A partir de mi llegada a la montaña contamos con cuatro meses de relativa tranquilidad. Pues comenzando febrero el ejército desencadenó una ofensiva en la sierra. Mientras tanto, tuve tiempo para habituarme a la vida del destaca mento. Emprendimos la marcha, mientras la retaguardia se quedó borrando las huellas de nuestra estancia, para luego alcanzamos a paso rápido. Aunque a pocas horas de lugares densamente poblados, nos movíamos en una zona de silencio, penumbra y humedad. El frío y la niebla eran permanentes en ese bosque centenario. Nos detuvimos algún tiempo en una hondonada. Allí continué alfabeti zando y participé por primera vez en un operativo de se guridad llamado descubierta; así como en la construcción de un tapexco grande para almacenar provisiones. Pronto iniciaríamos una etapa de entrenamiento y reorganización del destacamento y nos correspondía crear condiciones para recibir a los compañeros que ascenderían a la sierra provenientes de la selva del Ixcán.
Nos habíamos estacionado en un sitio poco seguro porque entre nosotros iba un compañero enfermo, cuya condición física no permitió desplazarnos más lejos de las áreas trajinadas por mimbreros. Era fundador del desta camento y miembro de la Dirección Nacional. Unos días después, cuando reunió fuerzas, continuamos la marcha. Apenas cuatro meses antes había estado postrado con pulmonía; precisamente mientras dirigía el operativo contra el terrateniente más odiado y temido de la región. Ahora llevaba varios días con temperatura de 40°, fuer tes dolores de cabeza y extrema debilidad. Así estuvo varias semanas sin que supiéramos qué mal le aquejaba. Muchos años después supimos que se trató de una bruce-
losis. Pero en aquel entonces todo lo que pudimos hacer fue bajarle la fiebre a ratos con alcohol y antipiréticos; y darle de beber un pocilio de incaparina diariamente. Este alimento, cuando lo teníamos, se reservaba para los enfermos y convalecientes. No podíamos introducirla en grandes cantidades porque su preservación no se lograba en nuestras condiciones ambientales.
Los últimos días de octubre nos instalamos en un tercer lugar. Allí esperamos la llegada de quienes en las planicies selváticas habían realizado operaciones. A su arribo nos reuniríamos los alzados en armas en las mon tañas del noroeste. Sólo estarían ausentes los cuadros organizadores. Varios eran fundadores del destacamento y la mayoría eran indígenas provenientes de la misma re gión. Estos compañeros permanecerían en sus escondites trabajando con la población organizada.
Al momento de la llegada del contingente de la selva, yo cubría la guardia sobre el área de acceso de cualquiera que siguiera nuestro trillo. Me habían instruido sobre la probabilidad de su arribo en el curso de mi turno; pero debía mantenerme alerta porque igualmente podrían no ser ellos quienes aparecieran. Estaba sabida de lo que de bía hacer a partir de detectar la aproximación de cualquier persona. Ubicada en alto, desde la posición de observación se divisaba, a lo lejos, un palo largo tendido sobre un río encallejonado. Era un paso obligado para todo aquel que en nuestra dirección quisiera cruzar tal obstáculo. Debía observarlo atentamente y esperar a que quien lo atrave sara se aproximara al área de vigilancia para pedir seña y proceder en consecuencia. Sin embargo, las numerosas personas que súbita y velozmente pasaron sobre el tronco desaparecieron entre la maleza y no se aproximaron a mi posición. Tampoco percibí movimiento alguno ni escuché ruido de vegetación agitada por su avance en todo mi
sector de observación. Y si bien la velocidad del paso y tas enormes cargas a mecapal me hicieron suponer que se trataba de los compañeros, no tenía certeza de ello. De ahí que, pasado el tiempo prudencial durante el cual debieron acercarse, me entró duda sobre qué hacer. Había orden estricta de no abandonar la guardia por ningún motivo; pero las señales previstas para comunicarme con el cam pamento no correspondían a tal circunstancia. Así que corrí ladera arriba para reportar el hecho a la dirección. Al estar narrando lo sucedido me percaté que desde un costado me observaban dos desconocidos barbados con sendos pocilios de bebida humeante en las manos. Una vez terminé, uno de ellos me dijo con sorna que gracias por avisar, pero que eran ellos quienes se aproximaron. Luego bromeó que si de mí dependía la seguridad an daríamos mal. No me hizo gracia y seria le pregunté por qué no ascendieron por el frente. Me respondió que, por su propia seguridad, prefirieron evadir la entrada lógica para penetrar al campamento por el lado contrario. Y agregó que era medida precautoria por aquello de que fuera el ejército y no nosotros quienes los estuviéramos esperando.
Luego del feliz reencuentro de unos y la presenta ción de otros, y después de dos días de descanso para los recién llegados, nos desplazamos a otra parte. En el nuevo punto permanecimos tres meses en intensa actividad y con algunos sobresaltos por señales de peligro.
En los días próximos a la Navidad me llegó carta del padre de mi hijo. Me contaba en detalle sobre él, tranquili zándome al respecto; me participaba el nuevo rumbo que había tomado su corazón y me enviaba un poemario cuya dedicatoria decía: "Para la guerrillera de corazón proletario/' Me alegraron la carta y el libro porque signi ficaban que la etapa conflictiva de nuestra ruptura había
sido superada. En cuanto a las festividades de fin de año, lo único que las distinguió de los demás días fue que en lugar de café o atol, bebimos leche en la cena.
Casi todos los integrantes del destacamento eran trabajadores pobres —campesinos desposeídos o mini- fundistas, artesanos, pequeños comerciantes y obreros agrícolas—; indios y ladinos provenientes de la costa sur, del oriente y de múltiples lugares de las sierras y selvas del noroeste. Pocos habían asistido a la escuela primaria y todos se iniciaron en el trabajo desde la infancia. Y tanto entre los alzados en armas como entre la población orga nizada había de todas las filiaciones políticas y religiosas. Desde miembros del MLN hasta viejos simpatizantes del régimen arbencista y de las guerrillas de los sesenta. No faltaba quien expresara serio y convencido frases como ésta: "Soy del MLN, pero mi vanguardia es el EGP". Co nociendo los procedimientos y las circunstancias en que la población trabajadora se afilia a los partidos electoreros, o participa en diversos credos religiosos, y trabajando constantemente a su lado, sabíamos que ni una ni otra filiación afectaba la prioridad y secretividad de su relación con nosotros. Quienes proveníamos de las ciudades y de las capas medias no llegábamos al diez por ciento, inclu yendo a los fundadores que todavía se encontraban en la montaña. Y las mujeres éramos cinco: dos campesinas y tres provenientes de las capas medias de la capital. Nos habían precedido dos compañeras de origen urbano, ve teranas de las guerrillas anteriores. Pero una permaneció sólo seis meses y estaba de vuelta en la ciudad; y la otra, quien por entonces estaba de organizadora en Cotzal, sólo permanecería un par de meses más en el frente. Era una compañera muy vital y animosa, con ascendencia negra, cuyo seudónimo de entonces era Sandra. Ella cayó en un operativo de inteligencia contrainsurgente en la ca pital a finales de 1981 o comienzos de 1982. Al igual que
muchos otros casos, está desaparecida sin que sepamos si fue muerta o permanece en alguna de las cárceles clan destinas. Tenía entonces un hijo y una hija.
Varios días dedicó la dirección de la montaña a la estructuración del crecido destacamento, que se había multiplicado varias veces en el curso del último año. Habían quedado atrás los tiempos en que quince revo lucionarios eran todo su caudal. Y habían pasado cuatro años desde su fundación. Entonces se crearon organismos nuevos, se reglamentó la vida cotidiana en sus múltiples aspectos, se impulsaron entrenamientos y se implemento un intenso abastecimiento y almacenamiento de recursos. Las estructuras recién establecidas iniciaron de inmediato su trabajo y a partir de la práctica se fueron afinando sus funciones. Había movimiento y actividad febril porque, al mismo tiempo que nos organizábamos internamente, nos preparábamos para emprender acciones en áreas densamente pobladas de la zona ixil. Y preveíamos como reacción a ellas operativos contra nosotros.
Para entonces, según llegué a saber más tarde, la orga nización desplegaba trabajo organizativo en tres planos es tratégicos: la montaña, el llano y la ciudad, conceptos que significaban regiones de desarrollo político y militar. El plano estratégico de la montaña estaba entonces formado por un solo frente —el del norte y centro del Quiché —, integrado por zonas de bases populares organizadas en la selva y en la tierra fría. El trabajo político abarcaba or ganización interna, organización de la población, educa ción básica y formación política, propaganda y relaciones internacionales. El trabajo militar incluía organización de unidades militares permanentes y de fuerzas irregulares locales, adiestramiento de ambas y operativos diversos. Finalmente, desplegábamos actividades relativas a la logística y a las comunicaciones. En el periodo de mayor
desarrollo —1978-1981 — la organización llegó a tener en actividad cinco frentes y dos zonas guerrilleras.
Estábamos ubicados por encima de los 2, 500 m SNM, en los meses más fríos del año cuando también llueve. Vivíamos con la ropa generalmente húmeda. Todo lo que cada uno poseíamos para protegernos era un suéter, una chumpa y un poncho livianos. Pues por las constantes movilizaciones, llevando siempre nuestras pertenencias a cuestas, no podíamos disponer de ropa gruesa ni nu merosa. Por eso el frío inducía a algunos, especialmente a los originarios de tierras cálidas, a buscar la proximidad del fuego cada vez que tuvieran oportunidad. Pero al poco tiempo varios de ellos comenzaron a tener dolores reumáticos y moretones en las piernas. Y a más de alguno se le había derretido la punta de las botas y se había que mado un dedo del pie por acercarse excesivamente a las llamas. En nuestras circunstancias, la experiencia había demostrado que tales dolencias provenían de sentarse continuamente en lugares húmedos y de aproximarse demasiado al fuego. De ahí que fuera obligatorio el uso de pequeños plásticos para colocarlos donde nos sentáramos; y se había orientado mantenerse a distancia del fogón. Lo primero se cumplía sin problemas; todos portábamos a mano un pedazo de nailon donde sentarnos, aunque fuera por unos segundos. Pero de la lumbre no había manera que se alejaran varios compañeros. Y las recomendaciones de Servicios Médicos no eran atendidas por los afectados, a pesar de los dolores y las molestias que padecían.
Luego de fracasar varias veces para persuadirlos, nos percatamos que los reticentes eran jóvenes con rasgos machistas acentuados. Así que quienes integrábamos los equipos de Educación y Servicios Médicos —todas mujeres— decidimos darles argumentos a su medida, sabiendo que los tales no eran ciertos. En reunión colectiva y guardando la seriedad del caso les explicamos que el
calor del fuego, a la distancia en que ellos se colocaban, provocaba esterilidad e impotencia sexual. Santo reme dio. Es más, todos los aludidos —y también otros que no estaban implicados — no sólo dejaron de aproximarse al fuego, sino que para cocinar se colocaron sobre el pantalón un grueso costal de fibra de henequén.
La dirección conocía el problema de salud y el reitera do fracaso en convencer a quienes lo padecían. Nuestra picara y eficaz ocurrencia le causó gracia y no nos desdijo de inmediato. Sin embargo, por aparte — aunque sin dejar de reírse por el éxito rotundo y por lo divertido de las esce nas y los comentarios de la colectividad al respecto — nos llamó la atención por recurrir a argumentos que no eran verdad. Y al colectivo se le explicó lo correspondiente. La aclaración, sin embargo, no predispuso a los afectados, ni mermó la autoridad de nuestros equipos de trabajo. Todos siguieron cumpliendo la orientación, pero el uso del costal se instituyó por largo tiempo. "No vaya a ser" decían precavidos los compañeros.
Por ese tiempo participé en mi primera misión de abastecimiento, pues un grupo fue enviado a un día de camino para recibir abastos. La ruta que emprendimos no se basaba en trazo alguno, ni era conocida para la mayoría de nosotros. Sólo el seguimiento de un acimut determinado nos llevaría al punto deseado. Debido a los obstáculos que presentaba fue bautizada Ruta de Mambises por sus exploradores. Efectivamente, aquel trayecto era difícil como pocos, pero bello: tenía tramos p le tó r ic os de begonias blancas y rosadas, orquídeas, caídas de agua cristalina y helechos exuberantes. Desplazarse por ella significaba descolgarse, arrastrarse, pasar sobre palos resbalosos. En ciertos lugares escalamos verticalmente en tierra suelta y pedregosa sin donde asirse; entonces debíamos tener el cuidado de no resbalar ni desprender piedras que pudieran golpear a quienes ascendían debajo
de uno. También avanzamos por laderas tortuosas; cuan do menos, caminábamos en terreno siempre quebrado. Por toda carga llevábamos poncho, toldo y plástico para tendemos en el suelo por la noche; también maíz para alimentarnos. De manera que pudiéramos transportar recursos al máximo de nuestra capacidad. Sin embargo, el desplazamiento no era menos duro por eso. Sudábamos abundantemente, la respiración era agitada y nuestros rostros estaban encendidos por el esfuerzo. Ibamos em papados de sudor y humedad. Después de varias horas de avance ininterrumpido hicimos un alto. Pero bastó un momento de inmovilidad para que el sudor se nos helara sobre la piel, haciéndonos temblar. De tal suerte que preferimos reanudar la marcha, sintiendo que el aire nos faltaba y que el corazón estaba a punto de estallar. El esfuerzo era tal que escuchábamos nuestros latidos.
Culminando la tarde llegamos al punto de espera y de inmediato nos dedicamos a recoger leña, construir una champa común para dormir, techar la cocina. Estábamos hambrientos, cansados y con frío, pero de buen ánimo. Algunos compañeros fueron destacados para explorar el lugar donde nos dejarían las vituallas y otros los relevarían en la guardia. Pues no hacían contacto con la población sino uno o dos de nosotros. El resto nos arremolinábamos en la cocina, único lugar cubierto donde podíamos permanecer de pie, y protegernos de la tempestad que se desencadenó esa noche y que cesó varios días después. Nos orientaron hacer un agujero en el suelo y juntar fuego dentro de él; al retirarnos bastaría con enterrarlo para quitar su rastro. Pero donde quiera que escarbábamos brotaba agua como la que corría en la superficie. Además la leña estaba saturada de humedad y los más hábiles para encender fuego fracasaban una y otra vez. Hasta la media noche logramos comer e irnos a dormir.
El siguiente día fue de espera infructuosa, pues al gún contratiempo impidió a nuestros compañeros llegar a la cita. Tampoco lo hicieron a la reserva prevista vein ticuatro horas después. Entonces, el mando envió a un combatiente en dirección inversa a la que debían recorrer los compañeros. Este mensajero indagaría sobre las causas del atraso y las perspectivas de la transportación de ios recursos. A otros dos nos envió de vuelta al campamento para informar del retraso que la tarea experimentaba; y de la decisión suya de permanecer en el punto el tiempo que fuera necesario. Arribamos al campamento anocheciendo. Enlodada y empapada de pies a cabeza, y luego de varios días sin bañarme, lo hice en la quebrada que corría en nues tro asentamiento. Para entonces la niebla y la oscuridad cerraban la visibilidad y el frío calaba los huesos.
Desde años atrás, cuando solicité la incorporación al destacamento, aspiraba a formarme como combatiente. Es decir, adiestrarme militar y operativamente de acuerdo a los requerimientos que exigía el arte guerrillero en la montaña. Dada mi procedencia urbana esta capacitación requería, entre otras cosas, abundante práctica sobre el terreno. Pues era la única manera de conocerlo y recorrerlo con independencia y agilidad; de cultivar el sentido de orientación; de aprender a desplazarse con sigilo; de desa rrollar todos los sentidos para detectar a tiempo al ejército o a extraños. Aspiraba a participar en la base y ello me parecía un reto suficiente. En la ciudad y en México me había despedido con alegría de papeles, libros, máquina de escribir, reuniones prolongadas, oficinas y salones de clase, convencida de que el tiempo de ellos había pasado para mí y que no tendrían nada qué ver con mi actividad en la montaña.
No sólo no aspiraba a asumir responsabilidades, sino que deseaba no tener ninguna más allá de las correspondientes al combatiente de base. Pensaba así
porque estaba consciente de mi calidad de novata en el frente, así como de mis límites políticos y militares. Por otra parte, quería ganar a partir de la práctica y el esfuer zo propio mi lugar en ese medio guerrillero, campesino, indígena y masculino. Tenía claro lo que en él significaba proceder de capas medias, ser mujer y capitalina. No idea lizaba mi nuevo medio de trabajo al respecto y no quería funciones que complicaran mi proceso de adiestramiento e integración.
Sin embargo, estos propósitos personales chocaron de entrada con la realidad social de las montañas y las necesidades de la organización allí. Para comenzar, mis características físicas no me permitían la movilidad que a la luz del día por caminos, veredas y poblados podían tener mis compañeros oriundos del campo sin hacerse notar, fueran indios o ladinos, hombres o mujeres. Por otro lado, mi condición de alfabeta, maestra, organizadora espontánea y militante con cierto nivel político me coloca ba en una situación de obligada responsabilidad, tuviera o no funciones asignadas. Las cuales de todas maneras me fueron dadas muy pronto. Comencé castellanizando, alfabetizando y apoyando a mis compañeros en la ejer- citación de la lectura y la escritura. Al mes ya compartía con otra compañera la responsabilidad de la formación política e ideológica de los miembros del destacamento y de los cuadros organizadores surgidos de la población. Estos últimos llegaban periódicamente al destacamento para reunirse con la dirección, a la cual informaban y consultaban. Pero con nosotras estudiaban temas que la dirección orientaba, que los mismos compañeros deman daban y que nosotras considerábamos procedentes según cada caso. Paralelamente a este trabajo, y respondiendo a las necesidades que surgían, la dirección elaboraba materiales de formación que nosotras reproducíamos a máquina, desarrollábamos y explicábamos vinculando
su contenido a la realidad concreta donde trabajaban nuestros compañeros. Los primeros materiales que se escribieron trataban los temas de quiénes éramos, por qué y para qué luchábamos, cuáles eran nuestros criterios de reclutamiento, cómo debíamos organizamos y qué prin cipios debían regirnos; cómo caracterizábamos a nuestro país; qué era y cómo debíamos impulsar la autodefensa de la población y qué era la propaganda armada. Esta última era la modalidad de acción que pensábamos desplegar ampliamente, en una primera fase de actividad pública en las zonas densamente pobladas.
En aquellos años ya circulaban entre la población comentarios sobre nuestra presencia. Eran en su mayoría producto de la imaginación de la misma gente o fruto de la desinformación del ejército. Entre los primeros, por ejem plo, se decía que éramos perseguidos por la ley, prófugos