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7 EL HONDERO ENTUSIASTA

In document El Hombre Es Su Palabra (página 93-107)

En la historia de América varios son los episodios en que la palabra de un hombre libre ha destruido a los tiranos. Este es el espectáculo glorioso de Juan Montalvo, el ático escritor del Ecuador, que combatiera contra García Moreno. Artículos, discursos, el verbo armado, fueron implacables contra el “gran tirano”.

Cuatro discípulos de Montalvo mataron al tirano en 1875. Al saber la noticia el rebelde escritor, autor de Los

Siete Tratados, mientras sufría el destierro político, exclamó:

–Mi pluma lo mató.

Y, auténticamente pudo exclamar: lo mató mi palabra. Porque era rigurosamente verdadero.

Pero los oradores –o que así se llaman– también pueden vender su primogenitura por un plato de lentejas. Los amos corrompen. El lujo pervierte a los hombres y los aleja del pueblo –como solía exclamar Emiliano Zapata– y entonces, se desvirtúa el poder mágico de la palabra y se vuelve eso, solamente eso: palabras, palabras, según la gráfica expresión de Shakespeare en labios de Hamlet: “Malo mundo está ya cansado de palabras. Hablar ha resultado un negocio fácil y lucrativo. Con hablar nadie se compromete. No queda la palabra fija en el papel ni hay firma que la sostenga y la avale para su cumplimiento. Son palabras al aire y al aire se lo lleva todo, hasta el orgullo que niega lo que ha dicho”.

Antes, ya lo hemos dicho, el hombre es esclavo de su palabra. Es palabra de rey; palabra de hombre. Palabra empeñada. Palabra que sólo concluirá su vigencia con la muerte de quien la lanzó para mantenerla a toda costa. Pero ahora tenemos miedo de las propias palabras. No hay, que jurar nada, no sea que la palabra se levante para exigirnos su cumplimiento. El silencio, desde una cara de piedra, sin emociones, cara de juego de cartas, el silencio vale oro y salva la existencia del peligro. O bien, no hay que tomar los discursos demasiado en serio. Los oradores, por su culpa, por su grandísima culpa, han caído en desuso; perdieron la

estimación de los demás, bajaron las tarifas del afecto. Y es que la oratoria se convirtió en recurso de cortesanía, en una zalema, en una caravana. Así, llevada la oratoria a la categoría de propaganda y de publicidad, en formula de vasallaje, la oratoria se demeritó y malgastó su fama de defensora de los pobres y protectora de la justicia; tiró por la borda sus blasones de caballería digna, desfacedora de entuertos, para preferir un oficio muy cercano, teatralmente, al papel que desempeñan los bufones. Y, aunque en realidad no hay razones para comparar a tan lindas avecillas, de tan melínfluo trino, lo que esto acusa es desprecio hacia quien falsificó la palabra y la hizo circular por manos villanas. Palabras sin columna vertebral. Palabras de rodillas.

Esto cambió el estilo. Los discursos, insinceros, aduladores, cortesanos, serviles, abandonaron sus preocupaciones de arte y se encerraron en discos, en piezas de rompecabezas que se unen en el momento oportuno y se recitan como obras de farándula. Los oradores imitaron a los jerarcas, procuraron hablar, inclusive en el tono de voz que empleaban sus dueños; copiaron sus ademanes y, en cuanto a las tesis, sólo tuvieron que servir como el eco que multiplica –aunque deforme–, la voz original.

El horizonte de la oratoria, como es lógico, se empequeñeció demasiado. Y no es que faltaran causas que defender, ni agravios que castigar, ni pobres que seguían clamando por una voz que los interpretara frente a los tiranos. Es que la palabra extravió los caminos del decoro y olvidó los usos de la vergüenza.

El orador es un hombre; un hombre íntegro que, además, tiene el privilegio del verbo. No puede prescindir de su personalidad como no debe prescindir de su hombría y, ante todo, de su hombría de bien. ¿Cómo separar al orador del ejercicio de las nobles causas?

Cuando el orador habla los demás lo escuchan, lo escuchan porque tienen confianza en él; porque están seguros de su reputación, del valor moral de su palabra. Es hombre de

palabra. Hombre que empeña su palabra cada vez que habla. No necesita aval, no firma letras de cambio, pertenece a la edad de oro de la hombría de bien, en que la palabra es suficiente.

Cada orador conserva fielmente su estilo, cabe decir, la autenticidad de su alma; pero todos sostienen un denominador común y es su solvencia moral. Da en el blanco la palabra cuando el orador es un varón cabal. A largo o a corto plazo pero la palabra da en el objetivo final. El orador es a manera de un hondero entusiasta.

Leyendo, de Ralph Roeder, su estudio biográfico El

hombre del Renacimiento, en el capítulo dedicado a

Savonarola se encuentra este retrato de terrible orador apocalíptico que hizo estremecer a Lorenzo el Magnífico.

La opinión es de Pico de la Mirandola: “Pónese a hablar y soy todo oídos. A través de su voz suave, voy bebiendo sus palabras precisas, sus frases nobles. Distingo los acentos, separo los periodos, me siento subyugado por sus armoniosas cadencias. No hay en él nada confuso, insulso ni pesado. Desarrolla su argumentación y quedo convencido; trae a colación una anécdota oportuna y gana mi interés; cambia el tono de la voz y quedo encantado; dice cosas graciosas y sonrió; me acosa con verdades profundas y me rindo a su poder; mueve los afectos y lloro, alza su voz en indignada cólera y tiemblo y quiero irme”.

Véase con qué énfasis, con qué sencillez y firmeza, Pico de la Mirandola, el erudito diletante del Renacimiento, legó a la posteridad un retrato tan parecido de Savanarola, el ascético predicador que conmovió a Florencia y domeñó al más grande de los Medici.

Sin embargo, Savonarola no alcanzó la victoria fácilmente. Sus primeros sermones constituyeron, positivamente, un fracaso. Pasaron muchos años sin que su voz adquiriera el dominio que más tarde reveló; sin que su acento se iluminara, ardiera su verbo, conmoviera con su gesto y con sus ademanes. Hasta que, después tronaban sus

discursos, con la recia visión de los relámpagos y el hondo rebotar, de montaña a montaña, con que se expresan los profetas.

El buen hondero sabe lo que quiere; conoce su blanco y apunta bien. Es cuestión de entusiasmo, pero también de práctica. Ha arrojado muchas piedras antes de la batalla decisiva. No falla, no puede fallar.

Un orador frente a su auditorio, como frente a un monstruo de mil ojos –la imagen es de D’Annunzio en su novela El fuego– siente miedo antes de la primera palabra. Estallan los nervios. Es una confusión de temor y de dudas; las ideas huyen; el temblor del cuerpo lo inhibe; las manos pueden sudar; no se piensa, señor, no se piensa; qué se irá a decir; ¿cómo principiar?; pero se balbucean las dos primeras frases, apenas audibles, y ya se ha verificado la transformación radical. El orador es hombre nuevo. Diríamos: otro hombre –no él– está hablando. Fluyen los conceptos hasta se dicen pensamientos que antes no se hubieran imaginado. Es el fenómeno creador en su apogeo. Brotan imágenes, comparaciones, anécdotas, brota lo que no se esperaba, lo imprevisto, la aventura de la inteligencia en plenitud.

La elocuencia transmuta al individuo. He aquí otra cita de Ralph Roeder. Otra vez nos graba el retrato de Savonarola y, aunque ya sabemos que el género oratorio del Profeta era místico, que su estilo se ajusta a su contenido, de todos modos, el retrato nos servirá para subrayar algunos elementos de la elocuencia en un orador que pudo cambiar los destinos de su pueblo: “un hombre cuya voz hacía estremecer, cuyos gestos arrebataban, y que los exaltaba y turbaba provocando en ellos una sensación desconocida. Por encima de la controversia retórica, de los temas objetivos y de las palabras impersonales se erguía una exhortación apasionada que crispaba los nervios. La magra figura del púlpito semejaba un proscrito gritando, gesticulando, interrogando, abriéndose el corazón, desgarrándose el alma,

en un esfuerzo supremo por volver a reunirse con la humanidad y una vez que lo ha logrado, luchando, exhortándola, forzándola, para hacerla sentir con él; y la multitud respondía primero con un profundo silencio, luego con una marea de exclamaciones y suspiros y, finalmente, con una ovación de murmullos”.

Y conste que el pueblo florentino –en esa feliz época– era un pueblo culto, de buen gusto y refinadas costumbres. Era un público erudito y sabio, puesto que estaba acostumbrado al trato con magníficos oradores y con predicadores excelentes.

Pero saltemos los años, muchos años. Brinquemos por encima de los siglos y veamos, para completar nuestra imagen del hondero entusiasta, a una figura gigante en la historia universal. A otro orador, en otras circunstancias, que va a cambiar, también, la dirección del horizonte.

Dice José Ortega y Gasset, en su ensayo, Mirabeau o

el Político: “Pero el pensamiento político es sólo una

dimensión de la política. La otra es la actuación. Sin preverlo el mismo, Mirabeau encuentra en él, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de vida pública: la oratoria romántica, la magnifica musa vociferante de los Parlamentos continentales, que sopla, como el espíritu divino sobre las aguas, sobre el alma líquida de las muchedumbres, haciendo tormentas e imponiendo calmas. El efecto de su primer discurso fue electrizante. Un testigo de la sesión –el reflexivo Dumont– nos lo dice: “En el tumultuoso preludio de las Comunas no se había oído aún nada comparable en fuerza y dignidad, fue como una delicia nueva, porque la elocuencia es el encanto de los hombres reunidos”. Su estatura enorme, su cabeza de gigante y la cabellera ampulosa, que la aumentaba, le daban un aire de león. Se dirá que todo eso – oratoria y pelambre y leonismo– es retórica. Ya es bastante que fuera retórica. Pero demos que sólo sea eso, no es retórica en cambio, su valor personal y la especie propia al político, que es el valor ante los encrespamientos

mutitudinarios. Si entera la Asamblea Nacional se levanta contra él, Mirabeau no se inmuta, no pierde un quilate de serenidad, al contrario su mente se aguza, penetra mejor la situación, la hace transparente, la disocia en sus elementos y pasa gentil al otro lado, llevando a la rastra, domesticada, aquella misma Asamblea unos minutos antes tan arisca y tan fiera”.

¡Este es el orador de la Revolución Francesa!

Interesante seria el análisis para encontrar las causas que han determinado que los grandes políticos sean, generalmente, oradores. Cada quien ha usado la oratoria circunstancialmente; pero han coincidido en hacer de la palabra una fuerza de su política.

El orador, así, resulta un intelectual. No puede ser sólo un retórico. De la misma manera que el político no puede ser exclusivamente un hombre de acción.

Ortega y Gasset, en el mismo ensayo sobre Mirabeau, nos aclara: “Conviene dar nombre a esa forma de intelectualidad que es ingrediente esencial del político. Llamémosla intuición histórica. En rigor, con que poseyese ésta le bastaría. Pero es muy poco verosímil que pueda darse en una mente sin haber sido previamente aguzada por otras formas de inteligencia ajenas por completo a la política. César, mientras cruza en su litera los Alpes, compone un tratado de Analogía, como Mirabeau escribe en la prisión una Gramática y Napoleón en su tienda de campaña, sobre la nieve rusa el minucioso Reglamento de la Comedia Francesa. Yo siento mucho que la veracidad me obligue a decir que no creeré jamás en las dotes de un político de quien no haya oído cosa parecida. ¿Por qué? Muy sencillo. Esas creaciones suplementarias y superfluas son síntoma inequívoco de que esos hombres sentían fruición intelectual”.

Y concluye: “No se pretendan excluir del político la teoría; la visión puramente intelectual. A la acción, tiene en él que preceder una prodigiosa contemplación; sólo así será una fuerza dirigida y no un estúpido torrente que bate dañino los

fondos del valle. Lindamente lo dijo, hace cinco siglos, el maestro Leonardo: la teoria é il capitano e la prattica sono i

soldati”.

Igual argumentación se aplica a los oradores. Sin doctrina no hay orador posible. No le negamos su valor como intelectual. Sólo aquel que ha quemado sus pestañas sobre los libros, será capaz, cuando llegue su hora de actuar, de conmover y de convencer a su pueblo. Y, el orador está conformado para ser guía, rector, maestro, conductor de pueblos.

Timón, en el Libro de los Oradores, nos dejó como herencia el retrato de Dantón, el gigante, el monstruo dominador de la palabra, el árbitro de las pasiones durante la Revolución Francesa: “Tenia como Mirabeau, visto de cerca, la tez morena, facciones chatas, frente arrugada, una fealdad repugnante, mas, como el orador de la Constituyente, visto de lejos, y en una asamblea, atraía las miradas por su fisonomía característica, y por esa belleza varonil, que es la belleza de los oradores.

Mirabeau tenía el aspecto de león, Dantón del alano, emblemas ambos de la fuerza.

Naturalmente elocuente, Dantón, en la antigüedad, con su voz retumbante, sus ademanes impetuosos, y las colosales figuras de sus discursos, hubiera gobernado las tempestades de la multitud.

Orador del pueblo, tenía las pasiones de este, comprendía su índole, hablaba su idioma. Exaltado, pero sincero, sin hiel pero sin virtud, sospechado de rapacidad aunque murió pobre, cínico en sus costumbres y conversación; sanguinario por sistema, más no por temperamento, cercenaba las cabezas, pero sin odio como el verdugo, y sus manos maquiavélicas chorreaban de la sangre de las víctimas de septiembre. ¡Política tan falsa como abominable! Dantón excusaba la crueldad de los medios por la grandeza del fin”.

Timón nos ha legado una imagen colosal de Dantón. Fue la gran Revolución. Sólo que la Revolución fue devorando –como lo hace habitualmente– a sus propios hijos.

El duelo de Dantón y de Robespierre fue, en cierto modo, el choque de dos estilos oratorios; dos estilos de vida.

Una frase contundente del mismo Timón los define, siendo tan parecidos cuando en realidad fueron tan diferentes: “Dantón, como un león, arrojábase valerosamente sobre su presa; Robespierre, como una serpiente, se enroscaba en torno de su víctima... Robespierre tenía más talento, Dantón más genio”.

La oratoria de Dantón es impetuosa, golpea; la oratoria de Robespierre penetra para destruir.

Desde el tiempo de Demóstenes, la oratoria fue el factor de las grandes decisiones. El orador tenía el complicado papel de orientar, de señalar lo que tenía que hacerse, de aconsejar los medios para hacer las cosas y de entusiasmar, inflamando a los oyentes, para que la voluntad entrara en tensión. Lo explica así Demóstenes en su discurso denominado En pro de las Simmorias: “Me propongo deciros de qué modo en mi opinión, podríais prepararos mejor, porque aun cuando todos fuéramos hábiles oradores, estoy seguro de que con ello vuestros negocios no andarían mejor; en tanto que si surgiera solamente un orador cualquiera que os pudiese persuadir y explicaros cuáles preparativos son necesarios, su importancia y de dónde debéis obtener recursos que sean útiles a la ciudad, desaparecería todo el temor actual. Eso es lo que yo intentaré hacer, si puedo; pero antes os diré brevemente cuál es mi opinión sobre lo que es conveniente hacer con el Rey”.

La crítica dice de esta alocución: “más sobrio, pesado, macizo, conciso, con periodos más académicos, trabajados, con frases lapidarias y poco digeribles para un público profano. Prodigio de diplomacia y de habilidad psicológica, revela un profundo conocimiento de la manera de ser de su pueblo y, sobre todo, es una magnífica lección del arte de

salvar dificultades y capear las más difíciles tempestades políticas”.

Algunos oradores, frente a lo que creían una amenaza de Artajerjes, aconsejaban la guerra; pero Demóstenes, que conocía la división interna de los griegos, posponía la acción, si bien aconsejaba estar preparados para cualquier eventualidad de ataque.

Hemos visto, así, al través de estos espejos donde se reflejó la visión de algunos oradores, sólo algunos, que en el mundo han sido algo así como los honderos del entusiasmo, honderos entusiastas, porque sus discursos han cruzado velozmente el espacio y el tiempo y sus impactos han tocado y modificado el curso de la historia.

Diremos por último; todo hondero ha practicado previamente, el tiro de su honda. No se improvisan. Los jóvenes del campo, hábiles en esta arma, se han pasado días enteros lanzando sus proyectiles sobre árboles, sobre rocas, afinando su destreza y su punteria. Así es con el orador. Así es con todas las expresiones del arte y de la inteligencia. No es bastante el genio innato, es indispensable la técnica que se adquiere con la repetición. Plutarco, en Vidas Paralelas, pormenoriza la biografía de Demóstenes y nos relata cómo este insigne y gigantesco orador preparaba su actuación y se desvelaba buscando la perfección en sus discursos.

Nos dice en una parte de su ensayo: “Cuéntase que se presentó un ciudadano pidiéndole su patrocinio y refiriéndole que le había dado de golpes, y Demóstenes le replicó: Me parece que no hay tal cosa, que no has sufrido nada de lo que dices; y que levantando aquél la voz, y diciendo a gritos: ¿Conque yo nada he sufrido, Demóstenes?, le contestó entonces: ‘Sí, a fe mía, ahora oigo la voz de un hombre que ha sido agraviado y ofendido’. ¡De tanto influjo le parecía, para conciliarse crédito, el tono y el gesto del que hablaba!”

De donde tendríamos que deducir, una vez más, que el orador ha de ser considerado como un atleta que es menester que gaste la mejor parte de sus días en el gimnasio, en la pista

de carreras, a fin de que sus músculos adquieran con el repetido ejercicio su mayor vigor y su máxima elasticidad. No son sólo las ideas, sino el órgano con que las expresa. La voz, el gesto, el ademán, la emoción, todo ello se mezcla en el discurso a fin de que se mejore el procedimiento que expresa las palabras y con las palabras justas las ideas precisas.

Hay muchos Goliaths en el mundo; hay pocos como David, el hondero, dispuesto a lanzar valerosamente su piedra salvadora.

Hay muchos problemas en el mundo; problemas económicos que señalan la terrible desigualdad en el reparto de la riqueza y de los privilegios; problemas morales, que encumbran a los malvados y humillan a los varones de talento y probidad; problemas políticos, en que el poder, la ambición de poder, continúa siendo la llave del horizonte; hay problemas y faltan oradores que se levanten en la tribuna a responder por e pueblo.

Alguna vez, los moralistas por oficio se han quejado de que los jóvenes, en el mundo, ruedan desconsoladamente como una turba de rebeldes sin causa. La verdad es otra para

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