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1. La educación superior en el siglo XXI

1.5. Las tendencias y los retos globales de la universidad europea

1.5.3. Los retos de las reformas europeas en educación superior

La universidad europea moderna se desarrolló a partir de las primeras universidades de Bolonia, Paris y Oxford. Con el éxito de la integración europea de 1950 y la expansión a los 25 miembros a principios del siglo XXI, se propuso una estructura más coherente y organizada para todas las instituciones de educación superior. Al mismo tiempo que crecía la matrícula universitaria, Europa luchaba por un mayor empleo y se extendía la opinión de que el sector de la educación superior tenía que dar respuesta a las nuevas necesidades del mercado laboral. La declaración de Sorbona (1998) fue una clara señal de los ministros de Inglaterra, Italia, Alemania y Francia a las instituciones educativas de Europa para realizar movimientos hacia una política coherente y para cambiar y unificar el formato de la educación superior. En definitiva implantar un sistema de niveles para los estudios de grado que se convertiría en el estándar europeo, el llamado sistema 3-2-3.

Otro de los éxitos de la Unión Europea, como es la moneda única, ha movido a los países a crear el «pasaporte europeo del conocimiento», el denominado Espacio Europeo de Educación Superior que basa sus principios en el acuerdo de Bolonia, firmado hasta el momento por 45 países.

El acuerdo de Bolonia se firmó para crear más paridad en la educación superior en Europa, mediante el establecimiento de estándares de garantía de calidad y cohesión. Supone una convergencia de grandes reformas en los métodos y en los aprendizajes y reconoce la necesidad de una educación universitaria que dé más importancia al empleo y al creciente mercado laboral global. En ese nuevo enfoque, el estudiante no es un espectador, sino que pasa a ser un actor de su aprendizaje; por eso, el trabajo del alum- no se evalúa a diario. Hay clases magistrales en grupos numerosos, pero también en grupos reducidos y tutorías individualizadas; el examen sólo representa un tanto por ciento de la nota final. Para muchos es un soplo de aire fresco y una renovación de las antiguas metodologías porque el alumno aprende mucho más que asistiendo a una clase magistral. En ese contexto, las universidades deben especializarse en función de su entorno.

Para los defensores de Bolonia, se trata de un nuevo modelo universitario que ofrece una formación o educación «a la carta», que permite más salidas laborales porque pueden convalidarse los títulos, que aumenta el número de prácticas en la carrera y que tiene un mayor grado de especialización. Da la sensación de que el mercado laboral castiga a los estudiantes, ya que casi la mitad firma contratos temporales en empleos no cualificados. Son muchos los que piensan que la reforma universitaria no pone fronteras al conocimiento. Según von der Ploeg (2006), Bolonia tiene las ventajas de que: reduce

el riesgo de elegir el campo equivocado y motiva a los alumnos a estudiar; motiva a los estudiantes a combinar diferentes campos de estudio; fomenta la diversidad; posibilita que los estudiantes acaben antes sus estudios; promueve la competencia entre progra- mas; y hace que los países que participan en Bolonia sean más compatibles con el resto del mundo. Este autor opina que los beneficios del proceso de Bolonia contribuyen al éxito y al fomento de la europeización.

Von der Ploeg (2006), junto con un gran número de expertos, opina que, en contra de lo expuesto anteriormente, Bolonia hace que las universidades estadouni- denses sean menos atractivas y que tengan que adaptarse para ser compatibles con Europa. Por otra parte, Europa gana también en el aspecto de la internacionalización, es decir, en atraer a estudiantes de otros continentes, como lo demuestra el hecho de que en estos momentos las universidades europeas se sitúen entre los destinos más atractivos del mundo, incluidos los estudiantes de Latinoamérica, Asia y África. Los convenios internacionales y los programas de grado están creciendo y muchas universidades de América y Asia tratan de firmar convenios con las universidades europeas.

En 2005, una encuesta internacional sobre la educación superior realizada en noventa y cinco países reveló que el 96% de los encuestados opinaba que la internacionalización es beneficiosa para la educación superior y, paralelamente, el setenta por ciento opinó que también existen riesgos (Knight, 2006). La encuesta reflejaba que los mayores beneficios son personales: estudiantes más orientados a la internacionalidad y a una mejora de la calidad académica; en términos de riesgos poten- ciales, hablaron de una fuga de cerebros, de una comercialización, de un elitismo y de una menor identidad cultural. Sin embargo, la realidad de la universidad, evaluados globalmente los beneficios y los riesgos, es alentadora y la construcción y el estableci- miento de ese Espacio Europeo de Educación Superior se ha convertido en el mayor reto para las reformas educativas europeas.

Bajo el paraguas del EEES, se pretenden superar los obstáculos de los sistemas universitarios nacionales para crear un espacio educativo válido para todos los países miembros de la UE, un espacio más flexible y transparente y que fomente la movilidad. Eso implica pasar de la visión escolástica de la universidad, nacida de las escuelas medievales y de los antiguos modelos reproductores del conocimiento que llevan a una sociedad mecanicista a los nuevos enfoques pedagógicos constructivitas.

Según Tiana Ferrer (2001), en esa re-construcción se deberían aplicar líneas de actuación que tendrían que formar parte de cualquier estrategia educativa como son: establecer un diagnóstico objetivo, posible, transparente y respetuoso con las diferentes perspectivas de la situación en la que se encuentra el sistema educativo y referente a las tres áreas analizadas y a sus componentes –el diagnóstico tiene que estar formado por etapas sucesivas de complejidad creciente y de carácter valorativo–; determinar unos objetivos intermedios que permitan la solución de los problemas detectados, primero, teniendo en cuenta que encontrar soluciones tiene que ser un proceso continuado en el que participen todos los agentes que tengan que hacer aportaciones desde diferentes perspectivas y desde diferentes ámbitos y, segundo, teniendo en cuenta que es difícil establecer los objetivos finales; diseñar e implantar una estrategia de cambio delimi- tando las responsabilidades de todos los agentes implicados y diseñar una estrategia completa que se ponga en práctica de forma gradual e inteligente; establecer un mecanismo de seguimiento y orientación debido al carácter procesal –seguimiento del

proceso en el que se analicen los pasos intermedios, así como los efectos producidos, tanto deseados como no deseados–; y sensibilizar y motivar a los agentes que intervienen en el proceso hacia el cambio. En la actualidad, estamos ante un fenómeno de desmoralización y desmotivación extendido entre los profesores que a veces «se contagia» a otros agentes educativos. En todos los trabajos actuales se subraya el papel que tienen las personas implicadas, las instituciones y las transformaciones educativas que éstas generan. De ahí, la necesidad de plantear estrategias de motivación de los actores implicados y de convertir los centros docentes en agentes de cambio sin olvidar las tendencias reactivas o escépticas que en ellos también existen.

Los conservadores culturales creen que los valores de la educación superior moderna de la democracia y de la utilidad son, como describió un académico, «una degradación del dogma académico» (Economist, 2005). Los tradicionalistas y los detractores de Bolonia se posicionan en contra de las universidades. Según ellos, estas instituciones muestran una actitud positiva frente a la aplicación de la reforma educativa porque no quieren ver la educación superior como una exportación global que promueve las economías domésticas. Estos grupos piensan que el proceso de Bolonia implica una privatización encubierta de la universidad pública que mercantiliza la enseñanza superior y que devalúa los títulos universitarios y la especialización, trans- formada en un máster de uno o dos años que cuesta entre 3.000 y 5.000 euros. Creen que en el proceso es necesaria una inversión centrada en ampliar las becas, en modernizar la universidad y en contratar a más personal docente; una gran inversión de fondos públicos que no creen que llegue a producirse. Para ellos, el proceso de Bolonia significa la universidad al servicio de la empresa, la gran beneficiada en toda esta reconversión. Entre los grupos detractores, se encuentra un importante número de estudiantes y de profesores; éstos últimos ven en peligro la cátedra y no ven con buenos ojos lo que se ha denominado «reclutamiento laboral».

A pesar de su opinión contraria al cambio, las universidades europeas tienen que afrontar un conjunto de retos globales y tomar decisiones difíciles sobre su futuro. Estamos inmersos en un periodo de cambios sociales y económicos al tiempo que en Europa se debaten los temas de la financiación y de la estructura. Cada vez más, se considera que la inversión en educación superior es un tema esencial para un futuro próspero. Dada la necesidad de financiación adicional, las universidades están volviendo a imponer elevadas tasas de matrícula a los estudiantes. Parece que la subida de las tasas es la única solución para permanecer competitiva globalmente, sin que disminuya el número de matriculados ni la calidad de la enseñanza. Por eso, es importante que las universidades europeas equilibren esos cambios para que puedan llegar a ser más fuertes y competitivas.

De nuevo, una institución tan tradicional como es la universidad tiene que adaptarse a una reforma que, en esta ocasión, supone además un nuevo y significativo paso en la construcción de la Unión Europea. La creación del EEES implica una transformación profunda en el sistema universitario actual; un sistema que toma la competencia profesional como referente de la formación y adopta medidas docentes para conseguir que los estudiantes sean capaces de responder a las necesidades de la sociedad actual y de un mercado laboral cada vez más competitivo. La educación superior en la Unión Europea se enfrenta a una situación de cambio de la que se derivan tensiones lógicas producidas por el hecho de dar respuesta a la aplicación de nuevos enfoques que se ajusten a las necesidades sociales actuales y que rompan con el modelo

tradicional de universidad caracterizado por la identidad y la misión nacional y regional de la enseñanza. El mayor reto es la adaptación de los sistemas tradicionales a las nuevas formas de enseñanza en un contexto interdisciplinar e interregional. Se trata de la adopción de medidas políticas de gran dinamismo y cuyos principios tienen grandes pretensiones y, que sin dinero, su credibilidad está en entredicho. La ecuación «la excelencia académica es igual a la excelencia económica» no tiene que ser válida en este nuevo contexto porque sino se dejaría a una buena parte de la población fuera de la posibilidad de la excelencia académica. Bolonia debe ir acompañado de políticas sociales que garanticen un mejor acceso, sobre todo, a los masters. Solamente cuando las universidades europeas afronten esos retos van a reconocer su compromiso y su papel esencial en el mundo. El hecho de ser más competitiva globalmente, en términos de calidad de la educación superior, tendrá profundos impactos en la economía y en el futuro de Europa.

1.6. El controvertido proceso de «producción y re/producción» de la universidad