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D. Las Qisas al-Anbiya

II. Abraham en la tradición

6. El sacrificio del hijo de Abraham

En el Corán no aparece el nombre de Isaac como el inmolado, aunque lo da a entender según se puede apreciar en la siguiente aleya: Y cuando tuvo bastante edad

importa el nombre del

92 Manuscrito, fol. 48r. 93 Sobre esto puede verse F. P

AREJA, Islamología, II, p. 538.

94 Para la mayoría de los exégetas era Isaac, pero después del siglo X tradicionalmente se

ha venido admitiendo que era Ismael.

sacrificado, lo fundamental es el sacrificio y también el sacrificador, que es Abraham. El sacrificio tiene valor religioso y es lo que cuenta. El mero hecho de haber estado dispuesto a realizar el sueño equivale a su realización. Sin embargo, los tradicionistas no se ponen de acuerdo acerca del nombre del hijo que iba a sacrificar Abraham. Unos dicen que era Isaac como se desprende de un texto del tradicionista ‘Abd Allah*: «Éste es Yusuf, hijo de Jacob b. Isaac, el sacrificado de Dios, hijo de Abraham, amigo de Dios», pues Abraham hizo voto de sacrificar a su hijo cuando le anunciaron los ángeles que Sara iba a tener descendencia. Otros, en cambio, afirman que era Ismael: «Dios Altísimo mandó a Abraham que sacrificara a Ismael» 95. Isaac se asocia siempre a su hermano, excepto en la construcción de la Ka‘ba. No obstante, hay dos cosas ciertas: que Abraham lleva a su hijo a la inmolación y que el peregrino perpetúa su sacrificio, como veremos. Con esto se pone de relieve la fe del padre y la paciencia del hijo.

Presentamos, como ejemplo de los que dicen que el sacrificado es Isaac, un extenso relato 96 del tradicionista Ka’b al-Ahbar*, lleno de ternura, muy emotivo, con elementos descriptivos, con recomendaciones de Isaac a su padre acerca de lo que debe hacer con él y también lo que debe decir a su madre, etc. 97:

Cuando Isaac tuvo siete años salió cierto día con su padre hacia la Casa Sagrada. Abraham se durmió un momento y alguien le dijo: «Oh Abraham, Dios te manda que Le hagas una ofrenda». Una vez que despertó buscó un toro gordo, lo degolló y lo distribuyó entre los pobres. A la segunda noche, vino otra persona y le dijo: «Oh Abraham, Dios te manda que Le hagas una ofrenda más grande que este toro». Al amanecer, degolló un camello y lo repartió entre los pobres. Y, a la tercera noche, oyó también a alguien que le decía: «Dios te manda que le hagas una ofrenda más grande que el camello». Abraham preguntó: «¿Y qué hay más grande?». Entonces señaló a Isaac y aquél despertó

95 T

A‘LABI, Qisas, p. 94. 96 KISAI, Qisas, pp. 150 y ss.

97 El relato tiene elementos muy característicos de los relatos judíos de la ‘Aqedah (cf.

«Abraham en la tradición judía», pp. 116 y ss.).

asustado. Luego preguntó a Isaac: «Oh hijo, ¿vas a ser obediente?». Contestó: «Sí, padre, incluso si quieres degollarme no me opongo». Abraham, entonces, marchó a su casa, cogió un cuchillo y una cuerda y ordenó a Isaac: «Oh hijito, ven conmigo a la montaña». Cuando salieron, Iblís se presentó a Sara y le dijo: «Abraham ha decidido degollar a tu hijo Isaac; por tanto, síguelo y disuádelo». Ella lo reconoció y respondió: «Aléjate de mí, maldito, pues lo hace para agradar a Dios». Iblís se alejó de ella, pero

alcanzó a Isaac y le dijo: «Tu padre quiere sacrificarte». Entonces Abraham le rogó: «Oh hijo mío, marcha y no te vuelvas hacia él, pues es Iblís, maldígalo Dios». Cuando llegaron a la montaña dijo Abraham, ¡Hijito!, He soñado que te sacrificaba. ¡Mira,

pues, qué te parece! Dijo: «¡Padre! ¡Haz lo que se te ordena! Encontrarás, si Dios quiere, que soy de los pacientes» (Cor. 37,102). Luego Isaac expresó: «Oh padre, si

quieres, degüéllame. Quítame la túnica para que no la vean [manchada] los ojos compasivos de mi querida madre y llore mucho por mí. Sujeta mis hombros también para que no me mueva delante de ti y esto te haga sufrir. Cuando coloques el filo en mi garganta, desvía tu rostro para que no te compadezcas de mí y puedas terminar. Y pide ayuda a Dios por mi pérdida. En el momento que regreses a casa, entrega la camisa a mi madre, para que se consuele con ella. Dale saludos de mi parte y no le informes de cómo me degollaste ni cómo quitaste mi túnica ni cómo me ataste con la cuerda, para que no se aflija por mí. Y si ves a un joven como yo, no lo mires para que no se entristezca tu corazón por mi ausencia».

El pregonero llamó a Abraham desde el cielo: «Oh Amigo de Dios, ¿cómo no te compadeces de este niño pequeño, que te dice estas palabras?». Abraham pensó que era la montaña la que hablaba y le explicó: «Oh montaña, Dios me mandó que hiciera esto y no me preocupes con tus palabras». A continuación Abraham quitó la túnica a Isaac y lo ató con la cuerda y luego dijo: «En el nombre de Dios –Poderoso y Excelente–», y colocó el filo del cuchillo sobre su garganta, pero le levantaron la mano. Lo colocó por segunda vez y se invirtió el cuchillo. Entonces dijo: «No hay poder ni fuerza sino en Dios Altísimo y Grande» y afiló el cuchillo con una piedra hasta ponerlo rojo como el fuego. A continuación volvió hacia Isaac y el cuchillo se invirtió de nuevo y habló, con el permiso de Dios, diciendo: «No me censures, oh profeta de Dios, pues yo soy un mandado». Abraham oyó, entonces, a un pregonero que decía: Has realizado el sueño. Así

retribuimos a quienes hacen el bien. Sí, ésta era la prueba manifiesta. Lo rescatamos mediante un espléndido sacrificio y perpetuamos su recuerdo en la posteridad (Cor.

37,105-107), es decir, con un carnero grande. Y fue llamado: «Oh Abraham, coge este carnero, redime con él a tu hijo y sacrifícalo como ofrenda. Dios ya ha puesto este día como fiesta para ti y tus descendientes». Y el carnero pidió: «Oh amigo de Dios, sacrifícame a mí y no a tu hijo, pues soy más apropiado para el sacrificio que él. Soy el carnero de Abel, hijo de Adán, que lo ofreció a su Señor y aceptó su ofrenda. Ya he pastoreado en los prados del paraíso durante cuarenta años». Abraham alabó a su Señor por la salvación de Isaac y se dirigió a éste para desatarle la cuerda, pero como ya estaba suelto, le preguntó: «Oh hijo mío, ¿quién te liberó?». Contestó: «El que trajo el carnero para el sacrificio». Luego Abraham fue hacia el carnero y lo degolló. Del cielo vino un fuego muy blanco, que no tenía humo, quemó el carnero y lo consumió hasta que no quedó nada más que su cabeza. Abraham e Isaac marcharon con ésta para informar a Sara de lo que había ocurrido y dieron gracias a Dios.

Un ejemplo de los que opinan que el sacrificado era Ismael lo encontramos en el relato del tradicionista al-Suddi* 98, que presenta un texto en líneas generales igual al anterior, pero con algunas diferencias. Abraham también sueña que debe cumplir la

promesa de sacrificar a su hijo y le pide a Ismael que coja una cuerda y un cuchillo. Éste le pregunta qué piensa hacer con eso y Abraham le responde que va a degollar un carnero como sacrificio a Dios. Van por el sendero de una montaña y, como en el relato anterior, se presenta Iblís a Ismael con figura de viejo y le pregunta:

«¿A dónde vas, Ismael?». Contestó: «A ofrecer un sacrificio a Dios Altísimo con mi padre». Iblís le interrogó: «¿Acaso conoces el sacrificio que va a ofrecer tu padre?». Respondió: «No». Iblís le explicó: «Quiere sacrificarte y he venido a ti como consejero». Y preguntó: «Oh Iblís, ¿hace esto mi padre por su parte o por orden de su Señor?». Iblís contestó: «Más bien por orden de su Señor». Ismael dijo: «Si el sacrificio es por orden de mi Señor, ¿cómo va a desobedecerlo?». E Iblís se volvió decepcionado. Y siempre que seguía a Ismael, éste le arrojaba piedrecitas haciendo eso siete veces 99.

98 Cf. H

ANAFI, al-Bada’i, pp. 72-73.

Continúa el texto narrando cómo Abraham explicaba a su hijo Ismael que iba a ser sacrificado y cómo Iblís se sentaba en la montaña para ver qué hacían. En este relato Abraham no ata a Ismael porque éste así se lo pide 100:

Abraham acostó a su hijo sobre su lado derecho y ató sus manos y sus pies con una cuerda, pero Ismael le dijo: «Padre mío, no ates mis pies ni mis manos con la cuerda para que no digan los ángeles que se entristeció por la orden de su Señor». Y lo soltó, permaneciendo Ismael echado sobre su lado derecho sin atar. Luego Abraham –sobre él sea la paz– colocó el cuchillo sobre la garganta de Ismael y empezó a hendirlo varias veces, pero no dejaba huellas en su garganta ni le arañaba. Entonces, ante este hecho, se alborotaron los ángeles del cielo, los pájaros, los animales salvajes, los peces del mar, y marcharon todos juntos implorando a Dios Altísimo: «Dios nuestro, Señor nuestro y Dueño nuestro, ten compasión de este anciano y rescata a este niño pequeño». Cuando Ismael vio que el cuchillo no cortaba, le pidió: «Oh padre, degüéllame clavando el cuchillo en mi garganta». A continuación, fue a degollarlo colocándolo, de nuevo, en su garganta con energía, pero se ocultó el cuchillo en su mango. Tras esto, Ismael habló a su padre: «Oh padre mío, voltea mi rostro, pues si lo ves te compadecerás de mí».

Al comprobar Abraham que el cuchillo no cortaba, como ocurrió en el relato anterior, se irritó y lo arrojó al suelo. Dios, entonces, hizo hablar al cuchillo:

Oh Abraham, yo estoy entre dos órdenes, pues al-Jalil [Abraham] me dice que corte y El Excelso [Dios] me dice que no corte. Sin embargo, yo estoy de parte de El Excelso y no de parte de al-Jalil, pues

99 Es una práctica actual, dentro del rito de la peregrinación, arrojar siete piedrecitas,

del tamaño de un garbanzo, al diablo como recuerdo de este hecho. Cada vez que se lanza una piedra hay que pronunciar: «Allah es grande».

100 La negativa a ser atado sólo se justifica como respuesta a la tradición judía de la

‘Aqedah (cf. supra, en «Abraham en la tradición judía», pp. 120-121).

¿cómo voy a cortar en la garganta de Ismael si la luz de Mahoma –Dios lo bendiga y lo salve– está brillando en su frente?

traído en esta ocasión por Gabriel. El tradicionista al-Suddi* añade imaginación a la descripción de este carnero y lo compara

... con un elefante grande. Su trompa y sus pezuñas eran de oro rojo. No tenía hueso sino que todo era carne, grasa y lana. Se daba la gran vida en el jardín del paraíso llegando a ser el más grande de la creación. Abraham, entonces, lo sacrificó y distribuyó su carne entre los pobres y mezquinos 101.

Existe una fiesta entre los musulmanes que se llama al-‘id al-Kabir o Fiesta Grande, que se celebra el 10 del mes de Du l-Hiyya 102, día en que termina la peregrinación a La Meca. Se la conoce también como «Fiesta del Cordero» rememorando el sacrificio que Dios ordenó a Abraham y que después se lo cambió por un cordero. En conmemoración de este hecho se sacrifica un cordero que se reparte entre la familia y los indigentes. No es una ceremonia colectiva sino que se trata de sacrificios individuales 103.