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Las Autoridades Federales de la Reserva encontraron un apuro infeliz. La especulación absorbía claramente cada vez más de los fondos de excedentes del país. La inflación del crédito llegaba a ser cada vez más peligrosa y los especuladores estaban listos para pagar cualquier cantidad de dinero solamente si los precios se mantenían al alza. Las autoridades de la Reserva habían esperado pacientemente que la fiebre especulativa se curara a sí misma, pero esto se convirtió solamente en una fiebre más violenta.3

En el 2 de febrero de 1929, se emitió una declaración sobre la opinión de la Junta de la Reserva Federal, en la que se explicaba que el Decreto de la Reserva Federal no contemplaba, el uso de los recursos de los Bancos de la Reserva Federal para la creación o la extensión del crédito especulativo. Un banco miembro no puede reclamar razonablemente facilidades de redescuento a su Banco de la Reserva Federal para prestar con el propósito de especular o mantener los préstamos especulativos. Más o menos quince días después, la Junta escribió a varios Bancos de la Reserva alertando para prevenir tanto como sea posible el desvío de Fondos Federales de Reserva en préstamos basados en seguridades.

Mientras tanto, los bancos de la Reserva redujeron drásticamente su participación en bonos comprados en el mercado. En febrero, una y otra vez los directores del Banco de la Reserva de Nueva York preguntaron a Washington por el permiso para incrementar la tasa de interés de Nueva York, pero el permiso fue negado cada vez, pues se discutía que una tasa de interés baja para el redescuento incentivaba la especulación, debido a que los bancos tendían a pedir prestado de la Reserva a un interés bajo y luego los suministraban al público a un interés mayor.

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Lewis Allen, Frederick. Only Yesterday: An Informal History of the 1920's. New York, John Wiley & Sons, Inc., 1997.

A finales de marzo, después que Herbert Hoover entró en la Casa Blanca, el precio del dinero vino a un punto culminante repentino y alarmante. Los precios de las acciones llevaban varios días cayendo cuando en el 26 de marzo la tasa para los préstamos especulativos saltó del 12% al 15%, después al 17% y, finalmente, al 20%, que fue la tasa más alta desde los deprimentes días de 1929, cuando tuvo lugar la caída de precios; miles de pedidos al margen encontraron su lugar en los botes de basura de los especuladores, cientos de participantes vendieron con pérdida todo lo que poseían y, una vez más, el Big Bull Market (el mercado en alza) pareció estar en sus últimas.

El 26 de marzo, por la tarde, varios bancos de Nueva York decidieron ir al rescate. Culparon a la Junta de la Reserva Federal por el pánico, y al día siguiente Charles E. Mitchell, Presidente del Nacional City Bank, anunció que su banco prestaría 20 millones de dólares para préstamos especulativos de los cuales 5 millones estarían disponibles al 15%, cinco millones más al 16%, y así hasta el 20%. La acción de Mr. Mitchell fue descrita por el senador Carter Glass como una bofetada a la Junta de la Reserva.

Ya en 1928, cuando el mercado de acciones estadounidense se disparó, Carter Glass hizo un llamado para poner freno a la comunidad bancaria de Nueva York, específicamente, para el retiro de Charles Mitchell Presidente del National City Bank y miembro de la Junta de la Reserva Federal de Nueva York; pero, nadie hizo nada. Glass estaba preocupado por el inmenso aumento de las actividades especulativas llevadas a cabo por los bancos miembros de la Reserva Federal; y el desastre ocurrió.

En la primavera de 1928, la Reserva Federal expresó la preocupación por la especulación en la Bolsa y los tipos de interés, elevados para contener la extensión del crédito. El crecimiento en el medio circulante comenzó a retraerse, y así se hizo un alza en la existencia precios.

El profesor Quigley4 había dicho que los banqueros centrales no eran poderes sustantivos en sí mismos porque eran como marionetas cuyas cuerdas eran tiradas por otros. Griffin se pregunta: ¿Causó la Reserva Federal la especulación en el mercado de acciones? Por supuesto que no. Los especuladores lo hicieron. La FED tuvo indudablemente otros objetivos en la mente, pero eso no cancela su responsabilidad. Estaba agudamente enterada del efecto psicológico del crédito fácil y había usado conscientemente ese banco de

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conocimientos para manipular la conducta pública en numerosas ocasiones. En la tragedia fue tan inocente como una araña cuya telaraña “accidentalmente” atrapó la mosca.5

Pero lo más odioso es lo que apunta Edward Griffin, quién dice que en febrero de 1929, es decir unos cuantos meses antes del desastre final, un acontecimiento curioso ocurrió. Norman Montagu, del Banco de Inglaterra, viajó a Estados Unidos para consultar privadamente, una vez más, con los oficiales de la Reserva Federal. Se reunió también con Andrew Mellon, el Secretario del Tesoro. No hay registro público detallado de lo que tuvo lugar en esta reunión a puerta cerrada, pero se pueden afirmar tres cosas: era importante; tuvo que ver con las economías de Estados Unidos y Gran Bretaña; y se deliberó que era mejor no decir al público lo que pasaba.

No es ilógico suponer que los banqueros centrales del centro capitalista habían llegado a la conclusión de que la burbuja no sólo en Estados Unidos, sino en Europa reventaría probablemente muy pronto. Como lo habían hecho repetidamente en el pasado, era tiempo de “limpiar” de especuladores la economía y volver los mercados a la realidad, y, desde luego, en este juego ganan los que dominan el mercado. La disculpa siempre ha sido que tienen que dejar que “la naturaleza tome su curso y permitir que la naturaleza tome la culpa”;6 pero, en la realidad, los que ganaron fueron los que hicieron las altas especulaciones riesgosas, se trató de una maniobra para lavar el dinero fácil de los grandes pulpos que dominan Wall Street.

El Secretario del Tesoro, Andrew Mellon, fue aún más enfático. Herbert Hoover describió los panoramas de Mellon como sigue:

Mr. Mellon tuvo sólo una fórmula: liquidar el trabajo, liquidar acciones, liquidar a los granjeros, liquidar bienes raíces. El insistió en que, cuando la gente tiene un ataque de locura inflacionaria, la única manera de sacarla fuera de sí misma es permitir el colapso. Sintió que el pánico no era una cosa mala. Y dijo: se purgará la putrefacción del sistema. Los costos de vida altos y la vida alta se bajará. La gente trabajará más duro, vivirá una vida moral. Los valores se ajustarán, y gente emprendedora recogerá los restos de la gente menos competente.7

5

Griffin, Edward. Op Cit. Chapter 23. 6

Galbraith, J. K. Money: Whence It Came, Where It Came, Where It Went. Boston: Houghton Mifflin, 1975, p: 181

7

Hersh, Burton. The Mellon Family: A Fortune in History. New York: William Morrow and Co., 1978, p: 290.

Si esto se predispuso omnipotentemente entre Mellon, Norman y la Junta de la Reserva Federal, el propósito de sus reuniones fue el de cerciorarse de que, cuando aconteciera en la implosión, los bancos centrales podrían coordinar sus pautas. Griffin apunta que quizás nunca se sabrá si ese guión fue exacto, pero los acontecimientos que se sucedieron apoyan fuertemente este panorama.