• No se han encontrado resultados

Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom"

Copied!
338
0
0

Texto completo

(1)

Yolanda Colom

MUJERES EN LA ALBORADA

(2)

Revolucionaria y educadora guatemalteca con exp erien cia de varios lu stros en docencia no oficial ni institucional entre sectores sociales marginados, oprimidos y explotados.

Durante once años militó en el Ejército G uerrillero de los Pobres (EGP) y por nueve años en Octubre Revolucionario. P o ste rio rm e n te d ed ica d a al trab ajo editorial y divulgativo de la obra literaria y política de M ario Payeras, dirigente revolucionario, filósofo y escritor, fallecido en 1995. C ofundadora y m iem bro del equipo de formación de la Fundación para la Democracia Manuel Colom Argueta.

A d em ás del p re se n te lib ro , ha elaborado artículos, conferencias y docu­ m entos, m uchos de los cuales se han p u b lica d o en p e rió d ic o s y re v ista s culturales y políticas dentro y fuera del país. Entre ellos: "A paratos ideológicos d el e s ta d o " (1 9 7 1 ), " C r it e r io s y m eto d o lo g ía de a lfa b e tiz a c ió n para capacitar a dirigentes y activistas sociales como alfabetizadores" (1974), "Insurgencia y contrainsurgencia en Guatemala" (1984). T a m b ié n ha e la b o r a d o n u m e ro sa s ponencias y artículos sobre la obra política y literaria de M ario Payeras, así com o so b re la ex p e rie n c ia rev o lu c io n a ria guatemalteca.

(3)
(4)
(5)
(6)
(7)

Yolanda Colom

MUJERES EN LA ALBORADA Guerrilla y participación femenina

en Guatemala 1973-1978 Testimonio

E d icion es del P ensativo

(8)

© Ediciones Artemis Edinter Primera edición 1998 © Yolanda Colom 1998 © Ediciones Puerto, Puerto Rico Segunda edición: 2000

© Yolanda Colom 2000 © Ediciones del Pensativo, Tercera edición 2007

5a. Avenida Norte No. 29 Antigua Guatemala Guatemala, Centroamérica

Teléfono: (502)7832-0729 Fax: 7832-1477

Correo electrónico: delpensativo@gmail. com Página web: www. delpensativo. com © Yolanda Colom 2007

Diseño de portada: Hanna C. Godoy Cóbar

Portada: Arnoldo Ramírez Amaya, noviembre 26 de 2006 ISBN: 99922-65-31-0

Diagramación: Nancí Franco Luin Correcciones: Hanna C. Godoy Cóbar Cuidado de edición: Gabriela Grijalva

(9)

A la memoria de los revolucionarios caídos en silencio por la vida y la justicia en Guatemala. A la memoria de Benedicto, quien me introdujo en mundos de amor, belleza, sabiduría. A la memoria de Mario Payeras revolucionario universal, por sus sueños y sus ejecutorias.

(10)
(11)

AGRADECIMIENTO

Este libro no se habría escrito sin la iniciativa y el estímulo de Norma Stoltz Chinchilla —Profesora y directora del programa sobre estudios de la mujer en la Universidad Estatal de California, en Long Beach — y de Bobbye Ortiz (+1990) — Editora asociada de Monthly Review y destacada activista de Women 's Intemational Resource Exchange, WIRE, de Nueva York —. Para ellas mi profundo agradecimiento por hacerme ver el valor humano, social y político de dar a conocer algo de mi experiencia como ciudadana y revolucionaria guatemalteca. Partes completas de este trabajo son respuesta a sus inquietudes e interrogantes.

(12)
(13)

NOTA DE LA AUTORA* Metamorfosis

Así como los caracoles guardan el eco del mar, así mi corazón ha retenido sus memorias, sueños y muertos. En el libro Mujeres en la alborada consigno un fragmento de esas memorias, sueños y muertos; una fracción de la gesta revolucionaria armada en el inicio de su segundo ciclo; una ínfima partícula de lo acontecido en las mon­ tañas y selvas del noroeste. La mayor parte, la epopeya de la población civil de aquella región, que resistió a los embates del ejército con piedras, palos y machetes, está por escribirse.

Con la elaboración de este libro cerré un ciclo de más de veinte años de militancia vertiginosa e ininte­ rrumpida. En 1973 inicié el abandono de mi identidad para sumergirme en el anonimato y la clandestinidad. Y sólo comencé a retomarla en enero de 1995, a raíz de la muerte sorpresiva de mi compañero. Ese hecho nos sacó abrupta e inesperadamente de un anonimato de lustros: a él muerto, a mí cuando vivía esa tragedia personal.

De ahí que lo narrado en este libro fue vivido por Haydeé, Lucía, Manuela y Violeta. Fue escrito por Isabel y Carmen. Y ha sido firmado por Yolanda.

Irrupción de la política en mi vida y opción por la mi­ litancia revolucionaria armada

La política irrumpió en mi vida sin buscarla, sin desearla. Con ráfagas vigorosas y bruscas se volvió preocupación temprana, aunque no tenía vocación para ella. Aspiraba a

* Palabras de la autora en la presentación de la primera edición de este libro. Revisadas en enero de 2006.

(14)

una Guatemala digna y justa; a una sociedad más huma­ na, más feliz, más avanzada. Y con la fijación de tal ideal fui uniendo mi destino al de quienes más necesitan ese cambio y al de quienes comparten las mismas aspiracio­ nes. De ahí que mi compromiso con la gesta revolucio­ naria lo determinó el drama social de nuestro país.

En mi experiencia fueron la teoría y la práctica revolucionarias las que me proporcionaron el conoci­ miento para comprender nuestra realidad social, y la alternativa para participar en su transformación de ma­ nera organizada.

Pertenezco a una generación de revolucionarios latinoamericanos forjada en un período de terrorismo de Estado, de crisis del sistema político y de luchas por la defensa de los más elementales derechos humanos, laborales y ciudadanos que fueron anegadas en sangre, muerte y exilio. Pertenezco a una de tantas generaciones guatemaltecas que hemos atestiguado cómo los corazo­ nes que laten por la justicia, la verdad y la dignidad son acosados a muerte. Y cómo el terror, la corrupción y la intolerancia de los poderosos han hecho escuela dentro de nuestra sociedad.

Los revolucionarios de mi generación nos rebela­ mos ante regímenes autoritarios, corruptos y violentos; nos rebelamos ante el asesinato de miles de guatemaltecos que se ganaban la vida honrada y dignamente; nos rebela­ mos ante la persecución, tortura y asesinato de centenares de dirigentes, trabajadores, estudiantes e intelectuales demócratas que actuaban dentro del marco de la ley; nos rebelamos ante un sistema económico que reproduce la miseria, la ignorancia y la violencia; nos rebelamos ante una sociedad cuyas capas medias y altas permanecían indiferentes — cuando no justificaban — el despiadado e indiscriminado atropello de los más elementales derechos

(15)

humanos y ciudadanos contra sus compatriotas. Nos rebelamos por dignidad, ideales y sentido del deber. Y hacerlo implicó para nosotros entregar mucho más que la vida y vivir mucho más que la muerte; trabajar al límite de la resistencia humana prolongadamente; arriesgarlo todo, renunciar a todo: a nuestros seres más queridos, a nuestra identidad y preparación profesional, a nuestros recursos y bienestar material; a nuestro descanso y tran­ quilidad. Lo dimos todo a cambio de nada en beneficio propio porque creíamos en la posibilidad de construir una sociedad mejor para todos.

Poseemos experiencia, capacidad de trabajo con vocación de servicio, memoria de nuestros muertos, amor por la vida y la libertad; y un corazón que sigue latiendo por un mundo mejor.

Nuestro aliento libertario no se nutre de triunfos o derrotas. Nuestra fuerza reside en las convicciones que nos mueven, en la transparencia con que actuamos y en el empe­ ño que ponemos por transformar los sueños en realidad.

Las armas de fuego, de la clandestinidad y de la guerra de guerrillas las tomamos, en primer lugar, para defender la propia vida. En segundo lugar, para defen­ der los ideales y darlos a conocer. En tercer lugar, para empuñarlas contra los cuerpos represivos y aquellos poderosos que recurrían o propugnaban por la violencia contra quienes disentían de sus posiciones, intereses y privilegios ilimitados.

Ninguno de nosotros estábamos locos ni perver­ tidos para seguir tal camino habiendo otras alternativas. Tomar las armas y optar por la vía armada nos violentó en lo más profundo de nuestra calidad humana y voca­ ción de paz. Nos violentó en nuestras relaciones afectivas y aspiraciones personales. Nos sometió a nosotros y nuestros seres queridos a rigores materiales y

(16)

psíqui-cos indescriptibles y duraderos, cuyas consecuencias seguimos experimentando todavía. Pero no dudamos en dar el paso, ni nos arrepentimos, ni fue tiempo perdido, dadas las motivaciones, las circunstancias y el momento en que lo hicimos.

Rebelarse en armas cuando los detentadores del po­ der violan persistente e impunemente las leyes y nuestros derechos más elementales no es un error ni un crimen. Mucho menos un hecho inmoral, injusto o inútil. Para nosotros era un derecho y un deber. Nuestro único delito ha sido atrevernos a abandonar a quienes más queríamos; atrevernos a arriesgar su vida y la nuestra; atrevernos a renunciar a nuestro bienestar y tranquilidad; atrevernos a desafiar al sistema imperante con la sola fuerza de nuestros sueños, dignidad y convicciones "aunque sólo fuera para ganarle al magno océano de la ignorancia, la miseria y el horror un palmo" (Mario Payeras).

Causas, significado e interpretación de las rebeliones sociales

En Guatemala han circulado durante décadas la versión oficial y los análisis de quienes denostan a los movi­ mientos popular y revolucionario con la lucidez de la ideología dominante, incluidos académicos extranjeros. De manera que sistemáticamente han sido divulgadas y asimiladas las versiones de lo que ellos quisieran que fuéramos los revolucionarios: delincuentes, resentidos sociales, irresponsables, fanáticos de ideologías "extra­ ñas", manipuladores de los pueblos indígenas y de los jóvenes, provocadores, cobardes.

Pero tales calificativos no corresponden sino a quie­ nes, detentando el poder y estando obligados a defender el Estado de Derecho, lo violan para imponer privilegios de minorías, fraudes electorales y financieros, latrocinio,

(17)

crímenes de Estado. De ahí que la responsabilidad mayor por las consecuencias de la rebelión social, así como de la situación actual del país, recae, no cabe duda, en quienes han detentado y siguen detentando el poder.

Aducir neutralidad o equilibrio para juzgar como igualmente responsables al ejército —respaldado por el aparato del Estado y las clases poderosas— y a las fuerzas rebeldes — expresión organizada de los débiles y agredidos por aquellos — es condescender y defender al Estado y a las minorías acaudaladas que representa. Tal posición descontextualiza histórica, económica, política y socialmente los hechos. Y no considera las proporcio­ nes del desigual enfrentamiento, ni los móviles de uno y otro contendiente. Pretender tal enfoque es falsear la historia. La simplificación que de los hechos conlleva es pragmática y fácil, pero no contribuye a comprender lo sucedido ni a extraer las enseñanzas indispensables.

Tales enfoques ven la violencia de la acción revolucio­ naria y popular. Es más, les adjudican la causa de la violen­ cia en general, de los males sociales y del atraso del país. Sin embargo, los generadores históricos y estructurales de la violencia social y política han sido las clases poderosas y el Estado que ellas han conformado. Y no sólo lo han sido de la violencia armada — con su fuerza bruta, tecnológica y de inteligencia contrainsurgente—, sino peor aún: lo son de la violencia de los salarios de hambre y de las humi­ llaciones a la dignidad de los trabajadores; de la opresión hacia los indígenas; del latrocinio y de la intolerancia polí­ tica y cultural. Todas ellas formas de violencia cotidianas, silenciosas y letales que crean el caldo de cultivo para las rebeliones. Pues los levantamientos sociales son reaccio­ nes históricas de los débiles cuando los gobernantes no atienden equilibradamente las necesidades de los diversos sectores sociales; y, además, cierran las vías legales y pací­ ficas para demandar el cumplimiento de la ley.

(18)

Las rebeliones sociales son hechos colectivos que trascienden individuos, voluntades y análisis teóricos. Y que confirman, una y otra vez, que no puede haber paz y desarrollo sin trabajo, educación, justicia y dignidad para todos.

Las guerrillas eminentemente campesinas e indí­ genas, como las descritas en Mujeres en la alborada, no se explican por el influjo de alguna ideología particular, no surgen de la noche a la mañana, no son producto de manipulaciones o engaños. Son la expresión política más aguda de una situación social explosiva, provocada por un sistema económico que tiene a la mercancía, al dinero y a la acumulación privada de bienes como su razón de ser, y no al bienestar y a la dignidad humanas.

De ahí que las rebeliones, tragedias sociales no deseables, no pueden valorarse ni comprenderse desde el punto de vista de su utilidad, moralidad, legalidad, éxito o fracaso.

Nuestra posición ante la derrota revolucionaria y nuestra integración a la vida legal

Para quienes vivimos consciente y consecuentemen­ te nuestro compromiso, aceptar la derrota de la gesta revolucionaria no significa renunciar a nuestros ideales y principios. No significa renegar ni avergonzarnos de lo actuado. No significa aliarnos ni servir al adversario. No significa creer en el sistema imperante. Significa reflexionar sobre lo actuado y extraer lecciones para el presente y el fu­ turo. Significa reconocer que una de las causas del fracaso radicó en nuestros propios errores y limitaciones. Significa volver a exponer la existencia por la justicia y la dignidad; ahora sin las armas del anonimato, la clandestinidad, la organización. Significa hacerlo en circunstancias también adversas; pues ser crítico, sustentar principios y servir causas justas es difícil en toda circunstancia y lugar.

(19)

Si aceptar la derrota revolucionaria requiere entereza y dignidad, trabajar por la democracia en las condiciones actuales lo requiere de la misma manera. De ahí que nos presentamos con las alas del ideal desplegadas al viento y con la dignidad firme ante la aurora detenida. Nos presen­ tamos con amor y amistad ante el hijo, a quien privamos de nuestro cariño, cuidados y sustento en aras del ideal de ayer, de hoy y de siempre. Nos incorporamos al esfuerzo democratizador con la misma vocación de servicio y dis­ posición para trabajar por toda causa que apunte hacia una sociedad mejor. Han cambiado las circunstancias y las formas de lucha; no los ideales, las convicciones, ni las necesidades sociales.

Razones para compartir estas vivencias

Escribí Mujeres en la alborada movida por el sentido del deber hacia aquellos que aspiran a un mundo mejor y creen en las enseñanzas de la experiencia social acumu­ lada. Para aquellos que saben que los hechos sociales son fenómenos complejos y contradictorios que trascienden a individuos y dirigentes. Y como aporte al rescate de la memoria perseguida, acosada y traicionada por no pocos. Pero también lo escribí en oposición a los partidarios del "borrón y cuenta nueva", a los usurpadores, detractores y represores de la palabra rebelde.

En el libro me concentro en los años que van de 1973 a 1978. Y me refiero a la experiencia vivida en el altiplano occidental, montañas de los Cuchumatanes y selvas de El Ixcán y El Petén. De ahí que los relatos son reflejo de la primera época de una gesta que quiso abrir camino hacia algo mejor para Guatemala, pero que años después perdió el rumbo y fracasó por causas múltiples en sus objetivos medulares.

(20)

La experiencia de escribir el libro

Escribir este libro significó volver a vivir los hechos con una intensidad psíquica y emocional extenuante. Dolor y alegría, miedo y valor, rabia y ternura, odio y amor aflora­ ron en mí con fuerza tan desbordante que, con frecuencia, debí suspender su escritura por horas, días, semanas. Vivir los hechos en aquellos años no implicó el desgaste de escribirlos. Vivirlos entonces fue maravilloso porque nos desbordaban los sueños, el entusiasmo, las certezas, la juventud, el amor. Además, vivíamos el ascenso de la lucha e ignorábamos la envergadura del precio social y personal que pagaríamos por nuestros ideales y osadía. Revivirlo lustros después fue durísimo porque estábamos ante la derrota del sueño, ante el desencanto de oportu­ nismos y traiciones de excompañeros, ante el auge del neoliberalismo y viviendo el exilio y la soledad política.

Definitivamente, la experiencia no es sólo producto de lo logrado, de lo aprendido y de lo vivido al cabo de una vida; sino también es el camino, el proceso y los es­ fuerzos que conllevó llegar a donde se está.

(21)

PRESENTACIÓN

Mujeres en la alborada es uno de los libros que podemos leer para conocer Guatemala y entender su presente. Es un material imprescindible para investigar la historia de las guatemaltecas. Lo que Yolanda Colom relata es ya parte del pasado, y en eso radica su importancia, porque es un capítulo fundamental en las vidas de muchas de esa generación, nacida a mitad del siglo XX. Es la narración de hechos y momentos cruciales del país, y de sus mujeres en particular.

A manera de etnografía, sin pretenderlo quizá, une la descripción subjetiva y el análisis sociológico, para darnos un panorama muy detallado de la comuni­ dad guerrillera y su entorno, del paisaje de la selva, sus habitantes y secretos. Nos lleva a ver muy de cerca la mentalidad que muchas jóvenes de entonces compartían a través de ideales, valores y sueños. Entre líneas y a las claras, encontramos descripciones sobre las condiciones de vida de las mujeres, tanto del campo como de los cen­ tros urbanos, y aunque la lente sea personal, no faltan los exámenes objetivos de la realidad. Sus apreciaciones y juicios coinciden con corrientes de pensamiento comunes en la Latinoamérica de entonces. En este sentido, es una obra de su tiempo.

La Revolución, como forma de vida y opción política fue un horizonte moral para quienes la convir­ tieron en eje de sus vidas. La militancia en condiciones de clandestinidad, con las carencias y los riesgos que ello planteaba, es expuesta aquí por una de sus protagonistas, quien la desmenuza y la rearma como mosaico. El papel que ella y sus más cercanos compañeros tuvieron dentro de su organización, las discusiones, las acciones armadas,

(22)

las políticas propuestas, ponen al descubierto un mundo desconocido u oculto, que hoy es preciso analizar y cono­ cer. En estas páginas hay reflexiones y dudas que están sin resolver. La crítica y la autocrítica dejan abierta la puerta a una evaluación siempre necesaria.

Los testimonios de quienes se involucraron en distintas organizaciones políticas, sea como estudiantes, sindicalistas, campesinas u obreras en los años setenta y ochenta, comparten rasgos y escenarios que nos muestran una parte de la historia de Guatemala que no estaba docu­ mentada. Las anécdotas, la alusión a costumbres, dichos, nombres y lugares, nos ubica en una época en la que hubo movilizaciones y cambios sociales que le abrieron la puer­ ta a prácticas culturales distintas. El abordaje de la autora, su lenguaje, así como las vivencias que relata, dan cuenta de un intento colectivo de construir otra Guatemala.

Si bien para entonces ya muchas mujeres en el mundo luchaban por liberarse de la opresión patriarcal, aquí todavía predominaba un sistema semifeudal, tanto en la estructura económica, como en la ideología y sus formas de expresión. Parecen increíbles las formas en que se trataba y consideraba a las mujeres, sobre todo en los medios más conservadores. En el cuadro que Yolanda pinta con maestría, no faltan las ventas de muchachas, los robos de novias, las golpizas, los abusos. Lo bueno es que éstas se contrastan con las luchas y actitudes que asumen otras contra la discriminación y por la justicia.

Semejantes empresas no estuvieron exentas de obstáculos ni de yerros. La marcha hacia la victoria añora­ da fue dura, el desenlace y la derrota, dolorosos. Muchas muertes y pérdidas acompañaron los pequeños triunfos y avances, el balance que podemos hacer hoy tiene esos referentes. Sin embargo el espíritu militante, rebelde y contestatario, trajo consigo transformaciones individua­ les y sociales que hoy encontramos en las familias, en las organizaciones y en los movimientos que sobrevivieron a

(23)

la confrontación con los poderes materiales y simbólicos, cuestionándolos y retándolos.

Si vamos ahora a las áreas geográficas que apa­ recen en el libro, los cambios saltan a la vista: caminos asfaltados, teléfonos celulares, construcciones modernas y contaminación de los ríos están sustituyendo la belleza de los bosques milenarios, con sus mariposas y aves. Poblaciones que una vez abrigaron a familias indígenas fueron arrasadas, cientos de cementerios y tumbas queda­ ron desperdigados por aquellos parajes naturales. Jóvenes que entonces estaban apenas en la alborada de sus vidas, dispuestas a todo, hoy son adultas maduras, con una carga acumulada de saberes y experiencias. La injusticia contra la que se combatía, la violencia, el deterioro ambiental, la miseria siguen afectando a la mayoría de la población. Muchas revolucionarias que empuñaron las armas antes, hoy tienen en sus manos otras herramientas. La conciencia de tener derechos y la capacidad de luchar por ellos sigue iluminando el futuro.

Ana María Cofiño Antigua, marzo 2008

(24)
(25)

MARIPOSAS DEL SUEÑO

Luego de un proceso de varios años, tomé la decisión de renunciar a mi status social, a los títulos universitarios y a mi aspiración de obtener riqueza material. En mis circunstancias personales esa era la única manera de ser consecuente en la práctica con lo que ya pensaba y creía. Escogí a cambio aprender fuera de los marcos conven­ cionales y unir mis esfuerzos con aquéllos que, junto al pueblo trabajador, construían en mi país el camino hacia la emancipación.

Los partidos políticos me decepcionaban. Habían nacido de la intervención yanqui de 1954 y del fanatismo anticomunista de la guerra fría. Eran politiqueros y elec­ toreros; corruptos y cómplices por su silencio, cuando no directamente responsables, de la represión contra el pueblo. Ninguno representaba los intereses de obreros, campesinos y capas medias trabajadoras. La adhesión de sus miembros era, frecuentemente, oportunista o coyun­ tural. Los dirigentes de unos y otros se podían intercam­ biar sin que nada de fondo los modificara. Pues, unos más otros menos, todos eran conservadores, ajenos a los intereses populares y nacionales. Y los intentos por crear partidos democráticos y con simpatía popular eran blo­ queados. Por eso aspiraba a incorporarme al movimiento revolucionario. No veía otra alternativa. Sin embargo, no sabía cómo ni con quiénes lo podía lograr. No conocía a militantes de entonces y el movimiento revolucionario se encontraba en su primer reflujo. El comandante guerrille­ ro Luis Turcios Lima había sido asesinado en octubre de 1966, en un provocado accidente automovilístico; Marco Antonio Yon Sosa lo había sido a manos del ejército mexi­

(26)

cano en mayo de 1970. Y el terror contrainsurgente logró desarticular bases y guerrillas en el oriente del país.

A comienzos de la década de los setentas, cuando volví de una estancia en Europa, gobernaba Guatemala el coronel Carlos Arana Osorio, representante de los civiles y militares más represivos y reaccionarios del país. Entonces no tenía bases objetivas para suponer que seguía existiendo el movimiento revolucionario; no conocía acciones ni pronunciamientos de organización alguna. Sin embargo, confiaba en que habían sobrevivido a la ofensiva contrainsurgente y que resurgirían en cual­ quier momento. Pero el tiempo pasaba y la oportunidad de participar no se presentaba, así que algunos amigos que compartíamos las mismas inquietudes integramos un pequeño grupo. Nos dedicamos a estudiar teoría política, el acontecer nacional y experiencias revolucio­ narias de otros países. Llevábamos poco tiempo de existir cuando nos abordaron la Organización del Pueblo en Armas — ORPA— y el Ejército Guerrillero de los Pobres

— EGP —. Ambas agrupaciones se encontraban en la etapa de trabajo silencioso. Ninguna era conocida y aún faltaba tiempo para que iniciaran su actividad pública. Las dos organizaciones se preparaban para reivindicar los intereses de sectores sociales que ningún partido legal representaba desde 1954: campesinado pobre, población indígena, obreros, semiproletarios y sectores de capas medias. Opté por incorporarme al EGP.

Pocos años antes me había casado y por decisión común con mi pareja no tuvimos familia de inmediato. Por un lado la particularidad de nuestras inquietudes laborales y políticas, y por otra nuestra precariedad económica, hacían imposible conciliar las primeras con la responsabilidad que entrañan los hijos, especialmente para la mujer. No habría podido estudiar, viajar y trabajar como lo hice en esos años cruciales para mi formación si

(27)

hubiera tenido hijos de inmediato. Además, tenía concien­ cia de los riesgos que en Guatemala conlleva la militancia revolucionaria. No sólo para quien la ejerce, sino para sus seres queridos, aun cuando ellos no tengan nada que ver con las decisiones y actividades del militante. A la fecha han sido asesinados u obligados al exilio familiares y amigos que eran contrarios a su militancia o que nada sabían al respecto. Principalmente si tales personas eran democráticas o mostraban simpatía hacia el luchador social. Y esto sucede también con familiares y amigos de activistas y dirigentes del movimiento popular que nada tienen qué ver con la revolución, pero que son conse­ cuentes e íntegros en su lucha reivindicativa. Y en aquel entonces dudaba de mí misma en cuanto a si tendría el valor de seguir activa una vez tuviera hijos. De ahí que también decidiéramos tenerlos sólo cuando estuviéramos ideológicamente sólidos, de manera que, pasara lo que pasara, no renunciaríamos a nuestras convicciones ni al compromiso militante adquirido. Pero no fue fácil pos­ poner varios años la maternidad. La contradicción nos afloraba periódicamente, obligándonos a reiterar una y otra vez la decisión. Los niños me gustan y tenía ilusión de tener una familia numerosa. Por otra parte, me decía a mí misma que debía tenerlos porque la participación revolucionaria no se puede condicionar a que seamos o no madres, y la mayoría de mujeres tenemos hijos en al­ gún período de nuestra vida. De manera que cuatro años después de casada di a luz un varón. Me alegró mucho que fuera hombre, pues consideraba que para él sería menos dura la vida en caso me viera forzada a dejarlo. Y yo tendría más valor para renunciar a él y confiarlo a terceros si esa situación se daba.

Si bien estaba feliz con mi hijo, antes del primer mes se me había derrumbado la imagen idealizada de la maternidad que inconscientemente había interiorizado.

(28)

Me parecía agotador dar de mamar frecuentemente de día y de noche, cambiar pañales a cada poco, sacar el aire al bebé luego de que comía. Sentía que era la de nunca acabar, a pesar de que mi madre y mi abuela estaban al lado y que yo no lavaba los pañales ni realizaba tareas domésticas esos días. Pues nos habíamos trasladado a casa de mis padres y allí había personal de servicio. Por ese entonces nosotros vivíamos en el altiplano central. Fue con la maternidad que me di cuenta cuán acostumbrada estaba a una actividad independiente e intensa fuera del hogar; y no dejaba de sentirme maniatada. Sin embargo, esa situación duró poco, porque al mes de nacido ya llevaba a mi hijo conmigo a todas partes. Y si por fuerza mayor no podía hacerlo, lo dejaba al cuidado de alguna familiar o amiga. Con cariño y solicitud, pero también con firmeza, lo enseñé desde pequeño a ser sociable y alegre; a no aferrarse a una sola persona, incluida yo; a permanecer en la cuna o en el corral la mayor parte del tiempo, incluso cuando familiares o amigos nos acom­ pañaban. No permití que lo acostumbraran al chineo ni que al primer chillido lo cargaran. En un lapso pequeño logré que se entretuviera contento en su espacio, hubiera o no gente a su alrededor. Le platicaba y jugaba mucho con él, pero sin sacarlo del encierro. Pronto partiríamos al altiplano, lejos de familiares y amigos; trabajábamos y no tendríamos quién nos ayudara con él, ni con las tareas domésticas. Si nuestro hijo se acostumbraba a ser mimado, sufriría mucho cuando no lo pudiéramos consentir.

En el curso del primer año de militancia desempeñé diversas tareas: apoyo logístico y de comunicaciones en función del frente guerrillero en el norte de El Quiché; apoyo en servicios y seguridad a miembros de la Dirección Nacional y veteranos fichados, en algunas de sus movili­ zaciones y reuniones de trabajo, aunque entonces no tenía idea de cuáles eran sus funciones ni sus años de militancia.

(29)

Mucho menos cuáles eran sus identidades y dónde vivían. Siempre los recogí y dejé en diversos puntos de la ciudad o del país. Y los apoyaba en locales y con vehículos que yo misma obtenía para el efecto. También realizaba activida­ des de formación política y cultural con compañeros de extracción obrera y campesina provenientes de distintas partes del país. Varios de ellos habían sido combatientes o colaboradores en los años sesenta. Trabajaba con dos o tres en grupo si se conocían entre sí y laboraban juntos. De lo contrario lo hacía por separado con cada uno y en diferentes sitios. Por otra parte, conociendo la dirección mi experiencia docente, me encomendó la elaboración de un método de alfabetización que pudiera ser imple- mentado en la montaña. El analfabetismo campeaba de la mano con la miseria; pero el deseo de superación era generalizado y urgente la necesidad de elevar el nivel cultural de nuestros miembros y bases.

En aquel entonces, cada quien sufragaba los gastos, obtenía los recursos y resolvía por sus propios medios cuanto problema enfrentara en el cumplimiento de sus funciones. A nadie se nos ocurría pedirle recursos o dinero a la organización. Éramos nosotros quienes la sosteníamos e impulsábamos en cuanto podíamos, y no a la inversa. Y le poníamos empeño a la tarea que fuera: gris, peligrosa, solitaria. La Dirección Nacional, conociendo las necesi­ dades y nuestras capacidades, decía a cada quien lo que debía hacer. Y ello frecuentemente no coincidía con los deseos personales. A menudo debíamos subordinar los intereses familiares o laborales a los de la organización. Nos poníamos al servicio del proyecto revolucionario sin reservas, sin trabas, sin condiciones. Firme y cons­ cientemente nos asumíamos parte protagónica de él. En aquellos tiempos, aceptar la militancia significaba aceptar ser corresponsable de los aciertos y errores, de los éxitos y fracasos, de los peligros y las renuncias. Así se levantó

(30)

el proyecto del EGP en su fase anónima y en sus primeros años de accionar público.

Algunas tareas las realizábamos en común con mi compañero, pero otras eran diferentes para cada uno. En estos casos no conocíamos lo que el otro hacía, dónde ni con quiénes. Pero ambos cumplíamos actividades en la ca­ pital y en diversos puntos del país. El trabajo remunerado daba margen para ello. Por eso lo habíamos escogido entre otras posibilidades mejor pagadas y más cómodas, pero que nos aprisionaban en rutinas y horarios que chocaban con las tareas que teníamos.

A través del trabajo y de las actividades militantes conocí diversas regiones del país. También me relacioné con personas de muy diversas procedencias sociales, culturales y políticas. Y desde entonces aprendí a valorar la diversidad militante y su recíproca complementación; pues diversas funciones, tareas y circunstancias requieren características y capacidades diferentes. Asimismo, com­ prendí que el trabajo de la organización, para ser eficaz, requería de todos: sentido de responsabilidad, disciplina de trabajo y preocupación por la seguridad; así como también respeto mutuo y discreción. De lo contrario, el trabajo se atrancaba, se desarticulaba, se duplicaba; y la indispensable buena relación entre los militantes se dete­ rioraba, afectando negativamente el trabajo del conjunto. En especial, el chisme y los prejuicios son nefastos. Ade­ más, no existe el militante ideal que todo lo puede, que no se equivoca, que carece de debilidades, que le simpatiza a todos. De una u otra forma fui aprendiendo qué quería decir "ser de carne y hueso" y "estar determinado por la extracción social y el entorno". Ninguno entrábamos formados como militantes, sino que nos forjábamos en un proceso con altibajos y contradicciones y en el que necesitábamos invertir toda la conciencia, el esfuerzo y la sencillez de que fuéramos capaces. El empeño por su­

(31)

perarse, además, debía ser constante; como constante es el riesgo de acomodarse, envanecerse, ser rebasado por los acontecimientos.

En el curso de medio año, sin abandonar las otras tareas, elaboré el método de alfabetización que me solici­ taron. El trabajo abarcaba dos dimensiones: la parte moti- vadora e instructiva para aquellos que lo utilizarían —casi todos campesinos, comerciantes ambulantes, artesanos pobres, dirigentes comunales, jóvenes guerrilleros — y la parte propiamente metodológica y de contenido adecuado para el ámbito de las montañas del noroeste. Para realizar dicha labor me apoyé en los postulados de Antón Maká- renko, pedagogo soviético de principios de siglo, quien dio nacimiento al método universalmente conocido que lleva su nombre. Recién instaurado el poder de los soviets en la Rusia Zarista, el nuevo gobierno le asignó a este maestro de escuela el gigantesco trabajo —sin recursos, sin dinero, sin infraestructura adecuada— de reunir y educar para la vida y para el trabajo a niños y adolescen­ tes huérfanos, abandonados, ladronzuelos. Muchachos que abundaban como producto del régimen zarista, de la guerra civil y de la primera guerra mundial. Este maestro bolchevique, sin especialización ni asesoría, se entregó de lleno y de por vida a su nueva responsabilidad. Su gesta pedagógica está plasmada en varios libros, dos de ellos no­ velados: Poema pedagógico y Banderas en las torres. También recurrí a Paulo Freire, educador brasileño comprometido con la emancipación de los sectores populares, quien dio origen a una nueva pedagogía. Su primer libro, Pedagogía

del oprimido, apareció en 1969; lo leí recién editado y seguí

desde entonces la evolución y la polémica alrededor de sus planteamientos.

Elaborar ese método fue un reto y una carrera contra reloj, porque esperaba a mi hijo y quería concluirlo antes de su nacimiento. Lo logré una semana antes. Algunos me­

(32)

ses después, a mediados de 1974, la dirección me propuso visitar el frente guerrillero para impartir un cursillo sobre el método que les había presentado. No me lo dijeron dos veces, inmediatamente acepté. Me parecía una oportuni­ dad maravillosa. Por un lado conocería algo de la vida revolucionaria en aquellas latitudes y, por el otro, iba a someterse a la prueba de la práctica mi trabajo educativo. En ese entonces, numerosos revolucionarios procedentes de las capas medias urbanas considerábamos —tal vez por romanticismo y por simplificar la gesta revolucionaria cubana— que la militancia en la montaña era la máxima e insustituible expresión de la realización revolucionaria. Sin embargo, muy pocos vimos colmado nuestro sueño porque también había necesidades de trabajo en la ciudad y en otras partes del país.

Para realizar la visita al frente necesitaba varias sema­ nas. Mi hijo estaba pequeñito y debía dejarlo con alguna familiar o amiga, sin levantar sospecha alguna sobre la razón que me movía a hacerlo. El trabajo no le permitía al papá asumir él solo su cuidado; pero juntos lo resolvimos y comencé los preparativos.

En esta etapa no fue fácil la convivencia familiar. La relación con padres y hermanos era a menudo con­ tradictoria y difícil debido a que desde chica no seguí los patrones de comportamiento comunes a mi género y medio social. Pero el hecho de haber sido buena estu­ diante y responsable en todo cuanto hacía amortiguaba los choques. Y ellos veían que estaba contenta con mi vida y segura de lo que hacía.

(33)

DESPERTAR EN LA ZONA REINA

Cuando realicé mi primera visita al destacamento gue­ rrillero, llevaba un año con la compañía inseparable de una cápsula de cianuro. Se nos daba a los militantes de entonces con la orientación de ingerirla en caso de caer en manos de los cuerpos represivos. Era vieja historia, aunque no tan absoluta como llegó a ser muy pronto, que en Guatemala no hay presos políticos, ni consignados a los tribunales por acusaciones de rebelión contra el régi­ men. El secuestro, la tortura y una muerte atroz eran la respuesta inequívoca del régimen para todo demócrata, luchador popular o militante revolucionario consecuente y firme. Por eso me parecía natural y necesaria tal com­ pañía, y siempre tuve el cuidado de llevarla a mano y en lugar seguro. Sin embargo, desde que la recibí, me inva­ dió una sensación de fatalismo respecto a que mi muerte era inminente. No dudaba que me la tragaría si me veía obligada a hacerlo, pero la odiaba tanto como al sistema contra el que luchaba, porque amaba la vida y quería servir al pueblo de la única manera en que es posible: viva, sana y libre.

En la semana previa al viaje observé que la cápsula cambió color, tornándose de blanca en amarillenta. Me preocupaba que no fuera ya efectiva. Pero absorbida por los preparativos olvidé preguntar a qué se debía su transformación. De todas maneras la llevé a la montaña. Y en la primera oportunidad que tuve se la mostré a uno de los responsables del destacamento para ver si me despejaba la duda. "Tira esa mierda lejos, ahora, y olvídate de ella" me dijo enojado, y prosiguió: "Habría que tragarla para saber si sirve o no, hasta ahora sólo uno lo ha hecho y por error". Resulta que cierto compañero

(34)

cayó en una redada policial, práctica común en la capital del país, en la que sin excepción se llevaban detenidos a todos los hombres que en un momento dado estaban en el área que se había decidido "limpiar", supuestamente de delincuentes. El compañero tenía sus documentos en orden y no era conocido, pero inexperto y sabiéndose conspirador, temió ser descubierto. Así que llegando a las instalaciones policiales se tragó la cápsula y se sentó en un rincón a esperar la muerte. Estaba sufriendo retor­ tijones de estómago cuando por altavoz anunciaron que quedaba libre. Con dificultad y asumiéndose en agonía se paró, recibió sus papeles que habían sido requisados en la detención y salió a la calle. Desesperado buscó ayuda con compañeros, pero la misma no fue necesaria porque los retortijones habían cesado y fuera del susto no tenía nada. Vivió y nunca más tuvo problema alguno por haber ingerido el cianuro. Sin embargo, a partir de entonces, las opiniones sobre lo procedente o no de utilizarla se divi­ dieron. Lo cierto es que tiré mi cápsula en el momento en que el compañero me dijo que lo hiciera. Y desde entonces, salvo en momentos de peligro, dejé de sentir el inmenso peso de la muerte.

Dada la forma en que fui preparada para ejercer el magisterio, no concebía el éxito del cursillo sin contar con material didáctico, especialmente si el curso iba a ser breve y los participantes eran inexpertos. Además, que­ ría dejarles recursos para que cada uno dispusiera de lo básico en su respectivo lugar de trabajo. Me era inconce­ bible, por ejemplo, carecer de pizarrón, ilustraciones y de luz para trabajar de noche. Pero sabiendo que debíamos caminar y que no tenía capacidad para llevar a cuestas todo lo que necesitaba, pregunté si podían resolverlo. La respuesta fue que podía llevar hasta setenta libras de material didáctico. Ese era el peso que, según el dirigente de la ciudad que me lo dijo, podría cargar el compañero

(35)

que me conduciría hacia el campamento guerrillero. Así que preparé abundante material. El equipo personal, in­ cluido un mecapal, me sería entregado en el momento de viajar. Por experiencia no dejaban en manos del novato decidir qué era lo indispensable, pues todo principiante de origen urbano consideraba necesarios objetos que ni él ni nadie aguantaban a cargar. Entre ellos estaban toallas, papel sanitario, zapatos o botas de repuesto, una tercera mudada, desodorante, jabón, pasta dental, baterías de repuesto. Algunos de estos artículos eran sustituidos así: la toalla por un pañuelo paliacate que se retorcía cada vez que se saturaba de agua y que tenía múltiples usos; el papel sanitario por hojas y musgo; la pasta dental, de uso colectivo cuando la había, por ceniza.

Llegado el día de partida me dirigí al sitio acordado. No sabía entonces quién o quiénes llegarían a recogerme, cómo era el vehículo ni hacia dónde nos dirigiríamos. Mucho menos en qué lugar y a qué hora emprenderíamos la caminata. Eran medidas elementales de seguridad que todos acatábamos con discreción y disciplina. Me reco­ gieron puntualmente. Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Tres íbamos al destacamento y uno regresaría a la capital. Desde el anochecer cayó una lluvia torrencial que no cesó sino al amanecer. El viaje fue largo y culminó a media noche en una localidad en el norte de El Quiché. Al aproximarnos al punto se nos orientó descender rá­ pido y arreglar las cargas sin hablar y sin encender luz. Mientras eso hacíamos, de la oscuridad y del aguacero surgieron tres compañeros. Dos de ellos volvían a la ciu­ dad, luego de una temporada en el destacamento, y un tercero sería nuestro guía y quien transportaría el mate­ rial educativo. Sin embargo, quien me autorizó llevar los recursos no tomó en cuenta que este compañero llegaba a encontramos cansado y sin haber comido, pues durante dos días y sus noches acompañó a los que salían, en una

(36)

marcha especialmente lenta, debido a que uno de ellos se había fracturado un tobillo. El compañero, por lo tanto, sólo tomó parte de las cosas. Por iniciativa propia sumé el resto a mi carga. Partimos en silencio, sin luz, a paso rápido. La lluvia, la oscuridad y el terreno tortuoso nos dificultaban el avance, aunque los dos primeros asegura­ ban la secretividad de nuestra presencia. Habíamos hecho contacto frente a un puesto de la Guardia de Hacienda, en ese entonces única representante de los cuerpos represivos en dicho poblado.

Caminando por callejas y veredas siempre en ascenso y empantanadas, pasábamos entre casas cuyos perros nos ladraban agresivos. Había trechos en los que a cada paso las botas se hundían completamente en el fango, haciendo ventosa, de manera que al intentar dar el siguiente paso el pie se salía del calzado que quedaba atascado. Entre dos teníamos dificultad para sacarlo. En otros tramos dábamos dos pasos hacia delante, para luego deslizamos de regreso sin poder sujetarnos a nada. Todo era lodo, agua y oscu­ ridad. Y para completar el cuadro nos extraviamos dos horas, al cabo de las cuales nos encontramos en un punto recorrido con anterioridad. Debimos repetir uno de los trayectos con más lodazales para corregir la dirección.

El compañero que llegó a nuestro encuentro y el que venía desde la capital eran veteranos del destacamento e iban armados, la compañera y yo, no. La seguridad descan­ saba en múltiples factores y no tenía caso que, sin mayor experiencia y en aquellos tiempos de anonimato de la organización, portáramos armas en tales circunstancias.

Caminamos dos noches continuas, deteniéndonos antes de la alborada, para escondernos entre la maleza las horas de luz y reanudar la marcha al oscurecer. Debía ser así pues atravesábamos sembradíos de maíz, a los que llegaban a laborar los campesinos. Y aunque se había iniciado el trabajo organizativo entre algunos de ellos,

(37)

por seguridad no debíamos evidenciar la ubicación ni los movimientos del destacamento. De ahí que permanecimos quietos y silenciosos más de doce horas. No comimos y estuvimos en tensión debido a los perros —cada campe­ sino tiene, cuando menos, uno que lo acompaña a todas partes— que varias veces llegaron a merodear nuestro escondite. Si un animal insistía, el dueño atendería sus ladridos, seguro de que había encontrado algo que me­ recía investigación. Afortunadamente logramos pasar inadvertidos. Al oscurecer, después de que los lugareños volvieron a sus casas, reanudamos la marcha en dirección inversa a la suya. Un poco antes del segundo amanecer alcanzamos la orilla de la montaña, donde podíamos caminar de día y sin riesgo de encontrar gente. Descansa­ mos unas horas dentro de un cobertizo abandonado y al despuntar el día, siempre sin probar bocado, proseguimos nuestro camino. A partir de entonces avanzamos a rumbo, sin seguir trazo alguno; estábamos en territorio conocido por nuestros compañeros. Una vez dentro del bosque, quien había ido a nuestro encuentro se adelantó, al paso rápido propio de los veteranos. El cansancio y el peso de la carga se multiplicaban al avanzar despacio, pero todo novato sólo puede hacerlo así las primeras veces. Este silencioso compañero era campesino pobre, indígena achí, oriundo de Baja Verapaz, veterano de las bases de Rabinal de los años sesenta y fundador del destacamento del EGP. Padecía tuberculosis pulmonar y sus hijos vivían de lustrar zapatos en la capital. Poco después salió tem­ poralmente de la montaña para curarse de ese mal.

Al dar aviso en el campamento nuestro guía, dos compañeros acudieron a encontrarnos. Nos hallaron en una húmeda vereda de mimbreros donde el musgo cubría el tronco de los árboles y alfombraba el suelo. Los recién llegados tomaron nuestras cargas y nos dieron a beber chocolate frío. Cayendo la noche llegamos a nuestro desti­

(38)

no. Habíamos hecho el recorrido en el triple de tiempo que utilizaban los veteranos. Estábamos aproximadamente a 3, 000 m SNM, en las estribaciones del macizo montañoso de la Zona Reina, parte a su vez del sistema orográfico de Los Cuchumatanes. Se trataba de un campamento en el corazón de un bosque tropical húmedo y muy frío, instalado en una pendiente pronunciada de exuberante vegetación, donde la niebla lo envolvía todo.

Mi estado físico era calamitoso: dos noches sin dormir, más de 48 horas sin comer, sudada y enlodada de pies a cabeza, empapada de agua helada, con una uña en cada pie arrancada de raíz, con dolor de cabeza por la presión del mecapal y con varias mataduras en la espalda, producidas por el pizarrón que por falta de experiencia para cargar me coloqué directamente a cuestas. Mi estado anímico era insuperable: me sentía feliz. Haber llegado, no importaba cómo, era lo que contaba.

Por aquel tiempo, y a pesar de estar en guardia al res­ pecto, tenía idealizada a la agrupación a la que me había incorporado después de años de búsqueda. Pensaba que era extensa y estructurada, y que tenía claridad sobre los problemas fundamentales de nuestra sociedad. Nadie me había dado motivos para considerarlo así y en el tiempo que llevaba militando más bien había visto indicios de lo contrario. Además, había leído sobre diversas gestas revolucionarias en la historia de la humanidad y todas eran similares en cuanto a la precariedad de las organiza­ ciones rebeldes. Pero inconscientemente trocaba realidad por deseos.

Al ver al grupo, gracias a dicha idealización, supuse que era uno entre los muchos que integrarían la orga­ nización. Y que habrían en esas inacabables montañas, cuando menos, unos veinte como ese. Sólo tiempo des­ pués, ya incorporada a la guerrilla conocería la realidad: era parte importante del único destacamento que tenía la

(39)

organización. Varios de sus integrantes eran fundadores de ella y del destacamento; algunos eran miembros de la Dirección Nacional y veteranos de los años sesenta otros. Conocí a estos compañeros cuando todavía andaban muy remendados, flacos, pálidos. Verlos en tan lamen­ table estado fue impactante. Sólo haciendo esfuerzos de abstracción lograba persuadirme de que eran mis compa­ ñeros de lucha y uno de los baluartes de la revolución en mi país. Pero más desconcertantes fueron los hechos que presencié durante mi estancia. Por ejemplo, cuando el compañero indígena que nos había conducido, todavía con la misma mudada y visiblemente agotado —había caminado y cargado, sin comer y casi sin dormir, más de ochenta horas—, dirigiéndose a la colectividad preguntó: "¿Dónde están los Conciertos de Brandenburgo? " Y luego de que alguien le extendiera un casete, se tiró en el suelo cuan largo era, a escuchar con deleite aquellos conciertos de Bach. O cuando otro de ellos, el más pálido y ojeroso, me pidió con la mayor sencillez imaginable que al volver a la civilización le hiciera los siguientes favores: llevar flo­ res a la tumba de su abuela, quien lo crió y había muerto cinco años atrás, mientras él se encontraba ausente; que obtuviera para él la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak y que le mandara una barra de chocolate.

Con el tiempo supe que el gusto por Bach se debía a dos razones: durante meses sólo habían tenido ese casete de música, llevado por alguien de la ciudad; y los violines que se escuchaban en dichos conciertos les hacían recordar a los compañeros indígenas su propia música, interpretada con esos mismos instrumentos de cuerda. Y quien gustaba de Dvorak era amante y conocedor de la música clásica.

Lamentablemente, mi cabeza no tenía alcance para vincular aquellas necesidades humanas con la rebelión armada, con guerrilleros palúdicos y con bosques cente­ narios de niebla y frío perennes.

(40)

Me bastó convivir unas semanas con ellos para darme cuenta que el sentido del humor era generalizado

— aunque no faltaban el enojado y el gruñón del grupo — y que poseían destacadas cualidades humanas y militantes. Muchas de las cuales sólo se forjan en la defensa prolon­ gada de ideales bajo circunstancias adversas. Esas en las que es preciso renunciar no sólo a la propiedad, sino a los seres más queridos, a la identidad personal, al sol. Esas en las que se dejan la salud y la juventud para siempre, en el empeño por hacer valer los derechos de los más pobres y de los más oprimidos. El peligro, la enferme­ dad o la muerte en cualquiera de sus expresiones eran simples accidentes de trabajo para estos compañeros. Y la pobreza material un resultado normal del oficio que a ninguno preocupaba.

Fue ante esa realidad que comencé a comprender los alcances del compromiso revolucionario en un país como el nuestro. Realidad que no me desanimó, sino que me motivó para dar todavía más de mí, y a respetar pro­ fundamente a todos aquellos que se entregan de manera generosa a la causa de los explotados.

A varios se nos orientó usar gorra pasamontañas para ocultar nuestros rasgos faciales. Y a las horas de comer teníamos el cuidado de sentamos en círculo y de espaldas hacia el centro para no vernos la cara mientras comíamos. Realizábamos trabajos diferentes y no había razón para que por un breve cursillo nos identificáramos entre sí. Era regla elemental de seguridad que frecuente­ mente se violó en tiempos posteriores.

Los rayos y el calor del sol no penetraban a ningu­ na hora, aunque el cielo estuviera despejado, pues las copas de los árboles se superponían unas a otras. De ahí que siempre estuviéramos en penumbra y con la ropa húmeda por el contacto inevitable con la vegetación y la presencia de lluvia. Los compañeros que allí habitaban

(41)

llevaban años alimentándose de maíz; pues esa gramí­ nea era lo que cultivaba la población en mayor cantidad. Preparaban un puré con harina gruesa de ese grano. Así abundaba el maíz y su preparación era más rápida que la de las tortillas o los tamales. Sin embargo, la obtención de un quintal implicaba la movilización de varios com­ pañeros durante días, contando con el apoyo de la gente. Para acceder al agua se descendía una ladera empinada y lodosa de doce a quince metros de profundidad. Al fon­ do, entre abundantes helechos, se formaba un pequeño remanso de agua helada y cristalina que caía en cascada desde muy alto.

A la mañana siguiente de nuestro arribo, luego del desayuno, pregunté a uno de los responsables en dónde iba a trabajar. "Bueno, donde quieras. Prepara el lugar y avísanos cuando estés lista" fue su respuesta. Volví la vista. a todas partes y caminé por diversos rumbos del campa­ mento, pero no encontré un metro cuadrado plano y claro. Todo era en declive y la vegetación tupida. El suelo de las champas, donde dormían varios juntos para conjurar el frío, y el área de la cocina, habían sido aplanadas a fuerza de arrancarle bocados a la ladera. No había más que hacer otro tanto para el "salón" de trabajo. Así que tomé el ma­ chete y empecé a descombrar un pedazo. Algunos de los compañeros me observaban a distancia, callados y serios. Quién sabe qué pensaban. En la caminata de entrada había usado machete por primera vez en mi vida.

Cuando terminé con el desmonte procedí a sacarle tierra a la vertiente, para hacer una terraza de dos por tres metros. Debí arrancar con las manos piedras, troncos y raíces. Para entonces un compañero de los que observaba desenvainó su machete, sin decir palabra avanzó hacia donde me encontraba y silencioso me ayudó a concluir el trabajo. Era indígena. Tiempo después supe que también era achí, campesino pobre, veterano de las bases

(42)

rabina-leras y fundador del destacamento guerrillero. Con la realización de este trabajo comprendí que, como en otros aspectos de la lucha, había que construir todo desde el principio y vincular el trabajo manual con el intelectual. Y que en aquellas condiciones realizar cada tarea conllevaba trabajo físico, además de las capacidades específicas.

Con un piso y un techo de plástico, el "salón" estu­ vo listo. En la actividad participaron cuatro compañeros y dos compañeras. Dos de los hombres eran dirigentes comunales de los poblados más grandes de la zona ixil; hablaban español tan bien como su idioma materno. Los otros dos eran fundadores del destacamento y trabajaban en organización entre los ixiles. Una compañera, pequeña y frágil, era campesina de la costa sur y veterana del grupo de Yon Sosa; había llegado sólo para recibir el cursillo. Luego volvería a sus tareas organizativas en las planicies cálidas del sur guatemalteco. La otra compañera se había incorporado hacía un par de meses al destacamento y era veterana de la resistencia urbana.

Posteriormente, el material para alfabetizar se reprodujo en nuestra imprenta clandestina, y se distri­ buyó entre la organización. Pero varios años después la experiencia pedagógica sintetizada en él, fue subestimada y distorsionada por compañeros sin criterio docente, que trabajaban en áreas rurales. En lugar de enriquecerlo y mejorarlo gracias a la práctica, se le empobreció. En 1983 estaba extraviado o abandonado más por negligencia que por fatalidad. Ese año se me orientó que hiciera de nuevo el trabajo; pero no se me aportó la experiencia de su aplicación ni conté con el material original. Quienes me lo demandaron subestimaban el trabajo que conllevaba su elaboración en esas condiciones. Otras tareas militantes absorbían mi tiempo y no lo hice.

En los ratos libres realicé ejercicios de tiro real por segunda vez en mi vida. La primera lo había hecho meses

(43)

atrás en los alrededores de la capital. También me ense­ ñaron a desarmar y armar una carabina M-1 con los ojos vendados; y me hicieron ver que siempre debía hacerse sobre un pedazo de tela o de plástico, colocando las piezas en el orden que se quitaban. Este hábito mostraba su vali­ dez en los momentos de emergencia y oscuridad, y cuando el arma se utilizaba entre la vegetación. Finalmente, me dieron a leer un material sobre táctica militar guerrillera que, a pesar de mis esfuerzos no logré entender esa vez. Entonces no sabía de teoría militar, salvo lo referente a operaciones de contrainsurgencia. Durante varios meses, leer y escuchar sobre teoría militar me produjo el efecto de un somnífero. Y lo mismo me sucedió, sólo que por más tiempo, con la filosofía. Yo buscaba acción y no es­ tudio; pero desde el inicio el segundo fue tan vital como la reflexión sobre nuestra práctica.

Abandonamos el campamento una tarde de junio. La caminata fue más rápida que cuando entré porque más que nada descendimos y no llovía; tampoco llevábamos carga y había luna llena. Entre la una y las cuatro de la madrugada, luego de nueve horas de marcha, dormimos en el portal de una cárcel de aldea, donde nos protegieron la niebla y el frío. Antes del amanecer reanudamos la marcha pasando cerca de casas de madera y tejamanil, ro­ deadas de hermosas hortensias. Todos dormían a nuestro alrededor, y los perros no sintieron nuestro paso. Entre aroma de flores llegamos a la vera de un camino donde nos mudamos de ropa. Luego, las mujeres abordamos el vehículo que llegó a recogernos a la hora convenida. El compañero guía retornó al campamento y nosotras aban­ donamos la región. Tenía ilusión de ver a mi hijo, quien estaba cumpliendo cinco meses de edad.

(44)
(45)

EN SILENCIO Y SECRETO

En aquellos primeros años, cuando en la conducción de la organización dominaban los criterios políticos y los acon­ tecimientos no nos habían desbordado, directamente y por diversos medios se adquiría información sobre la realidad concreta de los lugares donde buscábamos echar raíces. De ahí que, luego de trabajar en Quetzaltenango y Toto- nicapán, con mi compañero buscáramos un empleo que nos permitiera instalarnos en Huehuetenango, El Quiché o Alta Verapaz. Nos interesaban los municipios norteños de tales departamentos, pues era donde se irradiaba el trabajo político y organizativo del destacamento guerrillero del EGP. Y a nosotros nos correspondía proporcionar a nues­ tros dirigentes — quienes se encontraban en la montaña o clandestinos en las ciudades — un panorama económico, político y cultural de esas zonas.

Logramos establecernos en la zona ixil, localizada en las montañas de Los Cuchumatanes, al norte de El Quiché. Sus cabeceras municipales eran pequeños pobla­ dos, compuestos de casas de adobe y teja o de ranchos de paja, tejamanil y palizadas. Difícilmente llegaban a tener tres mil habitantes cada una. La mayoría de la población vivía dispersa en decenas de aldeas, caseríos y parajes, unidos unos a otros por veredas. Salvo en Cotzal, no había caminos interiores para el tránsito de vehículos. Todas las localidades estaban bordeadas por bosques centenarios de pino, pinabete, encino y ciprés. Son lugares siempre verdes, húmedos y sumamente quebrados, donde llueve más de ocho meses al año. En las partes más altas de Los Cuchumatanes, al norte de esas cabeceras, hay un sinfín de quebradas y ríos que, al unirse en su ruta hacia la vertiente del golfo, forman los grandes ríos selváticos: el

(46)

Ixcán y el Xaclbal, afluentes del Lacantún que corre en tierra mexicana; el Copón y el Tzejá, afluentes del Chixoy, río limítrofe entre El Quiché y Alta Verapaz.

El empleo nos daba posibilidades de entablar relacio­ nes con autoridades y con exponentes del poder local. Y también nos vinculaba con empleados públicos en las áreas de salud, educación y servicios. De manera que tuvimos acceso a lugares y recursos de interés. Por otra parte, consultamos estadísticas, fotografías y mapas que tuvimos al alcance sin llamar a sospecha sobre nuestro tra­ bajo militante. La regla de oro fue no mostrar interés por el quehacer político ni por la problemática social. Evitamos y declinamos relaciones con luchadores sociales y población pobre, salvo por razones de vecindad y cortesía. Estos vínculos los cultivaban compañeros indígenas, miembros del destacamento. Y su trabajo no tenía relación directa con el nuestro. Es más, no nos conocíamos entre sí.

Observamos acuciosamente la cotidianidad, los días de mercado, las festividades y su calendarización; el movimiento comercial, el ciclo agrícola y migratorio. Recorrimos cabeceras municipales, aldeas y caseríos. No pocas veces, la gente nos tomó por gringos o pastores evangélicos y nos pidieron "moni" (money) y "píchur"

(picture).

Poco a poco desentrañamos cuál era la estructura del poder local y cuáles eran sus vínculos con el poder fuera de la región. Pero para lograrlo tuvimos que vivir situaciones desagradables, aparentar valores propios de dominadores, callarnos la boca.

A pesar de tener conocimiento sobre la rapacidad y la violencia de quienes se enriquecen a costa del trabajo, la dignidad y la vida ajenas, nos resultaba golpeante, hasta increíble, ver los niveles que alcanzaba en esas regiones. Había terratenientes y contratistas que seguían usando el cepo y el látigo para castigar a los indígenas que come­

(47)

tían alguna falta o que no pagaban pequeñas deudas. Y lo hacían con la mayor naturalidad y certeza de estar en su derecho. Había usureros que como garantía de pago de cantidades pequeñas con intereses leoninos —del 5 al 20 por ciento mensual, incluso semanal—, exigían joyas ancestrales, productos agrícolas, escrituras o documentos de casas y terrenos; o demandaban la servidumbre de es­ posa e hijos mientras se saldaba la cuenta. Personalmente presencié un caso de estos cuando, cierto día, pagaba la renta de nuestra casa a la propietaria. Ella era comerciante, propietaria de varias fincas y casas, prestamista. Tenía entonces más de sesenta años; era blanca nacida en la región y viuda de un terrateniente y contratista. Sus hijos eran profesionales, vivían en la capital y habían viajado por el mundo. Ella no quiso salir del poblado donde nació. Habitaba un caserón de esquina, frente a la plaza, acom­ pañada de fieles servidores indios. En esa oportunidad vi y escuché cuando un campesino misérrimo le pedía más días de plazo para pagarle un préstamo. Había llegado acompañado de su mujer e hijos pequeños. La usurera res­ pondió que estaba bien, siempre que le dejara a la esposa y sus niños sirviéndole en la casa. El hombre se fue solo. Muchas deudas eran imposibles de pagar y el indígena no sólo perdía pertenencias, casa, terreno o familia, sino que permanecía trabajando de por vida para el acreedor. Algunas deudas eran hereditarias.

Los hermanos Brol Galicia, propietarios de la finca San Francisco en San Juan Cotzal, habían despojado de sus tierras a numerosos campesinos; también se habían apropiado de tierras comunales, valiéndose de trampas, engaños y compra de autoridades. Desde años atrás desarrollaron el colonato, pero pasadas varias décadas decidieron despedir a los mozos colonos sin darles in­ demnización, compensación alguna o alternativa. Los trabajadores suplicaron sin lograr nada. Los patrones

(48)

insistieron en que abandonaran los ranchos que habitaban en terrenos de la finca. Los campesinos no se movieron... ¿A dónde podían ir si nacieron y trabajaron allí toda la vida?; ¿si el salario devengado no les alcanzó sino para medio comer?; ¿en dónde más podían laborar si no había fuentes de trabajo en la zona y la finca usurpaba tierras comunales? En respuesta, los finqueros derrumbaron las viviendas con todo lo que tenían dentro. Para ello se valieron de empleados de confianza, verdaderos esbirros. Los indígenas rescataron lo que pudieron de entre los escombros, y construyeron improvisadas champas donde habían estado sus viviendas y huertos. Así continuaron su resistencia pacífica, silenciosa, desesperada. La represión se ensañó entonces en ellos y numerosos dirigentes indios de la región fueron perseguidos y asesinados.

A comienzos de los setentas, la finca San Francisco ocupaba la mayor parte del municipio de Cotzal. Tenía una extensión aproximada de 111 caballerías (4, 749. 69 Has. ) y pretendía expandirse todavía más. No sólo des­ pojaba impunemente, al igual que otros terratenientes de la región, sino que hacía encarcelar a quienes se resis­ tieran a abandonar sus tierras y buscaran formas legales de hacer valer su derecho. La finca producía alrededor de 30 mil quintales de café y era una de las mayores productoras de ese grano a escala nacional. Sus propie­ tarios compraban autoridades, violaban mujeres indias y vivían cómodamente en cabeceras municipales aledañas o en la capital del país. En el medio burgués pasaban por personas honorables y distinguidas. Pero en la zona ixil, capitalistas como ellos producían heridas profundas que abonaban el terreno para la lucha de todos aquellos que no se resignaban a tan injusto destino.

Las mayores fuentes de enriquecimiento y mo­ vilidad social en la zona eran la contratación de fuerza de trabajo migratoria y el comercio. El sistema de con­

(49)

tratación fue introducido a través de agentes ladinos de origen español, italiano, mexicano, entre otros. Y consistía en que estas personas, que estaban vinculadas a una o más plantaciones de la costa y bocacosta, se establecían en regiones apartadas para contratar fuerza de trabajo barata en los periodos de cosecha. Cada agente ganaba una comisión proporcional al número de jornaleros que le aportaba a las fincas. Tal suma de dinero era, en realidad, una parte del salario de los trabajadores. Estos eran mo- nolingües en su idioma mayense, analfabetos, no estaban organizados y fácilmente eran engañados y maltratados. Durante décadas, cuando no había caminos hacia la re­ gión, se desplazaron a pie desde sus lugares de origen hasta las plantaciones, recorriendo 150 y más kilómetros por cuenta propia. El sistema de contratación vinculó esas regiones con el resto del país; generó el acaparamiento de tierras indígenas en manos de ladinas; sentó las bases del empobrecimiento acelerado de la población en esas montañas. El cultivo del café a escala de exportación sig­ nificó para los indígenas de esa región peonaje por deuda, colonato a distancia, paludismo, entre otras cosas.

Por su parte, en camiones propios, los comercian­ tes sacaban productos agrícolas locales obtenidos a bajo precio para venderlos al doble o triple en mercados ma­ yores; e introducían productos industriales y agrícolas procedentes de las ciudades y otras regiones. Visitando las tiendas principales constatamos que los productos que consumían los habitantes de esas montañas se reducían a: hilos, telas, tintes textiles, calzado y artículos plásticos; ropa de partida, sombreros, frazadas; sal, azúcar, panela, chile, refrescos, licor, tabaco, candelas, fósforos; herra­ mientas agrícolas elementales, clavos, linternas, baterías; abonos químicos, láminas para techar. En aquel tiempo no detectamos que se vendieran localmente radios de

(50)

transistores, televisores o bicicletas, por ejemplo. Tampoco vimos farmacias.

En una o dos generaciones, contratistas y comercian­ tes prosperaban vertiginosamente. Y cuando ya no podían multiplicar su riqueza en la zona se trasladaban a la cabe­ cera departamental, o a la capital del país. O enviaban a sus hijos a realizar estudios o a emprender negocios a esos lugares. No pocas familias — de renombre nacional por su riqueza —, acumularon así su capital. Basta remontarse a los abuelos, si mucho a los bisabuelos, para comprobar esa verdad.

Había ricos que antes de dar trabajo a un indígena, que de ello dependía para sobrevivir, le exigían disponer de la esposa o de las hijas para tener relaciones sexuales con ellas. El mestizaje por esas y parecidas razones era numeroso, inequívoco y se remontaba a finales del siglo pasado, cuando los ladinos empezaron a llegar.

La masa indígena poseía o arrendaba tierras cansa­ das, quebradas o en laderas pronunciadas. Trabajaba con su propia fuerza para lograr cosechas magras, las que no alcanzaban sino para alimentarse una parte del año. Las fuentes de trabajo escaseaban y en las pocas que existían eran comunes los salarios de ocho, diez y quince centa­ vos por jornada de ocho y más horas, aunque algunos llegaban a ganar hasta cincuenta centavos por jornal. No había séptimo día, ni pago por horas extras; mucho menos aguinaldos o prestaciones laborales. Los ingresos monetarios de la población mayoritaria nunca llegaban a veinte quetzales mensuales por familia. En esas condi­ ciones el costo de la vida y los impuestos, especialmente el boleto de ornato, eran resentidos con agudeza por la población paupérrima.

En las épocas de migración a la costa y bocacosta, presenciamos cómo los trabajadores eran hacinados de pie, tratados con grosería y tapados con lonas sucias o

Referencias

Documento similar