El orador es un profeta armado. ¿Qué mejor arma que su palabra? El hace temblar a los tiranos; él sacude a los voluptuosos que sólo en el placer confían; él anuncia el castigo y promete las recompensas.
Un profeta no puede ser ni un tímido ni un pusilánime, ni un acobardado. El orador, antes que otra cosa, tiene que ser un Hombre; un hombre valiente, cabal, íntegro, entero. Un ser que se juegue la existencia, si es menester, con cada palabra que pronuncia. Detrás de mi palabra está mi vida entera. Doy mi palabra como aval de mi entereza. No estoy urgido a firmar documentos ni compromisos, basta mi palabra; es la palabra de un hombre.
Marco Tulio Cicerón reproduce este pasaje de la vida de Sócrates, como enseñanza a los oradores: “... aquel antiguo Sócrates que, con haber sido el más sabio y virtuoso de todos, se defendió en el juicio capital de tal manera que no parecía reo ni suplicante, sino maestro o señor de sus jueces. Y habiéndole presentado el elocuentísimo orador Lisias, una oración escrita para que, si quería, lo aprendiese de memoria y le dijese en el juicio, leyóla con gusto y dijo que estaba bien, pero añadió: “así como si me trajeses zapatos de Sidón, no los usaría por más que fuesen bien hechos y acomodados al pie, porque son varoniles; así tu discurso me parece muy elegante y oratorio, pero no fuerte ni viril”.
Lo que nos demuestra, como es obvio, que el discurso de un orador no solamente ha de ser bella pieza literaria, sino que ha de mostrar, a tirios y troyanos, que rebasa la fortaleza y la virilidad dignas de un Hombre.
Lo único que no perdona el pueblo –y pueblo es todo auditorio– es la indecisión y menos aún la cobardía.
Hablar es propio de los hombres. Se busca, en el orador, la manifestación expresa del valor civil.
El auditorio aprecia el riesgo que corre quien denuncia los yerros y los abusos de quien gobierna.
Porque este es el fenómeno singular de la oratoria – que ya hemos apuntado– y es que el oyente piensa y siente lo
mismo que el orador está proclamando en voz alta, sólo que el oyente no se habría atrevido a decirlo; lo pensó, probablemente varias ocasiones, pero ha tenido pavor de pensarlo claramente y, sobre todo, de decirlo. Quizá lo murmuró en voz baja a sus amigos íntimos: pero esto y decirlo desde una tribuna es diferente. Hay un abismo entre la idea y la palabra. El orador grita lo que la mayoría de sus escuchas balbucean. Es la diferencia. Es la jerarquía del orador: manifestar lo que los demás han pensado, han jurado, han criticado, pero serían incapaces de gritarlo.
El orador es el intérprete ideal. Si hay riesgos, que se los juegue él solo; si hay prisiones, que las pague. La masa se disgrega, y el orador se queda, aislado, con el peso de sus palabras sobre la espalda.
Los oradores tienen su oportunidad histórica precisa: sólo en clima de libertad germina la oratoria. En régimenes de tipo totalitario, no caben los oradores. Porque, entiéndase, yo no llamo orador a quien habla para elogiar a un tirano; a quien predica envuelto en el incienso de las palabras; a quien hace de la tribuna una larga reverencia a los dictadores; éstos son gente que se expresa en lisonjas; pero no oradores al servicio de la verdad de la palabra.
Los jóvenes, con facultades oratorias de nacimiento, se ven asediados por los jerarcas. Les pagan para que actúen en el papel de “jilgueros”, de “papagayos”, de aduladores de oficio. Estos son los traficantes del verbo. No llegan ni a sofistas. Porque el sofista podía al decir de Platón, demostrar que lo blanco era negro y lo negro era blanco, aunque éstos no se presentaban oficialmente como los aclamadores de un candidato aun cuando sabían de antemano que es el representativo de todo lo nefasto, lo tonto y lo sucio. El orador es un HOMBRE QUE SE ESTIMA A SI MISMO. Habla porque lo piensa justo; habla porque siente la necesidad íntima de hacerlo; habla porque está seguro de que ninguna de sus palabras puede avergonzarlo jamás. El es el
responsable de cada uno de sus vocablos. Consciente de sus verbos. Comprometido con sus expresiones.
El orador fue en la antigüedad un ser digno de respeto y de honores. Se podía presentar a un individuo con elogio: este es un orador. Pero ahora, la oratoria es un oficio que han abaratado los aficionados, los mercachifles del verbo, los parlanchines, o, como dice el propio Cicerón en sus Diálogos
del Orador, libro que citamos tan a menudo: “operarios de
lengua veloz y ejercitada”.
Todo ello nos induce a suponer que urge una cruzada en pro de la reivindicación de la oratoria.
¡Que no hable quien no sea un hombre honrado! ¡Que no hable quien no sea un varón digno!
¡A la tribuna no hay que subir si no es por un motivo justo y decente; de la tribuna no hay que descender si no se tiene la convicción de haber cumplido con su misión de manera honrada!
La oratoria es un quehacer profético. Los profetas – hemos señalado antes– tenían dos misiones: denunciar los vicios y yerros y anunciar la edad futura de bienandanza.
A veces, los profetas truenan contra la corrupción y golpean con el verbo. Es Isaías, incendiando la ciudad pecadora; es Isaías, protestando contra la iniquidad. Otras veces, el profeta llora, se queja, gime. Es Jeremías, que con su llanto trata de lavar la mancha oscura, humosa, de las iniquidades. Jeremías cuyo llanto se reproduce, muchos años después, con la poesía de León Felipe.
Pero cada profeta, armado solamente con su palabra, se planta a mitad del camino del hombre, para detenerlo y señalarle la vergüenza de su conducta. Para esto habla, habla, habla, grita, impreca, solloza, vitupera y maldice.
Cada etapa histórica posee un orador-profeta que escribe sobre el espacio la frase anunciadora de castigos; advierte y prevee; aconseja y se fortifica rasgando sus vestiduras.
Cada orador tiene, como armas, los llamados, los elegidos, poseedores de la intuición y de la sensibilidad que los transforma en antenas de su tiempoespacio, y, por el otro, porque son varones disciplinados interiormente, que transforman su existencia en un constante ejercicio escénico para adquirir la ciencia, el arte, la filosofía, la técnica, todo lo que el conocimiento les ofrece, la meditación les selecciona, la reflexión les escoge.
¿Acaso ya no es época de profetas? ¿Los profetas son unidades que corresponden al pasado?
Independientemente de que no hay que olvidar que la cultura es una, indivisible, profundamente dinámica; y que, lo que somos hoy es el producto consciente o inconsciente del pasado, del presente, como proyección del porvenir independientemente de que hay que analizar la concepción que lo que llamamos pomposamente dialéctica, y que, todavía estamos por discutir si es verdad absoluta que la vida es un juego de contradicciones, el sí y el no; la luz y la sombra, la aurora y la noche, y que, luego, llega la síntesis. Porque, lo que llamamos aurora no es sino la misma duración de tiempo de la vuelta a la esquina para encontrarse con el alba y viceversa, el día no hace sino encontrar su otra parte – la misma– que llamamos noche, y sí el no son partes de un todo invisible, y lo que llamamos síntesis, entonces, no sería sino el reposo para cumplir esa unidad, vale asegurar, la esquina donde se reencuentran los dos tiempos de un Todo. Resultaría violento seguir separando al tiempo en pasado y en futuro y menospreciando al pasado, cuando este tiempo, convencional, está implícito, todo entero, en el presente y ya se avecina, ya está siendo, en el porvenir.
Así, está bien que, como recurso pedagógico, hayamos dividido la historia universal, arbitrariamente, en antigua, edad media, renacimiento, edad moderna, etc., cuando el tiempo es uno y sólo para nuestra conveniencia, lo hemos fragmentado de acuerdo con las manecillas convencionales de los relojes.
El orador, si bien es cierto que está sujeto por las circunstancias; si bien está condicionado por su espaciotiempo, la verdad es que se encuentra por encima del tiempo mismo. Es intemporal. Es duradero. Es eterno. Ubicando este término, lo eterno, dentro de las limitaciones de la vida humana.
Quiero decir, que el orador sobrepasa a su instante. Los discursos famosos cumplieron un cometido preciso en su segundo, pero conservan su validez, estética, filosófica, moral, histórica. Es la tarea del profeta. Ahora mismo, leo y releo los textos de los Profetas bíblicos y todavía estoy en aptitud de extraer jugo de sus palabras, enseñanzas, advertencias y firme sabiduría.
¿Cuántas veces reiteraremos que hablar sin ton ni son no es oficio de oradores sino de necios?
Los Diálogos del Orador –que seguimos tan devotamente– traen un pasaje que conviene reproducir íntegro dedicado a quienes, posteriormente, cuando se encuentran con este ensayo andarán murmurando contra la oratoria:
Paréceme que el que no tiene aptitud para una cosa, debe ser calificado de inepto, y así lo prueba el uso común de nuestro lenguaje. El que dice las cosas fuera de tiempo o habla mucho, o es vanaglorioso, o no atiende a la dignidad y al interés de los que lo oyen, o es incoherente o descompuesto, debe ser calificado de inepto. De este vicio adolece la eruditísima nación de los griegos, y como no les parece vicio, tampoco tienen nombre para él; pues si preguntas qué es lo que entienden los griegos por inepto, no hallarás esta palabra en su lengua. De todas las inepcias, que son innumerables, no sé si hay otra mayor que la de los que suelen disputar con mucho aparato, en cualquier parte y en cualquier auditorio, de cosas muy difíciles o no necesarias”.
Pero no sería correcto, ni discreto, ni honesto, calificar generalizando el valor de los oradores –como suele hacerse– en atención a los ineptos que se encuentren en el camino.
Hay profetas farsantes; hay oradores también inconsecuentes y hasta tontos.
El profeta es el anunciador de una nueva era. Es el heraldo del alba. Podríamos aplicar este designio a los oradores: son la tarjeta de visita de la aurora.
Siempre que se propicia una revolución –evolución acelerada– en la historia, aparece en escena un orador que la pronostica.
El profeta prodiga consuelo a los que sufren, puesto que les vaticina la edad futura en que serán felices; da consejos prudentes a los menesterosos; a él le toca frenar a los impacientes; pero también levantar al pueblo de su apatía. Todo esto corresponde al orador, siempre en su categoría de profeta.
Con razón asegura Cicerón: “La elocuencia sirve a la vez para castigar el fraude y para salvar al inocente. ¿quién puede exhortar con más vehemencia a la virtud? ¿Quién apartar con más fuerza de los vicios? ¿Quién vituperar a los malvados con más aspereza? ¿Quién alabar tan magníficamente a los buenos? ¿Quién reprender y acusar los desórdenes? ¿Quién consolar mejor las tristezas? La oratoria misma, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad, ¿con qué voz se habla a la inmortalidad si no con la voz del orador?”.
El mundo contemporáneo adolece de oradores, quizá por ello anda desorientado; vaga sin dirección fija; camina a tumbos de incertidumbre y de angustias.
Y, hay que repetirlo, no es que el orador ordene una dirección; es que el orador-profeta señala varias direcciones y entonces el hombre que escucha escoge de acuerdo a su íntima conciencia. Pero el discurso le sirve como estímulo y como aviso para seleccionar sus propios puntos de vista.
Así fue en el derrotero de la historia. Llegaban los profetas para castigar los yerros y para vaticinar los senderos
de paz y de justicia. Llegaban los profetas para modelar la historia.
El orador repite sus tácticas, emplea sus recursos, casi los mismos. Estos recursos, los definió para nosotros Cicerón: “Si yo hubiera de educar a un orador, miraría bien, ante todo, lo que él podía hacer. Quisiera yo que tuviera alguna pintura de letras, que leyera y oyera algo, que aprendiera esos mismo preceptos y luego de ejercitar la voz, las fuerzas, la respiración, la lengua. Si entendía yo que él podía llegar a la perfección, y me parecía además hombre de bien, no sólo le exhortaría a trabajar sino que se lo suplicaría. Tengo para mi que un excelente orador que sea al mismo tiempo hombre de bien es el mayor ornamento de una ciudad. Pero si veía que a pesar de todos sus esfuerzos no podría pasar de mediano, le dejaría hacer lo que quisiera, sin molestarle en nada”.
Se engaña quien juzga que un orador es un personaje mediocre y que cualquier hijo de vecino puede ostentar, con dignidad, este título. El orador, para serlo, para elevarse a la jerarquía de profeta, tiene que poseer talento, cultura, sentido de autocrítica muy desarrollado, y, por encima de todo esto, ha de ser, a carta cabal, un hombre bueno. No es posible dividir al orador en dos partes: el hombre que habla en público y orienta a las masas y el hombre que vive su vida privada y se engolosina con los bajos placeres. La unidad vital es impostergable, indivisible, intransferible.
Alfonso Teja Zabre fue un orador magnífico. Un escritor con genio. Murió casi en el olvido y ahora, con la crueldad de los años pasados, son ya muy pocos los que evocan su palabra atildada, elocuente, fina y precisa, en las tribunas de México. Teja Zabre admiró y amó a Jesús Urueta. En el estudio que antecede al breve libro Exequías del orador
Jesús Urueta, adelantó, sin pretenderlo, la apología de la
oratoria y contestó de antemano a los “tartamudos del alma” que menosprecian el valor del verbo:
“Urueta para México es la encarnación del orador. Fue por sufragio unánime príncipe de la palabra. Y al recordarlo ahora, quiero comenzar ignorando a los que reniegan de la oratoria y no comprenden la belleza de un párrafo largo, vibrante, con energía nerviosa y esforzado aliento de motor o tienen miedo a la metáfora, sin saber que las palabras y pensamientos vivos tienen que producirse en imágenes, usando desde la percepción intuitiva de las semejanzas en lo diverso, hasta la revelación suprema de la alta poesía. Son los topos que no pueden escuchar el timbre de la alondra, como brota en la canción de Shelley en elogio del ave matutina”.
Hay quien, por timidez, por miedo, por complejo de inferioridad, habla con voz queda; hay quien siente la urgencia, la imperativa urgencia de hablar en voz alta, de gritar. Hay quien ama las colinas o los valles; pero hay quien requiere para su vuelo triunfal, el de su espíritu, la altura de las montañas. Hay el poeta de medio tono, el poeta de ensordinado acento, y hay, también, el poeta estentóreo, el que vino a declamar compitiendo con las olas del mar, con el ulular del viento, con el desorbitado clamor de las tempestades. Hay quien prefiere el suave discurrir, y, quien, con un borbotón de pasiones en la garganta y en el pecho, vocifera, tronante, sus cláusulas de fuego. Y, ¿quién sería el osado que calificara los estilos diversos que son el retrato del alma? ¿Quién, el audaz autoritario que legislara acerca del estilo del hombre? ¿Quién nos va a calificar lo que es mejor, si la oratoria que persuade, razona, enseña, o la oratoria que al par que persuade conmueve?
El profeta no es un ser común y corriente. Está hecho de un espíritu superior; es, conjuntamente, ala y llama, luz y sonido, materia y horizonte. El profeta, habitualmente, rompe los moldes cotidianos; habla a gritos; sufre la impaciencia del tiempo; quiere vencer al tiempo; está sediento de intemporalidad; es infinito. Cuando los demás cuchichean, se entenebrecen, balbucean, rumian conceptos, sufren y sudan
por no hallar la palabra elocuente –ni siquiera la precisa–, el orador es un fluir constante de ideas, de pensamientos y de voces perfectas.
Para los tartamudos del alma, para los enemigos de la oratoria, de la belleza del verbo, para estos topos las flores son inútiles, una vana ostentación de colores. los economistas lucharán contra los jardines –como no los consideren pulmones de la ciudad– y escogerán las huertas. ¿Qué utilidad ofrece una flor? ¡En cambio una lechuga!
¿Para qué emplear en los discursos imágenes, metáforas, adjetivos? La imaginación al cadalso, a la silla eléctrica.
Y, sin embargo, la humanidad, como en el viejo poema francés, se pondría de rodillas si enmudecieran los oradores. Anadarían a ciegas los hombres, desorientados, sonámbulos, como trompos que han perdido su impulso y se tambalean a punto de rodar sobre la arena.
El poeta León Felipe nos legó, con su poesía, en su evangelio, Ganarás la luz, estos versículos:
“No he venido aquí a arrojar mi discurso contra nadie ni a disparar vítores y cohetes debajo del balcón del Presidente.
He venido a dar libertad a mis palabras.
Creo que en realidad he venido a hacer algunos ejercicios de garganta...
Creo que por ahora no he venido más que a gritar, a derramarme como el agua y como el llanto. Y no sé a quién fecundo
ni a quien anego ni a quien quito la sed.
Estamos en la época del grito y de las lágrimas y aún no hemos llegado a la canción”.
Este tema, acerca del discretismo, preocupó grandemente a Horacio Zúñiga y, al efecto, nos legó
conceptos que, a mi juicio, son definitivos: “Apoyados sea en la teoría ‘del justo medio’ de Aristóteles, o bien en los conceptos de Gracián; pero sobre todo, aletados por el ejemplo y la obra de quien llama el más grande de nuestros humanistas; al par que deslumbrados por las encantadoras imágenes y las deliciosas alegorías del excelso miniaturista zacatecano; los que se creen y se tienen por directores de nuestras letras, no desperdician ocasión de expresar en todos los tonos, su sistemático, académico y femenino horror, por lo que han dado en llamar ‘gigantismo’, ‘barroquismo’, ‘afán declamatorio’, ‘exagera-ción grotesca’ ‘estilo detonante’, ‘teatralidad’, en fin, ‘falsa hinchazón’ y ‘desproporción absurda’, olvidándose de que, aún sin haber leído a Taine y a Reclus, todo el mundo sabe que naturaleza, hombre, historia y tiempo, están inevitablemente vinculados, sobre todo en el Arte, y que, si no somos europeos ni vivimos en ninguna Edad de Oro, sino que alentamos en esta hora de inquietudes, de pasiones y de tragedias y somos hijos de un continente atormentado, espasmódico, de brutales contrastes en la naturaleza y en la vida; de cúspides de vértigo y de abismos de espanto; océanos en furia de oleajes y bahías en deliquios de espuma, no podemos ni debemos reducirnos, para poder caber en los académicos moldes de una cultura clásica, por otra parte, ya, periclitada, que ni es la UNICA, ni acaso haya