La bataLLa
de La comunicación
La bataLLa
de La comunicación
de los tanques mediáticos
la ciudadanía de la información - 1ª. ed. 1º reimp. - Buenos
Aires : Colihue, 2011.
224 p. ; 23x16 cm. (Encrucijadas)
ISBN 978-950-563-475-0
1. Medios de Comunicación. I. Título
CDD 302.2
Diseño de tapa: Nora Raimondo
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1ª ed. 1º reimp.
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Hecho el depósito que marca la ley 11.723
información.”
Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de la Nación (1 de abril de 2008, Plaza de Mayo).
“Vamos a tratarlos de la manera que trataríamos a un opo-nente. En la medida que [Fox News] lleva a cabo una guerra contra Barack Obama y la Casa Blanca, no necesitamos fin-gir que esta es la forma en que se comportan las legítimas organizaciones de noticias.”
Anita Dunn, Directora de Comunicaciones de la Casa Blanca (en David Carr, “La batalla entre la Casa Blanca y Fox News”, New York Times, 17 de octubre de 2009).
INTRODUCCIÓN
En América del Sur la historia quiere volver a poner en marcha sus engranajes amenazados por el óxido y el hollín. Una rueda que puede girar para mover un tiempo inmutable, pero que debe cambiar la representación de la época para lograrlo. Porque en su subjetividad histórica se ha construido un tiempo de no relato y por lo tanto sin perspectiva posible hacia adelante. El progreso, como idea de bienes-tar económico social, de ciudadanía –en el sentido de la participación política– y de pertenencia a un “espíritu nacional”, como definía Scala-brini Ortiz, se ha deslizado por la cuneta de la globalización. La idea de que “todo ser humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él”1 ha sido reemplazada por la del individuo como mera
terminal de un dispositivo electrónico productor de la propia realidad y de su enfoque.
Atrapadas por el presente perpetuo del acontecimiento, las narra-tivas han quedado prisioneras en la telaraña del suceso mediático, in-capaces de hablar de causas y consecuencias. Dóciles a la escala de rentabilidad global de las plataformas tecnológicas y a la representa-ción ideológica de los intereses que las encumbraron, las narrativas noticiosas de la época son puro artificio incandescente, generalmente violento.
El tiempo del mayor crecimiento económico en décadas y del juicio a los crímenes del Terrorismo de Estado –circunstancia ciertamente histórica y de repercusión mundial– es algo que sucedió a principios
1 Scalabrini Ortiz, Raúl, Prólogo a Política británica en el Río de la Plata
del siglo XXI en la Argentina (y en buena parte de América Latina) mientras sus habitantes miraban asaltos y crímenes por televisión. Vio-lencia televisiva y social construida como relato principal en los medios aunque sus raíces se hundan en el legado de la dictadura primero y en la destrucción de la cultura del trabajo después, ocurridos en las últimas décadas del siglo XX.
La impronta de la violencia catastrófica o delictiva tomó la palabra como discurso audiovisual hegemónico a poco de andar el nuevo siglo. Emergió en la superficie de la política como principal exponente de una construcción de sentido pendiente de las consecuencias pero no de las causas –y muchos menos a los remedios– de los graves conflic-tos sociales que provocó la reconfiguración neoliberal del poder en la Argentina.
Pero estos y otros emergentes que han caracterizado las series te-máticas de “producción de realidad” en los últimos veinte años no son explicables solo desde la intencionalidad editorial de los grupos contro-ladores de la plataforma mediática, o de su participación en los proce-sos de concentración y las alianzas que tal acumulación involucró.
Existe también un fenómeno semiológico derivado de la emergen-cia de este nuevo actor político, gestado en el camino de la moder-nidad a la mundialización, imposible de ser detectado por el público. Es el espejo que devuelve una imagen cambiada. El narrador, que se presenta como intermediario entre las audiencias y el poder, cuando se ha transformado a sí mismo en la voz de los poderosos. El comple-jo tecno-mediático advirtió en el proceso mismo de su configuración que dejaba de convertirse en interlocutor para convertirse en el poder, que su capacidad no solo devenía de su rol de mediador, sino de re-productor de una materia prima tan especial como escasa: la realidad. Precisamente la escasez reproductiva de esta materia prima deviene de su condición monopólica: no son más de cuatro o cinco las cadenas en condiciones de hacerlo a escala global y siempre existe al menos una multiplataforma local que lleva la voz cantante en el plano nacio-nal. Este fenómeno no excluye la existencia de otras voces con niveles de autonomía en su perspectiva periodística o de interés general. Sin embargo, la fijación de agenda y el enfoque predominante de los asun-tos se produce en los dispositivos con mayor nivel de concentración horizontal y vertical de contenidos.
No es casual que el complejo tecno-mediático sustituya en buena medida las funciones del complejo militar-industrial en su perspectiva de articulación con lo que otrora conocimos como el complejo econó-mico transnacional a los fines de la subordinación periférica. En cierto sentido, ha sido su continuidad.
La combinación de la explosión tecnológica derivada de la reconfi-guración de las aplicaciones militares de la informática y las comunica-ciones, en paralelo con las plataformas integradas multimedia resultan-tes de fusiones, compras y absorciones, permitió que la comunicación de masas –en su expresión industrial– tomara la posta de aquello que se había intentado con la Comisión Trilateral: la expectativa de un go-bierno mundial.
Los primeros indicios surgieron en tiempos en los que la historia aparecía como la confrontación entre la revolución social anticapita-lista o anticolonial, con sus variantes de “nacionalismo popuanticapita-lista”, y el predominio de un gobierno global de las grandes multinacionales con el telón de fondo de la Guerra Fría. Se trataba de reemplazar –como nueva estrategia– la supremacía militar por la supremacía tecnológico-comunicacional.
Zbigniew Brzezinski2 lo anticipó en los 70 al postular la influencia
cultural y científica de Estados Unidos como antídoto ante la “peligrosa fragmentación” del mundo, y como antesala de un “gobierno mundial” frente al nacionalismo populista.
Por ese entonces, el luego asesor en Seguridad Nacional de los Es-tados Unidos hablaba del inicio de la “era tecnotrónica” y mencionaba por primera vez la perspectiva de una “red de información mundial”. Al describir el nuevo tiempo en Between Two Ages (1970) decía que
2 Brzezinski, Zbigniew, La era tecnotrónica (Between Two Ages), Editorial Paidós.
1970, pp. 54-105: “En la sociedad tecnotrónica, la tendencia parece orientarse hacia la aglutinación del apoyo individual de millones de ciudadanos desorganizados que caen fácilmente bajo la influencia de personalidades carismáticas y atractivas, personalidades que explotan eficazmente las últimas técnicas de comunicación para manejar las emociones y controlar la razón. El empleo de la televisión –y por tanto la tendencia a reemplazar el lenguaje por las imágenes, que son internacionales en lugar de nacionales, y a incluir escenas bélicas o cuadros de hambre registrados en lugares tan remotos como lo es, por ejemplo, la India– crea una preocupación bastante más cosmopolita, aunque muy impresionista por los asuntos internacio-nales” (pp. 38-39).
“... las naciones industriales más avanzadas están empezando a ser postindustriales y en algunos sentidos están ingresando en la era postnacional. La proyectada red de información mundial, para la que Japón, Europa Occidental y Estados Unidos están muy maduros (...) podría crear la base para una división más racional del trabajo en materia de investigación y desarrollo”3.
Disolver las culturas para crear una nueva conciencia global. Este era uno de los requerimientos de ese nuevo orden. Los “nacionalis-mos” o las localías culturales –o religiosas– aparecen en este escenario como gérmenes de peligrosas autonomías. Esta “conciencia humana global” requería de dispositivos capaces de producirla y proveerla. El nuevo paradigma de la sociedad global vino a reemplazar el viejo orden del terror de la Guerra Fría. Una vez más, el nuevo orden aparecerá como promesa de desarrollo y bienestar humano. Como escenario de nuevas conquistas, ya no en el espacio interestelar sino en nuestra casa, la tierra. En el “séptimo continente”, tal como se ha designado a Internet4.
Un Secretario de Estado argentino, en un discurso oficial ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones, mostró su empeño con las consignas lanzadas casi treinta años antes por Brzezinski y procla-mó la existencia de un “imperio donde nunca se pone el sol”5.
Según Jacques Attali “gracias a las nuevas tecnologías se ha vuelto más fácil, menos costoso y burocrático” poner en práctica la institucio-nalización de “un gobierno mundial”6.
Se trata de repensar esta nueva “tiranía” –al decir de Ignacio Ramo-net7–, en donde la imagen tiene el poder de hipnotizar y de
“pensar-nos” como objetos de un presente perpetuo, sin historia ni perspec-tiva, desde ese sitio global al que no podemos acceder por nosotros mismos. El dispositivo tecno-mediático es –él mismo– la conciencia global.
3 Brzezinski, Zbigniew, op. cit.
4 Atttali, Jacques, Diario Clarín, Zona, 27 de septiembre de 1998.
5 Kammerath, German, Secretario de Comunicaciones. Discurso ante la Unión
Internacional de Telecomunicaciones (UIT) Ginebra. 1997.
6 Attali, Jaques, Clarín, ídem.
Despojada de la relación directa con las masas y confinada en los es-combros del Estado posmoderno, la política no tomó nota del cambio. Ha corrido tras los acontecimientos. Ha creído que aún podía pensar la comunicación, cuando es el complejo tecno-mediático quien piensa la política. Ha intentado seducir, negociar o competir auspiciando me-dios, pero no ha logrado más que reproducir la lógica del dispositivo. Como una serpiente que se engulle a sí misma, la producción de rea-lidad de la gran plataforma puede devorar desde el sentido de nación –o el interés nacional– hasta la propia base de sustentación económica –como sucedió en la crisis del 2001 en la Argentina– en su necesidad de satisfacer su voracidad de imágenes que reproduzcan la tragedia y el espectáculo. El sentido de su construcción semiótica sintoniza con los mercados globales, individualizando, fragmentando, intimidando, transnacionalizando, educando y homogeneizando consumidores. Esta lógica es absolutamente refractaria a las cuestiones nacionales y por ende transcurre por carriles ajenos al interés general, asunto que suele integrar la esfera del discurso político.
Este libro intentará ordenar una serie de artículos e investigaciones realizados por el autor a partir de la década de los 90, que procuraron registrar y pensar este proceso a medida que se producía. Toma como referencia el conjunto de acontecimientos de convergencia económica y tecnológica, tanto en el orden global como local, pero también ana-liza su impacto sobre la representación social, el rol de la política y la redistribución del poder –económico y simbólico como expresión de este– en el mundo.
Asimismo, da cuenta de algunas respuestas vinculadas a la gesta-ción de un heterogéneo actor político-social que logró acertar en una caracterización de los efectos culturales, sociales y políticos de la con-centración en la Argentina y que encabezó un movimiento por la de-mocracia y la diversidad. Esa resistencia pudo articularse con la agenda política mediante la histórica decisión del gobierno de Cristina Fernán-dez de Kirchner de cambiar los términos de la ecuación: por primera vez la política pasó a interpelar al dispositivo. Se pudo –en octubre de 2009– romper la tutela de la dictadura militar y las imposiciones del mercado sobre el audiovisual mediante la aprobación de una nueva regulación en democracia. Ello no sucedió de manera aislada, se
ins-cribió también en un proceso de resistencias diversas que contestaron, en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, las consecuencias de esta reconfiguración global.
La ola de compras y fusiones en la industria audiovisual durante los 80, y especialmente en los 90, puso en jaque los marcos regulatorios del mundo. Pero, a pesar de la escala planetaria que impuso la globa-lización, en Estados Unidos y Europa buena parte de las barreras que amparaban niveles básicos de pluralismo y diversidad o condiciones primarias de competencia mercantil lograron persistir, preservando el rol de los medios locales, manteniendo límites a la propiedad cruzada de periódicos, canales de TV y emisoras radiales, y garantizando un piso de alternativas a la información y a los servicios de una industria convergente.
Las reformas hacia la concentración de mercado impulsadas a princi-pios del nuevo siglo por los republicanos en Estados Unidos encontraron una sólida resistencia en la sociedad civil, lo que impidió que la Comi-sión Federal de Comunicaciones (FCC), conducida por Michael Powell, abriese las puertas a mayores escalas de control monopólico. La movida de la Coalición por la Diversidad en los Medios (MDC) en el año 2002 congregó a decenas de organizaciones sociales estadounidenses, y coin-cidió en el tiempo y en los objetivos con la lucha iniciada en la Argentina por la Coalición por una Radiodifusión Democrática (2004). En un caso se trataba de frenar la movida concentradora del gobierno de George Bush, mientras que en la Argentina se planteó la conquista de una ley democrática que desmontara la concentración y las exclusiones consu-madas por la impronta autoritaria de la ley dictatorial empeorada por las reformas desreguladoras del mercado en los 90.
Se trata, a la vez, de analizar no solo el fenómeno que aparece a la vista como despliegue de compra de medios, laxitud de barreras jurídi-cas y sinergia empresaria con aplicaciones tecnológijurídi-cas. Hay que avan-zar además sobre el sustrato ideológico que impregna este rediseño de una industria que apela a las emociones y al pensamiento humano para multiplicar sus tasas de ganancia.
La construcción de sentido inherente a los procesos de edición mul-timedia o al directo televisivo se sostiene en la predominancia de la imagen. La paradoja de Baudrillard sobrevuela el desafío de la
interpre-tación. “En el apogeo de las hazañas tecnológicas perdura la impresión irresistible de que algo se nos escapa; no porque lo hayamos perdido (¿lo real?), sino porque ya no estamos en posición de verlo: a saber, que ya no somos nosotros quienes dominamos el mundo, sino el mundo que nos domina a nosotros. Ya no somos nosotros quienes pensamos el objeto, sino el objeto el que nos piensa a nosotros. Vivíamos bajo el signo del objeto perdido, ahora es el objeto el que nos pierde”8.
Al cabo de la reconfiguración operada al calor de las alianzas, fusio-nes y adquisiciofusio-nes en el complejo tecnomediático, lo que comunica ya no es el medio sino el dispositivo. El medio dejó de ser el mensaje, el dispositivo es quien se ocupa de la “fabricación del consenso alrededor del sistema de poder” tal como lo refiere el lingüista norteamericano Noam Chomsky. El dispositivo emergente de la concentración es el gran productor del mensaje, del sentido común o el sitio de naturaliza-ción del discurso neoliberal.
El sentido producido por estos sistemas audiovisuales globales orientó la lectura de las expediciones militares e intervenciones nor-teamericanas y europeas por los Balcanes, América Central (Panamá) y Medio Oriente entre fines del siglo pasado y comienzos del actual. Claras disputas por la supremacía de recursos estratégicos o intereses geopolíticos, que fueron presentados bajo excusas circunstanciales y vinculadas generalmente a difusas cuestiones de “seguridad”. Se ocultó en cambio el descalabro del medio ambiente y las consecuencias de un orden salvaje de producción y consumo global. En paralelo se constru-yó la amenaza terrorista y la posibilidad de una hecatombe causada por “fuerzas de la naturaleza”. Los desequilibrios globales no encabezan las series temáticas del dispositivo periodístico. El crimen organizado y el narcotráfico, que sostienen buena parte de las economías regionales del planeta (en el primero y el tercer mundo) no son tampoco objeto del discurso mediático. A menos, claro, que sean funcionales a discur-sos intimidatorios vinculados con la seguridad, personal o nacional.
Los intereses del mercado global son los intereses nacionales y de la seguridad nacional, más allá de lo que ahora se entienda por cues-tión nacional. Las pertenencias e identidades se han disuelto, dejando
un individuo desorientado cuyo principal interlocutor son las terminales del sistema de medios. Esta es la cuestión central que debe desmontar la democracia para avanzar con la inclusión social.
La sociedad del riesgo, surgida entre los escombros del estado-nación de la modernidad, instaura un nuevo eje de articulación de la vida individual y los conflictos: la dicotomía seguro-inseguro. La percepción catastrófica de la realidad aflojará las restricciones que habían apartado el empleo de recursos militares para cuestiones in-ternas y se confundirán otra vez los conceptos de seguridad interior y defensa nacional.
Se juega, como siempre, la resignificación global de la historia. Pero ahora desde un presente perpetuo que puede –además– reproducir (en el sentido de producir nuevamente) el pasado y el futuro.
En su Viaje a la hiperrealidad9, Umberto Eco describe los
artifi-cios tecnológicos puestos al servicio de la representación histórica en museos, hoteles y parques temáticos. Desde la Casa Blanca hasta los superhéroes de las historietas, pasando por momentos bíblicos y répli-cas de objetos famosos, todo puede ser copiado en versión mejorada. Pueden clonarse acontecimientos, historias y sitios con la mayor sen-sación de inmediatez y proximidad.
Tal estrategia de la ilusión –entendida como réplica de la realidad– es típica de la cultura norteamericana y fuente de un ingente comercio.
“La información histórica debe asumir el aspecto de una reen-carnación para ser asumida. Para hablar de cosas que se quieren connotar como verdaderas, esas cosas deben parecer verdaderas. El ‘todo verdadero’ se identifica con el ‘todo falso’. La irrealidad absolu-ta se ofrece como presencia real”, dice Eco10. Pues bien, esas réplicas
con sofisticados recursos tecnológicos de consumo individualizado en museos y parques temáticos típicos de los 80 han dejado lugar a los efectos especiales y los montajes del audiovisual para distribución global y masiva.
Los mitos fundacionales que alimentaron durante décadas la rueda productiva de la industria de masas y la construcción misma del sentido
9 Eco, Umberto, La estrategia de la ilusión, capítulo I, Editorial Lumen,
Barce-lona, 1999.
nacional han sido reemplazados progresivamente por biografías parti-culares de personas cuya historia solo tiene dimensión individual.
Atrás quedó el Estado-Nación como imaginario colectivo, con el compendio de tareas y deberes ciudadanos que predicaba –y expor-taba– la producción audiovisual norteamericana. La modernidad sería impensable sin la civilización del audiovisual.
En el ámbito local, la producción de films como La guerra gaucha (Lucas Demare, 1942) intentaron una mirada autónoma de la cuestión nacional –en el sentido de la construcción del sujeto histórico que pro-pone Juan José Hernández Arregui y que desvelaba a Brzezinski– con la alianza entre criollos y pueblos originarios para la independencia de la tutela colonial. El film también intentó indagar en la perspectiva nacional de la historia antes del advenimiento del mayor movimiento popular del siglo XX en la Argentina. Pero no logró inaugurar un ci-clo de articulación entre la cuestión nacional y una cultura audiovisual perdurable. En buena medida por los permanentes asaltos al poder de-mocrático de grupos económicos con sus brazos militares, que siempre adoptaron los modelos nacionales “importados”.
La industria televisiva local contó sus propias historias de clase me-dia (La familia Falcón) o de inmigrantes (Los Campanelli, Los
Ben-venuto, etc.) que se inscribían (aún) en la narrativa de una sociedad
con trabajo, tolerancia e integración social. Tales imaginarios fueron cuestionados por el terror de la dictadura primero y el individualismo neoliberal después.
La destrucción de los lazos sociales que provocó el neoliberalismo salvaje en los 90 no vino solo. Reemplazó también lo que quedaba del imaginario social argentino y parte de sus mitos fundacionales por una apertura económica que también tuvo su correlato de masivo desem-barco cultural de señales (y medios) extranjeras (especialmente norte-americanos). La ficción nacional se desplomó en simultáneo con la emergencia del reality que reemplazó la narrativa por la exhibición. Las tres cuartas partes del dispositivo audiovisual nacional quedaron –al finalizar la década– en manos de consorcios transnacionales radica-dos en Estaradica-dos Uniradica-dos.
La crisis de fin de siglo daría la oportunidad al cuarto restante de resurgir –previo salvataje financiero y jurídico– como grupo nacional
hegemónico que se postularía como suprapoder de la democracia para ejercer la gendarmería intelectual de las viejas corporaciones.
En el nuevo escenario, la historia como tal queda convertida en producto, en señal temática que puede contar lo que pasó pero no reflexionar sobre el presente. Atrás quedó la promesa de la revolución (obrera o nacional y popular) como desafío histórico y social, y su on-tología fue reemplazada por el falso paradigma de la democracia digital conducida desde terminales remotas y de una dudosa ciudadanía de cuarta categoría en un mundo de sofisticados artefactos tecnológicos.
No está demás recordar con Néstor García Canclini que “la cons-trucción de la memoria nacional se realiza a través del olvido. Ella es el resultado de una amnesia selectiva. Olvidar significa confirmar deter-minados recuerdos, apagando los rastros de otros, más incómodos o menos consensuados”11. El dispositivo concentrado, en buena medida,
ha sido el artífice de esa construcción colectiva, apagando los rastros de una conciencia de protagonismo social y autonomía nacional, pero afirmando el sentido de la individualidad subordinada y dependiente. La reconversión democrática de ese dispositivo y la apropiación autó-noma de las nuevas tecnologías será la condición para liberar aquella memoria como proyecto y para realizar aquel mandato de volver a la realidad.
La historia, entonces, puede volver a encarnarse en los pueblos, en los millones de argentinos que regresaron como multitud –desde el sub-suelo de Scalabrini– en la Argentina bicentenaria de mayo de 2010.
El cambio de paradigma en la comunicación sobreviene cuando un nuevo modelo económico, social y político disputa el espacio público y la construcción de sentido para recuperar un relato autónomo del pa-sado y el porvenir. Realidad en carne viva que intenta abrirse paso en medio del dispositivo que instauró el mercado absoluto como sentido común de la sociedad. No se trata solo de un nuevo estatuto jurídico; sino de la movilización social que lo concibió y la decisión política que lo hizo posible. Esta es, probablemente, la batalla más importante con-tra el fin de la historia.
11 Ortiz, Renato, La Mundialización y la Cultura, Alianza Editorial 1997, p.
Capítulo 1
Los falsos paradigmas del cambio tecnológico
Desde siempre, la producción y distribución de la información ha sido inseparable del poder, de sus representaciones simbólicas y de las políticas para administrarlo.
Lo sabían hace más de 3000 años en Egipto. Una antorcha encen-dida iniciaba entonces la cadena de luces que avisaba la creciente del Nilo en su camino hacia el Delta. Aquellos destellos representaban una poderosa fuente de información. La luz tenía que adelantarse al agua. Los fugaces resplandores en la noche eran la señal que esperaba el úl-timo de los mensajeros para correr con la noticia hasta el sacerdote. El interlocutor de los dioses ya podía anunciar que era inminente la creci-da y el desborde del río. En el mundo de los faraones, la administración –y el anticipo– de la información eran la prueba de oscuros y temibles poderes que podían incidir en las grandes decisiones de los imperios.
Prometida como el paradigma de una nueva civilización, la informa-ción perdió con la posmodernidad su sentido sacramental para conver-tirse en moneda corriente. Ya no se trata –como en la Antigüedad– de poseerla sino, además, de saber qué hacer con ella.
El cambio de milenio (1999-2000) se produjo bajo augurios de una refundación civilizatoria. El tiempo emergente se presentó como el de una revolución –aparentemente incruenta– en las formas del conoci-miento y la producción, sostenida en la ilusión de que se derrumbaban las fronteras del tiempo y del espacio. En el imaginario construido de las irrupciones fundantes, se sacralizó una suerte de Big Bang
tecno-lógico que prometió una Sociedad de la Información, a construirse sobre los escombros del trabajo y de las relaciones históricas entre los habitantes del Estado-Nación12.
Causa y efecto de la revolución tecnológica y de la globalización, la era de las telecomunicaciones asomó como el emblema posindustrial que se ofreció como la mayor democratización en el acceso a las fuen-tes de conocimiento y al intercambio de información tanto como la amenaza de nuevos imperios.
Los apóstoles de la nueva era prometieron “la reinvención del mun-do” y un humanoide bautizado por Nicholas Negroponte como el ser
digital.
“A principios del siguiente milenio –pronosticaba Negroponte– geme-los o pendientes podrán comunicarse entre sí a través de satélites de órbita baja y tendrán más potencia que nuestra PC actual. El teléfono ya no sonará siempre, sino que recibirá, seleccionará y tal vez res-ponderá a las llamadas, como un mayordomo inglés bien entrenado. Los sistemas para transmitir y recibir información y entretenimiento personalizados obligarán a los media a reestructurarse. Las escuelas se transformarán en museos y salas de juego para que los niños estructu-ren sus ideas y se relacionen con niños de todo el mundo. El planeta digital parecerá tan pequeño como la cabeza de un alfiler”13.
Los gemelos de interconexión vía satélite o las escuelas lúdicas que imaginó Negroponte no llegaron, pero sí lo hicieron profundas trans-formaciones en el uso y consumo de los dispositivos de comunicación personal y de carácter masivo. Extrañas denominaciones como bits, fi-bra, bucle, píxel, 3G y otras terminaron siendo parte de la jerga juvenil a poco de cruzar el umbral del milenio.
Esa reinvención significó el fin de un largo camino que había co-menzado con el dominio de las ondas electromagnéticas y terminó en el ciberespacio. Las implicancias de esa historia no son solo técnicas sino básicamente sociales y culturales. En su recorrido sucedieron
re-12 Artículo “Los desafíos del subdesarrollo en el mundo digital”, Lazzaro, L.,
Pre-gón, 2000.
13 Negroponte, Nicholas, El mundo digital. Una era de optimismo, Ediciones
voluciones, dos guerras mundiales –que potenciaron enormemente el desarrollo de las comunicaciones– y la etapa final con la Guerra Fría y su epílogo post-industrial.
La historia rosa del progresismo tecnológico suele contar la le-yenda de sabios chiflados o visionarios en sus garajes como artífices del Big Bang científico. Pero fue la carrera espacial y la búsqueda de la supremacía militar entre Estados Unidos y la URSS –lanzados a romper el “equilibrio del terror” que se instaló luego de la Segunda Guerra Mundial– lo que movilizó la inversión de cientos de miles de millones de dólares a las investigaciones que dispararon la revolución científico-tecnológica. En su punto más alto, la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de Ronald Regan, más conocida como la “Guerra de las Galaxias”, desató en los 80 una gigantesca paranoia productiva en el complejo militar-industrial norteamericano que articuló todos los conocimientos de física, química, electrónica y matemáticas para la invención de “armas inteligentes”.
El experto en geopolítica y seguridad norteamericano, Zbigniew Brzezinski, había pronosticado en La era tecnotrónica, el advenimien-to de un nuevo orden internacional surgido de la supremacía tecnológi-co-militar14. El mismo Brzezinski, luego de la caída del Muro de Berlín
y de la implosión soviética de 1989, apuntó que “el imperialismo cul-tural” de los Estados Unidos –sostenido por la industria audiovisual de Hollywood y las nuevas corporaciones de la comunicación– estaba lla-mado a reemplazar al viejo orden sostenido por la amenaza atómica.
De hecho, la génesis misma de Internet –el nuevo medio, que sintetiza la convergencia tecnológica en la comunicación– no puede separarse de los dispositivos militares creados en la Guerra Fría. La agencia de investigaciones en tecnología militar conocida como Arpa (Advanced Research Projects Agency) fue su primer laboratorio de ensayos. La noción de transmitir paquetes de información fragmen-tada y digitalizada mediante redes destinadas al intercambio de datos surge hacia fines de los 50 en esa dependencia norteamericana. A la creación de los protocolos TCP/IP (Transmission Control
Proto-14 Ver también Lazzaro, Luis; Rosso, Daniel; Scalise, Adrián, La batalla de la
comunicación. El desafío de la identidad en la Argentina privatizada, cuaderno
col/Internet Protocol), que permitió Arpanet, le continuaría luego las tecnologías de transmisión por cable coaxil que se aplicaron en los 70 a la Ethernet. Con el aporte de Xerox, Digital Equipment e Intel –que desarrolló los famosos microprocesadores de silicio– será posi-ble estaposi-blecer las bases para las redes de área local (LAN –Local Area Network–). A estas empresas se sumaron luego IBM y la corporación telefónica MCI para poner en marcha las primeras conexiones de alta velocidad.
Reconversión productiva y cultural
En los 80, mientras el Tercer Mundo multiplicaba su endeudamiento y las cenizas de la guerra fría aún apañaban dictaduras militares, las agencias de defensa, los centros espaciales y los organismos de investi-gación atómica de Estados Unidos y Europa, incuban el germen de un salto productivo tan impactante que les permitirá en breve anunciar la “reinvención del mundo”.
Cuando el Muro de Berlín se derrumbaba en el Este europeo, el in-formático británico Timothy Berners-Lee, del Centro Europeo de Inves-tigación Nuclear (CERN) ponía a punto, en 1989, la World Wide Web, que marca el punto de partida para las autopistas de la información. Basada en el concepto de hipertexto, la “telaraña” virtual explotaría en menos de diez años hasta conectar unos 300 millones de compu-tadoras en todo el mundo. A diferencia de los desarrollos tecnológicos precedentes, la digitalización posibilitó –por primera vez– reunir en un mismo soporte y con un lenguaje común a los tres elementos básicos de la comunicación: el texto, la imagen y el sonido.
Para Renato Ortiz está clara la huella genética de los nuevos dispo-sitivos virtuales: “La articulación entre la industria norteamericana de comunicación y el complejo militar es verdadera, no una ficción ideoló-gica. La invención de la computadora no se debe solo al ingenio de los hombres, sino que resulta de la convergencia de intereses científicos y militares”15.
Al comenzar el año 2000 las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) habían transformado la producción y
ción global de bienes y servicios. El fin de la era industrial (y de la modernidad) implicó también un cambio cualitativo en la relación entre el hombre y las máquinas. Si antes estas sustituían el trabajo muscular, ahora reemplazaban en forma creciente las funciones del cerebro. En su entrelazamiento con la informática y las comunicacio-nes personales, la industria de la comunicación audiovisual de masas, especialmente el cine y la televisión, moldearía la impronta cultural de la sociedad digital.
Las nuevas representaciones humanas adoptaron la forma de seres robotizados o atravesados por la tecnología como el hombre nuclear o la mujer biónica, o el androide preprogramado de Robocop sin olvidar los humanoides de Matrix, computadoras de forma humana que solo necesitaban energía para sus proyectos de dominación. Cerca de la perfección de las “armas inteligentes”, eufemismo que procuró dotar de racionalidad simbólica a las máquinas de destrucción humana. Esas propiedades serán transferidas progresivamente de las personas hacia los artefactos, de las sociedades a los dispositivos. Los peores instintos de la juventud global son convocados desde las pantallas interactivas de violentos videogames que van desde Street Fighters hasta Mortal
Kombat.
Aun coincidiendo con lo inevitable de la mutación productiva, no puede omitirse que el vagón del salto tecnológico que supone la digi-talización avanzó impulsado por la locomotora del capitalismo en su fase de expansión corporativa neoliberal. Tal articulación supone en-tonces un tipo de progreso simbolizado por la proliferación de nuevos artefactos y modos de consumo que se desarrollan sobre la progresiva descomposición (licuefacción, en términos de Zygmunt Bauman) de las sociedades y los Estados.
Entre los elementos que caracterizan el cambio de época y de sis-tema, el alemán Ullrich Beck señala la descomposición y desencanta-miento de los magmas de sentido colectivo (paradigmas anteriores) y subraya: “De ahora en adelante todos los esfuerzos de definición se concentran en la figura del individuo. A esto se refiere el concepto de proceso de individualización” dice. Librados a su suerte personal los seres humanos ingresan además en lo que el sociólogo define como
ahora en adelante, como estando sometida a los más variados tipos de riesgo, los cuales tienen un alcance personal y global”16.
En la comunidad electrónica, reflexiona Umberto Eco, el problema no es la hipercomunicación sino la soledad:
“Desde luego vivimos en una nueva comunidad electrónica, bastante global, pero no es una aldea, si por ello se entiende un asentamiento humano donde la gente interactúa directamente entre sí. El verdade-ro pverdade-roblema de una comunidad electrónica es la soledad”17.
Internet aparece como la herramienta democratizadora de ese siste-ma, por donde circularían los negocios, la política y la vida social. Pero la promesa de la comunicación interactiva en tiempo real, imaginada por el mercado para las elites de los continentes, también suponía el analfabetismo digital para las mayorías. Mientras la capacidad de inter-comunicación a nivel mundial se duplicó en menos de dos décadas, la mitad de la población aún carecía de conectividad telefónica al termi-nar el siglo XX.
Diez años después del cambio de milenio un cuarto de la población mundial (25%) navegaba por Internet. Más de 1700 millones de hu-manos se habían convertido en habitantes del mundo digital, pero el 80% de ellos vivían en Europa, Estados Unidos y los islotes asiáticos de modernidad. El otro 20% se reparte entre África, Oceanía y América Latina18. En tanto, las tres cuartas partes que restan de la humanidad
permanecen fuera de la cartografía digital.
Las alianzas y fusiones entre corporaciones de telefonía, infor-mática y producción audiovisual han sido –como veremos– el orde-nador de estos cambios. Las grandes disputas del mercado global han gestado tanto la concentración de los flujos de capital y las operaciones comerciales como la fractura de tejidos culturales e identidades locales.
16 Beck, Ullrich, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Paidós,
1994.
17 Eco, Umberto, Clarín, Cultura y Nación, Domingo 27 de septiembre de
1998.
18 Fuentes: Nielsen Online, ITU, Internet World Stats. Miniwatts Marketing Group,
Mientras los medios masivos de comunicación se dirigían a grandes audiencias y se correspondían con los grandes mercados de consu-mo nacional, la transnacionalización generó terminales segmentadas. La globalización ha fragmentado tanto la oferta como la demanda, produciendo la paradoja de que la distribución audiovisual alcanzó di-mensiones planetarias pero sus productos se dispersaron en nichos de mercado de las audiencias locales. Es más, las condiciones tecnológicas de recepción han venido a subrayar el creciente aislamiento del indivi-duo de sus relaciones sociales al suministrarle terminales personales y móviles de telefonía, informática, radio, cine y televisión. Tal fragmen-tación de mercado no contradice la construcción del “consenso global” (Chomsky) sobre los poderes que rigen el mercado global en el anclaje y fijación de su universo simbólico.
La inclusión de los desposeídos de la sociedad de la información se plantea como el gran desafío de los arquitectos del planeta digital, aunque es evidente que su despliegue reproduce el mismo esquema de inclusión y ciudadanía del mercado en su etapa de desregulación global.
“Para crear hay que destruir”, justifican. Los nuevos sistemas trans-portan dinero virtual por el mercado de capitales que, en un solo día, opera recursos equivalentes al doble del Producto Bruto anual de Áfri-ca. Algunas superproducciones de la industria cinematográfica, como
Titanic, llegaron a facturar más que el PBI anual completo de cualquier
nación de Centroamérica. La industria de las representaciones despla-za a la producción de bienes físicos.
Negroponte tenía razón en algo: los bits no sacian el apetito. “Los bits no se comen; en ese sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte”. Para el gurú de la nueva época “ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”19.
La economía “informacional” –Manuel Castells– alteró la globalidad de las relaciones de poder. “Solamente se observa esta dimensión
ternacional global en la estructura y funcionamiento de las Empresas y del Sistema Financiero, mientras nosotros nos replegamos impoten-tes al ámbito de lo local en nuestra acción política”, planteaban con alarma los documentos de base para la reunión de fin de siglo de la socialdemocracia europea20.
El mercado como política
El nuevo escenario descoloca a la política como mediadora entre los actores sociales y la administración de los resortes del Estado-Nación. La arquitectura de este último se desvanece con las privatizaciones y el embrión del gobierno mundial, gestado primero en los organismos financieros internacionales y en los agrupamientos de los más podero-sos (el G8). Como se aprecia, gobierno mundial, hegemonía del capital financiero y despliegue tecnológico son parte de una misma comuni-dad de intereses.
Las sociedades, entonces, se globalizan y se fracturan. Pero, como señala García Canclini, la distribución de símbolos y el flujo de circu-lación de los mismos tienen direcciones y escenarios preponderantes tales como Nueva York, Hollywood y la sede del Banco Mundial.
“Podríamos ampliar la vista, pero seguiríamos comprobando que los símbolos mayores de la globalización se encuentran casi todos en Estados Unidos y Japón, algunos todavía en Europa y casi ninguno en América Latina”21.
A los guetos tradicionales, surgidos de la marginación, se superpo-nen otros nuevos, producidos por su contraparte, la concentración de la riqueza. La destrucción producida por este Big Bang redistribuye los enclaves de lujo y más bolsones de miseria extrema.
“En el primer mundo, en los países centrales, pero también en los emergentes y en los más pobres, un sector reducido de la población
20 Progreso Global, Documento de base del XX Congreso de la Internacional
Socialista, elaborado por Felipe González (1999).
21 García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, p. 54, Paidós, Estado y
se concentra en guetos de lujo, con sistemas de seguridad, medicina y educación privados. Un porcentaje cada día más reducido de los ac-tivos gozan de un empleo cuya estabilidad depende de la dificultad de sustitución. Otros guetos de miseria y exclusión se están extendiendo por las cada vez mayores concentraciones urbanas. Un tipo de em-pleo precario y sustituible abarca a un numero creciente de activos, carentes de seguridad social, de asistencia sanitaria y de perspectivas para la vejez en sociedades ricas, o con temor a perderlas en otras, rodeados de un universo creciente de excluidos, excedentes del mer-cado de trabajo y marginados del resto de la sociedad”22.
La descripción no pertenece a ningún sociólogo tercermundista. Fue escrita por el ex presidente del gobierno español Felipe González en el documento que sirvió de base a la discusión del XXI Congreso de la Internacional Socialista, que reunió en París a 23 jefes de Estado y representantes de 143 partidos de todo el mundo en 1999.
Estos escenarios no son entonces producto del afán inventivo de la humanidad sino de sectores económicos que vuelven a posicionarse en el planeta a partir de la década neoliberal y de los principios que constituyeron la agenda macroeconómica y política de ese tiempo, sintetizados en el llamado Consenso de Washington. Las falacias de la revolución científico-tecnológica, las reformas privatizadoras de los 90 y el despliegue de un mensaje global orientado a convertir en sentido común los discursos del mercado en su expansión y reproducción son todas caras de una misma moneda.
La cultura y el consumo se desterritorializan, entronizan produc-tos globales y fragmentan identidades locales. Los saberes acumulados saltan de generación y se transfieren a las nuevas, haciendo que los jóvenes de este milenio identifiquen los nuevos lenguajes y artefactos como único discurso de autoridad.
Tanto como la comunicación y la cultura, el sector educativo tam-bién es empujado hacia una matriz de mercado globalizado. Desregular el mercado de la enseñanza universitaria es –junto con los medios– una de las prioridades norteamericanas en las relaciones económicas inter-nacionales. La consultora Merrill Lynch proyectaba que, pocos años
después del cambio de siglo, el mercado de conocimientos por Internet superaría los 50.000 millones de dólares. Entrevistado por Clarín el ex Director de la UNESCO Marco Antonio Dias (Brasil) opinó:
“Lo que se debate aquí es mucho más que el dinero: es si la educa-ción de los ciudadanos va a seguir en manos de gobiernos demo-cráticos o de las multinacionales. ¿Quién va a definir la educación de nuestros hijos? ¿Bajo el control de quiénes estará la formación universitaria? (...) Y si triunfa esta posición, ni la política educacional ni los contenidos de los programas ni la validez de los diplomas serían ya fijados por nuestros gobiernos sino por entidades supranacionales muy influenciadas por las grandes multinacionales”23.
La promoción de la racionalidad individualista por las reformas eco-nómicas e institucionales del Consenso de Washington y sus comple-mentos demandó “modificaciones radicales” en el comportamiento de las sociedades. Se trató de “sustituir el concepto de derechos y obli-gaciones colectivas –emanadas unos y otras tanto de tradiciones co-munitarias como de concepciones socialdemócratas– por la noción de capacidades individuales referidas fundamentalmente al mercado como sistema de organización social”, dice el sociólogo Carlos Vila.
Esto no pudo ocurrir sin un cambio profundo en la matriz cultural de las poblaciones. A juicio del sociólogo argentino
“... el referente implícito es un modelo de elección racional de indivi-duos orientados por una motivación utilitaria, con libre e igual acceso a la información. En sus versiones más fundamentalistas, el rediseño neoliberal de las instituciones apunta a una reconfiguración cultural profunda del conjunto de la sociedad y a la reducción de esta a una sumatoria de interacciones individuales de motivación egoísta”.
El efecto de esa acción cultural producida por la convergencia de estos factores es equivalente a un ácido corrosivo que socava la inte-gridad social y cultural de las naciones, junto con el desmembramiento del Estado.
“La sociedad pierde cohesión; la profundización de las desigualda-des sociales conspira contra el sentimiento de pertenencia a un todo compartido. La comunidad imaginada de la patria, la nación o in-cluso la clase, retrocede ante las lealtades particulares al grupo pri-mario, a la corporación, a la firma de negocios o a identificaciones contingentes”24.
Está claro que el impacto de tales mutaciones trasciende la econo-mía y la cultura. Supone también nuevos desafíos para los sistemas democráticos, especialmente en América Latina, puesto que coinciden el surgimiento de los dispositivos tecnomediáticos con los tiempos en que se retiran las fuerzas armadas del poder. Hasta cabría preguntarse en qué medida reemplazan un modelo de consenso a palos por otro más persuasivo pero igualmente autoritario.
Entre uno y otro esquema de poder –las dictaduras militares y las corporaciones tecnomediáticas– se han debatido la política y las de-mocracias regionales, sobre todo a partir de la última década del siglo pasado y la primera del nuevo milenio.
Concentración o democracia
Varios estudios de organismos regionales latinoamericanos habían alertado sobre el impacto social de las reformas impuestas por la agen-da neoliberal y el funagen-damentalismo de mercado:
“Detrás del discurso del llamado ‘Consenso de Washington’ se en-cuentra el supuesto de la existencia de un modelo único de desarrollo, aplicable a todos los países cualesquiera sean sus circunstancias, y una visión de la ‘economía de mercado’ como antagónica al inter-vencionismo estatal. Esta idea, compartida por los organismos de crédito internacionales, es ‘ahistórica’, nociva y contraria a la demo-cracia”25.
24 Vilas, Carlos M., “Más allá del Consenso de Washington. Un enfoque desde la
política de algunas propuestas del Banco Mundial sobre reforma institucional”, pu-blicado en la revista del CLAD Reforma y Democracia, nº 18, Caracas, 2000.
25 Ocampo, José Antonio, Informe “La democracia en América Latina: Hacia una
democracia de ciudadanas y ciudadanos” para el Proyecto sobre el Desarrollo de la Democracia en América Latina (PRODDAL), 2002, p. 192.
El paradigma de salto tecnológico que operó muchas veces como coartada discursiva del neoliberalismo –especialmente para consumar una involución social en nombre del cambio individual– también resig-nificó el lugar social y político de los medios, que se convirtieron en la prueba más evidente sobre el advenimiento de la posmodernidad mediante la oferta de nuevos artefactos, formatos y contenidos. Desde entonces “la prensa” nunca más será lo mismo, sino otro engranaje de un dispositivo que ya la integró en su diseño de negocios e intereses.
Los principales lideres democráticos de América Latina habían ad-vertido hacia comienzos del siglo que los medios “actúan como supra-poderes, (...) han pasado a tener un poder que excede al Ejecutivo y los poderes legítimamente constituidos, (...) han reemplazado totalmente a los partidos políticos” y se los visualiza en consecuencia como ex-presión de “corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia”26.
Tales expresiones forman parte de un extenso informe sobre el estado de la democracia en Latinoamérica, elaborado por el PNUD en 2002 y publicado en 2004, luego de recabar la opinión de los pre-sidentes y ex prepre-sidentes de la democracia en la región, así como los referentes de los principales partidos políticos.
Varios mandatarios y ex presidentes del Cono Sur señalaban en-tonces su preocupación por “el peso de corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia, por el otorga-miento de privilegios a ciertos grupos en un contexto de partidos dé-biles y de un Estado que debería ser más republicano. (…) La estrecha vinculación entre grupos económicos y medios de comunicación es destacada por la mayoría de los consultados”, señala el informe que compiló Dante Caputo para el PNUD luego de haber consultado a más de 200 dirigentes de la región.
En este sentido, claramente hay un desplazamiento de la política, no solo de los atributos públicos del poder real, sino de los lugares mismos de la enunciación. Los medios de comunicación masivos como
26 “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y
ciudadanos”. Publicado para el Programa de las Naciones Unidas Para el Desa-rrollo (PNUD), Programa de las Naciones Unidas para el DesaDesa-rrollo, New York, 2004, p. 169.
terminales del dispositivo tecnomediático articulados al poder corpora-tivo global los han reemplazado, proveyendo los argumentos principa-les de la disertación y la réplica política. El espacio público ya no es la tribuna, son los medios.
“La civilización –dirá Ryszard Kapuscinski– se vuelve cada vez más de-pendiente de la versión de la historia imaginada por la televisión”27.
La circulación global e irrestricta de la información –y del capital, convertido en intercambio de bytes– está en el corazón del mundo
líquido. En la arquitectura del planeta diseñado bajo la impronta
cor-porativa –que disputa la globalidad del dispositivo– entre empresas in-formáticas o de telefonía, cable y televisión, para convertir a la Web en una infinita señal de acceso múltiple. Allí solo hay espacio para la ciudadanía informática.
El poder político se convierte entonces en “un lugar vacío”, dice Ignacio Ramonet. “La política –sostiene– hoy es la economía, la eco-nomía son las finanzas, las finanzas son los mercados y estos no están controlados por la política. Están fuera del perímetro de la democracia. Este es el desafío de los políticos, entonces hay que restablecer la efi-cacia de la política”28.
El club de los poderosos, constituido sobre la base de las ocho na-ciones más ricas del planeta, lanzó en julio del 2000 una proclama fundante de las bases del nuevo orden29. Caracterizaron allí a las
Tec-nologías de la Información y la Comunicación (TICs) como
“... una de las fuerzas más poderosas para definir el siglo XXI. Su impacto revolucionario afecta a la manera en que la sociedad vive, aprende y trabaja, así como a la forma en la que los gobiernos in-teractúan con esta sociedad. Las TICs se están convirtiendo rápida-mente en el motor vital de crecimiento de la economía mundial. (…)
27 Kapuscinski, Ryszard, “¿Reflejan los media la realidad del mundo? Nuevas
censuras, sutiles manipulaciones”, Le Monde Diplomatique, Julio-Agosto, Ed. Argentina, 1999.
28 Ramonet, Ignacio, Conferencia, Buenos Aires, 1999.
29 Grupo de los 8 (G8), Carta de Okinawa sobre la Sociedad de la Información
Las enormes oportunidades que ofrecen los nuevos medios deben ser empleadas y compartidas por todo el mundo”.
Tal despliegue permite “la creación de un crecimiento económico sostenido” así como “la cohesión social y el trabajo necesario para fortalecer la democracia, aumentar la transparencia y la correcta ma-croeconomía en los gobiernos”, y además “promover los derechos humanos, ensalzar la diversidad cultural y la estabilidad y la paz mun-dial”30.
Adviértase que el impacto revolucionario insuflado a las TICs y sus promesas de bienestar social e incluso promoción de la
diver-sidad cultural, fortalecimiento de la democracia, y hasta su
con-tribución a la paz mundial (¡) son parte del catálogo de instalación del nuevo escenario de expansión comercial de las corporaciones del sector.
Pero la historia recomendaba tomar con prudencia tales proclamas. A comienzos del siglo XX, el hundimiento del Titanic y el horror de la Primera Guerra Mundial habían puesto fin al progresismo voluntarista sobre la infalibilidad de la técnica y del progreso humano montado so-bre los rieles de las tecnologías de punta de la época. Es más, en lugar de resultar el tiempo prometido por los artificios de la mecánica y la ingeniería, la centuria vivió los peores horrores que nadie hubiese podi-do imaginar, desde genocidios masivos, guerras mundiales, terrorismo global atómico, hambrunas y gigantescas migraciones para escapar de la pobreza. Un siglo después, el discurso posibilista sobre las conquis-tas de la ciencia volvía a encender el optimismo sobre la marcha de la sociedad global.
Se jugaba la centralidad del nuevo dispositivo y también la resignifi-cación global de las identidades culturales. Los franceses Jacques Attali –asesor del presidente francés François Mitterrand– y el ex presidente Jacques Chirac, es decir, socialistas y gaullistas, advirtieron sobre los riesgos de que el despliegue del nuevo orden tecno-mediático termina-ra en ottermina-ra ola neocolonial de subordinación a Estados Unidos.
En el caso latinoamericano, la reconfiguración económica y cultural empujada por la simultaneidad de la desregulación y la introducción de
las TIC´s cierra los ciclos anteriores que caracterizaron el siglo XX en la región: invasiones militares directas de tropas norteamericanas (Pa-namá, Nicaragua, Caribe, etc.), las dictaduras de todo tipo sostenidas por control remoto desde Washington (especialmente el Cono Sur) y el ciclo de endeudamiento financiero auspiciado por el FMI (todo el continente latinoamericano).
Los 90 serán los años en que las posibilidades de autonomía cien-tífica y tecnológica de la joven democracia argentina serán devastadas por una explícita subordinación al nuevo dispositivo diseñado por las corporaciones tecnomediáticas norteamericanas.
Los alumnos argentinos
Uno de los esforzados alumnos de la clase, el secretario de Comu-nicaciones argentino (1991-1997) German Kammerath, en su afán de simpatizar con este nuevo club de los poderosos, llegó al disparate de postular en los foros internacionales a Eva Perón como abanderada de la versión digital del neoliberalismo:
“Muchos de Uds. conozcan, quizás, la historia de Eva Perón, ‘Evita’. Fue una mujer que hizo enormes esfuerzos –esposa de un poderoso presidente argentino– por llevar el bienestar a los sectores sociales más humildes de la Argentina. (…) Yo creo que hoy quienes quisieran hacer justicia social impulsarían decididamente el acceso efectivo de los sectores populares al uso de las tecnologías de la información”31.
Kammerath representó como pocos el peronismo travestido de fi-nes del siglo XX con discursos útiles al negocio de las corporaciofi-nes de las telecomunicaciones barnizados con la insólita promesa de la justicia social. El modelo económico de apertura y desindustrialización que destruyó las bases de la sociedad del trabajo se sostuvo, en buena medida, en esos relatos.
31 Discurso pronunciado por el entonces Secretario de Comunicaciones de la
Ar-gentina, Germán Kammerath, en Inter@ctive 97, Foro de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, Ginebra, del 8 al 14 de Septiembre de 1997 (“Un lugar donde jamás se pone el sol”).
“El aliento al desarrollo de la infraestructura de comunicaciones, de los contenidos basados en el principio de la interactividad y en el derecho a la información –afirmaba– moldearán la Sociedad Mundial de la Información, la que constituirá la promesa más acabada que haya tenido el hombre de una revolución tecnológica al servicio de la justicia social”.
La destrucción del complejo industrial nacional y del sistema científi-co-tecnológico argentino fueron, en esa época, las políticas principales que no sembraron justicia sino la más profunda involución social del país en la segunda mitad del siglo. La subordinación del gobierno de Carlos Menem a los postulados del nuevo orden convirtió incluso a Buenos Aires en la sede donde estas proclamas serían lanzadas.
En 1991 se firmó el Tratado de Reciprocidad de Inversiones con Estados Unidos, alfombra de bienvenida a la colonización del sistema audiovisual nacional por parte de diversos grupos económicos, finan-cieros y mediáticos norteamericanos. El propio CEO del grupo que intentaría disputar la convergencia, Hector Magnetto, de Clarín, se permitiría una reflexión brutal sobre semejante acuerdo: “Fue el pri-mer tratado de reciprocidad no recíproco” manifestó, y analizó que “…me parece que respondió más a un proyecto político o de oportu-nismo empresario que a otra cosa. Ningún país del mundo firmó un acuerdo como ese”32.
En 1994 Argentina organizó la Primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones (CMDT-94) bajo el auspicio de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Es el mismo año en que Argentina y Estados Unidos ponen en marcha el tratado que abrirá las puertas al despliegue de empresas norteamericanas de telefonía y de distribución audiovisual por cable. La reforma constitucional de ese año asegurará que el texto del estatuto bilateral prevalezca por encima de las leyes argentinas.
En las conclusiones del encuentro se proclamó la necesidad de re-mover las barreras de protección nacionales de manera que
32 López, José Ignacio, El hombre de Clarín. Vida privada y pública de Héctor
“el desarrollo de las telecomunicaciones pueda fomentarse mediante la liberalización, la apertura a las inversiones privadas en circunstan-cias adecuadas. Su introducción en cualquier ejercicio de reestructu-ración debe ser compatible con las metas de desarrollo nacionales y con el mejoramiento de los servicios en las zonas menos atendidas”.
La declaración final no dejó dudas sobre los intentos de expansión hacia los medios sociales:
“Las estrategias de desarrollo deben abarcar los medios de radio-difusión sonora y de televisión, a través de los sistemas terrenales y por satélite, como uno de los factores clave en la promoción del desarrollo social y cultural. Las nuevas tecnologías de radiodifusión que se están creando proporcionarán oportunidades para aportar una mayor contribución al desarrollo, y especialmente a través de la formación a distancia”33.
Todo el tiempo, las referencias al presunto aporte de las nuevas tecnologías para el desarrollo de las zonas más pobres y el rol igualador de las posibilidades de educación a distancia funcionaron como coar-tadas discursivas tras las cuales se subordinaron las políticas públicas al interés de los mercados.
Globalización y subordinación
Tales recetarios sostuvieron la arquitectura ideológica sobre la que se apoyó la intervención desreguladora y privatizadora del Estado Nacional durante los 90, particularmente en el campo de las telecomunicaciones y de los medios audiovisuales. En 1997 la Secretaría a cargo de Kammerath adjudicó a la empresa francesa Thompson un contrato por 500 millones de dólares para la privatización del control del espacio radioeléctrico. Di-cha concesión fue anulada en el año 2004, por gravísimas irregularidades en su tramitación y con una investigación por corrupción abierta en la justicia.
33 Primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones
(CMDT-94). Declaración de Buenos Aires sobre el Desarrollo Mundial de las Telecomuni-caciones de cara al Siglo XXI. Del 21 al 29 de marzo de 1994.
En la superficie de aquellos negocios, el funcionario interrogaba en sus intervenciones públicas: “¿Por qué no proporcionar computadoras y acceso a Internet a los chicos que viven en naciones donde la comida, la vestimenta y la medicina son inadecuadas?”34.
El nuevo orden se postula entonces como un camino eficaz para lograr la justicia social, la paz o el progreso. El nuevo Big Bang civiliza-torio puede, incluso, detener el tiempo. El politólogo norteamericano Francis Fukuyama adelantó, en ese contexto, el “fin de la historia”, convocando a un imaginario en que el ocio y el confort dominarían las preocupaciones humanas y edificando un paradigma de pax global sobre la base del progreso científico-tecnológico.
En el trasfondo de estos relatos voluntaristas y funcionales a las nuevas ecuaciones de poder global subyacen la fragmentación de las sociedades salariales y las gigantescas migraciones humanas en busca de nuevos horizontes de trabajo, cuando no de puro escape al hambre y la pobreza extrema.
“La disputa por cómo se integran y cómo compiten económica-mente América Latina, Europa y Estados Unidos es también una dispu-ta por cómo se narran las convergencias y los conflictos”, dice Néstor García Canclini, y se pregunta:
“¿Pueden los viejos relatos que organizaron las expectativas de los migrantes y los acuerdos que en otra etapa de la división inter-nacional del trabajo rigieron los intercambios incluir ahora nuevos procesos: los exilios políticos y las migraciones de la globalización, el imaginario de los turistas, las recientes formas de discriminación, la recomposición de las tradiciones locales y regionales, de lo latino y lo anglo, bajo las estrategias mediáticas transnacionales? No solo ha cambiado lo que hay que narrar sino quiénes lo hacen. Aunque la escuela, los museos y los libros siguen conformando la mirada sobre los otros, los actores de la cultura letrada son desplazados por la comunicación audiovisual y electrónica, los organismos públicos de cada nación por empresas transnacionales”35.
34 Kammerath, op. cit., UIT, 1997. 35 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 77.
La Argentina, que amputó en la década perdida de los 90 sus posibi-lidades tecnológicas –en energía atómica, cohetería inteligente, investi-gación científica e informática– desmantelando el Estado y el complejo industrial preexistente y endeudándose, llegó a poner, además, las tres cuartas partes de su dispositivo de telecomunicaciones, distribución y producción audiovisual en manos extranjeras durante la euforia neoli-beral. Destruyó sus posibilidades de soberanía científica y tecnológica en nombre del ingreso al supuesto mundo de la ciudadanía digital.
Carente de autonomía nacional y de proyecto propio, la Argentina terminó el siglo desbarrancándose por la ladera de una crisis que puso en peligro su existencia. Llegó hasta allí empujada no solo por las tesis de subordinación demandadas por los organismos financieros interna-cionales, sino también por la claudicación cultural de haber resignado un proyecto propio. El falso paradigma de la “solución tecnológica” para todos los males –inclusive los de la desigualdad social– también fue parte de aquellas complicidades.
La escandalosa privatización del control del espacio radioeléctrico en 1997 –que terminó con Kammerath procesado por una presunta estafa millonaria– permitió a la empresa Thales Spectrum (continuidad de la francesa Thomson, tercer exportador mundial de armas) una gigantesca facturación por el monitoreo del espectro asignado a radio-difusión y telefonía celular.
En el epílogo del descalabro y cuando intentaba postularse para un tercer mandato, el ex presidente Menem insistía en que su política para las telecomunicaciones podía resolver la pobreza espantosa que había generado al cabo de diez años de gestión, empeorados luego por la efímera experiencia de la Alianza. Decía –al finalizar 2002– que la infraestructura del sector permitiría “la inserción internacional de la Argentina, su economía y su cultura” y también que “nos ayudarán a solucionar las emergencias del hambre y la inseguridad”36.
El paradigma de la globalización, entendida como promesa de aldea universal, también fue funcional al rediseño del poder internacional. El trabajo realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desa-rrollo (PNUD) sobre la democracia en América Latina subrayaba que la
36 El proyecto tecnológico de Carlos Menem (PJ) “Combatiremos el hambre con
globalización no cambió las riendas de lugar: “el mundo está en todas partes, pero el poder del mundo no”.
“Los poderes exteriores han dejado de ser exteriores, son tan inte-riores como los locales. Condicionan o determinan las decisiones del Estado y su campo no se limita a las finanzas o el comercio. Abarcan crecientemente las cuestiones políticas, de seguridad y or-ganización interior, de los sistemas de seguridad sociales, educati-vos y de salud. Es necesario, en consecuencia, ampliar el debate sobre la globalización en dos áreas: por un lado, para dimensionar el impacto real en términos de la soberanía interior de los Estados; en segundo lugar, cómo concebir las estrategias posibles para au-mentar las capacidades nacionales y regionales, para que el poder nacional no se extinga en nombre de un incontrolable poder global. La globalización ha hecho que el mundo exterior esté en el interior de nuestras sociedades. El mundo está en todas partes. Pero el po-der del mundo no”37.
El despliegue de las tecnologías digitales coincidió con –y aprovechó simbólicamente– las circunstancias del cambio de siglo y de milenio para presentarse como el advenimiento del futuro. La reestructuración instó a países como Argentina a transferir al mercado global la capaci-dad de decisión en materia audiovisual.
“En los mismos años en que se produjo esta reestructuración y ex-pansión mundializada de las industrias culturales, con apoyos protec-cionistas para su propia producción en Estados Unidos y los países europeos, los gobiernos latinoamericanos privatizaron canales de te-levisión, redujeron sus créditos para filmar, y en general las inversio-nes estatales en los campos audiovisual y editorial. Mientras la radio y la televisión se convirtieron en los principales medios de difusión de informaciones y diversión, transmisión de alta cultura, escenario de la vida pública y estímulo al consumo, los gobiernos decidieron que no tenían nada que hacer ni decir en ellos. Nuestra dependen-cia se acentúa al no desarrollar con orientación endógena esta rama productiva que (…) genera más empleos modernos, con alto
ponente de valor agregado, altos salarios, y posibilidades de ascenso ocupacional”38.
En la práctica, Argentina adoptó un conjunto de políticas y accio-nes hacia la nueva matriz. No solo mediante las privatizacioaccio-nes y la desregulación (o re-regulación a favor de los poderosos, como opinan algunos expertos), sino a través de documentos públicos internaciona-les como el ya mencionado Tratado con Estados Unidos que liberó el área de las comunicaciones a los capitales norteamericanos sin ningu-na cláusula de reciprocidad efectiva39.
Trabajadores de radio y televisión, de prensa y publicidad, actores, locutores y operadores constituyeron –al comenzar la década neolibe-ral– una organización que denunció ese y otros tratados, reclamando su propia inclusión en la denominada Sociedad de la Información:
“El fin de siglo, de la mano de la post modernidad y el neoliberalismo (que aunque no actúen de consuno si influyen simultáneamente) nos ofrecen un panorama internacional preñado de ‘triunfalismo tecno-lógico’ irreflexivo que tiende a negar al hombre y su identidad cultural como centro de las preocupaciones del desarrollo”40.
Los gremios de la comunicación nucleados en COSITMECOS advirtie-ron, además, que en ese contexto de apertura y privatizaciones se profun-dizan la desocupación y la exclusión de trabajadores y ciudadanos.
Grupos financieros como el Citigroup Equity Investiments (CEI)41, y
diversos fondos de inversión como HMTF (Hicks, Muse, Tate & Furst) con sede en Dallas, Texas, pasaron a ocupar posiciones controlado-ras en telefonía (Telefónica de Argentina y sus satélites) y en medios de comunicación mediante la transferencia irregular de canales abier-tos, sistemas de cable y empresas editoriales. El acuerdo con EE.UU.
38 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 156.
39 Lazzaro, Luis, “La reinvención del mundo”, La Maga, 1999.
40 “El espacio audiovisual y la democracia”. Confederación Sindical de
Trabajado-res de los Medios de Comunicación Audiovisual (COSITMECOS), 30/11/1995, Néstor Cantariño, Secretario General.