Jorge de Buen
Cuando diseñamos para imprimir, podemos usar cualquiera de los tipos que residen en nuestro ordenador. Esto se debe a que, cada vez que mandamos un documento a la impresora, las fuentes tipográficas van incluidas entre los paquetes de información que se transmiten. En los tiempos en que la web comenzó a hacerse popular, allá por los años noventa, las conexiones eran sumamente lentas. Por eso, los programas y lenguajes de programación se diseñaron de modo que las transmisiones fueran muy eficaces. Entre algunos de los recursos que se idearon están, por ejemplo, las memorias caché. Cuando se visita una página, la información se graba parcial o totalmente en el disco duro del ordenador. En virtud de eso, cada vez que vuelva al mismo sitio, el navegador dejará de descargar toda la información que, en un rápido análisis, juzgue que no ha cambiado. Algo semejante sucede con las fuentes tipográficas.
Una fuente tipográfica digital suele ser hoy un paquete discreto entre cantidades inmensas de datos. Esto no era así en los noventa, cuando cada tipo representaba una voluminosa embestida de
solución que se ideó para la web fue distribuir gratuitamente un conjunto estándar de tipos de muy buena calidad, con la intención de que la mayoría de los usuarios los tuviera en sus ordenadores. Nuestros ordenadores seguramente cuentan con algunos de ellos o todos: Verdana, Trebuchet, Arial, Times New Roman, Courier New y Georgia, entre otros. Con este método, en vez de transmitir una fuente tipográfica completa, el servidor web entrega tan solo el nombre de la fuente. Si esa letra está instalada en el equipo, se podrá ver la página tal como la concibió el diseñador; si no, verá una letra alternativa que el navegador elegirá según ciertos criterios.
Durante años, este método ha hecho funcionar la web de una manera eficaz, pero con la desventaja de que los diseñadores no tienen un verdadero control sobre el aspecto de la página. La tipografía es esencial en el diseño; pero, si el catálogo está limitado, y si hay un riesgo considerable de que los tipos sean sustituidos, se vuelve cosa del azar.
Para resolver este problema, algunas compañías han decidido crear repositorios públicos de tipos. Uno de estos es Google Fonts (http://bit.ly/hBEN17), que por ahora contiene un poco más de quinientas familias tipográficas. Su método es muy sencillo: en primer lugar, ofrece a los diseñadores un catálogo de tipos para que estos elijan los que deseen, los descarguen y los instalen en sus ordenadores. Aparte, por cada tipo, el sitio genera automáticamente unas cuantas líneas en
HTML que el diseñador debe intercalar entre los primeros renglones del código de la página
completa. Cuando la página es consultada desde un ordenador remoto, una de las primeras instrucciones que el receptor interpreta consiste en visitar el repositorio de fuentes y descargar temporalmente los tipos necesarios. Desde luego, si una página tiene muchos tipos, la descarga se vuelve lenta.
Tipología
Ha habido muchos intentos de clasificar los tipos según su fisonomía, su historia o ambas consideraciones. Aquí me parece conveniente tratar las letras a partir de ciertas oposiciones:
a. Letras para texto y letras para titulares.
Los tipos de texto siguen cánones convencionales que, para lo que nos ocupa, fueron establecidos para los protoimpresores venecianos a finales del siglo XV. Los tipógrafos de entonces se
inspiraron en las muy legibles letras carolingias de los siglos IX al XI, las cuales habían sido
sepultadas por el periodo gótico. Las letras para texto que usamos hoy pueden estar inspiradas en modelos antiguos o modernos, tendrán terminales o no, serán delgadas o gruesas… En todo caso, sus estructuras básicas permanecen intactas.
Los tipos para titulares (o rótulos, etc.) pueden tener formas caprichosas, e incluso llegar a ser ilegibles. Ningún tipógrafo serio los usaría más que para formar unas cuantas palabras, y siempre y cuando haya una clara intención expresiva. Un tipo de titulares está diseñado para enunciar ideas con una elocuencia vigorizada.
b. Letras de palo cruzado y letras de palo seco.
Las letras de palo cruzado son las que tienen remates en algunas astas, es decir, esos pequeños patines que parecen servir para que las letras mantengan el equilibrio. En realidad, se trata de
ornamentos muy antiguos. Nacen en las letras lapidarias romanas, las conocidas como de los
monumentos de la capital o, en latín, capitalis monumentalis. Si bien nuestros caracteres han
cambiado a lo largo de los siglos, esos remates han prevalecido de una u otra forma en todos los estilos.
A mediados del siglo XIX, con el auge tecnológico de la era industrial, hubo una
superproducción tipográfica y, con ella, un montón de diseños que procuraban ser llamativos. Algunos tipógrafos probaron con la eliminación de los remates, hasta producir un estilo de letras desnudas que, a la sazón, los impresores tradicionales encontraron grotescas; y así las llamaron:
grotescas. El estilo, sin embargo, estaba investido de la austeridad que demandaban los artistas y
diseñadores de comienzos del siglo XX. Los tipógrafos de avanzada tomarían esas letras por
bandera, y, desde entonces, los tipos de palo seco se convirtieron en el paradigma de la modernidad y el funcionalismo.
Ha habido muchos intentos por descubrir qué tipos son más legibles, si los de palo cruzado (la mayoría los llama tipos con remates o serif) o los de palo seco. Los resultados de las investigaciones, hechas por neurocientíficos muy serios, son contradictorios, principalmente porque las variables que afectan este tipo de fenómenos son, por su número y complejidad, muy difíciles de entender y controlar.
c. Letras de espesor variable y letras de espesor fijo o constante.
Las letras de espesor variable son las tradicionales, las de todos los días, donde una i será siempre más angosta que una m, y, por ende, ocupará un menor espacio.
Las letras de espesor fijo nacen con las primeras máquinas de escribir por limitaciones mecánicas. De hecho, la máquina de escribir, en general, debe su existencia y su utilidad práctica a muchos trucos y simulaciones ideadas para que un instrumento simple fuera capaz de reproducir letras. También por razones técnicas, las primeras impresoras que se usaron en informática recurrieron a estos caracteres, hasta el punto en que hoy se asocian con los lenguajes de computación. En la tipografía moderna ha habido muchos intentos de reproducirlos, tanto por su valor histórico como por el ambiente que recrean. Se distinguen porque todos los signos de una misma fuente tienen la misma anchura, ya sea que se trate de una l o una W.
Los primeros manuales de programación solían reproducir las impresiones del código hechas con impresoras de matriz de puntos, y estas usaban letras Pica y Elite, de espesor constante, tomadas de las máquinas de escribir. Una de las ventajas de ese método era que, por su fisonomía, estas letras facilitaban la tarea de llevar la cuenta de los caracteres de que consistía una instrucción determinada. De esa manera, una instrucción de treinta y seis caracteres debía extenderse exactamente hasta el lugar 36; si no era así, el programador se percataba de inmediato de que había cometido un error. Si seguimos usando esas letras en los libros de programación será por fetichismo o tradición, pero hoy se puede escribir el código con cualquier buen tipo. d. Las letras redondas y las variantes diacríticas.
Las letras de uso cotidiano son conocidas como redondas en oposición a las cursivas, cuyos trazos curvos son ovalados. Compare una o normal con su cursiva y verá que la primera es casi circular, mientras que la segunda, además de estar ligeramente inclinada, es notablemente
ovalada. Las redondas se usan para componer los textos largos, pues debido a la costumbre o a quién sabe qué razones, nos sentimos más cómodos leyendo esas que otras cualesquiera.
Las letras cursivas fueron «inventadas» a finales del siglo XV para la imprenta de Aldo
Manuzio, en Venecia. Aldo las encargó porque quería producir libros pequeños que el lector pudiera acarrear de un lado a otro llevándolos en las manos o en una faltriquera. Para eso necesitaba que Francesco Griffo, su tipógrafo, le hiciera tipos más compactos. Griffo se inspiró en las letras cancillerescas, que, por su forma oval, ahorraban espacio. En el resto de Europa, estas letras cursivas tuvieron una buena acogida, pero había en ellas un aroma exótico, de ahí que las llamaran itálicas, venecianas, grifas y no sé de cuántas maneras más. El caso es que, con el tiempo, los impresores comenzaron a recurrir a ellas para introducir expresiones en latín cuando producían obras en lenguas vernáculas. Las cursivas, entonces, fueron agenciándose la comisión principal de expresar lo extranjero.
Las negritas son un invento mucho más reciente, y tienen que ver con los cambios tecnológicos de los siglos XIX y XX. En el siglo XX, concretamente, a las fundidoras de tipos les
pareció muy moderno dejar atrás las cursivas y favorecer, en su lugar, una variación de astas anchas. Estas letras más negras o, como se les suele llamar, negritas o negrillas, son tan terriblemente conspicuas en los textos que los tipógrafos más aseados nunca echan mano de ellas, salvo para la composición de títulos. El efecto ideal de las negritas es subrayar o destacar una palabra o frase, pero, en realidad, lo que logran es degradar todos los textos que están en cuerpos normales. Hay otros estilos, como las versalitas, que dejaremos para discusiones avanzadas.
Moisés Mañas Carbonell
El preformateo es fundamental para páginas que contienen tutoriales de lenguajes de programación: si algún usuario copia un ejemplo de código de un ejercicio cualquiera, al pegarlo en la aplicación de su ordenador copiaría también los estilos de ese texto (negrita, cursiva, etc.) y el código no funcionaría. De esta otra forma, preformateado, se copia un texto sin formato, es decir, sin estilos.
Los textos que usen fuentes no estándares, que no sean del sistema o estén instaladas en el ordenador por defecto, deberán tratarse como imágenes (jpeg, gif o png). También se pueden utilizar técnicas SVG (http://goo.gl/CgUld) que permiten emplear cualquier tipografía de fantasía o, por
ejemplo, rotuladas, con gran calidad y capacidad de indexación por parte de los buscadores. Un ejemplo de generador de este tipo de formatos es CUFON (http://goo.gl/BLtoA).
Existen, además, distintas técnicas para utilizar fuentes diferentes, especiales, mediante las cuales el usuario puede ver en su equipo la tipografía seleccionada por los diseñadores sin necesidad de estar instalada en su computadora. Nos referimos a la utilización de @font-face
(http://goo.gl/vC4QA), la tecnología typeface.js (http://goo.gl/Nb9WI) o incluso un sistema de tipografía gratuito (open source) y alojado en el servidor, como el proyecto Google Web Fonts (http://goo.gl/Azb1E).
Tamaño
La cuestión del tamaño de la tipografía en edición web es bastante compleja. Aunque no se aconseja utilizar un cuerpo menor de 9 píxeles, el usuario puede cambiar a su antojo el tamaño de la página que está consultando. Los navegadores y sistemas operativos actuales están preparados para ello (por ejemplo, en Mac, pulsando las teclas manzana o control y «+» se amplía, y con manzana o control y «–», disminuye; lo mismo ocurre en PC con las teclas control y «+», control y «–»), por lo que habrá que procurar que los diseños incluyan, en un lugar perfectamente visible, la posibilidad del cambio de tamaño del texto.
Se recomienda un tamaño entre 10 y 12 píxeles para los párrafos, no más de 24 píxeles para el titular y 9 para los microtextos, los créditos y las licencias (copyrights).
Para la correcta armonía de la lectura es preferible evitar utilizar más de cuatro tamaños de texto, con los que se representan cuatro niveles de importancia de la información. Lógicamente, se dará mayor tamaño al texto que necesite llamar más la atención y se irá descendiendo dependiendo del protagonismo del mismo, desde el titular al resumen, hasta llegar al párrafo y a la nota de la noticia o incluso a los bloques destacados (blockquote).
La pregunta de cuántas fuentes utilizar es también compleja. El diseñador de la interfaz será el encargado de tomar esta decisión, pero es importante recordar que las fuentes se deben estandarizar.