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TeXTOS periOdÍSTicOS

In document Opinar y Decir Lo Propio (página 149-154)

4. La mitad del mundo es joven y está en riesgo. María del Carmen Feijoó

JUe 27.07.2006 - CLARin

La mitad del mundo es joven y está en riesgo

La juventud es, sobre todo en los países en desarrollo, una etapa con obstáculos que las políti- cas públicas parecen no entrenadas en remover.

María del Carmen Feijoó oFiCiAL De enLACe DeL FonDo De PoBLACiÓn De nACioneS UniDAS Por primera vez en la historia de la humanidad, la población de menos de veinticinco años al- canza a tres mil millones de personas, poco menos que la mitad del mundo.

en nuestro país, los menores de ese grupo de edad alcanzan al 47% del total de sus habitantes. esos menores de 25 años viven, en su mayoría, en los países que hoy, eufemísticamente, se de- nominan "en desarrollo", lo que los convierte en víctimas de las condiciones sociales, económi- cas y culturales propias de esa situación.

en Argentina, según datos de la encuesta Permanente de Hogares ii Semestre 2005, en los 28 aglomerados urbanos que cubre la muestra, hasta los 22 años de edad, el 33,8% son pobres, dato que asciende al 49,5% en el tramo de 0 a 13 años y a 41,9% en el de 14 a 22. Lo más lla- mativo de los datos es que, aunque su peso demográfico sea alto, constituyen una auténtica mayoría silenciosa.

Pero son los jóvenes los que sufren el impacto de los cambios en el modelo económico, la de- socupación, los efectos de la propagación de la epidemia de sida, el embarazo adolescente, la falta de capacidad para tomar decisiones sobre su propio destino. Son los que van a las guerras, se inmolan buscando un futuro celestial, constituyen el grueso de los migrantes del Sur al norte. Sabemos de ellos sólo si asaltan las alambradas en el límite de españa con los países africanos, cruzan Río Bravo desde México a los estados Unidos, bajan de las favelas a las playas de Río de

Janeiro o nos sorprenden con la silenciosa sublevación de los "pingüinos" que acabamos de ver en Chile.

también son los que pusieron en vilo a Francia, quemando hasta mil vehículos por noche en las barriadas de sus padres migrantes, buscando así llamar la atención sobre una sociedad chauvi- nista que no les reconoce la pertenencia ciudadana aunque gocen de la nacionalidad.

Los jóvenes, pues, son una auténtica caja de Pandora. Ante esa caja, se destaca la inoperancia e inhabilidad del mundo adulto para ayudarlos a responder a sus problemas, manteniéndose inerte o desentendido ante los problemas que enfrentan. Son el grupo etario que contrae, por lo menos, la mitad de las ocho mil infecciones diarias que se producen por HiV, las chicas que mueren desproporcionadamente en partos —resultado, en muchos casos, de embarazos no de- seados—, los que trabajan en negro en los puestos menos calificados del sector servicios de las grandes ciudades del mundo.

tres mil millones de niñas y jóvenes alcanzaron o están a punto de alcanzar la edad de procrea- ción, mientras algunos adultos siguen discutiendo qué hay que hacer en materia de educación sexual en los sistemas educativos. Por decirlo sencillamente, en su conjunto, son un grupo de esos que se llaman "de riesgo" sólo por el hecho de su edad.

Pero, además, la condición de ser joven está atravesada por otras especificidades, entre las más importantes, la de género: ser joven y mujer es una complicación adicional. Y cuando los adul- tos los miran, los miran como presas de caza del gran mundo de la propaganda, como recepto- res de los medios de comunicación de masas y en su capacidad de consumidores. Atrapados entre la tentación y la carencia, los adultos los empujamos hacia caminos que después nos es- candalizan. Se ha constituido así el tema de la juventud como problema.

Al considerarlos como un problema, además de ver su situación como un síntoma mágico di- vorciado de las causas, olvidamos su propia capacidad para resolver en el día a día sus proble- mas, aun en el marco de fuertes restricciones que abordan con el entusiasmo propio de su edad, no por ello libre de frustraciones y fracasos.

Como estrategia para enfrentar sus problemas —y para superar el ser visto como problemas— los jóvenes se han dedicado a establecer redes. esas redes se basan en la necesidad de dar res- puestas entre pares a las barreras que les coloca el mundo adulto. ese mundo que sólo los aborda hablando por ellos, tutelándolos, corrigiéndolos y casi nunca escuchándolos o generando oportunidades. Por eso, cuando se hacen oír, como decíamos al comienzo, es con ruido. Sin ruido no logran ser escuchados.

Pero las redes entre pares no alcanzan. necesitan que la respuesta a sus demandas se convierta en un tema activo de política pública, desplazándose de "vigilar y castigar" a la generación de condi- ciones de ciudadanía plena, que aborden su perfil generacional y los problemas que la cruzan: la po- breza, el desempleo, la exclusión, la dificultad de organizar un proyecto de vida viable y pleno. Aunque diversos compromisos internacionales como los objetivos de Desarrollo del Milenio, la Con- vención sobre los Derechos del niño, la Convención para la eliminación de todas las formas de Dis- criminación contra la Mujer, las plataformas de las conferencias de Cairo y Beijing, pongan sus

Estrategias para enseñar a argumentar en la Escuela

necesidades en primer lugar, esos compromisos se ejecutan con demasiada lentitud y se limitan a veces a la necesaria pero insuficiente enunciación de derechos.

De manera tan lenta que, recientemente, los jóvenes de la región se han dado a la tarea de impul- sar una Convención iberoamericana de Derechos de la Juventud, sobre el documento firmado por 14 gobiernos de la región en 2005 en Badajoz, españa, a ver si así las promesas se convierten en realidades.

este año, el Día Mundial de la Población celebrado el 11 de julio ha puesto su foco en destacar la si- tuación de los jóvenes. Como tantas efemérides, no es para recordarlo sólo en el aniversario sino para trabajar por ellos y con ellos  el resto del año.

5. Adolescentes. Sandra Russo

Quedó como una incógnita qué quiso decir en su momento Carlos Menem cuando habló de los niños ricos que tienen tristeza. también se ignora qué consecuencias les acarreó a esos niños la ri- queza acumulada durante la década del ’90, pero de lo que no cabe duda es de que todos los otros niños, los que están tristes pero no a causa del síndrome del niño que lo tiene todo sino a causa de exactamente lo contrario, aumentaron estrepitosamente y mitigan como pueden el paisaje desolado del plato vacío, la cama inexistente, el techo de chapa, el gesto endurecido del padre o la madre sin trabajo.

Como fuere, en las últimas semanas hubo noticias inquietantes que involucraron a púberes de esos que usan celular con cámara de fotos y se quejan porque el que quieren no es ése, que salió al mer- cado hace seis meses, sino el que acaban de lanzar el mes pasado. Son los que si no tienen iPod se sienten como sin cédula de identidad. Los que fueron a un jardín de infantes en el que les enseña- ron a usar teclados de computadora y que ahora, a los trece, catorce o quince años, hacen el soporte técnico de sus padres o madres, a quienes ven poco porque trabajan mucho, pero eso esos chicos lo manejan, porque desde los ocho van al psicólogo a hablar de sus problemas. Son los que van a colegios exclusivos cuyos aranceles no bajan de los seiscientos pesos, y en los que desde el primer grado fueron instados y estimulados para que se expresen, para que den testimonio, para que hagan valer sus voces y para que también hagan valer sus derechos.

Hace unas semanas, las dos chicas de dieciséis años que usaron el sexo para distraer a un compa- ñerito caído del catre (a veces cuando uno está en una cama haciendo ciertas cosas debería pre- guntarse si no se está cayendo del catre) y aprovecharon la ocasión para alzarse con cien mil dólares provocaron un asombro que no llegó a conmoción porque las historias sexuales no conmocionan: sacuden e intrigan. es curioso, pero el ménage à trois de esos adolescentes de dieciséis años, com- pañeros de colegio privado, no suscitó ningún informe especial acerca de las modalidades de ini- ciación sexual actuales, ni sobre el rol de mujeres fatales y cachondas que usaron ambas para robar un dinero que no necesitaban.

en cambio, la muerte de Matías Bragagnolo en el hall de un edificio de Barrio Parque llevó los focos nuevamente a esos chicos. Llegó hasta haber quienes volvieron sobre aquella temible pregunta que solía disparar neustadt en el viejo y horrible tiempo nuevo: “¿Sabe usted qué está haciendo ahora

su hijo?” esa pregunta de la dictadura instalaba al enemigo interno en el fuero doméstico. el ex- traño, el imprevisible, el sospechoso era no ya el joven en general, sino más específicamente el hijo: bajo la pantalla de la protección, había que vigilar y castigar, domar y amaestrar.

todavía no se sabía por qué y de qué manera había muerto Matías, si esa muerte había sido natu- ral o un asesinato; y si había sido un asesinato, tampoco se sabía si los victimarios habían sido esos chicos que se presentaron a declarar y quedaron y continúan detenidos en institutos de menores sin que nadie informe a sus abogados ni a sus padres de qué se los acusa exactamente. no se sabía, pero muy pronto se habló de “patotas de niños bien” que circulaban por esas zonas paquetas ha- ciendo desmanes y bravuconadas.

el manejo de la información no podía ser más antojadizo. Un adolescente de dieciséis años había muerto en el hall de un edificio de Barrio Parque y la noticia rebotaba en forma de mea culpa por cierta permisividad a la que los medios atribuían esos desvíos. Una vez más, la palabra menos ino- cente del mundo, “libertinaje”, encontró un nicho de fertilidad. La palabra “libertinaje” es un modelo perfecto del lenguaje teledirigido a minar la confianza en la responsabilidad, la educación y el mo- delo que les hemos dado a nuestros hijos adolescentes. Porque encarnada en menores de edad, la libertad se convierte demasiado fácil y peligrosamente en libertinaje. Y el libertinaje es el hijo bobo de la libertad. Y la libertad nunca es cómoda, nunca es fácil, nunca es lisa: tiene arrugas y pliegues de los que a veces salen brujas. Los cazadores de brujas lo saben.

Más allá de esos casos extremos, más allá de esas noticias lamentables, lo cierto es que hay mu- chos púberes de clase media dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Y hay muchos púberes de clases populares dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Unos se aburren de lo que tienen porque han sido criados en una sociedad en la que cada día hay algo más para tener. otros están hartos de nunca tener nada, y rumian su insatisfacción alcoholizada, mientras tal vez ya estén acercándose al paco o a alguna otra droga que no los divertirá ni los hará tomar litros de agua mineral. Sencillamente y sin ninguna duda, los matará.

Habría que pensar en los adolescentes sin miedo a lo que ellos son, a lo que ellos expresan de nosotros, sus padres; habría que pensar en ellos para saber cómo hacerles más fácil el tránsito hacia una juventud que se avizora complicada, y admitiendo que la vida que llevamos no es, pro- bablemente, la que ellos necesitan que llevemos. Habría que hablar en voz alta con ellos acerca de nuestras frustraciones y nuestros límites, de nuestro cansancio y nuestra falta de ilusiones. Y tal vez reemplazar esa horrible pregunta, ¿sabe usted qué está haciendo su hijo ahora?, por otras. Por ejemplo: ¿sabe su hijo con qué sueña usted, qué ilusiones tiene todavía? ¿Sabe su hijo que usted lo ama?

Secuencia 2

la interpretación del discurso argumentativo ajeno.

debatir con otros para escribir lo propio

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