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9 LEÑADOR EN LA NOCHE OSCURA

In document El Hombre Es Su Palabra (página 119-136)

Proclama la sabiduría árabe: “El charlatán es como el leñador en noche oscura”.

Hay que desconfiar de los que charlan; de quienes parlotean; de quienes se anuncian para decir cosas.

El hombre habla lo que tiene que hablar. Expone su palabra como un acto de su voluntad, como un sello de su individualidad.

Las palabras no son listones a colores; juego de abanlorios. Cada palabra es testimonio de su espíritu.

Calla si no tiene nada serio, importante, trascendental que compartir con sus hermanos.

Quizá por esto es que la filosofía pitagórica obligaba a sus discípulos a permanecer cinco años en silencio; cinco años previos antes de predicar la buena nueva: Y parecerá paradójico que en un ensayo de oratoria se exalte al silencio; pero es que el discurso de los hombres está formado tanto de palabras como de silencios. Hay la elocuencia del silencio. Hay la palabra del silencio. También el silencio habla. Acaso toda voz tenga en la subconciencia un universo de silencios. Acaso todo discurso se esté nutriendo de enormes pausas, de interrupciones, de largos y anímicos paréntesis.

Recuérdese esta anécdota también árabe: “Un sabio fue insultado con palabras soeces, a las cuales no respondió. Preguntado por la causa de su silencio, el sabio dijo: “No quiero entrar a una guerra en que el vencedor resulta perdidoso”.

¡Ah!, si pudiéramos recoger las palabras, miles de palabras, que dejamos caer impensadamente en el camino de la existencia y de las cuales ya estamos arrepentidos!

El mérito no está precisamente en lo que ya hablamos sino, tal vez, en lo que prudentemente dejamos dentro de la boca sin decir. Yo he aprendido, en tratándose de poemas y también de prosa, a encontrar después de los puntos finales, las cláusulas que el autor no se atrevió a pronunciar, las líneas que se quedaron en la intención sin salir al aire.

Sin embargo, parece incongruente admitir que la mitad del hombre es su lengua.

Los mismos árabes, tan sutiles, discípulos del desierto, han consagrado este apotegma: “Son tres los causantes de la perdición del hombre: su boca, su estómago y la mujer del prójimo”.

Un judío consultó a Mahoma sobre una cuestión, y esperaba una respuesta inmediata; más el Profeta hizo esperar al judío una hora, al cabo de la cual evacuó la consulta.

“–¿Por qué demoraste tanto tiempo una respuesta que de antemano sabías?

–Por respeto a la sabiduría –replicó Mahoma”

No se le ha pedido al orador sino respeto a sí mismo; respeto a su sabiduría.

Que el orador mida sus palabras que pese sus conceptos; que pondere sus emociones; que no peque de ligereza; ni de presunción, ni de irresponsabilidad.

La violencia nubla el entendimiento, ciega la inteligencia, ennegrece al corazón.

Si arguye, si argumenta, si penetra al resbaladizo terreno de la discusión, que no mezcle las ideas ni menos los propósitos. Una cosa es discutir, otra es disputar; diferente es polemizar y debatir.

Roque Barcia, en su obra, Sinónimos castellanos, específica: “Discutir, debatir, controvertir. La discusión es académica. El debate, habla con pasión. El que controvierte, disputa. Dos amigos discuten. Una asamblea debate. Dos escuelas científicas controvierten. Se discute para dilucidar un punto. Se debate para echar abajo una ley. Se controvierte para vencer al enemigo. La ambición, el odio y la envidia puede entrar en el debate. El sofisma y la argucia puede entrar en la controversia. El amor a lo bello, a lo verdadero y a lo justo es el alma de la discusión”.

Pienso que es una inconsecuencia juzgar a los oradores en función de su habilidad retórica para hacernos creer que “lo blanco es negro y lo negro blanco”.

Seguramente que esta falsedad arranca de aquel diálogo de Platón denominado Gorgias o la retórica.

No está de más, en este capítulo, meditar acerca del método socrático, la mayeútica o parteo de las almas. Nos servirá para ver con claridad al orador y al sofista, al viajero con su sombra.

Han Ryner, el elegante y poético individualista, en su obra, L’individualisme dans l’Antiquité, sostiene una tesis valerosa y original: nos asegura que Platón puso en boca de Sócrates sus propios pensamientos y que así, si pretendemos conocer al divino ocioso, tendremos que buscarlo no sólo en Jenofonte sino, muy particularmente, en Aristófanes, en su comedia, Las nubes. Aristófanes, representativo de la clase conservadora en Atenas, fulmina con su agresivo humor la imagen del filósofo acusándolo de atacar y burlarse –con su elegante ironía– lo mismo de la religión, que de la riqueza y del Estado. Es decir, señalando sus elementos ácratas. Sólo por este método entenderíamos la verdadera razón por la cual se persigue a Sócrates, se le encarcela y se le condena a la cicuta.

Sócrates –nos afirma Platón– dijo: “Si el orador, gracias a su manera de obrar, es o no igual a los artistas enumerados, ya lo examinaremos luego si la discusión lo exige. Más por el momento veamos ante todo, si en lo que a la justicia y a la injusticia respecta, a lo hermoso y a lo feo, al bien y al mal, está el orador en las mismas condiciones que a lo de la salud y a los motivos de las demás artes se refiere; y si, sin conocer las cosas en sí, sin saber lo que es bueno o malo, hermoso o feo, justo o injusto, posee el secreto de la persuasión que le permita, sin saber nada, aparecer ante los ojos de los ignorantes más sabio que lo que los que verdaderamente lo son”.

Más adelante, en este Diálogo, ahora con Pólux, Sócrates asienta: “La oratoria es una especie de empirismo”.

Sócrates: A producir cierta especie de distracción y de placer...

Sócrates –No obstante de que no quiere lastimar a Gorgias, agrega:

¿Vas entonces a probarme, en contra de lo que yo pienso, que los oradores tienen buen sentido y que la retórica es un arte y no una adulación?”

La cuestión, planteada así, con la destreza socrática, coloca a la oratoria en el peor de los terrenos. Semeja ser tan sólo un instrumento al servicio de cualquier causa, puesto que la oratoria no es buena, no es bella ni justa y los oradores, que no saben de estas cosas, no son buenos, ni bellos, ni justos.

Pero la oratoria tiene otra perspectiva. No es una finalidad en sí; es, apenas, un medio para alcanzar ciertas finalidades. Y, si hay oradores que hacen mal uso de su herramienta de trabajo, culpa de ellos; también los hay para quienes la palabra es el medio más hermoso para defender las más extraordinarias causas.

Estamos deslindando el terreno de la moral en la oratoria y la responsabilidad humana en los discursos. La bondad es el cimiento de la palabra. El orador no es un profesionista que estudia y adquiere un oficio para vivir a costa de él; no es, de ninguna manera, un modus vivendi.

Hablar bien es propio el hombre; porque la palabra es un signo distintivo en la naturaleza y, además, el recurso para comunicarse con sus semejantes y fincar los lazos de amistad, de simpatía, de comprensión y, en suma, de solidaridad.

Diré que la palabra es el perfume, la flor de la conducta; diré que la palabra es el arco-iris en los momentos de la tempestad; diré que la palabra es la “escala de Jacob”, por la que asciende el hombre a pelear con Dios y con los ángeles y a vencerlos, como en la bella parábola bíblica.

Por eso no queremos que los oradores sean leñadores en lo oscuro, sino leñadores en plena luz; aurorales.

La palabra es conductora de vida, no “abanderada en derrota”; es aliento y fe y esperanza.

Federico Nietzsche, con la voz de Zaratustra –en su bello poema–, advirtió a la humanidad: “Son terribles los que llevan en sí la bestia salvaje, y que no pueden escoger más que entre las concupiscencias y las mortificaciones, y que sus concupiscencias son mortificaciones. Ni siquiera llegaron a ser hombres esos seres terribles. ¡Qué prediquen la aversión a la vida y que la abandonen! Estos son los tísicos del alma, que apenas han nacido empiezan a morir y a soñar con doctrinas de cansancio y de renunciación”.

Federico Nietzsche, sin embargo, propició un estirpe de hijos de la ira. El concepto del superhombre no encaja, literalmente, en la imagen del guerrero, sino en la del luchador. Y, ya sabemos, los guerreros son estériles y sólo los luchadores son fecundos.

La palabra es puente de gozos espirituales; de alegría vital. No es maestra de blasfemias o de lamentaciones, sino de bienaventuranzas y de motivos creadores; no oscuridad sino lámpara encendida para que ilumine los caminos del hombre. Fuente de regocijos; agua de vida eterna.

Apunta, otra vez, Federico Nietzsche: “Si encuentran un enfermo, un anciano, un cadáver, dicen en seguida: ¡la vida es refutada! Más los refutados son únicamente ellos, así como sus ojos que no ven más que un solo aspecto de la existencia.

“Sumergidos en fuerte melancolía y ávidos de los pequeños accidentes que matan, esperan apretando los dientes”.

Esta es la lección de Así hablaba Zaratustra. La lección de Nietzsche no es una lección de muerte sino una exaltación dionisíaca de vida.

Es verdad que los poetas –buen número de ellos– cantan al dolor, la pena, la angustia; es verdad que la angustia es filosofía que se multiplica desde Kierkegaard; pero la vida está plena de razones de júbilo constantes. La vida es algo más que un valle de lágrimas. No es rigurosamente exacto que tengamos que sufrir para ganar la salvación, con sentido

religioso. Dentro de este terreno místico, hay que repetir, con la Biblia en la mano, “que Dios es amor” y el amor no es necesariamente llanto sino sonrisa, goce infinito, primavera al alcance de los ojos.

Todo es hermoso alrededor del hombre. El cielo, el aire, los pájaros, los árboles, los ríos. Lo que sucede es que el hombre contemporáneo se alejó inconscientemente de la naturaleza; se entregó, ciego a un vértigo suicida; vive inestable, sudoroso, maniático de la prisa, mecanizado, enajenado, con miedo constante, miedo a todo, a la oscuridad, al mañana, a la guerra, a la quiebra de sus riquezas, al cambio ininterrumpido, a la contaminación ambiental que alcanza no sólo al aire sino a la tierra y al agua; este hombre de hoy enfermo de los nervios por el ruido, por la premura, por la soledad creciente. El miedo no es exclusivo del presente sino que se proyecta al futuro. Es el shock del futuro que analiza implacablemente Alvin Toffler.

Sin embargo, una y otra voz, con sello profético, se levantan para advertir al individuo la urgencia de volver a los moldes sencillos de la existencia. Sería bueno, saludable, espiritual, releer ahora a Gandhi, no para destruir los adelantos de la ciencia y la técnica, que esto sería quizá aventurado, pero sí para modificar, atemperar, aliviar, la aflictiva estructura de la sociedad del presente. Y, conste, que las urbes más populosas –las urbes super-desarrolladas industrialmente– han iniciado una práctica de defensa contra la conducta del hombre que abusa de automóviles, fábricas, maquinaria, medios químicos como insecticidas y detergentes Ya es común recomendar el abandono paulatino del automóvil y preferir caminar a pie o usar bicicletas o volver a las carrozas tiradas por caballos...

Parte de los deberes que trae implícita la misión del orador, está en exaltar los valores de la dicha de vivir.

¿Tendremos que recapacitar la cátedra del Oriente y atenernos a los textos de sus grandes filósofos?

¿Hemos exagerado el contenido Fáustico de la existencia en la cultura occidental y, ahora, tendremos que retornar a la concepción sencilla y placentera de la existencia?

Lin Yutang, en su obra, tan valiosa, La importancia

de vivir, principia señalando: “El filósofo chino sueña con un

ojo abierto, considera la vida con amor y dulce ironía, mezcla su cinismo con una bondadosa tolerancia y alternativamente despierta del sueño de la vida y vuelve a adormecerse, pues se siente con más vida cuando está soñando que cuando está despierto, con lo cual inviste a su vida en vela de una cualidad de mundo de ensueños. Ve con un ojo cerrado y otro abierto la inutilidad de mucho de lo que ocurre a su alrededor y de sus propias empresas, pero conserva suficiente sentido de la realidad para decidirse a seguir adelante”.

Sí. Creo que hará bien el hombre contemporáneo en practicar esta virtud china de amar la existencia y aceptar la importancia de vivir.

Estableciendo Lin Yutang un paralelo –imposible– entre el norteamericano y el chino, concluye: “Lo único que deseo es que sea honrado al respecto, y que proclame al mundo que le gusta hacerlo así cuando le gusta; que no es mientras trabaja en su oficina, sino mientras está tendido en la arena, cuando su alma pronuncia: “La vida es hermosa”.

¿Qué tarea más fructífera que la de anunciar la buena nueva? Una humanidad sin guerras ni hambre, ni miseria, ni opresión. El orador, ¿heraldo de violencias? El orador, como atalaya de la paz. Feliz el discurso que exalta a la vida sin condiciones; vida sana, vida limpia, sin amos y sin esclavos; sin ídolos y sin capataces; vida optimista, esperanzada, con el milagro permanente de la creación.

El orador ha de saberse libre; sentirse libre; actuar como hombre libre; pero conviene deslindar los términos: ¿libre de qué?; ¿libre de quién?; libre de cualquier amo, de cualquier consigna, dogma, orden, coacción de cualquier

género. Conviene, asimismo, que se sienta libre para lo que pretenda hacer; no sólo libre de, sino libre para.

El orador es un solitario. Es en la soledad donde se engendran sus pensamientos; donde nacen y crecen sus imágenes, sus formas de expresión. Y, sin embargo se acerca a la muchedumbre, no para halagarla, sino para compartir sus tesoros con ella.

De aquí que el orador no pretende imponer una idea ni una norma de conducta; no es el amo que dicta ordenanzas; ni siquiera da consejos. Simple y llanamente muestra diferentes caminos y deja que los oyentes decidan por su cuenta. Ilumina conciencias, pero respeta la luz de esas conciencias.

El orador, como el equilibrista en la parábola de Nietzsche, a la sombra de Zaratustra, está jugando con la muerte. El público, sobre todo en la hora de las tragedias sociales, observa con impaciencia al orador; lo acecha y lo vigila, espía el momento en que va a pronunciar las palabras decisivas, las fatales, aquellas en que va a conminar a la violencia o va a precipitarse al ridículo.

Advierte Nietzsche: “Es menester que quieras consumirte en tu propia llama. ¿Cómo quieres renovarte sin antes reducirte por completo a cenizas?”

Por lo demás, todos los que hemos hablado en público sabemos, al descender de la tribuna, si hemos hablado bien y si hemos satisfecho el imperativo de nuestra hombría. Hay una especie de conciencia oratoria que nos exige y nos demanda. A veces nos confesamos defraudados y otras, felizmente, experimentamos una recóndita satisfacción: la de haber estado a la altura de la dignidad y el más estricto decoro. No se trata de la vanidad por las cosas que bellamente emitimos –que también existe este goce–, sino de la certidumbre de haber actuado con limpieza moral. Oratoria equivale a conducta humana.

Aquí está el versículo del apóstol Santiago: “He aquí, nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad

también las naves; aunque tan grandes y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere.

“Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!

“Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno”.

Pero no. La lengua no es órgano del infierno ni del cielo. La lengua no tiene vida propia, independiente del hombre. La lengua está al servicio de la inteligencia humana. No culpemos a la lengua. Sólo hay un tipo de individuos que hablan sin saber y sin sentir lo que dicen. El individuo normal emplea su lengua lo mismo que emplearía una herramienta de trabajo. Tampoco –menos aún– pueden las palabras circular espontáneamente y lejos de la voluntad del hombre.

Pretender crear una obra con palabras puras – tangentes al hombre– sería tanto como declarar que esa obra era el producto de un estado sonambúlico o dictado en estado de hipnosis.

(Es lo incongruente del arte surrealista. Cuando André Bretón recomienda al escritor colocarse frente a una hoja de papel en blanco y escribir velozmente, dejando que el subconsciente escriba, es tanto como desear que el escritor sea un sonámbulo o un hipnotizado. Alfonso Reyes, en alguna glosa, apuntó lo incongruente de hacer arte subconsciente en forma consciente. De otro modo: el hecho de que conscientemente me proponga crear un arte onírico, subconsciente, es ya una conducta falsa. Esto no quiere decir que el orador que está improvisando no sienta, a veces, que la subconciencia se ha aparecido en algunos giros y con algunas palabras que no se había propuesto expresar).

El orador contemporáneo vive el conflicto de la lucha entre quienes sueñan con la mutación del hombre, la

mutación de sus valores espirituales, y quienes, a su vez, en forma burlona y agresiva, nos desprecian y gritan que sólo mediante la violencia y las revoluciones, podrá la humanidad cambiar sus estructuras.

La verdad es que nosotros, los no violentos, tendremos que esperar mil años para que el hombre deje de ser lobo del hombre, cierto; pero, a su vez, los hijos de la ira, tendrán que confesar, con la historia en la mano, que hemos vivido ininterrumpidamente en guerra por siglos y siglos, al decir del filósofo Georg Nicolai, en Biología de la guerra, y que, no por ello, se ha mejorado la humanidad.

Las revoluciones han sido pretexto para cambiar hombres en el trono, en la silla del poder; pero no para transformar al hombre y devolverle la jerarquía de hermano del hombre.

Una serie de preguntas trágicas se nos atraviesan: ¿ha fracasado la educación? ¿Asistimos, efectivamente, al crepúsculo de los pedagogos? ¿No tiene remedio el hombre y la filosofía del pez grande que devora al chico, es la única filosofía que perdura?

Estos son los temas con espinas. Los temas, no obstante, propios de la oratoria.

Gabriel Marcel ha intitulado una de sus obras con esta fórmula esclarecedora: El hombre contra lo humano.

Dice Marcel: “Nuestra época nos propone el espectáculo de una verdadera coherencia en el absurdo. Pero por esa coherencia misma, es necesario declararlo sin la más mínima vacilación, que aquel absurdo se transforma muy positivamente en mal”.

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