• No se han encontrado resultados

JESÚS LA LIBERA Y ELLA SE ENDEREZA

In document Pepe Prado Effeta (página 150-155)

MUJER ENCORVADA

C. JESÚS LA LIBERA Y ELLA SE ENDEREZA

Jesús utiliza un procedimiento terapéutico y liberador al mis-

mo tiempo. No se detiene en los síntomas porque no busca sólo cancelarlos. El problema principal no era ni el estar encorvada ni el llevar así 18 años sin ninguna esperanza de rehabilitación.

Al verla Jesús, la llamó y le dijo, «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos.

El médico de cuerpos y almas interviene cuando se han agota- do las posibilidades de recuperación, porque generalmente le gusta actuar en el último minuto, para así mostrar que no se puede perder la esperanza.

a. Terapia: Jesús usa todos los sentidos como medicina

Otro mensaje implícito es que Jesús médico atiende a la per- sona completa en su integridad, con su espíritu y su cuerpo. Por eso toma en cuenta tanto lo exterior como lo interior: la ve y la llama, le habla y la toca.

- La ve

Ella no podía ver al Maestro que se encontraba adelante, pero fue mirada por él. Su enfermedad la incapacitaba para percibir lo que había más allá de sus pies. Ella no pasa desapercibida; al contrario, es destacada entre todo el grupo de asistentes.

- La llama

Aquí debemos usar nuestra imaginación, para darnos cuenta de un signo muy elocuente de esta enseñanza del Maestro. Esa maña- na el Maestro estaba en el lugar de honor, donde se ubicaban los jefes de la sinagoga, los lectores y los responsables de impartir la instrucción Al ser llamada, ella se acerca arrastrando los pies hasta el “bema” o la llamada “cátedra de Moisés”, que era el espacio reservado para la gente importante y para quienes imparten la enseñanza. Por un lado, Jesús está contraviniendo las santas tradi- ciones, derribando las murallas de separación entre hombres y mujeres. Pero por otro, mucho más revelador, eleva a esta mujer enferma al rango de la gente notable. Le declara abiertamente que

ella tiene un gran valor. Le está reconstruyendo su dignidad tan erosionada por 18 años. Una declaración pública de amor, es el inicio de su recuperación. Cuando la ubicamos en el espacio reser- vado a quienes imparten la instrucción es porque ella misma va a impartir una enseñanza, a la comunidad de Israel. ¡Una mujer enseñando en la sinagoga! El Galileo está revolucionando el siste- ma religioso de su tiempo... y tal vez hasta del nuestro, pues le da un lugar privilegiado a la mujer, valorándola delante de todos.

Aquí se encuentra otro mensaje subliminal para nosotros. No basta querer o valorar a una persona, sino que es necesario hacerlo de manera abierta delante de los demás. Una manifestación pública de reconocimiento puede ser el inicio para que una persona se reincorpore de su postración y humillación que lleva arrastrando por tanto tiempo. Jesús lo experimentó en carne propia, pues no comenzó su ministerio hasta que bajó al Jordán donde Dios le declara ante todo Israel como el Hijo de sus complacencias. ¡El poder que tiene el amor!

Lo más significativo es que la mujer llega hasta el frente, don- de estaban los Santos Manuscritos que contienen la maravillosa historia del pueblo de Dios, escrita con las intervenciones salvífi- cas del Dios de Israel. Ahora se va a poder leer en ella una manifestación extraordinaria de Dios... ella toma el lugar de los Rollos sagrados para que el pueblo entero pueda ver en ella el plan de Dios para la humanidad.

- Habla con ella: Mujer, quedas libre de tu enfermedad

Pero Jesús va más adelante, hablando con una mujer en el mismo recinto sacro de la sinagoga, cosa totalmente fuera de los parámetros de la tradición. La declara: “Mujer”. Es contrastante pero significativo que llame a esta persona encorvada de la misma forma como se dirigió a su madre, que estaba de pie y erguida junto a la cruz del Calvario.

Personalmente creo que como ella había sido devaluada como mujer; y por su enfermedad era incapaz de transmitir la vida. Jesús la valoriza en el área que fue herida. Está curando la raíz emocio- nal que encorvó su cuerpo: ella sabe y siente que es mujer. Ha sido reconocida como tal.

Si el motivo de su curvatura era una herida emocional, la me- dicina debe también ser emocional. Por eso Jesús le ofrece un

tratamiento para su recuperación: nadie debe olvidar que es hija de Abraham y que vale más, mucho más, que los bueyes y los asnos. De ahora en adelante nadie la debe identificar por su malestar, sino por su libertad.

El Señor declara con toda autoridad: “Quedas libre de tu en- fermedad”. Su problema no se reducía a su padecimiento físico, ésta era consecuencia de otra situación más grave: tanto el espíritu de enfermedad que la mantenía encorvada, como la atadura que la privaba de su libertad. Y al hacerlo precisamente un sábado, la está liberando del peso de la ley que encorva a todo hombre o mujer que se deja esclavizar por ella.

- La toca

Luego le impone las manos. Si reproducimos la escena con la imaginación, lo más lógico es que el Maestro haya tocado su espalda encorvada, y esto contiene un bello significado. Jesús acepta sin rechazo ni condena lo que tanto humillaba a la mujer.

El Maestro vino precisamente a liberarnos de nuestras jorobas, y lo primero que hace es tocarlas, para darnos a entender que la liberación viene por la aceptación que desactiva el poder esclavi- zante de nuestras cadenas. Cuando nosotros nos sentimos acogidos en nuestras limitaciones, tenemos un punto a favor para también nosotros aceptarnos a nosotros mismos. Hasta que no nos reconci- liamos con nuestras debilidades, no se desencadena una reacción que desactiva el poder destructor de las limitaciones. Mientras luchemos contra nuestras limitaciones, favorecemos que éstas se fortifiquen, porque ellas tienen que responder a nuestra declaración de guerra. Entonces se arman para defenderse y no ser destruidas. Pero cuando dejamos de atacarlas, las desarmamos y pierden su fuerza destructora. Es la única manera como ellas dejan de ensa- ñarse contra nosotros. El día que entendamos esto vamos a vivir en paz con nuestros límites y carencias hasta que amanezca el día de la cosecha que disipa toda sombra.

El escándalo de que un hombre hablara y tocara a una mujer, aumenta su gravedad porque es realizado en la misma sinagoga y delante de todos. Sin embargo, al mismo tiempo es una muestra de amor físico del buen Pastor. La mujer que había sido despreciada por su cuerpo, es valorada de forma palpable por el Maestro.

Aquella que llevaba un gran peso sobre sus espaldas, siente el ligero yugo de las manos de Jesús.

Tanto con la mujer hemorroisa como con esta encorvada esta- mos aprendiendo que no basta estar cerca de Jesús. Hay que tocarlo o ser tocados por él.

Estaba encorvada por la Ley que la oprimía

b. Jesús la libera del peso que la agobia

Al realizar Jesús este signo en la sinagoga, y precisamente en sábado, está liberando a la mujer del peso de la misma ley.

c. Ella se levanta y glorifica a Dios

Estamos llegando al corazón de la enseñanza de este equipo de maestros:

Al instante, se enderezó y glorificaba a Dios.

San Lucas usa un adverbio muy propio para mostrar lo rápido de este portento milagroso: “parajrema”. La mujer se restablece inmediatamente y queda erguida, mirando en alto... Cuando somos liberados del peso de la Ley, nuestros ojos descubren los amanece- res de vírgenes colores, en vez de contemplar con nostalgia los crepúsculos que extienden su manto de sombra.

En primer lugar se trata de un caso muy diferente a otros mila- gros de Jesús. En el caso de la suegra de Pedro, el taumaturgo de Nazaret “la levantó”. Aquí es ella quien se endereza. Al leproso de Mc 1,40-45, así como a Bartimeo (Mc 10,46-52) una palabra del predicador de Galilea cura automáticamente su enfermedad. Pero en el caso de esta mujer, incluso parece que mientras Jesús le está imponiendo las manos, ella se endereza.

Las manos del Señor no pesan, son para quitar nuestra carga. Hay manos que pesan y manos que quitan fardos. Hay manos que atan y manos que desatan. Las de Jesús son las segundas.

Tal vez no exista frase más bella en todo el Evangelio que “la mujer enderezada da gloria a Dios”..., no porque recite un salmo o pronuncie unas palabras, sino porque, levantada y erguida, Dios mismo es glorificado.

No hay alabanza más hermosa en el universo, que la un hom- bre o una mujer levantándose de su postración. Con razón San Ireneo afirmaba: “Gloria Dei, hommo vivens”, dando a entender que la gloria de Dios es el hombre viviendo en plenitud su reali- dad, de la amalgama de ser un pedazo de barro donde el Señor ha insuflado su Espíritu para que viva y muestre el rostro mismo de Dios.

Dios se glorifica más por la cabeza levantada del hombre hecho a su imagen y semejanza, que por ojos mustios que sólo miran el suelo. El ser humano derrotado que vive encorvado, es una afrenta contra Dios... y si levantarse es una alabanza para Dios, el vivir postrado es una ofensa contra el modelo que reproduce.

Quien está encorvado no glorifica a Dios. Puede asistir a la si- nagoga y hasta ser riguroso en el cumplimiento de la ley, pero no alaba a Dios. Simplemente no es posible estar encorvado y levantar las manos al cielo. El rito sabatino de la sinagoga se iniciaba con la recitación de 18 bendiciones. En la primera de ellas se alababa a Dios, porque habría de proveer un redentor. La curación de cada uno de los 18 años que estuvo encorvada, es el cumplimiento de esta primera bendición.

Sin embargo, la escena evangélica está preñada de un mensaje insospechado, que precisamente una mujer ha descubierto: para valorarlo debemos usar otra vez la imaginación. La mujer que llegó hasta donde Jesús, se encontraba mirando el suelo y arras- trando el peso de la antigua Ley que la mantenía encorvada. En el momento en que el Maestro le impone las manos, ella se reincor- pora. Lo primero que ve delante de ella es a quien la ha restablecido. Pero aún más. Ve en Jesús la nueva Ley, aquel que es el modelo de vida para sus discípulos, pues declaró: “Aprendan de mí” (Mt 11,27). Además, fue curada en la sinagoga. No tuvo que salir de allí para enderezarse. Tampoco nosotros hemos de cambiar de iglesia o familia para enderezar nuestra vida. No es necesario cambiar las coordenadas geográficas de nuestra existencia, ni cambiar los amigos. Es allí justamente donde su poder nos cura y nos restablece.

In document Pepe Prado Effeta (página 150-155)