Salvia, Agust ín (2002): “ Crisis del empleo y f ragment ación social en la
2. Coordenadas teórico-conceptuales de análisis.
Las ident idades personales y colect ivas que se f orman en t orno a las caract eríst icas “ sexuales” del t rabaj o cont rast an con las de ot ros t rabaj adores. En t ant o t ipos ideales, se t rat a de ident idades negat ivas condensadoras de las dif erent es f ormas de desprecio social que despiert a el sexo convert ido en un medio de subsist encia. Las ent revist adas of recieron relat os sobre sus it inerarios laborales que sit úan a la prost it ución como un dat o del pasado; una sit uación indeseada a la que se habría llegado, a veces inconscient ement e, ot ras veces en cont ra de las propias aspiraciones, casi siempre coercionadas por acuciant es necesidades económicas: con la excepción de algún caso (“ a mí me gust a pint arme y sal ir a cal l ej ear” )6 las
ent revist adas no han convert ido a la necesidad en virt ud. Por el cont rario, la prost it ución es vivida como un t rabaj o cost oso ya que por lo general es obj et o de ocult amient o ant e redes de relaciones int erpersonales muy signif icat ivas para ellas. Los padres, los hij os (y sus compañeros de colegio), la parej a (y sus amigos), y los int egrant es del vecindario aparecen como un conj unt o de vínculos imprescindibles para el desarrollo emot ivo de la vida cot idiana y, al mismo t iempo, como un severo audit orio moral dispuest o a sancionar el caráct er sexual del t rabaj o por las supuest as consecuencias ref eridas al honor que de él se derivarían. El t emor ant e esa probable reprobación (cuyo campo de aplicación excede a sus personas part iculares y son ext ensibles a sus seres más queridos) las conmina a desplegar una serie de est rat egias de ocult amient o.
En una obra clásica7, Erving Gof f man ut ilizó el t érmino “ est igma” para hacer
“ref erencia a un at ribut o prof undament e desacredit ador” , aclarando de inmediat o que “ l o que en real idad se necesit a es un lenguaj e de rel aciones, no de at ribut os. Un at ribut o que est igmat iza a un t ipo de poseedor puede conf irmar l a normal idad de ot ro y, por consiguient e, no es ni honroso ni ignominioso en sí mismo”8. Sin
embargo, desde la perspect iva nat iva de las prost it ut as y las t ravest is, “ su” est igma más que el result ado de una relación arbit raria, represent a una et iquet a que t ermina siendo verdad, un puro at ribut o personal que arroj a sombras sobre sí mismas.
La est igmat ización de los grupos sociales es un fenómeno complej o habida cuent a de que los est igmas t ienen dist int o origen y calidad. Pueden originarse en f act ores f ísicos, ét nicos, religiosos, o de conduct as sexuales; aunque debe not arse que, en 6 Ent revist a a Mayra, t ravest i.
7 “ Est igma. La ident idad det eriorada” , publicado originalment e en 1963, es un clásico de la lit erat ura sociológica. Su aut or f ue el brillant e sociólogo canadiense Erving Gof f man (1922-1982). El est igma es un est ereot ipo, es decir, una señal que ident if ica a alguien y le conf iere el st at us social (por lo general
indeseable) ant e los demás, de manera que puede ser adopt ado o segregado por ciert os sect ores sociales específ icos. Es así como, por ej emplo, las prost it ut as, los mendigos, los drogadict os, los homosexuales, los criminales, las personas de raza negra, de acuerdo con las caract eríst icas personales af ines, van creando los pequeños grupos que proclaman, de manera direct a o indirect a, su represent ación en la sociedad y así van consolidando su ident idad. De ahí que el símbolo, o sea, el est igma, sea un at isbo para conocer la ident idad del suj et o, y asimismo pueda ser suscept ible de ser ut ilizado por ot ros como una f orma para chant aj ear y soj uzgar al considerado como inf erior, ext raño o anormal. Es t ípica la siguient e f rase: "Si no -haces t al cosa-, diré a l os demás l o que en real idad eres . .. ".
8 GOFFMAN, 1970: 13.
paralelo a la adversa valoración social de las personas o los grupos que t ienen caract eríst icas dist int ivas, algunos de ellos se han organizado y reclamado int egración, manif est ando que, j ust ament e aquello que la sociedad rechaza es para ellos f uent e de derechos y reconocimient o.
La organización social de los grupos est igmat izados parece depender de la visibilidad del est igma: cuando la visibilidad no puede evit arse porque es direct ament e percept ible, lo que ocurre en los casos de los est igmas “ ét nicos” (vg. : el color de piel) se volvería más probable la organización; por el cont rario, cuando exist e la posibilidad de que un est igma pueda no ser direct ament e percibido (vg. : la homosexualidad, las muj eres golpeadas o violadas), esa probabilidad descendería aliment ada por la presencia de un sent imient o parecido a la vergüenza: es dificult oso organizar aquello que no se dej a ver.9
Aquellos act ores sociales desacredit ados por la sociedad y que no pueden ocult ar el est igma fueron denominados por Gof f man “ act ores est igmat izados” mient ras que son “ act ores est igmat izabl es”10 aquellos que aún no han sido est igmat izados en
razón del ocult amient o del est igma pero que pueden llegar a serlo en algún moment o porque algún accident e puede revelar el maldit o at ribut o desacredit ador. Del conj unt o de los act ores est igmat izados, ést os últ imos son los que –t emerosos ant e una sanción que creen poder evit ar- despliegan const ant es est rat egias de ocult amient o más o menos exit osas.
La posesión de un at ribut o est igmat izador t iene consecuencias relacionales import ant es: si se reconst ruyen las t rayect orias de sus poseedores, con f recuencia podrá not arse que t ransit an por nodos de relaciones sociales dispares; es decir, que part e de su sociabilidad la despliegan en presencia de sus pares (de las personas que t ienen y padecen el mismo est igma), y la ot ra part e con personas que no son como ellos (la “ impar” sociedad en general). Ambos nodos de relaciones, desde un punt o de vist a emot ivo, pueden aparecer igualment e import ant es para el desarrollo cot idiano de la vida. En el caso de act ores est igmat izables como las prost it ut as –más aún cuando son madres- est a circunst ancia es más not able y origina una especie de disociación social de la personalidad con f ases que corren parej as al rit mo de su t rabaj o: “ noche” y “ día” son t ramos cronológicos que ellas int ent an no poner en relación est imuladas por la idea de que durant e el día es posible ocult ar lo act uado durant e la noche.11 De result ar exit oso el ocult amient o
de esa part e del día, la calidad y la cant idad de sus relaciones int erpersonales y sociales en general no diferirán de las de un miembro común de la sociedad. El caso de las t ravest is dif iere en varios aspect os, siendo el primero a dest acar el hecho de que su est igma es incont est able al ser direct ament e percept ible y muy sancionado socialment e: en ot ras palabras, las t ravest is son “ desde ya” act ores est igmat izados. Por lo t ant o, “ desde ya” el est igma de las t ravest is inunda de inmediat o los círculos de relaciones int erpersonales más cercanos (en part icular su f amilia) que result an t an ensombrecidos como ellas, de ahí que muy a menudo ellas decidan vivir solas o en compañía de ot ras t ravest is. El est igma de las t ravest is es sumament e part icular y, por ciert o, t rae consigo consecuencias inexorables. A pesar de t rat arse de un est igma percept ible a part ir de lo f ísico, es en lo f undament al un est igma moral: para la sociedad, pocas marcas corporales dicen 9 MECCIA, 2001: 48.
10 GOFFMAN, 1970: 14.
11 “ Disociación social de la personalidad” , consúlt ese MECCIA, 2003: 171.
t ant o del int erior de las personas como las de las t ravest is, quienes son percibidas como algo parecido a las art ífices de unos “ engaños” permanent es, el mayor de ellos: “ hacerse pasar” por muj eres cuando biológicament e son hombres. Est e engaño originario (t raidor de una “ buena f e” de segundos de duración que cualquier persona t uvo al deposit ar su mirada sobre ellas) es el sost én de t oda una serie de engaños o aj ust es que realizan a diario para mant ener su performance, es decir, para que nada se not e a pesar de que se not a. Se t rat a de una disposición inf recuent e del cuerpo propio, de la invención de unos at ribut os personales que, sin embargo, generan pánico en el cuerpo social y hacen que, desde un punt o de vist a relacional, las cart as est én echadas: en relación con un miembro común de la sociedad, las redes de sociabilidad de las t ravest is son en calidad y cant idad, considerablement e menores, y muchas veces las relaciones se rest ringen a las mismas compañeras de infort unio. Expulsadas de los ámbit os educat ivos (f ormal e inf ormalment e), práct icament e imposibilit adas para conseguir empleo (salvo of icios subalt ernos del t ipo limpieza domést ica o cuidado de ancianos) las relaciones sociales de las t ravest is van coincidiendo excluyent ement e con los vínculos que est ablecen en su t rabaj o, es decir, el único lugar donde t ant o sus compañeras como los desconocidos client es valoran el engaño. A dif erencia del caso de las muj eres en sit uación de prost it ución que, al ocult ar con relat ivo éxit o su est igma pueden est ablecer vínculos sociales het erogéneos, el caso del est igma de las t ravest is parece conducirlas hacia un despiadado enclaust ramient o relacional. La cult ura de una sociedad secularizada aunque het erosexist a, est á aún lej os de met abolizar la presencia de sus f iguras y de lo que represent an; algo que sí ha hecho con las muj eres. Alej andro Modarelli señala con agudeza que, en el drama de la baj a prost it ución urbana y suburbana (últ imament e secuest rado por los medios de comunicación masiva), en comparación con las t ravest is, las muj eres j uegan un rol menor, ya que “ represent an para el argent ino medio el t radicional papel bíbl ico de magdal enas, suj et os más de compasión que de cast igo. Se las supone probables esposas abandonadas, madres arroj adas a ese mundo por l a necesidad, reverso de vírgenes, privadas del goce verdadero. ”12
De t odas maneras, la posibilidad de ampliar o reducir el universo de las relaciones sociales posibles, no depende de la posesión de un at ribut o est igmat izador a secas. A lo largo de est e escrit o, habrá de t enerse cuidado en imput ar la sanción social a la sola posesión de un est igma, es decir, en hacerla independient e de la condición económico-social de su port ador, algo sobre lo que Goff man y los t eóricos del et iquet amient o no han rendido cuent a suf icient e13. Ef ect ivament e, es dable
esperar que el grado de reprobación ant e las marcas dist int ivas de los grupos sociales est igmat izados varíe según la pert enencia social de cada act or-miembro en part icular. Las consecuencias de un est igma (vg. “ prost it ución” , “ t ravest ismo” ) no son homogéneas: la sanción ant e la “ alt a prost it ución” es considerablement e menor que la que despiert a la “ baj a” prost it ución, de la misma manera que la clase de sanción que despiert an las t ravest is que han podido hacerse un lugar en el 12 MODARELLI, 2003: 2.
13 Las crít icas a la obra de Gof f man acaso sean más abundant es que los elogios. El marcado clima de reacción al parsonianismo y a la microsociología t iñó gran part e de los acercamient os a su genial obra en los años 70. No obst ant e, cabe dest acar aquel señalamient o que veía en Gof f man a un aut or que no se animó a hacerse cargo de t odas las pot encialidades que se desprendían de sus escrit os (WOLF, 1994: 104). Se t rat a de una crít ica aguda: los gof f manianos con seguridad hubieran agradecido que el sociólogo hubiese int ent ado int egrar en sus análisis sobre el f uncionamient o de las cat egorías sociales est igmat izadas variables ref eridas a la posición económico-social de cada act or est igmat izado en part icular para poner de relieve, sobre t odo, que la reprobación social ant e un mismo est igma no es homogénea.