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UNOS GANAN Y OTROS PIERDEN EN JERICÓ

In document Pepe Prado Effeta (página 51-59)

CÓMO GANAR O PERDER UNA BATALLA

C. UNOS GANAN Y OTROS PIERDEN EN JERICÓ

En la misma ciudad de las palmeras unos ganaron y otros per- dieron la batalla. Veamos lo que delineó la victoria de los hebreos así como la derrota de los habitantes de Jericó (Jos 6).

a. Tres pasos para ganar una batalla

Para enfrentar la guerra de conquista de la tierra prometida, Jo- sué elaboró un plan de tres pasos:

Josué quiere saber quiénes son los cananeos, para enfrentarlos. Antes de iniciar lucha alguna, es necesario saber contra quién se va a pelear. Evaluar sus fuerzas y sus debilidades. Cuando no cono- cemos al enemigo, nos exponemos a un ataque por sorpresa, que puede ser fatal. Para no sobre valorar ni menospreciar al enemigo, hay que conocerlo.

Segundo paso: motiva a su ejército presentando el objetivo

Desde antes de ingresar a Canaán, Josué ya había pintado en la imaginación y los anhelos de los nómadas habituados al desierto, aquella tierra tan maravillosa. Les asegura que es la tierra más hermosa: regada por ríos, con fuentes de agua, árboles frutales, leche y miel, y les da a probar los frutos para que tengan esa mis- ma tierra dentro de ellos.

Quien no sabe por qué luchar, no tiene fuerza para superar obs- táculos y vencer dificultades. En otras palabras, Josué está ofreciendo la motivación que los capacite para enfrentar luchas y batallas. La tierra que mana leche y miel y cuyos frutos han ya probado, es razón suficiente para enfrentar la batalla. Vale la pena. Tener una motivación es el segundo secreto para ganar las batallas. Las grandes victorias se conquistan sólo con grandes motivaciones. Tanto más concreta sea, la motivación es más eficaz. Las motiva- ciones efectivas son las más poderosas.

Tercer paso: Tomar posesión de la tierra

Josué se sube a la cima del Arabá y, contemplando desde ese balcón aquel territorio que tiene delante, proclama: “Hoy tomamos posesión de esta tierra que Dios prometió a nuestros padres”. El gesto de Josué significa que en ese momento, aún sin cruzar la frontera y antes de enfrentar lucha alguna, el pueblo ya toma posesión de lo que apenas es un desafío. Por tanto, no van a apode- rarse de un suelo que no les pertenece. Simplemente van a ingresar a su propio territorio. Además, ya consideran que han obtenido la victoria.

Josué está haciendo precisamente lo que Jesús exigió para la oración eficaz (Mc 11,24). Cuando oremos creyendo que ya hemos obtenido lo que solicitamos, entonces veremos milagros.

Para obtener la victoria necesitamos tres cosas: • Primero: Conocer al enemigo.

• Segundo: Tener un objetivo y una motivación. Hay que definir con todo detalle lo que queremos y soñamos. Entre más sentidos intervengan en esta representación, se acrecien- tan nuestras fuerzas para obtenerlo. La motivación nos impulsa a emprender cualquier esfuerzo.

• Tercero: Creer que ya lo recibimos, lo cual implica actuar como si ya lo tuviéramos en las manos.

b. Tres actitudes para perder una batalla

. He aquí los tres elementos que los condujeron a la derrota to- tal a los habitantes de Jericó:

• Confiaron en las murallas externas, más que en sí mismos En vez de fincar su defensa en su glorioso pasado, sus armas o la gallardía de sus soldados, se apoyaron sólo en sus murallas de piedras, sus altas torres y sus sólidas almenas. Creyeron que ellas resistirían cualquier embate y no tomaron precauciones. La seguri- dad no estaba en ellos mismos, sino fuera de ellos.

• El miedo

El pánico los cubrió con negro manto y presintieron la derrota que se avecinaba. Las siete vueltas del ejército de Josué en torno a las murallas de la ciudad abonaron el temor que ya existía en los habitantes de Jericó, cuya amenaza crecía a la par que la incerti- dumbre.

• Se encerraron

La alarma los llevó a enclaustrarse, pero al mismo tiempo ese invernadero favorecía que el pavor se agigantara. El miedo creció tanto que decidieron renunciar a la defensa. Ya antes habían re- nunciado a enfrentar el ataque. Ahora se desmoronan y caen las murallas defensivas de su vida. Así, fueron presa fácil de unos enemigos que eran mucho menos fuertes y capacitados que ellos. Su problema fue no atacar ni defenderse. Se dieron por vencidos antes de entrar en batalla.

Los habitantes de Jericó tenían todo para derrotar fácilmente a un ejército que todavía arrastraba la sombra de la esclavitud. Sin embargo, la fama de sus hazañas en el mar Rojo los hizo paralizar- se. Entonces:

Desde que los dos jóvenes espías entraron a Jericó se notaban sus intenciones. Rahab, dueña del prostíbulo los reconoció y por eso les dio cobijo y protección. Ella vislumbraba en la fe que aquél pueblo conquistaría la ciudad. Por eso, a cambio pidió que ella y su familia fueran preservadas de la muerte. Así, su prostíbulo, casa de pecado, se convertiría en arca de salvación.

Unos perdieron porque se encerraron con miedo

Otros ganaron porque estaban seguros de obtener la victoria

Síntesis: la victoria y la derrota están dentro de nosotros

Los israelitas no conquistaron Jericó porque sus murallas caye- ron milagrosamente, sino porque sus habitantes no quisieron luchar. No confiaron en ellos mismos y se dieron por derrotados desde antes de entrar en batalla. Se desangraron al perder la con- fianza.

Cuando nos recluimos en nuestras propias murallas no vemos el sol ni las estrellas, pero el miedo se queda dentro de nosotros mismos. Entonces se fermenta un vinagre que amarga la existen-

cia. El enemigo no nos ha vencido. Nosotros nos derrotamos a nosotros mismos.

Un científico de Phoenix, Arizona, quería probar una teoría sobre la influencia de la mente en el cuerpo y necesitaba un voluntario. Consiguió que un condenado a muerte que sería ejecutado en la silla eléctrica consintiera a dicho proyecto. El experimento consistía en hacerle un pequeño corte en el pulso, para que goteara su sangre hasta morir. En el poco pro- bable caso de que la sangre coagulase, tenía la posibilidad de sobrevivir. El condenado aceptó, porque así podría evitar la horrorosa muerte en la silla eléctrica.

Fue colocado en una cama del hospital y amarraron su cuerpo para que no pudiera moverse. Hicieron entonces un corte en su vena. Debajo de la cama fue colocada una vasija de aluminio, donde se escuchaba caer cada gota de su sangre. Pero el corte fue muy superficial y no alcanzó ninguna arteria o vena impor- tante.

Sin que él supiera, debajo de la cama había un frasco de suero. Al cortar el pulso, fue abierta la válvula del suero, pero el sen- tenciado a muerte, engañado, creía que era su sangre la que goteaba cuando en verdad era el suero lo que caía en el reci- piente de aluminio. De 10 en 10 minutos el científico cerraba un poco la válvula y el goteo disminuía. Mientras tanto, el condenado creía que se desangraba. Con el pasar del tiempo fue perdiendo color, quedando cada vez más pálido. Cuando el científico cerró por completo la válvula, el condenado tuvo un paro cardíaco y murió, sin haberse desangrado.

Su mente le hizo creer que moriría, y su cuerpo simplemente reaccionó de acuerdo a su programación mental.

Los habitantes de Jericó se sintieron incapaces de enfrentar el combate y se dieron por vencidos antes de entrar en batalla.

Meditación de Rahab, la prostituta

Mi prostíbulo era conocido dentro y fuera de Jericó. Construi- do junto a las murallas, tenía una ventana de escape que daba a la parte externa de la ciudad. Siempre estaba abierto, de día y de noche. Así era también mi vida, exactamente igual: cualquiera podía ingresar a cualquier hora. Mis puertas siempre estaban

abiertas para que los hombres entraran pero igualmente para que salieran apresurados. Mis cariños comprados eran de todos y al mismo tiempo de ninguno. Nunca entregué la llave de mi corazón a nadie, pues para mí todo era pasajero. Tampoco confié en hom- bre alguno, pues todos engañaban y se engañaban. Mis padres se avergonzaban de mí. Frecuentemente ocultaban ser parte de mi familia, la famosa ramera que regenteaba un prostíbulo.

Mi pueblo entero ya había escuchado cómo el Dios de los hebreos: los había hecho pasar por el mar Rojo y que se acercaban para tomar posesión de nuestra tierra. Ya presentíamos que tarde o temprano seríamos fácil presa de quienes estaban cruzando el Jordán. Su Dios era Señor de cielos y tierra y no quedaría nada de aquellas pétreas murallas con sus altas torres y sólidas almenas.

Una tarde llegaron dos jóvenes de vivos ojos, escondiéndose más de los demás que de ellos mismos. Eran diferentes de quienes visitaban mi burdel: éstos venían juntos y estaban apresurados, lo cual ya era sospechoso. No buscaban ningún placer, sino que se miraban el uno al otro, y observaban nerviosamente aquella puerta siempre abierta. Yo los reconocí. Una prostituta lee el alma de los hombres, y mira más allá de las apariencias. Ante ella caen todas las máscaras, pues se muestra el ser humano tal cual es, con sus mentiras. Yo sabía que eran espías hebreos y me acerqué a ellos. Nada tuvieron que decirme, ni siquiera trataron de engañarme. Ya los había descubierto y nadie puede mentir a quien es experta en fabricar mentiras.

Los oculté en el terrado, atrás de unas telas de lino. Sabía que arriesgaba mi vida, pero en realidad era la única oportunidad para salvarla. Entonces los escondí en un rincón secreto de la azotea. Mi casa, como mi corazón, tenía sus escondrijos que nadie conocía. Yo también guardaba espacios vírgenes que me reservaba celosa- mente.

El rey de Jericó mandó una orden de la que dependía mi futu- ro: que le entregara inmediatamente a esos dos espías. Yo estaba en una encrucijada: o delatarlos y continuar con mi misma vida, o aprovechar la única posibilidad que tenía para cambiarla. Entonces me decidí: voy a arriesgar todo, al fin y al cabo todo se va a per- der… Decidí mentir, como siempre lo había hecho y negué su presencia en mi casa. Es más, hasta con una sonrisa fingida los

animé para darles alcance, mientras me decía a mí misma: qué fácil es engañar a los hombres.

Yo nada tenía que perder, puesto que nada poseía. Había per- dido mi dignidad de mujer y el respeto por mi persona. Mi prestigio estaba por los suelos y la triste fama de mi profesión traspasaba las gruesas murallas de la ciudad.

Mi vida y mi profesión se habían ido enredando como telaraña que atrapa y no permite escapar. Mi futuro estaba cerrado. Pero por primera vez existía una luz en el túnel; aliarme al plan del Dios de Israel y de su pueblo elegido.

En cuanto me percaté que la policía secreta había salido en su persecución, subí otra vez al terrado y les aseguré que el peligro había ya pasado. Ellos me creyeron y querían agradecer lo que por ellos había hecho. Yo no acepté cosa alguna. Muchos se engañan pensando que las prostitutas damos nuestro cuerpo por dinero o por desenfrenada pasión y nunca han percibido que en el fondo sufri- mos una terrible soledad que nunca satisfacemos.

Solamente pedí que al tomar posesión de la ciudad preservaran mi casa y a los que en ella estuvieran… Ellos me lo prometieron y yo también les creí. Yo nunca había confiado en hombre alguno y ahora creía en dos al mismo tiempo. Algo estaba cambiando en mí, definitivamente. Todos cuantos permanecieran en mi prostíbulo aquel día, serían salvados de la muerte. A media noche los dos jóvenes se escaparon descolgándose por la ventana, en una cuerda de color rojo… esa misma soga escarlata sería la seña para que ellos preservaran mi casa. Todos los días de la última semana me asomaba por las murallas y veía merodear al ejército de los hebreos dando vueltas a la ciudad y contemplaba aquella cuerda de la que dependía nuestra salvación.

El último día que las trompetas sonaron siete veces al rededor de la ciudad, yo cerré el negocio para los clientes. Fui a buscar a mi familia para que vinieran al prostíbulo. Todos se negaron al principio. Mi padre se avergonzaba de entrar allí. Mi madre lloraba sin saber por qué. Logré meterlos a todos, mientras un tenso silen- cio hacía eco a los tambores de guerra de los hebreos. Y aquel lugar de pecado se convirtió en arca de salvación. Al creer, y esta fe implicó correr riesgos, mi prostíbulo se trasformó en casa de salvación, con una cuerda escarlata que era movida por el viento.

3. CONCLUSIÓN: VICTORIA Y DERROTA ESTÁN DENTRO DE NOSOTROS MISMOS

En estos tres casos hemos aprendido que en toda contienda hay un ganador y un perdedor. Pero el mensaje que estamos compren- diendo hoy, es que la victoria o la derrota dependen de la actitud de vencedores o de perdedores que adoptemos. Tanto el triunfo como la capitulación están en el ánimo y seguridad de los guerreros desde antes de entrar a la lucha. Toda batalla se libra primero en la mente de los contendientes.

Además, aprendimos que la táctica incluye tanto el saber ata- car como el ser capaces de defenderse. Atacar con nuestras propias armas, como David, y saber defendernos de nuestros enemigos, especialmente cuando, como Sansón, ese enemigo está dentro de nosotros mismos.

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