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La vida cotidiana, el trabaj o y las marcas de la precariedad

In document Los nuevos rostros de la marginalidad. (página 172-175)

Sociabilidad limitada

3. La vida cotidiana, el trabaj o y las marcas de la precariedad

Las suj et os, en est e cont ext o social f ragment ado y desvalorizado, perciben sus t rayect orias personales y f amiliares en t érminos de pendient e irreversiblement e descendent e. Y, en est e sent ido, la pérdida de la cent ralidad del t rabaj o como est ruct urador de las vidas individuales y familiares es decisiva: los relat os de los ent revist ados circulan recurrent ement e ent re un pasado idealizado, marcado por la inclusión en el marco de la sociedad salarial, y un present e en el que el plan social que hace las veces de “ t rabaj o” no alcanza para organizar una “ normalidad” cot idiana asociada a esa sociedad salarial desaparecida (Cast el, 1996).

Los diferent es planes de asist encia son el principal (y la abrumadora mayoría de las veces el único) ingreso f amiliar de nuest ros ent revist ados. El “ t rabaj o” en el plan social aparece sumament e desdibuj ado: los ent revist ados t ienden a def inirlo como aquello que NO ES ant es que como lo que ES.

Mart a no recibió capacit ación para las t areas que realiza en “ el plan” . A su t rabaj o no le ve demasiado fut uro. Nos coment a sobre el f río que ha t enido que pasar t rabaj ando en la calle, así como el malt rat o por part e de algunos vecinos (a los cuales ella desconocía). El plan no parece t ener f ut uro, porque la gent e no valora el t rabaj o que ellos realizan: limpiar las calles “ no es una cosa que se ve. ” Pref eriría realizar ot ras t areas. Con su cuadrilla de t rabaj o han plant eado algunos

proyect os (conseguir t ela para hacer pañales, hacer sábanas para los hospit ales) que no han podido concret arse por f alt a de recursos mat eriales. De t odas maneras, señala algunas vent aj as del t rabaj o: la buena relación con los compañeros y el hecho de no t rat arse de un t rabaj o “ t an escl avizado” .

En un día t ípico, Mart a se levant a a las seis y media de la mañana. Camina hast a su t rabaj o en el PEL unas 27 cuadras. Ent ra a t rabaj ar a las ocho, y a las once y media de la mañana ya est á de vuelt a. Sus seis chicos van al comedor, y luego se organizan ellos solos para ir a la escuela a la t arde.

El t rabaj o no t iene reglas f ij as (las horas de asist encia son variables, la concurrencia efect iva no es vinculant e), no exist en signos de pert enencia relacionados con el t rabaj o: ni unif orme ident if icador, ni lugar de reunión f ij o y dif erenciado, ni herramient as, ni inst rument os de seguridad; como si un t rabaj o despoj ado de rit ualidades (aunque sean mínimas) no f uese cabalment e un “ t rabaj o” . El plan social se const it uye en un def inidor de ident idades negat ivas, porque es la mirada de los ot ros (generalment e hecha propia) la que dice que “ no es un t rabaj o” , o que ese t rabaj o “ no sirve” , “ no se ve” . Miradas que marcan y est igmat izan a los poseedores de los planes sociales. El acceso al t rabaj o es por las redes inf ormales, de punt eros: “ Nos pedían ir a l as marchas. Y bueno anot arse a l as marchas, para ir a l as marchas ibas y después t e sal ía más rápido” .

Mónica se sient e est igmat izada por poseer el PEL: “Si, l a gent e no l o val ora. Porque o sea l o que l a gent e coment a ust edes cobran y no hacen nada, pero cuando uno est á adent ro ahí si t e das cuent a, lo que haces y l o que val oras o no” . A Mónica, sin embargo, le brinda una sensación de dignidad: “ Bueno a mí me gust a. A mí me gust a porque no me gust a t ampoco que me regal en l as cosas” . Después de t odo, el PEL es considerado por ella como una salida. Un segundo element o que le brinda esperanza a Mónica es la posibilidad de est udiar, “ por que pienso que si uno no est udia no l l ega a nada t ampoco, y a mí me gust aría saber mas cosas, . . . rel acionarse con ot ra cl ase de gent e y no quedarse est ancado uno en l a vida” . El t rabaj o en el “ plan” es así percibido baj o el signo de una cont radicción esencial, de un cont rasent ido que impide que las t areas se conviert an en un organizador cabal de la vida de los benef iciados. El hecho de que les paguen genera en las ent revist adas un sent ido de deber, que las lleva a cumplir el horario est ipulado, al mismo t iempo, lo exiguo de la paga, y las malas condiciones del t rabaj o no permit en crear reglas legit imadas que est ruct uren la vida de los suj et os.

El t rabaj o de Valeria en el “ pl an” comienza a las ocho y media, y t ermina a las once de la mañana. Luego, vuelve a lo de su madre, t oma unos mat es y va a buscar a sus hij as a la escuela. Almuerza con ella (la exigua paga que recibe no le permit e aliment ar dos veces por día a su f amilia), y vuelve a su casa a arreglarla un poco. “ Con dolor de cabeza, eso sí” : no sabe qué va a comer al día siguient e, lo que le provoca est e pert inaz dolor que la acompaña siempre. Valeria es coordinadora de su cuadrilla. Su t rabaj o no es demasiado def inido, solo saben que t ienen que ir, y hacer algo. Ahora cort an el past o y limpian, les t ocó una plaza que “ dej aron más l impia” , y que t ienen que mant ener.

Valeria t iene una relación ambigua con su t rabaj o: por un lado sient e que “ t enés que ir a t rabaj ar por monedas t odos l os días” , si se falt a 5 días suspenden el cont rat o, y j ust ifica que f rent e a lo que es sent ido como condiciones adversas, la gent e que est á con ella no t enga ganas de ir a t rabaj ar. Por ot ro lado, piensa que

no t rabaj ar es “ f al t ar el respet o” , y que aunque sea poco lo que cobran “ nos l o est án pagando igual ” , por lo que sient e que algo t ienen que cumplir. Ella, en t ant o que coordinadora, represent a las normas, pero las condiciones mismas del t rabaj o, poco rit ualizado, con escasísimos signos de pert enencia, sin f unciones f ij as, hacen que no pueda hacer cumplir las reglas, ni siquiera ella misma.

Más que f uncionar como un est ruct urador ef ect ivo de la vida de los que t rabaj an, aparece un anhelo, un deseo de que el Plan est ruct ure la vida. Los ent revist ados quisieran que el Plan se convirt iera en el ej e de sus vidas, mediant e la asignación de una t area más digna y menos sucia (muchas muj eres, sin guant es ni uniformes, limpian zanj as con agua est ancada), pero las condiciones de t rabaj o at ent an en permanencia cont ra est e anhelo: no hay herramient as, no hay lugares, NO HAY. Por eso, las ent revist adas no creen que los Planes puedan cambiar en beneficio suyo (dej ar de t rabaj ar en la zanj as para pasar a un t aller de cort e y confección). En est e sent ido, el t rabaj o aparece como un est ruct urador débil.

La falt a de t rabaj o aparece como el desencadenant e de una serie de procesos que acent úan la espiral de la decadencia respect o de sus ideales ant eriores, marco en el cual las ent revist adas se explican sus vidas. La sit uación de desocupación, además de impedir la reproducción de las condiciones de vida más básicas, pensadas ant es como “ normales” , y de desorganizar la vida cot idiana de las personas y los roles f amiliares, f unciona como una barrera para el acceso a benef icios asociados con el ascenso social: la salud, la educación y la vivienda. Los precept ores de planes sociales se han vist o obligados a renunciar al acceso a una vivienda legalment e reconocida como propia, al acceso a cent ros de salud cercanos que cubran sus necesidades, a la idea de garant izar la cont inuidad de la educación de sus hij os, a los sueños personales de perf eccionamient o a t ravés de la capacit ación o la educación superior.

Valeria vive en el barrio de La Mat era, con sus t res hij as de 4, 7 y 11 años. El t erreno sobre el que const ruyó su casilla f ue ocupado hace algunos años, durant e una t oma de la que part icipó “ t odo el barrio” . Tener un t erreno propio era uno se sus más ant iguos sueños: el ot ro era est udiar odont ología, pero ese no pudo concret arlo. Ella vivía en una casa de mat erial, con su marido, en el f ondo del t erreno de una t ía de él. Pero para Valeria, por más bonit a que f uera esa casa, el t erreno no era de ellos, ni nunca lo sería. Cuando se ent eró que sus hermanas y hermanos part icipaban en una t oma, venciendo sus resist encias f rent e a lo ilegal de la movida, se decidió a asent arse en unos t errenos pert enecient es a la municipalidad, linderos con un arroyo sucio que inunda el barrio varias veces por año. La últ ima vez el agua alt a inundó su casa: se vieron obligadas a ir a lo de la madre de Valeria, y dej ar t odas sus cosas. El regreso es duro: hay que limpiar, y luego del agua queda el barro, y eso, dice ella, “ es t odos l os días” . Valeria est á cansada, t an cansada que a veces lo único que quiere hacer es dormir, ni siquiera mirar t elevisión, o escuchar la radio. Aunque ahora el t erreno sea “ propio” , la permanent e amenaza del agua provoca el det erioro de muebles y art efact os, y de t odo lo que t iene en la vivienda, bienes que Valeria no t iene posibilidades de reponer. La salud es ot ro de los aspect os problemát icos, especialment e luego de la separación de su marido: si bien sus hij as t ienen obra social, y cuando se enferman el padre las lleva al hospit al, su madre no t iene plat a para remedios, y si las t iene que llevar ella, t ampoco para el colect ivo: “ Hay que recorrer l ugares donde se puedan conseguir [ los remedios] ” .

In document Los nuevos rostros de la marginalidad. (página 172-175)

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