El Hombre Es Su Palabra

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JOSE MUÑOZ COTA

EL HOMBRE ES

SU PALABRA

VARIACIONES EN TORNO A LA

ORATORIA

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I N D I C E

1. Razón de este ensayo ... 10

2. La vocación de la palabra ... 26

3. El estilo del hombre en su palabra ... 41

4. Oratoria: paisaje del alma ... 57

5. Evocación: cinco oradores ... 67

6. La magia de la palabra ... 84

7. El hondero entusiasta ... 96

8. El profeta armado ... 110

9. Leñador en la noche oscura ... 122

10. Pan del espíritu ... 139

11. Carta a un joven orador ... 149

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EN MEMORIA:

JOSE ROMANO MUÑOZ HORACIO ZUÑIGA

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PARA

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PARA ARTURO MUÑOZ COTA PEREZ PARA ANA GLORIA CALLEJAS DE MUÑOZ COTA

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“¿Hay algo más dulce de conocer y oír que una oración exonerada y elegante, de graves sentencias y graciosas palabras?”

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El hombre es su palabra. Ella lo concreta y lo define. Es su retrato; su imagen fiel.

Cada hombre nace con ella; con la suya precisamente. La palabra revela el color del alma; la naturaleza del pensamiento propio, la identificación de las emociones.

Por la palabra se expresa el espíritu . Por eso el verbo es júbilo y el silencio es tristeza, soledad y nostalgia.

Hay más: el hombre salto el espacio que lo separaba Homo Silvestis cuando principio a hablar. Probablemente el hombre primitivo se entendió mediante silencios; quizá, después, sonidos guturales, gruñidos, señas hasta que las primeras palabras rompieron la distancia e iluminaron el aire. La vida adquirió, entonces, plena conciencia; se desvaneció el caos; se desmoronó la soledad. Todavía hoy, el individuo que no habla, que no se hace comprender, anda sonámbulo, exilado, gravemente ausente.

Hablar, por esto, no constituye el ejercicio tangente a la vida, es la vida misma.

¿De qué nos serviría la inteligencia, que función representaría la sensibilidad, para qué la emoción, si no hubiera una forma de expresarlas?

Hablo, luego existo. Por que el pensamiento necesita de la palabra para manifestarse. Una emoción callada es una emoción suicida.

Con razón nos enseño el maestro Horacio Zuñiga: “La palabra es el cauce dela idea y de la imagen. Es la que lleva el agua azul del cielo y la linfairidicente de la imaginación. Río luminoso que conduce, en sus ondas elásticas, el tulipán del sol, la magnolia de la luna y las azucenas de luz de las estrellas. Sin ella, ni la idea ni la imagen existirían por más que existiesen en potencia, como la larva o como el germen, puesto que hablar es vivir o patentizar que se vive; es decir; hablar es ser presencia como existir es ser esencia y morir es ser silencio. “Horacio Zuñiga concluye el prólogo de su libro,

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silencio es la sombra del sonido, como sombra es el silencio de la luz.”

Confieso que este ensayo nace al amparo del recuerdo de tres Maestros. Los tres influyeron en mi vida; fueron tres árboles frondosos, nido de pájaros y de auroras; los tres me llevaron de la mano por la selva de los libros. Romano Muñoz, contagiaba su salud espiritual, su amor a la alegría de ser, su devoción a la filosofía existencial, Horacio Zuñiga, nos encamino por el misterio de la oratoria; lengua de maravillas; milagro del ritmo verbal; Miguel Giménez Igualada, nos inundó de bondad y de ternura.

José Romano Muñoz, en su clase de ética, en la preparatoria –años de 1923, 24, 25, 26– con su cátedra fácil, amable, discretamente sabia, nos introdujo en la amistad de Platón, de Pascal, de Bergson, de Nietszche, de Ortega y Gasset, de mil libros más. Iba con nosotros al café de chinos de Alfonso, reía con nosotros en las carpas de barrio, convivía inquietudes y afanes juveniles.

Horacio Zuñiga, nos volvió serios. Con su disciplina ascética, su timidez, su soledad creadora, y, sobre todo, su aire Savonarola, ahí, en su estudio, en las calles de la colonia Guerrero, atrincherado tras de sus libros, estremecido de elocuencia, como una enorme hoguera donde ardían, al conjuro de sus discursos, improvisados sobre cualquier tema; fuimos un grupo aturdido de adolescentes; pero despertamos a la cultura y, por encima de ella, despertamos a la elocuencia.

Ya maduro, penetrando al otoño, conocí al Maestro Igualada.

Sacudió la vida, la rehizo, y nos lanzó al mundo de las ideas liberales. Y no es que dogmatizara, ni siquiera nos aconsejo, es que, como para él el anarquismo fue siempre conducta, una conducta armónica, lejos de la violencia, dentro del amor, la bondad, de la ternura, de la belleza, tomo nuestras existencias y, sin proponérselo, las remodeló completamente.

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Sí. Debo confesar que este ensayo surge al calor de sus palabras trémulas de cariño. El gigante de pensamiento, el varón de carácter forjado en los campos de concentración, en el peligro, en la necesidad y hasta en el hambre, era sentimental y sensible hasta las lágrimas. Miguel Giménez Igualada ha sido el último orador, cabal, íntegro, total, que he conocido. Cuantas veces lo invite a hablar, a pesar de sus años y de su respiración ya fatigada –con el pulmón roto–, su verbo electrizaba a sus auditorios y los jóvenes, pese a su clima turbulento, se le entregaron amorosamente, ellos también colgados de una lágrima. Esto lo presencié, particularmente, cuando, sin tema fijo, se dirigió a los normalistas y, al finalizar su peroración , varias señoritas lloraban profundamente conmovidas.

Por esto es que he dedicado este ensayo a la memoria de los tres maestros, amigos, guías –para emplear, exactamente, la fórmula con que Dante recibió a su maestro Virgilio.

De mi compañera Alicia Pérez Salazar –madre de mi hijo Arturo– sólo repetiré que ella es la albacea de mi corazón.

Este estudio no aspira a convertirse en texto. No es un manual para que el lector aprenda a hablar en público. Ningún libro puede cumplir esta tarea. Estas hojas son el resumen intrascendente de una serie de divagaciones en torno a la oratoria. Son variaciones sobre un mismo tema: la palabra.

Las glosas que vas a leer, amigo mío, son estados de alma; altos en una aspiración poética; el diario discontinuo pasó sus días hablando en público y sus noches, a la luz de la lámpara de que habla Plutarco, iluminando la sombra de Demóstenes; leyendo y meditando.

En la existencia no tuve tiempo de acumular tesoros; pero guardé celosamente discursos y poemas.

Estas líneas son, apenas, un fragmento de la biografía de mi discurso. Creo que cada hombre nace con un discurso a

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cuestas. Hay quien lo dice a tiempo y pude morir feliz, palabra no dicha persiguéndolo, como alma en pena. Hay quien, infortunadamente, traicionó su palabra, la vendió por treinta dineros y, después anduvo vagabundo sin valor para ahorcarse de un árbol redentor.

¿Quién que es no conoce a estos oradores, mercaderes en el templo del verbo?

Parece que se escuchan las palabras del Poeta: la palabra es casa de verdad; más vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones...

De aquí que lo importante, para cada quien, es expresar genuinamente lo que trae dentro; lo que es, no lo que pretende ser o lo que lo obligan a ser. Porque si cada individuo tiene el compromiso de ser auténtico, la autenticidad es la condición básica de los oradores.

Cuando un hombre da su palabra a los demás, se da entero, sin reservas ni recámara ocultas; se entrega, es su palabra de hombre, como hombre, su palabra para otros hombres: Suponer que falsea o esconde su palabra, es dudar de su hombría y, peor aún, poner en tela de juicio su hombría de bien.

Digamos que el orador vive plenamente su individualidad, que la manifiesta mediante sus discursos; pero que, además, supera esta individualidad en cuanto, en contacto con otros seres, comparte con otros hombres, sus hermanos, sus pensamientos, sus emociones, sus ideas y no sólo esto, sino que convive con sus hermanos los azares de la existencia del prójimo. De otro modo, el orador, a fuer de hombre, practica el verso del esclavo Terencio, el filósofo, y nada de lo que acaece a sus hermanos le puede ser indiferente. Entonces, como el hombre no es una isla, el orador dice desde la tribuna su palabra, la justa, la adecuada, la que llega a la medida del tiempoespacio que la requiere.

Esto de la palabra tiene sus altibajos. Durante años se pensó que había palabras poéticas, sabias, cultas, y, enfrente, palabras populares, prosaicas, vestidas de vulgaridad, de

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plebeyez. Ahora tenemos la convicción de que no hay sino una sola palabra, la necesaria y que ésta no tiene sangre azul ni pergaminos de nobleza, sale del pueblo, llega a las universidades y vuelve, por distintos caminos, al pueblo mismo. Cada palabra conserva el universo secreto. El problema radica en quien la busca, la selecciona, la dice. No se trata, por ello, de inventar nuevas voces, que traduzcan nuevas emociones o nuevos estados de conciencia. El diccionario está ahí, frente a nosotros. Ahíto de vocablos y de términos –que no usamos en su enorme mayoría– y lo único que tiene que hacer el escritor o el orador, es localizar la palabra cabal que corresponda a la intención buscada. Tampoco se trata de emplear voces altisonantes –y esto no es por espíritu pacato o por hábito moralista, sino por un escrúpulo de buen gusto. No creo que las maldiciones, las llamadas groserías, añadan fuerza, vigor, elegancia, profundidad, ni siquiera colorido, a la cláusula que se emplea. Una voz se justifica plenamente cuando es indispensable y sirve a un objetivo determinado. La profusión de estas voces, carceleras, patibularias, de cuartel o de mercado, tienen una misión: escandalizar al ingenuo lector, epatar a los burgueses, irritar a las mentes sencillas, hacer temblar a las monjas y a las viejitas. Los jóvenes sonríen despectivamente; no creo que este lenguaje les sirva –a pesar de los autores– como afrodisíaco.

¿Cómo dirá el orador su palabra? Pues de la misma manera como la diría cualquier hombre. La palabra exige énfasis, dulzura, tristeza, coraje, en cuanto cada voz refleja un estado de ánimo, una fuerza de conciencia, una voluntad en tensión, Así, nadie podrá dictar leyes acerca de este tema, que sería tanto como obligar al hombre a vivir según determinado molde. Y para esto no hay normas. La vida escapa a las fórmulas. Es algo cambiante, movible, dinámico; en revolución permanente; la vida es, como quería Goethe, una metamorfosis maravillosa, o un devenir sin interrupción, como sentenció Bergson, en su evolución creadora.

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El orador dice, desde la tribuna, su palabra con sencillez, conversa en voz alta, comunica sus puntos de vista, no ordena, no coacciona, no aconseja –puesto que cada consejo implica, en cierta medida, la idea de la superioridad de quien lo ofrece– y, menos aún, predica la violencia o la disciplina, o la obediencia a los oyentes. Todo discurso tiene su asiento en el respeto recíproco, en el reconocimiento de la dignidad de los que forman el auditorio. El orador se limita a decir su verdad y deja a sus oyentes que decidan de acuerdo con su conciencia. Y es que el orador no se juzga a sí mismo por encima de los demás, a pesar de la tribuna, sino que reconoce sus cualidades al par que sus limitaciones y puesto que no se autovalora como el poseedor de las Tablas de la Ley, ni como e Mesías esperado, en su calidad de ser sencillo sin malicia cual ninguna –como dicen los paisanos del pueblo– ocupa con decoro su puesto sin sobrepasarse ni menoscabarse en alguna forma.

El orador dice lo que tiene que decir y con esto cumple con su deber; hace honor a su palabra; la respeta, la mide, la pondera; pretende, muy adentro que por medio de su discurso se hagan mejores sus hermanos y en esta virtud se recata severamente para que sus palabras no sean estímulo de bajas pasiones, de cóleras infecundas o de odios estériles.

El orador, por serlo, adquiere un compromiso moral; no es precisamente que esté sujeto a un código de normas profesionales; es, más bien, una responsabilidad personal. Cabe decir, que cada quien ha de estimarse a sí mismo lo suficiente para no cometer actos indecorosos o nocivos. De otro modo: que cada quien ha de cuidarse estrictamente, para no proferir frases de las que, luego, pueda arrepentirse. Es una moral individual, sin normas; es la conducta lo que doctora al oradora.

Y está bien que así sea, puesto que la palabra es la que corrobora la hombría.

La sabiduría popular usa expresiones sintomáticas al respecto. Dice: este es hombre de palabra. Con ello pretende

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asegurar que es hombre de verdad, hombre cabal. Otras veces el término connota el propio compromiso: te doy mi palabra. Significado que es lo que más se puede presentar como garantía, como aval. Ya en el área de lo despectivo, la gente lapida con esta aseveración cuando se refiere a alguien en quien no es posible confiar: No tiene palabra.

La palabra, entonces, es medida de la conducta de un individuo; no es factible separar los dos términos; se identifican plenamente. Luego, el orador no se reduce al ámbito de lo que dice, sino que, lo que dice se supone que está respaldado por la autoridad moral de quien se presenta en público.

¡Quién sabe hasta qué punto es posible diferenciar al creador de una obra de arte, de ciencia, de técnica o de filosofía, de su calidad meramente humana! De cuando en cuando se nos presentan ejemplos de seres agigantados por sus obras de creación intelectual y estos mismos vegetan empequeñecidos, mediocres, arrastrándose en un espacio de inmundicias y errores. Es posible que así sea por excepción; pero, generalmente, al árbol se le conoce por sus frutos. Hay una relación indisoluble entre quien piensa y quien actúa. Sería fácil alegrar, para justificar la conducta cotidiana, invocar al personaje desdoblado de Stevenson; pero no es lo habitual ni lo deseable. El público supone la firmeza moral de quien le habla; se entrega a el; confía, de aquí nace, naturalmente, la responsabilidad de cada orador. Por que nadie es capaz de adivinar –este es el verbo– que efectos producirá en un hombre cualquiera, un determinado discurso. La palabra llega, golpea, rompe las resistencias orgánicas e intelectuales, y una vez dentro, al establecerse, cobra fuerza, y principia la metamorfosis imprevista. Tal vez por todo ello el orador es, en cierta forma educador. Se transforma elemento formativo del carácter de los demás, puesto que determina y condiciona, hasta cierto grado, la mentalidad, la sensibilidad, la conducta de los demás. Lo cual es condicionante. Educa e instruye. Usemos de un ejemplo

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común; la guerra. Una y otra vez quien se dirige a la masa tiene que tratar de estos temas, sobre la base, como ya se ha dicho, de que el auditorio esta predispuesto con simpatía para aceptar sus aseveraciones. Los oradores, de todos los tiempos son responsables, en gran parte, de las ideas de violencia, de odio, de guerra, que fructifican en los espíritus. ¡Si los oradores el mundo se propusieran no hablar de la guerra o condenarla sistemáticamente, se crearía un ambiente de amor y de paz!

¡Nadie puede negar el poder de la palabra hablada!

Por lo demás hay que insistir, con energía, que la oratoria es un ejercicio circunstancial; pero que no obedece a modas ni a mecanismos prefabricados intelectualmente. No interesa que algunos teóricos, aguijoneados por la prisa, por el smog interno que los envenena, atemorizados por la corporación de las máquinas computadoras, pretendan hacer del discurso una exposición lógica, metódica, exclusivamente una serie de aforismos y dogmas, como quien recita, con voz impersonal, de una lección de física; la oratoria esta más allá y más acá de las modas; la moda –lo definió George Simmel– es una resultante de la lucha de clases; aparece como signo de diferenciación clasista; la imponen los ricos para levantar muros entre ellos y los pobres; pero los pobres imitan las modas, escalan el muro, con ingenua ilusión de confundirse con los exploradores, y, otra vez, los ricos ejercitan su discriminación inventando otra moda, para repetir esta historia dramática. Nada de esto acaece a la oratoria. Ella responde, de inmediato, a una necesidad de comunicación directa entre el orador, que tiene algo que expresar, y su auditorio que solicita la orientación verbal. El motivo del discurso, la calidad de los oyentes, la finalidad que se persigue, etc., todo ello, combinado, dará la pauta al orador para hablar; experiencia que trataremos adelante. En cualquier caso, los hombres nos entendemos –nos comunicamos– mediante el intercambio de ideas, de imágenes y de emociones. No es natural separar estos

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elementos que habitualmente se complementan y hasta se confunden al amalgamarse. Pero cada orador sabrá, en su momento, cuál ha de ser el tono preponderante, la tónica de su pieza. Yo he formulado –para facilidad de mis alumnos– estas sencillas preguntas previas al discurso: ¿Dónde voy a hablar? ¿A quién le voy a hablar? ¿Para qué voy a hablarles? Y, por supuesto, contestadas estas sencillas y hasta pueriles interrogaciones, brotará el cómo debo hablar, más allá y más acá de toda moda y de toda escuela, pese a los modistos de la oratoria que quisieran fijar un molde único para sus intervenciones, en los discursos de memoria que gritan.

Por último, hay una pregunta grave: ¿Puede enseñarse la oratoria? Si partimos del precepto clásico que afirmó: el poeta nace, el orador se hace, entonces, sí. Pero, independientemente de que los poetas también se hace, puesto que el concepto de la inspiración se complementa con el del trabajo –mi inspiración, aclaró Baudelaire, está ahí en mi mesa de trabajo–; tenemos que convenir en que la elocuencia es un factor innato en algunos individuos. Hay jóvenes que nacen oradores al igual que los poetas. Ahora bien: si un joven nace motor, o visual o verbo-auditivo, lo único pertinente es ayudarlo a desarrollar sus facultades innatas, someterlo a ejercicios continuos, a experiencias frecuentes, llevarlo de la mano a la tribuna para que venza, en primer término, su timidez, que es la primera piedra que se aparece, la inhibición, el miedo.

Comprendemos que el maestro no da nada al alumno que éste no posea ya en potencia; el maestro trabaja con el temperamento; se diferencia del alumno en que el maestro se empeña en penetrar dentro del alumno, define su estilo personal y colabora para su natural crecimiento. Es como colocarlo frente a un espejo ideal para que se prueba la oratoria a su medida. Asimismo, es inaplazable deslindar el término oratoria, en busca de ubicación jerárquica.

Antonio Caso, en su obra Estética, clasifica a la oratoria como arte menor. Lo que nos lleva a meditar en

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torno a la inconsecuencia de algunos juicios de valor que externamos fácilmente. Las manifestaciones del arte –nos decimos– no pueden catalogarse como superiores e inferiores; cada expresión de arte tiene su contenido especial a que el deslinde obliga y, así, de la misma manera que no podríamos comparar a Beethoven con Bach, para dilucidar quién de los dos es mejor genio de la música, tampoco nos es dable dictaminar acerca de cuál arte es superior y cuál inferior; a fuera de distintos no hay posibilidad de compararlos. Es arte o no es arte. Pero lo interesante es que, pese a esta apreciación injusta, el maestro Antonio Caso fue, esencialmente, un orador; no un filósofo creador de un sistema, sino un orador que hablaba de filosofía y filosofaba en sus discursos magníficos y elocuentes. De esto, de su elocuencia lo acusa el maestro Samuel Ramos quién, por su innata dificultad para expresarse en voz alta –no así cuando escribía– tuvo cierta alergia a los oradores.

La pieza oratoria tiene la clasificación usual: contenido y forma. Trae un mensaje, ineludiblemente; pero puede presentarse en una forma estética. Ahora mismo podemos leer los discursos de Demóstenes, los de Cicerón , los de Mirabeau y estimar su bella estructura, sin importarnos mayormente su contenido que ha perdido –por razón de las circunstancias– su militancia su valor histórico. Perdura lo bello, la arquitectura de su forma, su vigor oratorio. Revivimos la emoción de su elocuencia.

El discurso es una obra de arte. El orador es orfebre. Concibe la pieza en conjunto, pero luego la modela fragmentariamente con sus más modernas herramientas y sus recursos más auténticos. Del discurso hay que decir lo que el poeta Juan Ramón Jiménez le dice a la rosa: “No la toques ya más que así es la rosa”. Esto sucede cuando leemos, a tantos años de distancia, una oración de Jesús Urueta. Se goza la perfección de la forma, se paladea el gusto por el dominio del lenguaje, se vibra, todavía, con la llama de la elocuencia.

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¡Qué razón tiene el poeta Ramón López Velarde, cuando en el prólogo al breve volumen que contiene los discursos del “divino Urueta”, recalca: “El gran Barbey decía que la imaginación es la más poderosa de las realidades humanas. En los manteles de Urueta, la imaginación es la dama de carne y hueso que junta las manos a la altura de la boca y configura con los brazos desnudos la Sublime Puerta de vocablos, emociones e ideas”.

Tenemos que insistir en que la oratoria no puede ser calificada como arte inferior. Tampoco es lícito compararla con la literatura escrita. Son géneros diferentes. Un discurso no es –como se ha llegado a suponer– una hoja escrita que se repite en voz alta. Revela precipitación en sus opiniones quien concluye que los discursos son un alarde de simples palabras. Cada palabra contiene un concepto, es signo de una connotación. Sólo los locos podrían hilvanar palabras inconexas sin relación ni comunicación. Las palabras constantemente significan algo aunque sea, en último término, disparates.

Lo que sucede es que quien experimenta fobias en contra de la oratoria descubre sus complejos por la carencia de facilidad para hablar en público. Padecen –ya se ha dicho– de una especie de tartamudez mental. La oratoria no está reñida con la ciencia, con la técnica, con la filosofía, con el arte, con la poesía. Ya lo había explicado Cicerón en su libro,

Diálogos del orador. Jaime Torres Bodet –tan magnífico

poeta– es un hombre de letras, un atildado prosista y sus variados discursos son modelo de cordura, de exactitud en el lenguaje, de elegancia y de belleza, y a nadie se le ocurriría afirmar que sus discursos están huecos, vacíos de contenido, carentes de doctrina. Hay buenos y malos oradores. Esto es todo, Hay quien habla por hablar, quien careciendo de cultura sólo usa lugares comunes, con deficiencias gramaticales, como aquel amigo orador que “hablaba con faltas de ortografía”; pero la oratoria buena, clara, diáfana, profunda, bella, puede encontrarse entre los hombres cultos, inclusive

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políticos militantes. La oratoria es prueba de creatividad vital, de la realización integral del hombre. A mayor abundamiento, cuando los pueblos brilllantes, en lo que Stefan Sweig clasifica “como los momentos estelares de la humanidad”, es cuando se multiplican los oradores. A este respecto cabe citar al maestro Horacio Zuñiga: “ En efecto, si el retórico de tribuna es detestable y peligroso, el orador verdadero es y ha sido siempre digno de todo elogio. Es más, si aplicamos a nuestro caso el axioma de Michelet: “La elocuencia es el termómetro de la libertad” y si afirmamos con Gambeta que “solo están mudos los pueblos y los hombres esclavos”, tenemos que aceptar que el orador, en ciertos momentos, es el índice supremo de las libertades públicas; el exponente máximo del progreso político y social y el grito por excelencia de ñas conciencias manumitidas, el glorioso mensaje de su emancipación material y espiritual.

El hombre que no medita, razona y habla, es el hombre que golpea, que hiere, que mata. El puño cerrado se abre, listo para el ademán fraterno, cuando la palabra tiende puentes luminosos. López Velarde rubricó el exquisito elogio para las manos de Urueta: “la mano cirujana del aire”. El ademán es compromiso de amistad no evidencia de odios. El clásico varón demandaba: “Pega, pero escucha”. . .

Ha sido la palabra la que armonizó la comunicación entre el seráfico Francisco y las avecillas del cielo; la palabra hablada, la que prendió sus cláusulas éticas en labios de Savonarola; la palabra adelgazada en las picas del pueblo cuando cayeron los muros de la Bastilla; palabras de sabio, de santo, de profeta, de mártir, de apóstol, de maestro, de formador, de revolucionario, de arquitecto de sublimes utopías...

Hay un abismo entre el discurso leído y el discurso pronunciado directa, improvisadamente. El discurso leído parece el esqueleto de la elocuencia. Los entendidos admirarán los aciertos de la prosa y las verdades ahí contenidas, pero nadie se entusiasmará, con ese entusiasmo

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inteligente que es el que mueve a individuos y a las multitudes; el discurso leído, además como ya apunta Timón, en El libro de los oradores, está expuesto a una y mil contingencias, llegando al estado de la declamación y de la representación teatral, todo lo que no es, justamente, elocuencia. Este discurso memorizado o leído, es algo así como una fotografía, que puede constituir una obra de arte, ¿por qué no? pero que no dejará de ser una pieza estática, quieta, muerta, carente de la vida que circula, se mueve, y se está transformado continuamente en el proceso de la metamorfosis, de la evolución creadora.

Verdaderamente, el orador es lo que dice; pero, además, cómo lo dice; ¡qué fuego, qué vibración, qué ritmo, qué sangre!, corre por las palabras y las transforma, las ilumina, las proyecta como un temblor o como una tormenta, como un murmullo o como una tempestad. El orador, es lo que dice, cierto; pero, su voz tronante o melodiosa, acaricia o golpea, seduce o anatemiza, glorifica o maldice, sube al Tabor o sucumbe en el Gólgota. El orador es lo que dice; pero también cuenta la elocuencia de su rostro, de los relámpagos que nacen en sus ojos, de las manos “cirujanas del aire”, del magnetismo que emana el cuerpo entero. Así se explica la reacción que provoca la oratoria, cuando la masa, obedeciendo a la psicología de las multitudes que analizó Gustavo Lebón, se arrebata y se conduce como hipnotizada, como cediendo al embrujo de la flauta mágica. . .

Desde otro ángulo, ninguna actividad estética produce mayores satisfacciones al creador, que la oratoria.

No se trata de emular a Leonardo cuando coloca a la pintura a la cabeza de las artes; pero, independientemente de la jerarquía –que ya comentamos a propósito de Antonio Caso –el goce estético máximo lo recibe el orador. Pronunciar un discurso es sentir, gradualmente, cómo las palabras, sabiamente manejadas, van adueñándose del auditorio; el orador mira, palpa, mide, el efecto inmediato de su elocuencia; experimenta la satisfacción de comprobar el

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poder de su convencimiento, hasta que llega el minuto en que tiene a sus oyentes suspendidos del hilo del verbo. La oratoria salta los muros del silencio, de la indiferencia, rompe los cercos, evade las trincheras y entra a saco a la ciudadela defendida, dueño y señor de la atención de todos, viendo como se cumplen sus propósitos inmediatos. Hay más: la palabra penetra a la conciencia de quien escucha; pero, además, ahí permanece, en los meandros de la subconciencia, y nadie puede vaticinar cuándo ni cómo germina dentro de cada individuo. Sembramos discursos. No soñamos cual puede llegar a ser la cosecha. Las voces se bifurcan como raíces en las entrañas, en espera de brotar potentes ramas y árboles gigantes con sombra generosa o nidos de pájaros y de auroras.

Este ensayo es, pues, tributo de lealtad a la palabra. Testimonio de amor al verbo. Lealtad a la integridad de las tribunas. Nadie pretenda jugar a la oratoria. La oratoria no es una finalidad en sí, sino un medio, el más eficiente, para cumplir fines humanos. El orador cumple una artesanía, un oficio, y como todo quehacer tiene su técnica y su genio. El genio produce la elocuencia; la regla, la práctica, culminan en la oratoria. El orador no es el malabarista de los conceptos; no sostiene el pro o el contra –como calumnia a Sócrates Aristófanes en Las nubes–, se supone que el orador es el caballero de la verdad. El orador, se acepte o no el calificativo, es un misionero. El propagandista de las causas justas; expositor de los ideales nobles; cantor de la solidaridad, del apoyo mutuo, del amor. Sófocles advierte esta cualidad innata, cuando en su obra Edipo en Colona nos dice:

“Eres famoso para hablar, más sabes que no es posible hacerlo en todo tema con tino igual. . .”

El poder de la palabra es infinito. Por ello es que hay que cuidar celosamente de su empleo. Hablar con prudencia

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es tarea de discretos; hablar por hablar es negocio de gente necia. ¡Que no tengamos que arrepentirnos nunca de las palabras que hemos proferido, las que sembramos a lo largo de las tribunas! ¡Que no tengamos que ir a recoger, avergonzados, los trozos de la palabra que empeñamos un día y rompimos luego!

¡Quitarle a la palabra su máscara! Tener valor de desnudar las palabras, hasta que sean las nuestras, nuestras para siempre. Esto es lo que cumple el hombre cabal, el hombre-hombre.

Porque, cuando yo era niño hablaba como niño; pero ahora, que ya soy hombre, hablo como hombre. Así nos educó Pablo, el de Tarso, quien, con su sabiduría y su caridad, fue un gran orador.

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La oratoria es una vocación; la más difícil y la más bella. Hablar, expresar lo que pensamos, sentimos, amamos, constituye un goce infinito.

Alguna vez dijo el maestro Giménez Igualada: “Hay una virtud moral que ordena el bien obrar; pero hay otra, a la que podríamos llamar virtud intelectual que se refiere al bien pensar y, como resultado, al bien hablar, no pudiendo andar la una sin la otra, ya que del buen pensamiento nace el buen acto, que hace más agradable el rocío de la buena palabra”.

La palabra tiene una doble misión libertadora. El varón que la expresa en voz alta, experimenta el encanto de la liberación personal; pronuncia lo que anhela desde el rincón del misterio de su individualidad, es una especie de confesión, de catarsis, y, tiende, naturalmente, a llevar a sus hermanos, a la libertad que ama. Porque todo discurso es una incitación a la libertad de nuestros semejantes. Con el discurso comparte lo más selecto de su espíritu, puesto que suponemos que sólo palabras de bondad y de belleza puede preferir el orador que se estima así mismo. Hay oficios que ennoblecen a quien los ejecuta. Hay oficios con entraña poética que perfuman el alma de quien los cumple. Por ello, el orador es un artesano que transforma el lenguaje, devuelve brillo a las palabras, da al concepto su dimensión más profunda y lava el rostro de las emociones cotidianas. Recrea las voces. Y es que cada voz tiene su cuerpo, su estatura, su color, su profundidad. Y es tarea del orador no sólo respetar la calidad de los términos, sino agrandar su horizonte, penetrar como el minero al corazón de la veta y extraer de cada palabra el oro y la plata de su original riqueza.

Se ha dicho que algunas palabras –como las monedas– han extraviado su cuño, su limpieza, y que difícilmente son reconocidas; pero el orador reivindica la alcurnia de la voz y las palabras se funden en sus manos para renacer como su prestigio literario, pero mayormente dispuestas a embellecer lo que expresan.

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Es cierto, hablamos de un orador que no es capaz de traicionar su vocación humana, Platón, puso en labios de Sócrates un agrio comentario en contra de Protágoras, cuando les reclama a los sofistas el artificio de probar que lo negro es blanco y lo blanco es negro; no, es esto la oratoria, aunque Aristófanes, en su obra Las nubes envíe al personaje a estudiar el arte de la palabra para salvarse de los acreedores y evadirse, así, de la justicia. El orador no es, tampoco, el habilidoso prestidigitador de la verdad al servicio de un amo, listo para elogiar y ponderar a quien sirve; el orador, admitimos, es hombre integro, cabal, honrado, un caballero – tomado este concepto con su fondo de dignidad– incapaz de mentir, de adular, de descender a bajos menesteres.

Apunta el mismo maestro Giménez Igualada, en su conferencia de Oratoria: “el hombre de hoy, moralmente preparado, debe vigilarse así mismo para detener su mano cuando vaya a descargar el golpe contra su prójimo, y el que no se frena dejando rienda suelta a su instinto animal, es porque continua pegado a la animalidad de sus antiquísimos abuelos.

“Quizá sea ese hombre –sigue diciendo el maestro– el que vaya a buscarte, joven orador, para que lo ensalces y endioses, ya que él no sabe hablar, como tú, en forma convincente y bella; quizá se ofrezca soldada para que tu elegante oratoria la pongas a sus pies; quizá considere que estás bien pagado con que te vea y cuente entre los que componen el cortejo de sus servidores. Pero si lo aceptares, tus hermosos sueños de orador capaz de alcanzar las altas cimas de la hombría y de la belleza, quedarían reducidas a pobres oraciones pronunciadas desde un balcón cualquiera y dirigidas a gentes aborregadas por el predador que a ti te paga”.

Y, es verdad, este es el destino, la dura suerte, de muchos jóvenes oradores que vendieron sus primogenitura por auténticas migajas. Y, sin embargo, como ya hemos señalado, la oratoria es fuente de las más bellas y profundas

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emociones de alegría y de regocijo. Goethe, cinceló esta frase: “nadie cruza el bosque y sale de la misma manera”. Quiso decir, que el hombre vive en metamorfosis permanente, y que, aunque en cada aventura deja fragmentos de su ser, también gana, con la experiencia, un mundo maravilloso, totalmente desconocido para él, en cuanto está pleno de oportunidades.

La oratoria no es un capricho ni un aditamento cultural; responde a un imperativo vocacional; es, en cierto modo, el punto de arribo de la personalidad. Concreta diversas facultades del ser humano y ofrece una imagen de lo que el hombre es, o puede llegar a ser si se lo propone. Quien ya ascendió a la tribuna y conjugó el verbo frente a una multitud; quien sintió sobre sí los mil ojos del monstruo que está enfrente según bella expresión de D’Annunzio, ojos atentos, inquisitivos, amenazadores, este varón no podrá ya escapar, en el futuro, al encanto de las tribunas.

Antes de romper el silencio se sentirá morir de incertidumbre, paseará con los nervios escabritados, la imaginación en ascuas, el corazón en llamas; pero, luego, cuando ya liberado, sintiendo que trae un mundo sobre los hombros, un universo en la punta de la lengua que va a mostrar gloriosamente a los oyentes.

La tribuna embruja. El hombre, en la tribuna, brota del capullo habitual: es otro. No sólo crece en estatura física a las miradas que lo vigilan, si no que, intelectual, anímicamente, se cumple en su pecho una anvivalencia cabal: envejece y rejuvenece al par. Envejece en sabiduría, en experiencia. Son cien vidas más que lo acompañan; pero también rejuvenece, en cuanto le aparecen los bríos ímpetus, energía, entusiasmo, alegría de vivir, que son características de todo joven. Hay un fenómeno superior, el orador está traduciendo y expresando lo que cada miembro del público piensa y siente, sólo que no se ha atrevido a gritar frente a los demás. El orador goza la mayoría de edad de su hombría, el

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verano de su genio creador, la primavera de su jerarquía de hombre bien.

Tal vez por ello, orar tiene dos acepciones que se complementan: ora quien se comunica con los dioses; establece lazo con el más allá; dialoga con el infinito; y, también ora el que habla a sus hermanos los hombres, se entiende con ellos, los representa en el debate contra el destino y sus limitaciones.

La oratoria es una variante del heroísmo. Plantado a la mitad del ágora, el orador habla por los demás, se opone a la explotación y a la esclavitud, aboga por las causas nobles, ofrece el pecho a sus victimarios, levanta la cabeza para que le toque la primera piedra lanzada por los violentos.

El orador aceptó, desde el prólogo de su vocación, esta inmolación; el ejercicio de un sacrificio permanente que implica su filiación con la moral.

No hablamos de una moral con normas; nos referimos a la moral individual que no se aparte de la sentencia de Calderón de la Barca: el honor es la sombra de la propia estimación, y esto es lo que el orador reclama: despertar la conciencia de cada uno de sus prójimos para que predomine la estimación personal, el respeto recíproco será la consecuencia de la conducta de cada unidad de valor humano.

Largo tiempo se profesó el cumplimiento de la palabra de honor como distintivo de la jerarquía humana; el orador sabe que cada una de sus palabras, tácticamente, es un palabra de honor que hay que cumplir celosamente. Al fin, el hombre es su palabra. Y el orador es más hombre en la medida que acepta su compromiso humano con mayor heroísmo.

El orador que se enajena, golpea sus alas sobre los muros de una prisión. Por la palabra serán los hombres libres. Por la palabra ganarán los pueblos su libertad y el goce de la solidaridad que los salve.

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Podemos postular esta hipótesis de trabajo, hay discursos horizontales y discursos verticales.

El orador horizontal –hombre horizontal–es el que repta, se envilece, está atado a la ambición de poseer, de aumentar sus beneficios, de abarcar lo más que le sea posible; vive en la superficie, desea mayor extensión y más espacio horizontal. El orador vertical parte de la tierra, ostenta sus raíces telúricas; asciende hacia arriba, gana en profundidad y en hondura; su contenido está ligado a las entrañas de la vida; sus palabras están emparentadas con minerales y vegetales, con raíces; su elevación lo lleva hacia lo azul, hacia lo luminoso, hacia las estrellas. Este orador –hombre vertical– no se ha divorciado de la realidad, puesto que la realidad primigenia está en la tierra, pero, en cambio perfecciona su camino de hombre y sube hacia regiones más limpias y más puras.

Tal vez hubo época en que fuera indispensable recomendar –como lo hizo Bacom– poner plomo a los pies del cuerpo con alas. Sólo que, en esta época, de triste maquinismo, de automatización, de robot sin redención, es imperativo, retornar a las alas, quitar el plomo, impulsar mejor el vuelo. Y, el orador será el misionero de esta cruzada poética, en la que se mezcle el realismo con la magia, la razón con la imaginación, si es que pretendemos redimir al robot, imprimir otros sentidos a la existencia y salvarnos del ecocidio que nos amenaza a los humanos, según la docta advertencia del Dr. Fernando Cesarman. Una oratoria que satisfaga el ejemplo de los molinos de viento, que marca Eugenio D’Orss, en hermosa glosa: el molino está pegado a la tierra; satisface una utilidad al moler el trigo y producir harina, pero deja que sus alas acaricien el azul de la noche para que estén en contacto con las estrellas.

¡Malhaya los bellacos que pretenden mutilar al águila del verbo y restarle hermosura a la palabra!.

Hay individuos, que presumen de oradores, y, en verdad lo que son es recitadores, declamadores, artistas

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aficionados de teatro. Nos referimos a quienes, previamente, han aprendido de memoria una serie de discursos, o fragmento de discurso, que llaman “mosaicos” y que luego acomodan en cualquier ocasión.

Si tuviéramos que distinguir al orador del declamador, diríamos que el orador está en el proceso de la creación, es activo, dinámico, mientras que el declamador, o el actor, estarán siempre repitiendo lo que otros han escrito. Y, no importa que el actor o el recitador redacte su propio papel, de cualquier manera, en el momento de la exhibición está en posición de repetidor. ¿Puede llamarse a esto un orador?

Randolph Leigh, autor de un libro interesante,

Oratory, y director de los primeros concursos de oratoria,

subraya la semejanza del orador con el actor, por lo que atañe a sus recursos escénicos que usa el que habla en público y que, en algunos casos, resultan inclusive exagerados. Y, ciertamente, algunos oradores –para no decir que todos– actúan y aprovechan estos medios para impresionar al público con ventaja; pero ello no quiere decir que se confundan los géneros. Por lo demás, conviene precisar este concepto: un orador es tan actor como cualquier individuo lo es en la vida diaria. Cada quien actúa a su manera. Lo mismo que cada quien está usando la oratoria en la conversación diaria. Obsérvese a quien discute a quien platica, a quien trata de persuadir a su amigo o cliente y se verá en pequeño, la práctica de la oratoria con su variedad de recursos. Se cambia la voz, se provoca el énfasis, se mueven las manos, y , también, se carga de emoción lo que se dice.

El discurso nos apremia a vivir. Es una forma de vida. Un discurso equivale a una conducta; cuando menos incita a ella, la provoca. De aquí el valor educativo que tiene la oratoria. Instruye deleitando –como pidió Anatole France– y, positivamente, cada orador es un maestro. Si aceptamos el distingo entre instruir y educar, tendremos que la oratoria satisface a las dos atribuciones pedagógicas, porque instruye

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cuando hace de la tribuna una cátedra en llamas, y educa, cuando coopera a modelar el carácter humano.

El maestro Giménez Igualada, nos llama la atención a este respecto, en su obra, Los caminos del hombre: “el lenguaje que se emplea en la conversación o en el discurso, deben de entenderlo todos los hombres, única manera de ser y de sentirse universal por haber comprendido y amado la universalidad. El que habla y el que escribe –me sigo diciendo a mi mismo– debe hacerlo con tal dulzura y con tal entereza como si su palabra, sin avergonzarse jamás de ella, hubiera de subir, siglos arriba, hacia la eternidad. Así hablaron y escribieron los mejores, los que se han perpetuado hasta nosotros. Los que no supieron crear humanidad murieron para siempre”.

El orador semejante es a Prometeo. Diríamos, metafóricamente que ha robado el fuego a los dioses. A dado fuego a los mortales. Es el origen de la cultura y de la civilización. En el principio de la cultura –la cultura es un estilo de vida– está el verbo. No podríamos olvidar que el fuego elimina las sombras e ilumina los caminos del hombre y esto es la función específica del discurso, brillar en la oscuridad encender la lámpara para que los viandantes encuentren el sendero preciso y no corran el peligro de extraviarse. Prometeo se ufana en el drama esquiliano, de haber salvado a los hombres del dolor y de la muerte, porque “sembró en ellos la ciega esperanza”; esto es lo que realiza el orador: disipa las penas, nulifica las incertidumbres, supera las angustias y deja clavada en el pecho de los oyentes, siempre una ciega esperanza.

Todo orador es un utopista; un soñador. El orador es, también, un rebelde.

El hombre rebelde, definió Albert Camus, en su obra

El hombre rebelde, nos dice que la rebeldía contiene dos

tiempos precisos: la inconformidad con el espacio tiempo que vive y que se traduce con el grito de ¡ya basta!, y, el sueño, utópico, de un mundo mejor que el presente, donde se

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corrijan las causas que motivan la protesta. El orador, teóricamente cuando menos, cumple esta obligación, es el profeta que clama contra el mal y, también el arquitecto que diseña la ciudad futura. No se habla por hablar; para satisfacer una vanidad; se habla para comentar, analizar, criticar, una situación dada, y se habla, así mismo, para formular la visión lejana de lo que sería la vida ideal. Y, conste que, el orador no ordena,. No coacciona, ni siquiera aconseja, simple y llanamente expone sus pensamiento para que sea cada hombre quien, en el interior de su consciencia, dictamine lo que juzgue conveniente y adopte las decisiones que le parezcan justas.

Entonces, ¿qué objeto tiene la oratoria?. Iluminar, dilucidar conceptos, aclarar paisajes frente a los ojos de los hombres, los hermanos. Por eso es que los griegos, los maestros de la humanidad, dedicaron tantas horas en ejercicios oratorios. Por eso es en Atenas donde ha de iniciarse la historia de la elocuencia cuando Demóstenes, al decir de Clemenceau en obra Demóstenes, hablaba por Grecia para liberarla del peligro de Filipo y de la cultura oriental.

Plutarco, en sus Vidas paralelas, consigna esta opinión de Filipo: no temo a los generales; le temo a Demóstenes, porque con sus discursos es capaz de unir y levantar a los pueblos helenos en mi contra. Y así fue. Muchos años después el más breve discurso y el más relampagueante, derribo los muros de la Bastilla y la elocuencia de Danton, de Mirabeau y de Robespierre, cambiaron el rumbo de la historia universal.

Nadie debería dudar del poder determinante del verbo humano. Sobre todo cuando meditamos que Budha, Jesucristo, Mahoma, y los conquistadores más renombrados, usaron de la palabra como de un arma favorita para conquistar el cumplimiento de sus deseos. Ahí donde vibró un conducto de pueblos, un guía, un maestro, ahí estuvo un orador.

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El problema del hombre, nos ha dicha los psicólogos es encontrar su exacta vocación. Un buen número se equivoca. De aquí el fracaso que revelan las estadísticas en la población escolar. Y, sin embargo, parece sencillo. José Enrique Rodó, con su magnifica prosa, fluida y bella, ha dejado en su obra, Motivos de Proteo, discretas advertencias: “Una vocación poderosa que ha ejercido durante mucho tiempo el gobierno del alma, reconcentrando en sí toda la solicitud de la atención y todas las energías de la voluntad es como luz muy viva que ofusca otras más pálidas, o como estruendo que no deja oír muchos leves rumores. Si la luz o el estruendo se apagan, los hasta entonces reprimidos dan razón de su existencia. Aptitudes latentes, disposiciones ignoradas, tienen así la ocasión propicia de manifestarse, y, a menudo, se manifiestan, en el momento en que pierde su ascendiente la vocación que prevalecía”.

Esto –ya se manifestó–es tarea ardua. La mayor parte de los seres humanos nos equivocamos. A veces, como lo indica Ortega y Gasset, un hombre vive, trabaja, se ufana, sufre, sueña, se alegra, y todo ello sin haber encontrado su verdadera vocación. Esto explica por qué tantos ciudadanos deambulan con su fardo de frustración a las espaldas. Recalca el filósofo español en su obra, Goethe desde adentro, “Vivir es ser fuera de sí realizarse. El programa que cada cual es, irremediablemente oprime la circunstancia para alojarse en ella. Esta unidad de dinamismo dramático entre ambos elementos yo y el mundo es la vida. Forma, pues, un ámbito dentro del cual está la persona, el mundo y ... el biógrafo”. Y más adelante: “Considerada así la estructura humana, las cuestiones más importantes para una biografía serán estas dos que hasta ahora no han sólido preocupar a los biógrafos. La primera consiste en determinar cuál es la vocación vital del biografiado, que acaso éste desconoció siempre. Toda vida es más o menos, una ruina entre cuyos escombros, descubrimos lo que la persona tenía que haber sido... La segunda cuestión

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es aquilatar la fidelidad del hombre a ese su destino singular a su vida posible”.

Y es cierto. Quien más, quien menos, en alguna estación de la vida sentimos que no somos lo que hubiéramos deseado ser; que hemos traicionado en algún sitio, en algún tiempo, la vocación auténtica que existía en nuestra adolescencia o en nuestra juventud.

El verso de Dante Gabriel Rossetti, se vuelve una espina en la conciencia:

“It might have been...”

Todo pudo haber sido, todo pudo ser, el rumbo de los días quizá pudo haber diferido de haber hecho esto o aquello. Y el si, condicional nos atormenta.

Esto dura sólo un instante. Frente a lo hecho no caben sino nostalgias y la resignación valiente para proseguir adelante. De todos modos, lo prudente es vigilar la vocación, espiarla, no desaprovechar la ocasión que la pintan huidiza. El orador, fiel a su vocación, tan bella a de consagrarse con fervorosa pasión y no traicionarla.

La oratoria es una vocación celosa extremadamente celosa. Demanda dedicación total, y lo grave es que cuando la abandonamos inmediatamente se deja sentir en forma de reproche y aparecen terribles deficiencias. Algo así como si el pensamiento emmoheciera, como si la lengua se tornase estropajosa, y las palabras cayeran y rebotaran, antes de salir con soltura, con diligencia, con elegancia.

Cualquier expresión artística –en cuanto al oficio– reclama atención diaria, tenaz, impostergable. Ocho o más años, ha de permanecer el estudiante en el Conservatorio para graduarse como cantante, pianista, violinista e igual o más tiempo, estudiará el joven antes de llegar a ser escultor o pintor. . . El arte es largo, porque, después, tendrá que proseguir ascéticamente, toda su existencia en busca de mayor perfección en el dominio de los elementos de su arte

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¿Como pensar que la oratoria es arte fácil, al que se llega, se está una temporada y se abandona, impunemente?.

En el pórtico de la academia de oratoria debiera repetirse la admonición tajante: Que no entre quien no tenga vocación.

El orador no concluye sus estudios de oratoria. La elocuencia no es una letra de cambio a tantos años; es vocación vital. Porque la oratoria –como hemos de ver– no es concebible sin una seria, profunda y amplia cultura, sin ser rico, en sabiduría, en filosofía, economía política, arte, política, sociología, etc., para no correr el riesgo de firmar cheques en blanco.

No se puede hablar de lo que no se sabe. De la nada no se habla. Podremos improvisar acerca de aquello que ya conocemos, so pena de que nos atreviéramos a inventar los temas y a decir palabras sin lógica ni sentido común, que es lo que, infortunadamente, hacen muchos sujetos. Luego, es imperativo que el orador se prepare, por días, por meses, por años, con un severo rigor, con obstinado rigor, mediante el estudio, la lectura cotidiana, la meditación; más, mucho más que otras personas, porque si éstas no se verán comprometidas a hablar en cualquier caso, los oradores sí, puesto que el mundo espera que satisfagan su oficio, que es el de orar, sin titubeos, con aplomo, en las circunstancias que se presenten.

El ataque a los oradores viene de lejos. La calumnia, la diatriba, el desprecio, han corrido paralelamente con los aplausos. Por ello es que no extrañan los argumentos, en pro y en contra, que se supone sostuvo Cicerón y que recogió en su libro, Diálogos del orador.

El libro es fuente de observaciones geniales. No es prudente espigar, al desgaire, porque la obra en total es inapreciable; pero con atrevimiento, anotaremos: “Solía decir Sócrates que todos son elocuentes en lo que saben bien. Y aún es más verdadero que nadie puede hablar bien de lo que no sabe. Y que aunque lo sepa, si ignora el arte de construir y

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embellecer el discurso, no podrá explicar lo mismo que tiene bien conocido.”

Y agrega: “nadie merece el título de orador si no está instruido en todas las artes propias de un hombre libre”.

Marco Tulio Cicerón reitera infinidad de veces: “Pero primera, los secretos naturales; segunda, el arte lógica; tercera, la vida y costumbres, dejemos las dos primeras en obsequio a nuestra pereza, pero retengamos la tercera, que fue siempre del dominio del orador, pues sin ella nada le quedará en que pueda mostrarse grande.”

Esta sana y nutricia opinión no es propiedad exclusiva de Marco Tulio Cicerón, ella está presente en buen número de maestros y filósofos de la antigüedad y de tiempos modernos.

El orador no es sólo un operario de “lengua veloz y ejercitada”, es un varón prudente, estudioso, investigador, que lee con acierto, anota y retiene los pensamientos célebres para salpicar, después, sus oraciones, con el testimonio de los ingenios superiores que en el orbe han sido.

Por el camino de la vocación cumplida se llega a la elocuencia. El propio Cicerón nos aclara: “Llamaba yo diserto al que podía hablar, según el parecer común, con cierta agudeza y claridad, en presencia de hombres no vulgares; y reservaba el nombre de elocuente para el que pudiese, con esplendidez y magnificencia amplificar y exornar cuanto quisiera, y tener en su ánimo y en su memoria las fuentes de todas las cualidades que pertenecen al bien decir.”

De lo que se deduce que hicimos perfectamente, al principio de este ensayo, en deslindar los terrenos de la oratoria y separar la elocuencia, como rasgo inequívoco del chispazo genial, con el que, seguramente se nace, pero el que se desenvuelve, mediante el heroico esfuerzo cotidiano, ese “obstinado rigor”, que parece que fue el lema del divino Leonardo Da Vinci.

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Sin embargo, haremos mejor si insistimos y, al efecto, escudriñamos las páginas de Horacio Zuñiga.

En su obra, Ideas, Imágenes, Palabras, el libro de los

oradores, afirma: “es necesario que comprendamos que no

puede haber gimnasia más bella que la de la inteligencia; ni busca más hermosa que la de la verdad; ni contienda más sublime que la del pensamiento hecho palabra y la palabra hecha al mismo tiempo razón y metáfora, ciencia y arte, raíz y fronda, montaña y nube, garra y vuelo, como en la imagen eterna del filósofo inglés que proclama la dualidad del garfio vegetal que taladra la roca para extraer la sangre de la sabia y el ímpetu de la ramazón que arroja la flor y el fruto al esplendor del cielo.”

A Horacio Zuñiga lo criticaron sus enemigos –triunfo de la envidia y de la impotencia– porque usaba abundantemente de la metáfora. Entonces adujeron –como harían hoy– que era preferible la sencillez, la modestia, y, sobre todo, que la oratoria palabrera, adornada, metafórica, pertenecía al pasado.

Inevitablemente se vuelve a este tema. El fondo no es separable de la forma y, no concebimos –ni siquiera concebimos– la forma sin el fondo. Hay una síntesis perfecta. Lo que sucede es que la incapacidad para hablar en público y para hacerlo bellamente, obliga a los tartamudos espirituales a multiplicar las invectivas contra los oradores tan completos como lo fue Horacio Zuñiga.

No es posible pedir un solo estilo. Si el estilo es el espejo del hombre, no es razonable exigir un tipo de hombre único, sin reconocer la enorme variedad de hombres que existen. Es tanto como criticar a la montaña comparándola con el valle. Yo prefiero los valles; pero yo, nos diría otro, prefiero las montañas.

El orador habla según su temperamento y no es justo tratar de imponer modalidades ni modos para hablar; cada quien ha de ser auténtico, quizá porque la ausencia de autenticidad en la vida provoca tantas frustraciones fatales.

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El orador es el baluarte de la libertad, el paladín de la justicia. Tal parece, por ello, que en climas de libertad nacen y se reproducen los buenos oradores y que en tiempos de dictadura, totalitarios, no hay campo propicio.

“Sólo los que obran mal, temen a los que hablan bien, y sólo los impotentes y los despechados, pueden condenar la oración.”

La oratoria revela la esencia del hombre; supera su existencia; es fundamental, trascendente, definitiva y eterna, porque así es la palabra, porque así es el hombre; porque el hombrees y será siempre su palabra, y en conservarla, en mantenerla, en serle fiel, está el secreto de la sabiduría.

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3.-EL ESTILO DEL HOMBRE ES SU

PALABRA

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El mundo maravilloso de los niños nace con la palabra. La madre, con su amor y ternura se lo va describiendo, cada vez que la madre nombra una cosa, un ser, un aspecto de la vida, el niño entra a la poesía y a la magia.

Las cosas se animan al conjuro del verbo. La palabra identifica su esencia; antes de ser nombradas, existen, pero después de que la voz las define, adquieren y revelan su esencialidad.

En el niño perdurará no sólo la contación que explica la madre, sino el tono de la voz, la emoción que cada término encierra, la acción que late escondida en el verbo, como la mariposa es la crisálida. Todo ello continuará a lo largo de los años; quizá, por esta razón, es cierto, que jamás dejamos totalmente de ser niños, puesto que tenemos atesorada la sensibilidad maternal guiando nuestros pasos por los caminos del hombre. Porque la función educadora de la madre no está en las órdenes que dicta, tampoco en los consejos que prodiga, el secreto educativo está en su voz que acaricia, que convence, que conmueve. La atmósfera emotiva circunda la presencia femenina, y es ella, la madre, la única modeladora –con su cariñosa palabra– de la conciencia infantil.

Son los primeros discursos que escuchamos. Puede carecer de orden, de habilidad técnica; pero rebosan de elocuencia, la elocuencia directa que da el amor, el cuidado, la solicitud y la consagración que hay en cada palabra que dice la madre al hijo.

Si es verdad –como ya se ha apuntado– que cada ser nace con un temperamento y que la educación, obrando sobre él, forma el carácter, entonces hay que convenir en que el arma mejor que tiene el educador es su palabra.

Esto es lo que tenemos que entender, con profundidad, para no continuar desviando los métodos de la educación. Porque la educación cabe dentro del símbolo de un triángulo equilátero: el hogar, la escuela y la calle o medio ambiental. De tal modo que la madre es la máxima educadora, y luego, el maestro continúa la tarea iniciada en la

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ejemplaridad hogareña. Pero el maestro sería incapaz de cumplir con su misión si no encuentra ya en el niño el germen amoroso que depositó la madre mediante sus palabras. El maestro prosigue proporcionando al niño nuevas y bellas palabras. De aquí que resulte impostergable el hecho de que los maestros tienen la responsabilidad de las palabras que usan frente a los niños. Un auténtico Maestro se cuidará de pronunciar palabras tristes, feas, iracundas, perversas, sabedor de que el niño no sólo las escucha sino que las guarda en su subconsciencia y ahí van creciendo sin que nadie se dé cuenta del fenómeno psicológico. Por último, el niño se encuentra, de repente, en medio de una terrible contradicción. El contraste es violento. La calle, las pandillas, pueden presentar al niño un mundo insospechado de picardía y de angustia. Oye malas palabras. Se ha transformado el lenguaje y golpean la puerta de su conciencia verbos armados con aguijón inclemente.

Son los tres tiempos ineludibles en el proceso educacional de cada individuo: lo que heredó de la madre, principalmente; lo que heredó del maestro; lo que está recibiendo del barrio donde habita.

Sociológicamente la lengua determina; la patria se define como el amor a la tierra, a las raíces; pero también la historia y el lenguaje, el idioma, que son lazo de unión directo y el medio de expresión y de comunicación ineludibles.

Mariano H. Cornejo, en su texto de Sociología deslinda el término: “El lenguaje define, precisa y permite combinar los conceptos”. Es decir que podríamos pensar y sentir; pero no tendrían validez ni el pensamiento ni el sentimiento, si no llegan a expresarse; es prácticamente, como si no existiesen.

El lenguaje, como vía de comunicación, es puente luminoso.

Por eso que el orador tiene veneración por las palabras; las selecciona, las limpia del polvo de los siglos y

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les devuelve su brillo natural y primigenio; usa de las justas, de las exactas, de las cabales y no pierde de vista que hablar en público es tanto como arrojar semillas a la tierra y repetir la bella parábola del Maestro de Galilea: nadie podría vaticinar cuál va a ser el destino de cada palabra. El discurso puede hallar tierra fértil, puede morir entre rocas o puede extraviarse en el desierto; pero la palabra caída en su sitio, germinará, echará raíces, brotará a la superficie rompiendo las resistencias y se elevará triunfalmente hacia el espacio.

La vida espiritual es una alcancía. El hombre, quiéralo o no, va acumulando paciente, gradualmente, sus vivencias. Quedan en él, se desarrollan, Inclusive los imperativos más insignificantes en la época de la niñez; ahora sabemos que se esconden entre los pliegues de la subconsciencia y que ahí, dinámicamente, persisten en un periodo de continua transformación hasta que un estímulo externo, los libera y brotan tumultuosamente, manejando la conducta del individuo. Por eso aseveramos que la vida espiritual es una alcancía. Las horas, los días, los meses y los años, depositan sus monedas; atesoran pensamientos, emociones, experiencias y paisajes.

Las palabras desempeñan un oficio de escultor; modelan el retrato del personaje. Crecemos a golpes de palabras así como el mármol a golpe de cincel.

Alberto Hidalgo, uno de los grandes poetas de América, señalo en su obra, Tratado de Poética, la diferencia entre la palabra exteriorizada y la palabra interna. Dice: ¿Como podría negarse que hay una palabra interior, anterior a la palabra hablada? Ella por lo demás ha sido presentida por los más grandes filósofos, aunque el honor de haberla estudiado a fondo o descrito en sus detalles más minuciosos, mejor que otros lo hicieron, pertenece a Víctor Egger, el más importante, de cuyos libros se llama La parole interieure, precisamente, más no se pretenda identificarla con el pensamiento que, en abstracto, es otra cosa y en concreto, es una sucesión o relación de palabras”.

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Los críticos están de acuerdo en que toca a los poetas descubrir el otro mundo de las palabras; ampliar sus horizontes; profundizar su existencia. Expresa Alberto Hidalgo: “Ya que la ciencia dormita, revelar el valor mudo, callado de las lenguas”.

Pero, nadie podría negar que esta misión la comparten también, y con mayor frecuencia, los oradores.

El discurso no esta reñido con la poesía. No debe estarlo. Poeta y orador usan el lenguaje y a él se deben. Son las palabras su medio exacto de expresión.

El poeta Octavio Paz, en su estudio, El arco y la lira, afirma: “El lenguaje hablado está más cerca de la poesía que de la prosa; es menos reflexivo y más natural y de ahí que sea más fácil ser poeta sin saberlo, que prosita. En la prosa la palabra tiende a identificarse con uno de sus posibles significados a expensas de los otros: al pan, pan y al vino, vino”.

El propio poeta Octavio Paz asevera: “Hay una nota común a todos los poemas sin la cual no serían nunca poesía: la participación”.

Está es la participación directa que se establece – ¡mediante el verbo!– sobre todo en los discursos. Por que le discurso no finaliza cuando el orador da las gracias y se retira de la tribuna; entonces es, precisamente, cuando se inicia la germinación secreta, misteriosa, mágica, de las palabras que el orador ha lanzado al viento, con actitud de siembra, y que han sido recogidas por los oyentes. Hay que esperar a que el tiempo las madure y a que salga vibrante la cosecha del discurso.

La palabra verdadera –como en el salmo– da su fruto a tiempo y su hoja no cae.

Nosotros en cierto modo nos alimentamos con palabras. ¡Si esto lo superan los maestros, sólo palabras dulces nos darían cuando somos niños.

El mismo poeta Octavio Paz, en su magnífico libro, ya citado, El arco y la lira, enfatiza: “El hombre es un ser de

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palabras” y a continuación, “La palabra es le hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento; lo primero que hace un hombre frente a la realidad desconocida es nombrarla, bautizarla”.

Ciertamente, el hombre es él y las palabras. Dependerá de qué palabras cuando su infancia, para determinar cuál podrá ser su conducta. La historia se hace con palabras. Las grandes revoluciones, ¿qué han sido, verdaderamente sino palabras levantadas en armas?

Todo acto de rebeldía es una rebeldía contra palabras ya gastadas, que han servido para justificar a los dictadores, a los enemigos de la libertad. Las palabras sagradas, las palabras solemnes, las palabras de orden y de obediencia, la torre de Babel de las palabras inútiles que esclavizan y justifican la esclavitud como fenómeno natural. No hace bien Hamlet cuando murmura, con cierto aire despectivo, palabras, palabras, palabras, porque el hombre no es una sucesión de burbujas sino de palabras vigentes que lo mueven, que lo determinan, lo sitúan en le combate.

Relata la anécdota que el genial Juan Montalvo, el autor de los Siete Tratados, había escrito y pronunciado discursos en contra del tirano Rosas, y cuando este murió, el genial prosista, pudo exclamar con regocijo: Yo maté al tirano con mis palabras. Y seguramente que alguien conocerá el panfleto de Alberto Hidalgo contra el dictador Sánchez Cerro incluido en su obra Diario de mi Sentimiento, es el panfleto más feroz que yo haya leído; un alarde de adjetivos denigrantes, y de sustantivos como puñales, de verbos como bombas; el final era lógico, previsto ya por le poeta; un estudiante, que traía en su bolsa, un folleto, lo asesinó a balazos.

El mismo Alberto Hidalgo, en el prólogo a su panfleto

Odas en contra, que apenas son conocidas por que esta obra

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