En aquellos primeros años, cuando en la conducción de la organización dominaban los criterios políticos y los acon tecimientos no nos habían desbordado, directamente y por diversos medios se adquiría información sobre la realidad concreta de los lugares donde buscábamos echar raíces. De ahí que, luego de trabajar en Quetzaltenango y Toto- nicapán, con mi compañero buscáramos un empleo que nos permitiera instalarnos en Huehuetenango, El Quiché o Alta Verapaz. Nos interesaban los municipios norteños de tales departamentos, pues era donde se irradiaba el trabajo político y organizativo del destacamento guerrillero del EGP. Y a nosotros nos correspondía proporcionar a nues tros dirigentes — quienes se encontraban en la montaña o clandestinos en las ciudades — un panorama económico, político y cultural de esas zonas.
Logramos establecernos en la zona ixil, localizada en las montañas de Los Cuchumatanes, al norte de El Quiché. Sus cabeceras municipales eran pequeños pobla dos, compuestos de casas de adobe y teja o de ranchos de paja, tejamanil y palizadas. Difícilmente llegaban a tener tres mil habitantes cada una. La mayoría de la población vivía dispersa en decenas de aldeas, caseríos y parajes, unidos unos a otros por veredas. Salvo en Cotzal, no había caminos interiores para el tránsito de vehículos. Todas las localidades estaban bordeadas por bosques centenarios de pino, pinabete, encino y ciprés. Son lugares siempre verdes, húmedos y sumamente quebrados, donde llueve más de ocho meses al año. En las partes más altas de Los Cuchumatanes, al norte de esas cabeceras, hay un sinfín de quebradas y ríos que, al unirse en su ruta hacia la vertiente del golfo, forman los grandes ríos selváticos: el
Ixcán y el Xaclbal, afluentes del Lacantún que corre en tierra mexicana; el Copón y el Tzejá, afluentes del Chixoy, río limítrofe entre El Quiché y Alta Verapaz.
El empleo nos daba posibilidades de entablar relacio nes con autoridades y con exponentes del poder local. Y también nos vinculaba con empleados públicos en las áreas de salud, educación y servicios. De manera que tuvimos acceso a lugares y recursos de interés. Por otra parte, consultamos estadísticas, fotografías y mapas que tuvimos al alcance sin llamar a sospecha sobre nuestro tra bajo militante. La regla de oro fue no mostrar interés por el quehacer político ni por la problemática social. Evitamos y declinamos relaciones con luchadores sociales y población pobre, salvo por razones de vecindad y cortesía. Estos vínculos los cultivaban compañeros indígenas, miembros del destacamento. Y su trabajo no tenía relación directa con el nuestro. Es más, no nos conocíamos entre sí.
Observamos acuciosamente la cotidianidad, los días de mercado, las festividades y su calendarización; el movimiento comercial, el ciclo agrícola y migratorio. Recorrimos cabeceras municipales, aldeas y caseríos. No pocas veces, la gente nos tomó por gringos o pastores evangélicos y nos pidieron "moni" (money) y "píchur"
(picture).
Poco a poco desentrañamos cuál era la estructura del poder local y cuáles eran sus vínculos con el poder fuera de la región. Pero para lograrlo tuvimos que vivir situaciones desagradables, aparentar valores propios de dominadores, callarnos la boca.
A pesar de tener conocimiento sobre la rapacidad y la violencia de quienes se enriquecen a costa del trabajo, la dignidad y la vida ajenas, nos resultaba golpeante, hasta increíble, ver los niveles que alcanzaba en esas regiones. Había terratenientes y contratistas que seguían usando el cepo y el látigo para castigar a los indígenas que come
tían alguna falta o que no pagaban pequeñas deudas. Y lo hacían con la mayor naturalidad y certeza de estar en su derecho. Había usureros que como garantía de pago de cantidades pequeñas con intereses leoninos —del 5 al 20 por ciento mensual, incluso semanal—, exigían joyas ancestrales, productos agrícolas, escrituras o documentos de casas y terrenos; o demandaban la servidumbre de es posa e hijos mientras se saldaba la cuenta. Personalmente presencié un caso de estos cuando, cierto día, pagaba la renta de nuestra casa a la propietaria. Ella era comerciante, propietaria de varias fincas y casas, prestamista. Tenía entonces más de sesenta años; era blanca nacida en la región y viuda de un terrateniente y contratista. Sus hijos eran profesionales, vivían en la capital y habían viajado por el mundo. Ella no quiso salir del poblado donde nació. Habitaba un caserón de esquina, frente a la plaza, acom pañada de fieles servidores indios. En esa oportunidad vi y escuché cuando un campesino misérrimo le pedía más días de plazo para pagarle un préstamo. Había llegado acompañado de su mujer e hijos pequeños. La usurera res pondió que estaba bien, siempre que le dejara a la esposa y sus niños sirviéndole en la casa. El hombre se fue solo. Muchas deudas eran imposibles de pagar y el indígena no sólo perdía pertenencias, casa, terreno o familia, sino que permanecía trabajando de por vida para el acreedor. Algunas deudas eran hereditarias.
Los hermanos Brol Galicia, propietarios de la finca San Francisco en San Juan Cotzal, habían despojado de sus tierras a numerosos campesinos; también se habían apropiado de tierras comunales, valiéndose de trampas, engaños y compra de autoridades. Desde años atrás desarrollaron el colonato, pero pasadas varias décadas decidieron despedir a los mozos colonos sin darles in demnización, compensación alguna o alternativa. Los trabajadores suplicaron sin lograr nada. Los patrones
insistieron en que abandonaran los ranchos que habitaban en terrenos de la finca. Los campesinos no se movieron... ¿A dónde podían ir si nacieron y trabajaron allí toda la vida?; ¿si el salario devengado no les alcanzó sino para medio comer?; ¿en dónde más podían laborar si no había fuentes de trabajo en la zona y la finca usurpaba tierras comunales? En respuesta, los finqueros derrumbaron las viviendas con todo lo que tenían dentro. Para ello se valieron de empleados de confianza, verdaderos esbirros. Los indígenas rescataron lo que pudieron de entre los escombros, y construyeron improvisadas champas donde habían estado sus viviendas y huertos. Así continuaron su resistencia pacífica, silenciosa, desesperada. La represión se ensañó entonces en ellos y numerosos dirigentes indios de la región fueron perseguidos y asesinados.
A comienzos de los setentas, la finca San Francisco ocupaba la mayor parte del municipio de Cotzal. Tenía una extensión aproximada de 111 caballerías (4, 749. 69 Has. ) y pretendía expandirse todavía más. No sólo des pojaba impunemente, al igual que otros terratenientes de la región, sino que hacía encarcelar a quienes se resis tieran a abandonar sus tierras y buscaran formas legales de hacer valer su derecho. La finca producía alrededor de 30 mil quintales de café y era una de las mayores productoras de ese grano a escala nacional. Sus propie tarios compraban autoridades, violaban mujeres indias y vivían cómodamente en cabeceras municipales aledañas o en la capital del país. En el medio burgués pasaban por personas honorables y distinguidas. Pero en la zona ixil, capitalistas como ellos producían heridas profundas que abonaban el terreno para la lucha de todos aquellos que no se resignaban a tan injusto destino.
Las mayores fuentes de enriquecimiento y mo vilidad social en la zona eran la contratación de fuerza de trabajo migratoria y el comercio. El sistema de con
tratación fue introducido a través de agentes ladinos de origen español, italiano, mexicano, entre otros. Y consistía en que estas personas, que estaban vinculadas a una o más plantaciones de la costa y bocacosta, se establecían en regiones apartadas para contratar fuerza de trabajo barata en los periodos de cosecha. Cada agente ganaba una comisión proporcional al número de jornaleros que le aportaba a las fincas. Tal suma de dinero era, en realidad, una parte del salario de los trabajadores. Estos eran mo- nolingües en su idioma mayense, analfabetos, no estaban organizados y fácilmente eran engañados y maltratados. Durante décadas, cuando no había caminos hacia la re gión, se desplazaron a pie desde sus lugares de origen hasta las plantaciones, recorriendo 150 y más kilómetros por cuenta propia. El sistema de contratación vinculó esas regiones con el resto del país; generó el acaparamiento de tierras indígenas en manos de ladinas; sentó las bases del empobrecimiento acelerado de la población en esas montañas. El cultivo del café a escala de exportación sig nificó para los indígenas de esa región peonaje por deuda, colonato a distancia, paludismo, entre otras cosas.
Por su parte, en camiones propios, los comercian tes sacaban productos agrícolas locales obtenidos a bajo precio para venderlos al doble o triple en mercados ma yores; e introducían productos industriales y agrícolas procedentes de las ciudades y otras regiones. Visitando las tiendas principales constatamos que los productos que consumían los habitantes de esas montañas se reducían a: hilos, telas, tintes textiles, calzado y artículos plásticos; ropa de partida, sombreros, frazadas; sal, azúcar, panela, chile, refrescos, licor, tabaco, candelas, fósforos; herra mientas agrícolas elementales, clavos, linternas, baterías; abonos químicos, láminas para techar. En aquel tiempo no detectamos que se vendieran localmente radios de
transistores, televisores o bicicletas, por ejemplo. Tampoco vimos farmacias.
En una o dos generaciones, contratistas y comercian tes prosperaban vertiginosamente. Y cuando ya no podían multiplicar su riqueza en la zona se trasladaban a la cabe cera departamental, o a la capital del país. O enviaban a sus hijos a realizar estudios o a emprender negocios a esos lugares. No pocas familias — de renombre nacional por su riqueza —, acumularon así su capital. Basta remontarse a los abuelos, si mucho a los bisabuelos, para comprobar esa verdad.
Había ricos que antes de dar trabajo a un indígena, que de ello dependía para sobrevivir, le exigían disponer de la esposa o de las hijas para tener relaciones sexuales con ellas. El mestizaje por esas y parecidas razones era numeroso, inequívoco y se remontaba a finales del siglo pasado, cuando los ladinos empezaron a llegar.
La masa indígena poseía o arrendaba tierras cansa das, quebradas o en laderas pronunciadas. Trabajaba con su propia fuerza para lograr cosechas magras, las que no alcanzaban sino para alimentarse una parte del año. Las fuentes de trabajo escaseaban y en las pocas que existían eran comunes los salarios de ocho, diez y quince centa vos por jornada de ocho y más horas, aunque algunos llegaban a ganar hasta cincuenta centavos por jornal. No había séptimo día, ni pago por horas extras; mucho menos aguinaldos o prestaciones laborales. Los ingresos monetarios de la población mayoritaria nunca llegaban a veinte quetzales mensuales por familia. En esas condi ciones el costo de la vida y los impuestos, especialmente el boleto de ornato, eran resentidos con agudeza por la población paupérrima.
En las épocas de migración a la costa y bocacosta, presenciamos cómo los trabajadores eran hacinados de pie, tratados con grosería y tapados con lonas sucias o
impregnadas de insecticida. Así hacían un trayecto de ocho o más horas entre su localidad de origen y la finca de destino. Muchos viajaban con su esposa y sus hijos porque todos contribuían al trabajo, o porque no quedaba alimento alguno en la vivienda. El capitalista y su contratista, algunas veces indígena y numerosas veces ladino, no velaban sino por su ganancia. Ni la enfermedad ni la debilidad a causa de las condiciones del transporte liberaban al indio de su deuda. Y, salvo excepciones, en las fincas los alojaban y alimentaban infrahumanamente. Eran altas las tasas de mortalidad y de enfermedad entre los trabajadores migratorios. Los ingresos que percibían los empleaban para adquirir maíz, sal y ropa principalmente.
La región ixil, agrícola en su totalidad, dejó de ser autosuficiente en maíz desde las primeras décadas de este siglo, cuando comenzó el acaparamiento de tierras en manos de los ladinos, quienes produjeron para ven der fuera de la región. Aunque el poder estaba en manos de ladinos, habían algunos indígenas poderosos aliados a ellos. Sin embargo, la estratificación económica de la población india era escasa.
En las cárceles de las cabeceras departamentales se encontraban prisioneros numerosos indígenas. No pocos estaban detenidos por haber denunciado la usurpación de tierras propias o comunales; por haber sido sorpren didos cortando leña —único combustible al que tienen acceso — en áreas restringidas o de propiedad ajena; por no haber pagado alguna deuda. Frecuentemente, estos prisioneros no hablaban español, no conocían las leyes, no tenían defensor ni traductor, no conocían su delito. Y podían pasar años encerrados. Mientras tanto, los usurpa dores de tierras gozaban de libertad y usufructuaban sus nuevos dominios; los traficantes de madera sacaban de áreas restringidas o sin autorización, camiones con trozas de árboles centenarios ante la vista de las autoridades; y los
usureros expoliaban sin cortapisas a sus deudores. En las zonas norteñas de los departamentos de Huehuetenango, El Quiché y Alta Verapaz no había hospitales ni centros de salud. En algunas cabeceras municipales había una clíni ca pública pobremente equipada, atendida por personal ladino — un médico y una enfermera — que no hablaban el idioma local, que no se auxiliaban de traductor y que proporcionaban una atención rutinaria, discriminadora y, no pocas veces, deshumanizada. Varias veces fui a consulta a estas clínicas a causa de malestares propios o de mi hijo. Invariablemente él y yo éramos los únicos ladinos entre numerosos pacientes indígenas. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos que llegaban caminando y sin comer des de aldeas remotas. Se veían cansados y tristes. Sus ropas lucían raídas y sucias. Casi siempre guardaban silencio y con paciencia de siglos hacían fila para ser atendidos, es peranzados en alguna cura para su mal de miseria. A veces ellos mismos o el personal médico me decían que pasara adelante; que no hiciera la cola que hacían todos. A unos y a otros les parecía extraño que agradeciera, pero que no aceptara y esperara mi turno. Al ser recibida me decían cosas como: "Hubiera pasado antes, ellos están acostum brados a esperar"; o "son indios, no se preocupe". Cuando comentaba algún caso grave al médico o a la enfermera, me respondían que no había prisa porque, de todas maneras, no podían hacer nada; que eso era de todos los días. Yo comprendía lo limitado de sus recursos y el hecho de que eran la última ramificación de un aparato estatal ineficaz, y dentro de un sistema explotador y discriminador. Pero me indignaba su actitud pasiva y conformista y el trato que daban a las personas.
En la región había pocas escuelas primarias y la mayoría se localizaba en la cabecera municipal y aldeas vecinas. No pocas veces un solo maestro atendía dos y tres grados simultáneamente. No había textos, material
didáctico ni bibliotecas. Los profesores solían ser ladinos que no hablaban el idioma local y que, casi siempre, eran discriminadores y terriblemente machistas. No existían escuelas secundarias ni técnicas.
Para todo observador atento era perceptible la pro funda división entre indios y ladinos. La opresión de los segundos sobre los primeros era evidente. Donde casi la totalidad de la población era india, hablaba un idioma mayense y era analfabeta, la mayoría de las autoridades eran ladinas, sólo hablaban español y la educación se impartía en castellano. La espiritualidad indígena era ca lificada de idólatra, de pagana; sus guías espirituales eran llamados brujos. La fiesta local principal era celebrada por separado y las autoridades sólo daban apoyo económico a los eventos ladinos. Los indígenas eran mayoritariamente trabajadores manuales, sirvientes, deudores. Los ladinos eran casi siempre autoridades, patrones, grandes y media nos propietarios. Los ladinos se comportaban igualados y confianzudos con las autoridades; los indígenas eran respetuosos, incluso sumisos ante ellas. Los ladinos eran tratados con deferencia y respeto en oficinas y estable cimientos de todo tipo; los indígenas con autoritarismo, desprecio, desgano. Al ladino se le trataba de usted; al indio, de vos. Los pocos indígenas que lograban formarse como técnicos, maestros o profesionales emigraban en busca de mejores oportunidades.
Nuestra actividad era intensa. Cuando no estába mos explorando la región, haciendo alguna entrevista u observando un hecho, estábamos sistematizando la información. Y nuestra jornada laboral se multiplicaba porque debíamos atender el trabajo remunerado, las tareas domésticas y a nuestro hijo. Sin embargo, duran te dos o tres horas diarias contábamos con el apoyo de una joven ixil, quien lavaba nuestra ropa y cuidaba por ratos al niño. Fue imposible prescindir de sus servicios,
puesto que todo hogar ladino tenía, cuando menos, una empleada. Y la misma dueña de la casa la llevó sin que se lo demandáramos. Cata era una muchacha vivaz, no pasaba de los quince años y vivía en las afueras del poblado. Visitamos a su familia algunas veces invitados por sus padres. A ella le gustaba llevar a nuestro hijo a la espalda, sujetado con su perraje; y así corretear por callejas y veredas. Al niño le gustaba el juego; a mí me daba temor que rodaran los dos por el suelo. Pero luego de varias carreras me acostumbré y para alegría de todos no hubo accidente alguno. Igualmente felices fueron mis experiencias de recomendar a mi niño, por uno o más días, a vecinas ladinas e indígenas. Lo cuidaban con amor y preferencia, pues él era "regalado": se iba con todas las personas y reía con facilidad. También era gordito, activo y cometón; eso le gustaba a la gente.
Cuando nos instalamos en la región ixil yo tenía más de diez años de conducir vehículos. Adolescente aún, aprendí a hacerlo con pericia y en muy diferentes circunstancias. Y, desde entonces manejé con frecuencia en poblados y carreteras del país. Tenía experiencia e inde pendencia para hacerlo. Sin embargo, al conocer el tramo entre Sacapulas y los poblados ixiles consideré que no me atrevería a manejar allí; mucho menos de noche, con lluvia o con niebla. Tuve miedo de recorrer sola, o acompañada de mi hijo, ese camino estrecho, lodoso y flanqueado de precipicios. Era una ruta solitaria que carecía de pobla ción, señalizaciones, servicios mecánicos, gasolineras. Había tramos en los que, al encontrarse con otro vehículo
— generalmente camiones y c a m i o n e t a s -, uno de los dos debía maniobrar en retroceso decenas de metros, hasta localizar un punto donde justamente, entre barranco y paredón, los automotores cupieran uno al lado del otro para continuar su ruta. Pero los vehículos patinaban en el lodo y con frecuencia la neblina o la lluvia no permitían
la visibilidad más allá de dos o tres metros. El tráfico era escaso, pero suficiente para requerir ese tipo de maniobra dos o tres veces. Sin embargo, más tardé en sentir esos temores que en recorrer ése y peores caminos.
En poco más de un año transporté a varios miem bros del destacamento. Salían a reuniones de trabajo o a curarse. Durante el trayecto conversábamos poco y sobre cuestiones generales, pues no debíamos dar evidencias ni preguntar sobre el trabajo, vida y funciones respectivas. El traslado de compañeros, el trasiego de recursos y el trans porte de comunicaciones se procuraban realizar en viajes diferentes. Era una regla de oro no juntar dos o más mi siones, pues en el caso de tener problemas —de la índole que fueran — serían más las implicaciones y dificultades. Los contactos que realicé para llevar a cabo estas tareas fueron puntuales, rápidos, sin saludos ni pláticas de por medio. Eran tareas eminentemente operativas en las que la disciplina, la discreción y la precisión eran fundamen