Los «guías» que en el capítulo anterior nos han acompañado en nuestra visita de la mente moderna deseaban saber cómo funciona la mente hoy en día y cómo se desarrolla en la infancia. Pero lo que a mí me interesa es la historia de su evolución. Dada mi formación de arqueólogo, siempre que me encuentro ante una estructura compleja busco identificar las distintas fases de su evolución, ya se trate de una piedra tallada o de la mente moderna. Mediante algunas pinceladas intentaré explicar la forma en que, en mi opinión, habría que abordar la mente, y para ello me propongo contar de forma breve mi propia experiencia en una excavación arqueológica.
Durante mis vacaciones de verano, siendo estudiante, trabajé en la excavación de la abadía benedictina medieval de San Vincenzo, en Molise, Italia[1]. Yo supervisaba la exploración de un edificio especialmente complejo, que se llamaba la «Iglesia Sur». Esto significaba descubrir, registrar e interpretar una vasta serie de muros, pavimentos y tumbas: los vestigios de un considerable palimpsesto de construcciones. ¿Cómo hacer para arrancar de los muros y demás restos los secretos de la historia de la abadía, sus fases arquitectónicas y su cronología? Gran parte del trabajo arqueológico consiste en ir escarbando y destapando con sumo cuidado el pasado, estrato por estrato. Exige asimismo estudiar las complejas yuxtaposiciones de muros hechos por otros, para deducir cuáles son anteriores y cuáles posteriores. Luego esos muros deben fecharse, tomando habitualmente como referencia los distintos tipos de cerámica hallados en los depósitos próximos del pavimento. Luego, todas estas técnicas de detección arqueológica se combinan para recrear, de la mejor manera posible, las fases arquitectónicas del edificio. En el caso de la Iglesia Sur, dedujimos que hubo cinco fases en total, que abarcaban los primeros 1000 años d. C. y culminaban con una sofisticada construcción de varias plantas que cobijaba gran parte de las preciadas reliquias de la abadía. Las transiciones entre las distintas fases habían comportado la demolición y construcción de muros, la pavimentación de nuevos suelos, la adición de nuevas plantas y el bloqueo de puertas.
La evidencia sobre la mente moderna aportada por los psicólogos en el capítulo anterior me hace pensaren nuestro trabajo en la Iglesia Sur de San Vincenzo, o en cualquier iglesia o catedral moderna. La tarea de este capítulo es idéntica a la que había que realizar una vez acumulada toda la información procedente de las
excavaciones de la Iglesia Sur: identificar una serie de fases arquitectónicas.
En este corto capítulo propondré una historia de la evolución de la mente dividida en tres fases arquitectónicas. De ese modo contaremos con un marco para abordar el resto de mi estudio; los dalos arqueológicos que analizaremos en capítulos posteriores servirán para valorar, depurar, desarrollar y fechar este marco de referencia. Sin ese marco, aunque sea provisional, los datos sencillamente nos desbordarían, y no sabríamos qué es lo que tenemos que buscar ni lo que puede significar. Para proponer estas fases me basaré en las leonas expuestas en el capítulo anterior. También utilizaré una de las ideas más importantes de la biología, y que ha sido relevante para el estudio de la evolución desde los tiempos de Aristóteles, pese a que en las últimas dos décadas ha perdido su antigua posición dominante: se trata de la idea de recapitulación, o de que «la ontogenia sigue a la filogenia».
Introduje muy someramente esta idea en el capítulo anterior. En esencia, la recapitulación significa que la secuencia de los estadios evolutivos por los que atraviesan los pequeños de una especie, su ontogenia refleja la secuencia de las formas adultas de sus antepasados, su filogenia. Ernst Haeckel avanzó esta idea en su ley biogenética de 1866: «la ontogenia es la recapitulación breve y rápida de la filogenia[2]». Según Hacckel, en el curso de la evolución el ritmo de desarrollo se había acelerado y, por consiguiente, las formas ancestrales adultas habían sido proyectadas, o «comprimidas», en los estadios infantiles de sus descendientes.
Stephen Jay Gould registra el origen y la historia de esta idea en un libro muy influyente titulado Ontogeny and Phylogeny (1977). Explica el autor que los paralelismos entre desarrollo y evolución están presentes en todo el mundo biológico, y que muchos científicos del siglo XIX y principios del XX pensaron que la
recapitulación constituía la clave para entender el pasado, Gould cita un texto del biólogo E. Conklin de 1928: «la recapitulación prometía revelar no sólo la ascendencia animal del hombre y la línea de su descendencia, sino también el método para conocer el origen de sus facultades mentales, sociales y éticas[3]». Jean Piaget, el psicólogo evolutivo más influyente de los años sesenta y setenta, simpatizaba con la idea de los paralelismos entre ontogenia y filogenia, aunque sin adoptar una posición explícita sobre la recapitulación. Pero como veíamos en el capítulo anterior, el arqueólogo Thomas Wynn se sirvió de la idea de recapitulación para inferir la inteligencia de nuestros antepasados, basándose en las fases evolutivas de la mente propuestas por Piaget. La psicóloga Kathleen Gibson ha escrito recientemente que «entre los estudiosos más serios de la evolución cognitiva y lingüística, las perspectivas ontogénicas se han convertido en la norma, no en la excepción[4]»
En cuanto a la relación entre ontogenia y filogenia, hoy los biólogos adoptan un punto de vista algo más liberal que Haeckel. Por ejemplo, Stephen Jay Gould opina que si bien existe evidencia en favor del desarrollo acelerado de algunos rasgos, tal
como propuso Haeckel, y por lo tanto de un reflejo de formas adultas ancestrales en los estadios infantiles de los descendientes, también hay evidencia de lo contrario: una ralentización en el desarrollo de otros rasgos provoca que ciertos rasgos infantiles de los antepasados aparezcan en los descendientes adultos. Este proceso se conoce como neotenia, y se cree que es tan común como la recapitulación. Un ejemplo paradigmático es el asombroso parecido que presentan los chimpancés jóvenes con los humanos adultos, una semejanza que se pierde en los chimpancés maduros. Por consiguiente, si la idea de recapitulación tiene algún valor, habrá que buscarlo en el estudio de los órganos individuales, no en los organismos entendidos globalmente.
Gould dedica la mayor parte de su libro a la idea de neotenia, y demuestra que es de una importancia crucial para la comprensión de la evolución humana. Pero como han argumentado Kathleen Gibson y el psicolingüista Andrew Lock, mientras que la neotenia puede ayudar en la explicación del desarrollo morfológico de los humanos modernos, no sirve para el desarrollo de la inteligencia y el conocimiento[5] pues ambos no siguen siendo infantiles durante el desarrollo, como sucede con la forma del cráneo, por ejemplo. Además, si existen paralelos entre el desarrollo y la evolución de la mente, la recapitulación parece el marco más plausible, no la neotenia[6]. Cada vez me siento más escéptico de adoptar la noción de recapitulación y propongo una serie de fases arquitectónicas para la evolución de la mente. Mi escepticismo se debe a dos razones. Primera, tal como Gould describe en La falsa
medida del hombre (1981), la idea de recapitulación «ofrecía un criterio
irresistible[7]» a los científicos de los siglos XIX y XX para poder clasificar los
distintos grupos humanos en superiores e inferiores, dando así apoyo seudocientífico a las ideologías racistas y sexistas. De modo que, aun cuando estas ideologías reflejen una interpretación errónea y un uso indebido de la idea de recapitulación, lo cierto es que este concepto debe usarse siempre con gran prudencia. La segunda razón de mi escepticismo es que no tengo la convicción teórica de que se produzca necesariamente la recapitulación de la evolución de la mente durante el desarrollo. Si tiene lugar, estoy convencido de que lo más probable es que se manifieste en forma de grandes paralelismos, y no en forma de una correspondencia estricta entre estadios filogenéticos y ontogénicos.
Sea o no correcta la recapitulación de la mente, lo cierto es que supone un medio para establecer el marco de las posibles fases arquitectónicas necesarias para proseguir mi estudio[8]. Porque si ignorase la idea de recapitulación, podría significar una oportunidad perdida, rozando la negligencia académica. Después de todo, poseo ya información suficiente sobre el desarrollo de la mente infantil, tal como he descrito en el capítulo anterior, y cuando esté llegando al final de mi estudio también espero tener información sobre la evolución de la mente basándome en los materiales del registro arqueológico y fósil. Adoptando la idea de recapitulación se abre un
interrogante fascinante: ¿veremos los estadios evolutivos de la mente infantil actual reflejados en paralelo en la evolución de la mente humana ancestral?
En el capítulo anterior analizábamos el trabajo de varios psicólogos evolutivos, especialmente de Patricia Greenfield, de Annette Karmiloff-Smith, de Susan Carey y de Elizabeth Spelke. Basándome en general en sus respectivos trabajos propondré las fases arquitectónicas de la evolución de la mente. Digo «en general» porque creo que también se pueden hallar claves en todos aquellos psicólogos cuyo trabajo hemos comentado en el anterior capítulo, claves que de hecho avalan las fases propuestas que se manejan en los estudios del desarrollo infantil.