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UNA MAÑANA DE OCTUBRE

In document Mujeres en la Alborada - Yolanda Colom (página 99-111)

En el viaje que emprendí hacia el altiplano noroccidental días después no fui de piloto como en otras ocasiones, sino de acompañante; y sería yo quien descendería del vehículo en algún punto. Conducía un viejo amigo, compañero de inquietudes sociales y peripecias contestatarias desde los años estudiantiles. Nos habíamos incorporado al EGP en la misma época. Él provenía de una familia oriental, de raigambre campesina y comerciante, allegada al MLN, el partido anticomunista más caracterizado. Pero emigró a la capital para realizar estudios universitarios y se había graduado hacía poco tiempo. Instalado definitivamente en la urbe, él y su compañera optaron por el camino de la lucha revolucionaria.

Eran muy pocos los que, proviniendo de las ciu­ dades, se incorporaban y persistían en la montaña. Los pocos que lo hacían generalmente permanecían algunas semanas, o meses a lo sumo. No lograban adaptarse a los rigores de la lucha en esas latitudes; y tampoco soportaban la lejanía de sus seres queridos y de la vida citadina. Pero en la montaña había múltiples tareas y actividades que era necesario desplegar y en las cuales podía colaborar. De ahí que estuviera determinada a pasar las pruebas que fueran necesarias como militante y como mujer.

Esa vez llevábamos un lote de armas largas que tenían el mismo destino que yo: el destacamento. Debíamos pasar un puesto de control militar y para esa fecha ya habían tenido lugar las primeras acciones político-militares públicas en El Ixcán y Los Cuchumatanes. íbamos tranquilos pero silencio­ sos. Cuando llegamos al retén nos detuvieron como era usual con todo vehículo que pasara, especialmente en horas de oscuridad. Preguntaron a dónde íbamos y, sin pedir que

descendiéramos o abriéramos el vehículo, alumbraron y observaron su interior por las ventanillas. Nos dieron paso y continuamos nuestro camino.

Era época de lluvias, pero ese día estuvo despejado y la noche se presentó sin amenazas de agua. Cuando estuvimos próximos al lugar de contacto me quité los zapatos, me puse dos pares de calcetines y luego botas de hule. Estas eran el calzado que mejor resultado daba en las andanzas del destacamento; a la vez tenía demanda entre la población de la región porque eran resistentes y baratas. Inmediatamente acomodé mi equipo, incluida una mochila, dentro de una sábana maletera y le coloqué a ésta un mecapal de cuero. La primera parte de la mar­ cha sería en área poblada y, si bien era hora en que todos duermen, ocasionalmente se encontraban por los cami­ nos comerciantes ambulantes, trabajadores migratorios u otras personas. Por eso debía vestirme como lo hacían los campesinos indígenas de la zona y cargar a la usanza local. Revisé mi arma, una escuadra 45, y la coloqué en mi cintura, escondida bajo la camisa. La llevaba cargada y con seguro. En el cinturón de cuero colgué un machete envainado. Poco antes de llegar al punto de desembar­ co, observamos las señales que significaban proceder. Respondimos a las mismas y continuamos hasta el lugar exacto. Allí el compañero detuvo el vehículo, apagando motor y luces. Descendimos rápidamente, tomé el equi­ po y me alejé unos metros hacia donde no fuera visible desde el camino. Simultáneamente el compañero sacó el armamento, mientras varios compañeros que estaban tendidos entre el monte se incorporaron silenciosamente. Terminado el descenso de la carga, quien me condujo al punto subió al vehículo y se retiró.

No reconocí a ninguno de los compañeros con quienes me quedé y pronto me di cuenta que no eran miembros del destacamento, sino compañeros de la po­

blación. Pues hablaban quedamente en ixil y, en lugar de trasegar las armas monte adentro y preparar con presteza las cargas, las tomaban de una en una y se las intercam­ biaban unos a otros en la misma orilla de la carretera. Tan próxima a ellos me encontraba que alcanzaba a distinguir que las contemplaban con admiración y emoción. Estaban tranquilos y platicando quién sabe qué en su idioma. Al ver que ninguno organizaba la retirada de punto tan peligroso, pregunté al que estaba más cerca quién era el responsable del grupo. En castellano me respondió: Taltu­

za. Pregunté dónde estaba este compañero y dirigiéndome a él, que también estaba embebido con el armamento, le dije que distribuyera el cargamento y emprendiéramos la retirada con prontitud. Y que más adelante, donde estuviera despoblado, nos detuviéramos a comer.

Animadamente, Taltuza dio órdenes en ixil. Todos se repartieron la carga equitativamente, la protegieron del sereno y de las miradas extrañas y se la colocaron a mecapal sobre la espalda. Luego se formaron uno tras otro. Taltuza me ubicó al centro de la columna, próxima a él, y dio orden de emprender la marcha. Éramos alre­ dedor de doce.

Sobre el mecapal llevaba, al igual que todos, som­ brero de petate de ala recta y cinta negra. Mi pelo largo iba recogido bajo la copa. Esa noche fue la primera de numerosas marchas en las que iría sola como mujer, como ladina y como capitalina. Casi siempre sobresaliendo del grupo por mi estatura. La organización en esas montañas era y sería eminentemente campesina e indígena.

En esa oportunidad llevé como carga lo que serían mis bienes terrenales: un toldo, una hamaca y una mochila de popelina nailon; dos mudadas de ropa, un suéter y una chumpa livianos; un pequeño poncho de Momostenango; un paliacate, una gorra pasamontañas, una boina verde olivo y toallas sanitarias lavables; tres metros de plástico

y dos bolsas grandes del mismo material; una linterna, una lima para afilar; un plato y un pocilio de peltre; una cuchara de acero inoxidable; un cepillo de dientes, un peine y un encendedor recargable; dos agujas y un cono de hilo nailon; dos cuadernos y un lapicero. También llevaba un reloj que mi padre me regaló la última vez que nos vimos y una navaja suiza, compañera inseparable desde mis años adolescentes de Muchacha Guía. Y mi equipo militar: un cinturón, dos cartucheras con sus respectivos depósitos cargados, una funda para pistola, una brújula, equipo de limpieza de armas y la pistola que llevaba al cinto. Ya estando en la montaña elaboraría mi propio arnés y recibiría una granada de mano y un fusil.

Debíamos avanzar en columna cerrada, sin encen­ der luz y sin hablar. Recorrimos una hondonada poblada de casas dispersas y dividida, de este a oeste, por un río pequeño. Los perros de las viviendas próximas a la vereda ladraban hostiles a nuestro paso. Al otro lado de la hoya alcanzamos la base de una gigantesca montaña, que en los mapas aparecía como una de las cumbres más altas de la región. Habiendo quedado atrás el área habitada, el responsable ordenó detener la marcha. Después de unos minutos la reanudamos por una senda que se veía transitada de siglos. Por trechos, de tanto uso, el suelo estaba hundido entre los altos bordes que indicaban el nivel original del piso. Esta parte de la marcha, toda en área despoblada, fue un ascenso constante y sin tregua, en un perfecto zigzag que comenzó al pie de la montaña y concluyó cuando alcanzamos la cima. Fue un tramo agota­ dor que iniciamos a 1, 500 m SNM y que alcanzó su punto más alto pasados los 2, 700 m SNM. Fueron alrededor de tres horas de marcha a paso lento, pero sostenido y sin parada alguna. Debíamos llegar a nuestro destino antes del amanecer y el tiempo apremiaba. Y aunque descansar normaliza la respiración agitada por el esfuerzo, el clima

de esas latitudes enfría en cuestión de segundos el sudor, haciendo indeseable el descanso. En la cumbre sentimos un frío intenso, así que envueltos en la niebla emprendi­ mos el descenso por la vertiente norte de la montaña.

En las pendientes la respiración recobra el ritmo normal, pero la tensión de las piernas, debido al cuida­ do de afianzar cada paso en graderíos irregulares y sin visibilidad, hacen que el esfuerzo físico sea tan grande como en los ascensos. Además, las piernas tiemblan por el cansancio acumulado y las sienes deshabituadas al mecapal, y la espalda a la carga, duelen crecientemente.

Una hora después de haber iniciado el descenso llegamos a un área poblada. No distinguía sino algunas cercas, pero el ladrido de perros era señal de la proximi­ dad de viviendas. Minutos antes del amanecer traspasa­ mos una barda y penetramos en una casa de adobe y teja. Adentro había un fogón en el suelo y dos mujeres estaban a su alrededor. Una de ellas era indígena y dueña de la casa; la otra era mulata y militante organizadora. Mis compañeros de viaje depositaron sus cargas en el suelo, se despidieron ceremoniosamente y se dispersaron por múltiples veredas buscando sus hogares. Sólo entonces me percaté que todos eran hombres maduros, curtidos por el trabajo y los sufrimientos. En el preciso momento en que la compañera indígena me extendía una escudilla con caldo de gallina y tortillas calientes, amaneció en las afueras.

Con la compañera pasamos el día escondidas y alertas en un lugar discreto de la vivienda, para no per­ turbar la vida de la misma ni dar motivo a problemas de seguridad para sus moradores. Al poco tiempo de haber caído la noche, en la casa se presentó el compañero in­ dígena que me había conducido en la primera visita a la guerrilla un año atrás. Ahora trabajaba como organizador en la zona ixil y tenía la responsabilidad de conducirme

a otro lugar esa misma noche. Él tomó parte de mi carga, nos despedimos de la gente de la casa y bajo una lluvia torrencial emprendimos camino. A paso rápido, sin encender luz y calladamente, bordeamos el poblado de Cotzal. Al detectar la aproximación de alguien debíamos escondemos entre el monte de los costados, y allí esperar a que el desconocido se alejara. La oscuridad y la tempestad mantuvieron en secreto nuestra presencia.

Las armas, salvo las de uso nuestro, quedaron atrás. Serían transportadas en viaje separado por com­ pañeros de la población distintos a los que las habían llevado al punto anterior. En el nuevo lugar las recibirían miembros del destacamento.

Luego de cinco horas de camino, llegamos a otra casa. Estábamos empapados y enlodados a pesar del plás­ tico con que nos cubrimos. Era la una de la madrugada y hacía frío intenso. En el corredor del frente nos esperaba, acuclillado junto a una fogata, el dueño de la vivienda. Su esposa y sus hijos dormían en la única habitación que había. Luego de saludarnos solícitamente, nos condujo junto al fuego para secarnos y para que nuestros cuerpos recobraran su calor. Nos ofreció refresco caliente que tenía en una jarrilla sobre el fuego. Se trataba de unos polvos industriales con sabor artificial que se vendían en sobres de papel. En la ciudad se tomaban fríos y azucarados al medio día o en horas de calor. Esa noche los tomamos calientes y sin azúcar. Una vez que nuestra ropa estuvo seca, el compañero nos guió a la troje, donde dormimos unas horas sobre tablas de pino. Había multitud de pul­ gas, pero el cansancio logró que conciliáramos el sueño a su pesar.

El plan contemplaba que allí estuviera aguar­ dándonos otro compañero, miembro del destacamento y originario de la zona. Y que quien me condujo hasta allí se retirara de inmediato a otra parte. Pero ese compañero,

nuevo recluta, no llegó. Preocupado, el cuadro organi­ zador no quiso retirarse y dejarme sin saber qué había sucedido con él. Temprano por la mañana apareció quien no había llegado a la cita. Se había emborrachado y llegaba en lamentable estado. Se acostó a dormir donde pudo y así pasó el día. Nosotros permanecimos quietos y silenciosos en la troje. Limpiamos las armas y mantuvimos el oído atento a cualquier sonido extraño o señal de alarma. Los compañeros de la casa realizaron sus actividades habi­ tuales y al atardecer le dieron caldo al compañero indis­ puesto. Luego mi acompañante habló con él. Se trataba de un joven fornido que dijo estar listo para emprender camino en cuanto cayera la noche. Así que reacomodé mi carga y me despedí de quienes se quedaban.

El alcoholismo, mal profundamente arraigado en nuestra sociedad, era enemigo de nuestro esfuerzo emancipador. Durante varios años fue la causa número uno — durante más de cinco años la única — de caídas en manos enemigas, de fallas en el trabajo y de problemas de seguridad en la montaña.

Llovía de nuevo, aunque levemente, y debíamos hacernos acompañar por un macho cargado con provi­ siones. Así que el guerrillero, cargando a mecapal por delante, jalaba al animal; y yo, detrás de ambos, cargada a la vez con mis bártulos, arriaba a la bestia como podía. Atravesamos un plan sembrado de milpa y tomamos un extravío extraordinariamente empinado y lodoso. Resba­ lábamos una y otra vez mientras tratábamos de asirnos a matas y raíces. Lo hacíamos a tientas, pues la regla de oro seguía siendo no encender focos. Pero el macho, que nos desconocía a ambos, se resistía a caminar e insisten­ temente se atrancaba y trataba de volver hacia atrás. Era el primero y único medio de transporte propiedad del destacamento. Había costado Q60.00 —lo mismo que

una mujer joven— y estaba al cuidado del campesino cuya vivienda acabábamos de abandonar. Era prime­ ra vez que se le encomendaba transportar carga sin ir acompañado de su cuidador. Así que después de batallar infructuosamente con él y estando todavía próximos a la casa, el compañero me propuso que retuviera al peculiar transporte conmigo, mientras él se volvía en busca de ayuda. Sentí la espera eterna porque sabía que la marcha requería varias horas de oscuridad para atravesar una zona densamente poblada. Al cabo de un rato aparecie­ ron mi acompañante y el responsable del macho. Con su cuidador al lado avanzó obediente y rápido, hasta donde lo permitía la pendiente que escalábamos. Era la ruta más corta, pero la más escabrosa, que bordeando Cotzal por el norte llegaba a un punto periférico de Chajul. Final­ mente alcanzamos una cumbre, y ya bastante al norte de este poblado caminamos por planes y filos cubiertos de llano y sin fango. Avanzamos entonces por un camino de herradura, ancho y trajinado, que conducía al noroeste del municipio.

Amaneciendo llegamos a un punto donde el com­ batiente detuvo la marcha. Descargamos al mulo y nos despedimos de nuestro acompañante, quien volvió a su casa seguido por el expreso. Nosotros nos apartamos del camino penetrando en un bosque denso. Rompi­ mos monte con el cuerpo, tratando de no dejar huella, y acarreamos hacia lugar seguro los bultos. Contenían maíz, sal y azúcar. Los protegimos cuidadosamente con plásticos, de manera que ni la lluvia ni la humedad del suelo y la vegetación los dañaran. Había amanecido. Nos adentramos en la montaña a paso rápido, guiándonos por el sentido de orientación del compañero. A las ocho de la mañana arribamos a un campamento y, sin presenta­ ciones ni saludos, varios compañeros fueron enviados a

recoger lo que acabábamos de esconder. Sólo entonces se nos ofreció bebida caliente y se me indicó donde colocar mis cosas. Más tarde convocaron a una reunión en la que se me presentó al grupo; cada quien saludamos y dimos nuestro nombre clandestino.

La mayoría de los presentes eran, como yo, nuevos reclutas; veteranos del destacamento había dos o tres. Los demás se encontraban en rumbos y tareas distintas. Los novatos, salvo el caso de una compañera también proveniente de la ciudad, eran jóvenes ixiles. Dos de ellos habían recibido su bautismo de fuego participando en el ajusticiamiento de Luis Arenas —El Tigre de Ixcán —, terrateniente feroz y explotador de ixiles. Pero algunos todavía portaban honda y, cuando les correspondía su turno de guardia, no faltaba quien aprovechara la ocasión para tirarle piedras a los pájaros, en lugar de ejercer la vigilancia del caso. La mayoría hablaba poco castellano y, a excepción de uno, no sabían leer ni escribir. Provenían de las capas campesinas más pobres.

Ese primer día de campamento me bañé y cambié ropa, luego de tres días sin poder hacerlo. Acomodé mis pertenencias donde me indicaron y entregué algunos en­ cargos. Entre estos estaban el Recurso del Método, de Alejo Carpentier y Cien años de Soledad, de García Márquez. Enseguida, el responsable del día me explicó la situación operativa y las medidas de seguridad que debíamos ob­ servar. También me dio a conocer los criterios de organi­ zación de la colectividad y el horario de actividades.

Al segundo día me incorporaron a la rutina militar y doméstica, tareas en las que participábamos todos sin distingo de edad, antigüedad, funciones o sexo. Sólo la enfermedad que botaba al suelo era razón de exonera­ ción. Y ese mismo día, por orientación del responsable, comencé la labor de alfabetización. No teníamos entonces

cuadernos ni materiales de lectura, así que echamos mano de cualquier papel: de cajetillas de cigarros, de etiquetas de latas, de restos de periódicos.

Era época de cocuyos, coleópteros que emiten luz intensa en la oscuridad. Quien no sabe de su existencia o no los ha observado en circunstancias de vida silvestre, los confunde fácilmente con luz de linterna. Pero esto, como muchísimas cosas más, no se lo explican a una. Es la prác­ tica la que lleva a saberlo. Así que la primera noche que hice guardia no tenía idea sobre ellos. Y el conocimiento de las luciérnagas no basta para explicarse este fenómeno luminoso tan potente y grande. Observando cuidadosa­ mente el sector que me habían indicado comencé a verlos a lo lejos. Entre la vegetación aparecían y desaparecían, algunos dirigiéndose hacia donde me encontraba. Afi­ naba mis oídos para detectar si algún ruido acompañaba la luz, pero no escuchaba sino sonidos de la naturaleza. Entonces razonaba en el sentido de que ningún soldado o desconocido avanzaría a esas horas de la noche con luz hacia nosotros. Pero no dejaba de tener miedo y mantenía el arma sin seguro, lista para disparar. Así pasé la hora de turno, atenta y silenciosa en mi puesto, viendo luces por aquí y por allá o escuchando ruidos extraños, aunque propios del bosque tropical húmedo donde me encontra­ ba. Me sentí feliz cuando llegó el relevo.

En esos primeros días, estando de guardia diurna, también me desconcertó el rugido del mono aullador. Su poderosa voz — después lo supe — se escucha a kilómetros de distancia, dando la impresión de estar muy próxima a quien la oye. Pero confunde porque su sonido parece el de un enorme felino. Sólo la experiencia lleva a distin­ guir un rugido del otro. Sabía que no había jaguares en esas cumbres, pero no conocía de la existencia de tales monos. Y mientras lo averigüé no dejé de sentir escozor esa primera vez. Aprovechando el desconocimiento que

sobre la naturaleza teníamos, los veteranos no perdían oportunidad para jugar bromas a los nuevos, incluidos los jóvenes campesinos, quienes no se habían adentrado en la montaña más allá de sus milperíos.

En ese agrupamiento comenzó mi aprendizaje de sobrevivencia en la montaña, del arte guerrillero y de la vida colectiva del destacamento. Entre otras cosas apren­

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