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Representaciones de la “ normalidad” y feminización de la pobreza.

In document Los nuevos rostros de la marginalidad. (página 175-177)

Sociabilidad limitada

4. Representaciones de la “ normalidad” y feminización de la pobreza.

Los planes sociales, el “ t rabaj o” de los ent revist ados, no logran crear moj ones de sent ido en que los individuos se apoyen para reconst ruir una vida cot idiana en t érminos de “ normalidad” . Las represent aciones de la “ normalidad” , asociadas a una vida personal, familiar y comunit aria organizada alrededor de act ividades laborales relat ivament e est ables y cont inuas, persist en más allá de la desaparición del cont ext o social en el que se fueron generando. Así, los ent revist ados perciben sus propias vidas como desplazadas del espacio de la “ normalidad” , o de lo que deberían ser. Y est e desplazamient o aparece t ant o en las relaciones de los suj et os al t rabaj o como en los espacios más privados de la f amilia, en que la ref ormulación de los roles f amiliares de género acarrea serios cuest ionamient os personales y comunit arios. Si por un lado las carencias mat eriales refuerzan de algún modo las relaciones f amiliares, en vist as a subvenir necesidades, t ambién repercut en en las represent aciones que los individuos se hacen respect o a lo que la organización f amiliar debería ser: los padres crían a los hij os, y los hij os se ocupan de sus padres ancianos, los hij os mej oran la experiencia de los padres en lo mat erial y educat ivo, los maridos son los principales proveedores para el sost én de su f amilia.

Mart a no t iene heladera, y debe llevar los aliment os a la casa de su madre, que sí t iene. Suele t ambién pedirle plat a prest ada a la madre, lo cual le genera un sent imient o de vergüenza. La sit uación de desempleo que suf re su marido parece convert irla a ella en el mot or de la f amilia: los hij os le aseguraron que en el día del padre le iban a dar un regalo a ella, y no a su marido. Mart a asegura que est e coment ario le causó a ella misma t rist eza y dolor.

Así, el concept o de f eminización de la pobreza debería t ener en cuent a la f unción de los recuerdos en cuant o conf orman represent aciones simbólicas de un t ipo específ ico de “ normalidad” que se ve negada en la act ualidad. Est a “ normalidad” se ref iere a la dist ribución por género de los roles en la f amilia, a un t ipo específ ico de est ruct ura f amiliar que ha sido nat uralizado por los suj et os. En las ent revist as se observa que la figura del padre es recordada como el garant e del mant enimient o de la est ruct ura de división de roles f amiliares, resalt ándose sus at ribut os posit ivos, sin que sepamos nada de los negat ivos. La madre, por su lado, parece no haber t enido nunca que salir a t rabaj ar, pudiendo quedarse en su casa con los hij os.

El padre de Mart a, paraguayo, llegó a la Argent ina cuando t enía aproximadament e veint e años y t rabaj ó en una empresa de inst alación de aire acondicionado. Él t ambién est udió para ser maest ro, inculcando a sus hij os una gran valoración por el est udio. Mart a lo recuerda como un hombre “ muy t rabaj ador, al guien que podía hacer que a su f amil ia no l e sobrara pero t ampoco l e f al t ara nada. No sé si era la época o era él o capaz l as dos cosas". Su madre nunca t rabaj ó, “ por suert e” , como dice Mart a. Act ualment e cobra la pensión que le dej ó su marido. Mart a recuerda lo bueno que era que su madre no hubiera t enido que t rabaj ar, ya que podía quedarse t odo el día en la casa con sus hij os. Compara ese pasado con su sit uación act ual, “ muy dif erent e” . Siguiendo los consej os de su padre, Mart a est udió de adolescent e, pero abandonó la secundaria en cuart o año. Se casó, y quedó embarazada en el año 1998. Tras t ener a su hij a cursó la secundaria para adult os y f inalizó los est udios. Carit as le pagó un curso de recreación infant il en la Universidad de Quilmes. Reconoce que la educación est uvo siempre muy present e en su familia, y para ella, sigue siendo considerada como un recurso de “ progreso” .

Est a sensación no parece ser compart ida por sus hij as, aunque ninguna de ellas haya abandonado aún los est udios.

Las represent aciones que los suj et os se f orman de la realidad est án en const ant e int eracción con sus recuerdos: la memoria de la experiencia personal y f amiliar moldea la percepción del propio present e. La pobreza adquiere caract eríst icas f emeninas en la medida en que es percibida por las muj eres de un modo específ ico, en t ensión con el pasado como ideal perdido. La pobreza, al llevar a que la muj er sin f ormación laboral ni educacional (no las necesit aba, ya que se suponía que el hombre se encargaría de mant ener a la f amilia) se conviert a en cabeza del hogar, t rast oca las pre-concepciones mediant e las cuales los suj et os int eract úan con la “ normalidad” . Eso hace que dichas muj eres perciban su sit uación como anormal, en el sent ido que no acuerda con sus propias represent aciones de lo que los roles masculino y f emenino deben ser. Si bien la sit uación de precariedad parece conducir a que las muj eres adopt en roles que ant es les est aban negados, el recuerdo idealizado del pasado (de la sit uación de su madre, quien es beneficiaria del cobro de la pensión dej ada por el marido) act ualiza const ant ement e el recuerdo de la viej a est ruct ura familiar, most rando como los pat rones de “ normalidad” se mant ienen en las f ormas de percepción del mundo y de sí mismo. La dist ribución de los roles de género al int erior de la f amilia ha provocado, por ot ro lado, que ni la f ormación ni la inserción en el mercado laboral f ueran percibidas como una necesidad: dent ro del esquema ideal-t ípico en el que las muj eres que ent revist amos f ueron socializadas, el hombre-proveedor se ocupa de las necesidades del hogar, y la muj er de las t areas domést icas. El event ual f racaso de la parej a, y la reorganización de la familia en t orno de la muj er como j efa de hogar, y principal sust ent o de ést e, muest ra un rost ro f emenino de la pobreza: sin capacit ación, sin experiencia, sin cont act os, las muj eres se enf rent an a un mercado laboral ya rest ringido y expulsor de mano de obra.

La t rayect oria laboral de Valeria est á marcada por su condición de género: ella dej ó los est udios porque est aba embarazada, y no ret omó el t rabaj o en la f ábrica en la que est aba empleada porque no necesit aba: vivía con “el padre de las nenas” y no le hacía f alt a nada. Valeria considera que él t uvo suert e de llegar donde est á, y de t ener un sueldo f ij o, pero ese ascenso f ue gracias a ella: “ t odo porque yo est aba ahí, y l o ayudaba” , y a sus post ergaciones: “ es como que yo a él l o ayudé a cumpl ir su sueño pero me ol vidé de l o mío, me ol vidé de mi vida” . Las relaciones con él se det erioraron irreversiblement e. Policía y golpeador, ella no aguant ó la violencia domést ica, los golpes y las promesas incumplidas de cambio. La rebelión f rent e a las agresiones y a lo que socialment e se consideran ocupaciones “ nat urales” de la muj er la llevó a la rupt ura: “ un día. .. vino y me dij o hacéme la comida . .. , y yo agarré y l e dij e: - no voy a hacer nada, yo no soy escl ava de nadie” .

La separación de su marido marca un quiebre en la vida de Valeria: si por un lado “ vivo un poco más t ranquila, porque sé que me acuest o a dormir y al ot ro día me l evant o bien” , en t érminos mat eriales el det erioro es f uert e, en varios aspect os. En cuant o al consumo: “ yo est aba acost umbrada a vivir de ot ra f orma, era una señora que no me f al t aba l a pl at a, . . . no iba a buscar of ert as, ni precios ni nada, . .. no me import aba lo que gast aba” . Ahora no puede comprar nada más allá de los aliment os: no alcanza, y el marido sólo le pasa “ cuando se l e ocurre, 50$” . Cuando

Valeria se separó adelgazó 21 kilos. Su madre le pregunt a “ ¿cómo hacés?” , y la respuest a es lapidaria: “ Cómo voy a hacer, mami, me morí de hambre” .

Los imperat ivos sociales llevaron a que Valeria privilegiara un rol de “ acompañadora” , “ f acil it adora” de la carrera de su marido, dej ando de lado sus propios sueños y ambiciones, y los deseos de sus padres. Dej ó los est udios, dej ó el t rabaj o: no lo necesit aba, puest o que la economía f amiliar giraba en t orno a los ingresos de él. Cuando se separa, ella queda a cargo de su f amilia, y se encuent ra con escasa preparación educat iva y experiencia laboral, y sin posibilidades de increment arlas, dado que no t iene recursos económicos para cont rat ar alguien que se ocupe de sus hij as mient ras est udia. La dif ícil sit uación del mercado de t rabaj o hace el rest o: el plan Trabaj ar es lo único que Valeria encuent ra para sost ener su economía f amiliar.

In document Los nuevos rostros de la marginalidad. (página 175-177)

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