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Pepe Prado Effeta

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Academic year: 2021

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JOSÉ H. PRADO FLORES

ÂNGELA M. CHINEZE

EFFETÁ

Ábrete

Publicaciones Kerygma

México

2004

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Imprimatur:

En proceso

Registro:

En proceso

México

Dibujos:

Susan Prado Agee

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CONTENIDO

PRESENTACIÓN 9

1. LA AUTOESTIMA DE BARTIMEO

1. Introducción: la autoestima y los sentimientos cautivos 13

2. Mensaje evangélico: metodología de Jesús para hacer

crecer la autoestima de Bartimeo 14

A. Marginación de Bartimeo 14

B. Jesús pasa por última vez por la vereda de Bartimeo 19 C. El grito de Bartimeo detiene a Jesús 19 D. Jesús confía en Bartimeo para que Bartimeo confíe en sí

mismo 23

E. Ya no más limosnero 29

3. Conclusión: lo seguía por el camino 33

4. Meditación de Timeo 34

2. CÓMO GANAR O PERDER UNA BATALLA

1. Introducción: la mente y dos estrategias 37

2. Por qué unos ganan y otros pierden en la misma batalla 37 A. Cómo David venció un enemigo más poderoso 38

- Meditación de Goliat 42

B. Cómo Sansón perdió con un enemigo más débil 43

- Meditación de Dalila 49

C. Unos ganan y otros pierden en Jericó 51 - Tres pasos para ganar una batalla 51 - Tres actitudes para perder una guerra 53 - Meditación de Rahab, la prostituta 55

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3. NO HAY PROBLEMAS, SÓLO DESAFÍOS

1. Introducción: los problemas nos benefician 59

2. Mensaje evangélico: Simón Pedro camina sobre las aguas de las dificultades 60 A. Primer desafío: dirigir la operación y animar compañeros 60 B. Segundo desafío: si eres tú, llámame ir a ti sobre las aguas 62 C. Tercer desafío: enfrentar el problema 63

D. Cuarto desafío: Señor, sálvame 64

3. Conclusión: las dificultades nos fortifican 67

4. Meditación de Tomás 68

4. DEL FRACASO AL ÉXITO EN 24 HORAS

1. Introducción: la pesca milagrosa 71

2. Mensaje evangélico: tres escalones 73 A. Primer escalón: identificar errores que conducen al fracaso 73 B. Segundo escalón: aprender en la escuela de los errores 75 C. Tercer escalón: cambiar mentalidad y estrategia 80

3. Conclusión: la escuela de los fracasos 84

4. Meditación de la esposa de Simón 84

5. CUATRO RENUNCIAS LIBERADORAS

1. Introducción: El evangelio es buena noticia 87

2. Mensaje Evangélico: Cómo ser libres y felices 87 A. Vender todo para comprar campo y perla 88

- Meditación de Dios 88

B. El manto de Bartimeo 93

- Meditación del manto de Bartimeo 98

C. El perfume de la pecadora 100

- Meditación del perfume de la prostituta 104

D. Las redes de Simón Pedro 107

- Meditación de las redes de Simón Pedro 111

3. Conclusión: liberación integral 113

6. JAIRO: DE JEFE A PAPÁ 1. Introducción: buenas y malas noticias

2. Mensaje: lo que escogemos se trasforma en realidad 115 A. Un jefe tenía una hija enferma 116

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B. Dos oídos y una decisión 122

C. Dos visiones diferentes 125

D. Talita kum 126

E. De jefe a papá 127

3. Conclusión: escoger lo que queremos oír y ver 128

4. Recuerdos de la hija de Jairo 129

7. NO VENDER EL CAMPO DEL TESORO

1. Introducción: un campo sin pena ni gloria 133

2. Mensaje evangélico: valorar el tesoro que somos y tenemos 134 A. Antes de la operación comercial 134

B. La operación comercial 136

C. Después de la operación comercial 137

3. Conclusión: todavía es tiempo 139

4. Meditación del campo 142

8. MUJER ENCORVADA POR LA LEY

1. Introducción: terapia para enderezarnos 143

2. Mensaje evangélico: liberación de la Ley 144 A. Enseña en sábado en una sinagoga 144 B. Historial clínico de la mujer 146 C. Jesús la libera y ella se endereza 150

D. Tres reacciones 155

3. Conclusión: cabeza en alto y rodillas en el suelo 157

4. Meditación del jefe de la sinagoga 159

9. LUCHA DEL BIEN CONTRA EL MAL

1. Introducción: la coexistencia del bien y el mal 161

2. Mensaje evangélico: el plan de Dios para este mundo 162

A. El Reino y dos protagonistas 163

B. Primer grupo: hombres que se duermen 164 C. Segundo grupo: siervos angustiados 167 D. Tercer grupo: segadores y tiempo de la siega 170

3. Conclusión: el plan de Dios se cumple 174

4. Meditación: el sueño de Dios 176

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PRESENTACIÓN

En el capítulo siete del evangelio de Marcos encontramos una escena evangélica donde aparecen dos personajes: el sordomudo que representa la persona incomunicada así como quienes lo con-ducen hasta Jesús.

Generalmente los reflectores se centran en la curación del pri-mero, pero se olvida que estaba tan paralizado que tuvo que ser llevado por otros; sin los cuales se debería cancelar esta página tan bella del evangelio.

El hijo de David se dirige al hombre con una orden: Effetá, ábrete. No son sus oídos o boca los que están cerrados, sino él mismo. La enfermedad física es síntoma de su situación personal: se había cortado las alas de la comunicación con el mundo, con los demás y con Dios. Afortunadamente tuvo algunas personas que lo condujeron hasta Jesús de Nazaret, ya que ni de eso él era capaz.

A través de estas páginas, nosotros queremos ser quienes lle-vemos y presentemos a cada lector delante del Mesías para que él, pronuncie una vez más esa palabra poderosa que es capaz de trasformar la vida: “Effetá, ábrete”.

Si fuera posible sintetizar la buena noticia de Jesús, sería preci-samente con esta expresión: “Effetá, ábrete”, porque la levadura del Evangelio hace que nuestras posibilidades lleguen hasta la frontera de lo inimaginable para que podamos vivir en plenitud la vida humana. El Hijo del hombre tanto libera de todo peso a los

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que están cansados de estar cansados, como capacita para atravesar mares Rojos que impiden nuestra marcha hacia la tierra prometida.

Así pues, cada capítulo de este libro es un amigo que nos pre-senta ante el Maestro de Galilea para que podamos disfrutar desde ahora la vida en abundancia que él vino a traer a este mundo. • La escena del ciego Bartimeo sentado a la orilla del camino

nos abrirá el corazón para creer en nosotros mismos, como Dios nos valoriza y confía en nosotros, sabiendo que tene-mos capacidad para gritar, levantarnos y hasta saltar. Nos va a abrir para que aprendamos a valorarnos y amarnos a noso-tros mismos.

• En los dos siguientes capítulos Simón Pedro nos abrirá los ojos para considerar los problemas como grandes oportuni-dades de crecimiento y aprender a trasformar el fracaso en un éxito, con una mentalidad de triunfador.

• David nos abrirá el discernimiento para atacar con nuestras mejores armas. Con Sansón vamos a aprender a defendernos de los enemigos, especialmente cuando ese rival está dentro de nosotros mismos. Junto a las murallas de Jericó percibi-remos que la victoria como la derrota se originan en la mente de los contendientes.

• Como nuestra actitud frente a la vida depende de nuestra fe, Jairo nos va a enseñar cómo alimentarla: escuchar las buenas noticias y desechar las predicciones de quienes afirman que nuestro futuro ya está muerto, mientras Jesús asegura que só-lo está dormido.

• Las cuatro renuncias evangélicas cambiarán nuestra visión del sufrimiento y el dolor, pues nos abriremos para conside-rar el Evangelio; no como una cruz, sino el poder de la cruz que nos libera de pesos y cadenas, para volar por cielos iné-ditos y transitar caminos vírgenes. No se trata de sufrir sino de evitar el dolor estéril, que ni es humano ni menos evangé-lico.

• El campo del tesoro nos va a prevenir para valorar lo que somos y tenemos, para no vender el campo sin saber que contiene una gran riqueza.

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• Con la mujer encorvada vamos a abrirnos para romper ciertos paradigmas tradicionales basados en la ley. Ella nos va a mostrar que Dios quiere hombres y mujeres con la ca-beza en alto, aunque se tenga que violar la sacratísima ley del Sinaí. Nos vamos a abrir para glorificar a Dios con la ca-beza erguida y las rodillas en el suelo.

• Al final, nos abriremos para valorar tanto el trigo, que no arranquemos la cizaña antes de tiempo, sino la sepamos aprovechar, como en los cuadros de Rembrant donde las sombras hacen resaltar más las imágenes luminosas.

Estas nueve ventanas forman un colorido vitral evangélico que nos libera de todo aquello que obstaculiza el plan original e Dios y potencia nuestras posibilidades mucho más allá de lo que podemos pedir o pensar.

Que el Espíritu Santo nos traspase cual espada de dos filos pa-ra que hagamos realidad el sueño de Dios: disfrutar la vida en abundancia que Cristo Jesús vino a traer a este mundo, con un cielo nuevo y una tierra nueva, limpios de cizaña, porque todas las cosas sirven para nuestro bien, no porque todas sean buenas, sino porque todas son susceptibles de llegar a serlo.

Guadalajara, México. Londrina, Brasil. 6 de julio de 2004.

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LA AUTOESTIMA DE BARTIMEO

1. INTRODUCCIÓN: LA AUTOESTIMA Y LOS SENTIMIENTOS CAUTIVOS

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia: Jn 10,10.

Se ha difundido mucho la idea que confiar en nosotros mismos es un atentado contra nuestra confianza en Dios. Esta noción viene de una concepción desenfocada: se cree que Dios mora en las alturas y nosotros hundiéndonos en el mar de las dificultades.

Sin embargo, Él está no sólo con nosotros (Mt 1,23) ni en me-dio de nosotros (Mt 18,19), sino en nosotros (Jn 14,23). Por tanto, creer en nosotros es reconocer que la Presencia divina invade todo nuestro ser, como el alma de nuestra alma. Así, confiar en Dios y no creer en nosotros sería la peor de las contradicciones, pues somos imagen y semejanza suyas.

El pasaje de Bartimeo a la orilla del camino de Jericó nos muestra la pedagogía de Jesús que nos abre las alas y las expectati-vas para que crezca nuestra autoestima, y sintiéndonos amados, podamos amar.

Llegan a Jericó.

Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un men-digo ciego, estaba sentado junto al camino.

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Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar, «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!».

Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».

Jesús se detuvo y dijo, «Llámenlo.» Llaman al ciego, diciéndo-le, «¡Animo, levántate, te llama!»

Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo, «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo, «Rabbuní, ¡que vea!».

Jesús le dijo, «Vete, tu fe te ha salvado».

Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino: Mc 10,46-52.

2. MENSAJE EVANGÉLICO: METODOLOGÍA DE JESÚS PARA HACER CRECER LA AUTOESTIMA DE BARTIMEO

A. LA MARGINACION DE BARTIMEO

La marginación se da en dos direcciones: cuando los demás nos aíslan y cuando nosotros mismos nos separamos. Bartimeo sufrió ambas, aunque la segunda es sin duda peor.

El ser ciego era una de las desgracias más terribles en tiempos de Jesús, pues se le excluía de la comunidad de Israel. El invidente estaba marcado por las condenas de la sociedad que lo consideraba pecador, y por tanto, ay de aquel que “comiera o bebiera con él”, porque era reo del mismo delito. El ciego, pues, vivía en la más terrible de las soledades, sin derechos sociales ni religiosos.

Bartimeo, el hijo de Timeo, era uno de estos desdichados. No había espacio para él dentro de los históricos muros de la ciudad de Jericó, ni tenía visa para entrar en sinagoga alguna. Así, se exilió en la frontera del agreste desierto, donde merodeaban los leoncillos y abundaban serpientes y escorpiones.

No sabemos si su desgracia provenía por herencia de los ante-pasados o por un accidente. Lo cierto es que no percibía los colores ni las proporciones. No era capaz de contemplar un desfile de hormigas, los ojos traviesos de un niño, ni la silueta de una mujer hermosa al atardecer. Por estos motivos, encontró todos los justifi-cantes para sentarse junto al camino.

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a. Ciego por accidente, pero limosnero por decisión personal

No sólo tenía límites naturales, sino que él mismo se encargó de estrechar el margen de sus capacidades. La naturaleza lo hizo ciego, pero él, y únicamente él, se trasformó en mendigo. Sólo Bartimeo tomó la decisión de pedir limosna en las afueras de la comercial ciudad de Jericó. No había proporción entre ceguera y mendigar. Tenía solamente un problema con los ojos, pero poseía todas sus otras facultades. Bartimeo se escudó en su ceguera para no redoblar sus esfuerzos. Eligió la opción más fácil, aunque tuviera que hipotecar su dignidad y el respeto a sí mismo. Se convirtió en un limosnero que exponía ante los demás su indigen-cia. Prefirió llamar la atención por sus defectos y carencias, que por sus cualidades y posibilidades. No era necesario que los demás lo menospreciaran, cuando él ya no se valoraba a sí mismo.

b. Sentado y cansado de estar cansado

Además, el ya dramático limosnero resolvió sentarse a la orilla del camino. Estaba privado de la vista, sí, pero eso lo tomaba como excusa válida para creer que no podía participar en el desfile de la vida. Como todo ser humano, estaba dotado de fuerzas y debilida-des, pero conmiserándose a sí mismo, se cerró las puertas del futuro, sentándose al borde de la calzada. Ciertamente, tenía una incapacidad, pero él decidió apostarse a un lado de la caravana de los comerciantes y peregrinos. Se dio por vencido ante él mismo. Vivía tan arraigado a su incapacidad, que hasta persuadía a no pocos de que estaba destinado a ser un pobre limosnero por el resto de sus días.

El carecer de vista no le debía impedir vivir con la frente en al-to; al contrario, le ofrecía el reto de sobresalir en otros campos de la ciencia o las artes. Herodoto (488-426 AC.), padre de la historia, fue ciego, pero eso no le impidió ni viajar ni escribir nueve libros. Hellen Kéller (1880-1968) superó su carencia visual y auditiva, y logró convertirse en abogada, escritora y conferencista internacio-nal; buscó y encontró puertas de salida para este laberinto. Andrea Boccelli no puede ver, pero su sonora voz alegra los aires del mundo entero.

Bartimeo ya no quería caminar más. Él, y sólo él, decidió sen-tarse, porque su autoestima estaba por los suelos. El problema era

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que Bartimeo no creía en sí mismo, y con su rostro lastimero intentaba convencer a todos que le bastaba un pedazo de pan para sobrevivir. Había menospreciado su persona y no tenía ni motiva-ciones ni expectativas para vivir. Por eso, mejor se sentaba a la orilla del camino de quienes escriben los capítulos de la historia.

Para los transeúntes de ese cruce de vías, era natural verlo es-tacionado al borde de la vereda, levantando su mano para pedir algún mendrugo de pan. Jericó se encontraba en la impresionante depresión del Jordán, a casi 400 metros bajo el nivel del mar; pero era la vida de Bartimeo la que se encontraba en el punto más bajo de su geografía y de su historia.

Lo peor no fue que el pueblo lo marginara, sino que Bartimeo mismo se aisló y cubrió con grueso manto. Aunque los demás no creyeran en él, el ciego podía tener confianza en sí mismo. Nadie le podía hacer sentir lo que él no quisiera; pero si él no se valoraba a sí mismo, tampoco creía que nadie pudiera reconocerlo.

c. Se enclaustró en sí mismo

En el relato de Mateo (20,29-34) encontramos la historia de dos ciegos que compartían su dolor y su destino. Decidieron unir sus soledades y sufrir acompañándose uno al otro. Pero Bartimeo estaba completamente solo. Una palmera, un bastón y un manto raído eran sus únicos compañeros.

Sus oídos no conocían la voz del amigo, sólo se contentaban con el zumbido del viento que silba furioso cuando irrumpe por los acantilados. Sus manos se habían resecado y agrietado, pero no por la aridez de la región, sino porque no tenían a quien acariciar. Sus pies, cansados, no conocían el camino de la amistad. En su boca habían sido suprimidas las palabras: “te amo”, “te extraño”, “te necesito”, con todos sus sinónimos. Sus ojos, dos luceros extingui-dos, nunca se habían encontrado con la mirada de quien abre la ventana de su santuario para penetrar en él.

Bartimeo no tenía ningún amor estable ni permanente. Los transeúntes desfilaban fugazmente delante de él. Algunos se dete-nían sólo para refrescarse por un momento, pero en el crepúsculo se alargaba la sombra de su soledad. Los comerciantes y los oca-sionales peregrinos transitaban presurosos por enfrente de la palmera donde se recargaba su bastón, sin haber dejado huella alguna de nostalgia. Es que Bartimeo había tejido su vida con los

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colores grises y oscuros del dame-recibo, y no con la variedad de tonos que tiene el arco iris.

d. Bloqueo afectivo y sentimental

Tanto la causa como efecto de su soledad era que aquel hom-bre agazapado en su manto no expresaba su amor y su cariño porque no se valoraba así mismo. Tal vez tampoco nadie lo quería ni necesitaba. Su única muestra de sutil afecto era dar gracias al viento, sin ver el rostro de la persona que le había dejado caer unas cuantas monedas. No lo amaban, sólo le tenían lástima. Amar no es dar limosna, sino “dar hasta que duela” (Madre Teresa de Calcuta). Por otro lado, quien recibe migajas, ni se siente amado ni está motivado para responder con amor efectivo y afectivo. El proble-ma de fondo es que Bartimeo no quería recibir amor. Tal vez por haber sido alejado de su familia no se creía digno de ser amado ni con derecho a ser feliz.

Bartimeo no tenía a quién mostrar su cariño. Y resolvió repri-mir sus sentimientos, hasta que se fueron oxidando en el calabozo donde los tenía cautivos. Nunca manifestaba ternura, porque sólo recibía limosnas. Por eso se cubría con un grueso manto convertido en armadura que no permitía que el calor del afecto penetrara en su vida, y tampoco dejaba que su luz interna brillaría en el exterior. Era su escudo para no sufrir, sí, pero al mismo tiempo le impedía gozar. No le penetraban los dardos traicioneros, pero tampoco nadie escuchaba los latidos de su corazón. Había reprimido sus sentimientos, encarcelándolos bajo su manto.

Cuántas veces nos defendemos con un caparazón para no ser amados. Nos cubrimos con una coraza para no recibir amor, por-que no creemos por-que exista el amor fiel, desinteresado y sin condiciones. Pero quien piensa así, es porque cree también que su afecto tampoco puede tener estas mismas características. Por eso, no acepta ni expresa ninguna de sus emociones.

Bartimeo bloqueó los sentimientos. Era mejor no sentir para no exponerse. Optó por no arriesgar, para no sufrir. Prefirió el sobre-vivir, pero sacrificó el vivir. Se escondió bajo el pesado manto. Suponía que mostrar sensibilidad era una debilidad y que las personas sensibles son frágiles como los pétalos de una flor, sin reconocer que el perfume brota precisamente en esos pétalos donde

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reposan las mariposas y las abejas toman el néctar que convertirán en miel agradable para endulzar la vida.

El ser ciego no le impedía crear ilusiones, pero renunció a en-trar en el país de las fantasías, para no terminar decepcionado ni frustrado. Perdió la capacidad de vislumbrar nuevos horizontes y tener una estrella a la que pudiera llamar suya. En una palabra, Bartimeo, que sólo sabía recibir, no quería abrir el arcón de los sentimientos porque pensaba que no tenía con quién compartirlos. Más de alguna vez justificaba su postura argumentando que era inútil pelar un dátil que nadie se iba a comer. ¿Para qué levantarse y emprender la marcha por el camino si no tenía a dónde ir; ni menos con quien recorrer el sendero? En los largos momentos de soledad y silencio, llegaba a pensar que no valía la pena comenzar algo que no habría de terminar. Entonces agachaba la cabeza y se adormecía, sin soñar. Más que piernas entumidas de tanto estar sentado, era su corazón el que se iba anquilosado cada día más. A nadie le importaba lo que sentía, sufría o pudiera esperar.

No hay nada más dramático que un hombre sentado frente a un camino que no quiere transitar. Qué incomprensible es una persona adormecida a la orilla de la calzada donde rezan los peregrinos, negocian los comerciantes, corren los atletas y se encuentran los amigos.

Vivimos en una sociedad donde los sentimientos son signos de debilidad. Por eso tememos entrar en contacto con ellos, y no los expresamos. Se habla de la traición del amigo, pero nos reserva-mos el coraje, la decepción o la tristeza que sentireserva-mos ante ella. Se comenta la indiferencia del esposo, pero no se revela el frío que va congelando las arterias del corazón. Ahogamos los sentimientos, negándolos o rechazándolos, pues no creemos que debamos mani-festar la ira, el júbilo o la soledad. Contenemos nuestras lágrimas, apretando las mandíbulas, pero olvidamos que de amor y alegría también se llora.

Así, pasaron lentamente las semanas y se sucedieron los me-ses, mientras los años no se detenían, con un hombre que pensaba que no era capaz de enfrentar los retos de la vida y que, para no sufrir, se había convertido en estatua insensible que no mostraba sus afectos... hasta que se cansó de estar cansado.

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B. JESÚS PASA POR ÚLTIMA VEZ POR LA VEREDA DE BARTIMEO

Un día que parecía ser como todos los demás, Jesús, acompa-ñado de una inmensa multitud, pasó por la vereda donde la mano extendida de Bartimeo era parte del panorama. Al Maestro se le presentaba una maravillosa oportunidad de poner en práctica sus enseñanzas, para no ser equiparado a escribas y fariseos que indi-caban a los demás lo que debían hacer, pero ellos no movían un dedo para cumplirlo. El Hijo de hombre había insistido varias veces en la importancia de la limosna. Pues bien, allí estaba un pobre necesitado. ¿Por qué no daba ejemplo de lo que antes había propuesto con sus palabras?

Prefirió pasar de largo, como si fuera insensible ante la escena de un menesteroso que no se podía bastar por sí mismo. Decidió ignorarlo, aunque esto fuera malinterpretado por algunos, hasta por el pobre invidente que, de nuevo no era tomado en cuenta; mas ahora con un agraviante: quien pasaba y se alejaba dejando un agrio sabor de apatía era Aquél que había sido ungido con el Espíritu de Dios para abrir los ojos de los ciegos y liberar a los oprimidos (Lc 4,18-19). Pero precisamente esta aparente indiferen-cia fue la que hizo reaccionar al mendigo que tenía alma de indigente y vestido de pordiosero.

C. EL GRITO DE BARTIMEO DETIENE A JESÚS

Bartimeo se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compa-sión de mí! Está saliendo de la cueva que él mismo se había fabricado. Por primera vez en muchos años muestra a flor de piel sus necesidades profundas y no sólo las urgentes. Ya estaba cansa-do de la rutina de su vida y de su desierto interno. Ya no podía más y resolvió salir de la depresión. Por eso, cuando se enteró de que Jesús pasaba junto a él y se alejaba, percibió que se le escapaba la única y última oportunidad de dejar su postración. Ya no era posible seguir así, sin motivaciones ni objetivos en la vida, sin ilusiones ni sueños. Era inútil continuar cubriendo el volcán de su corazón, negando su necesidad de ser amado. Había tocado fondo, y el paso fugaz del Maestro que no se detenía, fue como un resorte que le hizo sacar a flote lo más íntimo.

Sin levantarse, porque no creía que podía hacerlo, gritó. El ciego nunca antes había clamado con tanta fuerza, pues siempre

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pedía limosna en voz baja, para que la gente se inclinara a compa-decerlo. Todos lo consideraban sin ánimos ni capacidad de reaccionar, pero parecía haber ahorrado todas sus energías para este momento. Ni él mismo sabía que poseía esa capacidad. El mendigo postrado junto al camino cambiaba su actitud: no adoptó el papel de víctima que no era tomado en cuenta; al contrario, surgió desde el fondo de sí el deseo de aprovechar esa única opor-tunidad que tenía para cambiar de vida. Creyó que era posible.

Jesús logra que el ciego reaccione y grite

Hay gente que ya se acostumbró a su situación y no cree ni es-pera nada.

Si tratamos de colocar una rana en un balde de agua hirviendo, el animal reacciona y salta instintivamente. Pero si la metemos en un balde con agua y a ésta le prendemos fuego, al principio la ranita disfruta el agua tibia... hasta que sin darse cuenta, te-nemos caldo de rana. Se acostumbró. Este fue el problema. La vida comienza a cambiar cuando creemos y deseamos que se pueda trasformar.

El deseo de volar fue el motor de Santos Dumont para em-prender el vuelo. Enseguida creyó que era posible aunque

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tuviera que desafiar la ley de la gravedad. Luego lo intentó a pesar de la oposición general. Ningún “no” lo detuvo.

Jesús suscita el deseo primeramente. Por eso hace la pregunta: ¿Qué quieres? Su táctica es provocar el deseo. Él va a colmar los anhelos, pero la medida de su don depende de lo que esperemos.

El grito del mendigo estaba integrado por tres partes:

a. Jesús

Bartimeo es uno de los tres únicos personajes evangélicos que llaman al Maestro por su nombre: Jesús. Tiene libertad y confianza para dirigirse así al famoso predicador de Nazaret, como si fueran viejos conocidos o los uniera un lazo de amistad. Los sentimientos, por tanto tiempo reprimidos, hacían erupción de forma inédita.

b. Hijo de David

Bartimeo era muy sensible a los lazos familiares, pues incluso se le reconoce en la historia como el hijo de Timeo. Cuando el famoso predicador de buenas noticias cruza delante de él, el ciego tiene una luz para identificarlo como “el hijo de David”. Este título está cargado de un profundo sentido mesiánico.

El ciego reconoció que Jesús era el descendiente de David, que habría de sentarse eternamente en el trono de Israel. El profeta Isaías vislumbró:

Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa; el páramo se convertirá en estanque, la tierra se-dienta en manantial. Is 35,5-7a.

Bartimeo es muy astuto. Al invocar al hijo de David, éste debe responder, y si Jesús no contesta, demuestra que no es el ungido con el Espíritu para iniciar los tiempos mesiánicos. En pocas palabras, el astuto ciego está comprometiendo al Mesías esperado para que le responda.

c. Ten compasión de mí

Bartimeo, acostumbrado a contentarse con limosnas, está dan-do un paso cualitativo. Es la primera vez que pide a alguien: “sufre conmigo, comparte mi dolor y mis sentimientos”. El mendigo ha aprendido, tras muchos y largos años en la escuela de la soledad,

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que su corazón es demasiado grande para satisfacerse con limos-nas. Sólo otro corazón lo puede llenar.

Ha cobrado conciencia de sí mismo como persona que merece atención, aunque el Maestro esté rodeado por la multitud y lleve prisa por subir a Jerusalén para realizar la obra más importante de la historia: la redención universal. Se atreve a solicitarlo. Cierta-mente corre el riesgo de quedar frustrado, o hacer el ridículo delante de todos, si su súplica no fuera atendida. Pero, como no tiene nada qué perder, lo intenta. Sabe que si no acepta este reto, jamás tendrá posibilidades de ganar. Apuesta todo su capital a la misma carta.

Cuenta el evangelista que muchos le increpan para que se ca-lle, pues sus gritos desentonan con la melodía de la peregrinación de esa mañana. Entonces la gente lo presiona para que se modere, tratando de que regrese a su costumbre pasiva. Unos con enojo, otros regañándolo, le piden discreción y mesura. Lógico era que el acomplejado mendigo hubiera cedido, pero Bartimeo ahora no se somete como siempre había sido su rutina. Al contrario, quien es capaz de gritar, tiene también el coraje de no callar por las presio-nes de la sociedad o las conveniencias de quiepresio-nes lo rodean. Tanto más lo tratan de amordazar, el ciego grita más fuerte. No se des-anima con el silencio del hijo de David, al contrario, redobla su grito, pues de éste depende su futuro. Ha ganado la segunda bata-lla.

Bartimeo estaba tomando decisiones por él mismo. Era libre de la opinión de los demás. Rompía con su viejo esquema, aunque tuviera que asumir consecuencias no previsibles. Aquel hombre que estaba habituado a la rutina, ha recuperado la capacidad de reaccionar y de imponerse a sus opositores. El simple paso de Jesús fue suficiente para que abriera su corazón y no cerrara la boca, tanto para gritar como para no someterse a la voluntad de los demás.

A veces se ha valorado tanto la “virtud” del silencio, que se ha menospreciado el grito profético del atalaya, cuando las circuns-tancias así lo ameritan. Normalmente hiere mucho más el silencio de la indiferencia, que las palabras y los gritos, por lo que deduci-mos que el silencio no es en sí mismo un mérito. La virtud estriba en gritar cuando se amerita y saber callar cuando el silencio sea

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más elocuente que las palabras. Es también muy significativo que de las siete palabras que el Señor pronunció en la cruz, tres fueron gritos. La venida de Jesús a nuestro mundo nos convierte en voz que clama en el desierto como Juan Bautista.

El Evangelio nos capacita tanto para levantar la voz, como pa-ra guardar silencio papa-ra no responder a los Herodes y Pilatos que quieren invadir nuestra individualidad. A mí personalmente me fascina que el evangelista Juan da a Jesús el título de “la Palabra de Dios” y no de “el silencio de Dios”.

D. JESÚS CONFÍA EN BARTIMEO PARA QUE BARTIMEO CONFÍE EN SÍ MISMO

Jesús escuchó los gritos incontenibles de aquel hombre que es-taba sentado a la sombra de la palmera, pero no respondió como el mendigo tenía programado. Actuó fuera de los esquemas conven-cionales que nosotros consideramos como normales de una persona buena y misericordiosa. En vez de regresarse para atender al nece-sitado que estaba entumido de tanta pasividad y cuya ceguera le dificultaba caminar, lo llama y lo invita a que se levante para que venga donde él. Era mucho más fácil que el incansable peregrino que visitaba villas y aldeas mostrara su misericordia, tornando hasta donde yacía el pobre mendigo.

El Maestro tenía una estrategia. Cuando lo llama está dando a entender: “¿Quieres algo, necesitas algo? Ven para acá. Yo no me voy a regresar, Bartimeo.... te toca a ti poner de tu parte: levántate y acércate tú”.

Jesús, en vez de facilitarle las cosas, le exige que deje su pasi-vidad. Ésta es una de las enseñanzas más maravillosas del Evangelio: el hijo de David no se conmisera del hombre que está centrado en su drama, porque sería fomentar su problema. Barti-meo no se valoraba a sí mismo, y se auto compadecía cuando le daban o negaban limosna. En su guión de vida estaba descrito que los demás se conmovieran a causa de su enfermedad, que él se encargaba de capitalizar para obtener los mejores intereses. Jesús no entra en el juego de aquel hombre que tiene años procurando la lástima de los demás. Es el mendigo quien debe salir de sus para-digmas para cambiar sus actitudes de vida.

El hijo de Timeo se había acostumbrado a que los peregrinos y comerciantes se acercaran hasta donde él estaba, para dejar una

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limosna en su mano. Sobrevivía en la medida que era capaz de meter a los otros en su esquema y en su territorio. Sabía utilizar su limitación parcial, para que los demás abandonaran su propio camino y se acercaran a él. Aprendió el juego, que si bien no le ofrecía los mejores resultados, era el más cómodo, hasta el día que se cansó de estar cansado.

Jesús lo saca de su campo de juego, para abrirle un horizonte desconocido pero fascinante: “tú eres capaz de levantarte y venir a donde yo estoy”. Al llamarlo, el Señor le da a entender con clari-dad y decisión: “Bartimeo, yo no voy a cambiar de dirección para ir donde tú estás. Eres tú quien debe meterse al camino, porque eres capaz de esto y mucho más. El ímpetu que tienes para gritar y la decisión para no callar, me da la certeza de que eres más fuerte de lo que crees. Si yo me devolviera, tú seguirías fuera del camino; pero mi plan es que entres y que vengas conmigo, Bartimeo. Yo creo que tienes la fuerza para levantarte. Confío en ti, pero es necesario que ahora tú creas en ti mismo”.

Jesús cree en el ciego, para que éste sea capaz de creer en sí mismo. Le da confianza y ésta se convierte en un resorte para reaccionar. El Maestro le ha abierto la frontera del país de los sueños que Bartimeo jamás había imaginado. Pero Bartimeo tiene que decidir: permanecer estacionado, o levantarse. Salir del capa-razón, o seguir cubierto y protegido por su viejo manto. Renunciar a la protección que le cubre sus alas, o preferir la libertad de volar, aunque tenga que tirar la gruesa capa que forma ya parte de su persona.

a. El salto de Bartimeo

Bartimeo, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús: Mc 10,50.

El ciego había solicitado atención sentado bajo la palmera, pe-ro en cuanto es llamado, deja el pesado manto y da un salto. Se suponía que sus piernas estaban entumidas de tanto estar sentado. Él creía que era incapaz de levantarse, y menos de caminar; pero de repente, gracias a la Palabra de quien lo llama y a la confianza que le da, descubre una fuerza inédita que nunca había considera-do. Solamente estaba adormeciconsidera-do. Puede hasta brincar. Tiene muchas más posibilidades de lo que sospechaba. Cuando alguien cree en él y se lo expresa, despierta ese gigante dormido.

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Bartimeo necesitaba creer en sí mismo, en que podía salir del hoyo de la postración, y que no por estar ciego debía convertirse en limosnero. Jesús dio a aquel hombre que estaba sentado y cansado, mucho más que una limosna: le proporcionó la confianza de que podía levantarse para dejar de ser limosnero.

El problema esencial de Bartimeo es que no se valoraba. No sabía que podía gritar y brincar. Se menospreciaba, sentándose a la orilla del camino, levantando una mano lastimera para recibir lo que a los demás les sobraba. El Maestro le dio la confianza de que a pesar de ser ciego, podía caminar, pues tenía un propósito: que el hijo de Timeo se diera cuenta de lo que valía por sí mismo, que no necesitaba permanecer sentado todo el tiempo. Que era capaz de ponerse de pie, levantar la cabeza y, en vez de tender su mano, podía extender sus piernas. Jesús le sana primero de la baja estima que el mendigo sufría, que hasta se había marginado a tal punto de contentarse con las limosnas, en las afueras de la ciudad de las palmeras y los oasis.

Bartimeo, estimulado y motivado por la confianza de aquél que lo llamaba, no sólo se levantó sino que dio un salto. Logró mucho más de lo que se suponía era normal. Tenía más fuerzas y capacidades de las que aparentemente él suponía o había hecho traslucir a los demás.

Esa mañana había varias sorpresas: Bartimeo estrenaba una potente voz que nadie conocía. Además, no se sometía a la presión social y era hasta capaz de dar un salto instantáneo, rompiendo el récord de toda expectativa.

La Buena Noticia traída por Jesús nos descubre que tenemos una fuerza escondida dentro de nosotros mismos. Todos los que están postrados y cansados con voz lastimera pidiendo limosna, pueden gritar para expresar sus necesidades.

b. El poder de la Palabra de Jesús

¿Dónde radica el detonador que activa esta fuerza inédita? En la Palabra de Jesús que lo llama. La confianza que él deposita en nosotros, se transforma en la palanca que puede mover nuestro mundo. Nos hace confiar en nosotros mismos, y entonces no sólo sabremos lo que podemos lograr, sino volar alto para conseguirlo. Se trata de la Palabra de Dios que es creadora y eficaz en sí misma, y no de un lavado de cerebro o autosugestión, lo que nos habilita

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para descubrir y activar el potencial que duerme dentro de noso-tros.

Si supiéramos el poder que Dios ha depositado en las pala-bras… ellas pueden levantar el ánimo de los decaídos y dar esperanza a los desanimados. A través de ellas se ensanchan las alas de un amigo y se hace creer en sueños imposibles. Por otro lado, también las palabras pueden cortar las alas de la gaviota que está aprendiendo a volar.

Gracias a la palabra eficaz de Jesús ha comenzado su recupe-ración irreversible, cuyo problema principal no era la ceguera, sino el creer que la única alternativa de su vida era continuar sentado a la orilla del camino, contentándose con limosnas.

c. Tira el manto

Sin embargo, el evangelista descubre el trampolín que posibili-tó tal brinco: Bartimeo tuvo que despojarse de su gruesa vestidura que era parte de su historia y su persona. Parece como si el pesado manto le hubiera impedido conocer sus fuerzas y posibilidades.

No basta querer. No es suficiente creer. Es necesario renunciar al lastre que nos cubre y nos impide levantarnos. Todos nosotros estamos cubiertos de alguna vestidura, a veces hasta armadura que si bien por una parte nos protege, por otra nos estorba para exten-der las alas para surcar los espacios de la libertad. La opción es, protección o libertad.

Bartimeo decidió perder para ganar. Renunció a sus pesos que le imposibilitaban levantarse, dejó las cadenas que le imposibilita-ban volar. Murió a lo que no lo dejaba vivir. El Maestro había logrado suscitar sed de libertad en aquel prisionero de sí mismo. Su ceguera ya no era una excusa para no caminar, porque ahora su vida tenía un sentido.

Cuando el buen pastor lo llama, le está proponiendo un objeti-vo a aquel hombre que carecía de horizontes y metas en su existencia. El Maestro no viene a darnos lo que creemos que nos hace falta, sino a hacernos descubrir lo que ya tenemos, y lo que podemos lograr. Lo mejor que podemos hacer por una persona, es animarla para que defina el objetivo de su existencia y se levante para perseguirlo, sin importar el precio para alcanzar esa estrella.

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Bartimeo, por su parte, debe aceptar el reto: dejar tirado su manto a la sombra de la palmera. Sin embargo, Jesús no lo obliga. Lo motiva creyendo en él para que el ciego renuncie a su manto de protección y se encamine a toda prisa y sin estorbos hasta Aquél que lo está esperando. Vale la pena.

La estrategia del hijo de David con Bartimeo es valorarlo para que el ciego recupere su dignidad perdida, hay alguien que se interesa en su persona. Por tanto, aquel hombre se siente diferente y único en la muchedumbre.

En síntesis, el Señor no nos pide dejar ni renunciar a cosa al-guna; más bien nos seduce.

Cuando nos sentimos únicos o hacemos sentir lo mismo a otra persona, estamos en capacidad de volar desafiando tempestades, noches y acantilados.

El Maestro había asegurado: El Reino de los cielos sufre vio-lencia y sólo los violentos lo arrebatan: Mt 11,12.

No son los pacientes ni los resignados los que consiguen el Re-ino. Ninguno que viva apostado a la orilla del camino está en posibilidades de apropiárselo. Los violentos son los decididos, los que invierten todas sus fuerzas para ir adelante, que saben gritar cuando es necesario y ni quienes creen que dejarse humillar es una virtud cristiana. Los violentos toman sus propias decisiones, asu-miendo las consecuencias de las mismas.

No son los que se estacionan a la orilla del camino los que consiguen el Reino. Tampoco son los que le dan tiempo al tiempo, sino los que aprovechan la oportunidad cuando ésta se presenta en su camino, sacando las fuerzas reprimidas. Los violentos son aquellos que tienen un objetivo y una misión por los que vale la pena luchar.

Pero no basta ser agresivo y decidido. Junto con esta caracte-rística, el Evangelio nos exige ser misericordiosos y pacíficos. Los que trabajan por la paz construyen el Reino de Dios. Los miseri-cordiosos son los encargados de poner alma al Reino de Dios. El ideal de la vida cristiana propuesto por el buen Pastor es llegar a ser tan misericordiosos, como misericordioso es Dios (Lc 6,36).

En el plan de Dios es tan importante ser decidido frente a los retos de la vida, como ser sensible cuando existe un motivo. Ser

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capaces de tomar el látigo contra los profanadores del templo, y llorar por la muerte del amigo. Cuando una persona absolutiza una de estas posturas, se convierte en un robot insensible o en una Magdalena permanente. Pero cuando se hace la conjugación en armonía, tenemos el perfil de un Juan Pablo II, Juana de Arco, Simón Pedro, Francisco de Asís, o Mahatma Gandhi. La violencia y la misericordia no son elementos opuestos, sino complementa-rios. La decisión y la mansedumbre representan las dos caras de la misma moneda.

Israel experimentó tanto la fuerza de Dios, como su ternura. Dios era su “goel” el pariente más cercano que asumía los asuntos pendientes del desprotegido. Era fuerte y misericordioso, tierno y poderoso. La Biblia lo resume en dos palabras hebreas: hémet y hésed. Hémet describe el amor fuerte, estable y permanente. Hésed denota el amor tierno y compasivo, lleno de ternura. Por eso el salmista responde de la misma manera; diciéndole: Tú eres mi amor y mi baluarte (Sal 144,2).

Muchas veces, ante un problema o carencia no queremos ca-minar. Bajamos tanto la cabeza como la voz, y convertimos nuestro camino en un estacionamiento. Una complicación parcial contamina el ambiente de nuestra vida, haciéndonos creer que dependemos de las limosnas de los demás. Y justificamos nuestra derrota centrados no en lo que somos capaces, sino en lo que no podemos hacer. Y lo peor nuestra limitación justifica otras actitu-des que nada tienen que ver con la condición original.

Jesús nos da confianza con su Palabra, cuando nos llama. Él cree en nosotros, para que nosotros no dudemos de nosotros mis-mos. Y una vez que creamos en nosotros mismos, nos demos cuenta que tenemos capacidades mucho mayores de las que supo-níamos. Dios nos valora, pero hay que dar el salto. La metodología que Dios usó con sus colaboradores, fue confiar en hombres y mujeres para que ellos recobren la seguridad en sí mismos... Sin embargo, esto no basta, hay que salir de los esquemas tradiciona-les:

A Abraham lo hace soñar contando estrellas, pero el patriarca debe dejar patria y parentela.

A Moisés lo incendia con una zarza, pero aquel anciano de 80 años renuncia a su vida cómoda y rutinaria en su tienda de Madián.

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A Jeremías lo seduce, pero el profeta debe predicar en las ad-versidades más críticas de la historia de Israel.

A Amós le rugió como un león, y el campesino de Tecoa cruzó fronteras raciales y religiosas para anunciar la Palabra de Dios en el santuario de Betel.

A los diez leprosos no los cura instantáneamente, sino que los envía a un largo viaje hasta Jerusalén y son curados mientras van por el camino.

A su madre que está al pie de la cruz no la conmisera, sino que le confía otra tarea que debe comenzar ese mismo día. Ya que ha cumplido tan bien la primera misión que el Padre le había confia-do, va a tomar ahora bajo su cuidado al discípulo amado.

Así es la metodología del Maestro: hace salir del interior de nosotros lo que nunca nos imaginábamos que existía, para que descubramos que tenemos un potencial hasta ahora inexplorado, una fuerza no utilizada y capacidades que nunca habíamos percibi-do. La confianza de Jesús en nosotros realiza este milagro: hace emerger desde lo más profundo, lo mejor de nosotros mismos.

La autoestima no crece solamente con pensar que somos capa-ces, sino cuando intentamos aquello en lo que creemos, con la seguridad no sólo de que lo vamos a conseguir, sino creyendo que ya lo hemos obtenido (Mc 11,24).

E. YA NO MÁS LIMOSNERO

Cuando Bartimeo se encaminó hacia la luz del mundo con una columna de personas a su derecha y una muchedumbre a su iz-quierda, tenía la excepcional oportunidad para extender ambas manos y pedir limosna a toda esa multitud que tenía los ojos fijos en él. Pero no lo hizo. ¿Por qué no aprovechó la ocasión? Porque ya no le interesaban las limosnas. Ya no era mendigo, a pesar de seguir siendo ciego. Jesús, en vez de darle cualquier cosa, le tras-formó su alma y mente de pordiosero.

Seguía estando ciego, pero ya no era menesteroso. Sus ojos es-taban cerrados, pero no para causar lastima sino para manifestar que a pesar de ello, se podía caminar y saltar. Había dejado su estado de postración permanente.

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Cuando Bartimeo se presenta delante de Jesús, el Maestro le hace una pregunta que parecía salir sobrando: ¿Qué quieres que hagas contigo?

Al principio Bartimeo se había contentado con un vago “ten compasión de mí”. Esto no basta. Es demasiado poco para la generosidad del Mesías quien le ofrece una oportunidad de acre-centar sus perspectivas. De parte del hijo de Dios no hay límites. Depende lo que Bartimeo aspire y pida. Tiene la oportunidad de soñar lo inimaginable y de esperar lo imposible. Lo primero que el salvador del mundo hace con el ciego es abrirle los ojos de las expectativas y extenderle las alas para que Bartimeo dé el brinco a lo impensable.

Jesús da y ofrece sin límites, pero precisa un recipiente con las mismas dimensiones. Él llena las expectativas, pero éstas dependen de cada uno de nosotros.

La respuesta del todavía ciego fue maravillosa: “Rabbuní, que vea”. En esta ocasión vamos a enfocar los reflectores a la primera parte: “Rabbuní”, dejando la segunda a los comentarios tradiciona-les y obvios sobre la curación de la ceguera.

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¿Qué quieres que haga contigo?

“Rabbuní” en arameo significa no sólo maestro, sino mi maes-tro, mi único maestro. Así lo estaba yo enseñando en 1996, en un retiro para sacerdotes en la ciudad de Homs, al norte de Damasco, Siria, y colocaba el énfasis en la proclamación pública de fe que hacia Bartimeo a Jesús como Maestro. Al terminar la explicación se acercó el Obispo de rito Melkita, y me dijo: “Pepe, aquí noso-tros celebramos la liturgia en arameo, por lo que conocemos muy bien la lengua que hablaba Jesús. Por eso te puedo aclarar que te faltó subrayar lo más importante: Rabbuní no sólo significa “mi Maestro”, sino ante todo es una declaración de amor y cariño: “mi amado, mi amadísimo, mi querido Maestro”. Es la forma más tierna y cariñosa para dirigirse al preceptor.

Bartimeo había proclamado abiertamente su amor afectivo de-lante de todo el pueblo, logrando quitar el bloqueo de sus sentimientos. Se desprendió del caparazón que le impedía recibir y dar afecto. Ya antes había recuperado su capacidad de manifestar su necesidad de manera abierta, pero ahora perdía la vergüenza de expresar públicamente su amor y cariño.

La curación de Bartimeo ha llegado a un nuevo nivel: ahora es libre para expresar sus sentimientos. Si antes fue libre para gritar y exponer sus carencias, ahora es franco para declarar sus afectos, que él mismo había mantenido en cautiverio.

Mucha gente vive bloqueada en esta área de su vida: son tan duros que nunca muestran su cariño por los demás. Son gente adusta que controla su cariño. Tienen bloqueada esta área de su vida. Creen que mostrar sentimientos es signo de fragilidad, y no están dispuestos a exhibir sus debilidades ante los demás. Qué será más fácil o más difícil: ¿manifestar las carencias ante los demás, o declarar públicamente el cariño o ternura hacia una persona? Para algunos una cosa; para otros, la otra.

Bartimeo está expresando un amor como nunca lo había hecho antes. ¿Por qué, si todavía estaba ciego? Jesús aún no encendía la luz de sus ojos, ni había hecho caer la catarata que nublaba su vista. Es que el mayor milagro ya se había realizado. Amaba al que lo hizo gritar. Valoraba al que creyó que se podía levantar de su postración. Admiraba a quien le dio la capacidad de no ceder ante las presiones de la sociedad que lo quería callar. Además, Bartimeo

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se había liberado del bloqueo de su corazón. Había tirado el capa-razón que encarcelaba sus sentimientos. No es que no los tuviera, sino que simplemente los había reprimido y sometido a cautiverio bajo su manto.

Bartimeo rompió con la vergüenza, mostrando tanto sus nece-sidades como su amor por Jesús, que había realizado ya un doble milagro en el ciego de Jericó: por un lado, darle la fuerza para levantarse, y al mismo tiempo la valentía para no ceder ante los muchos que se oponían a sus gritos. Por otro, abrirle el corazón para que liberase los afectos cautivos.

En una palabra, el hijo de Timeo era tan fuerte como amoroso, tan decidido como cariñoso. Era de los violentos que conquistan el Reino y de los amorosos que lo viven.

Gracias al paso del Nazareno por la vereda de Bartimeo, este hombre es capaz de manifestar su fuerza y su inquebrantable decisión, así como declarar públicamente su amor afectivo para su maestro.

La completa liberación que realiza Jesús es cuando somos fuertes y sensibles. Fuertes para determinar y sensibles para amar. Decididos para levantarnos y gritar cuando es necesario, pero con la capacidad de manifestar ternura y amor de manera pública y abierta. En la armonía de estos dos aspectos radica la madurez de la persona. Si alguien sólo es fuerte estamos entonces frente a un robot o una estatua. Si únicamente es sensible, estamos delante de una veleta movida por el viento. Lo que cuenta es la armonía entre ambos aspectos.

Jesús era tierno para abrazar niños, valorar las flores del campo y cantar los himnos del gran Hallel. Pero al mismo tiempo era fuerte y decidido para tomar un látigo y purificar el templo, o enfrentarse al legalismo de los fariseos. Lloraba delante de la tumba de un amigo, pero al mismo tiempo llamaba sepulcros blanqueados a los hipócritas fariseos. Con su amigo Pedro tenía fuerza para apartarlo de su lado cuando no lo dejaba subir a Jerusa-lén, pero al mismo tiempo le pregunta tres veces si lo ama.

¿Dónde está el punto de equilibrio entre fuerza y sensibilidad, entre cabeza y corazón? No existe, porque se trata de integrar ambos aspectos que se complementan y de armonizar estas dos melodías, que juntas produzcan la sinfonía estereofónica de la

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felicidad. En otras palabras, el ideal no es ni siquiera tener armoni-zados estos dos aspectos de la vida humana, sino que sea de tal manera que produzca la felicidad a la que hemos sido llamados y tenemos posibilidad de construir con estos dos hilos que tejen nuestra vida.

3. CONCLUSIÓN: LO SEGUÍA POR EL CAMINO

Varios factores intervinieron en el cambio de vida del hijo de Timeo: El disparador que desencadenó este proceso fue la confian-za que Jesús tuvo con él. Sin embargo, esto quedaría incompleto si Bartimeo no hubiera tenido confianza en sí mismo. El hijo de David le abrió el horizonte de sus sueños y deseos para que Barti-meo se abriera a recibir sin límites.

El proceso que el maestro sigue con Bartimeo es muy signifi-cativo, porque es el mismo que quiere reproducir con nosotros:

1. En primer lugar, no le dio limosna alguna porque su plan era que el ciego renunciara a ser mendigo; que dejara de creer que estaba destinado a ser limosnero.

2. Provocó que el ciego gritara para expresar sus necesidades esenciales; pero tanto y de tal manera, que no se callara cuando los demás intentaran ahogar su voz.

3. Luego lo llama con su Palabra, para que perciba por sí mis-mo que es más capaz de lo que se imagina. Cree en él para que Bartimeo tenga confianza en sí mismo, se levante y salte.

4. Por su parte el hijo de Timeo tiene que decidir si sigue aga-zapado cubierto con su manto que lo protege, o renunciar a él para poder extender las alas que le permitan volar por cielos nuevos.

5. Bartimeo da un salto, y percibe que tiene todavía muchas capacidades escondidas. Entra al camino, para encontrarse con quien puede liberarlo completamente.

6. Cuando Jesús interroga a Bartimeo (¿Qué quieres que haga contigo?) le muestra su amor incondicional, para que el ciego, sintiéndose amado como nunca, saque la luz que mantiene escon-dida: su posibilidad de mostrar cariño afectivo por alguien. El hijo de Timeo había logrado armonizar su fuerza y decisión, con su aptitud de amar con ternura.

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7. Al final, aquel hombre que recuperó su valor por sí mismo es apto para seguir al Maestro por el camino que lo lleva a Jerusa-lén para entregarse por los demás. El que sólo pedía a los demás, ahora está dispuesto a entregar su vida, y una vida que tiene gran valor, pues ya posee sentido, objetivo y motivación.

Bartimeo recorre el camino de la felicidad, sabiendo armonizar dos aspectos: su fuerza de voluntad y fuerza de decisión, con sus afectos y cariño para los demás.

Jesús le dio también tres cosas: lo motivó para que creyera en sí mismo. Rompió los estrechos moldes de sus expectativas. Lo hizo soñar con una estrella más allá de las nubes de su ceguera..

4. MEDITACIÓN DE TIMEO

Hijo,

Acabo de recibir la noticia, y aún no la asimilo.. Fuiste sanado de tu humillante ceguera, que no sólo te afectaba a ti, sino a toda la familia.

Me imaginé que lo primero que harías era cruzar las gloriosas puertas de la ciudad y regresar a casa, de donde hace mucho tiem-po saliste. Pero no. Cambiaste los planes imprevistamente y emprendiste la empinada cuesta que sube a Jerusalén. Siempre fuiste así. No me extraña.

Sin embargo, me he quedado con un agrio sabor de boca, hijo. Yo me avergonzaba de ti cada vez que te llamaban Bar-Timeo, pues embarraban mi nombre, mi prestigio y mi honor, ya que muchos atribuían tu enfermedad a un pecado de mi pasado. Por eso tuve que dejarte a tus propias expensas. Rompí mi relación conti-go, y tú saliste de los muros de Jericó, mendigando por caminos y veredas. Me pregunté ¿por qué te fuiste de casa para recargarte en una palmera en las afueras de la ciudad? Tal vez nunca te mostré que te podías apoyar en mí. Tal vez yo te di menos que limosnas.

Hoy te has ido de manera definitiva. Sabemos que te encami-nas a Jerusalén y que nunca más regresarás a Jericó, porque no existe motivo alguno para volver.

Y yo, que fui incapaz de sufrir contigo, ahora soy incapaz de gozar contigo. Yo, que no cargué contigo la cruz de la humillación, ahora no comparto contigo la alegría de tu nueva vida. Ya es tarde hasta para lamentarme no haber sido refugio, protección o apoyo

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para ti, querido hijo. Hoy, sin remedio, me duele no haberte expre-sado con palabras, ni menos con hechos, que eras mi hijo, mi hijo simplemente.

A ti ya no te identificarán como el hijo de Timeo, sino como discípulo de Jesús. Ahora a mí me conocen sólo como el padre del hombre que fue sanado por el hijo de David y que le siguió hasta Jerusalén.

Tu padre, Timeo

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CÓMO GANAR O PERDER UNA BATALLA

1. INTRODUCCIÓN: LA MENTE Y DOS ESTRATEGIAS

En el tema de Bartimeo nos abrimos a creer en nosotros mis-mos. Ahora vamos a descubrir dónde radica la disyuntiva que nos puede conducir a la victoria o la derrota.

El éxito o el desastre se definen en la mente de los contendien-tes. Quien sueña y sabe que vencerá, tiene la victoria asegurada; pero quien entra derrotado al campo de batalla, ya perdió desde antes de comenzar el combate.

2. POR QUÉ UNOS GANAN Y OTROS PIERDEN EN LA MISMA BATALLA

Existen dos estrategias: una para ganar un combate y otra para perderlo. Cada uno puede escoger la que le convenga, con la seguridad de que ambas funcionan perfectamente; tanto, que podemos vencer enemigos más poderosos o perder frente a con-trincantes más débiles.

Nosotros1 vamos a conocer ambas técnicas:

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Tanto el aparatado de David como el de Sansón están inspirados en temas de Salvador Gómez, y son incluidos aquí con su permiso.

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• La de David, para aprender a atacar (1Sam 17) y ganar a enemigos más poderosos.

• La de Sansón, para saber defendernos (Jue 13-16) y no caer derrotados ante enemigos más débiles.

• Luego viajaremos hasta Jericó para descubrir a qué se debe que en la misma batalla unos ganan y otros pierden (Jos 6).

A. CÓMO DAVID VENCIÓ UN ENEMIGO MÁS PODEROSO

Goliat era un gigante, quien con su armadura parecía un pode-roso e invencible carro blindado, que hasta la tierra temblaba a sus pies. Por cuarenta días el orgulloso filisteo desafió al ejército del rey Saúl (1Sam 17):

Escojan un hombre y que baje contra mí: 1Sam 17,8.

Más tarde el orgulloso filisteo insiste en que sea un hombre quien luche contra él (Jue 17,10). Nadie osaba enfrentarlo, pues todos le tenían miedo y huían despavoridos de su presencia. El joven David reacciona ante la humillación de su pueblo y asegura al rey Saúl:

Que nadie se acobarde por ése. Tu siervo irá a combatir con ese filisteo: 1Sam 17,32.

La victoria de David no radica en su fuerza, ni siquiera en su honda de pastor, sino en la táctica que usa para derrotar al podero-so enemigo. La Palabra de Dios precisa la estrategia:

(David) escogió cinco piedras lisas del torrente, y las puso en su zurrón de pastor y con su honda en la mano se acercó al filisteo: 1Sam 17,40.

Aquí están esas cinco piedras con las que podemos emprender la batalla y que pueden darnos la victoria:

a. Primera piedra: seguridad en sí mismo y toma la iniciativa

YHWH que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de la mano de ese filisteo: 1Sam 17,37.

Tiene la experiencia de haber derrotado al leoncillo y al oso del desierto. En otras palabras, se siente vencedor. Por tanto, sabe que puede batir a cualquier enemigo. Ni se acobarda ni tiene miedo ante el poderoso. Decide enfrentar al enemigo, pues mientras se

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huya de él, seguirá asolando las tropas de su pueblo. David está seguro de sí mismo. Su estatura, edad o armas son secundarias. Cuenta con lo esencial para el combate.

Por tener seguridad en sí mismo toma la iniciativa. No espera que Goliat salga al campo de batalla. Enfrenta al enemigo, pues sabe que va a ganar. Él es el primero:

Se acercó al filisteo: 1Sam 17,40.

b. Segunda piedra: no luchar con armas ajenas, sino con las propias

El rey Saúl comprende que se trata de una lucha desigual, pues David es apenas un muchacho.

Mandó Saúl que vistieran a David con sus propios vestidos, y le puso un casco de bronce en la cabeza y le cubrió con una coraza. Ciñó a David su espada sobre su vestido. Intentó Da-vid caminar, pues aún no estaba acostumbrado, y dijo a Saúl: “No puedo caminar con esto, pues nunca lo he hecho”. Enton-ces se lo quitaron: 1Sam 17,38-39.

Saúl dispuso que armaran a David, pero el joven pastor no po-día ni caminar con tanto peso. No quiere luchar con armas ajenas, sino con las suyas propias, que no son armas sofisticadas ni supe-riores a las de su enemigo. Eran las más sencillas de su propio ambiente normal.

Nadie puede vencer en el campo de la vida con los carismas, temperamento o cualidades de otro. Cada uno debe identificar cuáles son las cinco mejores fuerzas que tiene para luchar.

c. Tercera piedra: no se deja intimidar

Cuando los dos contendientes estuvieron frente a frente, se li-bró la primera batalla: la guerra sicológica. El gigante presumía con soberbia su superioridad, mientras que David proclamaba ya su victoria.

Goliat se sintió defraudado cuando vio a su contrincante. No era un hombre fuerte y armado como él lo esperaba, sino apenas un muchacho. Entonces reclamó:

¿Acaso soy un perro, pues vienes contra mí con palos? Y mal-dijo a David: 1Sam 17,43.

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Goliat lo despreció, pero David no se dejó despreciar. El gi-gante quiso devaluar su autoestima, pero el pastor de Efratá no lo consintió. Lo maldice, pero el joven rubio y apuesto sabe dónde radica su fuerza y no se deja intimidar por las palabras del enemi-go. Al contrario, cobra más valor y proclama su victoria desde antes de entrar en batalla:

Hoy mismo te entrega YHWH en mis manos. Te mataré y te cortaré la cabeza, y entregaré hoy mismo tu cadáver y los ca-dáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios para Israel… porque de YHWH es el combate y los entrega en nuestras ma-nos: 1Sam 17,46-47.

David está seguro que ese preciso día, no otro posterior, derro-tará al enemigo, y hasta vislumbra con toda claridad lo que va a hacer con él. Pinta y dibuja con detalles concretos la victoria que va a obtener. Además es curioso que afirma que le cortará la cabe-za cuando ni espada tiene. Este punto es muy importante: ver en nuestra imaginación el final de la batalla que ya ha sido ganada, y no como algo que va a suceder en el futuro. Dos veces repite, “Hoy mismo”.

d. Cuarta piedra: una motivación poderosa

Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre de YHWH Sebaot, Dios de los ejércitos de Israel, a los que has desafiado: 1Sam 17,45.

David no busca ningún prestigio personal. No pretende ser re-conocido ni famoso. Su única motivación es el Nombre mismo de Dios. Sabe que el combate es de YHWH. Cuando se tiene motiva-ción suficiente se es capaz de enfrentar lo inaudito.

e. Quinta piedra: hacerlo bien a la primera vez

Se levantó el filisteo y fue acercándose al encuentro de David; se apresuró David, salió de las filas y corrió al encuentro del filisteo: 1Sam 17,48.

David escogió entonces la primera piedra, la apretó en su ma-no, la colocó luego en su honda y con puntería magistral la asestó en medio de la frente del filisteo, que cayó de bruces al suelo; sin siquiera tener tiempo para sacar su terrible espada y defenderse, ni menos de atacar.

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Lo hizo perfecto a la primera vez. Es más fácil hacer las cosas bien desde el inicio, que enmendar los errores después. El tiempo es un factor determinante en toda batalla, por lo que es imperativo aprovechar la primera oportunidad, porque puede ser la decisiva.

La torre Eiffel de París está construida con 18,038 piezas de hierro forjado. Después de 100 años apuntando hacia el cielo, ninguna parte ha sido cambiada ni jamás ha sido reforzado ninguno de sus 2,500,00 remaches... La hicieron bien a la pri-mera vez.

Cuando se relata que atestó el golpe en la cabeza. Allí es donde primeramente hay que debilitar al enemigo; sus pensamientos para horadar su confianza.

Entonces David sacó la espada del filisteo y con ella le cortó la cabeza, tal y como lo había predicho. Realizó aquello que había previsto en la fe.

David nos ha mostrado la estrategia para vencer adversarios más fuertes y grandes que nosotros. Si usamos las cinco piedras del pastor de Belén, nosotros podremos vencer a cualquier enemigo que se nos presente, por más poderoso que sea.

David ganó a un adversario más poderoso porque supo escoger sus propias armas

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Síntesis

Con nuestras propias armas y no con las ajenas podemos ven-cer enemigos más poderosos que nosotros mismos. Sólo tenemos que usar nuestras cinco piedras que nos dan la victoria.

Tal vez lo más humillante para Goliat no fue la derrota, sino quién lo venció: aquél a quien nunca valoró; aquél a quien hasta despreció, que nunca creyó que pudiera enfrentarlo.

f. Meditación de Goliat

Era invencible. Yo lo sabía. Los demás me temían. Nadie osa-ba enfrentarme. En aquella ocasión que desafié al ejército de Israel y pedí que si entre ellos había un hombre fuerte y valiente, armado y decidido, se enfrentara conmigo al día siguiente. En el fondo de mí mismo sabia que nadie aceptaría el reto.

Al salir con mi gruesa armadura. A mi paso temblaba la tierra. Tenía un yelmo de bronce y una coraza de escamas de acero. Mis piernas estaban protegidas con hojas de metal. Levanté mi jabalina y grité para acobardar al posible contrincante...Yo imaginaba un gran hombre blindado para defenderse. Sin embargo, era apenas un muchacho, un pastor con un zurrón, una honda y mucha decisión en su mirada.

Yo me decepcioné. Yo esperaba a alguno de mi estatura, que estuviera armado con espada forjada y escudo para defenderse de mi certera jabalina, pero venia vestido de pastor... En ese momento me desmoralicé, pues no era necesario usar todas mis fuerzas. Ganar a un niño no era una victoria que valiera la pena. Entonces lo desprecié y lo maldije.

El joven me miraba con decisión, metió su mano en el zurrón, acarició una de las piedras. Yo me le seguí acercando, pero él no retrocedía.

La honda zumbaba con el viento y cada vez la agitaba con más fuerza. Yo me reía de su ingenuidad, pues yo estaba blindado por entero, sólo mi frente descubierta, mirando al sol.

Y mientras me burlaba de sus armas, una piedra se hendió en mi frente y caí de bruces, soltando mi espada. Caí humillado a sus pies, ante el alboroto de los hebreos y el asombro de los filisteos.

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Me quise levantar, pero me desangraba profusamente por la herida y mi armadura me pesaba más que nunca.

Lo que más me dolió fue perder contra un joven que no llevaba ni armadura, ni espada, ni escudo ni yelmo; alguien a quien des-precié, que jamás pensé pudiera hacer cosa alguna.

El joven tiró al suelo su honda con cuatro piedrecillas que no fueron necesarias; tomó mi propia espada, se acercó con decisión, la levantó con sus dos manos y de lo demás ya no supe...

Mi problema fue que menosprecié al enemigo pequeño. No va-loré su poder por mi presunción, y me dejé llevar por las apariencias. Me creí invencible delante de alguien que su espada era el honor de su pueblo y su escudo la protección de su Dios.

B. CÓMO SANSÓN PERDIÓ CON UN ENEMIGO MÁS DÉBIL

Ya vimos la forma en el joven David venció a un rival más po-deroso. Ahora, en contraste, analizaremos cómo podemos ser derrotados por enemigos más débiles. Curiosamente la víctima de este descalabro fue Sansón, el hombre más fuerte del mundo (Jue 13-16).

a. Vida y misión de Sansón

Cuando el pueblo de Dios estaba oprimido, Dios respondió suscitando un libertador de la tribu de Dan. El ángel se apareció a la esposa de Menóaj y le dijo:

Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos, pero da-rás a luz un hijo... No pasará la navaja sobre su cabeza, porque el niño será consagrado a Dios desde el seno de su madre: Jue 13,3-5.

Dios hace nacer al hombre más fuerte de la humanidad de una mujer que no tiene la capacidad de concebir en sus entrañas. La vida de Sansón comenzó con un milagro. Su vida estaba destinada para grandes cosas:

Él salvará a Israel de la mano de los enemigos: Jue 13,5.

Menóaj, padre de Sansón, podría argumentar: “Con mi esposa es imposible tener hijos, ya no vale la pena intentarlo, pues es inútil esperar cosa alguna”. También hay gente que se desanima: “Ya nada puede hacer cambiar a mi esposo, esta situación es irremediable; mi problema no tiene solución”, o “Mi hijo ya se perdió”.

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Sansón estaba consagrado a Dios desde el seno materno, como nazir, y sellado por un voto: no cortarse jamás el cabello. Como signo de su consagración:

No comerá nada impuro y observará todo lo que Yo le he mandado: Jue 13,14.

En el cumplimiento de su compromiso radicaba su fortaleza. Los filisteos volvieron a oprimir otra vez al Israel. Los ojos del pueblo de Dios estaban en la fuerza milagrosa de aquel joven llamado Sansón. Tanto sus padres, como él mismo, así como Israel, esperaban que “él salvaría a Israel de la mano de los filis-teos”. Por todas partes brillaba la esperanza de su imagen como la del futuro libertador del pueblo. Las jóvenes lo admiraban, los jóvenes lo imitaban. Los ancianos no querían morir sin ver la liberación. Sansón mismo sabía que había nacido para una gran misión, y sólo esperaba que sonara la campana de la libertad. Desde el vientre de su madre había sido escogido para ser liberta-dor. Estaba llamado y capacitado para una gran misión. Tenía todo para triunfar.

b. Las victorias parciales de Sansón

Su fuerza era tan sorprendente, que salió victorioso en todas las luchas.

• Venció al león en el desierto (Jue 14,5-6).

En una ocasión fue atacado por un leoncito en medio del de-sierto, pero Sansón lo despedazó fácilmente y estampó su cadáver en las piedras de la montaña.

• Mató a mil filisteos con una quijada de burro (Jue 15,4-16). Cuando su propio pueblo lo entregó en las manos de sus ene-migos, Sansón se desató y con una quijada de burro mató a mil filisteos.

• Arrancó las puertas de Gaza (Jue 16,1-3).

Una vez sus enemigos lo tenían sitiado en la ciudad de Gaza, para matarlo. Sin embargo, a media noche Sansón desprendió las puertas de la ciudad y las cargó en sus espaldas hasta la cumbre de un monte. Sus adversarios, amedrentados por su poder, desistieron de sus propósitos.

Referencias

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