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3 EL ESTILO DEL HOMBRE ES SU PALABRA

In document El Hombre Es Su Palabra (página 38-54)

El mundo maravilloso de los niños nace con la palabra. La madre, con su amor y ternura se lo va describiendo, cada vez que la madre nombra una cosa, un ser, un aspecto de la vida, el niño entra a la poesía y a la magia.

Las cosas se animan al conjuro del verbo. La palabra identifica su esencia; antes de ser nombradas, existen, pero después de que la voz las define, adquieren y revelan su esencialidad.

En el niño perdurará no sólo la contación que explica la madre, sino el tono de la voz, la emoción que cada término encierra, la acción que late escondida en el verbo, como la mariposa es la crisálida. Todo ello continuará a lo largo de los años; quizá, por esta razón, es cierto, que jamás dejamos totalmente de ser niños, puesto que tenemos atesorada la sensibilidad maternal guiando nuestros pasos por los caminos del hombre. Porque la función educadora de la madre no está en las órdenes que dicta, tampoco en los consejos que prodiga, el secreto educativo está en su voz que acaricia, que convence, que conmueve. La atmósfera emotiva circunda la presencia femenina, y es ella, la madre, la única modeladora –con su cariñosa palabra– de la conciencia infantil.

Son los primeros discursos que escuchamos. Puede carecer de orden, de habilidad técnica; pero rebosan de elocuencia, la elocuencia directa que da el amor, el cuidado, la solicitud y la consagración que hay en cada palabra que dice la madre al hijo.

Si es verdad –como ya se ha apuntado– que cada ser nace con un temperamento y que la educación, obrando sobre él, forma el carácter, entonces hay que convenir en que el arma mejor que tiene el educador es su palabra.

Esto es lo que tenemos que entender, con profundidad, para no continuar desviando los métodos de la educación. Porque la educación cabe dentro del símbolo de un triángulo equilátero: el hogar, la escuela y la calle o medio ambiental. De tal modo que la madre es la máxima educadora, y luego, el maestro continúa la tarea iniciada en la

ejemplaridad hogareña. Pero el maestro sería incapaz de cumplir con su misión si no encuentra ya en el niño el germen amoroso que depositó la madre mediante sus palabras. El maestro prosigue proporcionando al niño nuevas y bellas palabras. De aquí que resulte impostergable el hecho de que los maestros tienen la responsabilidad de las palabras que usan frente a los niños. Un auténtico Maestro se cuidará de pronunciar palabras tristes, feas, iracundas, perversas, sabedor de que el niño no sólo las escucha sino que las guarda en su subconsciencia y ahí van creciendo sin que nadie se dé cuenta del fenómeno psicológico. Por último, el niño se encuentra, de repente, en medio de una terrible contradicción. El contraste es violento. La calle, las pandillas, pueden presentar al niño un mundo insospechado de picardía y de angustia. Oye malas palabras. Se ha transformado el lenguaje y golpean la puerta de su conciencia verbos armados con aguijón inclemente.

Son los tres tiempos ineludibles en el proceso educacional de cada individuo: lo que heredó de la madre, principalmente; lo que heredó del maestro; lo que está recibiendo del barrio donde habita.

Sociológicamente la lengua determina; la patria se define como el amor a la tierra, a las raíces; pero también la historia y el lenguaje, el idioma, que son lazo de unión directo y el medio de expresión y de comunicación ineludibles.

Mariano H. Cornejo, en su texto de Sociología deslinda el término: “El lenguaje define, precisa y permite combinar los conceptos”. Es decir que podríamos pensar y sentir; pero no tendrían validez ni el pensamiento ni el sentimiento, si no llegan a expresarse; es prácticamente, como si no existiesen.

El lenguaje, como vía de comunicación, es puente luminoso.

Por eso que el orador tiene veneración por las palabras; las selecciona, las limpia del polvo de los siglos y

les devuelve su brillo natural y primigenio; usa de las justas, de las exactas, de las cabales y no pierde de vista que hablar en público es tanto como arrojar semillas a la tierra y repetir la bella parábola del Maestro de Galilea: nadie podría vaticinar cuál va a ser el destino de cada palabra. El discurso puede hallar tierra fértil, puede morir entre rocas o puede extraviarse en el desierto; pero la palabra caída en su sitio, germinará, echará raíces, brotará a la superficie rompiendo las resistencias y se elevará triunfalmente hacia el espacio.

La vida espiritual es una alcancía. El hombre, quiéralo o no, va acumulando paciente, gradualmente, sus vivencias. Quedan en él, se desarrollan, Inclusive los imperativos más insignificantes en la época de la niñez; ahora sabemos que se esconden entre los pliegues de la subconsciencia y que ahí, dinámicamente, persisten en un periodo de continua transformación hasta que un estímulo externo, los libera y brotan tumultuosamente, manejando la conducta del individuo. Por eso aseveramos que la vida espiritual es una alcancía. Las horas, los días, los meses y los años, depositan sus monedas; atesoran pensamientos, emociones, experiencias y paisajes.

Las palabras desempeñan un oficio de escultor; modelan el retrato del personaje. Crecemos a golpes de palabras así como el mármol a golpe de cincel.

Alberto Hidalgo, uno de los grandes poetas de América, señalo en su obra, Tratado de Poética, la diferencia entre la palabra exteriorizada y la palabra interna. Dice: ¿Como podría negarse que hay una palabra interior, anterior a la palabra hablada? Ella por lo demás ha sido presentida por los más grandes filósofos, aunque el honor de haberla estudiado a fondo o descrito en sus detalles más minuciosos, mejor que otros lo hicieron, pertenece a Víctor Egger, el más importante, de cuyos libros se llama La parole interieure, precisamente, más no se pretenda identificarla con el pensamiento que, en abstracto, es otra cosa y en concreto, es una sucesión o relación de palabras”.

Los críticos están de acuerdo en que toca a los poetas descubrir el otro mundo de las palabras; ampliar sus horizontes; profundizar su existencia. Expresa Alberto Hidalgo: “Ya que la ciencia dormita, revelar el valor mudo, callado de las lenguas”.

Pero, nadie podría negar que esta misión la comparten también, y con mayor frecuencia, los oradores.

El discurso no esta reñido con la poesía. No debe estarlo. Poeta y orador usan el lenguaje y a él se deben. Son las palabras su medio exacto de expresión.

El poeta Octavio Paz, en su estudio, El arco y la lira, afirma: “El lenguaje hablado está más cerca de la poesía que de la prosa; es menos reflexivo y más natural y de ahí que sea más fácil ser poeta sin saberlo, que prosita. En la prosa la palabra tiende a identificarse con uno de sus posibles significados a expensas de los otros: al pan, pan y al vino, vino”.

El propio poeta Octavio Paz asevera: “Hay una nota común a todos los poemas sin la cual no serían nunca poesía: la participación”.

Está es la participación directa que se establece – ¡mediante el verbo!– sobre todo en los discursos. Por que le discurso no finaliza cuando el orador da las gracias y se retira de la tribuna; entonces es, precisamente, cuando se inicia la germinación secreta, misteriosa, mágica, de las palabras que el orador ha lanzado al viento, con actitud de siembra, y que han sido recogidas por los oyentes. Hay que esperar a que el tiempo las madure y a que salga vibrante la cosecha del discurso.

La palabra verdadera –como en el salmo– da su fruto a tiempo y su hoja no cae.

Nosotros en cierto modo nos alimentamos con palabras. ¡Si esto lo superan los maestros, sólo palabras dulces nos darían cuando somos niños.

El mismo poeta Octavio Paz, en su magnífico libro, ya citado, El arco y la lira, enfatiza: “El hombre es un ser de

palabras” y a continuación, “La palabra es le hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento; lo primero que hace un hombre frente a la realidad desconocida es nombrarla, bautizarla”.

Ciertamente, el hombre es él y las palabras. Dependerá de qué palabras cuando su infancia, para determinar cuál podrá ser su conducta. La historia se hace con palabras. Las grandes revoluciones, ¿qué han sido, verdaderamente sino palabras levantadas en armas?

Todo acto de rebeldía es una rebeldía contra palabras ya gastadas, que han servido para justificar a los dictadores, a los enemigos de la libertad. Las palabras sagradas, las palabras solemnes, las palabras de orden y de obediencia, la torre de Babel de las palabras inútiles que esclavizan y justifican la esclavitud como fenómeno natural. No hace bien Hamlet cuando murmura, con cierto aire despectivo, palabras, palabras, palabras, porque el hombre no es una sucesión de burbujas sino de palabras vigentes que lo mueven, que lo determinan, lo sitúan en le combate.

Relata la anécdota que el genial Juan Montalvo, el autor de los Siete Tratados, había escrito y pronunciado discursos en contra del tirano Rosas, y cuando este murió, el genial prosista, pudo exclamar con regocijo: Yo maté al tirano con mis palabras. Y seguramente que alguien conocerá el panfleto de Alberto Hidalgo contra el dictador Sánchez Cerro incluido en su obra Diario de mi Sentimiento, es el panfleto más feroz que yo haya leído; un alarde de adjetivos denigrantes, y de sustantivos como puñales, de verbos como bombas; el final era lógico, previsto ya por le poeta; un estudiante, que traía en su bolsa, un folleto, lo asesinó a balazos.

El mismo Alberto Hidalgo, en el prólogo a su panfleto

Odas en contra, que apenas son conocidas por que esta obra

“Así como los soldados en combates de cuerpo a cuerpo ensartan a los enemigos en sus bayonetas, yo atravieso de lado a lado a los canallas de este siglo con la lanza de mis metáforas; los revoleo un instante en el aire y luego los arrojó, lejos de mí, al piso resignado, que apenas quiere soportarlos”.

No obstante de que el lobo anda suelto por las calles, el orador no incita a la violencia. No desconoce que el odio no engendra nada, que sólo el amor es fecundo, y que el iracundo no alivia los pesares del hombre, su hermano, sino que lo empuja a una carrera de sangre que no tiene límites.

El orador, porque es hombre de bien, enamorado de la belleza, del ritmo, no puede aconsejar actos salvajes, en que la fiera se desate y emerja a la superficie; ya que su sensibilidad estética, su estructura cultural, su innato respeto a sí mismo, le impedirán ser hijos de la ira, según la expresión del poeta Dámaso Alonso. No es hijo del resentimiento. Es más alta su misión, más hermoso su destino : sembrar en el corazón del hombre palabras buenas, bellas, amorosas y que perdure la esperanza de que, algún día, florecerá la mutación de los valores y aparecerá un hombre nuevo con el corazón luminoso. Dámaso Alonso dice en unos de sus poemas:

“¡No, no! Dime alacrán, necrófago, cadáver que se está pudriendo encima, desde hace 45 años,

hiena crepuscular

fétida hidra de 65 000 cabezas,

¿por qué siempre muestras una sola cara? ...

Hace 45 años que te odio, que te escupo, que te maldigo, a quién odio, a quién escupo!”

Y no. No puede uno odiar, ni escupir, ni maldecir, porque entonces el orador se confundiría con los bárbaros, con los salvajes, con los criminales, y tendría que ser más bárbaro, más salvaje y más criminal, para que sus palabras condujeran a los oyentes hacia el castigo de los malvados.

¡Qué pobre y qué solo se sentirá el varón que se escupe y se maldice! ¿A qué profundos abismos habrá descendido?

Afortunadamente este poeta, Dámaso Alonso, concluye este poema con una canción:

“Dulce,

dulce amor mío, incógnito hace 45 años ya que te amo”.

Lo cual, además, no es cierto porque no puede amarse quien se menosprecia y se considera hijo de la ira y quien predica el odio y la desesperanza y vaga como espectro del resentimiento.

El orador es heraldo del as buenas nuevas; el arquitecto dela utopía. Y no hay que tenerlo miedo a esta palabra que todos vivimos, y expresamos aún sin saberlo, porque todos, quien más, quien menos, estamos forjando nuestra protesta contra el mundo loco, vano, en que nos ubicamos y soñando con un mundo mejor, libre y justo.

Papini relata en uno de sus cuentos, en el libro Gog, la vida de un artista que esculpía con humo bellas y caprichosas estatuas. El orador modela con palabras la maqueta de ciudades maravillosas, en donde los hombres conviven cariñosamente y en donde la conducta de cada uno es un canto a la armonía, exaltación al arte, consagración a la primavera y a la dicha de vivir.

Tiene el orador la misión de vencer al dolor y de vencer a la muerte. Se dirá, tal vez con lástima, que el orador es un varón alejado de la realidad, ciudadano de un planeta de sueños. Bueno y qué, los soñadores son los vigías de la

aurora, los posibles constructores de un planeta de concordia, de paz y de alegría. El orador señala los caminos. Tiene alma de horizonte.

Por lo demás, el sueño mueve montañas; fueron los soñadores quienes enseñaron a hablar a las rocas; fue cuando la piedra adelgazó su realidad hasta llegar a ser un discurso de encajes, una oración de pétalos, el madrigal gótico de sueños en el aire.

Todo habla en la naturaleza. Vivimos en un mundo de metáforas. El hombre es un ser de imágenes. La creación es un discurso infinito. Dijeron: al árbol lo conoceréis por sus frutos. Añadiríamos: al hombre se le identifica por sus palabras. El hombre es su palabra. La palabra lo identifica, lo deslinda, lo circunscribe; la palabra lo trasciende a universal.

Cada ser humano nace individual, personal, único. O, lo que es lo mismo, cada ser humano nace con su palabra, la propia, la que lo señala en medio de una muchedumbre de voces y resalta su exacta dimensión.

Los hombres libres son dueños de su palabra; los esclavos vegetan con las palabras de sus dueños. Hay palabras de pie y palabras de rodillas. Palabras que se arrastran y palabras que se vuelan. Palabras con cadenas, prisioneras y palabras que no reconocen fronteras ni doblan la espalda.

Dijo Santiago el Apóstol “Sed hacendosos de la palabra y no tan solamente oidores, engañándose a vosotros mismos, porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, por que si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego se olvida como era...”

Las palabras nos habitan como en crisálida; hay que darle tiempo para que se verifique el proceso de maduración vital y salga al aire lo que originalmente somos.

Apunta Eduardo Spranger, en su obra, Cultura y

Educación: “No hay duda, cada hombre tiene un núcleo

esencial, al que vuelve siempre, o al menos debía volver, después de todas las rotaciones de sus mónada alrededor de sí misma” y añade: “Pero éste es su destino, que este núcleo más interno de sí mismo está oculto para él, y que es menester un largo camino por la vida para encontrar eso aparentemente tan cercano y tan obvio, UNO MISMO.” “Aquí se encuentra pues, sólo el auténtico problema que plantea la metamorfosis del hombre. ¿Cómo llegar el hombre a encontrarse a sí mismo en todas las mudanzas de su vida y de su muerte?

El orador vive en continua metamorfosis. Este es su milagro. Está tranformandose mediante la cultura, enriqueciendo su personalidad, deviniendo más original con cada discurso. Siendo, cada vez más él mismo. Identificándose el estilo y la hombría de bien que lo caracterizan.

No tuvo razón, cuando menos no toda la razón, el viejo filósofo Salomón, cuando en el Eclesiastés, reiteró “que nada hay nuevo bajo el sol y que todo es vanidad de vanidades”; la verdad es que la existencia es cambiante, movible, “un divaga como el mar” según la hermosa expresión de Barba Jacob.

Todos los días, con el alba, se inicia el génesis. No admitimos el retorno eterno de las cosas; sino, más bien , la vida en espiral ascendente.

También la oratoria, como expresión de los hombres, tiene sus edades. La esencia es la misma, idéntica en la finalidad, pero cambia en su forma, los modos de comunicación. Disraeli –nos dice Maurois, en su biografía– varió el tono de sus discursos cuando pasó de la Cámara de los Comunes a la Cámara de los Lores.

Es inútil el debate acerca de la forma y el fondo. Ya se ha dicho: la palabra da movimiento a la idea; inquieta y

exterioriza las emociones y, en fin, pone al ser humano en acción. La oratoria es acción. Dinamismo. Movimiento.

Cuando Goethe, sutilmente, en Fausto, corrige a Juan, el de Patmos, y en vez del versículo que señala: “ En el principio era el verbo...” propone: “En el principio era la acción...” realmente, está diciendo lo mismo. El verbo es acción. La palabra es transformación permanente. Alguna vez se dictaminó: el estilo es el hombre. Más justo sería: el hombre es un estilo; cada hombre cumple una conducta. El hombre es su conducta.

Gracián señala que cada hombre viene al hombre con un estilo natural. Lo cual es cierto en cuanto llega con una manera de ser, pero, además, el propio Gracián, añade que es susceptible de adquirir un estilo artístico, como fruto de una laboriosa gimnasia espiritual en donde entre en juego la fuerza de la voluntad. Lo mismo recomendó Horacio al señalarnos: ”El esfuerzo renueva el temperamento del artista y lo perfecciona”.

Efectivamente, el orador que se respeta, no abandona su preparación cotidiana; vive alerta del pensamiento universal, encudriñando las manifestaciones de la cultura, en todos sus sentidos, adiestrándose en la voz, vigorizándola, para hacerse escuchar sin necesidad de micrófonos, y hablando, improvisando, sobre temas diversos, a fin de que el pensamiento se mantenga ágil, recio, armonioso.

Aconseja el maestro Giménez Igualada:” Lo que necesitas, joven orador, que empiezas a orar, Después de revisar las palabras que heredaste, limpiarlas del polvo que con le tiempo acumularon, repara el desgaste que sufrieron, componerle sus roturas, remozarlas, y, una vez aseadas, fecundarlas para hacerlas más ligeras, más aladas, más claras, más hermosas que nunca lo fueron.”

El orador, como el poeta, como el maestro, como cualquier artesano que se estime bien, ha de pasar las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, puliendo su

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