• No se han encontrado resultados

HISTORIAL CLÍNICO

In document Pepe Prado Effeta (página 146-150)

MUJER ENCORVADA

B. HISTORIAL CLÍNICO

Había (en la sinagoga) una mujer que tenía un espíritu de en- fermedad, hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse.

a. Una mujer: piadosa

En primer lugar los reflectores se enfocan en una mujer, y esto ya es significativo. La mujer, tan valorada en el Evangelio de Lucas, es portadora de vida. En otras palabras, esto que sucede está destinado para todos aquellos que son responsables de trasmitir la vida. Sin embargo, lo más importante es que esta fiel asistente de la sinagoga representa al pueblo de Israel, que en la tradición bíblica se reviste de diferentes ropajes: una novia, una esposa o una doncella.

Ella asistía rutinariamente a la sinagoga. Era parte de la deco- ración de la sala. Ella estaba ya habituada a cumplir la ley y meditar los grandes acontecimientos de la historia de la salvación. Escuchaba la lectura de las grandes manifestaciones de Dios en medio de su pueblo, pero desgraciadamente nadie podía leer en su vida las maravillas de Dios: al contrario.

Los reflectores se enfocan en una mujer, caso insólito, pues la mujer era tan devaluada en aquella cultura. Además se trata de una fiel asistente a las reuniones religiosas.

Por tanto representa a la gente buena y piadosa, que a pesar de sus devociones y tradiciones vive con la cabeza baja y el ánimo por los suelos.

Estaba encorvada y no se podía enderezar de ninguna forma. A pesar de su sentido religioso, siempre contemplaba el polvo del suelo. Vivía inclinada y no era capaz de incorporarse. El relato evangélico da a entender que no había encontrado (tal vez ni buscado) algún medio para levantar cabeza. Nada ni nadie podía ayudarla, ni ella misma.

Ni el centro religioso ni las autoridades habían sido capaces de enderezarla.

c. Raíz: tenía un espíritu de enfermedad

San Lucas, único evangelista que relata este episodio, era mé- dico y bien sabía la íntima relación que existe entre el espíritu y el cuerpo de los seres humanos. Su profesión le había hecho llegar a la conclusión de que la mayor parte de las enfermedades son sicosomáticas. Por eso usa la expresión griega “pneuma éjuza aztheneías”, que debe traducirse como “tenía un espíritu de enfer- medad”. En varias ocasiones, el Evangelio se refiere a “espíritus impuros o malos” que perturban a los hombres, pero en este caso es diferente. El espíritu que la mantenía abatida y enferma era suyo y estaba dentro de ella misma. Su espíritu enfermo contagiaba su cuerpo, como dice la Palabra:

... el espíritu abatido seca los huesos: Prov 17,22b.

Vale la pena preguntarnos, ¿cuál sería el espíritu de esta mujer que la mantenía encorvada? Lógicamente debería ser una actitud de derrota y depresión, cansada de la vida. Lo cierto es que llevaba un gran peso que le impedía levantar el ánimo y la esperanza. Era prisionera de una cárcel invisible, pero real, de la cual no podía escapar porque cada día sábado se hundía más en las arenas move- dizas del legalismo. Lo más dramático es que ni su piedad ni su devoción la habían podido enderezar. Anímicamente debía estar deprimida, pues además no existía esperanza alguna de que las cosas mejoraran.

Por tanto, la curvatura de su espina y la dificultad para mover- se eran sólo los síntomas externos. Este mal físico era sólo manifestación de una actitud interna. Su cuerpo doblegado y vencido por el espíritu de enfermedad indicaba que dentro de ella había una actitud de sumisión esclavizante.

No sólo estaba encorvada. Esto era el síntoma externo del espí- ritu de enfermedad que la oprimía. Pero Jesús, médico de médicos, encuentra la causa primera de todo el mal. Vivía atada, y atada por Satanás. Alguien le había privado de su libertad tanto de su ánimo y sentimientos, como de su movimiento. Está atada no sólo físi- camente, sino también emocional, afectiva y espiritualmente. No es libre. Sufre la peor de las esclavitudes. El carcelero que la mantiene encadenada en la sinagoga es el mismo Satanás. La obra preferida del Enemigo es privar a la gente religiosa de la gloriosa libertad de hijos de Dios. Sus argucias y ataduras son tan gruesas, que nos impiden levantar la cabeza.

Jesús descubre una ligadura que ata a la mujer.... La versión in- terlineal griega traduce no sólo como ligadura, sino como cadena. La cadena que oprime a la gente buena y piadosa que asiste pun- tualmente a los centros religiosos y cuya piedad es evidente, es el cumplimento riguroso e inflexible de cada mandamiento. Los asfixia tanto, que los deja encorvados. Se vuelven esclavos de la ley, y llegan a poner su confianza en ellos mismos, pues se quieren salvar por el cumplimiento de normas y preceptos. En vez de aceptar a Jesús como su salvador, ellos tratan de salvarse por sí mismos. Esto no puede ser obra más que de Satanás.

Lo dramático es que se puede asistir regularmente a la sinago- ga y guardar cada uno de los mandamientos de la ley (sintetizados en el sábado), y vivir esclavo y atado por Satanás. Hay sistemas religiosos que no garantizan, y muchas veces no propician, la libertad del hombre.

La ley es buena y santa y espiritual (Rom 7,12-14), pero impo- sible de cumplirse cabalmente (Hech 15,10), convierte al hombre en maldito (Gal 3,10-11). La ley, dada para ser felices (Deut 10,12- 13), se transforma en un peso insoportable que encorva al hombre.

Con esta curación que ocurre en sábado podemos suponer que el fardo que mantenía encorvada a esta mujer, como al judaísmo, era la legislación y sus tradiciones humanas que habían llegado a ser una carga intolerable.

Cuando en la Iglesia primitiva se discutía si los nuevos cristia- nos estaban obligados a observar todas las exigencias de la ley mosaica, hubo dos posturas muy encontradas: la de Santiago, obispo de Jerusalén, junto con los judaizantes, que opinaban que

era necesario. Por otro lado, Pablo de Tarso acompañado de Ber- nabé, que se oponían rotundamente. El asunto no era fácil en aquellas circunstancias, como tampoco lo es hoy día. San Lucas relata así la conclusión del Concilio de Jerusalén, dirigido por el mismo Espíritu Santo:

Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto. Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo, «Hermanos... ¿Por qué, pues, ahora tientan a Dios queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?» Hech 15,6.9.

Pedro toma la palabra para hacer una declaración tremenda: la legislación es un peso insoportable que nadie puede cargar.... esta carga encorva y esclaviza a los hombres, privándoles de la gloriosa libertad de hijos de Dios.

Así pues la curación de esta mujer, por ser encuadrada preci- samente en un sábado y dentro de una sinagoga, está mostrando que todos aquellos que están sojuzgados bajo la legislación mate- rial y en las estructuras que asfixian su relación personal con Dios, viven encorvados, con un peso sobre sus espaldas que no les permite mantenerse erguidos. Obedecen a Dios, pero no lo glorifi- can. El reto es también para nosotros: si creemos en un Dios como amo o tirano que nos impone su voluntad inexorable, nos vamos a encorvar; pero si Jesús nos libera de la ley, y nosotros nos endere- zamos, lo vamos a glorificar.

e. 18 años enferma, pero ¿cuántos años sana?

La pobre mujer, cuya edad se mantiene en secreto por razones obvias, no podía enderezarse por ningún motivo. Lo curioso es que se notifica únicamente los años que tenía sufriendo, y no los que había gozado de bienestar. Para ella no contaba el período de salud, sino que sólo llevaba cuenta del tiempo que cargaba con este padecimiento. Vivía vuelta hacia sí misma en conmiseración y autocompasión. Lo único que provoca a su alrededor es lástima y rechazo. Sin duda que muchos la juzgaban y hasta condenaban, atribuyendo su enfermedad a algún pecado de su juventud. Tam- bién la miraban con desprecio.

Hay mucha gente con el mismo esquema de vida: sólo cuentan sus enfermedades y tragedias, sin hacer alusión a sus triunfos y alegrías.

In document Pepe Prado Effeta (página 146-150)