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Los nuevos rostros de la marginalidad.

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Editorial BIBLOS (Buenos Aires).

Los nuevos rostros de la

marginalidad.

Fortunato Malimacci y Salvia, Agustín.

Cita: Fortunato Malimacci y Salvia, Agustín (2005). Los nuevos rostros de la marginalidad. Buenos Aires: Editorial BIBLOS.

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Nuevos y viej os rostros de la marginalidad en el Gran Buenos Aires

Fort unat o Mal l imaci Present amos en est e libro los result ados resumidos de una invest igación llevada adelant e en el Gran Buenos Aires por un equipo de invest igación de la Universidad de Buenos Aires a f in de conocer los act uales rost ros de la marginalidad.

Desaf ío t eórico y met odológico en la Argent ina que est alla a f ines del 2001 y al que, desde un lugar de invest igación y docencia en la universidad pública, t rat amos de responder con aquello que hemos aprendido en décadas: sospechar de la realidad t al cual se present a y pregunt arnos t ant o por las est ruct uras como por los act ores, los hechos como las represent aciones. Queremos invest igar desde el t rabaj o de campo en cont act o con act ores múlt iples, evit ando la est igmat ización dominant e, y descubriendo los enormes esf uerzos de miles de personas por t ransf ormar los angust iosos present es y crear, a pesar de t odo, nuevas oport unidades. Pero t ambién deseamos ocupar un espacio como int elect uales en la vida pública desde una perspect iva crít ica que ret ome y relance los conocimient os de t ant os ot ros y ot ras que como en cualquier part e del mundo, int ent an y han int ent ado comprender de qué maneras, aquí y en condiciones de ext rema vulnerabilidad, hombres y muj eres hacen t odo lo que pueden por ser f elices.

1. Los pobres no se dej an morir: heterogeneidades y vulnerabilidades

¿Cómo caract erizar lo que hoy est amos viviendo en Argent ina y en especial en el área met ropolit ana con sus 12 millones de habit ant es? ¿Cómo nominar, qué palabras manej ar, que concept os ut ilizar cuando las incert idumbres, angust ias y sit uaciones de empobrecimient o se hacen vida cot idiana en millones de personas? ¿Cómo dar cuent a de procesos de largo plazo que han dado como result ado hist orias hechas cuerpos suf rient es y doloridos como las narradas en est e libro? ¿Cómo evit ar el snobismo de quienes suponen que t odo es nuevo en las relaciones sociales y la fat iga int elect ual de los que piensan que sólo se repit en fenómenos del pasado o de ot ros países?

No queremos repet ir análisis “ economicist as” , ent endiendo por ello las miradas macro-económicas que soslayan grupos, agent es y clases sociales, ni analizar sólo “ variables, cif ras y est adíst icas” que se suponen que hablan por sí solas y dividen a la sociedad en “ pobres y no pobres” dej ando de lado mat ices y complej idades o sost ener af irmaciones “ prof et izadoras” que no resist en el mínimo de los análisis de realidades concret as. Nos sent imos t ambién alej ados de las visiones “ románt icas” que t rat an de most rarnos act ores movilizados “ desde abaj o” , resist iendo a t oda dominación, const ruyendo organizaciones pot ent es y valiosas pero que no soport an el paso del t iempo ni la mirada de largo plazo, y que cuando comienzan a no dar respuest as a los esperados sent idos emancipat orios

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originarios, aparece la explicación “ met afísica” que supone que son dest ruidas por agent es ext ernos e int ernos inescrupulosos, que las vacían, las t raicionan y las aniquilan ant e suj et os pasivos e inermes. No, nuest ra mirada quiere ser ot ra. Vulnerabilidad, marginalidad, f lot ación, precariedad, desigualdad social, het erogeneidad, rost ros múlt iples. . . no son t érminos inocent es. Quieren most rar las relaciones dominant es en vast os sect ores sociales y ret omar t oda una t radición crít ica en las ciencias sociales de América Lat ina a la hora de analizar el “ capit alismo realment e exist ent e” en nuest ros países y su prof unda dif icult ad para que “ t odos ent ren” ant e t ant a pobreza, explot ación y discriminación. Queremos t ener una visión de conj unt o del modo de acumulación y no solo miradas parciales o dualist as. Es larga la list a de aut ores nacionales y de ot ros países de la región que no han acept ado las clásicas t eorías de la “ modernización” capit alist a y se niegan a ver en los sect ores populares y sus múlt iples ident idades, sólo resabios “ t radicionales” de un pasado lej ano o cercano a ser superado. Numerosos y valiosos aut ores han dado cuent a en sus t rabaj os de la peculiaridad del capit alismo perif érico, de la modernidad inconclusa que se vive en nuest ros países, de la exist encia compart ida de la pre, la post y la modernidad en nuest ras complej as relaciones sociales de América Lat ina. Ellos est án present es en est os t ext os. 1

Queremos de t odas maneras remarcar que est ar al margen, al borde, empobrecido, sin t rabaj o ni est udio no es automáticamente sinónimo de estar excluido. Queremos ut ilizar est e concept o solament e para las relaciones – individuales y/ o f amiliares- en las cuales se han quebrado t odo t ipo de vínculo social. Los espacios simbólicos, sociales, económicos , imaginarios y religiosos de los grupos vulnerables y marginales est udiados en est e libro son act ivos, se recomponen de miles de maneras ent re ellos, con ( y cont ra ) ot ros act ores sociales. Es una sit uación no asimilable a las “ exclusiones” vividas en el guet o negro de los EEUU, ni por las cast as “ int ocables” de la India, ni por millones de negros del “ apart heid” suf rido en Sudáf rica, o a la opresión neocolonial que se vive en zonas del Asia o del Áf rica.

Del mismo modo debemos recordar como el concept o de marginalidad ha t enido y t iene diversas concepciones. Aquellos que lo veían como part e del at raso de la modernización (las t eorías de la dualidad) y lo suponían –por ende- como algo t ransit orio y aquellos que lo relacionaban con el propio modelo capit alist a y de allí la idea de marginalidad est ruct ural como const it ut iva del mismo. Desde 11 A nivel nacional t enemos los excelent es t rabaj os de Floreal Forni, José Nun, Miguel Murmis, Jose Coraggio y Eduardo Bust elo, ent re ot ros, que han f ormado “ escuelas” de análisis e int erpret ación crít icas de “ las masas marginales y empobrecidas” . Debemos cit ar t ambién la expansión hacia ot ros t emas relacionados en las invest igaciones de Juan Villarreal, Susana Hint ze, Ruben Lo Vuolo, Est ela Grassi, Irene Vasilachis, Aldo Ameigeiras, María del Carmen Feij ó quienes j unt o a t ant os ot ras y ot ros buscan “ comprender” sin “ prej uicios” . A nivel lat inoamericano debemos cit ar a Larissa A. de Lomnit z, Anibal Quij ano, Orlando Fals Borda, Luis Wanderley, Luis Albert o Gomez de Souza, Marilena Chaui, Elsa Tamez y mucho más, que, al decir de Gust avo Gut ierrez se siguen pregunt ando cot idianament e, ¿dónde dormirán hoy los pobres?

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visiones cult uralist as se pasó de “ culpar a los pobres de su pobreza” a ot ras – mut at is mut andi- a reificar las márgenes como sinónimo de aut ent icidad popular2.

En el conurbano bonaerense, los márgenes se comunican y relacionan – pacifica y violent ament e, legal e ilegalment e, social y simbólicament e, por consenso y por coerción, individual, comunit aria y grupalment e - con los diversos cent ros. La disput a por los planes sociales y la ocupación del espacio público, más allá de ot ras consideraciones, muest ra la vit alidad por mant ener una presencia act iva. La vulnerabilidad social llega – y se inst ala- cuando se viven condiciones precarias e inest ables en las t rayect orias sociales, cult urales, f amiliares y laborales y t ienden a debilit arse, al mismo t iempo (o desaparecer según los casos), las redes hist óricas de cont ención social.

Debemos prest ar at ención t ambién a aquellos que nos muest ran como en barrios alej ados de los cent ros y en hábit at ecológicament e precarios, crecen procesos acelerados de reducción del capit al social y se est á llegado al límit e – f ísico, ment al, espirit ual- en la posibilidad de salir de dicha sit uación. Cuando los pobres sólo recurren a los pobres; cuando las escuelas y la salud est at al se det eriora y se ocupa “ pobrement e” de los pobres; cuando a las f amilias- t engan el números de hij os que t engan- se las obliga a sobrevivir con sólo 50 dólares (las que reciben el Plan Jef as y Jef es Desocupados) y cuando los act ores no poseen el cont rol, la aut onomía y la libert ad sobre sus vidas, represent aciones e ident idades estamos en una situación de grave inestabilidad y vulnerabilidad que produce una desposesión material y simbólica que transforma a miles de ciudadanos en cosas, en no personas y en sectores desechables.

Los het erogéneos sect ores populares viven prof undas t ransf ormaciones en sus imaginarios3, memorias y represent aciones sociales. La act ual f ragment ación

permit e que circulen dos grandes visiones ut ópicas del pasado recient e: el de la sociedad salarial y el del mercado desregulado. El primero supone una sociedad 2 No debemos olvidar los import ant es aport es de José Nun a lo largo de décadas sobre est e t ema que nos recuerda que los marginales se pluralizan y no provienen de una sola causa. Af irma que “ la cat egoría de masa marginal que al igual que la de ej ercit o indust rial de reserva designa a las relaciones ent re la población excedent e y el sist ema que la origina y no a los agent es o soport es mismos de t ales relaciones” . José Nun, El f ut uro del empleo y la t esis de la masa marginal en Desarrollo Económico – Revist a de Desarrollo Social, nro. 152, Buenos Aires, 1999, pág. 987. Compart o ampliament e sus conclusiones dada la relevancia en la act ualidad : “ Si no se coloca en el cent ro del debat e social y polít ico lat inoamericano el problema de la superpoblación relat iva y, j unt o con él, el de la dist ribución del ingreso, ni uno ni ot ro se solucionarán por arrast re y el f ut uro sombrío del t rabaj o asalariado será el que se puede vat icinar t ambién de la vida en común” .

3 “ Todo poder se rodea de represent aciones, símbolos, emblemas, et c. que lo legit iman, lo engrandecen y que necesit a para asegurar su prot ección. .. Imaginarios sociales parecieran ser los t érminos que convendría más a est a cat egoría de represent aciones colect ivas, ideas- imágenes de la sociedad global y de t odo lo que t iene que ver con ella.. . Una de las f unciones de los imaginarios sociales consist e en la organización y el dominio del t iempo colect ivo sobre el plano simbólico” . (Baczko Bronislaw, 1991)

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que brindó/ brindará t rabaj o est able, digno, asalariado y bien remunerado para t odos aquellos que t engan capacidades.4 Por sociedad salarial debemos ent ender

no sólo aquella en que la mayoría de los t rabaj adores son asalariados sino donde hay t ambién pleno empleo urbano, dist ribución de la riqueza equit at iva y , sobret odo, un Est ado act ivo que garant ice universalidad en los derechos sociales, laborales, polít icos y económicos y prot ege y da seguridad al t rabaj ador asalariado. Si bien es ciert o que est e modelo- t al cual nos lo present a Cast ells5-

es t ípico de los est ados de bienest ar europeos, no debemos olvidar que el Est ado y la sociedad argent ina ent re los 40 y los mediados de los 70, f ue quizás la más igualit aria e int egrada- comparat ivament e- de los grandes países de A. Lat ina. Cuando recordamos que la dist ribución de la riqueza ent re el decil más alt o y el decil más baj o en 1974 era de uno a 12 y hoy es de 1 a 44 , hay mot ivos para ref orzar la memoria larga. La represent ación de esa memoria de la sociedad salarial, de la “ cult ura del t rabaj o” aparece para millones de personas que la vivieron y para los que la desean como una gran ut opía cuest ionadora del present e.

La ot ra gran memoria present e en sect ores populares es la del mercado desregulador. La reducción al mínimo de las “ prot ecciones laborales” y la desregulación de las empresas est at ales crearon una mayor cant idad de desocupados y de empleos precarios. Para t odos aquellos que no t enían t rabaj o est able y habían perdido la esperanza de encont rar nuevos t rabaj os, est a nueva sit uación de precariedad les abrió nuevas posibilidades de empleos t emporarios y la ilusión de poder “ compet ir” desde sus propias capacidades con los puest os hast a ayer “ impenet rables” en poder de los sindicat os. Además, la inserción t errit orial y el no cont ar con empleo f ij o y est able, les permit ió t ambién acceder a los planes sociales “ f ocalizados” y a una nueva manera de obt ener recursos del Est ado. La regulación del t iempo familiar no est á ahora puest o solament e en buscar un empleo -que es un bien escaso, mal pago e inest able- sino en “ t rabaj ar para obt ener recursos sociales” que permit an una mej or vida. La represent ación de ese mercado desregulado signif ica derret ir los sólidos6 que le

dif icult an compet ir (sindicat os, part idos, inst it uciones, grupos), vivir el hoy (t iende a desaparecer el ayer y el mañana a cost a de un “ present e cont inuo” ) y a exigir un Est ado mínimo que de respuest a sólo a necesidades básicas a f in que pueda compet ir “ librement e” .

4 Para evit ar equívocos debemos recordar que al t rabaj o se le ot organ diversas concepciones que, la mayoría de las veces, aparecen mezcladas en los debat es. El t rabaj o es salario, es t ambién f act or de int egración y puede ser pensado t ambién como “ valor ét ico” . La “ cult ura del t rabaj o” en nuest ro país engloba las t res valoraciones.

5,El éxit o de sus conf erencias y ref lexiones en Argent ina muest ran el int ent o de buscar – no siempre f ácil- af inidades ent re la crisis de la sociedad salarial de nuest ro país y lo sucedido en Europa. (Cast el, Robert , 1997)

6 Ut ilizamos adrede el concept o de Bauman para most rar que el proceso de individuación at raviesa t odas las clases sociales y que se t rat a de invest igar en cada grupo o est rat o social a quienes hay que “ derret ir” para “ compet ir con éxit o” . (Bauman, 2000).

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La dict adura milit ar y el t errorismo de est ado que dest ruyó a t oda una generación de luchadores sociales, la hiperinf lación de fines de los 80 que evaporó ingresos y la desocupación y el t rabaj o precario de los 90 que se prolonga en el t iempo produciendo pérdida de cert ezas j unt o a un Est ado que dej a de int egrar para est ar al servicio del mercado desregulado, f orman part e de los principales element os “ disciplinadores” y “ ordenadores” de la vida cot idiana de millones de personas . La experiencia democrát ica vivida a part ir de los 80 será t ensionada ent re un “ orden capit alist a globalizado ” que exige mayor porción para el mercado, reducción del Est ado y el pago de la deuda ext erna, una clase polít ica que reit eradament e no podrá cumplir con sus promesas “ de hacer felices a los ciudadanos” y una sociedad civil que perderá paulat inament e credibilidad en sus dirigent es y que exigirá – desde ot ro modelo de acumulación capit alist a más product ivist a– a part ir del 2002, revert ir el proceso de empobrecimient o y de pérdida de puest os de t rabaj o. Pareciera que, luego de t odo lo vivido en est os dos últ imos años, se ret omara la exigencia que millones de personas vot aron en la consult a organizado por el Frent e Nacional cont ra la Pobreza en diciembre de 2001: Ningún hogar pobre en la Argent ina.

Las numerosas ent revist as realizadas en el marco de est a invest igación nos muest ran que asist imos a un cambio profundo en la “ cuest ión social” . Los conf lict os ent re capit al-t rabaj o propio de la sociedad indust rial, han perdido la cent ralidad de ot ras décadas para dej ar lugar a los t emas de int egración/ marginalidad/ seguridad que hoy at raviesan el conj unt o de las clases sociales. En las invest igaciones desarrolladas en los principios de los 90 en ot ros barrios del oest e del conurbano (Moreno) most rábamos que el t ema de la violencia cot idiana era, por ej emplo, un exigent e reclamo de sect ores populares puest o que era hacia los j óvenes de dichos sect ores donde se dirigía la violencia indiscriminada por part e de policías y grupos organizados. Hoy, las t ravest is ent revist adas siguen reclamando por mayor j ust icia y seguridad sin ser escuchadas. La prot ección del Arcángel San Gabriel no alcanza y, una vez más, vemos cómo la pert enencia social muest ra una j ust icia para t ravest is del barrio de Palermo en la ciudad de Buenos Aires y ot ra para las de Florencia Varela

El conf lict o social dej a de est ar hegemonizado por el movimient o obrero, los sindicat os y la movilización j uvenil como en los 60 y 70 y aparece cada vez más cent ral y acuciant e la cuest ión de “ la pobreza” y la “ incert idumbre” ant e el f ut uro. Sit uación que at raviesa – y divide- horizont alment e a las clases subalt ernas según el espacio social y simbólico en el que cada uno se encuent ra. Est a invest igación nos muest ra cómo viviendo en un mismo barrio y habiendo compart ido t rayect orias similares, las desigualdades est allan ent re una familia y ot ra que vive al lado, dif icult ando la mirada homogeinizadora sobre los sect ores populares. Los empobrecidos son personas de la ciudad, que conocieron( a t ravés de su propia experiencia o la de sus padres) el t rabaj o asalariado en el sect or indust rial y est at al, la mayoría de los cuales ha pasado por la educación f ormal durant e casi 9 años y que hoy- más allá de sus capacidades, f ormaciones y deseos- son varones y especialment e muj eres (muchas de ellas con hij os y

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viviendo solas) que no acceden a puest os de t rabaj os asalariados, est ables y bien pagos.

El salario social, que acompañó el crecimient o y la consolidación del Est ado de bienest ar en Argent ina, significó salud, vivienda, vacaciones y previsión social de calidad para t odos los asalariados. Est o, que f ue vivido como nuevos derechos de ciudadanía ( a los polít icos se agregaron los económicos y luego los sociales) , f ue suplant ado por las polít icas sociales de un Est ado privat izador y desregulador que dej ó de plant ear derechos universales y pregonó una polít ica social de “ f ocalización a los más pobres ent re los pobres” , y por ende dividió, est igmat izó y cont roló a vast os sect ores de la población. Client elismo, desvíos de f ondos, dominaciones varias, pérdida de credibilidad en las inst it uciones democrát icas y f érreo cont rol social son el result ado de haber abandonado polít icas sociales universales. El Est ado est uvo quizás más present e que en ot ras décadas en los sect ores populares pero no como dador de sent ido, de ciudadanía y pert enencia sino en su facet a burocrát ica, represiva, cont roladora y dispensadora de bienes asist enciales f ragment ados a cargo ahora de líderes locales – polít icos, religiosos, sociales- que aument aron su capit al social y polít ico como int ermediadores privilegiados de amplios sect ores populares abandonados a su propia individuación.

Est o no signif ica que los problemas de la sociedad salarial se hayan resuelt o o evaporado. Por el cont rario, los obreros y empleados “ en blanco” suf ren explot ación, dominación y cobran salarios que vienen descendiendo en su poder de compra desde 1974 hast a el 2002. Pero est os sect ores, f rut o de los cambios en el modelo y en el régimen social de acumulación (leyes, cont roles, desregulaciones, presiones del Est ado sobre los empresarios, et c.) son cada vez menos numerosos y no logran hegemonizar la prot est a social. Los desocupados, los t rabaj adores por cuent a propia, los que cobran salarios sin reconocimient o of icial, los precarizados de mil manera con cont rat os “ basuras” o “ húmedos” ( sea en el Est ado o en el sect or privado) son la gran mayoría de la población económicament e act iva en la Argent ina.

Los cambios de ident idades se manif iest an t ambién en los cambios del significado de los símbolos. Muest ran las cont inuidades y rupt uras en los imaginarios sociales. El piquete que impedía ent rar a la f ábrica (y así presionar a la pat ronal) y que el movimient o obrero ut ilizaba para garant izar el éxit o de sus huelgas , hoy ha sido reemplazado por el cort e de rut as, calles y puent es (es decir, ocupar el espacio público para presionar f rent e al Est ado), que el movimient o de desocupados ut iliza para garant izar la visibilidad de su reclamo y así obt ener el éxit o en sus luchas.

Aún con explot ación, vulnerabilidades, est igmas y angust ias generalizadas los pobres no se dej an morir. Para una enorme porción de hombres y muj eres desocupados o con t rabaj o precario, inest able y mal remunerado, la preocupación por est ar mej or, vivir mej or, progresar, salir de la pobreza sigue

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siendo la principal met a. Est o en un panorama donde la cuest ión social se complej iza. A la búsqueda de un t rabaj o est able cada vez más escaso e inaccesible se debe sumar la urgent e sat isf acción de necesidades mínimas para la subsist encia familiar e individual. Nace una t ensión ent re la presencia en el barrio a f in de obt ener bienes del Est ado y la “ salida” para encont rar t rabaj o. Las opciones se t omarán en cada caso part icular y dependerá de t rayect orias, posibilidades, memorias y f uerzas para seguir adelant e. Así es posible que para una cada vez mayor cant idad de familias, el imaginario del barrio reemplace a la f ábrica, los planes sociales al salario, el movimient o piquet ero al movimient o obrero organizado, el Est ado y el espacio público a la negociación colect iva, la demanda punt ual, part icular y direct a a la larga const rucción de consenso y ot ro sent ido común.

Est amos en presencia de muj eres y varones que viven en relaciones sociales que no “ evolucionan” de menos a más sino que se “ t rasladan” ent re límit es diversos al int erior de un continuum. El riesgo y la incert idumbre hace que las personas vivan al mismo tiempo en lo legal y lo ilegal, no se dist inga ent re lo privado y lo público, se reciba un salario y la ayuda social , se pase del empleo al desempleo y viceversa de un día a ot ro, se viva del día y de la noche, se pida al Est ado y a la sociedad, se busca lo polít ico y lo religioso sin dist inción, se es af iliado y desaf iliado según circunst ancias, se circula por las márgenes y por el cent ro, se vive en el paraíso y en el inf ierno, se es t radicional y moderno al mismo t iempo. Est os espacios sociales, product ivos y simbólicos se encuent ran j unt os, unidos, f ormando part e de un mismo universo de acción, comprensión y sent ido que dan cert ezas y dudas al mismo t iempo. Est o signif ica que se t rat a de des-cif rar y a su vez comprender en cada act or, familia y grupo y en cada sit uación concret a, el desde donde y el para que del sent ido de la acción realizada evit ando- lo repet imos una vez más- t odo t ipo de esencialismo o nat uralismo o reduccionismo o et iquet amient o.

Trat ar de comprender significa hacerse nuevas pregunt as. En est a invest igación hemos buscado combinar est ruct uras con act ores, indagar más por las relaciones que por las sit uaciones sociales, analizar el poder y sus mediaciones en lo local, regional y global , saber qué pasa t ant o en la producción de bienes mat eriales como de bienes en lo social, religioso, cult ural, ét nico, t ener en cuent a las t ransf ormaciones en las relaciones de género; dar cuent a de las sit uaciones obj et ivas al mismo t iempo que nos pregunt amos como hoy, aquí y en est os cont ext os se vive, se suf re, se sueña, y se const ruyen subj et ividades, símbolos, imaginarios, represent aciones polít icas, sociales y religiosas.

La reest ruct uración que se vive en el conurbano est á produciendo t ransf ormaciones múlt iples en las represent aciones. Allí donde hay act ores signif icat ivos y con presencia cot idiana asist imos al surgimient o de nuevas ident idades. Tal es el caso, por el ej emplo, de las ident idades religiosas donde el monopolio cat ólico ha sido quebrado por la presencia de un puj ant e, act ivo y dinámico movimient o evangélico pent ecost al que hoy se hace present e en t odos los barrios. El pent ecost alismo se present a como una religión de pobres para

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pobres a f in de “ salir de la pobreza” . Su propuest a invit a individualment e a dej ar los “ pecados del mundo” (alcohol, violencia f amiliar, dioses paganos, apat ía y cansancio moral, et cét era) a fin de prosperar y convert irse en un “ nuevo hombre y una nueva muj er” . Lo emocional cumple un rol cent ral en poner el cuerpo, ser act ivo en el cult o (glosolalia) y mant ener un diálogo abiert o y direct o con el Espírit u Sant o.

El cult o pract icado en casas t ambién lo muest ra como “ empresas de salvación” por cuent a propia y en espacios privilegiados de dignidad y reconocimient o social. El pent ecost alismo es así una religión de prot est a cont ra una sociedad y una religión dominant e que no brinda posibilidades de part icipación y al mismo t iempo una adapt ación a los nuevos procesos de individuación de la modernidad dominant e.

Est a presencia pent ecost al no nos debe hacer perder de vist a que la principal organización reconocida y legit imada en los barrios para la acción social compensadora es la Carit as pert enecient e a la Iglesia Cat ólica. Allí se dirigen, en primera o en últ ima inst ancia, t odos aquellos que buscan “ ayuda social” , sin import ar religión, part ido o grupo de pert enencia. Los referent es polít icos locales- f uncionarios, legisladores, miembros de las comunas- la consult an asiduament e. Comedores, grupos de aut o ayuda, ent rega de medicament os y ropa, consej os para t rámit es, ayuda a madres y niños y numerosas demandas son recibidas y canalizadas por dicha organización cat ólica que f unciona gracias a volunt arios, personas con planes sociales y personal t écnico rent ado. Gran part e del reconocimient o y poder social que t iene la Iglesia Cat ólica a nivel nacional surge del ent ramado social y simbólico que se t ej e en dicha organización, de numerosos grupos que se present an como ONG o como part e de la sociedad civil, de una cult ura cat ólica dif usa que sigue siendo mayorit aria en el país y de numerosos f uncionarios que han sido socializados- en algún moment o de su vida- en un grupo, comunidad, movimient o o experiencia ligada al amplio y complej o mundo cat ólico.

No sucede los mismo, por ej emplo, con las ident idades polít icas. Los barrios carecen – masivament e puest o que hay excepciones- de t odo t ipo de organización part idaria est able y perdurable f uera del peronismo. No hay ot ros act ores significat ivos que disput en el espacio t errit orial en el conurbano. Es la experiencia part idaria que logra asociar int ereses individuales a una represent ación conf lict iva más amplia y permit e hacer el puent e ent re lo social y lo polít ico. El peronismo int egra (y consolida así la democracia) al mismo t iempo que cont rola socialment e espacios a nivel local( con mét odos aut orit arios y desde una est rat egia de poder que combina t ambién lo legal e ilegal). No hay “ disonancia cognit iva” con el discurso, los símbolos y la práct ica de décadas de los diversos peronismos. Podemos decir que se ha nat uralizado como expresión polít ica que acompaña y da sent ido a lo popular y se reproduce t ant o por la memoria de la “ cult ura del t rabaj o” como por los “ planes sociales” que se dist ribuyen en el t errit orio. Las muj eres peronist as de sect ores populares t ienen

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un mayor prot agonismo en las múlt iples act ividades que se desarrollan y f orman part e de los dif erent es disposit ivos con los cuales cuent a ese part ido para permear y penet rar el mundo popular. La ident idad peronist a se ha t ransf ormado en una amplia y het erogénea cult ura que alberga – por el moment o al menos- a la gran mayoría de los sect ores empobrecidos del conurbano donde cada uno relee el pasado, el present e y el f ut uro según su t rayect oria f amiliar y laboral y los ref erent es de proximidad.

2. El desafío teórico – metodológico

¿Cómo invest igar la complej idad del conurbano bonaerense? ¿Cómo t ener crit erios válidos y conf iables? ¿Cómo escapar a la seducción del número, la cif ra, el dat o t an apet ecido no sólo por los medios sino t ambién por ciert a concepción dominant e de lo que es hacer ciencia en los ámbit os académicos? Giddens denomina “ consenso ort odoxo” a la creencia en el desarrollo ret rasado de las ciencias sociales respect o a sus hermanas las nat urales que habrían alcanzado el “ verdadero” st at us de lo cient ífico (Giddens, 1982, 1990). Part iendo de la creencia en la homología de la est ruct ura lógica de ambas ciencias, la ciencia social debería “ copiar” – según el consenso dominant e- los modelos de la ciencia nat ural (ayer la física, hoy la biología)

La pregunt a y el problema principal al que deberían responder las ciencias sociales- nos dicen- es la relación y art iculación necesaria ent re la t eoría (concept os abst ract os) y la experiencia (relación con lo dado, con “ los hechos” ), es decir, el problema cent rado en la def inición de cómo debe explicar la ciencia (diferenciándose así -se supone- de las explicaciones de la vida corrient e).

El paradigma dominant e en las ciencias af irma que, al explicar f enómenos y regularidades derivándolos de supuest os t eóricos podrán revelarse leyes que al ser universal es y precisas podrán ser probadas a t ravés de enunciar pronóst icos: las t eorías, para ser product ivas deben ser lo suf icient ement e precisas y det erminadas para que las premisas puedan verificarse y ref ut arse en forma empírica. Las Predicciones const ruidas a part ir de las l eyes serán cont rast adas a t ravés de la experiencia como un modo de “ cont rolar y verif icar” la t eoría a part ir de la experiencia.

La definición ant erior de lo que “ es explicar cient íf icament e” implica, como hemos dicho, una “ concepción nat uralist a de la ciencia social y del mundo social” que no compart imos. Giddens crit icará, ent re ot ras cosas, la idea de que la est ruct ura lógica de la Ciencia Social y la Ciencia Nat ural es la misma y, por lo t ant o, ambas deben aspirar a Leyes Universales que expliquen lo que el invest igador observa en el mundo (con la idea casi sacra de que det rás de t odo hecho hay una ley y un orden a ser descubiert o). Aunque no niega la posibilidad de leyes en Ciencias Sociales, enfat izará que las leyes sociales nunca podrán tener el mismo modelo lógico que en las Ciencias llamadas Nat urales. En est as,

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las leyes son universales en su ámbit o de explicación y las relaciones causales present es en ellas son inmutables.

Pero en las Ciencias Sociales -por suert e- las leyes son históricas y modificables y lo son por las caract eríst icas de la acción humana individual y colectiva que const it uye (a la vez que condiciona) el mundo social que invest igan las ciencias sociales. La acción implica dif erent es element os: condiciones declaradas, consecuencias no deseadas y racionalización de la acción (capacidad de los act ores de cont rol int encional ref lexivo de su acción). Est e últ imo punt o vincula a los result ados de la acción (y por lo t ant o del mundo) con el conocimiento que los act ores t ienen sobre su acción: una modif icación del mismo puede alt erar la acción y el mundo social. Así, como los act ores son capaces de apropiarse del conocimient o t ambién son un límit e a la aplicación de las “ leyes sociales” ya que el nuevo conocimient o puede modif icar la acción . Cuánt o más ref lexión y memoria acumulada haya en una sociedad, menos “ universales” (por un aument o de su hist oricidad y modificabilidad) podrán ser las leyes explicat ivas de ese mundo social.

Una de las principales dif erencias que result an de est e diferencial desarrollo ent re las ciencias, es la ausencia en ciencias sociales de leyes, “ precisamente formuladas” acordadas por la generalidad de la comunidad cient íf ica. Las generalizaciones empíricas que result an de la t area dirigida unilat eralment e a los hechos, aunque son consideradas como condición necesaria para la const rucción de t eorías, no son suf icient es para explicar. La ciencia es más que la recolección de dat os. La invest igación empírica, de y por diversas maneras, debe orient arse hacia la const rucción de t eorías comprensivas y comparat ivas.

Caricat urizando, podemos decir que en ciert os grupos “ cient íficos” la explicación de lo que hoy sucede no es causa de modelos de acumulación, de conf lict os y luchas sociales, de fact ores cult urales y/ o religiosos, ni de sus est ruct uras económicas, sino lo que produce las desigualdades e inj ust icias en la humanidad son los factores orgánicos y genéticos que cada uno posee desde su nacimiento!!! La búsqueda (y el hallazgo) en t al o cual universidad del “ primer mundo” del gen del delit o para explicar la “ violencia innat a” o el gen de la sexualidad para explicar las diferent es ident idades y relaciones de género o el gen de la virt ud para explicar la desidia o apat ía de las personas, es una clara demost ración de cómo clasificar es nominar, de cómo las palabras hacen las cosas.

Es import ant e decir que ent endemos la ref lexión epist emológica liberada de t odo t ipo de dogmat ismo. No hay una única f orma legít ima de conocer sino varias. De allí que no nos int eresará profundizar en las t eorías epist emológicas sino en las perspect ivas de los que realizan invest igación social.

Ref lexión epist emológica realizada por la comunidad académica respect o de su propia act ividad, es decir que el punt o de part ida es la práct ica de la

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invest igación cient íf ica . No puede haber ent onces una t eoría de la ciencia y del conocimient o prescindiendo de la realidad social, económica, imaginaria o cult ural. El mundo que vivimos es demasiado complej o como para ser analizado por t eorías que obedecen a principios epist emológicos generales. Las práct icas cient íf icas, como el conj unt o de las práct icas de hombres y muj eres, no son aj enas a las condiciones hist óricas donde se desarrollan.

Como hemos vist o, los int errogant es epist emológicos no son comunes a t odas las disciplinas cient íf icas. Est os int errogant es surgen de la acumulación del conocimient o en cada disciplina en relación con la práct ica cot idiana de invest igación. Floreal Forni nos ha most rado los cont ext os sociales y académicos del desarrollo hist órico del conocimient o met odológico, por ej emplo, dist inguiendo ent re las est rat egias de recolección y las de int erpret ación (Forni, 1992). Por ot ro lado la práct ica de la invest igación en las ciencias sociales nos muest ra la presencia simult ánea de una pluralidad de mét odos cuya aplicación es posible con el f in de conocer un det erminado f enómeno social. Es necesario así dist inguir ent re la ref lexión sobre el t ipo de ciencia que se est á haciendo de la ref lexión por el “ cómo” del conocimient o en general.

Exist en una pluralidad de paradigmas act uando simult áneament e en la invest igación social Est os paradigmas “ son def inidos como los marcos t eóricos- met odológicos ut ilizados por el invest igador para int erpret ar los f enómenos sociales en el cont ext o de una det erminada sociedad”7.

Est os paradigmas deben responder a varios int errogant es: una cosmovisión f ilosóf ica, la det erminación de una o varias f ormas o est rat egias de acceso a la realidad, la adopción o elaboración de concept os de acuerdo con la o las t eorías que crea o supone, un cont ext o social, una f orma de compromiso exist encial, y f inalment e una elección respect o de los f enómenos sociales que analiza.

Es import ant e valorar y rescat ar las dif erent es t radiciones t eóricas y met odológicas en la const rucción de int erpret aciones de una det erminada sociedad, a fin de evit ar el dogmat ismo de suponer un único t ipo valido de análisis . Sólo en ámbit os f alt os de libert ad exist iría una única manera legítima de analizar la sociedad. Si t al sit uación se diese, - y t enemos experiencia varias en nuest ro país- rápidament e aparecerían los “ comisarios cient íf icos” a sant if icar “ la verdad” y perseguir a los “ herét icos” en nombre de la “ verdadera ciencia” . Un paradigma no surge ent onces f rent e a “ anomalías o desviaciones” que lleva a que la ciencia “ aprenda a ver la nat uraleza de una manera diferent e” . En el caso de las ciencias sociales, y de la sociología en part icular, son f rut o de un proceso hist órico: el surgimient o de la modernidad en general y la revolución indust rial en part icular. Para int erpret arlo surgen desde el siglo XIX diversos paradigmas que dominan el campo de las ciencias sociales: el que supone que el 7 Una sínt esis , f rut o de años de t rabaj o en equipo es Vasilachis de Gialdino, en Mét odos

cual it at ivos I. Los pr obl emas t eór ico- epist emol ógicos.

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orden es la condición de progreso y el que analiza al conf lict o como element o const it ut ivo de la sociedad; los que creen que el individuo es el act or relevant e y aquellos que analizan la acción a part ir de movimient os, comunidades y clases sociales; los que creen que hay una sola marcha de la hist oria y los que analizan modernidades periféricas, inconclusas, dependient es con sus propios t iempos, espacios y racionalidades.

Los t rabaj os present ados en est e libro t rat an de asumir el paradigma comprensivo e int erpret at ivo que busca acceder al sent ido prof undo de la producción social: la acción humana signif icat iva. Se t rat a ent onces de comprender el sent ido de la acción social en el cont ext o del mundo de la vida, desde la perspect iva de los act ores y en relación direct a con los mismo a part ir del t rabaj o de campo.

Siguiendo los t ext os ant es analizados, podemos resumir los principales supuest os:

1. la resist encia a la “ nat uralización” del mundo social que según épocas y t eorías ha pasado por la comparación con la f ísica, la biología, las ciencias nat urales. El “ siempre ha sido así” de las ciencias nat urales busca imponerse a la complej idad hist órica, la “ ut ilización de caract eres físicos o genét icos” se aplica a la explicación de t al o cual sit uación social ( en el cual, como vimos ant eriorment e, la búsqueda del gen de delit o es el paroxismo de est a int erpret ación). El mundo de la vida debe ser así ent endido como la combinación de un mundo obj et ivo, ot ro subj et ivo y ot ro relacional. Los últ imos años, ha sido primero el movimient o de muj eres y luego los est udios de género quienes han aport ado una mirada menos universalist a, norat lánt ica y evolucionist a de los hechos sociales al sit uarlos hist órica, espacial y cult uralment e con respect o a la comprensión de la const rucción social de las relaciones humanas. La import ancia de la igualdad y de la diferencia fueron aport es cent rales de est os movimient os. Por ot ro lado mient ras en el paradigma posit ivist a se analizan causas a f in de producir regularidades y leyes, en el int erpret at ivo se analizan los mot ivos de la acción social. Las acciones sociales no son solo cosas sino t ambién ent ramados de int enciones, act it udes y creencias.

La “ nat uralización” de lo social ha encont rado un gran eco los últ imos años en las perspect ivas “ neoliberales” donde el “ mercado” y la “ demonización” al Est ado han f uncionado como element os hegemónicos para “ explicar” lo que hoy sucede y como ut opía de lo que vendrá.

2. De la observación a la comprensión: del punt o de vist a ext erno al punt o de vist a int erno.

Necesit amos, cada vez más, comprender lo que sucede y no es posible hacerlo desde af uera y con la sola observación. Ent ender los procesos y relaciones sociales es muy difícil si no se part icipa en los códigos de su producción. La comunicación, los signif icados, los sent idos que hombres y muj eres dan a sus acciones solo pueden hacerse “ ganando t iempo” t rat ando de comprenderlo j unt o a aquellos que lo producen.

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Los hechos sociales son signif icat ivos t ant o para los que lo producen como para los que lo invest igan. Conocer las concepciones de unos y ot ros es f undament al para dar cuent a de los hechos sociales. A dif erencia de los que t ienen como obj et o de est udio la nat uraleza, el análisis de las relaciones sociales , de una u ot ra manera, int eracciona con el que las invest iga. Más aún, las t eorías, concept os y relaciones est ablecidas por el invest igador son a su vez – dif erencialment e por supuest o- ut ilizadas t ambién por aquellos y aquellas que son invest igados. La relación con su campo de est udio no es de suj et o a obj et o sino de suj et o a suj et o dado que se ocupa de un mundo de la vida pre-int erpret ado

La necesidad de los invest igadores de realizar int erpret aciones de los signif icados creados y empleados en los procesos de int eracción y darle nombre a esas interpretaciones, det ermina la posibilidad de la inf luencia del invest igador sobre el mundo que analiza, mediant e la incorporación de sus int erpret aciones en los act ores y por lo t ant o en el significado de las f ut uras acciones de est os.

4. La perspect iva de los act ores

La sociedad como las personas no exist en “ aisladas” sino en relaciones. Las sociedades son est ruct uras y t ambién individuos, grupos, act ores y movimient os. Relacionar est ruct uras e individuos, el habla y el lenguaj e, analizar la “ dualidad de la est ruct ura” , es decir conect ar la producción de la int eracción social con la reproducción del sist ema social en el t iempo y en el espacio es cent ral (Giddens, 1987). Los suj et os con los cuales nos relacionamos son act ivos, racionales, con memorias, proyect os y expect at ivas que el invest igador no puede desconocer. En sínt esis, la rupt ura epist emológica que produce el paradigma comprensivo e int erpret at ivo a nivel del suj et o, obj et o y mét odo supone la dificult ad ( imposibilidad?) de generalizar y predecir en relación con los f enómenos sociales y la primacía del t rabaj o comparat ivo como una act ividad int egradora.

Si el solo uso de encuest as y mét odos cuant it at ivos es lo caract eríst ico de ciert a sociología cuant it at iva, los mét odos cualit at ivos son el inst rument o analít ico privilegiado de quienes se preocupan por la comprensión de símbolos, sent idos, represent aciones y privilegian el signif icado que los act ores ot organ a su experiencia. De allí la import ancia de la t riangulación – uno de los obj et ivos de est a invest igación- ent re lo cuant i y lo cualit at ivo. Las t eorías y los mét odos ut ilizados en las ciencias sociales no son casuales. Suponen concepciones sobre la sociedad, la vida, el compromiso del invest igador y el rol legit imador, crít ico o cuest ionador que deben cumplir las ciencias .

Los mét odos cualit at ivos se proponen capt ar la realidad del f enómeno baj o est udio y darle un sent ido que vincule: a) las complej as int erpret aciones de los dat os t omados en el t rabaj o de campo buscando capt ar el signif icado de las acciones y de los sucesos para los act ores, b) el caráct er concept ualment e denso que debe t ener la t eoría – descripción densa que no debe generalizar ent re casos sino dent ro de ellos (Geert z, 1989) – y c) la necesidad de un examen det allado e

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int ensivo de los dat os para det erminar la complej idad de las relaciones exist ent es ent re ellos

Et nograf ías, ent revist a, est udio de caso, int ervención sociológica, biograf ía, hist oria de vida, hist oria de f amilias, observación, observación part icipant e, la empat ía con los ent revist ados(democrat izando y abriendo a ot ros int erlocut ores que no sean solo especialist as) y análisis de cont enido son algunas de las posibilidades que se han diseñado a f in de comprender el sent ido del mundo de la vida desde la perspect iva de los act ores. (Tarres, 1995).

Si bien las encuest as son necesarias y nos dan un panorama del hecho social, no alcanzan para dar cuent a de una realidad cada vez más het erogénea donde los sent idos de la acción son f undament ales para comprender los f enómenos est udiados. Import ancia de lograr sínt esis ent re el polo obj et ivist a y el subj et ivist a, ent re “ las cosas” y las “ represent aciones” , en lo que un aut or llama “ const ruct ivismo est ruct uralist a” . (Bourdieu, 1987).

3. Las investigaciones.

El libro present a así diversos art ículos que hacen ej e en las múlt iples vulnerabilidades hoy exist ent es en el conurbano bonaerense. Las hist orias de vida, las ant eriores t rayect orias sociales, las expect at ivas hacia el f ut uro, es decir los proyect os act uales recreados desde las memorias individuales, f amiliares y sociales, y las ut opías varias present es en los cada vez más het erogéneos sect ores populares acompañan y dan sent ido a los prof undos cambios est ruct urales.

Vemos así la vulnerabilidad de la pobreza con sus múlt iples quiebres sociales, desaf iliaciones y dramas f amiliares, con est igmat izaciones y privaciones diversas que repercut en en los cuerpos (t est igos violent os de cómo son saqueadas almas y espírit us de hombres y muj eres), con habit us que int eriorizan las ext erioridades de las dist inciones y desigualdades sociales const ruidas desde hace décadas y la presencia de un Est ado que no se ha ausent ado sino que se manifiest a la mayor de las veces en el cont rol social ej ercido social, simbólico y f ísicament e .

Esa mirada est ruct ural no nos debe hacer perder de vist a lo que sucede en la vida cot idiana. En est os art ículos los pobres t ienen cara, t ienen nombre, t ienen hist oria., poseen t rayect orias valiosas, t ienen capacidades, pelean, luchan, no baj an los brazos a pesar de todo . . . Feriant es, t rabaj adores sexuales, t ravest is, t rabaj adores que aut ogest ionan sus f ábricas, recuperadores, cart oneros, vendedores ambulant es, asist idos por planes sociales, creyent es, cat ólicos, piquet eros, t allerist as. . . Quique, Albert o, Carmona, Dana, María Eugenia, Mayra, Mercedes, Laura Luis, Carlos, Jorge, Bet o, Pedro, Valeria, Mónica, Mart a y cient os de ot ros est án present es en est as páginas y desafían lo que decimos de ellos y lo que nos decimos ent re nosot ros

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Forman part e de un espacio social det erminado sin el cual no se ent ienden las relaciones sociales, poseen un nudo de relaciones –amplio o pequeño- que los const it uye como act ores, poseen un ciert o capit al – que pueden reproducir, limit ar o aument ar- que les da posibilidad de inf luir en un campo det erminado y en un moment o dado a f in de poder modif icar o no – según el grado, nivel y densidad de dicho capit al- las relaciones en donde se encuent ran. Queremos concebir el espacio social en est os t rabaj os como un espacio de múlt iples punt os de vist a, de maneras de ver y de nominar, de lucha por la definición de lo que es bueno, malo, legít imo, ilegít imo y que no se puede const ruir a part ir de un solo f act or.

Queremos agradecer la paciencia, el t rabaj o en equipo y la responsabilidad de t odas las personas que llevaron adelant e est a invest igación ent re el 2001 y el 2003. Encuent ros múlt iples, numerosas ent revist as y visit as al t erreno, t alleres varios y seminarios públicos f ormaron una densa t rama que posibilit aron ampliar nuest ras primeras y est rechas miradas.

Invest igadores, becarios, art ist as y alumnos – Agust ín Salvia, Est eban Bogani, Eduardo Chávez Molina, Luis Miguel Donat ello, Pablo Gut iérrez, Verónica Jiménez Beliveau, Ast or Masset t i, Ernest o Mecia, Ursula Met lika, Javier Parysow, Bet sabé Policast ro, María Laura Raf f o, Emilce Rivero, Laura Saavedra, Vict oria Salvia, Damián Set t on, f ormamos un espacio de ref lexión crít ica que nos permit ió comprender las múlt iples marginalidades – las viej as y las nuevas- como nuest ras diversas, complej as, agobiant es y desaf iant es concepciones t eóricas y met odológicas. Sin ese mayor esf uerzo y la indignación ét ica ant e t ant a inj ust icia, hubiera sido imposible realizar est e proyect o. A t odos ellos, nuest ro más grande agradecimient o.

Bibliografía:

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Vasilachis de Gialdino, Mét odos cual it at ivos I. Los problemas t eórico- epist emol ógicos, CEAL, Buenos Aires, nro. 32, 1992.

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Crisis del empleo y nueva marginalidad: el papel de las economías de la pobreza en t iempos de cambio social

Agust ín Sal via El obj et ivo de t oda invest igación cient íf ica es remit ir los dominios indif erenciados de lo observable a cat egorías t eóricas desde las cuales lo real pueda ser organizado de un modo part icular y concret o en f unción de reducir la complej idad a algunas ideas básicas que el pensamient o pueda ident if icar y proponer como núcleo int eligible del f enómeno que se considera.

En est e orden, ¿cómo caract erizar al conj unt o het erogéneo de formas marginales de aut ogest ión económica y modos de acción polít ica que se han inst alado en el escenario social de la Argent ina del nuevo siglo? ¿A qué t ot alidad social int eligible cabe vincular las acciones colect ivas que encarnan las empresas recuperadas, las organizaciones sociales de desocupados, las asambleas vecinales, las cooperat ivas populares, ent re ot ras manif est aciones de poder y af irmación de reivindicaciones polít icas, económicas y sociales? Desde una part e import ant e del campo de la invest igación social se define a est os emergent es baj o el nombre de “ economía social” o “ economía popular” , asignándoles un papel import ant e en la const rucción de una “ nueva mat riz polít ica” o en la generación de “ art efact os” de la lucha social, o, incluso, como una nueva “ ut opía del desarrollo” , capaz de resolver lo que la economía de mercado no puede solucionar. Pero est e ensayo propone una lect ura alt ernat iva. Est as expresiones sociales const it uyen sobre t odo las f ormas más elaboradas y complej as -y alt ament e mediát icas- de un orden de f uncionamient o mucho más esencial y subt erráneo que bien podemos caract erizar como economía de l a pobreza.

En t al sent ido, se sost iene la hipót esis de que el principal ef ect o agregado de est e despliegue de micro est rat egias de subsist encia es la emergencia de un het erogéneo, polít icament e act ivo y socialment e segment ado sect or inf ormal , que lej os de plant ear una nueva ut opía polít ica o económica, reproduce de manera ampliada una mat riz socio-polít ica cada vez más polarizada y f ragment ada. Tal reproducción ampliada del f enómeno cabe ser explicada por la efect ividad que logran los mét odos de acción basados en reglas de reciprocidad colect iva. De est a manera, sin dej ar de const it uir un t ipo part icular de expresión cont est at aria cont ra el sist ema económico y social, est as const rucciones sociales parecerían desempeñar un comet ido f undament al: f uncionar como recursos de subsist encia en un cont ext o de crisis y regresión de los mecanismos t radicionales de movilidad social.

¿Est o implica negar el papel de est as f ormas sociales en el cambio social? No, de ninguna manera. El het erogéneo ent ramado de est rat egias, de represent aciones y de práct icas que convocan las economías de l a pobreza const it uyen un poderoso f act or de cambio. Sin embargo, cabe pregunt ase ¿cuál es su papel y qué t ipo de innovación generan o hacen posible est os mét odos colect ivos de reproducción social en el act ual cont ext o del capit alismo argent ino?

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Para abordar est e int errogant e, cabe recordar que hast a donde sabemos el cambio social –más allá del deseo de los act ores- no t iene un signo predet erminado, ni mucho menos puede ser def inido a part ir de las int enciones de sus prot agonist as int eresados. Las f ormas sociales nunca son la expresión de la volunt ad de los act ores –ni siquiera la del act or t riunf ant e-, sino la const rucción hist órica de un proceso que podemos suponer se encuent ra, por un lado, organizado de algún modo reconocible (obligado a f uncionar baj o composiciones y reglas de int egración social acept adas), y, al mismo t iempo, abiert o a la innovación en f unción de resolver el conf lict o (obligado a f uncionar baj o condiciones de incert idumbre e improvisación en donde el est ado f ut uro del sist ema no est á predet erminado).

Cualquiera sea el punt o de part ida, el proceso social es siempre un orden en conf lict o, significado de manera ideológica por los suj et os, abiert o a la const rucción social int eresada y polivalent e en cuant o a las consecuencias sociales de su desarrollo. Un orden frent e al cual para su reconocimient o result a necesario abandonar desde un principio t oda ilusión en cuant o a la t ransparencia del lenguaj e y de los signos ut ilizados. Asimismo, cabe dudar de la ut ilidad –t al como propone Boudon (1984)- de at ribuir la explicación del cambio social a est ruct uras globales. Por el cont rario, cabe concent rarse en element os o procesos específ icos ident if icables en t érminos t emporales y espaciales. Es recién después de est e reconocimient o que parece pert inent e int ent ar det erminar las condiciones más generales que los cont iene y le da sent ido; las cuales pueden t ener sus propias reglas de cambio aunque ést as sean menos suscept ibles de demost rarse en un sent ido empírico.

Est e t rabaj o da una respuest a diferent e al int errogant e de quiénes son y en qué sent ido act úan los nuevos emergent es sociales de la marginalidad. Para ello se vale de una serie de invest igaciones apoyadas en est udios de caso, algunas de las cuales son reunidas en est e libro. Ahora bien, cabe aclarar que est as preocupaciones const it uyen t odavía un cuadro parcial e incomplet o de una hipót esis que merece mayor desarrollo y una puest a a prueba de evidencias. Por ahora, int eresa explicit ar el marco int erpret at ivo que ha emergido a part ir de los est udios abordados y su part icular aplicación al t ema que convoca est e art ículo: los ef ect os de la crisis del mundo del t rabaj o sobre el surgimient o de nuevos act ores sociales y el papel que les cabe en est e cont ext o a lo que hemos denominado economías de l a pobreza.

¿Una viej a nueva mat riz de marginalidad social?

La vinculación ent re los cambios est ruct urales de f ines del siglo XX ocurridos en la Argent ina y los déf icit crecient es en las oport unidades de movilidad social, forman una idea f uerza ampliament e acept ada. Avala est a línea del diagnóst ico una ext ensa est adíst ica social que describe det alladament e el alcance del problema en t érminos de pobreza, desempleo, precariedad laboral y desigualdad social. Sin embargo, cabe advert ir que por mucho que el problema se reconozca a t ravés de sus consecuencias indeseables, no por ello queda implicado un conocimient o de la nueva mat riz social más “ empobrecida” y “ f ragment ada” que ha emergido del cambio hist órico y que

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parece reproducirse en un sent ido que t iende a det eriorar las condiciones de int egración del sist ema económico y socio-inst it ucional. 1

En part icular, cabe pregunt arse sobre la exist encia y nat uraleza de los ent ramados socio-económicos y polít ico-inst it ucionales que han hecho posible la ext ensión y profundización de la pobreza sin que ello haya t rast ocado el régimen de acumulación social ni el sist ema de dominación polít ico-inst it ucional.

El act ual paisaj e met ropolit ano cont emporáneo es part icularment e rico en evidencias sobre las muy diferent es f ormas de subsist encia colect iva que conviven en condiciones de marginalidad: comuneros de organizaciones sociales, t rabaj adores de empresas recuperadas limpiadores de vidrios, mendigos, t rabaj adoras sexuales, t allerist as clandest inos, f eriant es ext ralegales, vendedores ambulant es, cart oneros, vendedores callej eros, t rabaj adoras de servicios event uales, ent re muchos ot ros, const it uye sólo una part e del repert orio cada vez más degradado y aparent ement e segregado que present an las práct icas colect ivas o individuales de subsist encia. En general, el suj et o social reunido baj o est a colección de modos de subsist encia (pobres o marginados, sect ores populares, mundo inf ormal, et c. ) ha sido def inido por los est udios crít icos al paradigma de la modernidad como un suj et o homogéneo –o, al menos, homogeneizable-, en t ant o expresión de un sist ema económico dependient e y de crecimient o desigual y combinado que los excluye de la modernidad o, al menos, los margina del espacio donde t iene lugar de manera cent ral dicho proceso.

Est e t rabaj o, si bien se ubica en est a t radición buscar recuperar un conj unt o de enf oques crít icos y ant ecedent es de invest igación que of recen –f rent e a una visión est át ica - un reconocimient o al caráct er f undament alment e relacional (est ruct urado-est ruct urant e) y, al mismo t iempo, mult idimensional por part e de un obj et o que demanda ser descif rado en sus dif erencias sociales, espaciales y t emporales. Desde est a perspect iva, la marginalidad socio-económica se alej a de las def iniciones que se f undan en el recort e de at ribut os cult urales, ecológicas y/ o económicos, para const it uirse en un campo de relaciones más amplio, int egrado a un t odo que lo hace posible –y no necesariament e “ necesario” -, en donde disput an y/ o se art iculan est rat egias individuales y colect ivas de subsist encia que t ransit an por f uera – pero no de modo independient e- de las inst it uciones económicas y polít icas dominant es. En est e sent ido, la marginalidad dej a de ser un component e f uncional del sist ema social para convert irse en un modo de f uncionamient o del mismo (Deleuze, Gilles y Guat t ari, 1985; Belvedere, 1997).

1 Est a lect ura del problema se apoya en la mirada de Mignone (1993), el cual sost iene que las sociedades cont emporáneas se diversif ican cada vez más, pero que las microt ipologías emergent es t ienden a concent rarse en t orno a dos polos f undament ales, o macrot ipologías, que dif ieren mucho en relación a las condiciones de exist encia, las posibilidades de vida y la cant idad y calidad de los recursos sociales disponibles. De est a manera, el nuevo orden social no sólo sería más desigual en cuant o acceso a recursos mat eriales y simbólicos, sino t ambién lograría un alt o grado de int egración gracias a los ef ect os socio-polít icos generados por la propia polarización f ragment ada del sist ema social. Un mirada similar, ref erida a la realidad social argent ina, es posible encont rarla en J. Villarreal (1997), el cual est ablece una nueva lógica social basada en dist inciones vert icales más que horizont ales que se rige por una dialéct ica de los dist int os más que por una dialéct ica de los cont rarios.

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A nuest ro ent ender, corresponde ubicar el nuevo escenario social en el marco del proceso de “ marginalización económica” que han experiment ado amplios sect ores en una sociedad que había alcanzado niveles de bienest ar relat ivament e amplios y homogéneos al int erior de la est ruct ura social. La marginalización socio-económica en la Argent ina se ha const it uido en una mat riz est ruct ural suf icient ement e crist alizada, y, por lo mismo, capaz de reproducirse de manera ampliada y de present ar baj o riesgo de desint egración para el orden polít ico-inst it ucional.2

En est e sent ido, nuest ra principal hipót esis apunt a a most rar que el campo de la marginalidad socioeconómica present e en los grandes cent ros urbanos de la Argent ina const it uye –por muy segregado, conf lict ivo e indeseable que parezca a la mirada del orden social- un component e sist émico fuert ement e encadenado al f uncionamient o global del sist ema socio-económico y polít ico-inst it ucional. Habiendo acumulado dos años de invest igación, cabe dest acar un dat o consist ent e: si bien para algunos sect ores de la sociedad es posible reconst ruir procesos de desplazamient o y t rayect orias de movilidad descendent e durant e la últ ima década (p. e: viej as clases medias urbanas empobrecidas f ormada por t rabaj adores asalariados y cuent a propia t radicionales), no es est e el rasgo dominant e de la nueva mat riz social. De acuerdo con la evidencia, los sect ores que dominan el nuevo escenario de la marginalidad socio-económica han acumulado dos o más generaciones de miembros impedidos de acceder a ef ect ivas oport unidades de movilidad social. Para est os sect ores est ar abaj o const it uye un est ado inercial. Por lo t ant o, el mayor problema que present an los sect ores “ desplazados” no es haber caído sino no poder salir de los encadenamient os socio-económicos y polít ico-inst it ucional que generan las condiciones iniciales de marginalidad y que se act ualizan baj o las renovadas f ormas de subsist encia que inst alan los propios sect ores populares a t ravés de sus est rat egias de vida.

Por ot ra part e, un dat o ciert ament e relevant e es que muchos de est os sect ores, a pesar de su común condición, present an rasgos part iculares de “ dif erenciación” . Sus propias est rat egias de subsist encia y enclasamient o est imulan a la creación de nuevas f ormas de dist inción socio-cult ural. De est a manera, la expresión visible de los procesos de marginalización present a una het erogeneidad crecient e, en un orden social cada vez más conf lict ivo.

En t al sent ido, cabe pregunt arse en qué medida el f act or de cambio de la act ual mat riz social son en ef ect o las nuevas f ormas de aut ogest ión y organización polít ica que surgen de la marginalidad económica, o, por el cont rario, la crecient e acept ación, legit imación e inst it ucionalización que logra –a t ravés del accionar de los propios reclamadores- el derecho a mant enerse en la pobreza y a ser pobre de ot ros derechos. Pero ant es de ent rar en est e t ema, cabe ubicar el escenario económico y sociolaboral donde el conf lict o social emerge como mensaj e port ador de sent ido.

2 Es est a, al menos, una conclusión que surge de una serie de est udios que han abordado los ef ect os poco compensat orios en t érminos de inclusión de los marginados por part e de los ciclos de react ivación económica (Gasparini, 2000, Alt imir y Beccaria, 1999), la ampliación de la educación f ormal (Filmus y Miranda, 1999, Salvia y Tuñón, 2003), las polít icas de inversión social (Golberg, L. , 2004 ) y los programas de ingresos (Cort és R. y Marshall, M. 1991, Bogani, E. 2004).

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El proceso argentino: una catástrofe anunciada

Si bien la mat riz económica y socio-cult ural de la Argent ina fue durant e buena part e del siglo pasado muy diferent e a la de la mayoría de los países lat inoamericanos, el proceso hist órico de las últ imas décadas puso en escena un pat rón de producción de est ancamient o, pobreza y f ragment ación social que ha diluido t ales dif erencias. De est a manera, el país ha ent rado al siglo XXI inmerso en la crisis más prof unda de su hist oria. Ello ha t enido como consecuencia inmediat a el empeoramient o de los niveles de vida de gran part e de la población, conj unt ament e con un increment o en los niveles de concent ración de la riqueza, ambos procesos en niveles inédit os para el país. Ahora bien, si bien est as son las claves est ruct urales del proceso hist órico recient e, no cabe conf undir las consecuencias con las causas. En t érminos generales, corresponde reconocer dos procesos hist óricos est ruct urant es –de t iempo largo- de la act ual crisis económica y social argent ina:

1) Por una part e, el renovado ciclo de expansión que experiment ó el capit alismo mundial baj o la f uerza de una mayor concent ración financiera y una act iva reconversión t ecnológica y product iva.

2) Por ot ra part e, el proceso local de agot amient o, crisis y mut ación que – desde mediados de los set ent a- f ue experiment ando el régimen nat ivo de acumulación y el sist ema polít ico de dominación corporat iva.

En est e marco, cabe rechazar t oda simplificación de la hist oria recient e. De acuerdo con la evidencia, es al menos exagerado imput ar a las polít icas económicas y sociales int roducidas durant e la década de los novent a como la causa del ext raordinario escenario de inequidad, segment ación, pobreza y descomposición que exhibe act ualment e la est ruct ura social. La génesis hist órica de est a decadencia muest ra desde mucho ant es las marcas de un capit alismo f inanciero en expansión y, j unt o con ello, la crisis est ruct ural de una nat iva sociedad salarial corporat iva f undada en un modelo de indust rialización sust it ut iva. En est e cont ext o, es posible reconocer la vigencia de dos dinámicas art iculadas de det erioro social que, aunque relacionadas, surgen y part icipan de encadenamient os independient es:

a) En primer lugar, la mayor concent ración y especialización de los procesos product ivos habrían generado el det erioro y post erior desplazamient o de amplios sect ores que const it uían en núcleo duro de la sociedad salarial del modelo indust rial sust it ut ivo. Est e proceso cont ó con el prot agonismo de est rat egias polít icas int encionales, pero t ambién con cambios t ecnológicos y organizacionales que operaron sobre el vért ice de la est ruct ura product iva af ect ando los f uncionamient os generales del rest o de la est ruct ura económica y social.

b) Al mismo t iempo, la f alt a de renovación y dinamismo en los niveles int ermedios de la est ruct ura socio-product iva y socio-polít ica, j unt o a un agot amient o de las capacidades de int ervención del Est ado en el marco de un sist ema social cada vez más het erogéneo y conf lict ivo habría generado una crisis en las oport unidades de movilidad social y en las redes de inserción de viej as y nuevas generaciones de marginales est ruct urales y

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clases medias vulnerables adheridos a las promesas de la modernización. Est os procesos se agravaron con las polít icas de apert ura comercial, est abilización y reformas est ruct urales de los años novent a (t ipo de cambio f ij o, desregulaciones, privat izaciones y f lexibilización laboral). Junt o a una mayor het erogeneidad de la est ruct ura product iva y una más marcada segment ación del mercado de t rabaj o, devino una mayor debilidad del sist ema social y polít ico-inst it ucional. Unas de las consecuencias más import ant es de est e proceso han sido la debilidad de la demanda agregada de empleo orient ada al mercado int erno, la baj a calidad del empleo generado, la caída en los ingresos reales de las f amilias, el det erioro de la seguridad social y el f uert e increment o en los niveles de concent ración del ingreso. Est as condiciones produj eron, a su vez, un est allido de nuevas desigualdades, crist alizadas en una est ruct ura social más empobrecida y f ragment ada.

Siguiendo est a perspect iva, cabe reconocer como principal component e del act ual escenario social la desart iculación de un modelo fundado en el t rabaj o asalariado y las regulaciones asociat ivas y, j unt o con est o, la emergencia de un orden cada vez más polarizado y f ragment ado.

El deterioro del mundo del empleo

La evidencia est udiada conf irma que los problemas económicos y laborales en la Argent ina no son de recient e gest ación. Desde hace casi t res décadas que el régimen capit alist a argent ino no logra desarrollar un proceso sust ent able de crecimient o económico, generando est a dinámica una pérdida net a de empleos product ivos, a la vez que un aument o exclusivo del subempleo y la precariedad laboral (Alt imir y Beccaria, 1999; Nef f a et al, 1999; Salvia y Rubio, 2002; Monza, 2002; ent re ot ros).

Algunos pocos dat os permit en ubicar mej or la problemát ica ocupacional en la Argent ina act ual. Más de 10 millones de personas (70% de población económicament e act iva) suf ren problemas de empleo, t ales como la desocupación, el t rabaj o indigent e, el empleo precario y el subempleo; si se excluye de est a sit uación a los que t eniendo un empleo regist rado y un ingreso mínimo legal no buscan t rabaj ar más horas ni cambiar de t rabaj o, la masa de t rabaj adores sobrant es del capit alismo argent ino asciende de t odos modos a casi 7 millones de personas (el 50% de la f uerza de t rabaj o urbana). En igual sent ido, la het erogeneidad y debilidad del mercado de t rabaj o se sigue haciendo evident e cuando se confirma que la mit ad de la f uerza de t rabaj o ocupada se encuent ra insert a en un mercado secundario o t erciario dominado por la inf ormalidad laboral. Sólo el 35% de los ocupados se encuent ran insert os en el mercado primario privado, mient ras que el 15% est á ocupado en el sect or público.

En est e marco, los negat ivos indicadores sociales (como por ej emplo que más del 50% de las personas habit an en hogares pobres y el 25% en sit uación de indigencia) const it uyen una expresión direct a de est a est ruct ura económico-ocupacional. En variados aspect os est a f uerza de t rabaj o excedent e, lej os de est ar int egrada al mercado laboral como ej ercit o indust rial de reserva, const it uye una masa marginal al menos poco f uncional –cuando no disf uncional- a la dinámica de acumulación concent rada y a la regulación

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