La palabra es la liberación del silencio; su luz. Resucita el silencio cuando llega, con el alba, la palabra. Es como darle vuelta a la esquina de la soledad y encontrarse, de pronto, con un mundo de maravillas; como penetrar al interior del espejo para descubrir el auténtico rostro de las voces.
En el principio está la magia de las palabras. Porque cada verbo tiene dos carátulas y, dentro, una existencia de veta misteriosa y prometedora. Si desnudar pudiéramos cada voz, veríamos dentro de ella una geografía inédita, tangente al sueño, donde se descubren los vestigios del tiempo antiguo.
Hay un cosmos inédito en el discurso del hombre. No en vano el psicoanálisis se realiza por medio de un buceo de palabras. El paciente habla y habla y, entonces, las palabras descorren el velo –uno de los siete velos– y deja traslucir la verdadera infancia del verbo; su corazón oculto.
La verdad es que las palabras están encerradas en los diccionarios; pero ahí están quietas, hipnotizadas, solemnes, hieráticas, palabras momificadas, hasta que llega el poeta, el orador, el mago, y las extrae de su exilio y las incita para que cumplan su destino de crisálidas. Cada discurso tiene una razón de ser: la metamorfosis. Los discursos se están haciendo en el espacio y en el tiempo. Cada quien escucha una palabra con diferente significado, con un horizonte personal.
La cuestión es que el hombre vive en metáfora. Y cada palabra es una metáfora. Aun cuando no quisiéramos ser metafóricos, no podemos pensar sino metafóricamente.
La metáfora es un ejercicio de magia. La imaginación le juega, por ello, bromas infantiles a la razón.
José Vasconcelos, el filósofo de la creatividad danzante, es quien, nos ha ofrendado una definición mágica. Es que Vasconcelos, filósofo del ritmo, cantó la sinfonía del discurso.
Vasconcelos no fue orador, en el sentido exacto de la palabra. Fue un expositor brillante y, a veces, un conferencista elocuente. Pero es el maestro Vasconcelos quien nos dice: “Nada hay más fascinante, más poderoso, más peligroso que el manejo de las palabras. El que supiera aprovechar sus secretos se convertiría en un mago. La más alta magia no es ya otra cosa que una ciencia de palabras. Con el poder de las palabras se ha revolucionado al mundo. Las palabras hacen la guerra, restaurar la paz, forjan la historia. Después de que ellas se pronuncian en la boca de los inspirados, los sucesos se ponen a seguirlas y las voluntades a obedecer”. Esto lo dejó asentado Vasconcelos en su ensayo
El poder de la palabra, contenido en sus Obras completas.
Y no hay paradoja en lo que afirma. No una paradoja como la de Oscar Wilde en su obra Intenciones, cuando nos aseguró que el paisaje londinense, sobre todo la niebla, nacieron en la pintura de los pre-Rafaelistas. Vasconcelos supo que los acontecimientos siguen la dirección de las palabras.
La biografía del hombre gira en torno a una palabra. La cultura, al fin y al cabo, no es sino un proceso de palabras y la conducta humana se motiva con la dinámica del verbo. ¿Qué es Grecia si no el juego de la palabra Armonía? ¿Qué, Roma, si no la conjugación del Derecho?, ¿Qué la Edad Media, si no la disciplina del Ordo-Amoris?, y, el Renacimiento, ¿no es, acaso, sino una palabra de reencuentro con el alba después de una noche larga de ejercicios religiosos?
Las revoluciones alcanzan su resonancia magnífica con la voz Libertad y, así, por este tenor, el que habla, el que ora, el que predica, el que arenga, reitera la imagen de David, con su honda mágica, librando su batalla contra la fiereza de Goliath.
El mismo Vasconcelos añade: “La palabra más alta es el verbo. Según las diversas teogonías, de ella proceden todas las cosas; suponiendo que no proceda la creación material de un Fiat, de un Logos, es evidente que el mundo del hombre,
el mundo de la representación, como decía Schopenhauer, sí cobra existencia sólo desde el instante en que encarna en la palabra. Se afirma entonces por lo menos una realidad psicológica cuando se dice que el Verbo hizo la luz, hizo las estrellas y animó a la primera pareja.
Dentro del Verbo está todo. La voluntad, la inteligencia, la fantasía, la cosa y el ser; todo procede del Verbo y todo retorna a él. Nada hay más alto entre todos los conceptos. Sobre el Verbo sólo está lo Inefable”.
Quizá sea por esto, por el reconocimiento de su jerarquía, que el Verbo exige la consagración definitiva del Orador.
Las palabras andan por el aire mutiladas, tristes, sonámbulas, cuando los malos oradores las han empleado. La palabra es la misma. Está al alcance de cualquier lector, ahí, enclaustrada en un Diccionario; pero sólo el maestro, el poeta, el creador, puede y sabe usarla convenientemente; sólo el Orador la respeta, la honra, le da su sitio y tiempo oportunos. No es que la oratoria sea arte inferior; es que quienes se proclaman oradores no han llegado a la mayor edad de la caballerosidad para usar de la palabra justa, exacta y bella.
José Vasconcelos subraya: “En ocasiones las palabras quedan sueltas por años y por siglos, dispersas en el ambiente; las conciencias obscuras las perciben con vaguedad y las obedecen sin darse cuenta de su influjo. Las mentes iluminadas logran orientarse, adivinan las corrientes que manan del concepto y de acuerdo con ellas organizan la acción. Pero todos vivimos y nos movemos dentro del poder irresistible de las palabras”.
“Hay magia negra de las palabras cuando un malvado o un hipócrita hablan de moral y de justicia. ¡Las palabras se vuelven ruido confuso, torpe ronroneo cuando hablan los necios!”
Esta, ciertamente, no es época de oradores. Como no es época de poetas, ni siquiera de maestros o de filósofos. El
hombre contemporáneo se ha mecanizado; deambula, sonambúlicamente, como un robot sin redención posible.
Varones programados, como computadoras que caminan, no tienen tiempo, ni ingenio, ni buen gusto, para saborear el encanto de las palabras.
Suspendido el ánimo, un buen discurso se saborea, se paladea voluptuosamente; se va viviendo palabra a palabra, con especial fruición, con la emoción estética con que se contempla una pintura, como una sinfonía magistral, al par que se pesan las razones y se aquilatan los argumentos.
El orador tiene el poder de arrebatarnos de la realidad y hacernos volar, por los aires, sobre la alfombra mágica de los cuentos de Las Mil Noches y una Noche.
En el mundo hay una lucha de palabras. Palabras ciegas y palabras videntes. Las masas, enloquecidas, siguen al conjuro de la flauta mágica, van a la cólera, a la violencia, a la guerra. Y es solamente una palabra la que ha ondeado como bandera, en los terrenos de la muerte y de la derrota.
Analicemos la historia. Abramos las páginas de la continua tragedia humana y así veremos que, por siglos, por eternidades, los hombres rompen sus lanzas no tanto por una ideología sino por el juego de ajedrez de las palabras.
Una palabra encierra un drama. Peor aun cuando las palabras ciegas guían a los hombres y los despeñan por el vértigo de las pasiones armadas.
No son soldados los que se miran en las reseñas bélicas; no es el uniforme solamente el que los distingue y los separa; no son los clarines ni los tambores; todo esto, es parte de una representación que alza sus telones desde el minuto en que alguien ha lanzado, como piedra de honda certera, una o dos palabras retadoras.
La Patria, la Justicia, la Igualdad, la Libertad, la Cultura, una palabra basta; tiene el poder mágico que le presta la religión, lleva, cada palabra, su Tabor y su Gólgota, su Domingo de Ramos y su Cruz sobre la espalda.
Bastaría que nos pusiéramos de acuerdo sobre las definiciones de las palabras y gran número de contratiempos, de discrepancias, de querellas, terminarían automáticamente.
Pero las palabras viven la tentación imperialista. Cercan y amenazan al orador. El orador anda a filo de palabras. Si se descuida lo invaden. Acaba por decir lo que no se proponía. Y, una vez expuesta una palabra, lanzada al viento, ¿quién podría recogerla? y, ¿quién podría predecir su alcance?
Somos responsables de las voces ya empleadas. No se pierden. Andan revoloteando por alguna parte del espacio. Se esconden al paso del tiempo. Pero persisten tal vez, por ello, de pronto, los viajeros las encuentran a mitad de la noche y no se explican los ruidos inesperados, y hasta los sonidos polvosos de palabras sueltas o de ayes o de lamentos que tanto han intrigado a los descubridores del misterio y de la ficción, aquí, sin salir de la geografía humana. Hay que remachar el riesgo en que incurre los oradores cuando no ponen las riendas a tiempo a sus verbos y los dejan salir desbocados. Es como si alguien, sembrador, lanzara a diestra y siniestra sus semillas sin calcular a dónde caerán y cuáles podrían, en última instancia, germinar y dar fruto.
Se abusa de las palabras. Montañas y montañas de letras andan en busca de un sitio donde anclar, aunque, la verdad es que unas cuantas voces, sencillas, elementales, caben dentro del corazón y son las que nos mueven en la vida.
Sócrates es el conocimiento; Platón, la bondad y la belleza; Jesús, la revelación y el amor; Crishnamurti, el descondicionamiento para ser libres; Marx, la economía al través de la lucha de clases; los anarquistas, la autodeterminación en la conducta, sin amos ni esclavos; la oratoria, el método para la conciencia y uso de las palabras, como sustento de la existencia.
Se supone que el orador sabe de todo esto. Que no ignora que la palabra tiene, en el meollo, una fuerza mágica,
tan peligrosa, tan preñada de posibilidades, que puede servir, como las palabras de los cuentos de las mil y una noches, para abrir o cerrar castillos, para dominar a genios y doblegar a brujos, para multiplicar riquezas y felicidad y para propiciar tempestades y angustias.
Siempre anduvieron los alquimistas, los magos y los brujos, tras de las palabras de la sabiduría antigua –quizá las que descubrió Salomón–, capaces de evocar y controlar las fuerzas celestes y también las demoníacas. El orador intuyó este poder del verbo; lo posee, lo sepa o no, y no puede usarlo a discreción si es que tiene conciencia y no juega al aprendiz de brujo.
Como estamos refiriéndonos a discursos improvisados, vivos, dinámicos y, de ninguna manera, a discursos momificados, inertes, acartonados, los que repite el recitador como quien expresa de memoria un capítulo monótono; como estamos hablando de discursos que se están haciendo en la tribuna, con la consabida sorpresa de la subconciencia que se aparece a la mitad del foro y pasma al mismo orador que después, al meditar, se da cuenta que ha dicho cosas que jamás había pensado antes; son los chispasos, las genialidades, que crea el minuto, al calor de la emoción creadora, de la inspiración, de la intuición, la fuerza incontenible y misteriosa de la subconciencia. Estos discursos se quedan en el tiempo. Desde luego, fuera de la taquigrafía o de las grabadoras, quedan en el tiempo y no en el espacio. El pintor, el escultor, el músico compositor, dejan su obra en el espacio. Ahí está. Podrán gozarla, apreciarla o detestarla en el presente o en el futuro. Pero el discurso es circunstancial. Vive existencialmente. Tiene la misión de cumplir un segundo, el que dure, y desaparecer después. Es, aparentemente efímero, porque la realidad mágica de la palabra, es que permanece en el interior del individuo que escucha y toma dominio sobre ese territorio a su antojo o, cuando menos, ahí permanece hasta que lo desee o sale cuando las circunstancias le son propicias.
Tan es cierto lo anterior que en la biografía de cada ser humano hay un remanente de palabras viejas, heredadas quién sabe cuándo, que de repente brotan y transforman el rumbo de los acontecimientos o modifican la voluntad de poder.
Glosando la sentencia bíblica, no estaría mal aplicarla al discurso y proclamar: Mi discurso trabaja todavía.
No puede afirmarse que un discurso cumplió ya su tarea. El discurso se está haciendo, es la comunión perfecta del orador y de su auditorio. Porque cada oyente rehace el discurso de acuerdo con lo que es él mismo; lo que ya pensó, lo que le gustaría que fuera, lo que desdeña de los hechos; el germen de su rebeldía; la almendra de su utopía; todo va a entrar en el laboratorio del verbo expuesto.
Como el individuo se mueve, y vive, en función de un ritmo personal, y en virtud de que cada orador habla con un ritmo único, se da el caso de que el discurso no crea ritmos en los oyentes, sino que trabaja sobre el ritmo ya existente y, si acaso, lo acelera o lo moviliza.
Octavio Paz asienta en su obra El arco y la lira: “El ritmo que es imagen y sentido, actitud espontánea del hombre ante la vida, no está fuera de nosotros: es nosotros mismos expresándonos. Es temporalidad concreta, humana irrepetible”.
La trascendencia mágica de discurso es irrefutable. Se dice un discurso, lo oyen unos cuantos hombres y virtualmente se dispersa su objeto y, sin embargo, hay que reiterar el concepto, Gandhi pone a temblar, con unas cuantas palabras, la arquitectura sólida del imperio británico y, años después, Martin Luther King, promueve un cambio radical en la forma de pensar y de actuar de los señores feudales blancos. Con razón insiste José Vasconcelos: “El factor colectivo en la labor mental es imprecisable, pero evidente. Salva de los desmayos solitarios; apoya y estimula el pensamiento, corrige las expresiones, enriquece los detalles, colabora, constituye el ambiente, germina las ideas, las hace
latentes a un grado que el primera que las enuncia ya sólo parece que las señala y liberta a un tiempo muchas conciencias donde la idea pugnaba por nacer; no sabe, ni el mismo, si es autor verdadero o sólo copista de la opinión del cenáculo o de la época. Hay también ideas tan poderosas que no encuentran espacio en una sola conciencia y buscan apoyo en generaciones enteras”.
El orador se eleva, por la fuerza de su palabra, en rector de los demás hombres.
Promueve las revoluciones. En cada una hay un orador. Pero, va quedando libre el campo para la futura acción de la palabra: provocar, fomentar, realizar, la mutación del hombre. Este será el ritmo propicio del futuro. Ya hemos aseverado –como principio– que cada orador tiene su ritmo y que cada discurso tiende a acelerar el ritmo latente en los oyentes.
Charles Du Bos –el solitario pensador francés– indica en los Extractos de su Diario, preocupado por medir el tiempo, el paso de cada poeta y en particular de cada palabra: Cada palabra se parece a un corredor que ocupa un lugar en la línea de partida cuando le llega el turno”.
También se puede hablar de Tiempo cuando se trata de discursos. Es que el discurso, con la naturaleza de la prosa y sus contingencias debe aspirar a transformarse en una obra de arte.
Ya sabemos que la finalidad del discurso no es permanecer como una estatua, una pintura o una partitura de música; que el discurso es una creación esencialmente cambiante, movible, fugaz, existencial; que su misión es satisfacer un requisito inmediato, alcanzar una meta fija, local, y por lo mismo transitoria; más el discurso siempre está en vías de trascender su espaciotiempo; de llegar a ser definitivamente permanente. Así, aun cuando no reniega de su definición histórica, cobra, o puede cobrar, por su factura, una valoración permanente. De otro modo: el discurso es una revolución permanente. Originado por una necesidad
inmediata, tiene en función de su distinción artística – conjunto de reglas– una prolongación vertical insospechada. Lo que de humano conserva cada discurso es, en sí, su garantía de perdurabilidad; lo que de bello conserva, lo inmortaliza. Tal ha sucedido, en la antología de la oratoria, con piezas que –independientemente de sus circunstancias locales – leemos con deleite, una en el caso de que hemos perdido la voz, el ademán, el calor de la elocuencia y el contagio, el fuego de la inspiración inmediata. No tenemos al personaje sino apenas su fotografía.
Afirma Gastón Bachelard, en su bellísimo libro,
Psicoanálisis del fuego: “Ha hablado muy bien quien a
definido al hombre como una mano y un lenguaje. Pero los gestos útiles no den ocultar los gestos agradables. La mano es, precisamente, el órgano de las caricias, al igual que la voz es el órgano de los cantos. Primitivamente, caricia y trabajo debían estar asociados”.
El amor se realiza al conjuro de palabras. El amor es teoría de palabras dulces y tiernas, de reclamos y entregas sublimes. La emoción cruza el puente luminoso del verbo y llega, de esta manera a los demás. Todos los oradores descienden del árbol genealógico de Prometeo. Continúan la filosofía de la esperanza. Donan al hombre “la ciega esperanza”, para vencer al dolor y vencer a la muerte.
Las palabras de aliento –esperar– doblegan a la muerte y suavizan el dolor de las espinas.
Palas Atenea, la de los glaucos ojos, aconseja al prudente Ulises, maestro en ardides, frente al temor de que los arqueos retornen a sus lares, en la Iliada: “Ve en seguida al ejército de los aqueos y no cejes; detén con suaves palabras a cada guerrero y no permitas que boten al mar los corvos bajeles”.
Los griegos lucían, antes que sus espadas, el brillo tembloroso de sus palabras.
Tal vez podríamos aventurar esta teoría: la cultura es una sucesión de palabras.
Los hombres cambian sus tablas de valores, sus opiniones, su criterio; pero todo esto significa, primero, un cambio de palabras. Desde que la mujer primitiva, en la caverna, acarició con palabras, educándolo, al hombre primitivo, fuerte, musculoso, bestial, guerrero y cazador, y fue con palabras originales –sus sonidos melódicos y tiernos– que peinó la cólera masculina, lavó la rudeza de sus ademanes y dejó en sus ojos el temblor de una palabra cariñosa, cuando puso en su mano el trozo de carne palpitante de un pequeño ser humano.
Queremos imaginar, fervorosamente, el acto en que los jóvenes oradores –como los antiguos caballeros–, velan sus armas antes de emprender la marcha hacia la justicia y la solidaridad humanas.
Los recios varones que hicieron del honor una divisa, frente a sus armas, limpiaban su conciencia, oraban sin palabras, se juramentaban de corazón, prometiéndose no hacer nada en su conducta diaria que rebajara su propia estimación y decoro. Así los jóvenes oradores, caballeros sin caballo, cruzados sin cruz, han de arrodillar su corazón – como lo hacía Fra Angélico, antes de usar los pinceles, según nos descubre Vasari–, para que la palabra, limpia, pura,