JAIRO: DE JEFE A PAPÁ
A. UN JEFE TENÍA UNA HIJA ENFERMA
Un judío tenía un puesto importante en la vida religiosa de la ciudad. Era precisamente el jefe de la sinagoga de su pueblo. Su trabajo dependía de saber caminar con equilibrio magistral, entre la fidelidad a las supremas autoridades de Jerusalén y llevar una conducta irreprochable.
Marcos y Mateo lo identifican simplemente como un jefe, hombre de autoridad religiosa, al que frecuentemente llamaban "el jefe" (Mt 9, 23). Por tanto podemos suponer con fundamento que era un hombre rígido y autoritario, que convirtió su casa en sucur- sal de la sinagoga. Por eso Mateo afirma que Jesús va a “casa del jefe”. También en casa era jefe; no era padre del hogar.
a. Cuadro clínico de la joven
Su única hija se fue debilitando y perdiendo peso. El cuadro clínico nos sugiere que muy probablemente la niña sufriera ano- rexia. Nosotros así la vamos a considerar, pues al final del desenlace, Jesús ordena darle alimento.
La joven no poseía personalidad propia. Era conocida simple- mente como la hija del jefe de la sinagoga. Por tanto, tenía una baja autoestima que no se valoraba a sí misma.
Su padre, como autoridad religiosa, era una persona legalista, exigente y autoritaria. Lo llamaban “el jefe”. Ella vivía en una vitrina, teniendo que dar ejemplo a todos los demás. Sobre la pequeña pesaba la responsabilidad de ser modelo para los jóvenes. Tenía prohibido equivocarse. Debía cumplir las rigurosas tradicio- nes de los judíos y sus 613 preceptos. Era una camisa de fuerza demasiado estrecha para una joven de apenas 12 años. Además, siendo hija única debió sufrir continuas etapas de soledad.
Ella no digería esta situación y entonces decidió no digerir alimentos, porque no aceptaba nada externo en su vida. El perfec- cionismo y la baja estima la llevaron a perder la ilusión por la vida. Su cabello perdió brillo y su piel se fue secando y arrugando. Estaba muriendo lentamente. Tal vez podríamos suponer que fue el primer caso de anorexia en la historia.
El jefe de la sinagoga buscó por todos los medios, pero ningu- na medicina podía aliviar a la pequeña, que no comía y se debilitaba. Sus manos se enfriaban y su rostro palidecía. Se fueron agotando las alternativas y esfumando todas las esperanzas. Los médicos cruzaron los brazos ante la falta de ánimo por vivir de la pequeña. Si ella había perdido la ilusión por la vida, la ciencia de Hipócrates no era capaz de reanimarla. Llegó al extremo de estar a punto de morir. El desenlace fatal parecía inminente e inevitable, cuando la niña apenas contaba con doce años.
b. La última alternativa: Jesús
Sólo había una pequeña luz en el fatídico túnel: recurrir al fa- moso taumaturgo de Galilea, para que interviniera. Pero esto era muy riesgoso para todo judío, en particular para las autoridades religiosas de Israel. El gran sanedrín había decidido que quien creyera o siguiera al Maestro de Galilea, debía ser expulsado de la comunidad de Israel (Jn 9,22). Las autoridades competentes para hacer cumplir esta resolución implacable, eran precisamente los jefes de cada sinagoga. No había dispensas, excusas ni excepcio- nes. Era orden superior donde estaba comprometida la misma potestad divina. Por tanto, si Jairo procuraba al controvertido Galileo, implicaba pagar un alto precio: renunciar a su puesto en Cafarnaúm y perder su prestigio en Jerusalén.
Había que decidir entre su hija o la sinagoga; su futuro laboral o su familia; su fe tradicional o el amor por una persona. Mientras tanto, la pequeña seguía descendiendo los irreversibles escalones del sheol, y había que decidirse rápidamente antes de que fuera demasiado tarde. No era fácil, pues había que sopesar tres factores: el poder de este hombre, su peligrosa enseñanza y su cuestionable conducta:
- Su poder ilimitado
Jairo bien sabía que no había nada imposible para Jesús de Nazaret: sanaba leprosos, había devuelto la vista a los ciegos y levantaba a los paralíticos. Hacía oír a los sordos, y los mudos abrían la boca para proclamar las alabanzas del Dios de Israel. Incluso en Naím había resucitado a un joven que ya era encamina- do al cementerio. No pocos afirmaban que hasta lo habían visto
caminar sobre las aguas, y multiplicar unos cuantos peces para dar de comer a más de 5,000 hombres.
Hasta dentro de las mismas sinagogas se había mostrado su poder: Un sábado había curado a un hombre que tenía una mano seca (Mc 3,1-6). Otro día había liberado a un poseído por un espíritu inmundo a quien la santa institución religiosa no había podido liberar (Mc 1,21-26). Por esta razón, todos los jefes de sinagoga habían sido advertidos del peligro que representaba la presencia del Nazareno en las asambleas religiosas. Para ser más determinantes, se había decidido que todo seguidor o simpatizante de Jesús debía ser expulsado inmediatamente de toda institución religiosa.
Existía, pues, la posibilidad de salvar a su hija, si recurría con- fiado a Jesús de Nazaret, pero pagando un alto precio de peaje.
- La enseñanza controvertida (buenas noticias)
El segundo punto a considerar era la peligrosa doctrina de Je- sús, que hasta en algunas ocasiones había presumido ser superior al mismo Moisés, y pregonaba la buena noticia de que el Reino de Dios había llegado, y que no habría que adorar más a Dios ni en Jerusalén ni en otro lugar, sino en espíritu y en verdad; Además prometía un perdón incondicional a los pecadores. Su Dios pagaba salario completo, independientemente del tiempo que se hubiera trabajado en la viña. Incluso, sostenía que entraban a la fiesta del Reino los pecadores arrepentidos que vuelven a la casa paterna, en vez de los perfeccionistas que cumplían con orgullo todas las normas y tradiciones.
Afirmaba que Dios es como un pastor que deja noventa y nue- ve obedientes ovejas en el desierto, para ir a buscar la que se escapó del redil, hasta encontrarla. También presentaba a un Dios que no nos exige ser buenos para acercarnos a Él, sino que Él es tan bueno, que se aproxima a los pecadores y los capacita para cambiar su vida. Lo más peligroso era que no estaba de acuerdo con la tradicional doctrina de meticulosos escribas y exigentes fariseos: que había que purificarse para ingresar a la Presencia de Dios; al contrario, había que entrar a la Presencia de Dios para que Él los purifique de todo pecado. Además llamaba a Dios “papá”, lo cual sonaba a tremenda falta de respeto al Dios tres veces santo que era el Señor de los ejércitos.
Si Jairo acudía a Jesús para interceder por su hija, no sólo per- dería su trabajo, sino que entraría automáticamente a la lista de la inquisición.
- Su sospechosa conducta
Un tercer punto que no se podía pasar por alto, era la conducta de este hombre que no se apegaba a la Ley del Sinaí: No guardaba el sábado y muchas veces no se lavaba las manos antes de comer. Era amigo de pecadores y publicanos, lo cual hacía brotar muchas sospechas sobre su vida privada. Muchos lo consideraban un pecador (Jn 9,16) y hasta endemoniado (Jn 10,21), pues se había atrevido a perdonar los pecados a un paralítico, cosa que estaba reservada exclusivamente a Dios (Mc 2,7). La conducta de Jesús al margen de la ley no era la mejor carta de recomendación para sus seguidores.
Si Jairo recurría a él, sus bonos bajarían de forma inmediata en la jerarquía de valores en la ciudad santa de Jerusalén.
c. Evaluación en la balanza
Jairo sopesaba pros y contras en la balanza para tomar su deci- sión. El platillo donde se evaluaban las desventajas de acudir al Maestro de Nazaret pesaba demasiado, y la prudencia sugería no correr tan gran riesgo. Sin embargo, Jairo colocó el amor por su hija única en el otro platillo y el contrapeso fue mucho mayor: ella superaba con creces todo lo que pudiera desaconsejar no recurrir el taumaturgo de Galilea Esto fue suficiente para que decidiera. Ella pesaba mucho más que prohibiciones y ortodoxia, trabajo y presti- gio personal.
d. Tiempo de decisión: ganó el amor por su hija
El amor por su hija única lo hizo decidirse sin importar las consecuencias; o mejor, asumiendo cualquier precio que hubiera que pagar, con tal de recuperar la vida de su primogénita que se esfumaba con el tiempo que era irreversible.
Entonces salió de la ciudad y fue a buscar a Jesús, hasta que lo localizó bajando de la barca en el Mar de Tiberíades (Mc 5,21). En cuanto lo encontró, cayó a sus pies y le suplicaba por su hija. San Marcos nos reporta que lo hacía con vehemencia, mientras que San Lucas usa una forma verbal que da a entender que no dejaba de
insistir por mucho tiempo (significado del tiempo imperfecto en griego).
Mi hijita está en las últimas.
Ven a imponer las manos para que se sane y viva: Mc 5,23.
Si es hija única, significa que en ella está invertido todo su fu- turo.4 Que tenga doce años da a entender que su vida va a ser truncada de forma cruel y definitiva, cuando apenas se le abrían las ventanas del porvenir. Pero muestra ante todo su gran amor y ternura por ella cuando la llama “hijita”. Ella es la motivación de su vida, por la que vale la pena arriesgar todo.
Jairo ya había hecho todo un programa de cómo alcanzar la re- cuperación total de su hija. Por eso insiste a Jesús: “Impón las manos en ella, para que se salve y viva”. Se percibe su carácter de jefe, manda, ordena hasta al mismo Jesús. Acostumbrado a mandar y decidir hasta en los más pequeños detalles. Prácticamente está dando una orden al Hijo del hombre. Lo curioso es que el Señor de los imposibles consiente con el plan del padre de la moribunda y deja todo otro asunto para encaminarse a la casa del funcionario religioso.
Y levantándose, Jesús le seguía con sus discípulos: Mt 9,19.
El Maestro no responde con palabras. No hacía falta. Sólo ac- túa, lo cual es más elocuente. Su entrada a la casa del funcionario significaba la expulsión automática de toda la familia de la sinago- ga, la cual se quedaría acéfala.
No se puede perder un segundo, pues de esto depende la vida de muchacha. A toda prisa se abren paso entre una multitud. El Evangelio nos da la idea de que nadan en medio de un mar de gente “que los ahoga” (Lc 8,41) y “los oprime” (Mc 5,24).
Cuando más apremiaba, se interpone una mujer que, por llevar ya doce años con un flujo de sangre, parece que ya no era tan urgente atenderla en ese preciso momento, pues ya se había acos- tumbrado a su situación. Ciertamente podía esperar que se resolviera el caso urgente de la hija de Jairo.
4
No olvidemos que la pertenencia al pueblo elegido viene por la línea de la madre judía; no del padre.
Jesús pregunta y afirma: “¿Quién me tocó? Porque una fuerza ha salido de mí”. El jefe de la sinagoga que lleva prisa debe apren- der a esperar. El tiempo perdido puede robustecer su fe, pero también podría extinguir la lámpara de la esperanza con el viento de la desesperación. Aquí Jairo ha de enfrentarse a un problema que no es fácil de atender: debe optar si el tiempo que esta mujer ocupa, está a su favor o en su contra.
Por una parte descubre que el taumaturgo de Galilea no lo sabe todo. No sabe quién lo ha tocado. Pero sí percibe lo esencial: tiene una fuerza terapéutica. Jairo debe optar si en él influye más lo que Jesús ignora o lo que el Maestro es capaz de hacer.
En vez de desconfiar, decide persistir. Cuanto más avance el reloj, más grande se va a manifestar la fidelidad del Señor a su promesa. Se hace cómplice de la esperanza (Pegy) y decide esperar contra toda esperanza, sabiendo que el tiempo es su aliado, no su enemigo.
Por eso Jairo no interviene para apresurar al Maestro o apartar a la mujer. Tampoco se adelanta. Prefiere ir con Jesús pues sabe que el tiempo trabaja en su favor. Cada segundo que pase está más cercana la cosecha de su confianza. No se desespera, pues percibe que tarde o temprano el Señor ha de cumplir su promesa. Tanto más avance el reloj más se va a manifestar su poder, pues el cielo y la tierra pueden pasar, pero sus palabras no se dejan de cumplir.
Este momento de crisis es necesario antes de los milagros: ese misterioso Jesús que primero decide venir a atender nuestras necesidades, pero luego se detiene para hacer otras cosas.
Después que la mujer narra su largo historial clínico, el hijo de David la despide revelándole el pivote de su salvación: la fe parra recurrir al amo de los imposibles. Sin embargo, el mensaje se dirige también al jefe de la sinagoga:
Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz.
Aquella mujer había recuperado no sólo la salud, sino la paz, que era mucho más importante. Jairo podía comprobarlo y esto alentar su esperanza que era probada en el crisol del tiempo.
La interrupción de la mujer no ha debilitado su fe; al contrario, la ha robustecido. Es más, no se trataba de una traba sino una oportunidad para constatar el poder del predicador de Nazaret que
puede solucionar enfermedades crónicas de doce años, como los que tiene su hijita. La fe de Jairo ha crecido....
En esta vida también experimentamos momentos en que las cosas no caminan, y se empantanan los procesos que llevaban buen ritmo. Por otro lado, cuando Jesús deja de atendernos, sentimos que dejamos ser prioridad y se puede erosionar nuestra autoestima. Entonces, sólo podemos esperar o desesperar.
Nosotros también debemos optar si el tiempo es nuestro amigo o nuestro enemigo. De la respuesta que demos a esta situación depende tanto la forma en que vivamos, como los resultados que obtengamos.
Así cómo tratemos el tiempo, el tiempo nos corresponderá. Si nos aliamos con él, trabajará a nuestro favor, si lo convertimos en nuestro enemigo, entonces cada segundo perdido será motivo de taquicardias y angustiosa desesperación en las interminables no- ches de insomnio. Pero si sabemos que el último minuto tiene también 60 segundos, disponemos de 60 oportunidades para que Dios intervenga, y cada instante que trascurra estará más cerca su intervención salvífica.
Es decir, de nosotros depende tener un colaborador o un rival en el inexorable tiempo que no se detiene.