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DESPERTAR EN LA ZONA REINA

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 33-45)

Cuando realicé mi primera visita al destacamento gue­ rrillero, llevaba un año con la compañía inseparable de una cápsula de cianuro. Se nos daba a los militantes de entonces con la orientación de ingerirla en caso de caer en manos de los cuerpos represivos. Era vieja historia, aunque no tan absoluta como llegó a ser muy pronto, que en Guatemala no hay presos políticos, ni consignados a los tribunales por acusaciones de rebelión contra el régi­ men. El secuestro, la tortura y una muerte atroz eran la respuesta inequívoca del régimen para todo demócrata, luchador popular o militante revolucionario consecuente y firme. Por eso me parecía natural y necesaria tal com­ pañía, y siempre tuve el cuidado de llevarla a mano y en lugar seguro. Sin embargo, desde que la recibí, me inva­ dió una sensación de fatalismo respecto a que mi muerte era inminente. No dudaba que me la tragaría si me veía obligada a hacerlo, pero la odiaba tanto como al sistema contra el que luchaba, porque amaba la vida y quería servir al pueblo de la única manera en que es posible: viva, sana y libre.

En la semana previa al viaje observé que la cápsula cambió color, tornándose de blanca en amarillenta. Me preocupaba que no fuera ya efectiva. Pero absorbida por los preparativos olvidé preguntar a qué se debía su transformación. De todas maneras la llevé a la montaña. Y en la primera oportunidad que tuve se la mostré a uno de los responsables del destacamento para ver si me despejaba la duda. "Tira esa mierda lejos, ahora, y olvídate de ella" me dijo enojado, y prosiguió: "Habría que tragarla para saber si sirve o no, hasta ahora sólo uno lo ha hecho y por error". Resulta que cierto compañero

cayó en una redada policial, práctica común en la capital del país, en la que sin excepción se llevaban detenidos a todos los hombres que en un momento dado estaban en el área que se había decidido "limpiar", supuestamente de delincuentes. El compañero tenía sus documentos en orden y no era conocido, pero inexperto y sabiéndose conspirador, temió ser descubierto. Así que llegando a las instalaciones policiales se tragó la cápsula y se sentó en un rincón a esperar la muerte. Estaba sufriendo retor­ tijones de estómago cuando por altavoz anunciaron que quedaba libre. Con dificultad y asumiéndose en agonía se paró, recibió sus papeles que habían sido requisados en la detención y salió a la calle. Desesperado buscó ayuda con compañeros, pero la misma no fue necesaria porque los retortijones habían cesado y fuera del susto no tenía nada. Vivió y nunca más tuvo problema alguno por haber ingerido el cianuro. Sin embargo, a partir de entonces, las opiniones sobre lo procedente o no de utilizarla se divi­ dieron. Lo cierto es que tiré mi cápsula en el momento en que el compañero me dijo que lo hiciera. Y desde entonces, salvo en momentos de peligro, dejé de sentir el inmenso peso de la muerte.

Dada la forma en que fui preparada para ejercer el magisterio, no concebía el éxito del cursillo sin contar con material didáctico, especialmente si el curso iba a ser breve y los participantes eran inexpertos. Además, que­ ría dejarles recursos para que cada uno dispusiera de lo básico en su respectivo lugar de trabajo. Me era inconce­ bible, por ejemplo, carecer de pizarrón, ilustraciones y de luz para trabajar de noche. Pero sabiendo que debíamos caminar y que no tenía capacidad para llevar a cuestas todo lo que necesitaba, pregunté si podían resolverlo. La respuesta fue que podía llevar hasta setenta libras de material didáctico. Ese era el peso que, según el dirigente de la ciudad que me lo dijo, podría cargar el compañero

que me conduciría hacia el campamento guerrillero. Así que preparé abundante material. El equipo personal, in­ cluido un mecapal, me sería entregado en el momento de viajar. Por experiencia no dejaban en manos del novato decidir qué era lo indispensable, pues todo principiante de origen urbano consideraba necesarios objetos que ni él ni nadie aguantaban a cargar. Entre ellos estaban toallas, papel sanitario, zapatos o botas de repuesto, una tercera mudada, desodorante, jabón, pasta dental, baterías de repuesto. Algunos de estos artículos eran sustituidos así: la toalla por un pañuelo paliacate que se retorcía cada vez que se saturaba de agua y que tenía múltiples usos; el papel sanitario por hojas y musgo; la pasta dental, de uso colectivo cuando la había, por ceniza.

Llegado el día de partida me dirigí al sitio acordado. No sabía entonces quién o quiénes llegarían a recogerme, cómo era el vehículo ni hacia dónde nos dirigiríamos. Mucho menos en qué lugar y a qué hora emprenderíamos la caminata. Eran medidas elementales de seguridad que todos acatábamos con discreción y disciplina. Me reco­ gieron puntualmente. Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Tres íbamos al destacamento y uno regresaría a la capital. Desde el anochecer cayó una lluvia torrencial que no cesó sino al amanecer. El viaje fue largo y culminó a media noche en una localidad en el norte de El Quiché. Al aproximarnos al punto se nos orientó descender rá­ pido y arreglar las cargas sin hablar y sin encender luz. Mientras eso hacíamos, de la oscuridad y del aguacero surgieron tres compañeros. Dos de ellos volvían a la ciu­ dad, luego de una temporada en el destacamento, y un tercero sería nuestro guía y quien transportaría el mate­ rial educativo. Sin embargo, quien me autorizó llevar los recursos no tomó en cuenta que este compañero llegaba a encontramos cansado y sin haber comido, pues durante dos días y sus noches acompañó a los que salían, en una

marcha especialmente lenta, debido a que uno de ellos se había fracturado un tobillo. El compañero, por lo tanto, sólo tomó parte de las cosas. Por iniciativa propia sumé el resto a mi carga. Partimos en silencio, sin luz, a paso rápido. La lluvia, la oscuridad y el terreno tortuoso nos dificultaban el avance, aunque los dos primeros asegura­ ban la secretividad de nuestra presencia. Habíamos hecho contacto frente a un puesto de la Guardia de Hacienda, en ese entonces única representante de los cuerpos represivos en dicho poblado.

Caminando por callejas y veredas siempre en ascenso y empantanadas, pasábamos entre casas cuyos perros nos ladraban agresivos. Había trechos en los que a cada paso las botas se hundían completamente en el fango, haciendo ventosa, de manera que al intentar dar el siguiente paso el pie se salía del calzado que quedaba atascado. Entre dos teníamos dificultad para sacarlo. En otros tramos dábamos dos pasos hacia delante, para luego deslizamos de regreso sin poder sujetarnos a nada. Todo era lodo, agua y oscu­ ridad. Y para completar el cuadro nos extraviamos dos horas, al cabo de las cuales nos encontramos en un punto recorrido con anterioridad. Debimos repetir uno de los trayectos con más lodazales para corregir la dirección.

El compañero que llegó a nuestro encuentro y el que venía desde la capital eran veteranos del destacamento e iban armados, la compañera y yo, no. La seguridad descan­ saba en múltiples factores y no tenía caso que, sin mayor experiencia y en aquellos tiempos de anonimato de la organización, portáramos armas en tales circunstancias.

Caminamos dos noches continuas, deteniéndonos antes de la alborada, para escondernos entre la maleza las horas de luz y reanudar la marcha al oscurecer. Debía ser así pues atravesábamos sembradíos de maíz, a los que llegaban a laborar los campesinos. Y aunque se había iniciado el trabajo organizativo entre algunos de ellos,

por seguridad no debíamos evidenciar la ubicación ni los movimientos del destacamento. De ahí que permanecimos quietos y silenciosos más de doce horas. No comimos y estuvimos en tensión debido a los perros —cada campe­ sino tiene, cuando menos, uno que lo acompaña a todas partes— que varias veces llegaron a merodear nuestro escondite. Si un animal insistía, el dueño atendería sus ladridos, seguro de que había encontrado algo que me­ recía investigación. Afortunadamente logramos pasar inadvertidos. Al oscurecer, después de que los lugareños volvieron a sus casas, reanudamos la marcha en dirección inversa a la suya. Un poco antes del segundo amanecer alcanzamos la orilla de la montaña, donde podíamos caminar de día y sin riesgo de encontrar gente. Descansa­ mos unas horas dentro de un cobertizo abandonado y al despuntar el día, siempre sin probar bocado, proseguimos nuestro camino. A partir de entonces avanzamos a rumbo, sin seguir trazo alguno; estábamos en territorio conocido por nuestros compañeros. Una vez dentro del bosque, quien había ido a nuestro encuentro se adelantó, al paso rápido propio de los veteranos. El cansancio y el peso de la carga se multiplicaban al avanzar despacio, pero todo novato sólo puede hacerlo así las primeras veces. Este silencioso compañero era campesino pobre, indígena achí, oriundo de Baja Verapaz, veterano de las bases de Rabinal de los años sesenta y fundador del destacamento del EGP. Padecía tuberculosis pulmonar y sus hijos vivían de lustrar zapatos en la capital. Poco después salió tem­ poralmente de la montaña para curarse de ese mal.

Al dar aviso en el campamento nuestro guía, dos compañeros acudieron a encontrarnos. Nos hallaron en una húmeda vereda de mimbreros donde el musgo cubría el tronco de los árboles y alfombraba el suelo. Los recién llegados tomaron nuestras cargas y nos dieron a beber chocolate frío. Cayendo la noche llegamos a nuestro desti­

no. Habíamos hecho el recorrido en el triple de tiempo que utilizaban los veteranos. Estábamos aproximadamente a 3, 000 m SNM, en las estribaciones del macizo montañoso de la Zona Reina, parte a su vez del sistema orográfico de Los Cuchumatanes. Se trataba de un campamento en el corazón de un bosque tropical húmedo y muy frío, instalado en una pendiente pronunciada de exuberante vegetación, donde la niebla lo envolvía todo.

Mi estado físico era calamitoso: dos noches sin dormir, más de 48 horas sin comer, sudada y enlodada de pies a cabeza, empapada de agua helada, con una uña en cada pie arrancada de raíz, con dolor de cabeza por la presión del mecapal y con varias mataduras en la espalda, producidas por el pizarrón que por falta de experiencia para cargar me coloqué directamente a cuestas. Mi estado anímico era insuperable: me sentía feliz. Haber llegado, no importaba cómo, era lo que contaba.

Por aquel tiempo, y a pesar de estar en guardia al res­ pecto, tenía idealizada a la agrupación a la que me había incorporado después de años de búsqueda. Pensaba que era extensa y estructurada, y que tenía claridad sobre los problemas fundamentales de nuestra sociedad. Nadie me había dado motivos para considerarlo así y en el tiempo que llevaba militando más bien había visto indicios de lo contrario. Además, había leído sobre diversas gestas revolucionarias en la historia de la humanidad y todas eran similares en cuanto a la precariedad de las organiza­ ciones rebeldes. Pero inconscientemente trocaba realidad por deseos.

Al ver al grupo, gracias a dicha idealización, supuse que era uno entre los muchos que integrarían la orga­ nización. Y que habrían en esas inacabables montañas, cuando menos, unos veinte como ese. Sólo tiempo des­ pués, ya incorporada a la guerrilla conocería la realidad: era parte importante del único destacamento que tenía la

organización. Varios de sus integrantes eran fundadores de ella y del destacamento; algunos eran miembros de la Dirección Nacional y veteranos de los años sesenta otros. Conocí a estos compañeros cuando todavía andaban muy remendados, flacos, pálidos. Verlos en tan lamen­ table estado fue impactante. Sólo haciendo esfuerzos de abstracción lograba persuadirme de que eran mis compa­ ñeros de lucha y uno de los baluartes de la revolución en mi país. Pero más desconcertantes fueron los hechos que presencié durante mi estancia. Por ejemplo, cuando el compañero indígena que nos había conducido, todavía con la misma mudada y visiblemente agotado —había caminado y cargado, sin comer y casi sin dormir, más de ochenta horas—, dirigiéndose a la colectividad preguntó: "¿Dónde están los Conciertos de Brandenburgo? " Y luego de que alguien le extendiera un casete, se tiró en el suelo cuan largo era, a escuchar con deleite aquellos conciertos de Bach. O cuando otro de ellos, el más pálido y ojeroso, me pidió con la mayor sencillez imaginable que al volver a la civilización le hiciera los siguientes favores: llevar flo­ res a la tumba de su abuela, quien lo crió y había muerto cinco años atrás, mientras él se encontraba ausente; que obtuviera para él la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak y que le mandara una barra de chocolate.

Con el tiempo supe que el gusto por Bach se debía a dos razones: durante meses sólo habían tenido ese casete de música, llevado por alguien de la ciudad; y los violines que se escuchaban en dichos conciertos les hacían recordar a los compañeros indígenas su propia música, interpretada con esos mismos instrumentos de cuerda. Y quien gustaba de Dvorak era amante y conocedor de la música clásica.

Lamentablemente, mi cabeza no tenía alcance para vincular aquellas necesidades humanas con la rebelión armada, con guerrilleros palúdicos y con bosques cente­ narios de niebla y frío perennes.

Me bastó convivir unas semanas con ellos para darme cuenta que el sentido del humor era generalizado

— aunque no faltaban el enojado y el gruñón del grupo — y que poseían destacadas cualidades humanas y militantes. Muchas de las cuales sólo se forjan en la defensa prolon­ gada de ideales bajo circunstancias adversas. Esas en las que es preciso renunciar no sólo a la propiedad, sino a los seres más queridos, a la identidad personal, al sol. Esas en las que se dejan la salud y la juventud para siempre, en el empeño por hacer valer los derechos de los más pobres y de los más oprimidos. El peligro, la enferme­ dad o la muerte en cualquiera de sus expresiones eran simples accidentes de trabajo para estos compañeros. Y la pobreza material un resultado normal del oficio que a ninguno preocupaba.

Fue ante esa realidad que comencé a comprender los alcances del compromiso revolucionario en un país como el nuestro. Realidad que no me desanimó, sino que me motivó para dar todavía más de mí, y a respetar pro­ fundamente a todos aquellos que se entregan de manera generosa a la causa de los explotados.

A varios se nos orientó usar gorra pasamontañas para ocultar nuestros rasgos faciales. Y a las horas de comer teníamos el cuidado de sentamos en círculo y de espaldas hacia el centro para no vernos la cara mientras comíamos. Realizábamos trabajos diferentes y no había razón para que por un breve cursillo nos identificáramos entre sí. Era regla elemental de seguridad que frecuente­ mente se violó en tiempos posteriores.

Los rayos y el calor del sol no penetraban a ningu­ na hora, aunque el cielo estuviera despejado, pues las copas de los árboles se superponían unas a otras. De ahí que siempre estuviéramos en penumbra y con la ropa húmeda por el contacto inevitable con la vegetación y la presencia de lluvia. Los compañeros que allí habitaban

llevaban años alimentándose de maíz; pues esa gramí­ nea era lo que cultivaba la población en mayor cantidad. Preparaban un puré con harina gruesa de ese grano. Así abundaba el maíz y su preparación era más rápida que la de las tortillas o los tamales. Sin embargo, la obtención de un quintal implicaba la movilización de varios com­ pañeros durante días, contando con el apoyo de la gente. Para acceder al agua se descendía una ladera empinada y lodosa de doce a quince metros de profundidad. Al fon­ do, entre abundantes helechos, se formaba un pequeño remanso de agua helada y cristalina que caía en cascada desde muy alto.

A la mañana siguiente de nuestro arribo, luego del desayuno, pregunté a uno de los responsables en dónde iba a trabajar. "Bueno, donde quieras. Prepara el lugar y avísanos cuando estés lista" fue su respuesta. Volví la vista. a todas partes y caminé por diversos rumbos del campa­ mento, pero no encontré un metro cuadrado plano y claro. Todo era en declive y la vegetación tupida. El suelo de las champas, donde dormían varios juntos para conjurar el frío, y el área de la cocina, habían sido aplanadas a fuerza de arrancarle bocados a la ladera. No había más que hacer otro tanto para el "salón" de trabajo. Así que tomé el ma­ chete y empecé a descombrar un pedazo. Algunos de los compañeros me observaban a distancia, callados y serios. Quién sabe qué pensaban. En la caminata de entrada había usado machete por primera vez en mi vida.

Cuando terminé con el desmonte procedí a sacarle tierra a la vertiente, para hacer una terraza de dos por tres metros. Debí arrancar con las manos piedras, troncos y raíces. Para entonces un compañero de los que observaba desenvainó su machete, sin decir palabra avanzó hacia donde me encontraba y silencioso me ayudó a concluir el trabajo. Era indígena. Tiempo después supe que también era achí, campesino pobre, veterano de las bases rabina-

leras y fundador del destacamento guerrillero. Con la realización de este trabajo comprendí que, como en otros aspectos de la lucha, había que construir todo desde el principio y vincular el trabajo manual con el intelectual. Y que en aquellas condiciones realizar cada tarea conllevaba trabajo físico, además de las capacidades específicas.

Con un piso y un techo de plástico, el "salón" estu­ vo listo. En la actividad participaron cuatro compañeros y dos compañeras. Dos de los hombres eran dirigentes comunales de los poblados más grandes de la zona ixil; hablaban español tan bien como su idioma materno. Los otros dos eran fundadores del destacamento y trabajaban en organización entre los ixiles. Una compañera, pequeña y frágil, era campesina de la costa sur y veterana del grupo de Yon Sosa; había llegado sólo para recibir el cursillo. Luego volvería a sus tareas organizativas en las planicies cálidas del sur guatemalteco. La otra compañera se había incorporado hacía un par de meses al destacamento y era veterana de la resistencia urbana.

Posteriormente, el material para alfabetizar se reprodujo en nuestra imprenta clandestina, y se distri­ buyó entre la organización. Pero varios años después la experiencia pedagógica sintetizada en él, fue subestimada y distorsionada por compañeros sin criterio docente, que trabajaban en áreas rurales. En lugar de enriquecerlo y mejorarlo gracias a la práctica, se le empobreció. En 1983 estaba extraviado o abandonado más por negligencia que por fatalidad. Ese año se me orientó que hiciera de nuevo el trabajo; pero no se me aportó la experiencia de su aplicación ni conté con el material original. Quienes me lo demandaron subestimaban el trabajo que conllevaba su elaboración en esas condiciones. Otras tareas militantes absorbían mi tiempo y no lo hice.

En los ratos libres realicé ejercicios de tiro real por segunda vez en mi vida. La primera lo había hecho meses

atrás en los alrededores de la capital. También me ense­ ñaron a desarmar y armar una carabina M-1 con los ojos

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