• No se han encontrado resultados

LA OFENSIVA DE LA SIERRA

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 157-173)

Me correspondió sistematizar los primeros instructivos militares para mandos y cuadros organizadores en la montaña. Para lograrlo recurrí a los conocimientos que sobre el tema tenían los fundadores y miembros de la Dirección Nacional que estaban con nosotros. Cada uno de ellos tenía capacidad y experiencia, pero no la habían sistematizado. Su principal empeño por aquellos días estaba concentrado en la elaboración estratégico-política que permitiera construir los frentes guerrilleros asentados en organización popular. De ahí que quienes nos incorpo­ rábamos recibiéramos explicaciones distintas — en lo rela­ tivo a cuestiones operativas—, según fuera el compañero que nos instruyera. Por lo general se trataba de órdenes o enseñanzas parciales o con énfasis distintos, insuficientes para comprender a cabalidad y desempeñar con eficiencia las tareas y operaciones militares. Es más, debido al em­ pirismo había incluso incoherencias y contradicciones en algunas orientaciones, aunque quienes las impartieran fueran hábiles guerrilleros. Este hecho, además de provo­ carme inseguridad me preocupaba, pues con el número que ya éramos urgían adiestramientos sistemáticos e instrucciones militares completas e inequívocas. Así que hice la propuesta a la dirección y, una vez aprobada, me aboqué a la elaboración de un cuestionario a partir de la práctica y mis observaciones de casi tres meses en el des­ tacamento. Luego trabajé individualmente con cada uno, confrontando y complementando las respuestas. Después de varias rondas de trabajo bilateral logré estructurar y ordenar varios temas: armamento, criterios de seguridad en diversas situaciones y operativos, métodos guerrilleros y antiguerrilleros de lucha, infraestructura de guerra

y de autodefensa civil, estructura y armas del ejército guatemalteco, entre otros. Luego los plasmé a mano e ilustré con gráficas y dibujos en un cuaderno. Una vez terminado, sometí el trabajo a la revisión de la dirección. Entonces nuevas ideas les vinieron a la mente, de manera que el material se enriqueció más allá de las interrogantes iniciales. Los compañeros coincidieron en su utilidad y me orientaron dotar al Mando Militar del destacamento del primer ejemplar.

Mientras tanto, las informaciones sobre la presencia y los preparativos del ejército en la región ixil se multipli­ caban y llegaban constantemente a nosotros. En la selva, sin embargo, sus acciones punitivas habían comenzado meses atrás, luego de nuestras primeras acciones de pro­ paganda armada y golpes al poder local enemigo. Entre las brutalidades de los militares contra la población civil de El Ixcán estuvo el asesinato a finales de 1975 de Raisa Girón, joven maestra de la costa sur que trabajaba en Santa María Tzejá. Buscando empleo supo de una plaza disponible en ese parcelamiento. Allí un sacerdote im­ pulsaba el cooperativismo entre los campesinos y éstos demandaban educación para sus hijos. El azar quiso que en una propaganda armada en ese parcelamiento, ella reconociera a uno de nuestros dirigentes. Eran origina­ rios del mismo pueblo y realizaron juntos sus estudios primarios y secundarios. Desde entonces no habían vuelto a saber uno del otro y ella no tenía relación alguna con nuestra organización. Lo cierto es que agradada por el encuentro con un conocido en aquella selva, lo saludó y conversó con él unos minutos. Allí no había destacamento militar, pero sí orejas fanatizados y embrutecidos por el ejército, los cuales la denunciaron como guerrillera en el puesto más próximo. Poco después, durante un viaje de esta maestra a la capital, fue asesinada con saña; su cuerpo apareció apuñalado cerca del puente de El Incienso. Los

niños del parcelamiento no volvieron a tener maestro; ninguno quería correr la suerte de su antecesora. Raisa Girón: joven, mujer, maestra, ciudadana guatemalteca, hija anónima del pueblo, cayó víctima temprana del ejér­ cito contrainsurgente. Que no quede en el olvido.

En aquellos meses nos movíamos al norte de Chajul, entre las pequeñas localidades de Juil, Pal y Xaxboc. Era una de las zonas más altas de Los Cuchumatanes en el departamento de El Quiché, solo superada por la cumbre de Clavellinas entre Cunén, Cotzal y Nebaj. De aquellas aldeas, Juil era la más importante para la población ixil, porque allí estaba su lugar sagrado principal. A él pere­ grinaban guías espirituales, principales y población en general. Incluso era visitado por gente procedente de lejos y perteneciente a otros grupos étnicos. El punto religioso más importante se ubicaba sobre un sitio arqueológico y en él se adoraba a una deidad relacionada con el origen del maíz y el calendario ritual. Posteriormente, entre los años de 1981 y 1983 — principalmente bajo el régimen de Ríos Mont—, Juil, Pal y Xaxboc fueron arrasadas por el ejército, al igual que otras aldeas de Chajul, gran cantidad de las de Cotzal y todas las de Nebaj, salvo su cabecera municipal que como las otras fue duramente castigada.

En los primeros días de febrero de 1976, la captura y traición de Fonseca, compañero organizador, aceleró la ofensiva contrainsurgente en la sierra. Esta provocó cambios en nuestros planes, nos puso a la defensiva y desencadenó golpes contra la población organizada de Chajul. Supimos de la captura de Fonseca inmediatamen­ te. Desde ese momento levantamos preventivamente el campamento, donde pocos días antes había estado traba­ jando y estudiando con nosotros. Desde la nueva posición, dos compañeros de la dirección con dos acompañantes se desplazaron hacia Cotzal, para reunirse con los orga­ nizadores, tomar las medidas necesarias para preservar

a la población que nos apoyaba y ver las posibilidades de rescatar a nuestro compañero. Caminaron a paso de avance las horas de oscuridad, pero cuando llegaron camiones del ejército descargaban tropa y los oficiales se afanaban dando órdenes para iniciar operaciones de inmediato. Fonseca estaba resguardado por numerosos soldados y era imposible rescatarlo. Por su dedicación al trabajo, su entrega a la lucha y sus esfuerzos de supera­ ción era especialmente querido por nosotros. Hasta que fue capturado supimos de su debilidad por el licor, pues tanto él como los compañeros procedentes de su localidad nos lo habían ocultado.

Fonseca sucumbió al cuarto día de torturas. Entregó a varios compañeros chajuleños, quienes ante él fueron fusilados. Luego guió al ejército hacia el campamento que ocupábamos al momento de su caída, así como a los depósitos que había conocido.

Su captura y traición fueron los primeros golpes que recibimos directamente contra el destacamento. Este hecho sacudió nuestras conciencias en relación con la envergadura del compromiso asumido y al riesgo real de la tortura y la muerte solitaria en manos del ejército, modalidad de combate en la que muy pocos piensan cuando se incorporan y que en nuestro país es frecuente. Algunos combatientes se mostraron magnánimos con el traidor y no faltó quien lo justificara por el hecho de mediar la tortura. Era necesario, por lo tanto, reforzar la labor política en esos aspectos y revisar el compromiso de cada quien. De ahí que la dirección sistematizara lo que entonces llamábamos Diez Puntos, que eran las reglas a cumplir por todo aquel que se integrara a la organización en la montaña. De hecho los manejábamos, pero no se les había dado cuerpo, ni habíamos hecho un compromiso individual y explícito sobre su base. Entre ellos estaba el secreto que debíamos guardar sobre nuestra organi-

zación, in clu so si salíam o s d e ella; y la p en a d e m u erte para q u ien d esertara, traicio n ara o ab an d o n ara el p u esto de co m b ate p o n ien d o en grav e p elig ro a su s com p añ ero s. La d ire cció n h ab ló in d iv id u a lm e n te co n cad a u no y n os a nuncio tiem pos difíciles. D eb íam os reflexion ar y ratificar nuestro co m p ro m iso sobre la b a se de esos d iez p u n to s, o retirarnos de la o rg a n iz a ció n lib rem en te y en paz. T o d os los p resen tes reite ram o s n u e stra p erm an en cia, in d u d a ­ blem en te con u n g rad o m ay o r de co n cien cia.

C u an d o o cu rrió el terrem o to d el 4 de feb rero de 1976, h a b itá b a m o s u n b o sq u e d e á rb o le s c e n te n a rio s de cu y as ram as co lg a b a n m ech o n es de m u sgo. Q u ien es d orm íam os en el su elo sen tim o s su s fu ertes o scilacio n es v erticales e im ag in am o s en la oscu rid ad a lo s g ig an tes in clin arse so bre n o so tro s. P asad o s u n o s in stan tes, q u e sen tim o s etern o s, la tierra se m eció h o riz o n ta lm en te y v olvió a la q u ietu d . P or los rad io p erió d ico s de la m a ñ a ­ na co n o cim o s q u e el sism o h ab ía afectad o trág icam en te a n u m ero so s p o b lad o s y que a n o so tro s sólo n o s h ab ían llegad o las v ib racio n es telú ricas p eriféricas. E scu ch a m o s con especial aten ción las tran sm ision es rad iales que d aban cu enta de lo s resu ltad o s, así co m o de los aco n tecim ie n to s g en erad o s p o r el v io le n to sa cu d im ie n to . El fe n ó m e n o natu ral h ab ía rev elad o de m an era d escarn ad a las e n o r­ m es d esig u ald ad es so ciales, p u es su s efecto s se h a b ía n co n cen trad o so b re la p o b lació n p ob re. Y a lo s p oco s días, con la aflu en cia de la ayu d a in tern acion al, se ev id en ciaron m ás la in eficien cia y la co rru p ció n g u b ern am en tales. P ero tam b ién n os d im o s cu en ta de q u e la d esg racia m u ltip licó la o rg an izació n p op u lar.

A l p o co tie m p o d el h e c h o re c ib im o s n o tic ia s y a p reciacio n es p o rm e n o rizad as de n u estro s co m p a ñ ero s de la ciu d ad . Y por esos m ism o s d ías g rab am o s p ara ello s el H im n o al S o ld a d o G u errillero .

Días después, al mando de un compañero indígena, quien fungía como responsable militar del destacamento, integré una patrulla cuya misión era explorar la ruta, los alrededores y el área de un campamento de retaguardia para evaluar la conveniencia o no de trasladamos a él. Se llamaba Augusto César Sandino, contaba con un ranchón de palma y con buzones abundantemente abastecidos. Estaba al noreste de nuestra posición, bastante alejado de los puntos poblados. Su accesibilidad era dificultosa para el ejército y su zona era conocida operativamente por nu­ merosos compañeros. Para entonces habían transcurrido dos semanas desde la traición de Fonseca, y aunque él conoció el lugar cuando se fundó, se pensó que lo dejaría de lado porque raramente usábamos un campamento más de una vez. También supusimos que, de haberlo delatado, el ejército ya lo habría visitado y eso lo sabríamos con la exploración. Desde donde estábamos se llegaba en un día de camino, haciendo la mayor parte del trayecto a rumbo, rompiendo monte con el cuerpo.

Luego de avanzar varias horas, salimos a una vereda de mimbreros que corría sobre el lomo de una montaña y que se perdía, como muchas, entre los matorrales. Cami­ nando a paso rápido pronto nos desviamos para tomar un trillo que descendía ladera abajo. Era un sendero peculiar porque no corría sobre tierra firme, sino suspendido a uno o dos metros por encima del suelo. Resistentes matas y arbustos, tupidos y enmarañados entre sí, impedían la penetración del machete hasta su base. De ahí que sólo en la parte superior de ellas fue posible labrar el paso. Al desplazamos daba la impresión de estar haciéndolo sobre un colchón mullido y elástico. Caminar sobre esa superfi­ cie no era fácil, pues se dificultaba mantener el equilibrio y evitar tropezones. Por otra parte, eran numerosas las ramas caídas que, al no poder pasar la espesura vegetal, se constituían en obstáculos formidables que obligaban a

escalar, reptar o inclinarse constantemente. Estando por terminar este tramo escuchamos voces humanas y ladri­ dos de perros que se aproximaban en dirección contraria sobre el mismo trillo. Las características del terreno y de la vegetación nos impedían salir de la senda para escon­ dernos. Inevitablemente debimos volver sobre nuestros pasos, recorriendo ladera arriba el difícil trecho. En veinte minutos desandamos una distancia que habíamos recorrido en el doble de tiempo. Pura adrenalina. Final­ mente alcanzamos un punto donde, divididos por mitad hacia ambos lados del camino, rodamos sobre el follaje. Agazapados y conteniendo la respiración esperamos que pasaran las personas, a las cuales no pudimos ver por estar nosotros debajo de su nivel. Siguieron de largo sin percatarse de nuestra presencia. Supusimos que se trataba de mimbreros que retornaban a sus localidades. Luego de unos minutos reanudamos la marcha y un par de horas más tarde llegamos a nuestro destino.

Dos jornadas después volvimos al campamento base, luego de constatar que no había presencia militar y que tampoco la hubo con anterioridad. Recibido el informe, la dirección y el mando decidieron el traslado al lugar recién explorado. Sin embargo, a los pocos días Fonseca condujo al ejército hacia allí.

La madrugada del 3 de marzo de 1976 me corres­ pondió la penúltima guardia nocturna que era de tres a cuatro. En esa época del año amanecía alrededor de las cinco y cuarto. De manera que a las cinco comenzaban los turnos diurnos. Por precaución especial, dada la ofensiva militar, éstas consistían en guardias-emboscadas, inte­ gradas por varios compañeros. Esa madrugada había niebla espesa, aunque el frío no tenía la intensidad de los meses anteriores, porque se había instaurado la prima­ vera. Llevaba media hora en el puesto cuando enfrente y relativamente cerca, escuché ruido de hojarasca, como si

alguien se arrastrara en mi dirección. Apuntando al lugar esperé atenta para cerciorarme y precisar su ubicación. Efectivamente, el crujir de hojas secas se repitió, esta vez avanzando hacia mí a unos diez metros de distancia. Siempre apuntando hacia el objetivo pedí la seña con voz enérgica. Silencio. Fuerte tensión. Nuevamente el ruido. Estando a punto de disparar razoné que ningún humano avanzaría haciendo tanta bulla luego de haberle pedido la señal. Entonces, casi a mis pies vi un armadillo enor­ me que buscaba el alimento diario. El corazón me latía fuertemente, pero me felicité por no haber disparado. Hubiera provocado una emergencia no sólo innecesaria, sino peligrosa en nuestras circunstancias. Informé al relevo sobre el incidente y regresé al campamento, pero no logré conciliar el sueño. Faltando varios minutos para las cinco pasaron al lado los compañeros de la primera guardia-emboscada del día. Poco después los siguió una patrulla, al mando de un miembro de la dirección, que por ese rumbo saldría en misión. Antes de media hora y al tiempo que esta unidad entraba veloz al campamen­ to, escuchamos varios disparos. Resulta que detectaron tropa del ejército que había dormido cerca de nosotros, sobre el trillo de la cumbre. Nuestros compañeros vieron a los soldados cuando se levantaban. Los militares no se dieron cuenta que habían sido descubiertos y más tarde avanzaron en nuestra dirección. Alertada por la unidad que se replegó, el grupo de guardia los esperaba.

El deber de nuestros compañeros era contenerlos por unos minutos, el tiempo indispensable para evacuar el campamento. La posición de nuestra emboscada era operativamente desventajosa, de abajo hacia arriba en lugar desprotegido, donde sólo contaban con camuflaje y el factor sorpresa. Como no era un lugar propicio para ataques, la tropa se aproximó desaprensiva. En el mo­ mento de las primeras detonaciones nos aprestábamos

a desayunar. La orden fue suspender la comida, apagar el fuego y levantar el campamento de acuerdo al plan establecido. Acostumbrados a utilizar hasta el último grano y viviendo permanentemente con hambre, nadie nos atrevimos a botar la comida. Aun cuando existía la posibilidad de que le quedara al adversario. Nos retiramos muy cargados y algunos llevando, además de su mochi­ la, la de algún combatiente de la contención. Lo hicimos ágilmente pero con cautela y orden. Llevábamos arma en porte y tiro en recámara, en previsión de que hubiese tropa apostada en otras direcciones.

Estando casi todos en el punto de reunión apareció un compañero con la olla rebosante de frijoles en la mano. Sólo su habilidad para desplazarse en terreno tan que­ brado y el espíritu de triunfo explicaban esta ocurrencia. Era uno de los mejores del grupo, diestro guerrillero y gran cantor. Divertido nos dijo que a esos cabrones no les íbamos a dejar el desayuno servido y que tampoco lo íbamos a desperdiciar. Y acto seguido repartió el alimento en raciones iguales. A poca altura nos sobrevolaba un helicóptero, pero la vegetación nos brindaba resguardo y la orden era no evidenciar nuestra posición. Pronto aparecieron los de la contención, sofocados por la carrera que como venados hicieron desde el otro lado de la hon­ donada. En su retirada atravesaron el campamento recién abandonado y uno de los combatientes vio la olla de salsa picante recién preparada. Sin pensarlo dos veces rescató el recipiente al vuelo, y con el preciado condimento en la mano se reincorporó al grupo, quien celebró el gesto. Este joven ixil había causado con su primer disparo un muerto al ejército.

Nuestra defensa le causó varias bajas a la tropa; pero su velocidad para tenderse salvó a Fonseca, quien desarmado y descalzo encabezaba la columna. Pocos meses después se fugó del ejército y buscó contacto con

el destacamento. Quería proporcionar, según dijo, la in­ formación que acumuló mientras estuvo cautivo y recibir de nuestras manos el castigo que merecía por su traición, de manera que su ejemplo no fuera seguido por otros. Luego de grabar su declaración, fue ejecutado por una escuadra de combatientes ixiles. No alcanzaba los veinte años de edad. Nos golpeó profundamente su traición; pero nuestro corazón sufrió igualmente con su muerte. El proceder de Fonseca y su castigo ejemplar nos revelaron en toda su crudeza el lado trágico y las contradicciones propias del proceso emancipador.

Como el combate fue a pocos pasos del campa­ mento, creimos que el ejército entraría al mismo. Sin embargo, dos meses después una unidad nuestra realizó un reconocimiento y encontró todo como lo dejamos. Las bajas infligidas por la contención habían sido suficientes para disuadir al ejército de avanzar y no volver más a dicho lugar.

Nos retiramos haciendo frecuentes paradas con el fin de explorar la ruta que seguíamos. Caminábamos a rumbo y borrando huellas, especialmente en las proximidades de un camino transitado que debimos cruzar. Más adelante, aprovechando que había niebla y llovía, nos detuvimos a cocinar. Pero colocamos vigilancia en varias direcciones y guardamos silencio absoluto. Por la noche no acampamos, sino en fila, tal como íbamos en la marcha, dormitamos sentados unos junto a otros con mochila y equipos puestos. Llovió toda la noche y cada quien se protegió del agua con trozos de plástico. No cenamos y despuntando el día reanudamos la marcha sin probar bocado.

Nuestras posiciones, descubiertas sucesivamente por el ejército, daban la impresión de que nos retirábamos hacia el noreste. Pero en realidad maniobrábamos en el terreno buscando el sureste, adentrándonos en territorios de la Zona Reina. Para lograrlo sin ser vistos debimos

realizar marchas nocturnas en caminos trajinados de día por la población y la tropa. En la oscuridad nos guiábamos unos a otros con luciérnagas o pedacitos de esparadrapo blanco colocado en la parte posterior de las mochilas. De día avanzábamos por terrenos escarpados y tupidos de

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 157-173)