CÓMO GANAR O PERDER UNA BATALLA
A. CÓMO DAVID VENCIÓ UN ENEMIGO MÁS PODEROSO
Goliat era un gigante, quien con su armadura parecía un pode- roso e invencible carro blindado, que hasta la tierra temblaba a sus pies. Por cuarenta días el orgulloso filisteo desafió al ejército del rey Saúl (1Sam 17):
Escojan un hombre y que baje contra mí: 1Sam 17,8.
Más tarde el orgulloso filisteo insiste en que sea un hombre quien luche contra él (Jue 17,10). Nadie osaba enfrentarlo, pues todos le tenían miedo y huían despavoridos de su presencia. El joven David reacciona ante la humillación de su pueblo y asegura al rey Saúl:
Que nadie se acobarde por ése. Tu siervo irá a combatir con ese filisteo: 1Sam 17,32.
La victoria de David no radica en su fuerza, ni siquiera en su honda de pastor, sino en la táctica que usa para derrotar al podero- so enemigo. La Palabra de Dios precisa la estrategia:
(David) escogió cinco piedras lisas del torrente, y las puso en su zurrón de pastor y con su honda en la mano se acercó al filisteo: 1Sam 17,40.
Aquí están esas cinco piedras con las que podemos emprender la batalla y que pueden darnos la victoria:
a. Primera piedra: seguridad en sí mismo y toma la iniciativa
YHWH que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de la mano de ese filisteo: 1Sam 17,37.
Tiene la experiencia de haber derrotado al leoncillo y al oso del desierto. En otras palabras, se siente vencedor. Por tanto, sabe que puede batir a cualquier enemigo. Ni se acobarda ni tiene miedo ante el poderoso. Decide enfrentar al enemigo, pues mientras se
huya de él, seguirá asolando las tropas de su pueblo. David está seguro de sí mismo. Su estatura, edad o armas son secundarias. Cuenta con lo esencial para el combate.
Por tener seguridad en sí mismo toma la iniciativa. No espera que Goliat salga al campo de batalla. Enfrenta al enemigo, pues sabe que va a ganar. Él es el primero:
Se acercó al filisteo: 1Sam 17,40.
b. Segunda piedra: no luchar con armas ajenas, sino con las propias
El rey Saúl comprende que se trata de una lucha desigual, pues David es apenas un muchacho.
Mandó Saúl que vistieran a David con sus propios vestidos, y le puso un casco de bronce en la cabeza y le cubrió con una coraza. Ciñó a David su espada sobre su vestido. Intentó Da- vid caminar, pues aún no estaba acostumbrado, y dijo a Saúl: “No puedo caminar con esto, pues nunca lo he hecho”. Enton- ces se lo quitaron: 1Sam 17,38-39.
Saúl dispuso que armaran a David, pero el joven pastor no po- día ni caminar con tanto peso. No quiere luchar con armas ajenas, sino con las suyas propias, que no son armas sofisticadas ni supe- riores a las de su enemigo. Eran las más sencillas de su propio ambiente normal.
Nadie puede vencer en el campo de la vida con los carismas, temperamento o cualidades de otro. Cada uno debe identificar cuáles son las cinco mejores fuerzas que tiene para luchar.
c. Tercera piedra: no se deja intimidar
Cuando los dos contendientes estuvieron frente a frente, se li- bró la primera batalla: la guerra sicológica. El gigante presumía con soberbia su superioridad, mientras que David proclamaba ya su victoria.
Goliat se sintió defraudado cuando vio a su contrincante. No era un hombre fuerte y armado como él lo esperaba, sino apenas un muchacho. Entonces reclamó:
¿Acaso soy un perro, pues vienes contra mí con palos? Y mal- dijo a David: 1Sam 17,43.
Goliat lo despreció, pero David no se dejó despreciar. El gi- gante quiso devaluar su autoestima, pero el pastor de Efratá no lo consintió. Lo maldice, pero el joven rubio y apuesto sabe dónde radica su fuerza y no se deja intimidar por las palabras del enemi- go. Al contrario, cobra más valor y proclama su victoria desde antes de entrar en batalla:
Hoy mismo te entrega YHWH en mis manos. Te mataré y te cortaré la cabeza, y entregaré hoy mismo tu cadáver y los ca- dáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios para Israel… porque de YHWH es el combate y los entrega en nuestras ma- nos: 1Sam 17,46-47.
David está seguro que ese preciso día, no otro posterior, derro- tará al enemigo, y hasta vislumbra con toda claridad lo que va a hacer con él. Pinta y dibuja con detalles concretos la victoria que va a obtener. Además es curioso que afirma que le cortará la cabe- za cuando ni espada tiene. Este punto es muy importante: ver en nuestra imaginación el final de la batalla que ya ha sido ganada, y no como algo que va a suceder en el futuro. Dos veces repite, “Hoy mismo”.
d. Cuarta piedra: una motivación poderosa
Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre de YHWH Sebaot, Dios de los ejércitos de Israel, a los que has desafiado: 1Sam 17,45.
David no busca ningún prestigio personal. No pretende ser re- conocido ni famoso. Su única motivación es el Nombre mismo de Dios. Sabe que el combate es de YHWH. Cuando se tiene motiva- ción suficiente se es capaz de enfrentar lo inaudito.
e. Quinta piedra: hacerlo bien a la primera vez
Se levantó el filisteo y fue acercándose al encuentro de David; se apresuró David, salió de las filas y corrió al encuentro del filisteo: 1Sam 17,48.
David escogió entonces la primera piedra, la apretó en su ma- no, la colocó luego en su honda y con puntería magistral la asestó en medio de la frente del filisteo, que cayó de bruces al suelo; sin siquiera tener tiempo para sacar su terrible espada y defenderse, ni menos de atacar.
Lo hizo perfecto a la primera vez. Es más fácil hacer las cosas bien desde el inicio, que enmendar los errores después. El tiempo es un factor determinante en toda batalla, por lo que es imperativo aprovechar la primera oportunidad, porque puede ser la decisiva.
La torre Eiffel de París está construida con 18,038 piezas de hierro forjado. Después de 100 años apuntando hacia el cielo, ninguna parte ha sido cambiada ni jamás ha sido reforzado ninguno de sus 2,500,00 remaches... La hicieron bien a la pri- mera vez.
Cuando se relata que atestó el golpe en la cabeza. Allí es donde primeramente hay que debilitar al enemigo; sus pensamientos para horadar su confianza.
Entonces David sacó la espada del filisteo y con ella le cortó la cabeza, tal y como lo había predicho. Realizó aquello que había previsto en la fe.
David nos ha mostrado la estrategia para vencer adversarios más fuertes y grandes que nosotros. Si usamos las cinco piedras del pastor de Belén, nosotros podremos vencer a cualquier enemigo que se nos presente, por más poderoso que sea.
David ganó a un adversario más poderoso porque supo escoger sus propias armas
Síntesis
Con nuestras propias armas y no con las ajenas podemos ven- cer enemigos más poderosos que nosotros mismos. Sólo tenemos que usar nuestras cinco piedras que nos dan la victoria.
Tal vez lo más humillante para Goliat no fue la derrota, sino quién lo venció: aquél a quien nunca valoró; aquél a quien hasta despreció, que nunca creyó que pudiera enfrentarlo.
f. Meditación de Goliat
Era invencible. Yo lo sabía. Los demás me temían. Nadie osa- ba enfrentarme. En aquella ocasión que desafié al ejército de Israel y pedí que si entre ellos había un hombre fuerte y valiente, armado y decidido, se enfrentara conmigo al día siguiente. En el fondo de mí mismo sabia que nadie aceptaría el reto.
Al salir con mi gruesa armadura. A mi paso temblaba la tierra. Tenía un yelmo de bronce y una coraza de escamas de acero. Mis piernas estaban protegidas con hojas de metal. Levanté mi jabalina y grité para acobardar al posible contrincante...Yo imaginaba un gran hombre blindado para defenderse. Sin embargo, era apenas un muchacho, un pastor con un zurrón, una honda y mucha decisión en su mirada.
Yo me decepcioné. Yo esperaba a alguno de mi estatura, que estuviera armado con espada forjada y escudo para defenderse de mi certera jabalina, pero venia vestido de pastor... En ese momento me desmoralicé, pues no era necesario usar todas mis fuerzas. Ganar a un niño no era una victoria que valiera la pena. Entonces lo desprecié y lo maldije.
El joven me miraba con decisión, metió su mano en el zurrón, acarició una de las piedras. Yo me le seguí acercando, pero él no retrocedía.
La honda zumbaba con el viento y cada vez la agitaba con más fuerza. Yo me reía de su ingenuidad, pues yo estaba blindado por entero, sólo mi frente descubierta, mirando al sol.
Y mientras me burlaba de sus armas, una piedra se hendió en mi frente y caí de bruces, soltando mi espada. Caí humillado a sus pies, ante el alboroto de los hebreos y el asombro de los filisteos.
Me quise levantar, pero me desangraba profusamente por la herida y mi armadura me pesaba más que nunca.
Lo que más me dolió fue perder contra un joven que no llevaba ni armadura, ni espada, ni escudo ni yelmo; alguien a quien des- precié, que jamás pensé pudiera hacer cosa alguna.
El joven tiró al suelo su honda con cuatro piedrecillas que no fueron necesarias; tomó mi propia espada, se acercó con decisión, la levantó con sus dos manos y de lo demás ya no supe...
Mi problema fue que menosprecié al enemigo pequeño. No va- loré su poder por mi presunción, y me dejé llevar por las apariencias. Me creí invencible delante de alguien que su espada era el honor de su pueblo y su escudo la protección de su Dios.