino y las funciones curativas del cuerpo, cuestiones que los médicos tardarían cuarenta años en descubrir. Lo cierto es que Cayce limitó la utilización de su talento psíquico a la realización de prescripciones y diagnósticos clínicos, hasta que tuvo lugar una reunión de consecuencias decisivas.
Unos veinte años después de su primera sesión experimental de hipnotismo, un próspero impresor llamado Arthur Lammer le preguntó si alguna vez había investigado los misterios del universo entrando para ello en trance. A Cayce, ni siquiera se le había ocurrido hacerlo. La sugerencia de Lammer constituyó otro reto. Accedió a realizar ese experimento. Lammer le hizo muchas preguntas sobre cuestiones metafísicas, la reencarnación y la naturaleza espiritual del ser humano. Las respuestas que dio Cayce estando en trance abrieron un horizonte totalmente nuevo a sus condiciones de vidente. Acto seguido, vinieron sus enseñanzas sobre cómo los seres humanos son canales de energía divina y la significación de ese potencial espiritual.