CAPÍTULO 2. SEXUALIDAD Y GÉNERO
2.1 El surgimiento de la Queer Theory o Teoría Queer
2.1.2 La sexualidad y el siglo
Pero, ¿por qué se hace cargo la ciencia médica de la sexualidad? ¿En qué marco las conductas sexuales divergentes se hacen visibles como objetos susceptibles de conocimiento? ¿Qué hace que un aspecto de la conducta adquiera tanta relevancia como para producir la identidad de un individuo o grupo de individuos?
El tomo primero de Historia de la sexualidad: la voluntad de saber de Michel Foucault (2002) es especialmente claro y profundo sobre estos temas. En primer término es necesario anotar que para Foucault el tema del sexo se remonta mucho tiempo atrás, hasta los orígenes de la confesión impuesta por la Iglesia católica en el mundo occidental. Desde la Edad Media y particularmente después del siglo XVII existe una explosión discursiva sobre el sexo y una obligación a decir, a decirse, a decirlo todo sobre el sexo (Foucault, 2002, pp. 25-32).
Para el siglo XIX, es la ciencia médica la que recoge la técnica de la confesión y la implementa como técnica central en sus investigaciones sobre
las prácticas sexuales, haciendo nacer paralelamente este campo de empiricidad16 que se llamó y llama “la sexualidad”.
Sin embargo, antes de esto, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, sucedió todo un cambio de forma de pensar y conocer las cosas (cambio de episteme, según Foucault), que llevó al hombre como conocedor y como objeto de conocimiento al centro de las ciencias; y todo un cambio en las formas de producción (la llamada Revolución Industrial), acompañada de un cambio en el análisis económico, que establece su base en el concepto de trabajo (Foucault, 2003, p. 295 y ss.). Este énfasis en el concepto de trabajo y por lo tanto, los seres humanos como riqueza de las naciones, colocó a las poblaciones como un importante objeto de análisis, pero también de regulación y disciplina; tanto para asegurar su reproducción como para salvaguardar su salud y fuerza; y en el caso de la burguesía, su perennidad.
Si la sexualidad se constituyó como dominio por conocer, tal cosa sucedió a partir de relaciones de poder que la instituyeron como objeto posible; y si el poder pudo considerarla un blanco, eso ocurrió porque técnicas de saber y procedimientos discursivos fueron capaces de situarla e inmovilizarla (Foucault, 2002, p. 119).
De aquí se desprende que una compleja red de relaciones de poder interactuaron para hacer surgir el dominio de la sexualidad. Esto sucedió tanto como un cambio en el pensamiento al colocar al ser humano y su vida como objetos de conocimiento, así como en las relaciones económicas y las regulaciones sociales.
Este énfasis en el ser humano y su vida es lo que dará lugar al surgimiento del homosexual como “un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología” (Foucault, 2002, p. 56).
16 Como campo de empiricidad, retomo la noción de Michel Foucault (2003) como un recorte
en el continuo de la realidad que realiza una forma de concebir el mundo. En este campo se encontrarían los objetos susceptibles de ser conocidos y sobre los que se puede construir un discurso.
Al correr del siglo XIX, el dispositivo de la sexualidad actuará en cuatro aspectos: el cuerpo de la mujer, la sexualidad del niño, la perversión y el control de los nacimientos. En el centro se ubica la familia nuclear y en nombre de su salud y solidez y de toda la sociedad (ya que la familia es la célula de ésta), se implementan los mecanismos de control.
El discurso de la higiene social o la sanidad social tuvo particular auge en la segunda mitad del siglo XIX y en algunos países, como Costa Rica, todavía en la primera mitad del siglo XX tenía peso. Este discurso se articulaba a partir de dos unidades: la familia y la mujer (Rodríguez, 2003), ya que estos son los garantes de la salud de todo el conjunto social. De ahí las fuertes leyes contra la prostitución, por ejemplo.
El concepto de salud e higiene inmediatamente nos remite al cuerpo. El cuerpo va a tener una importancia discursiva como no la había tenido antes (a excepción del cuerpo y la sangre de los príncipes). El cuerpo es el lugar donde se asienta la disciplina y lo que debe ser confesado. Es aquello también que se protege para lograr longevidad y fuerza y es aquello que van a identificar los burgueses como su patrimonio (Foucault, 2003, p. 152-153); como lo fue para la aristocracia la sangre. Por esto, la idea de conservación se hará cada vez más fuerte para desembocar en los racismos de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Todo elemento enfermo, inferior o débil debe ser aislado del cuerpo social.
En 1892 aparece el primer texto con la palabra homosexual y paralelamente comenzó a aparecer el término heterosexual en el discurso médico. En este contexto, empieza a desarrollarse el Psicoanálisis. Este nuevo campo de conocimiento, con respecto a la homosexualidad, mantendrá la distinción de normalidad y anormalidad, asignadas a la heterosexualidad y a la homosexualidad respectivamente. Pero se distanciará de las posturas de sus antecesores, ya que la homosexualidad no será congénita o fisiológica, sino que será una enfermedad mental, a la cual se le deberá buscar su origen en
la profundidad del inconsciente y la infancia y (para los sucesores de Freud), alguna cura (cf. Schifter et al., 1997, p. 77-105).
Ésta, llamada por Schifter y Toro, la “escuela adaptadora”, va a insistir en implementar una serie de terapias para curar la enfermedad o desviación de la homosexualidad durante gran parte del siglo XX en el mundo occidental. Paralelamente, los movimientos de activistas en pro de los derechos sexuales, tanto en Europa como en Norteamérica, y posteriormente en Asia, Latinoamérica y en menor medida, en África; han tendido con su práctica y discurso a fortalecer las categorías sexuales, pero poniendo énfasis en su condición “normal” y “natural”.
Así, su objetivo se centra en la búsqueda de la normalización, ya sea a través de esgrimir el argumento esencialista de que la homosexualidad es congénita, o a través de gestionar espacios políticos al declarar la homosexualidad como una minoría con una determinada identidad y una historia de discriminación y opresión por parte de la sociedad. Por supuesto, que los dos argumentos no son excluyentes y de hecho, son utilizados como justificación uno del otro.
Cien años desde su invención, las categorías de homosexualidad y heterosexualidad han logrado la posición de conocimiento asumido; la idea de que hay personas distintas, homosexuales y heterosexuales forma una pieza central del saber sexual de nuestra sociedad (Irvine, 1994, p. 578).
Si bien, para Michel Foucault, la categoría del homosexual surge como parte del campo de la sexualidad en el contexto del siglo XIX y la ciencia médica es, en gran parte, responsable de su difusión, es necesario anotar que al mismo tiempo el término se transforma en el complejo intercambio de prácticas y significados de la cultura.
Así, pasa de significar una desviación, a ser un “lugar” en el mapa de los sentidos, en el cual se pueden reunir los hombres (en menor medida se
aplicó este término a mujeres, pero igualmente aplica para el término “lesbiana”). Así, Eve Kosofsky Sedgwick (1990 citado por Turner, 2000, p. 108), lo presenta como un principio de organización para la solidaridad de género entre hombres. Esto a través de anotar que los términos de sexualidad y género y sus relaciones se presentan tanto como categorías para la significación, como prácticas.