Varios estudios de organismos regionales latinoamericanos habían alertado sobre el impacto social de las reformas impuestas por la agen- da neoliberal y el fundamentalismo de mercado:
“Detrás del discurso del llamado ‘Consenso de Washington’ se en- cuentra el supuesto de la existencia de un modelo único de desarrollo, aplicable a todos los países cualesquiera sean sus circunstancias, y una visión de la ‘economía de mercado’ como antagónica al inter- vencionismo estatal. Esta idea, compartida por los organismos de crédito internacionales, es ‘ahistórica’, nociva y contraria a la demo- cracia”25.
24 Vilas, Carlos M., “Más allá del Consenso de Washington. Un enfoque desde la
política de algunas propuestas del Banco Mundial sobre reforma institucional”, pu- blicado en la revista del CLAD Reforma y Democracia, nº 18, Caracas, 2000.
25 Ocampo, José Antonio, Informe “La democracia en América Latina: Hacia una
democracia de ciudadanas y ciudadanos” para el Proyecto sobre el Desarrollo de la Democracia en América Latina (PRODDAL), 2002, p. 192.
El paradigma de salto tecnológico que operó muchas veces como coartada discursiva del neoliberalismo –especialmente para consumar una involución social en nombre del cambio individual– también resig- nificó el lugar social y político de los medios, que se convirtieron en la prueba más evidente sobre el advenimiento de la posmodernidad mediante la oferta de nuevos artefactos, formatos y contenidos. Desde entonces “la prensa” nunca más será lo mismo, sino otro engranaje de un dispositivo que ya la integró en su diseño de negocios e intereses.
Los principales lideres democráticos de América Latina habían ad- vertido hacia comienzos del siglo que los medios “actúan como supra- poderes, (...) han pasado a tener un poder que excede al Ejecutivo y los poderes legítimamente constituidos, (...) han reemplazado totalmente a los partidos políticos” y se los visualiza en consecuencia como ex- presión de “corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia”26.
Tales expresiones forman parte de un extenso informe sobre el estado de la democracia en Latinoamérica, elaborado por el PNUD en 2002 y publicado en 2004, luego de recabar la opinión de los pre- sidentes y ex presidentes de la democracia en la región, así como los referentes de los principales partidos políticos.
Varios mandatarios y ex presidentes del Cono Sur señalaban en- tonces su preocupación por “el peso de corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia, por el otorga- miento de privilegios a ciertos grupos en un contexto de partidos dé- biles y de un Estado que debería ser más republicano. (…) La estrecha vinculación entre grupos económicos y medios de comunicación es destacada por la mayoría de los consultados”, señala el informe que compiló Dante Caputo para el PNUD luego de haber consultado a más de 200 dirigentes de la región.
En este sentido, claramente hay un desplazamiento de la política, no solo de los atributos públicos del poder real, sino de los lugares mismos de la enunciación. Los medios de comunicación masivos como
26 “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y
ciudadanos”. Publicado para el Programa de las Naciones Unidas Para el Desa- rrollo (PNUD), Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, New York, 2004, p. 169.
terminales del dispositivo tecnomediático articulados al poder corpora- tivo global los han reemplazado, proveyendo los argumentos principa- les de la disertación y la réplica política. El espacio público ya no es la tribuna, son los medios.
“La civilización –dirá Ryszard Kapuscinski– se vuelve cada vez más de- pendiente de la versión de la historia imaginada por la televisión”27.
La circulación global e irrestricta de la información –y del capital, convertido en intercambio de bytes– está en el corazón del mundo
líquido. En la arquitectura del planeta diseñado bajo la impronta cor-
porativa –que disputa la globalidad del dispositivo– entre empresas in- formáticas o de telefonía, cable y televisión, para convertir a la Web en una infinita señal de acceso múltiple. Allí solo hay espacio para la ciudadanía informática.
El poder político se convierte entonces en “un lugar vacío”, dice Ignacio Ramonet. “La política –sostiene– hoy es la economía, la eco- nomía son las finanzas, las finanzas son los mercados y estos no están controlados por la política. Están fuera del perímetro de la democracia. Este es el desafío de los políticos, entonces hay que restablecer la efi- cacia de la política”28.
El club de los poderosos, constituido sobre la base de las ocho na- ciones más ricas del planeta, lanzó en julio del 2000 una proclama fundante de las bases del nuevo orden29. Caracterizaron allí a las Tec-
nologías de la Información y la Comunicación (TICs) como
“... una de las fuerzas más poderosas para definir el siglo XXI. Su impacto revolucionario afecta a la manera en que la sociedad vive, aprende y trabaja, así como a la forma en la que los gobiernos in- teractúan con esta sociedad. Las TICs se están convirtiendo rápida- mente en el motor vital de crecimiento de la economía mundial. (…)
27 Kapuscinski, Ryszard, “¿Reflejan los media la realidad del mundo? Nuevas
censuras, sutiles manipulaciones”, Le Monde Diplomatique, Julio-Agosto, Ed. Argentina, 1999.
28 Ramonet, Ignacio, Conferencia, Buenos Aires, 1999.
29 Grupo de los 8 (G8), Carta de Okinawa sobre la Sociedad de la Información
Las enormes oportunidades que ofrecen los nuevos medios deben ser empleadas y compartidas por todo el mundo”.
Tal despliegue permite “la creación de un crecimiento económico sostenido” así como “la cohesión social y el trabajo necesario para fortalecer la democracia, aumentar la transparencia y la correcta ma- croeconomía en los gobiernos”, y además “promover los derechos humanos, ensalzar la diversidad cultural y la estabilidad y la paz mun- dial”30.
Adviértase que el impacto revolucionario insuflado a las TICs y sus promesas de bienestar social e incluso promoción de la diver-
sidad cultural, fortalecimiento de la democracia, y hasta su con-
tribución a la paz mundial (¡) son parte del catálogo de instalación del nuevo escenario de expansión comercial de las corporaciones del sector.
Pero la historia recomendaba tomar con prudencia tales proclamas. A comienzos del siglo XX, el hundimiento del Titanic y el horror de la Primera Guerra Mundial habían puesto fin al progresismo voluntarista sobre la infalibilidad de la técnica y del progreso humano montado so- bre los rieles de las tecnologías de punta de la época. Es más, en lugar de resultar el tiempo prometido por los artificios de la mecánica y la ingeniería, la centuria vivió los peores horrores que nadie hubiese podi- do imaginar, desde genocidios masivos, guerras mundiales, terrorismo global atómico, hambrunas y gigantescas migraciones para escapar de la pobreza. Un siglo después, el discurso posibilista sobre las conquis- tas de la ciencia volvía a encender el optimismo sobre la marcha de la sociedad global.
Se jugaba la centralidad del nuevo dispositivo y también la resignifi- cación global de las identidades culturales. Los franceses Jacques Attali –asesor del presidente francés François Mitterrand– y el ex presidente Jacques Chirac, es decir, socialistas y gaullistas, advirtieron sobre los riesgos de que el despliegue del nuevo orden tecno-mediático termina- ra en otra ola neocolonial de subordinación a Estados Unidos.
En el caso latinoamericano, la reconfiguración económica y cultural empujada por la simultaneidad de la desregulación y la introducción de
las TIC´s cierra los ciclos anteriores que caracterizaron el siglo XX en la región: invasiones militares directas de tropas norteamericanas (Pa- namá, Nicaragua, Caribe, etc.), las dictaduras de todo tipo sostenidas por control remoto desde Washington (especialmente el Cono Sur) y el ciclo de endeudamiento financiero auspiciado por el FMI (todo el continente latinoamericano).
Los 90 serán los años en que las posibilidades de autonomía cien- tífica y tecnológica de la joven democracia argentina serán devastadas por una explícita subordinación al nuevo dispositivo diseñado por las corporaciones tecnomediáticas norteamericanas.