CAPÍTULO IV: EL CASO CONGOLEÑO
4.5. EL DISCURSO Y LA MANIPULACIÓN DE LOS MENORES
4.5.3. El rol de los padres y personas próximas a los niños
Muchas personas cuestionan el rol de los padres de los menores congoleños. Es de conocimiento de todos que algunos niños se quedaron huérfanos después de los conflictos y de los procesos de desplazamiento forzado, todavía, aún existe una gran parte de los menores que actúan hoy en los conflictos y que tienen familiares vivos. Por consiguiente, la comunidad internacional, por diversas veces, culpabiliza aquellos padres que permiten o mismo estimulan sus hijos a participar de los conflictos armados.
Como fue dicho en el caso palestino, las ideas disipadas por los padres tienen gran influencia sobre el reclutamiento de los menores. Muchos padres prefieren tener sus hijos entre los grupos armados pues creen que eses menores, una vez alistados, podrán proporcionarles alguna protección. En República Democrática del Congo, algunos padres aún reafirman las diferencias étnicas y enseñan sus niños desde muy chicos la necesidad de exterminar el enemigo antes que él te extermine. De esta manera, algunos niños se ofrecen a los grupos armados influenciados
políticamente por sus padres. Muchos adultos, no satisfechos con el gobierno o mismo con el apoyo externo de determinados países, trasmiten sus ideas a los menores que se sienten responsables por un cambio sustancial en sus sociedades. Generalmente, el odio desarrollado por los padres es enseñado a los menores desde muy niños para garantizar su participación en los conflictos en el futuro.
Cuando las ideas nacionalistas son defendidas por los reclutadores y reciben el apoyo social, la adhesión de los niños puede ser numerosa. En Kivu del Sur, los reclutadores disipan la idea de que los menores tienen que defender su tierra de los invasores externos, los ruandeses y de los invasores internos, los Banyamulenges. Muchos niños aprenden con sus padres que su etnia es superior a las otras y por esa razón se sienten responsables por la defensa de su grupo. Por consiguiente, la rivalidad étnica sigue siendo alimentada, haciendo con que el conflicto siga vigente y cada día más profundizado.
En Ituri, por ejemplo, las diferencias étnicas son cada día más estimuladas a través de los diversos grupos que habitan la región. Observamos, por ejemplo, que la alianza entre la UPC y el PUSIC reflejen la buena relación entre las etnias Hema y Gegere. Todavía, la rivalidad entre eses dos grupos y el FNI y el FRPI demuestra la rivalidad entre las etnias citadas y los grupos étnicos Lendu y Ngiti. Esas rivalidades que se convierten en confrontaciones físicas ganan cada vez más la adhesión de los menores influenciados por los ideales de sus familiares.
También es valido percibir que el pueblo congoleño sufre humillaciones a cada día y que el odio que nutren por el otro es algo que se puede explicar. Un niño relató a la Amnistía Internacional que los reclutadores les obligaban a invadir las comunidades y a golpear mujeres y niños delante de los civiles, que nada podían hacer. De esta manera, además de herramientas de guerra, los menores pasaron a ser utilizados para denegrir la autoestima de las personas, que heridas psicológicamente y socialmente pasan a nutrir un odio sin fin por el “otro”, hecho que capacita los padres a enviar sus hijos a la guerra. (Amnistía Internacional: 2006)
Algunos menores también relatan que sus padres les apoyaron en el proceso de reclutamiento pues creían en la necesidad de los menores de buscar un medio de se auto sustentar. La ausencia de oportunidades escolares y de trabajo en la sociedad congoleña genera una angustia en los padres que no observan otro futuro para sus hijos que no sea la participación en las milicias o mismo en el ejército nacional. Para algunas familias congoleñas, la participación en un grupo armado se constituye en un trabajo común, donde los menores tienen acceso a oportunidades de crecer jerárquicamente y atingir sus ambiciones económicas y sociales. No obstante, esas familias
no comprenden el reclutamiento como algo perjudicial al desarrollo de los menores y lo estimulan con la esperanza de obtener beneficios para toda la familia.
Las armas de fuego generan diversas posibilidades económicas a los menores bien como crean una sensación de poder delante de los indefensos, ya que los niños pueden se tornar comandantes, lo que los torna poderosos e influyentes. De esta manera, las armas se constituyen de una herramienta que transforma los menores en autoridades respectadas por donde pasan. Es importante señalar que ese prestigio es deseado no apenas por los menores, pero también por sus padres.
Una niña explica que cuando hay una guerra no hay opciones. Con las armas, ella puede defenderse, sin ellas la posibilidad de sufrir palizas, de ser asesinada y de sufrir violaciones sexuales es mayor. Con las armas, la niña relata no tener miedo y sentirse capacitada de enfrentar cualquier enemigo. (Amnistía Internacional: 2006)
No obstante, en algunos casos los menores no poseen el apoyo de sus familiares o aún peor, muchos niños relatan ter huido de sus hogares. Cuando el padre o la madre se quedan viudos o viudas, ellos buscan reconstruir su familia sin el consentimiento de los menores, hecho que en algunos casos resultan en maltratos de los nuevos miembros a los niños. También, la ausencia de una estructura saludable corrobora con la decisión de los niños de se alistar, ya que muchos niños confesaron que su busca por los grupos armados fue una manera de escapar de las presiones que sufrían en sus propios hogares.
Los niños huérfanos creen que la lucha armada es una opción frente a pierda de sus padres y familiares. Su esperanza es que estarán más seguros en las guerrillas que contra ellas. Aparte de eso, algunos menores creen que su estada en las milicias les rendirá comida, protección o mismo una mejor condición social, ya que no cuentan con el apoyo de personas próximas o mismo de la sociedad como un todo.
Un niño cuenta que su madre fue muerta por un grupo armado y que en su casa ya no había más comida. El menor se alistó en los grupos armados ya que creía que los soldados siempre tenían comida y que nada les faltaba. Dentro del grupo, lo menor fue privado de comida, baño y otras necesidades básicas por diversos días, teniendo sus expectativas frustradas. No obstante, el arrepentimiento del niño no significó una posibilidad de salir del grupo armado. (Francis: 2007)
Una niña de doce años confesó que se ofreció a un grupo armado cuando perdió sus padres. La menor creía que el grupo armado fuese capaz de le ofrecer la protección que sus padres antes le daban. Todavía, al adentrar en la milicia, la menor se tornó esposa de un guerrillero que le forzaba a cargar materiales pesados, a luchar y a robar cabras. Asustada, la menor huyó y volvió para su comunidad. Algún tiempo después, otra guerrilla fue en su comunidad y amenazó los habitantes de muerte si los menores no se alistasen en el grupo, sin opción, la menor retornó a los conflictos. (Amnistía Internacional: 2006)