• No se han encontrado resultados

MUJERES DE OBSIDIANA

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 127-143)

Como parte de la labor formativa entre la población simpatizante, la organización realizaba diversas activi­ dades. Por temporadas éstas se sucedían unas a otras. A campamentos específicos llegaban los más decididos y discretos para construir la organización y difundir las ideas revolucionarias en sus localidades. Participé por primera vez en estos eventos algunos meses después del cursillo sobre alfabetización, en 1974.

En esta ocasión el campamento estaba localizado en rumbo diferente, en una cumbre. Llanos, pajonales y bosques de pinabetes de nostálgico aroma conformaban el paisaje. El agua sólo se presentaba en forma de llovizna, escarcha y rocío; debiéndose acopiar de musgos, hojas y recipientes que durante la noche eran depositarios de este líquido vital. Con paciencia colectiva lográbamos reunir diariamente la cantidad indispensable para preparar la comida y la bebida. Imposible lavar ropa o bañarse. Era noviembre y aunque el sol alumbraba varias horas, el frío calaba nuestros huesos día y noche. Para conciliar el sueño era necesario acomodarse unos junto a otros, bajo toldos plásticos, y colocar comales con brasas al rojo vivo junto a los pies. Noche a noche nos dormíamos escuchando los lúgubres y lastimeros aullidos de los coyotes que mero­ deaban el campamento.

Estábamos a una altura aproximada de 3, 000 m SNM y rodeados de población. Por cualquier lado que se descendiera, luego de horas de caminata, se llegaba a tierras cultivadas y viviendas campesinas. Y muy cerca de nuestra posición se localizaban varias cabeceras muni­ cipales. Por eso los movimientos del grupo se hacían con sigilo. Sin embargo, la presencia de tropas, autoridades o

extraños en los alrededores la conoceríamos con el tiempo suficiente para tomar las medidas del caso. La población organizada velaba por nuestra seguridad.

Miembros del destacamento había cuatro o cinco. Participantes éramos alrededor de setenta; la mayoría eran indígenas. Habíamos cuatro mujeres: dos ladinas de capa media urbana, una campesina ladina y una campe­ sina indígena. Esta compañera era madre de dos niños y esposa de un dirigente local, quien se quedó al frente del hogar para que ella abriera el sendero que años después recorrerían centenares de mujeres de la región. Esta pareja era entonces una excepción. Para llegar al campamento se había quitado por primera vez su traje y se había puesto pantalones y botas. También hubo casos en que participaron conjuntamente hijo, padre y abuelo. Y entre los presentes había varios ancianos, cuyo entusiasmo y esperanza los hacía soportar las penalidades de las condi­ ciones en que trabajábamos. Invariablemente lamentaban no tener la energía de la juventud para luchar por su dignidad y emancipación social. Y nunca faltó quien nos preguntara por qué habíamos llegado hasta entonces. A uno de ellos, a quien diariamente había que frotarle el cuerpo con alcohol y colocarle mucho fuego cerca para evitar que se helara, quisimos persuadirlo de volver a su casa, pues temíamos que muriera de frío. Imposible. No estaba dispuesto a perder la primera oportunidad que la vida le brindaba para comprender el por qué de su miseria y cómo hacer para romper las cadenas que por generaciones los sujetaban. Todos llegaban con un modesto aporte de maíz, sal o pinol para el sustento de la colectividad, única manera de poder alimentar a tanto participante. Casi todos vestían su única mudada, raída y remendada múltiples veces; la mayoría eran descalzos o se habían calzado por primera vez con botas de hule

para asistir al cursillo. Se protegían del frío con sacos y suéteres tan viejos y agujereados como sus trajes.

Las charlas y el entrenamiento se daban en castella­ no e ixil. Las primeras las impartíamos diversos compañe­ ros; el entrenamiento lo dirigió uno solo. Se trataba de un indígena veterano de los sesenta, entrenado en guerrilla y contraguerrilla. Como todos los indígenas fundadores del destacamento, era originario de Baja Verapaz. Fue uno de los compañeros clave para levantar el trabajo en la región ixil.

En la organización existía el planteamiento de que las mujeres debíamos participar en la sociedad y en la lucha revolucionaria en términos de equidad con el hombre. Sin embargo, en aquellos años de trabajo inicial era difícil persuadir a las primeras bases populares sobre ello. Cuando les preguntábamos por qué no participaban más mujeres, nos respondían que ellas no podían porque estaban criando a sus hijos; que debían cuidar la casa y los animalitos que poseían; que eran débiles y no aguantaban a caminar entre la montaña, ni soportarían el frío de las cumbres. También decían que la mujer es chismosa y no guarda el secreto. Y afirmaban que la guerra es cosa de hombres. Les preguntábamos cómo se explicaban que estuviéramos varias mujeres allí. Y les contábamos que algunas teníamos marido e hijos; que el primero nos apoyaba en las tareas del hogar para poder asistir. Pero alguno replicaba: "Sí, tenés razón, pero vos sos ladina y estás estudiada. Eso es aparte, pero aquí es otra cosa". Insistíamos con el ejemplo de las compañeras campesinas, quienes se estaban alfabetizando con la organización. Pero no había manera. Las ideas y las costumbres de siglos pesaban como su pobreza.

En ese tiempo, la organización no tenía materiales de formación política. No los había para la militancia, mucho menos para la población que se organizaba en

función de la guerra de guerrillas. Esos primeros cursi­ llos y largas conversaciones con la población fueron el punto de partida para elaborar la serie de materiales que, a partir del año siguiente, se produjeron en la montaña. Cuando comenzamos teníamos ideas generales y básicas sobre diversos temas; pero también las había nebulosas y encontradas. En ese cursillo una de las charlas se refería a la opresión y emancipación de la mujer. Fue la que me asignaron.

Entre otras cosas, les decíamos que las mujeres valía­ mos igual que los hombres porque ambos éramos huma­ nos y trabajadores; que teníamos corazón e inteligencia como ellos; que las mujeres constituíamos la mitad de la población y era necesario que participáramos también en la lucha de los pobres; que para triunfar necesitába­ mos apoyarnos y superarnos unos y otras. Les hacíamos ver cómo el trato que numerosos hombres daban a las mujeres no era ni digno ni justo y que la costumbre de maltratarnos y despreciarnos debía abandonarse; que no éramos mercancía para que nos vendieran y compraran, sino que teníamos derecho a decidir nuestras vidas, y con quién y cuándo casarnos; que era necesario comenzar los cambios en cada casa, en cada localidad; que para lograrlo era necesario que las mujeres hablaran por sí mismas lo que pensaban de su situación, y que ellas decidieran cómo participar de acuerdo a su conciencia y a su situación particular. También les decíamos que era necesario que las mujeres se alfabetizaran y participaran en las charlas y cursillos. Y les enumerábamos las múltiples tareas y fun­ ciones que podíamos desempeñar, incluyendo los aportes de niñas y ancianas.

Finalmente, invitábamos a los participantes a co­ mentar lo expuesto. Pero al concluir esta exposición se hizo un silencio prolongado. Todos estaban serios, pasaba el tiempo y nadie pedía la palabra. Me sentí incómoda

pero permanecí callada y expectante. Un compañero pidió la palabra y se puso de pie; era dirigente de los presentes. Vi el cielo abierto, pues no era fácil que estos compañeros hablaran ante quienes no fuésemos de su comunidad, ni indígenas. Menos aún si sus interlocutores éramos muje­ res hablando sobre su opresión contra nosotras. Con su intervención tendría una referencia objetiva para evaluar el resultado inicial de nuestra exposición. Este compa­ ñero comenzó diciendo: "La compañera tiene razón", luego enumeró con sorprendente fidelidad las razones que habíamos dado para fundamentar la igualdad y la participación de la mujer. Me sentía feliz, pues los plantea­ mientos se habían entendido y un dirigente me daba la razón. Y esto era clave para determinar la actitud de los demás. Sin embargo, mi felicidad duró un suspiro, pues serio y tranquilo prosiguió: "De ahora en adelante, pues, ya no les vamos a pegar a nuestras mujeres con machete, porque a veces bolos, en vez de darles planazos, les damos filazos y las herimos. De ahora en adelante, cuando nos enojemos con ellas, sólo les vamos a pegar con varejón de guayaba".

Su intervención me quedó grabada como marca de hierro candente. Nadie más pidió intervenir y la charla terminó. Era el primer encuentro de varios de nosotros con la población receptiva al mensaje revolucionario y deseosa de participar bajo la conducción de la organi­ zación. Estábamos conscientes de la explotación y de la opresión que todos ellos sufrían, lo cual los hacía sensi­ bles a todo proceder que pudiera parecerles insistencia, presión, regaño. Si no teníamos tacto, podían retirarnos su confianza. Además éramos las primeras mujeres que en esa vasta región iniciábamos, de palabra y de acción, la lucha por nuestra equiparación. Y también las primeras que reivindicábamos nuestro derecho a la rebelión contra toda forma de opresión y explotación. Así que sólo los

exh orté a seg u ir p en san d o so bre el tem a. P ero p or dentro estab a d esco n so lad a. ¿Es q u e d eb íam o s co n fo rm arn o s con q u e la reiv in d ica ció n fem en in a in icial en esta reg ión fuera q u e "s ó lo le p eg u en a u na con v arejó n de g u ay ab a"? N ecesitáb am o s h ablar d irectam en te con las m u jeres, pero ¿cóm o y d ón d e podíam os hacerlo si no llegaban a nuestros ca m p am en to s y tod av ía no h abía co n d icio n es p ara que n o so tras v isitáram o s sus casas?

P ara en to n ces h abía leíd o algo so b re la o p resió n de la m u jer y su p articip ació n en las lu ch as de liberación. E sp e cialm en te lo había h ech o so bre la ex p erien cia v iet­ n am ita, d o n d e el p artid o d irig en te lo gró co n stitu ir un v erd a d ero ejé rcito p olítico in teg rad o p or m u jeres. Por otra p arte, algu n as m ilitan tes de en ton ces m an ten íam os la g u ard ia en alto, pues sabíam os q u e ni h om b res ni m ujeres en tráb am o s tran sfo rm ad o s a la lu ch a rev o lu cio n aria. Y n os d áb am o s cu en ta cu án d ifícil era para los com p añ eros, in clu so con añ os de m ilitan cia, co b rar con cien cia so b re su p ap el de op reso res y cam b iar su m en talid ad . Y m ás aún, cam b iar su s p rácticas al resp ecto. D e una u otra m anera, en u no u otro m om en to, aflo raba la su b estim ació n hacia n o so tras. S in em b arg o , d esa n im a d a m e d irig í a in fo r­ m ar a uno d e los resp o n sab les so bre la activ id ad recién con clu id a. Sin extrañ arse m e d ijo q u e d esg raciad am en te ése era el p u n to de p artid a de n u estro trabajo ; q u e era d ram ático , in clu so trágico, p ero q u e era la realid ad ; que nuestro pu eblo estaba su m ido en el atraso que p ro d u cen la exp lotación y la o p resió n de siglos. N o p o d íam o s pedirle qu e co m en zara de m ás ad elan te, p u es si lo forzáb am os a h acer lo q u e tod av ía no co m p re n d ía, el av an ce sería ap aren te y se d erru m b aría m ás tem p ran o que tard e; que con esos exp lotad os y op rim id os de nuestro país ten íam os q u e im p u lsar la rev o lu ció n o no h abría rev o lu ció n ; que se g u ra m en te, co m o h ab ía su ced id o en o tro s asp ecto s, m ás de alg u n o se g u iría p en sa n d o en el asu n to y que,

poco a poco, gracias al conjunto de nuestro trabajo, irían reaccionando positivamente. Lo escuché en silencio y me retiré pensando en cuán difícil y lento sería el proceso de transformación social al que estábamos abocados, pues no sólo debíamos luchar contra un adversario poderoso, sino contra prácticas inhumanas y erradas en el seno del pueblo. Y esto requería desplegar un titánico trabajo cultural, político y organizativo entre nuestras bases, sin recursos y perseguidos.

El entusiasmo y el deseo de derrocar al régimen nos hacían aprender los conocimientos operativos propios del combatiente en tiempo récord. Pero el vital aprendi­ zaje de las complejidades de la política y de la realidad guatemalteca, así como la formación de la conciencia revolucionaria, eran lentos y contradictorios.

En los recorridos que tiempo después realizamos, ganando corazones y mentes para la revolución social, conocí a mujeres de muy diversa experiencia, forma de verse a sí mismas y actitud ante la vida. Aunque todas eran campesinas, había diferencias y particularidades entre ellas. Malín, por ejemplo, era una kanjobal de cin­ cuenta años. Cuando la conocimos era abuela, vivía con su tercer marido y acababan de adoptar a una niñita. Luego de encontrarnos varias veces, accedió a narrarme su vida. Era la menor de nueve hermanos huérfanos de padre des­ de su tierna edad. La madre, viuda, decidió permanecer sola y dedicarse a sacar adelante a los hijos. El marido les había dejado tierras y la casa de madera y tejamanil donde vivían. Estas propiedades estaban a cuatro horas a pie de San Mateo Ixtatán. La mamá de Malín era extraor­ dinariamente laboriosa y emprendedora; nunca estaba sin oficio. Fabricaba ollas de barro, confeccionaba redes, mecapales y lazos de chech — una especie de maguey cuya fibra ella misma procesaba —; liaba cigarros, tejía parte de la ropa familiar, criaba animales domésticos, sembraba

una h o rtaliza y co cin ab a los alim en to s p ara su n u m erosa prole. D esd e que el esp oso m u rió orientó a tod os los hijos, h o m b res y m u jeres, al trabajo agrícola.

A ño co n año b otaron m o n tañ a, p rep araro n la tierra, sem b raron , d esh ierb aro n y co sech aro n . P or tem p o rad as la m ad re con tratab a m o zo s p o rq u e los h ijos n o se daban abasto. P ero en n in gú n m o m en to los exon eró del trabajo. Fue así que M alín y sus h erm an as, a d iferen cia de las otras m u ch ach as de los alred ed o res, ap ren d iero n ag ricu ltu ra y lleg aron a m an ejar con d estreza el m ach ete, el h acha, el azad ón , el g arab ato y la p ied ra de afilar. La fam ilia tam b ién tenía un reb añ o con cien to cin cu en ta ov ejas que pastaba en sus tierras, cuyo estiércol u tilizab an com o ab o ­ no. C om en zaron com p ran d o una pareja cu an d o estos an i­ m ales co stab an Q 5.00 cada uno. Y a partir de ella lo graron u na rep ro d u cció n san a y ab u n d an te. Por lo g en eral, los p erros so los p asto reab an el h ato, lo co n d u cían al cam p o por las m añ an as y lo reg resab an al corral cu a n d o atar- decía. C om o las tierras eran p ro p ias y ex ten sas, no h abía p elig ro de q u e las ov ejas d añ aran siem b ras ajen as.

La ru tin a de M alín y su s h erm an o s fue lev an tarse de m ad ru g ad a a realizar las lab o res ag rícolas; v olv er a la casa a lred ed o r de las on ce de la m añ an a p ara d esay u n ar y en el trayecto co rtar leña. H acían de tres a cin co v iajes segu id o s carg ad o s con ella, h asta reu n ir de d iez a q u in ce tercio s d iarios. P u es la m ad re con su m ía el co m b u stib le de pino p ara la com id a fam iliar y p ara la fab rica ció n de trastes de barro. T am b ién acarreab an agu a d esd e un pozo retirad o. C ad a h erm an o h acía tres v iajes al m ed io día y tres al atard ecer, llev an d o una tin aja carg ad a a m ecap al. Só lo el acarreo del agua les co n su m ía a lred ed o r d e tres h oras diarias. La m ad re les p eg aba cad a v ez qu e ro m p ían una vasija, en ese ir y venir por terren o quebrad o. Al rep ri­ m irlos les decía: "P a ra que n o se acostu m b ren a q u e b ra r". U na v ez p or sem an a, de siete a d oce del día, lav ab an su

ropa en el río más próximo y allí se bañaban. Por su parte, la madre y la hermana mayor caminaban todos los miér­ coles al mercado de San Mateo y permanecían allí hasta el medio día del jueves. Y los domingos toda la familia iba al pueblo. En ambos casos salían entre cinco y seis de la mañana, para llegar a la plaza a las diez u once. El regreso lo emprendían a la una de la tarde para arribar a su casa entre las cuatro y las cinco. Todos iban cargados porque llevaban a vender verduras, huevos, manojos de fibra de

chech, mecapales; también lazos, redes, ollas, cigarros y lana. Vendían en pequeña escala y no siempre llevaban de todo. Del mercado regresaban con panela, fósforos, sal, carne de res y parte de su ropa, la cual compraban a los solomeros.

Malín me confió que, aunque siempre comieron bien y variado; aunque vivieron en una casa buena y tuvieron tierras en abundancia, trabajaron sin descanso toda su niñez y adolescencia. Y que, al igual que sus her­ manos, nunca asistió a la escuela porque su madre decía que era más importante trabajar. Pero además, el centro educativo quedaba retirado y el camino hacia él era con­ siderado peligroso para las jóvenes. Afirmó que para ella fue triste sólo trabajar, no asistir a la escuela y únicamente hablar su idioma. Desde pequeña quería aprender castilla y alfabetizarse. Dijo enfática que si la hubiesen enviado a estudiar no se queda en esas montañas: "Busco mi vida lejos, me voy a conocer otras partes y otras gentes". De ahí que los consejos de una vecina surtieran efecto en los oídos de Malín. Esa mujer le recomendó que se casara, pues así dejaba de trabajar y un hombre la mantenía. A ella le pareció buena la idea, así que a los quince años se huyó con un hombre que le doblaba la edad. Con él se fue a vivir a Suchitepéquez, en la costa sur, donde fueron mozos colonos durante doce años. Ganaban entre 25 y 30 centavos diarios, realizando labores agrícolas en una

finca. Allí tuvieron cuatro hijos, de los cuales sobrevivie­ ron dos. La comadrona que la atendió cobraba Q30. 00 por atender el alumbramiento y cuidar al niño y a la parturienta durante veinte días. Como la mayoría de los rancheros vecinos eran quichés, Malín aprendió bastante de ese idioma, el cual le gustaba mucho. También llegó a expresarse en castellano y a relacionarse por igual con trabajadores indios y ladinos.

Una vez al año Malín viajaba a su tierra de origen, para la fiesta de Santa Cruz Barillas, municipio vecino a San Mateo de donde era originario su marido. Sin embargo, Malín se cansó de esa vida porque el esposo le pegaba, bebía mucho y era "mujelero". Así que un buen día, cuando ella tenía 27 años, sin decirle nada lo abandonó. Con sus dos hijos y un atado de ropa tomó

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 127-143)