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Arrio - El Reflejo en El Espejo

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EL REFLEJO EN EL ESPEJO

Seis Relatos Fantástico-Románticos Sutilmente Lésbicos

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El Reflejo en el Espejo

Seis Relatos Fantástico-Románticos Sutilmente Lésbicos

Primera Revisión Aumentada

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San Salvador, Diciembre de 2012

Portada: Fragmento de imagen aparecida en el semanario Excélsior N° 19 de 1928

San Salvador, El Salvador.

Obra registrada bajo licencia Creative Commons, Se permite su copia y distribución.

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¿Por qué, si pintan ciego al amor, sabe elegir tan extrañas sendas a su albedrío?

Romeo

El corazón tiene razones que la razón no entiende.

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ÍNDICE

El Hechizo de una Estrella Fugaz 11

La Leyenda del Eclipse de Luna 53

El Regalo, un Cuento Mágico de Noche Buena 83

El Reflejo en el Espejo 139

La Hacienda 201

La Celebración del Yule 251

Referencias Bibliográficas 289

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El Hechizo de una Estrella Fugaz.

La observación, de la bóveda celeste, que había hecho Marina aquella noche en busca de estrellas fugaces, fue excelente, logró ver varias de ellas con su telescopio, y otras, además, las había atrapado en la memoria de su cámara digital. Sin embargo, la diversión había terminado. Así que había comenzado a guardar los bártulos que utilizaba siempre en sus observaciones astronómicas: el telescopio, la cámara, una brújula y otras menudencias; y las introdujo en el maletero del coche, y se dispuso a hacer el viaje de regreso a su casa en la ciudad. Era de madrugada, el reloj en el salpicadero del coche marcaba poco más de las dos y media. Extrañamente, nadie más había ido a observar aquel interesante fenómeno en aquella explanada, tal como había ocurrido en otras ocasiones. Y manejar por una carretera un tanto solitaria no era uno de los pasatiempos favoritos de ella. Sin embargo, a la lluvia de estrellas que se había producido aquella noche podría calificársele de exuberante, no podía habérsela perdido. Es decir, que el fenómeno compensaba el riesgo de un regreso solitario a casa. Era luna nueva y había un cielo carente de nubes, factores que habían favorecido la observación de aquel

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interesante fenómeno, pero no así el retorno a la ciudad. La calle se presentaba oscura, no era una carretera principal, por lo cual no había iluminación lateral, así que tuvo que accionar el interruptor de las luces altas del coche, y emprender el viaje confiando en que nada malo pasaría. Una vez en la calzada, desde su puesto de conductora, lo único que lograba ver era los rayos de los faroles del coche convergiendo, metros más adelante, sobre el asfalto de la carretera. Tenía que recorrer aproximadamente unos treinta kilómetros antes de llegar a las afueras de la ciudad, de manera que trató de convencerse a sí misma de que no había ningún motivo por el cual preocuparse, y continuó la marcha.

Había recorrido, quizás, unos diez kilómetros, y su mente había logrado enfocarse en otras cosas ajenas a aquel solitario viaje, el cual había comenzado a tomar un cariz monótono. Pero, de pronto, el cielo pareció iluminarse con cierto resplandor argentino, como cuando la luna está en fase de llena y se encuentra en el zenit del lugar. Aquella ignota luminiscencia pareció, por un momento, aumentar todavía más su intensidad y quedarse así. Las siluetas de los pinos que flanqueaban la carretera tomaron una mejor definición, y la luz que

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proyectaban los faros del coche sobre la carretera, pareció mermar ante aquella suave y a la vez siniestra luminosidad.

A diferencia de lo que ocurre en las películas de alienígenas, el motor del coche continuó funcionando perfectamente, pero en la mente de Marina cabía la posibilidad de que aquello fuese un fenómeno de tal naturaleza. Interrumpió la marcha e, imprudentemente, salió del auto. Afuera todo estaba silente, las siluetas de los árboles se movían perezosamente siguiendo la dirección de una brisa ligera. Dirigió su vista hacia arriba, al firmamento, tratando de localizar la causa de la extraña luminosidad, pero parecía no tener un origen visible; además, su campo de visión se encontraba bastante limitado por los bosques de pinos y las montañas. Súbitamente, la bóveda celeste pareció iluminarse todavía más, antecediendo el paso de lo que pareció ser, en un principio, un meteorito desplazándose un tanto lentamente por el firmamento. Aquel objeto pasó apenas a unos cuantos metros por encima de la cabeza de Marina, su apariencia era enorme pero insustancial, parecía algo etéreo. Sin embargo, concluyó que si aquella cosa impactaba contra la tierra, lo cual parecía iba a ocurrir irremediablemente, se iba a producir una gran explosión y un

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terremoto de magnitud descomunal al menos en las proximidades. Corrió a protegerse detrás del coche, aunque eso, pensó, no serviría prácticamente de nada. Se acurrucó junto al auto, cubrió los oídos con las palmas de sus manos y cerró fuertemente los ojos, a la espera del terrible estruendo que iba a producir aquella inminente colisión. Sin embargo, parecía que el tiempo se dilataba demasiado, y que no se producía ningún impacto. Abrió nuevamente los ojos, despacio, como temiendo que de pronto ocurriese la detonación que había estado aguardando. Poco a poco fue sintiendo más confianza, se puso de pie y dirigió la mirada hacia donde sospechaba que el objeto volante había tomado contacto con la tierra. La luminosidad argentina había desaparecido, lo cual hacía pensar que había sido generada por el extraño cuerpo celeste que, unos momentos antes, había pasado volando casi a ras de los árboles que allí se encontraban. Ahora todo parecía silente, no se escuchaba el más leve sonido de la naturaleza. Dejó el coche donde lo había estacionado con las luces encendidas y, atravesando la carretera, se encaminó unos cuantos pasos en dirección hacia el lugar en donde suponía que debía de haber impactado el meteorito, o lo que

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sea que haya sido aquel extraño misil. Se quedó de pie observando, pero aparentemente no había nada, al menos nada que se pudiera apreciar desde donde ella se encontraba. Por otra parte, si hubiese habido una explosión, lo más probable es que los pinos hubieran ardido casi inmediatamente, y se hubiera desatado un incendio forestal prácticamente incontrolable, pero nada de eso había ocurrido. Todo estaba envuelto por la oscuridad, tranquilo, en calma. Únicamente los faros de su coche proyectaban un par de rayos de luz divergentes, a unos cuantos metros a lo largo de la carretera que debería de seguir para llegar a la ciudad.

Inesperadamente, mientras ella de pie observaba intrigada, aparentemente materializándose de la nada, una especie de esfera sutilmente luminiscente la circundó completamente.

Unos días antes de la lluvia de estrellas

Un grupo de personas, vestidos de manera informal, se encontraba reunido en la sala de estar de una casa en las afueras de la ciudad, aparentemente todos estaban hablando animadamente acerca de un tema común. De pronto, uno de ellos, el que parecía de más edad, de unos cuarenta y muchos

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años, de barba y gruesos lentes, se incorporó de donde se encontraba sentado y dirigió la palabra a todos los demás:

—Bien señores, creo que ya nos encontramos aquí los que estamos involucrados en el experimento M. Antes que nada, quiero darle las gracias a Julián por poner su casa a nuestra disposición siempre que lo hemos necesitado. De sobra saben ya todos que la universidad no era el lugar más adecuado para estas reuniones, aunque más de alguna vez tuvimos que hacerlas allí, con el temor de que alguien pudiera descubrir la naturaleza del experimento que planeamos desarrollar, lo más probable es que nos hubieran echado del departamento de física y de la universidad misma. Confío en que todos habremos de guardar un total silencio sobre este proyecto.

No debemos olvidar la razón por la cual se va a llevar a cabo este experimento. Es nuestra amiga Nadine, a quien ya todos conocemos, que nos ha pedido ayuda para la realización de un ritual mágico. Ya les he explicado anteriormente que Nadine, como estudiante de posgrado en historia, se ha estado especializando, precisamente, en la realización de ritos esotéricos de los pueblos antiguos, y ha llegado a concluir que no eran simples supercherías, sino que tales ceremonias

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podían tener una acción real sobre objetos y personas. Recordemos aquí las palabras de Albert Einstein: "Los antiguos humanos sabían algo que nosotros parecemos haber olvidado". El caso es que, con la realización de este experimento, tendremos la oportunidad de comprobar científicamente si en la magia había generación de campos electromagnéticos, y de qué magnitud era su intensidad. Aun cuando, prácticamente ya se ha mencionado, el objetivo de este experimento es enviar una carga energética positiva a una amiga de Nadine, la cual atraviesa por un periodo de gran inseguridad. Sin embargo, es ella la que ha de decidir cómo utilizará esta energía que le será enviada.

—Nadine…

—¿Sí?

—¿Crees haber logrado convencer a tu amiga de que haga todo lo que necesitamos para el desarrollo del experimento?

—Sí. Ya me ha confirmado también que va a asistir a la explanada a observar la lluvia de estrellas. Esto es importante, ya que para lograr un mejor resultado, debería estar cerca de donde vamos a efectuar el ritual en el cual se va a conjurar la

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energía que le va a ser enviada. Y mejor, aún, si ella se encuentra gustando de los hermosos espectáculos de la naturaleza.

—Habría que convencerla también de que se regrese por último de la explanada, de tal manera que haga sola el recorrido de regreso a su casa.

—Ese no es problema. Además, he estado preguntando por allí a los alumnos de la escuela de astronomía si ellos van a ir a presenciar el fenómeno, pero al parecer no están muy entusiasmados, creen que no vale la pena el desvelo. Ninguno, de todos a los que les he preguntado, va a ir a presenciarlo, o al menos eso me han dicho. Parece que este evento no tendrá mucha trascendencia.

—De ti dependemos para la parte crucial del experimento el día de la lluvia de estrellas, pues sólo tú conoces el ritual que debe hacerse.

—De acuerdo; sin embargo, me gustaría que hiciéramos un ensayo el día anterior.

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—Me parece conveniente, aunque estoy bastante seguro de que todos sabemos lo que tenemos que hacer el día del experimento. Si alguien se enferma o, por alguna otra razón ineludible no puede asistir, es necesario que avise para tomar las medidas necesarias. Excepto tú Nadine, tú eres insustituible. Si por alguna razón no pudieras presentarte, tendríamos necesariamente que postergar la fecha del experimento.

—No creo que eso vaya a ocurrir.

—Confío en que así será.

Aquella extraña reunión se dio por terminada, cada quien se fue por su lado sin hacer mayores comentarios. Únicamente Nadine y el doctor Jiménez se quedaron todavía conversando un rato más.

—Mañana, al terminar las clases, vamos a ir con mi amiga a un restaurante, y después, probablemente vaya con ella hasta su casa con el pretexto de estudiar. Voy a hablarle sobre las antiguas creencias, y de cómo en ellas las estrellas guardaban un lugar importante, creo que todo eso la va a terminar de

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entusiasmar para que acabe de decidirse a ir a observar el fenómeno sideral de la lluvia de estrellas.

—Pero ella, según tú me has contado, es estudiante de posgrado en astronomía, y tú de historia; no crees que tu amiga pueda llegar a preguntarse por qué le estás hablando tanto de esos temas histórico-esotéricos.

—Despreocúpese, doctor, de hecho estamos pensando, ella y yo, en presentar una tesis conjunta de posgrado, no sé si nos la van a admitir pero vamos a intentarlo. Como puede ver, existe por mi parte un interés genuino en estudiar con ella los temas necesarios para nuestra tesis.

—Vaya, eso suena interesante…

—Claro —interrumpió Nadine— Usted sabe, doctor, la bóveda celeste y la magia, incluidos los cuerpos que se mueven en el espacio, siempre han estado unidas. Ensamblar en un trabajo, las creencias esotéricas ancestrales y la astronomía, sería realmente interesante.

—Bueno, esperemos que todo salga bien y podamos observar los resultados del experimento.

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—Sí, yo también espero lo mismo —Concluyó Nadine y se despidió de su interlocutor, el doctor Jiménez, jefe del Departamento de Física de la universidad.

Enigmática, misteriosa y de exquisita venustez, Nadine era una chica bastante reservada, poco amiga de gastarse el tiempo en frivolidades. La Alumna más aventajada de posgrado en la carrera de historia.

Día de la lluvia de estrellas por la noche

En un pequeño calvero del bosque, cercano a la explanada en la que, cuando había fenómenos estelares interesantes, solían reunirse estudiantes y gente particular a observarlos; se encontraba un grupo de personas, unos instalando equipos electrónicos y otros colocando sobre una roca grande, plana, parecida a una mesa, algunos objetos antiguamente utilizados para llevar a cabo rituales de magia. Entre los que formaban ese grupo estaban: el doctor Jiménez, Nadine, y otras personas del grupo que había estado reunido en casa de Julián. Uno de los reunidos, utilizando unos prismáticos, se encontraba vigilando con alguna dificultad, y a intervalos regulares, la explanada-observatorio. Los equipos electrónicos, entre los

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cuales habían varios medidores de intensidad de campo electromagnético, estaban ya instalados y listos para ser utilizados. Detrás de unos árboles, uno de los del grupo tenía montados sobre una mesa tres osciloscopios, un par de ordenadores y otra parafernalia electrónica. Entanto que Julián, el doctor Jiménez, Nadine y otro más del grupo, se encontraban vistiendo túnicas con capucha, y estaban sentados sobre sendas piedras y parecían estar ultimando detalles con relación al experimento que estaban por realizar. De pronto, el tipo de los prismáticos, dio la alerta de que alguien estaba llegando a la explanada, luego confirmó que era la persona que ellos esperaban. Los cuatro de las túnicas simplemente asintieron y continuaron ultimando detalles. Poco después cada uno buscó tranquilizar los nervios y se fue a buscar un sitio en el cual poder reflexionar sobre lo que iban a hacer. Cerca de la una y media de la mañana, tal como lo había anunciado un medio informativo, el espectáculo de las estrellas pareció haber terminado. Los reunidos en el calvero calcularon que tendrían una hora, poco más o menos, para realizar la primera parte del experimento M. La segunda sería la comprobación de los resultados.

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Cada uno de los implicados en aquel insólito experimento ocupó la ubicación que le correspondía. El de los prismáticos continuó vigilando a la persona que se encontraba en la explanada, que no era otra más que la amiga de Nadine y, en este caso, conejillo de indias de un experimento del que no tenía ni idea de encontrarse participando. El encargado del equipo electrónico se fue a la mesa donde estaban instalados los equipos bajo su control, y los cuatro enfundados en sus túnicas se dirigieron hacia la roca plana que les serviría como mesa ritual. Iban a llevar a cabo un acto litúrgico mágico ancestral. Encendieron unas velas, quemaron incienso y se colocaron alrededor de la roca, la posición central la ocupaba Nadine, quien procedió a quitarse la túnica que llevaba puesta y quedarse desnuda, para estar más en contacto con las energías de la naturaleza, únicamente mantuvo en el cuello una cadenilla de oro con un dije de cuarzo color rosa. El ritual había sido previamente estudiado bajo la dirección de ella, que ahora desempeñaba el papel de la sacerdotisa, dirigiendo aquella extraña celebración según la usanza ancestral descrita en los antiguos libros. Era Nadine la que llevaba estudiando desde hace tiempo los rituales mágicos de los pueblos y

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tiempos antiguos, que aseguraban que aquello que se pidiese a través de ellos, sería concedido siempre y cuando se realizasen teniendo en cuenta ciertos requisitos, que Nadine creía haber descifrado a través de varios años de estudio. El ritual fue llevado a cabo con gran precisión y, al final, los participantes se unieron en un círculo, y cerrando los ojos juntaron la energía generada como producto del ritual y la enviaron hacia la amiga de Nadine. Cuando esta última fase del ritual fue consumada, ella ya se encontraba en la carretera camino a casa después de la observación de la lluvia de estrellas. El encargado de los equipos electrónicos, en el sitio en donde se había llevado a cabo el ritual, puso una cara de sorpresa al ver en los monitores la enorme intensidad del campo que se había generado, acto seguido el cielo adquirió cierta luminiscencia, producto de una especie de esfera resplandeciente que parecía haberse generado de la nada sobre los celebrantes del ritual, y que luego se dirigió hacia la carretera que llevaba a la ciudad, por donde ahora se desplazaba la chica que había estado observando la lluvia de estrellas.

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25 En casa de Marina, dos días después de la lluvia de estrellas

—¿Cómo te pareció la lluvia de estrellas? —preguntó Nadine mientras ambas chicas se encontraban sentadas el sofá de la sala de estar, aparentando no tener conocimiento de lo que había ocurrido esa noche.

—Muy bien —respondió Marina visiblemente animada—. De hecho logré fotografiar varias de ellas.

—Me parece excelente, a lo mejor podemos utilizar esas fotografías en la tesis que pensamos hacer.

—Me parece posible…

—¿No regresaste muy tarde? —Preguntó Nadine intentando que Marina le relatara algo de lo que le había ocurrido en su viaje de regreso a la ciudad.

—¿Por qué lo preguntas?

—Simplemente quería saber si no habías tenido algún contratiempo…

—Mmmm..

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— No, pero…

—¿Pero…?

—¿Puedo confiar en ti?... es decir, si te cuento algo… deschavetado, ¿no vas a pensar que estoy mal de la cabeza?

—No, definitivamente no… ¿Por qué?, ¿Qué es lo que ha ocurrido?

—Bueno, sucedió que cuando venía de regreso para la ciudad, después de observar la lluvia de estrellas…

Con un poco de dificultad, Marina le relató a Nadine todo lo que le había ocurrido durante el viaje de regreso a su casa. Y cómo, después de aquel suceso, se había sentido muy animada, casi eufórica, con muchos deseos de ser ella misma.

Después del relato, Nadine permaneció callada, Marina no sabía si su amiga había interpretado aquello como una locura o si se lo había tomado en serio.

—¿Por qué no me dices algo?... Créeme, lo que te he relatado parece una chifladura pero te aseguro que en realidad me ocurrió —insistió Marina un poco apenada. Sin embargo, Nadine todavía permaneció en silencio unos momentos.

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—Dime, si quieres, a qué te refieres cuando mencionas que deseas ser tu misma —quiso saber Nadine rompiendo su mutismo.

—Bueno…—respondió Marina con la duda claramente reflejada en su rostro—es algo que creo que no puedo decirte… es que… no, realmente no puedo decírtelo…

Mostrando ternura en su rostro, Nadine tomo entonces la mano de Marina.

—No, no te preocupes. No tienes que decirme nada.

—Créeme, quisiera decírtelo pero… es que es algo que cualquiera calificaría de incorrecto… es… soy yo…

—No te apures, mejor cambiemos de conversación, si te parece.

Marina únicamente se encogió de hombres como restándole importancia a la propuesta de Nadine. Y esta continuó:

—¿Están tu padres en casa? —dijo soltando la mano de Marina.

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—No, están fuera del país. Ahora estoy sola… bueno, en realidad en este momento estoy contigo —contestó Marina esbozando una sonrisa.

—Yo también quisiera confesarte algo… —dudó Nadine.

—¿Confesarme…qué?

En el rostro de Marina se manifestó cierta expectación, ansiaba saber qué era lo que quería confesarle su amiga. Pero esta se sumergió nuevamente en el silencio.

—Vamos, no te apures, como tú acabas de decir, no tienes que contarme nada. Mira, creo que me he comportado un tanto maleducada…—dijo Marina tratando de cambiar el tema.

—¿Por qué?

—Porque no te he ofrecido nada, ¿Quisieras tomar un refresco o algo de comer?

—Me parece que un refresco estaría bien…, gracias.

—Voy a traer dos, porque yo también deseo uno…

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—¿Sí?

—¿Me permites pasar al cuarto de aseo?

—Claro que sí, está allí en el pasillo, enfrente.

—Gracias.

Marina fue hacia la cocina en busca de los refrescos de cola, los destapó, tomó también una caja de galletas y, junto con los refrescos, las llevó hasta la mesa de centro de la sala en que se encontraba charlando con su amiga. Mientras destapaba la caja, Nadine salió del cuarto de aseo y se colocó, un poco alejada, frente a Marina, esta levantó la mirada y se quedó atónita. Allí, de pie, mirándola con sus ojos de un café cristalino, estaba Nadine totalmente desnuda, mostrando aquel cuerpo casi perfecto, apenas trigueño, haciendo juego con su cabello castaño.

—¡Qué haces! —Acertó a decir Marina visiblemente alterada—, ¿Por qué estás así?

—Cálmate por favor…

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—Por favor cálmate —Insistió Nadine—, Déjame preguntarte algo.

Marina se calmó, y un poco confundida se acomodó en el sofá en el cual ya estaba sentada.

—¿Qué cosa?

—Por favor, contéstame con total sinceridad…pero trata de tranquilizarte, respira despacio, y contéstame lo que voy a preguntarte… Por favor, tampoco me respondas a la ligera… ¿De acuerdo? También, si quieres que me vaya, dímelo y me iré.

—De acuerdo.

—Mírame, mira mi cuerpo…¿Te sientes atraída por él?

Marina se quedó callada, tenía las mejillas sonrosadas y no sabía que responder, y tampoco podía sostener la mirada en el cuerpo de su amiga, sentía mucha pena.

—Vamos —dijo con dulzura Nadine—, no tengas pena, simplemente mírame y dime si te atraigo, si te atrae mi cuerpo…

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Marina se movió hacia el borde del sofá y agachó la cabeza. No sabía qué hacer. Mientras tanto, Nadine continuaba de pie frente a ella esperando su respuesta. Entonces Marina tomó impulso, se incorporó, rodeó la mesa en donde se encontraban los refrescos y las galletas, y fue directamente hasta Nadine, la abrazó y la besó en la boca. Aquel gesto fue correspondido inmediatamente con creces por parte de Nadine. Algunas lágrimas salieron de los ojos de ambas. Luego Marina fue ayudada por su amiga a desnudarse, después la tomó de la mano y la llevó hasta el sofá en donde habían estado sentadas.

—Ven, vamos al sofá.

Nadine se sentó primero en un extremo, recogiendo las piernas por debajo de su cuerpo,

—Ven recuéstate en mi regazo, voy a contarte un cuento que comienza así:

Marina obedeció a Nadine, apoyó la cabeza en el regazo de su amiga, estiró las piernas sobre el cómodo y mullido sofá, y se dispuso a escuchar la narración mientras era acariciada por su compañera.

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Del cuerpo de Nadine surgía una sutil fragancia que emanaba tranquilidad.

Il était une fois... Erase una vez… una princesa que quería ser bruja... que vivía en un reino bastante lejano donde era muy feliz. Su padre, que era el rey, deseaba que su princesita se preparase, para llegar a ser un día la digna esposa de de algún príncipe de los que pronto se presentarían a cortejarla. Pero ella, cuando tuvo edad suficiente le dijo un día al rey:

—Padre mío, deseo que me concedas algo. —¿Qué es lo que deseas, hija mía?

—Quiero, padre, dedicar mi vida a estudiar, a aprender…

—Claro hija, puedes ir por un tiempo a estudiar, a aprender aquellas cosas que puedan ayudarte a ser digna esposa… —Padre mío —le interrumpió la hija—, quiero dedicar mi vida al estudio de la naturaleza, no quiero ser la esposa de ningún príncipe.

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—Padre, te lo suplico, si de verdad quieres que sea feliz, como tú a menudo dices, concédeme este deseo.

El rey, que no quería que su hija tuviera una vida desventurada, no tuvo más remedio que conceder a su hija lo que le pedía.

—Dime, hija, qué es lo que quieres lograr con tu estudio.

La chica, que había leído muchos libros en la biblioteca del castillo de su padre; libros sobre astrología, astronomía, historia, magia, matemáticas. Le respondió:

—Quiero ser bruja, padre.

—Pero por qué quieres ser bruja… —le preguntó el padre visiblemente alterado.

—Porque he leído en los libros que las brujas son unas mujeres sabias, tienen conocimiento sobre muchas cosas. Y yo quiero ser una de ellas.

—Pero las brujas son unas mujeres feas, no puedo imaginarte a ti, la más bella princesa de mi reino y de los reinos vecinos, convertida en una vieja narigona.

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—Físicamente, padre, hay muchas brujas bonitas. Pero las gentes envidiosas las ven feas porque sienten celos de su conocimiento.

Y así, al fin, sin que el padre estuviera convencido de la decisión que había tomado la princesa, la dejó partir. Y se fue hacia Bucland una tierra donde podría estudiar tanto y tantas cosas como quisiera. Al principio la princesa era feliz estudiando todo lo que los grandes sabios autorizados le señalaban. Pero pronto, como ella era curiosa y su sed de conocimiento no se apagaba, encontró un buen día que había otras asuntos que aprender, que los grandes sabios tradicionales no admitían. Y la princesa, más temprano que tarde, comenzó a estudiar todas aquellas interesantes enseñanzas que recién había descubierto.

—Marinita, Marinita… ¿Te has quedado dormida? —preguntó sonriente Nadine al mismo tiempo que se agachaba para besarle los labios a su compañera.

—Perdona, Sí, Estaba comenzando a quedarme dormida… pero te he escuchado todo, hasta donde la princesa comienza

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a estudiar las enseñanzas no admitidas por los sabios. ¿Qué hora es?

—Casi las siete de la noche…

—Vaya, si ya es tarde —comento Marina notablemente relajada. Entre dormida y despierta buscó acomodarse nuevamente en el regazo de Nadine.

—Sí, ya es tarde, debería vestirme y marcharme.

—¿Necesariamente tienes que irte?

—No, nada hay en este momento que me obligue a irme.

—Bien, entonces quédate, por favor.

—De acuerdo, me iré más tarde…

—No, quédate aquí conmigo, al menos esta noche —suplicó Marina.

—Oye, no quiero causarte ningún problema…

—Descuida, no lo haces. Además, quiero que termines de contarme el cuento.

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—Sí…, entonces, creo que deberíamos preparar algo para cenar.

—Me parece buena idea, voy a ayudarte.

Las chicas se levantaron del sofá, fueron hasta la habitación de Marina y se calzaron unas pantuflas. Después, en la cocina, se colocaron unos mandiles y se prepararon una cena frugal.

Antes de irse a la cama estuvieron jugueteando y acariciándose desnudas, sentadas en un sofá de balancín ubicado en la terraza del jardín interior de la casa. Poco antes de las once de la noche se fueron a la cama aunque, a decir verdad, fue Nadine la que acostó a Marina y se quedó con ella haciéndole algunos cariños hasta que se quedó dormida. Entonces Nadine regresó al jardín, se colocó, así, desnuda, frente a la fuente que se encontraba en el centro, y llevó a cabo un ritual de agradecimiento a la Diosa. En el cielo la luna estaba en su fase de creciente.

Las prisas de la mañana siguiente terminaron con la magia del ensueño de la noche anterior, Nadine se levantó bastante

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temprano, porque debía pasar a su apartamento a arreglarse un poco para asistir a la universidad. De manera que salió muy deprisa, apenas si tuvo tiempo de despedirse de Marina.

—Marina…

—¿Sí? —respondió la chica bastante adormilada y todavía disfrutando de la calidez de su cama.

—Tengo que irme…

—¿Porqué? —Inquirió Marina—. Tú dijiste que ibas a terminar de contarme el cuento.

—Sí, y te lo voy contar, realmente tengo que contártelo. ¿Qué te parece si nos reunimos aquí en tu casa entre las cuatro y las cinco de la tarde?

Marina hizo un mohín de protesta, pero aceptó la propuesta con una condición:

—De acuerdo. Pero vas a quedarte aquí conmigo por la noche, ¿Sí?

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Nadine se agachó, apoyó las manos en la cama y le dio a Marina un beso en la mejilla. Luego salió de la casa como una exhalación. Durante el día, en la universidad, cada una estuvo dedicada a sus cosas, y no pudieron compartir ningún momento.

Continúa el relato del cuento

Poco después de las cuatro de la tarde, Nadine y Marina estaban nuevamente juntas en la casa de esta última. Se habían quedado sentadas sobre la alfombra de la sala de estar, apoyando sus espaldas en el asiento del sofá, en el cual Nadine había relatado la primera parte del cuento. Después de una no muy prolongada sesión de mimos, Nadine continuó con el relato:

—Dónde me había quedado… ah sí, estábamos en que la princesa había comenzado a estudiar ciertas cosas que los sabios ortodoxos no aprobaban, bien, el cuento sigue así:

La princesa estudiaba con ahínco aquellas ciencias tan interesantes, pero había un problema: llevar a la práctica lo que decían aquellos libros parecía fácil, pero no era así, había algo que los libros no decían y que quizás era lo más importante. A

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eso hubo que agregar ciertos contratiempos que perturbaron la tranquilidad de la princesa: A Bucland también habían llegado otros príncipes. Algunos, incluso, de lejanos reinos. Muchos de los príncipes se fijaron en la belleza de la princesita y comenzaron a cortejarla, algunos le mostraban sus engalanados corceles de caras razas, que sus padres, los reyes, les habían mandado domar para que los lucieran en Buclan, como si se tratase de caballeros medievales en espera de la justa anunciada por el soberano del lugar, para conmemorar alguna gesta o, simplemente, para celebrar algún acontecimiento en su reino. Pero a la princesita nada de eso la deslumbraba. Su mente estaba tratando de descifrar qué era aquello que los libros de las ciencias ocultas no revelaban. Un día la princesa leyó, en un libro de lectura bastante ligera, una frase que le llamó la atención, y se preguntó si realmente eso sería cierto. La frase que había leído era: Si verdaderamente deseas algo de corazón, el Universo se confabulará contigo para que se haga realidad.

—Marina, Marinita, ¿te has dormido?

En ese momento Marina apartó su cabeza del hombro de Nadine, donde la había tenido apoyada.

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—No, estoy escuchando tu relato. Estoy comenzando a descifrar lo que tú me quieres decir con él.

—¿De veras?

—Sí, creo que sí. Pero, ¿qué te parecería si nos vamos a sentar a la terraza del jardín en el sofá de balancín?

—Me parece buena idea.

—Bien, pero antes pasemos a la cocina llevando unos refrescos y algo de comer.

Cuando estuvieron acomodadas en el sofá del jardín, el relato continuó su curso.

Un día, la princesita se enteró que también en Bucland había brujos, pues uno de ellos, de alguna forma, se dio cuenta que ella se interesaba por la lectura de los libros que trataban sobre la ciencia extraña. Y este brujo comenzó a ayudarle en su búsqueda. Le enseñó muchas cosas. Entre ellas, que esa ciencia a la que quería acceder se le conocía con el nombre de ciencias ocultas. Pues hacia ya algún tiempo que unos magos negros habían adquirido un gran poder, y trataban de dominar

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a la gente a través del miedo. Esto seres malévolos condenaban esas enseñanzas, pues no les convenían; y, además, perseguían y destruían a quienes tenían algún conocimiento acerca de ellas. Desde entonces se les llama ciencias ocultas, pues aquellos que las conocían comenzaron a esconder y a destruir muchos documentos escritos acerca de ese conocimiento, para que los magos negros no se apoderaran de ellos. Por esa razón, el conocimiento completo de las ciencias ocultas no se encuentra totalmente en los libros, y para acceder a ellos es necesario un maestro, alguien que se haya mantenido en la tradición de tales ciencias. Sin embargo, le dijo un día el brujo que le servía de guía, la ciencia actual puede ser de gran ayuda en su comprensión.

—¿No te estoy aburriendo con mi relato?

—No, en absoluto. Por favor continúa, pues realmente me tienes intrigada.

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Después de dos años de estar recibiendo las enseñanzas del brujo, una tarde la princesa le preguntó:

—¿Es cierto que si yo deseo algo vehementemente, el Universo me ayudará a conseguirlo?

—Siempre hay que meditar bien para qué deseas algo. Las cosas materiales no siempre convienen —y adelantándose a los pensamientos de la princesa, el brujo agregó—: tampoco puedes aprisionar a una persona. Sin embargo, puedes desear, con todo tu corazón que alguien tenga buena salud, que tenga el coraje suficiente para ir por la vida…en fin, cosas como esas. No debes tratar de dominar sobre otras personas, por eso el mundo de los humanos camina actualmente por unas sendas tan tenebrosas y hay tanto miedo. Por otra parte, necesito decirte que existe una ley que debe de tomarse en cuenta cuando se solicita algo al universo: es la ley que algunos llaman de la atracción. Esta ley quiere decir que si en tu corazón hay odio, atraerás odio, si en tu corazón hay egoísmo, atraerás egoísmo. No basta con decir que uno no odia o no es egoísta; tiene que sentirlo en su corazón. Cuando pides algo material odiando, y el Universo te lo concede, el resultado puede ser negativo. Si tú deseas la compañía de una persona

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durante tu vida, deberás presentarle tu petición al Universo, acaso también darle algunas características; y luego dejar que él resuelva. Si hay amor en tu corazón, el Universo pondrá frente a ti a una persona que también sienta amor por ti. Pero debes entender que esa persona no será tu prisionera, será alguien, de entre todas las personas del Universo, que desee lo mismo que tú has deseado, y será la mejor compañera que tú pudieras haber escogido.

En estos años, te he enseñado a utilizar una herramienta poderosa para lograr muchas cosas: los rituales, con ellos puedes enviar energía a otras personas, tanto para hacerles un bien como para dañarlas. Espero que nunca la utilices para esta segunda opción. Pues lo que tú envíes retornará hacia ti. La gente no cree esto, pero no tienes que hacer nada más que ver el mundo para darte cuenta de que esa sentencia es una realidad ineludible.

—Marina, creo que es mejor que continúe mañana con el cuento, pues ya es de noche.

—Realmente quisiera que no te detuvieras, pero creo que tienes razón.

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—Recuerda que mañana es sábado, y que contaremos con más tiempo.

—Sí, pero me agradaría más que lo comenzases a la misma hora que lo has hecho estos días, no sé… pero me parece que a esas horas hay cierta magia en el ambiente.

—De acuerdo, entonces por la mañana iré a la biblioteca de la universidad a buscar unos libros.

—Yo tengo que ir al almacén a hacer unas compras, y después voy a visitar un momento a mis abuelos. Creo que tú regresarás primero a la casa, de manera que voy a darte una llave para que puedas entrar. Puedes ir a mi habitación si quieres recostarte o, si deseas comer algo, puedes tomarlo del refrigerador… bueno, has de cuenta que estás en tu casa— concluyó Marina.

—No sé realmente si voy a venir antes que tú, pues quiero ir a mi apartamento a arreglar algunas cosas, y también a recoger alguna ropa.

—Como quieras, pero igual, mejor llévate la llave por si vienes antes.

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Las chicas dejaron el sofá de balancín y se fueron a la habitación de Marina. Después de los rituales de aseo necesarios antes de irse a la cama, se desembarazaron de sus ropas y se metieron desnudas bajo las sábanas. Luego, entre mimos, caricias y jugueteos sexuales, poco a poco se quedaron dormidas.

Sábado por la tarde, continuación del relato

Cuando Marina llegó a la casa se encontró con que Nadine trajinaba en la cocina preparando algo de comer para ambas, con la idea de consumirlo cuando continuara con el relato del cuento. Cuando hubo terminado su tarea, no se fueron al comedor sino a una mesa en el jardín, y allí comenzaron a comer mientras Nadine continuaba su relato.

El brujo había adivinado que la princesa quería encontrar una pareja que fuera sensible y cariñosa como ella, con la cual pudiera compartir su vida. De manera que tomando en cuenta lo que le había enseñado su maestro, decidió hacer su petición al Universo y dejar que este actuara.

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Ocurrió entonces un día, cuando la princesa iba hacia el depósito de libros de Bucland, que saliendo de este lugar vio a una chica, y algo le anunció en su interior que ese era el envío que le hacía el Universo; estaba segura, su corazón no albergaba duda alguna. La princesa volvió a encontrarse varias veces con aquella chica hasta que, por circunstancias ineludibles del destino, pudieron por fin conversar. Sin embargo, la princesa pudo observar, a medida que se fueron conociendo más, que aquella chica era un poco insegura, algo tímida, le gustaba encerrase en su mundo. Y su mundo estaba en las estrellas y en el resto de cuerpos celestes. La princesa, entonces, se dio cuenta de que entre ellas se complementaban, para una las estrellas eran parte de la magia, y la otra vivía en ese mundo mágico que la hacía soñar. Cada una se interesó en los estudios de la otra, y así surgió una gran amistad entre ellas.

A Marina se le iluminaron los ojos con esta parte del relato, y en sus labios se dibujó una ligera sonrisa que no pasó desapercibida para Nadine. Tal parecía que sí, que el objetivo del cuento se estaba realizando. Pero no sabía cuál iba a ser la reacción de Marina, cuando le contara que la princesita había

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utilizado a la chica en un experimento sin que esta se diera cuenta.

La tarde iba cayendo y el ambiente se estaba poniendo un tanto fresco, motivo por el cual Nadine quiso cambiar de sitio e irse adentro de la casa.

—Marina, ¿te gustaría que nos fuésemos a la sala para continuar con el relato?

—Vámonos, mejor, a la sala donde está el televisor, es más pequeña y acogedora. ¿Qué te parece si nos quedamos desnudas igual que el día en que me comenzaste a contar el cuento?

—De acuerdo.

Cuando ya estuvieron acomodadas las chicas en el sofá de la sala del televisor, Nadine reanudó su relato.

A pesar de que entre la princesa y su amiga existía un gran entendimiento y un gran aprecio, la amiga no se atrevía a aceptar, que lo que ella sentía por la princesa era un amor que estaba por encima de lo que podía ser considerado normal en

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una simple amistad. Lo cual era un problema, pues la princesa tampoco podía declararle a ella abiertamente su amor. Fue entonces que la princesa decidió pedirle ayuda a un aprendiz de hechicero que había conocido, y que podía utilizar una serie de aparatos de la ciencia moderna. Le pidió que le ayudara a celebrar un ritual, con el objetivo de generar y enviar energía a una amiga de ella, que la necesitaba para poder adquirir confianza en sí misma. Era una buena causa, y el aprendiz de hechicero acepto casi al momento, un poco por ayudar a la princesa a hacer una buena obra, y otro porque de esa manera tendría la posibilidad, prácticamente única, de comprobar con sus equipos científicos si realmente existía esa energía. El aprendiz de hechicero se puso en contacto con los brujos menores de su coven, y juntos estuvieron de acuerdo en prestarle sus servicios a la princesa. Ella se había convertido ya en toda una brujita, y sería quien dirigiría toda aquella operación, partiendo desde su preparación.

En este momento Nadine se quedó callada, nada más acariciando delicadamente el torso desnudo de Marina, que había recostado su cabeza sobre las piernas de su amiga.

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—¿Por qué te detienes? —Preguntó Marina animando a su compañera para que continuara el relato.

—Es que, me preguntaba si tú hubieras perdonado a la princesa.

—Perdonarla, ¿de qué?, ¿Por qué?

—Lo sabrás ahora que continúe.

La princesa y todos los brujos se reunieron para decidir qué día sería el mejor para enviarle la energía a su amiga. Entonces alguien propuso un día en especial. Y todos los reunidos estuvieron de acuerdo.

—¿Qué día fue ese que escogieron? —Quiso saber Marina con visible ansiedad.

—Ahora lo sabrás.

Realmente se escogió una noche, una noche mágica, una noche en la que habría una lluvia de estrellas.

Marina se quedó un tanto pensativa, todo aquello tenía cierta semejanza con lo que ella había vivido.

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Y se hizo así porque la princesa sabía de una creencia que existe desde la remota antigüedad, según la cual, si se pide un deseo cuando aparece una estrella fugaz en el firmamento, ese deseo se hará realidad. Y ella quiso creerlo así, de tal manera que, si era cierta la leyenda, la petición que estaba haciendo se vería reforzada. Ahora bien, la princesa no le dijo a su amiga que la estaba haciendo partícipe involuntaria de un suceso tan trascendental.

—Pero eso —dijo Marina un tanto seria—, puede interpretarse como un acto de egoísmo de la princesa, pues lo que quería era que la amiga se rindiera ante ella.

Como quiera que fuese, la amiga de la princesa se fue por la noche a una explanada en el bosque a observar la lluvia de estrellas, y cuando iba de regreso hacia su casa, después de la ocurrencia del fenómeno celeste, los brujos lanzaron el hechizo que la envolvió en una esfera luminosa de energía pura, que

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luego le hizo tener confianza en sí misma y así poder, al fin, tener el coraje para aceptar ser como realmente ella era.

—¿Perdonarías a la princesa? —Preguntó, otra vez, Nadine.

Marina no dijo nada, levantó su cabeza de las piernas de Nadine, se incorporó y se quedó sentada a la par de ella.

—Ahora entiendo por qué me diste todas esas lecturas sobre temas esotéricos, tratando de convencerme de que nuestros deseos pueden hacerse realidad, sobre todo cuando se trata de cambiar algo en las personas, como las actitudes. Ya veo, el cuento que me has relatado trata de ti y de mí, eso ya lo había sospechado antes. Lo que no se me había pasado nunca por la mente era que tú te habías entrometido en mi vida sin mi permiso, siendo la causante de que en mí surgiera ese coraje de decirme a mí misma: así soy yo.

Nadine se quedó callada, sintiéndose culpable de haber hecho mal. Pero había sentido temor de que si le explicaba previamente a su amiga lo que planeaba hacer, ella no lo

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hubiese aceptado, y luego, cómo explicarle a Marina que ella había detectado que ambas se atraían. En el fondo, Nadine sabía que no había procedido del todo bien ocultándole lo de la energía que le iba a ser enviada a través de un ritual pero, y eso era muy importante, la energía que recibió Marina, pudo haberla utilizado como ella quisiera, sin embargo optó por aprovecharla para aceptarse tal como ella era en realidad. «Creo —pensó entonces Nadine—, que nuestro paraíso ha terminado», y acto seguido trató de incorporarse de donde estaba sentada para marcharse.

—Hacia donde crees tú que vas —Le dijo Marina al mismo tiempo que la agarraba del brazo impidiéndole que se levantara—, el cuento todavía no ha terminado.

—¿Cómo?

—Te digo que el cuento todavía no ha terminado, y debes quedarte hasta que esté concluido. Me toca a mí contar la última parte—apuntó Marina, y comenzó a narrar:

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Cuando la amiga de la princesa se encontraba en la explanada, en medio del bosque, recordó que alguien le había mencionado que si pedía un deseo cuando aparecía una estrella fugaz, seguramente se cumpliría; y entonces, cuando la primera estrella fugaz apareció dejando una breve estela luminosa detrás de ella, su petición fue: Deseo que la princesita y yo estemos siempre juntas a partir de este momento. Sin embargo, el deseo no se hizo realidad en ese mismo instante, sino hasta dos días después. Tal parece que aún el Universo se toma su tiempo para conceder lo que se le solicita.

Nadine sonrió con visible alegría, luego se besaron tiernamente en la boca y terminaron fusionándose en un cálido abrazo.

—¿Sabes qué? —Continuó Marina.

—¿Qué?

—Tú me hechizaste desde la primera vez que te vi.

—Sin embargo —dijo todavía Nadine, entre besos y mimos—, aún falta algo para terminar el cuento.

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—¿Qué cosa?... ah sí, ya sé…et ils vécurent heureux… y vivieron felices para siempre…

Epilogo

Unos días después Nadine se reunió con los físicos de la universidad, y les aseguró que el experimento M había tenido el resultado esperado. Sin embargo no pudo ser muy explícita al exponer la manera en que lo había comprobado. Pero les ofreció cooperar en otro proyecto que tuviera resultados más fácilmente demostrables.

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La Leyenda del Eclipse de Luna

Era la mañana de un maravilloso día de diciembre, el cielo coloreado de un azul intenso llamaba a vivir. Estaba de vacaciones por las fiestas de navidad, mi trabajo como profesora auxiliar de Física en la universidad se reanudaría hasta en el siguiente ciclo, en enero. En otras palabras, me sentía libre. Me había levantado hacía una media hora y me encontraba en la pequeña terraza de mi apartamento, vistiendo únicamente mi albornoz y disfrutando de la vista de los jardines del complejo habitacional. Sentía el inmenso deseo de quedarme holgazaneando desnuda, quizás leyendo algún libro dejando que el tiempo transcurriera sin preocuparme por ello. Sin embargo, algo bullía en mi mente, algo que no alcanzaba a definir. De pronto, como un destello, apareció un pensamiento recordándome algo: «En este mes hay un suceso importante». Con el vaso de jugo de naranja en mi mano, aun sin terminar, me dirigí hasta el cuarto de estudio donde tenía un calendario, busqué en él algo, alguna fecha en especial, pero no logré observar nada que para mí tuviese alguna trascendencia. Era Diciembre, estábamos a cuatro días de Noche Buena pero, ¡vaya!, para mí, desde hacía algunos años, eso no tenía la

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menor importancia. Me quedé observando la hoja del calendario con un poco más de detenimiento y… sí, «¡allí estaba!» o, al menos eso pensé. Me senté frente al ordenador, lo encendí y, cuando estuvo listo teclee en el buscador la frase: eclipse lunar 2010. Obtuve una enorme lista de resultados, entre ellos escogí uno y… ¡claro!, eso era. Era el día que, desde hacía meses, esperaba para poder estrenar mi nuevo telescopio refractor. «¡Cómo se me había podido olvidar!» Era el día del último eclipse lunar del año. Y, por si fuera poco, el fenómeno coincidía con la fecha del solsticio de invierno, cuando ocurría la noche más larga del año. Interesante coincidencia que no volvería a presentarse sino hasta en diciembre de 2094, pero esta vez no será visible en América.

La idea de quedarme holgazaneando aquel día se fue por la borda. Aquello revestía para mí una mayor importancia. De manera que me deslicé rápidamente al baño, me di un veloz duchazo, y luego comencé a embalar el telescopio para meterlo en el coche. Saqué mi cámara digital, tomé varios pares de baterías y dejé todo junto al telescopio. Me vestí con una camisa tipo polo amarillo pastel y unos vaqueros azules

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clásicos un poco gastados. En una maleta metí alguna ropa extra, algunos accesorios para mi aseo personal y... casi se me olvida; coloqué mi netbook en su mochila, la cargué a mi espalda y junto con las otras cosas bajé hasta el estacionamiento para colocar todo en el maletero del coche. Dejé todo allí; regresé por el telescopio y lo coloqué en el asiento trasero. Por fin todo estuvo listo, encendí el motor del Peugeot 207 y me largué hacia la montaña. Si quería hacer una observación que valiera la pena, y tomar buenas fotos del eclipse, tendría que salir de la ciudad a un lugar en donde la contaminación lumínica no afectase la tarea que me disponía realizar. Sé que no hay muchas chicas que gusten de la astronomía, pero para mí es el pasatiempo más apreciado. Algunas de mis amigas dicen que a mis 28 años debería más bien estar buscando algún chico y no constelaciones perdidas en el cielo, que eso puedo dejarlo para después. Pero qué le voy a hacer, creo que eso de la investigación lo traigo ya en la sangre, por algo me gradué como física.

Llegué a mi destino después de casi tres horas de camino, aproximadamente a las dos de la tarde; era una acogedora

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posada en las montañas: “La Puerta de Arcadia”, un nombre que hacía alusión a ese lugar mítico asociado a la Grecia antigua donde reina la felicidad. Como era un día normal de trabajo en la ciudad, la posada se encontraba vacía, a pesar de la cercanía de las fiestas navideñas. Y los dueños, que eran conocidos de mis padres, me recibieron con bastante obsequio. Después de los saludos correspondientes y de una breve charla, les expliqué que el motivo principal de mi viaje era poder observar el eclipse lunar que ocurriría en la madrugada del día siguiente, de manera que realmente sólo estaría una noche, pues me regresaría a la ciudad después de haberme recuperado del desvelo por la observación astronómica.

A eso de las tres y media de la tarde, tomé todos mis trastos y me dirigí en el coche a una pintoresca explanada, parte de los terrenos de la posada, limitada hacia el este por una pendiente cubierta de pinares, a cuyo pie había una fuente de agua natural que desembocaba en una especie de manantial de agua cristalina, el cual los dueños habían adornado con piedrecillas de colores en el fondo, y en el perímetro habían colocado un par de bancas de cemento con respaldo, sombreadas por unos sauces llorones que daban a aquel lugar

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la sensación de placidez. A este sitio le habían bautizado con el nombre de: “La Fuente de las Ninfas”. Estaba disfrutando del ambiente de montaña mientras ubicaba el telescopio en una posición adecuada para la observación nocturna. Coloqué también la cámara digital en un trípode, orientada en la misma dirección que el telescopio. Por último instalé la mini tienda de campaña auto-plegable. Iba a ser una jornada larga hasta la madrugada.

Una vez terminada la rutina de colocación de los artefactos, saqué un libro de mi mochila, me senté en una de las bancas en el perímetro del manantial y me dispuse a leer, todavía había suficiente luz solar como para dedicarme a aquella tarea. Al poco de estar sumergida en el mundo de la lectura, alcancé a escuchar unos pasos que avanzaban hacia mí, estrujando los pedruscos de la vereda que llegaba de la explanada hasta la fuente, era una chica. No había que hacer un esfuerzo muy grande para darse cuenta que era una chica muy bonita. Vestía una ropa bastante ligera, una especie de quitón de la antigua Grecia, pero a mi parecer un poco más corto que lo usual, apenas le cubría hasta la rodilla, dejando además desnuda la

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pierna derecha con cada paso que daba. De tez blanca, con los pómulos un tanto sonrosados y el cabello lacio castaño agitándose suavemente con la brisa, la chica parecía muy segura de sí misma. Semejaba una figura de la antigua Atenas. Sus pies de piel clara, calzaban únicamente unas ligeras sandalias de tiras doradas. Aquello era una escena totalmente anacrónica. Me llamó también la atención que, aun cuando el ambiente no era precisamente cálido, aquella chica anduviese por allí tan ligera de ropas. Curiosa la mire a la cara y no desvié la mirada hasta que estuvo frente a mí. Su saludo fue un moderno: hola; y sin esperar ninguna respuesta continuó en un tono muy agradable:

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—¿Perdón?

—¿Llevas mucho tiempo aquí leyendo?

—No… bueno… tal vez una hora… quizás un poco más —Dije titubeando un poco. No tenía la más remota idea de quién podría ser aquella chica. No parecía de por allí ni de los alrededores. En la posada tampoco me habían mencionado nada sobre algún otro huésped, realmente lo que me habían

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dicho era que no había ninguno más por el momento, que había varias reservaciones hechas pero para después de Noche Buena, pues iba a ser un fin de semana largo.

—¿Sólo te vas a quedar esta noche, verdad?

—¿Cómo sabes que sólo me voy a quedar aquí esta noche?

—Sé muchas cosas…—dijo la chica tranquilamente, sin ningún tipo de pretensión, y me sentí más intrigada.

—Vamos, ¿Me quieres tomar el pelo? —dije sonriendo un poco.

—No, realmente no estoy haciéndote ninguna broma.

La chica continuaba de pie frente a mí sin parecer querer sentarse, simplemente estaba enfrascada en aquella irregular conversación conmigo. Por un momento pensé que quizás estaba un tanto desequilibrada. Pero la situación todavía habría de ponerse un poco más misteriosa.

—¿Sabes? —continuó.

—¿Qué?

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—¿Cómo?

—Eso,… que deberías darle un vistazo a tu carta astral, y analizar la progresión de tu luna para la madrugada del día de mañana. El eclipse de luna se llevará a cabo en el signo de Géminis, en tu octava casa.

Dentro de mi cabeza aparecieron más interrogantes, cómo sabía aquella chica que yo tenía conocimientos de astrología. Aquello era extraño, muy extraño. Y, cómo sabía que mi carta natal iba a presentar la configuración que me estaba mencionando.

—Realmente me tienes intrigada…

—¿Por qué?... Ya te lo he dicho, sé muchas cosas, muchas cosas sobre ti también… —acentuó la chica.

—No te entiendo, la verdad no entiendo nada. Apareces por aquí, jamás en mi vida te había visto, de una sola vez comienzas a decirme cosas que… bueno, no tendrías porqué saber sobre mí. Y además, siento que me agrada conversar contigo. A propósito, ni siquiera sé cómo te llamas pero, seguramente tú sí sabes mi nombre.

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—Tienes razón —afirmó sonriendo la chica, y continuó—: pero no debes preocuparte. —¿Puedo saberlo? —¿Qué cosa? —Tu nombre. —Sí, no veo inconveniente. —¿Entonces?...

La chica no dijo nada, aparentemente desinteresándose por mi pregunta se dio la vuelta despacio para quedar frente al manantial, como observando la tranquilidad de sus aguas y dándome la espalda. Entonces tomé consciencia de que el vestido —si así se le puede llamar— que llevaba, era de una especie de cendal, bastante transparente, de tal manera que su figura se traslucía a través de él. Ver aquel cuerpo tan delicado y perfecto me turbó bastante. Sentí una especie de impulso sensual de querer acariciarla, y me sentí confundida. Por alguna razón tuve también la sensación de que la chica sabía lo que estaba ocurriendo dentro de mí. De una forma delicada se giró nuevamente para colocarse frente a mí.

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—Eritia —dijo así sin más.

—¿Qué?

—Eritia, ese es mi nombre.

—Un poco extraño, no lo conocía.

—Sí, Melisa, es poco conocido. ¿Te llama mucho la atención ver el eclipse?

Mi desconcierto creció aún más, sospechaba que sabía mi nombre, pero el hecho de oírle pronunciarlo no dejó de sorprenderme bastante.

—Sí, me gustaría verlo completo. Pues, como probablemente tú ya también lo sabes, me considero aficionada a la astronomía.

—¿Puedo contarte una leyenda relacionada con la diosa Luna?

—Claro —le respondí con cierto interés. Realmente quería escuchar aquella historia que se disponía a contarme la misteriosa chica.

—Cuenta una leyenda —comenzó diciendo Eritia—, que en las noches de eclipse lunar total, como el que quieres observar, la

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diosa Luna se encuentra llena de brío y busca la compañía de una ninfa para juguetear con ella sexualmente, para lo cual se la lleva al Jardín de las Hespérides, el jardín del árbol de las manzanas de oro. Se dice también que nadie que haya visto a la diosa podrá resistirse a sus deseos de placer, pero sus acciones son tiernas y delicadas, y conmueven las fibras más internas, más ocultas de la delectación como nadie más puede hacerlo. Pero ocurre que mientras la diosa se encuentra con la ninfa en el jardín, gozando ambas de los placeres del amor, no nos puede dar su luz. Y esa es la razón del eclipse, la fuga de la diosa con su amante. Entre más a gusto se siente Selene con la ninfa, más tiempo dura el eclipse. El eclipse de esta fecha, como tú ya lo sabes, además de ser de larga duración tiene una connotación muy especial, se produce el mismo día del Solsticio de Invierno. Cuando esta situación se presenta, lo cual ocurre con intervalos de muchos años, la diosa Luna, según cuenta la leyenda, al salir de nuevo a iluminar la noche, deja a su amante en el Jardín de las Hespérides, disfrutando de los placeres que le pueden prodigar las ninfas del jardín, mientras ella regresa a iluminar nuevamente la noche. Mientras

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tanto, su amante permanece en compañía de las ninfas, hasta que el sol comienza a hacer su aparición sobre la tierra.

—Es una bonita historia, pero cómo regresa la ninfa del jardín de las Hespérides.

—Ah sí, la ninfa despierta en su lecho, o en el sitio en donde fue requerida por la diosa para llevarla consigo.

Eran ya casi las cuatro y treinta minutos de la tarde, la temperatura ambiente se había tornado más fría, y el sol comenzaba a declinar cuando Eritia me anunció que debía de partir. Le ofrecí llevarla en el coche, pero de una manera amable se rehusó; simplemente me dijo que no era necesario. Me extrañó, sin embargo, que no regresó por el camino que iba hacia la explanada, sino que lo hizo buscando los pinares, es decir, en sentido contrario. Bella y misteriosa; así podría definir a aquella chica. Por un breve momento distraje mi atención de ella al alejarse y, cuando volví mi vista para seguirla ya no estaba, parecía haber desaparecido entre los pinares. Sin embargo, puse mi atención en lo que ella me había insistido nuevamente antes de despedirse: que viera en mi carta natal la progresión de la luna. De manera que caminé hasta el coche y

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saqué mi netbook para trabajar con el programa de astrología que tenía instalado en ella. Ciertamente, la posición de la luna en el momento del eclipse coincidía con mi luna natal, una coincidencia un tanto peculiar. Pero, además, aquella configuración ocurría en la casa octava de mi tema natal, tal como me lo había dicho Eritia. Después de estudiar por un largo rato la carta, saqué en limpio algunas cosas: algo relacionado con una cuestión sexual, que era tabú para mí, ocurriría esa noche. Además, la probabilidad de que eso sucediera se hacía mayor en el momento preciso de la conjunción entre mi luna natal y la luna del eclipse. Aparecía además algo que indicaba que tendría una experiencia emocional con alguien del sexo femenino. Traté de darle una interpretación diferente a las configuraciones que veía en la pantalla de mi ordenador, pero me fue imposible llegar a otra conclusión. Sin embargo, pensaba, era muy difícil que alguien más, hombre o mujer, fuera tan aficionado a la astronomía, que dejara su cálida habitación para pernoctar a una temperatura por debajo de los 14° Celsius, sólo para ver un eclipse de Luna. De manera que llegué a concluir que eso del encuentro con

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alguien del sexo femenino era simplemente una interpretación errónea de mi parte.

El sol se encontraba ya bastante bajo, casi palpando la línea del horizonte, se ocultaba lentamente entre celajes naranja y rosa. Pronto caería la noche y aparecería la Luna. Revisé nuevamente la alineación del telescopio y luego fui al coche a sacar unos binoculares para observarla a partir de su salida detrás de las montañas. Saqué de mi mochila una linterna de LED y la colgué afuera de la mini-tienda de campaña. Luego me fui a sentar a una de las bancas frente al manantial para tomar mi cena: un refresco de cola y dos sándwiches de atún. Cuando terminé, el sol se había ocultado y las primeras estrellas hacían ya su aparición. Me quedé observando la bóveda celeste por un momento; después decidí tomar un breve descanso, de manera que me encaminé hasta la tienda de campaña y me recosté. Eran aproximadamente las 08:30 de la noche cuando salí de la tienda y me puse nuevamente a observar el cielo, era un cielo límpido, no había ni una sola nube. La temperatura había descendido y tuve que abrigarme bien. La Luna se encontraba a unos 40° de altitud e

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impregnaba los alrededores con su luminosidad argéntea, se encontraba casi en línea con Capela, Betelgeuse y Sirio. En aquel momento la bóveda celeste era todo un gran espectáculo. Los pinos, por su parte, dejaban escapar sus murmullos cuando la brisa se colaba entre sus ramas, y los sauces danzaban cadentes con el viento que les acariciaba, era un momento mágico, arrobador, extático. Habría que haber estado allí para poder comprender lo que ahora estoy diciendo, es una sensación exquisita que se cuela hasta el interior mismo del ser. Después de ese instante sublime decidí descansar durante un momento, pero esta vez me recosté sobre una de las bancas frente al manantial y me quedé viendo hacia arriba, un poco hacia el Este, observando las estrellas. Allí estaba el cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam, y Mintaka. También se veía Rigel, Proción, Cástor y Pólux. Además podía construir en mi mente las figuras de las constelaciones: Orión, el Can mayor, el Can Menor, parte de Cáncer, la Liebre…

El eclipse estaba comenzando, la Luna, ubicada en la constelación de Géminis, comenzaba a obscurecerse en la parte superior. Con el buscador del telescopio comencé a

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