Desde el principio procedimos a adiestrar a otros com pañeros para delegar en ellos lo referente a la castellaniza- ción, alfabetización, ejercitación de la lectura y la escritura, aritmética y geografía. Esto era necesario no sólo para descargarnos del exceso de trabajo, sino para garantizar una atención regular y sistemática a todos. Especialmente cuando se ausentaban por alguna misión que los tenía días o semanas lejos. Pero también lo hacíamos para colecti vizar la conciencia y la práctica de aprender y enseñar; así como para realizarlas en cualquier circunstancia por difícil y cansada que fuera. De lo contrario no habría progreso porque el ir y venir, separarnos y reunimos, eran permanentes. Sin embargo, estos logros no dismi nuyeron la intensidad de nuestra labor; pues conforme la colectividad se desarrollaba y su proyección se extendía, los temas políticos y militares debían retomarse a mayor complejidad con unos y de manera elemental con otros. Por otra parte, los tópicos que necesitábamos abordar trascendían en mucho tales temas.
Periódicamente se incorporaban nuevos compañe ros, mientras quienes iban destacando por su experiencia y desarrollo político eran trasladados a diferentes lugares del frente para asumir responsabilidades. O se ausentaban frecuentemente para cumplir misiones delicadas y tareas de apoyo al funcionamiento de la dirección, especialmente en comunicaciones pedestres y acompañamiento cuando sus miembros se desplazaban independientemente del destacamento.
La escucha de noticias, que al principio era ininteligi ble para la mayoría, poco a poco se realizó con interés y progresiva comprensión. Y ello introdujo nuevos temas
de estudio: estructura del Estado, organismos internacio nales; expresiones organizativas de los diversos sectores sociales; acontecimientos en otras partes del país y del mundo, entre otros. El uso del diccionario para buscar significados, en lugar de preguntar por ellos, se extendía paso a paso. Pero debía ser apoyado porque frecuente mente la explicación escrita les resultaba también incom prensible. También impulsábamos la lectura en voz alta. Entre los primeros libros leídos colectivamente estuvieron
Pasajes de la Guerra Revolucionaria del Che Guevara, Relatos
Vietnamitas sobre su lucha antiimperialista y una biografía
de Ho Chi Minh. Simultáneamente al desarrollo de estas
actividades se multiplicaron las interrogantes. Los compa ñeros preguntaban el significado de infinidad de vocablos y conceptos a cualquier hora y en toda circunstancia. En mi vida no he visto más sed de conocimientos y alegría por aprender que en aquel destacamento guerrillero.
Ciertamente nuestra vida era animada e intensa. De ahí que, aunque lo extrañara mucho y pensara diariamen te en mi pequeño hijo, no me quedaba tiempo ni energía para tristezas por su lejanía; tampoco para preocupaciones familiares o nostalgias de ningún tipo. Más bien sentía optimismo respecto a su bienestar y su capacidad de salir adelante sin mi presencia. Estaba segura del cariño de mi familia y consciente de su preocupación; pero a la vez asumía el riesgo de perderlos afectivamente. Sin embargo, confiaba en que algún día comprenderían las razones que me movieron a dejarlos y optar por una vida de militancia revolucionaria. Por otra parte, la conciencia del valor humano y político del trabajo que realizábamos, más allá de que se alcanzara o que yo viviera el triunfo, era determinante en mi estado de ánimo. Todos los que allí estábamos habíamos renunciado a seres queridos y a una vida "normal"; la mayoría lo había hecho dejando en extrema pobreza y soledad a su familia. Aunque todos
convencidos de que esa miserable situación no la podían remediar solos ni a corto plazo; sino que les era indispen sable organizarse para luchar unidos por todos los medios a su alcance, con los sacrificios que ello conllevara. Mi situación, desde ese punto de vista era, entonces, menos dura que la de numerosos compañeros. Además vivía un intenso amor con Benedicto; de manera que, también por ese feliz y duradero acontecimiento de mi vida, contaba con reservas internas para largo.
No obstante todo ello, en repetidas ocasiones pro testé por mi exclusión de diversas actividades a causa del recargo de mis responsabilidades. Finalmente, en una oportunidad, los compañeros de la dirección me replicaron molestos que la alternativa no era hacer cada quien lo que quisiera, mucho menos cuando no se le necesitaba a uno en ello. Sino que debíamos hacer lo que la organización requería de cada quien y para lo cual te níamos mejores capacidades, en el marco de la realidad concreta donde nos desempeñábamos. Me reiteraron que combatientes y colaboradores que cumplieran deter minadas tareas los había en cantidad y cada día eran más; pero los cuadros políticos revolucionarios no se reprodu cían al ritmo requerido. Pues de los pocos cuadros que surgían, muchos eran asesinados, obligados al exilio o neutralizados mediante el terror, incluso cuando apenas despuntaban. Sabía que tenían razón, así que después de varios meses de manifestar periódicamente mis reclamos no volví a insistir. Y procuré, como hasta entonces, realizar mis funciones con entusiasmo y dedicación.
En todo el tiempo que permanecí en el destacamento no se incorporaron compañeros con preparación cultural y política que pudieran apuntalar o sustituirnos en nuestra labor. Sé que había compañeros políticamente capaces que deseaban sumarse al trabajo en las montañas. Pero en ese entonces, la Dirección Nacional prefirió asignarlos
a otros frentes. Me quedó claro entonces que, si bien la decisión de militar en una organización era personal y voluntaria —media vez se llenaran los requisitos exigi dos —, las funciones y las tareas que cada quien cumpliera las decidía la organización a través de los organismos y mecanismos correspondientes. Pues efectivamente no hay organización que funcione sin cabeza que dirija, sin especialización y su correspondiente división del trabajo; y sin disciplina y entrega de todos sus miembros.
A finales de mayo emprendimos la marcha hacia la selva. Atrás dejamos el altiplano ixil, donde permane cieron los activistas y cuadros organizadores, así como las incipientes guerrillas locales. Nos encontrábamos próximos a Chajul y debíamos desplazarnos hacia las estribaciones de la cordillera de Los Cuchumatanes, al norte de Xejuyeu y Amacchel para iniciar el descenso a la selva. Nos aprestamos entonces a cruzar el macizo mon tañoso de sur a norte, lo cual significó recorrer decenas de kilómetros desde el amanecer hasta el anochecer durante quince días. Escalamos cumbres, descendimos abismos y salvamos acantilados interminables. Nos descolgamos en paredones, nos deslizamos por gigantescos derrumbes; vadeamos ríos turbulentos y atravesamos zanjones pro fundos sobre palos inseguros. Hubo días que nos pareció subir al cielo y bajar al centro de la tierra sin avanzar un ápice en la dirección deseada. En cada cima que conquis tábamos oteábamos el horizonte en busca de la selva; pero sólo divisábamos más montañas, cuya prolongación en lontananza ofrecía bellas tonalidades de verde, azul y vio leta. Debimos remontarlas todas en jornadas extenuantes para contemplar al fin el océano vegetal.
En el agotamiento de cada ascenso sin tregua, sobre terrenos que no concedían un metro plano, para darnos ánimo nos proponíamos avanzar diez pasos más. Al lo grarlo establecíamos otra meta similar hasta que sumados
los esfuerzos caminábamos miles de metros. El secreto era no alzar la vista para ver lo que faltaba ascender; pues con sólo mirar aquellas alturas se le escapaba la energía a cualquiera. La vanguardia rompía monte con el cuerpo y todos juntos hacíamos camino al andar, pues la mayor parte del trayecto la realizamos a rumbo. Sólo en peque ños tramos, donde era inevitable hacerlo, avanzábamos por caminos. Entonces lo hacíamos de noche o tomando especiales medidas de seguridad. Pero avanzar por ellos no era mucho mejor, pues nos trabábamos en los raiceros y nos atascábamos en los lodazales que caracterizan las veredas de herradura la mayor parte del tiempo.
Sintiendo el cansancio físico del mundo encima, mientras el mecapal nos ceñía fuertemente la frente, ca minábamos silenciosos a paso uniforme y sostenido, como autómatas. En los pocos y breves descansos muchos nos dormíamos en el mismo instante en que nos sentábamos. Queriéndonos dar energía, en cierta oportunidad nos repartieron una cucharada de miel silvestre a cada uno. Pero estábamos tan débiles que en lugar de reanimarnos, sufrimos mareo e incluso embriaguez momentánea. Sin embargo, ese día y los demás, caminamos de sol a sol.
Ser miembro del destacamento guerrillero, núcleo ge nerador de diversos frentes del noroccidente, significó en esos años vivir en nomadismo constante, a la intemperie y padeciendo hambre. E invariablemente implicó llevar a cuestas nuestras pertenencias y alimentación. Entonces raramente alguna mochila pesaba menos de cuarenta li bras y frecuentemente la mayoría sobrepasaba el medio quintal. En aquel tiempo los miembros del destacamento nos desplazamos a lo largo y ancho de un territorio aproxi mado de 3, 000 Kms2 que abarcaban sierras y selvas de los departamentos de Huehuetenango, El Quiché, El Petén y Alta Verapaz. Salvo en su periferia, no había caminos aptos para automotores y en su totalidad estaba alejado
de cabeceras departamentales o pueblos de importancia. Allí no se conocía la luz eléctrica, el telégrafo, el teléfono. Mucho menos otras manifestaciones de la tecnología moderna. Tampoco se tenía noción de lo que podía ser un médico, una farmacia, un hospital. Había poca, y muy pronto controlada, circulación de mercancías; algunas de ellas preciosas para nosotros: sal, botas de hule, baterías, ropa, cuadernos.
A menudo realizamos exploraciones. Unas veces para buscar paso, otras para evadir población descono cida y no pocas para detectar si la tropa merodeaba el lugar. Sudábamos abundantemente y los primeros días eliminábamos sal al punto que la piel se nos cubría del mineral blanco. Pero a partir de cierto momento ya sólo emanábamos agua insípida e incolora.
Cuando la noche estaba por llegar acampábamos en cualquier parte, hubiese o no agua cerca. En cierta oportunidad, el líquido vital nos quedó a dos horas de camino, de manera que varios compañeros debieron vaciar sus mochilas y llevando consigo bolsas plásticas grandes, fueron en su busca al fondo de una garganta aledaña. Volvieron entrada la noche con el agua suficien te para preparar la cena y el desayuno. No pudimos ni lavarnos las manos para comer. Estábamos en un filo de baja y escasa vegetación, donde abundaba el pajón. En el sitio donde dormimos había un echadero reciente de venado. Y en los alrededores se encontraban numerosas excavaciones con fragmentos de cerámica cromada, par cialmente expuestos. A pesar del cansancio daba tenta ción escarbar la tierra, aunque no pudiéramos llevar con nosotros lo que descubriéramos. Pero nos conformamos con observar y hacer conjeturas sobre ellos. En la zona ixil llamaban camagüiles a estos tiestos antiguos, y camagüileros a quienes se dedican a desenterrarlos y venderlos. No pocos campesinos pobres se procuraban ingresos para
adquirir maíz con esa actividad; sus compradores eran ladinos locales o extranjeros.
Más adelante debimos detenernos en el corazón de un bosque centenario, donde los troncos de los árboles estaban cubiertos de musgo saturado de agua. Aunque no llovía, el ambiente era de niebla y humedad; sin em bargo, no encontramos corrientes ni nacederos de agua a nuestro alrededor. Entonces buscamos aguadas o charcos de lluvia que pudieran proveernos la necesaria para coci nar. Localizamos un agujero, aparentemente natural, cuyo diámetro no pasaba de medio metro. Tenía agua hasta el borde, pero estaba llena de limo y la cubría una capa densa, verde y naranja, resbalosa al tacto. Era agua hedionda y llena de bichos. Participé en su acopio porque estaba de cocinera ese día. La colamos en ollas auxiliándonos con pañuelos paliacates, de manera que los animalejos y la ligosidad fueran retenidos por ellos. Con el agua "filtrada" preparamos los alimentos. Entonces lamenté conocer sobre la existencia de microorganismos y recordé los análisis de agua sin purificar que realizábamos en microscopios cuando asistíamos a la secundaria. Hubo compañeros que desesperados por la sed bebieron el líquido tal cual estaba en el agujero. Varios de nosotros nos valimos del musgo empapado para beber unas gotas de agua y asearnos. Hacía días que no teníamos oportunidad de hacerlo. Esa vez debimos guardar la ropa sucia dentro de envoltorios de hojas asegurados con bejucos.
Jornadas después nos sorprendió la noche en el lecho de un amplio río, afluente del Copón, que por esos días llevaba poco caudal. Nadie tenía ánimo de escalar la ladera a oscuras para llegar a un punto incierto. Por lo que acampamos sobre la húmeda arena confiados en que no era temporada de crecientes, siempre intempestivas e imprevisibles en su envergadura. Para aislarnos del sue lo, con Benedicto colocamos en forma de colchoneta una
hoja de quequexque que medía alrededor de dos metros de largo y uno y medio en su parte más ancha. Cuando nos aproximamos a la mata para cortarla nos sentimos verdaderamente diminutos. Nunca volví a ver hojas así de grandes. Esa noche pudimos contemplar la bóveda celeste estrellada y libre de nubes. Hacerlo nos descansó y proporcionó indescriptible placer. ¡Tan pocas veces te níamos acceso a ella! Pasé buen rato escrutándola... casi bebiéndola; y tuve tanta suerte que presencié el espectá culo fugaz de una lluvia de meteoritos. Luego me entre tuve conversando con algunos compañeros, y mientras tanto acopié material orgánico fósil, cuya particularidad era emitir luz violeta en la oscuridad. Fue entonces que conocí ese fenómeno, al observar diseminadas luminosi dades desconocidas. Con ellas formé un haz de luz que por unos días sumé a mi carga. De día no era más que un puñado de desecho vegetal ingrávido, pero de noche proporcionaba placer contemplar su brillo. Raras veces volví a presenciar ese fenómeno.
Caminando por un filo detectamos huellas frescas de mamíferos silvestres, entre ellos de danta. Pero no logramos ver a ninguno. También encontramos aves de mediano tamaño y en determinados tramos se autorizó su caza, siempre que se hiciera desde la columna en marcha y sin detenernos. En esas condiciones destacaron los vetera nos, quienes eran diestros para localizarlas y, sin quitarse el mecapal ni la carga, disparaban un solo y certero tiro. El ave era recogida por algún voluntario que la desplu maba sin dejar de caminar, aprovechando que el cuerpo del animal aún estaba caliente. En la próxima estación, los cocineros la incorporaban al menú de la cena.
El pase de voces durante las marchas era dificultoso debido a la diversidad de lenguas maternas, al poco do minio que del castellano tenían numerosos compañeros y a la baja comprensión sobre la importancia operativa
de la información y las órdenes durante los desplaza mientos. A todo lo cual se sumaba el cansancio físico. Esta persistente deficiencia nos llevó a incluir dentro de las actividades de formación un juego de salón llamado "teléfono". Durante una temporada lo practicamos dia riamente, para ejercitarnos en pasar mensajes verbales de manera fiel, clara y audible. La actividad era una diversión en la que constantemente debíamos sofocar la risa para garantizar el obligado silencio. Pero nos ayudó a mejorar la comunicación durante las marchas. De todas formas no faltaron los mensajes que sufrieron metamorfosis al pasar de boca en boca y que, según las circunstancias y el contenido que resultaba, provocaban preocupación, eno jo o risa. Durante cierta marcha, la punta de vanguardia pasó la voz: "Hay una espoleta de granada junto al río". Pero a medio camino, cuando llegó a un miembro de la dirección, la frase era: "Hay un esqueleto de ganado junto al río". El dirigente replicó al mando de la vanguardia que se sujetara a la orden de sólo pasar aquellas voces que tuvieran que ver con la seguridad y la operatividad de la marcha. Y los de adelante se enojaron porque aseguraban que eso estaban haciendo.
Después de varias jornadas atravesamos el camino de herradura que de Chel conduce a Cabá. Y luego de dos días llegamos a los alrededores de Amacchel. Allí varios compañeros lograron comprar víveres, entre ellos un puerco y un pavo. Pero la gente que los vendió se mostró reservada. Como la zona estaba poblada y cultivada, no establecimos campamento, sino que dormitamos unas horas sentados y sin quitarnos el equipo sobre la vereda que obligadamente debíamos seguir. Reanudamos la marcha pasadas las doce de la noche, cuando todo en el alrededor era sueño y silencio. Así dispusimos de varias horas de oscuridad para salir del área habitada. En las marchas nocturnas no utilizábamos luz alguna y cami
nábamos muy juntos unos a otros. Si había luna llena y el cielo estaba despejado veíamos un poco; pero general mente avanzábamos a tientas, guiados por compañeros diestros. Adelante cruzamos el camino de Chel hacia Amacchel y continuamos rumbo noroeste, buscando evadir los ríos grandes que dan nacimiento al Tzejá; pero evitando aproximarnos también a los que dan nacimiento al Xaclbal. El rumbo a seguir se determinaba basándose en mapas, brújula y experiencia de quienes habían hecho ese trayecto varias veces. Pero encontrar el paso preciso era un verdadero arte, no exento de sabiduría y suerte.
Sorpresivam ente, al conquistar una cum bre, contemplamos maravillados la selva inconmensurable. A nuestros pies nacía el universo verde que buscábamos y se perdía en lontananza como un océano. Entonces nos despedimos de Los Cuchumatanes, del frío y de los bosques de niebla y silencio. Los compañeros que ya co nocían nuestro destino estaban jubilosos, pues afirmaban que allí las marchas eran menos extenuantes por lo plano del terreno; que el agua se encontraba en abundancia por doquier; que nuestra alimentación mejoraría porque se daban tres cosechas al año y contábamos con numerosa población organizada. Además, decían que había caza y pesca generosa. Sin embargo, desde la cima donde nos encontrábamos faltaban dos días de camino para pisar suelo selvático. Todavía debimos atravesar numerosas elevaciones menores y el esfuerzo físico debió mantenerse al máximo.
El último campamento de montaña lo establecimos a una altitud entre 300 y 600 m SNM y allí mismo caza mos cuatro monos saraguates. A un número equivalente de compañeros nos asignaron su destace. Para el efecto nos dividimos en parejas y cada una tomamos dos ani males. Auxiliados por nuestro tacto, machetes y navajas, realizamos el trabajo en completa oscuridad. Pues había
anochecido y no podíamos darnos el lujo de utilizar lin ternas para esos menesteres. Las baterías se obtenían con dificultad y debíamos reservarlas para cuestiones políticas, operativas y de salud. Trabajamos de pie dentro de un riachuelo para tener agua a la mano y apoyar la carne en las piedras para cortarla. Fue la primera vez que destacé un mamífero y no fue agradable hacerlo con uno tan pa recido a nosotros. A este semejante se le llama también mono aullador o rugidor. Los había escuchado numerosas veces, pero los contemplé hasta ese día. Se trata de monos grandes y robustos entre los cuales unos son negros y otros pardos, de pelaje largo y sedoso. Los machos tienen barba y llegan a medir hasta 70 u 80 centímetros de estatura; su cabeza es grande y tienen una especie de caja de resonan cia en la garganta, la cual se ensancha cuando rugen. Sus extremidades son cortas y gruesas. Viven en grupos hasta de veinte ejemplares en las copas de los árboles más altos y