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1.2. OPTIMISMO DESARROLLISTA, EXPANSIÓN DE LA EDUCACIÓN

1.2.2. La teoría del capital humano: el individuo como medio

1.2.2.3. La revisión de la educación como factor de producción

Los 60 es una década en la que se genera gran confianza en la capacidad de la educación para eliminar la pobreza en los países subdesarrollados y fomentar el crecimiento económico tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo. Se produce un incremento en la inversión en educación en la mayor parte de los países. En la década de los 70 la creencia de la educación como motor de crecimiento económico, languidece; la crisis del petróleo transforma el discurso educativo, y a los países se les aconseja una gestión de los recursos de manera más eficiente. La situación económica varía y deja su impronta en la función y valoración de la educación. El panorama que se comienza a perfilar es otro: de la escasez de mano de obra cualificada se pasa al excedente, a la vez que el sector servicios demanda mano de obra con poca cualificación. En definitiva, tal como se valora la educación deja de ser el remedio del bienestar y del desarrollo de los países.

Lo anterior alienta el debate sobre la teoría del capital humano dando lugar al

Credencialismo (Arrow, 1973; Stiglitz, 1975; Thurow, 1975) que considera a la educación como un medio diferenciador y que pasa a tener una función selectiva; se convierte en una marca de clase, la del sujeto cualificado. Aun así, se sigue considerando la educación como inversión que aporta utilidad tanto al sujeto cualificado como al empresario, pero pone en

tela de juicio los beneficios del gasto público en educación que sí reconoce la teoría del capital humano, lo que supone una embestida al carácter público de los sistemas educativos. A partir de este momento no se presenta un panorama demasiado optimista para los sistemas públicos de educación. En esta idea nos detendremos en el apartado que dedicaremos a la vuelta a la teoría del capital humano desde la economía del conocimiento.

A pesar de las evidencias de que existe un vínculo entre educación y crecimiento económico, existen numerosas críticas a esta teoría junto con enfoques y teorías alternativas cuando se constata que la educación no produce los efectos esperados en el desarrollo de los países y en el bienestar de la gente, al comprobar una débil vinculación entre los niveles de formación y la remuneración de la gente: el bienestar es tener más. La mayoría de estas críticas se centran en el descuido, por parte de los teóricos del capital humano, del análisis de la relación entre el éxito escolar y el origen social. Esto se hace evidente con dos fenómenos en concreto: el de la sobreformación de los trabajadores potenciales y la discrepancia entre la formación y los salarios. Varios autores constatan que a pesar de que existe una expansión educativa está no implica una mayor equidad en las distribución de la riqueza (Thurow, 1975) a la vez de que el incremento de la productividad no se corresponde con un mayor nivel educativo por parte de los trabajadores.

No todas las teorías dan por válida la relación entre el nivel educativo y la producción, aunque sí aceptan que el nivel de educación repercute directamente en el nivel de ingresos; entre ellas, la teoría del consumo, desde la que se defiende que la educación no es una inversión sino un bien de consumo: mayores ingresos implican mayor consumo en educación (Gullarson 1989).

Por su parte, las teorías de la selección comparten con la teoría del capital humano que el aumento de educación produce un aumento en los ingresos de los individuos, pero no lo vinculan al aumento de la productividad. Incluso hay autores como Bourdieu que opinan que el acceso a la educación puede producir más desigualdades porque reproduce la estructura de clases, y en este sentido los individuos que acceden a la educación optarán al mercado de trabajo no por sus habilidades sino por su posición en la estructura, “puesto que entiende la educación más como un proceso de reproducción del orden social” (Morales, 2009; p. 169).

Se analice desde una visión u otra, a la educación se le reconoce un papel estratégico debido a que brinda una contribución al desarrollo de los países al incidir en el crecimiento económico, puesto que aporta mejoras en la productividad, tanto en lo que refiere a la preparación de los trabajadores, como por los resultados positivos que una mayor acumulación de capital humano pueda tener en los procesos de producción: desarrollo de nuevos productos o mejoras en la gestión. Estos vínculos explican las diferencias en las tasas de crecimiento de los países, en su capacidad de competir en una economía global. Y aunque, en general, los países que tienen altos niveles de ingresos también tienen altos niveles educativos, la cuestión de qué proporción del crecimiento viene explicada por las inversiones en capital humano genera diferencias, que suelen depender de la aproximación conceptual al capital humano y su correspondiente medición (Hicks, 1995).

Pero a pesar de las críticas se sigue considerando fundamental el factor humano para aumentar el crecimiento económico, se sigue pensando en el individuo como un medio para el desarrollo entendido como crecimiento económico. Becker (2002) en esta última década se sigue refiriendo al capital humano como al conocimiento, información, ideas, habilidades y la salud de las personas; y lo define como el combustible del crecimiento económico dejándole a la tecnología el papel de motor; de ahí que sea la forma de capital más

importante de la economía moderna. Schultz (1980), mantiene la idea de que el futuro de la humanidad se determina por la evolución inteligente de ella misma y no por el capital físico.