“En algunos casos los dioses en conjunto podrían venir a aprender de nosotros los hombres. Nosotros, los hombres, somos más humanos.”
Nietzsche
El genocidio nazi obligó al mundo a replantearse muchas actitudes, iniciándose el desprestigio moral de las teorías eugenésicas y el inicio de nuevas corrientes éticas que cambiarían el panorama en este sentido. No obstante, el avance científico al final del siglo XX permitió retomar con fuerza algunas de sus ideas primigenias. En algunos puntos su empuje resultaban difícil de parar, dada la exponencial progre sión de la ciencia en particular en el campo de la genética. Así, el filósofo H. Tristram Engelhardt escribió en 1991: “La ingeniería genética en la línea germinal llegará a ser deseable y moralmente aceptable.”
Surge de nuevo el debate de la eugenesia contemporánea con una línea de pen samiento que de manera simple podría argumentar que se debería dejar progresar sólo aquellos embriones que no son portadores de ninguna alteración genética apreciable, en lugar de matar o esterilizar a individuos discapacitados. Aunque los medios han cambiado, el fin vuelve a ser el mismo que en la eugenesia espartana: eliminar la desventaja social con estas nuevas herramientas; es decir poder elegir no dejar nacer a individuos que “a priori” serán diferentes, que se salen del patrón que el resto de seres humanos entendemos como “normal”. De esta forma se evita ría la discriminación, ya que bajo dichas “normas” estas personas nunca tendrían las mismas oportunidades que el resto de la sociedad, nacida sin una discapacidad (incluso teniendo en cuenta que el término discapacidad no es actualmente sinó nimo de enfermedad). La ventaja de la ingeniería genética en cuanto a su técnica eugenésica es que sus medios no son traumáticos y sentimentalmente son más ocultos, a diferencia del aborto terapéutico, el infanticidio o la esterilización. Ade más, la manipulación genética goza de una tremenda credibilidad como ciencia mo derna, gracias a sus espectaculares resultados en el campo de la salud. Baste recordar algunos avances como la síntesis de insulina, interferones, hormona de crecimiento, etc. o las investigaciones respecto a la fibrosis quística, la enfermedad de Huntington, algunos tumores...
Pero las cosas no son tan sencillas como parecen, ya que la defensa actual de la eugenesia lleva implícito el enfrentamiento de dos tipos de posturas: por un lado, el compromiso moral que tenemos con nosotros mismos; y por otro, el compromiso moral con otros seres humanos, relativo al bienestar de los aún no nacidos. Así sur gen numerosas preguntas: ¿tenemos deberes con las generaciones futuras?, ¿tene mos soluciones o las podemos tener de cara al bienestar de generaciones futuras?, ¿debemos únicamente limitarnos a cumplir sólo con el deber de no ocasionar daño o tenemos la obligación de mejorar las condiciones genéticas?, y finalmente ¿la dig nidad de la existencia humana depende de tener determinadas cualidades? Debido a que el concepto eugenésico no es el mismo que el de hace unas décadas, y vistas las posibilidades de la ciencia actual, es inevitable tener un cierto temor al desarro llo científico, enmarcado dentro del concepto de “pendiente resbaladiza”.
Eugenesia, la moda del cambio de siglo. De Francis Galton a Joseph Mengele. Beatriz Moreno, Enrique Vivas, Gerardo de Vega
Para el inconsciente colectivo, desde 1996 con el experimento de la “oveja Dolly” el ser humano parece haber alcanzado el viejo sueño de ser como un dios: ser casi capaz de crear. En el judeocristianismo esta osadía se podría explicar bajo el criterio de que “la creación divina se continúa a través de la mano del hombre, que es obra directa de Dios”. Si realmente fuéramos estrictos la clonación de células se produce a diario en nosotros mismos, copiándose a sí mismas para producir otras idénticas. Recordemos también que los gemelos monocigotos univitelinos son clo nes que se producen a partir de un solo óvulo fecundado. Además, con la clonación de “Dolly” desaparece el protagonismo exclusivo de las células sexuales, y en este caso una modificación somática puede producir una modificación de la línea ger minal.
En la actualidad la ingeniería genética puede realizar cambios en el genoma humano, con dos niveles de actuación. Un primer nivel es el preventivoy curativo, que incluye las terapias génicas somáticas(realizadas sobre cualquier línea celular somática, y que está aceptada para curar enfermedades graves) y las terapias sobre líneas germinales (realizadas sobre líneas reproductoras, generalmente rechazadas porque afecta a todos los descendientes futuros, y se ignoran las consecuencias a largo plazo). Un segundo nivel es el mejoramiento genético, tanto somático como
germinal. Actualmente se rechaza esta aplicación por ser médicamente peligrosa y éticamente conflictiva.
Desde un punto de vista ético, no debería plantear mayores problemas actuar sobre células somáticas cambiando un gen defectuoso que determina una enfer medad con el fin de curarla o aliviarla. Si no actuamos sobre células germinales, no habría posibilidad de transmisión. Los conflictos éticos tienen relación, como cual quier tratamiento médico innovador, con un adecuado balance riesgosbeneficio, obtener un consentimiento informado riguroso, proteger la intimidad y confiden cialidad del paciente, seleccionar equitativamente a los pacientes y hacer una ade cuada distribución de recursos costosos.
El verdadero dilema ético es más evidente en la intervención a nivel de la línea germinal con fin curativo, ya que estas técnicas están especialmente indicadas para evitar que los padres puedan transmitir un gen defectuoso a sus hijos, un hecho que es imposible controlar utilizando sólo terapias a nivel somático. Además se ofrece la curación y no un simplemente tratamiento sintomático o paliativo. Sería la única forma eficaz de tratar ciertas enfermedades y evitaría los costes de tratar a generaciones sucesivas. Sin embargo, existen numerosos obstáculos técnicos, ba rreras legales y muchas objeciones morales. Esta terapia génica aún no se ha expe rimentado en seres humanos y está prohibida por el Parlamento Europeo y por la mayoría de los gobiernos. El mayor obstáculo es el riesgo que podría haber para las generaciones futuras dado que son terapias demasiado caras, alterando la rela ción costebeneficio, violarían el derecho de generaciones futuras a recibir un pa trimonio genético inalterado e iniciarían de nuevo una “pendiente resbaladiza” hacia la manipulación genética. Otros de los conflictos de la manipulación de líneas germinales es que requiere embriones en la primera fase de desarrollo, lo cual su pone la utilización, modificación y destrucción de embriones, así como la creación
Eugenesia, la moda del cambio de siglo. De Francis Galton a Joseph Mengele. Historia ilustrada de la Bioética
radoja de que algunas legislaciones admiten la destrucción de fetos no viables y el aborto, mientras se ponen obstáculos a las intervenciones en la línea génica. ¿Ten dría en este caso más valor el embrión que el feto? Parece obvio que en estos casos sería necesario revisar algunas legislaciones respecto a los derechos morales de los embriones. Finalmente, otro de los múltiples asuntos que requerirían respuesta sería el destino de los embriones sobrantes después del período de crioconserva ción. ¿Podrían ser candidatos idóneos para investigación en terapia génica en la línea de investigación germinal?
Como puede verse es esta una situación que provoca serias reflexiones a cien tíficos, pensadores, filósofos y bioeticistas. En este sentido J. Harris, como disculpa moral apunta:
“¿Es preferible, como hasta ahora, que las generaciones futuras y la sociedad en general asuman la carga de atender a las consecuencias derivadas de alteracio- nes hereditarias, o por el contrario, tiene justificación asumir los riesgos que comporta el desarrollo de la terapia génica?”
Según Anderson y otros genetistas de prestigio, el salto cualitativo es que ha bría que diferenciar la terapia génica de la ingeniería genética para enriquecimiento eugenésico. Este último no pretende tratar una enfermedad futura y segura, sino introducir una modificación para mejorar, variar o aumentar algún rasgo concreto escogido por la persona, como por ejemplo rasgos de la personalidad o cualidades físicas. Llegados a este punto, surgen aún más interrogantes: ¿podrían los padres tener hijos que viviesen el doble de lo que les corresponde por la determinación genética?, ¿podría establecerse una raza de humanos superiores, ya desde la cuna, más resistente a las enfermedades inmunológicas e infecciosas?, ¿estaría esta po sibilidad científica al alcance de cualquier ser humano?, ¿quién tendría derecho a esta mejora, los ricos, los poderosos, los estados…?, ¿el equilibrio natural seguiría siendo sostenible?, ¿el equilibrio del resto de las células humanas se podría ver al terado? Parece claro que la manipulación genética para una mejora de la especie, tanto desde el punto de vista somático como germinal, necesita de una revisión ética compleja, un auténtico reto para la bioética del siglo XXI. Si la especie humana evoluciona según parámetros naturales, ¿por qué es éticamente diferente hacerlo mediante una técnica artificial?, ¿podríamos incurrir en una falacia naturalista y pensar que todo lo artificial es malo; el temor al “mito de Frankenstein”?. Según nu merosas creencias, el ser humano también es cocreador. Según esto, ¿pretendemos jugar a ser dioses? La recomendación general más lógica podría ser evaluar de ma nera individual cada tipo de práctica y cada caso concreto de manipulación genética, no debiendo adelantarse prohibiciones o recomendaciones generales muy tajantes, valorando la opinión de voces discrepantes basadas en los cálculos de las conse cuencias y de los resultados. Nuestros criterios morales tradicionales se desarro llaron para dar respuesta a situaciones que eran muy diferentes a las actuales. Quizás sea necesario revisar nuestras valoraciones cuando estamos frente a situa ciones tecnológicamente nuevas. También debemos tener presente que forma parte de la condición humana la permanente persecución del perfeccionamiento.
Eugenesia, la moda del cambio de siglo. De Francis Galton a Joseph Mengele. Beatriz Moreno, Enrique Vivas, Gerardo de Vega