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Una triste y bella historia: La señora de 80 años que llama en plena noche al programa

6 DESARROLLA TU PROYECTO VITAL

3. Una triste y bella historia: La señora de 80 años que llama en plena noche al programa

Hablar por hablar

No sé ni siquiera el nombre de esta señora de 80 años que, hace unas cuantas noches, uno de los días que no sentía sueño, llamó al programa de radio Hablar por hablar para exponer su triste historia con final feliz.

Hizo un brevísimo repaso de su agitada vida y vino a decir que había sufrido continuas y prolongadas depresiones desde los 20 años a los 65. Que su vida estaba sumergida en un profundo pozo donde no veía ninguna salida, el único amuleto que siempre le acompañaba era su marido, que siempre, hasta la muerte, estuvo a su lado.

Contó que pasó por dos a tres intentos de suicidio y que si no lo consumó, fue por pensar en sus hijos y nietos. La vida para ella no tenía ningún valor.

Cuando cumplió 65 años, una noche, al irse a la cama pidió y suplicó a su Dios –se consideraba muy, muy creyente– que tuviera compasión de ella y que aquella misma noche le revelase lo que tenía que hacer para salir del infernal laberinto donde se encontraba. Rezó sus oraciones de siempre y se durmió. Con la llegada de la alborada se despertó, como casi todos los días. No recordaba que le hubiera ocurrido nada, ni que Dios hubiese estado a su lado hablándole. Pero de repente y no sabe por qué se encuentra diciéndose en voz alta: «Eres una egoísta, me pides que no te abandone y te diga lo que tienes que hacer, pero no me has hecho ni caso. Has intentado suicidarte tres veces y no he permitido que lo hicieras, te llevo ayudando a soportar tus dolencias desde los 20 años. A tus hijos no les permites ni acercarse y a los ocho nietos que tienes casi no los conoces, porque no soportas sus ruidos, porque te molestan».

Recordó entonces la conversación y la súplica que había hecho a su Dios al acostarse, y estaba convencida de que aquella noche este se acercó a su cama y tuvo con ella, en sueños, esa conversación. Ella hablaba de revelación.

Se sintió diferente, empezó a respirar de otra forma distinta y le invadió una emoción de rabia que le hizo decir en voz alta a sí misma: “Basta ya, no puedo continuar”.

Vivía sola. Observó que las palabras que estaba diciendo en voz alta no estaban, como hasta ahora, basadas en un fondo emocional de miedo y tristeza, de impotencia y de inseguridad. Su voz era firme y segura, y descubrió más allá de la rabia que sentía, que detrás de la rabia, empezaron a surgir emociones de seguridad, de curiosidad y admiración.

Continuó diciendo que, a partir de aquella decisión que había tomado a los 65 años, su vida se transformó. Fue dejando las diez pastillas que tomaba. Abrió las ventanas de su casa al oxígeno y empezó, decía, por primera vez en su vida a disfrutar, compartir, amar y ser amada.

Había pasado por psicólogos y psiquiatras, pero el poder de su decisión fue mayor que todo ello junto.

No sé si tú, como la protagonista de esta historia, también crees en Dios. Pero para realizar el milagro, aparentemente milagro, que esta señora consumó, no se necesita ningún tipo de creencia religiosa. Necesitas hablar con ese dios interno que tienes, pedirle y suplicarle su ayuda. Pero recuerda que lo más importante no es el lenguaje que utilices ni el mensaje verbal que transmitas, el poder está en el fondo emocional. Si tu fondo emocional, tu plataforma de acción se centra en el miedo o la culpa o la rabia o el asco, nada va a cambiar en ti y pronto continuarás siendo la misma persona de siempre, triste y depresiva. Pero si cambias tu escenario vital emocional y cualquiera de las plataformas que acabamos de mencionar, las transformas en otro tipo de plataforma más saludable más sostenible, más positiva, tu vida se trasformará.

Para ello es importante que te entrenes en la utilización de la plataforma emocional de la seguridad, de la curiosidad, de la alegría y de la admiración.

Para ello te propongo un pequeño campo de entrenamiento.

1. Visualiza o recuerda situaciones concretas de tu vida triste, agresiva o dolorosa, una a una. Imagínate que estás en un cine y esas escenas van apareciendo ante ti en una gran pantalla y las ves. Una a una, no todas a la vez.

Siente las emociones que cada escena, en el aquí y ahora, todavía te despiertan, de tristeza, de rabia, de impotencia, de rencor, de resentimiento. Las que sean.

2. Acepta cada una de estas escenas como algo que te pasó y te pertenece, no trates de rechazarlo, de negarlo. Acéptalo como una parte de tu existencia, como algo que fue real y que te ocurrió. Te pasó en un determinado momento de tu existencia que ahora pertenece a tu pasado y nada tiene que ver con tu presente.

3. Sitúa ahora en una de las esquinas de esa pantalla un punto que, como si fuera un zoom que se agranda, va a inundar la escena que estás visualizando, con una de estas emociones de fondo: La emoción de seguridad. Para ello solo tienes que recordar otro momento de tu vida donde te has sentido confiado y seguro. Esa misma emoción la inyectas en esta escena y cambias. Ahora continúa visualizándola pero sintiendo seguridad y confianza, ya que esto no está ocurriendo ahora y es parte de tu pasado. También puedes canjear el miedo o la rabia que sientes por la emoción de curiosidad. Hazte preguntas como estas: Esta escena es parte de mi pasado, no del presente, si volviera a repetirse, ¿contaría ahora con más recursos de los que contaba cuando esto ocurrió? ¿Si volviese a pasar, reaccionaría de la misma forma en que lo hice entonces? También puedes utilizar la emoción de la admiración, de cómo a pesar de lo

duro que aquello fue para ti, continuaste viviendo y es bueno que en este momento recuerdes otras muchas escenas de cosas positivas e interesantes que has logrado en tu vida y en las que has sido el protagonista principal.

4. Solo un paso más, ahora es el momento de reconvertir cada una de estas dolorosas vivencias en experiencias; sabes que la experiencia es el camino de la sabiduría. Hazte la siguiente pregunta:

¿En qué sentido, cada una de estas vivencias, me ayudó a crecer, a desarrollar habilidades que si no hubiesen ocurrido, hoy no las tendría?

Tal vez te hayan ayudado a darte cuenta de las cosas que merecen la pena y las que no la merecen. A aceptar en la vida que hay cosas que es posible que no podamos controlar ni evitar. Convierte cada vivencia en una oportunidad (experiencia) para tu vida, aprende de cada una de ellas. Guárdalas dentro de ti como un tesoro que en su día fue doloroso, pero hoy ya no lo es. Identifica un recuerdo amargo y doloroso de tu pasado y otro agradable y placentero. 4. Los tres ingredientes de la felicidad: Aprende a gozar del bien estar subjetivo Existe una clase de felicidad que llamamos objetiva, es decir observable, cuyos ingredientes esenciales dicen que son salud, dinero y amor. Pero existe otro tipo, la subjetiva, interior, intangible, cuyos elementos veremos más adelante. La felicidad objetiva sin la subjetiva deja mucho que desear, aunque en sí es buena; la subjetiva en bastantes ocasiones carece de cualquiera de los ingredientes objetivos.

Antonio Gala define la felicidad, la subjetiva, como «el darse cuenta que nada es demasiado importante». Ya que cuando a cualquier cosa le damos un excesivo valor, termina esclavizándonos, bien sea al amor, el dinero o la salud. Nos hacemos esclavos de ello y genera en nosotros vínculos y afinidades auténticamente enfermizos. Nos sentimos amarrados.

Los tres ingredientes esenciales y subjetivos, es decir, que los seres humanos tenemos que sentir son:

Seguridad, es decir tener cubiertas nuestras necesidades básicas. Sin ellas no podemos gozar de la felicidad. A ello tenemos que contribuir cada uno de nosotros, pero es muy importante que el entorno social colabore y nos aporte recursos. Solos nos es imposible.

Libertad, sentirnos libres de poder pensar y expresar lo que pensamos y sentimos. También a ello tiene que contribuir, además de nosotros, el entorno y la comunidad. La cultura y la educación son elementos clave para ello.

Amor, es decir, querer y sentirnos queridos. El amor y la felicidad son elementos intrínsecamente unidos. Por él entendemos, amor incondicional, querernos por el mero hecho de ser persona, de existir. La sociedad también juega un papel importantísimo, donde tenemos que respetar y aceptar a cada ser humano tal y como es, independientemente del estrato social, étnico o lingüístico.

La felicidad no está en el pasado ni el futuro. La felicidad habita en el instante, en cada segundo de nuestra existencia. No hay que buscarla, hay que sentirla en cada momento de nuestra existencia.

La auténtica felicidad pertenece a nuestro estado del ser, no del tener o poseer. Las felicidades sucedáneas solemos buscarlas cuando no sentimos la del estado del ser.

Una buena forma de sentir la felicidad incondicional es cerrando los ojos y meditando. Conectando con lo más profundo de nosotros mismos y sintiéndonos partícipes del universo, que es lo más parecido a sentirse una pequeñísima parte del cosmos, una gota de agua en un mar inmenso de posibilidades, repleto de amor y de energía.

¿Qué grado de amor incondicional, de seguridad vital y de libertad personal, piensas y sientes en tu vida actualmente?

¿Qué cosas podrías empezar a hacer desde hoy mismo para aumentar tus niveles de amor, seguridad y libertad?

¿En lugar de continuar buscando la felicidad fuera de ti, podrías empezar a disfrutarla en el aquí y ahora de cada instante, dejando de buscarla en el pasado o deseándola para el futuro que nunca llega?

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