CON VALORES PATRIMONIALES
5.1 ACTIVIDADES COMERCIALES 4
4 Texto desarrollado a partir del estudio de Durán Salado y Ortega Palomo (2010).
Sevilla ha ido consolidándose desde sus orígenes como un centro urbano donde el comercio ha tenido siempre un papel predominante, prevaleciendo por encima de otros sectores económicos. Dada la perdurabilidad de esta actividad, en su recorrido temporal ha estado supeditada a diferentes vicisitudes y transformaciones de carácter histórico, económico o po- lítico, presentando a lo largo del mismo sucesivas formas y manifestaciones mercantiles que, de un modo general, se han desarrollado en una doble vertiente: por un lado, ligada al comercio exterior que iría constituyendo la ciudad como centro receptor y redistribuidor de diferentes mercancías hacia su entorno inmediato o hacia el extranjero y, por otro, vinculada a las necesidades del abastecimiento de la población local.
El reflejo de esta actividad histórica como elemento de formalización y revitalización del ámbito urbano, ya sea mediante la dotación de inmuebles ligados a la misma o en su aportación como recurso activo y referente para el uso social de determi- nados espacios y vías públicas, ha contribuido a caracterizar el paisaje urbano actual a través de testimonios materiales e inmateriales que aún son perceptibles en su trama urbana.
Pese a la diversidad de manifestaciones, existen ciertos elementos y características recurrentes que han estado presentes en el desarrollo de la actividad comercial, entre los que se pueden destacar:
- Importancia del puerto como principal infraestructura de transporte que, junto al tramo de la ría navegable desde la ciudad hasta su desembocadura, constituye uno de los recursos fundamentales que determinan la actividad mercantil de la capital a lo largo de su trayectoria histórica. En sus inmediaciones se irán asentando los prin- cipales edificios y barrios que albergaban a los agentes relacionados con el comercio exterior. Los obstáculos derivados de la reducción del calado de navegación en la ría serán determinantes para el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz. Desde finales del siglo XVIII se llevarán a cabo un conjunto de intervenciones hidráuli- cas que, desde el último tercio del XIX –bajo la iniciativa del sector comercial de la ciudad–, se complementarán con la remodelación y la ampliación de las infraestructuras portuarias.
- Capacidad de atracción de poblaciones foráneas. En determinados momentos históricos la ciudad se ha conver- tido en foco receptor de la migración de diferentes poblaciones que se establecen en la misma atraídos por las oportunidades que ofrece la actividad comercial. Desde la baja Edad Media hasta el siglo XX numerosos colec- tivos (genoveses, flamencos, irlandeses, ingleses, franceses, cántabros, etc.) van a jugar un papel determinante en su relación con el comercio exterior y local.
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- Tendencia al asociacionismo de los principales agentes comerciales bajo diferentes instituciones corporativas mercantiles con el objetivo de solventar disputas y defender sus intereses. Desde el Consulado de Cargadores de Indias que se crea a mediados del XVI, esta característica se mantendrá a través de diferentes agrupaciones mercantiles hasta la actual Cámara de Comercio, Industria y Navegación (fundada en 1886).
- Preeminencia del sector meridional del actual centro histórico como espacio donde se concentrarán la mayor parte de las actividades comerciales desde sus orígenes hasta el siglo XIX. A partir de entonces y especialmen- te desde la segunda mitad del siglo XX, esta pauta de distribución comenzará a hacerse extensiva al resto de la ciudad. Esta tendencia continuada fue consolidando hasta el siglo XIX la centralidad de dos zonas: el entorno actual de la Catedral y el de la Plaza de Jesús de Pasión. Pero además de la focalización de la práctica mercantil en los lugares aludidos, se constata igualmente una dispersión de la misma en otros tramos urbanos que, en opinión de Concha Rioja, se explica por la vinculación de determinados ejes viarios con las antiguas puertas de la muralla que, como zonas de tránsito de mercancías, serían el germen de estos sectores comerciales aleda- ños a los centrales (RIOJA LÓPEZ, 1992).
El asentamiento de esta actividad en determinadas áreas urbanas se inicia con la presencia romana en la ciudad.
Dejando al margen las hipótesis clásicas sobre la posible ubicación del foro en los períodos republicano e imperial, la interpretación del registro arqueológico urbano para esta última etapa ofrece una distribución de las áreas donde radi- caría la actividad comercial y artesanal. Estas se encontraban fundamentalmente a lo largo del paleocauce urbano del río (en las proximidades de lo que sería el ámbito portuario) y han sido documentadas en una serie de estructuras de edificios asociados al almacenamiento y la actividad comercial, localizados tanto en la Plaza de la Encarnación como en el eje entre las calle Francos y el Alcázar (GONZÁLEZ ACUÑA, 2012).
Cámara de Comercio. Autora: Silvia Fernández Cacho.
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5 USOS Y ACTIVIDADES URBANAS CON VALORES PATRIMONIALES
En época andalusí, durante la etapa pre-almohade, la zona en torno a la actual Iglesia del Salvador constituyó inicialmente su principal ámbito comercial, en la primitiva Alcaicería de la Loza. Posteriormente, con la llegada de los almohades y el inicio de una etapa de renovación urbana, se amplió con un segundo foco en las proximidades de la nueva mezquita aljama, donde se levanta la Alcaicería de la Seda, ubicada en las manzanas aledañas de las actual calle Hernando Colón, que se erige frente a la fachada norte del patio de abluciones de la citada mezquita (VALOR PIECHOTTA, 2002a).
Tras la incorporación del Reino de Sevilla a la Corona de Castilla, el principal mercado para el abastecimiento de la ciudad continúa desarrollándose sobre el antiguo espacio de la Alcaicería de la Loza y sus inmediaciones. Antonio Collantes de Te- rán (1991; 2002) señala como este sector se irá configurando desde la baja Edad Media hasta el siglo XIX en el principal lu- gar de abastecimiento de la ciudad, generándose un amplio recinto en el que, en diversos momentos, se instalaron y fueron alternando las carnicerías, los puestos de caza, de la alfalfa, de las hortalizas y verduras, de la fruta, del pan y del pescado, en un espacio que abarcaba desde la actual Plaza de la Alfalfa hasta la Plaza de San Francisco. Esta actividad comercial histórica de forma continuada ha quedado reflejada en la toponimia antigua y actual de sus calles: Calle Especiería (actual Alcaicería de la Loza), Plaza del Pan-Plaza del Comercio (hoy Plaza Jesús de la Pasión), Calle de las Carnicerías-Plazuela de las Berzas y de las Verduras (Plaza de la Alfalfa en el presente), Calle Herbolarios, Calle de las Confiteras (Calle Huelva) y Plaza de la Pescadería.
Pero el abastecimiento local desde el siglo XIII no se centró en un único espacio. Hubo mercados específicos para ciertos colectivos, como el que se desarrolló en la judería hasta el siglo XV y que se localizaba junto a la Sinagoga de Santa María la Blanca. En distintas partes de la ciudad comenzaron a celebrarse otros de diversa índole, destacando entre ellos el que se organizaba de forma permanente en el entorno de la Iglesia de Ómnium Sanctorum desde finales del siglo XIII, junto al de carácter semanal que se efectuaba los jueves, que daría nombre a la calle Feria. O el que se constituye a finales del siglo XV en el sector extramuros de la Puerta del Arenal, inicialmente para carnicerías y posteriormente sustituidas por lonjas de pescado (Collantes de Terán 1991). Estas últimas, ubicadas en una de las naves de las antiguas atarazanas, se convierten desde entonces y hasta principios del siglo XVIII en el principal mercado de pescado de la ciudad (PÉREZ MALLAINA, 2012).
El panorama de la actividad comercial urbana en esos momentos se completaría con la presencia de los edificios donde se almacenaban y redistribuían tres productos básicos: la Alhóndiga de la harina, ubicada junto a la parroquia de Santa Catalina e igualmente con reflejo en el callejero actual (Calle Alhóndiga), donde se concentraba la venta de cereal y harina;
la Alhóndiga del aceite, cuya comercialización se llevaba a cabo junto al Postigo del Aceite, y el Alfolí o Alhóndiga de la sal, este último situado entre la Catedral y el Postigo del Aceite.
En relación con el comercio exterior, cabe mencionar que entre los siglos XIV y XV se va asentando en la ciudad una importante colonia de mercaderes provenientes de la Corona de Aragón y del Mediterráneo, fundamentalmente cata- lanes, genoveses, francos y milaneses. Estos fueron fijando su residencia en barrios propios dotados de lonja, cerca del puerto y la alcaicería principal –que seguía manteniendo su funcionalidad original–, y a lo largo de la calle que unía ambas zonas (Calle de la Mar, actual García de Vinuesa). La presencia de este colectivo, además de quedar patente en el callejero urbano (calles Francos, Catalanes [actualmente Albareda], Placentines y Génova [denominación original del primer tramo de la actual Avenida de la Constitución]) contribuyó al afianzamiento de la ciudad como centro comer- cial y financiero, con contactos mercantiles que abarcaban el Norte de África, el Mediterráneo occidental, el Norte de la Península Ibérica y el Atlántico Norte.
A partir del siglo XVI, el monopolio comercial con América generaría una intensa labor mercantil a lo largo de dos siglos y medio, levantándose en el entorno de la catedral durante ese período los principales edificios relacionados con la activi- dad transoceánica. La necesidad de organizar y gestionar el incipiente mercado desde los primeros momentos conllevó la creación en 1503 de la Casa de Contratación de las Indias (Casa y Audiencia de Indias), con sede inicial en algunas de las naves de las antiguas Atarazanas, que pronto sería realojada en un nuevo edificio junto a los Reales Alcázares. En 1585 comienza la construcción de la Real Casa de la Moneda, instalación fabril donde se acuñaría la producción monetaria a partir de los metales preciosos procedentes del tráfico colonial. Entre 1584 y 1598 se levanta la Casa Lonja de Mercaderes entre la catedral y las murallas del alcázar, ante la solicitud reiterada de los comerciantes de la ciudad de disponer de un edificio específico para albergar sus actividades y que, al mismo tiempo, sirviese como sede del Consulado de Cargadores de Indias o Universidad de Mercaderes en Sevilla, entidad financiadora de su construcción.
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La consolidación en estos momentos de las principales instituciones asociativas de los agentes fundamen- tales del comercio y su posterior evolución es uno de los rasgos distintivos que determinan esta actividad durante dicho período, característica que perdurará hasta la actualidad. Con competencias mercantiles y en el caso del Consulado también jurídicas, actuaron como agrupaciones encargadas de velar por los intereses de sus representados. Además del consulado, en lo referente al comercio de Indias otra institución agrupaba desde 1569 a los propietarios de los navíos de la Carrera de Indias y a su personal: la Universidad de Maes- tres y Pilotos de la Carrera de Indias, también denominada de Mareantes. Esta institución tendría su sede a partir de la centuria siguiente en el actual Palacio de San Telmo, levantado como colegio-seminario para enseñar el arte de navegar.
Junto a las agrupaciones mencionadas que integraban de forma mayoritaria a los principales agentes relacionados con la actividad mercantil con el nuevo continente, al panorama comercial en Sevilla se unía el sector artesanal cuya actividad desarrollada en distintos ramos no se limitó meramente a la producción, ya que entre ellos algunos dispo- nían sus productos a la venta directamente a través de tiendas que abrían en sus talleres. La asociación gremial de la casi totalidad de los artesanos inició su paulatina consolidación bajo el reinado de los Reyes Católicos, con ante- rioridad a las corporaciones citadas. Entre los distintos gremios, desde finales del siglo XVI hasta el primer cuarto del XIX, hubo uno específico que agrupaba a los comerciantes de reventa y a los artesanos con tienda abierta: los
“Gremios unidos de los comerciantes de reventa”.
El detallado estudio de la evolución histórica de los gremios sevillanos desde la baja Edad Media hasta su disolución en el primer cuarto del XIX realizado por Antonio Bernal, Antonio Collantes de Terán y Antonio García-Baquero constata de nuevo, tras analizar su distribución urbana, la concentración de la mayoría de las actividades productivas y mercantiles de carácter artesanal fundamentalmente en las collaciones de la Catedral y El Salvador (BERNAL RODRÍGUEZ; COLLANTES DE TERÁN SÁNCHEZ; GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, 2008). Según estos autores, en ambas se situaban mayoritariamente los oficios artísticos, los artesanos del metal, los relacionados con el trabajo del cuero y la piel y los vinculados a la construcción y el trabajo de la madera y el barro, este último compartido con Triana. En la catedral se distribuían mayori- tariamente los trabajos que formaban parte de la confección textil (lenceros), a excepción de las artesanías ligadas con la seda, que desde la segunda mitad del XVII se concentran en las parroquias septentrionales (Ómnium Sanctorum y colindantes). En el barrio de la mar, uno de los que formaban parte de la collación de la Catedral, se encontraban los oficios asociados al transporte (toneleros y cesteros).
Esta tendencia general se complementa con ciertas excepciones significativas. Dentro del ramo textil, los cor- doneros especializados en trabajos supeditados a la actividad náutica (redes y aparejos de barcos) se asientan en San Vicente (siglos XV-XVII) y los vinculados al transporte terrestre en Santa Catalina (siglos XVI y XVII).
Con respecto a los artesanos del cuero, los curtidores se hallan en San Bartolomé y San Lorenzo. Entre los artesanos del metal, los caldereros se situaron mayoritariamente en San Vicente y San Lorenzo, aunque en el siglo XVII se reubican en Santa Catalina. Un sector importante de estos últimos (los herreros), a finales del XVIII son relativamente numerosos en Triana, donde a lo largo de todo el período destacan fundamentalmente los artesanos del barro.
La concentración de ciertos oficios en determinados sectores contribuyó a caracterizar la configuración urbana, dejando patente su reflejo en la toponimia del callejero, que pasó a tomar la denominación de los grupos de arte- sanos cuyo gremio era mayoritario, si bien hoy en día este hecho no siempre es constatable por los cambios de denominación que el viario urbano ha sufrido desde entonces. Ejemplo de ello serían, entre otras, las siguientes denominaciones: Acetres (calderos pequeños), Arte de la Seda, Alfarería (relacionada con la preeminencia de este oficio en Triana, especialmente en el siglo XIX), Azafrán, Boteros (ubicación de los artesanos de odres de cuero), Cerrajería, Chapineros, Chicarreros (también denominada de los Lenceros o de los Roperos), Conteros (igualmente llamada gorreros y sombrereros), Cuna (antes de los Carpinteros), Plaza de Curtidores, Curtidurías, Lenceros, Lencería, Lineros (relacionada con los comerciantes de linos y piezas de lienzos), Odreros, Cabo Noval (que aúna en su recorrido los antiguos topónimos de Alcaicería de los Plateros, Batihojas y Sederos), Redes, Tintes, Toneleros y Plaza de Zurradores.
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Antonia Heredia señala como desde la segunda mitad del XVII y a lo largo de la centuria siguiente los gremios unidos de co- merciantes que congregaban a los artesanos con tienda abierta (entre los que destacaban especialmente el de la lencería) y a los mercaderes dedicados a la reventa, “se agrupaban preferentemente en torno a las parroquias de Santa María la Mayor (Catedral), San Salvador, San Isidoro, Santa Magdalena, Santa Catalina, San Idelfonso y San Pedro” (HEREDIA HERRERA, 1989). El panorama mercantil se completaba con un tercer colectivo: los comerciantes al por mayor. Estaba formado por nacionales y extranjeros excluidos del comercio colonial y que, por tanto, orientaban su actividad al mercado peninsular y al extranjero. Su reconocimiento diferenciado como organización lo fundamenta la citada autora en algunas alusiones indirec- tas por parte de otros colectivos y en la existencia de una “Diputación de comerciantes por mayor nacionales y extranjeros”, al menos, entre 1764 y 1808 (HEREDIA HERRERA, 1989: 68).
Otro elemento destacado a lo largo de todo este período es la presencia de una nutrida población de mercaderes extranjeros, que al reclamo de las posibilidades económicas que ofrecía el comercio se instalaron en la ciudad.
La existencia de poblaciones foráneas dedicadas a la actividad mercantil contaba, como se ha señalado, con an- tecedentes desde la baja Edad Media. Sin embargo, a partir del siglo XVI se intensifica su presencia, alcanzando durante el siglo XVII las mayores proporciones. Entre ellos, portugueses, flamencos y holandeses, genoveses, franceses e ingleses, muchos de los cuales fueron reconocidos como Cargadores a Indias, integrándose social y económicamente en la ciudad y alcanzando un destacado protagonismo, como demuestra el hecho de que fueran titulares de algunos puestos relevantes en el Consulado. La presencia de este colectivo extranjero en Sevilla ha dejado en la ciudad algunos ejemplos residenciales que aún perviven en su trama urbana: las casas- palacio de los Pinelo y de los Mañara.
Aunque desde el primer momento el comercio de Indias estuvo vedado a los extranjeros y a lo largo de este período no dejó de haber regulaciones que reafirmaban esta postura, siempre hubo vías de excepción que permitieron la participación extranjera, bien a través de licencias, bien gracias a naturalizaciones (matrimonios con españolas) o, de un modo indirecto, mediante los mercaderes locales, que actuaban como testaferros. Progresivamente el control y los dividendos del comercio colonial fue pasando a manos de los extranjeros, restringiéndose los beneficios locales que tampoco alcanzaron unas ganancias destacables con la exportación de los productos agrícolas que tenían asignados una cuota fija en las flotas que partían de la ciudad a través del “tercio de frutos de la tierra”, fundamentalmente vino, aceite y aguardiente (GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, 1997). Más allá de estos, en ningún momento la capital y su entorno fueron capaces de proporcionar una oferta de manufacturas para la demanda del nuevo continente, lo que propició el incremento paulatino de las extranjeras en el tráfico comercial.
Plaza de los Zurradorres. Autora: Isabel Dugo Cobacho.
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A lo largo de este período comienza a manifestarse otro rasgo consuetudinario de la actividad comercial sevillana: la escasa incidencia del comercio en el desarrollo de una burguesía mercantil activa, que tiende a asentarse e invertir los beneficios alcanzados en “bienes refugio”, principalmente inmuebles rústicos y urbanos. La continua renovación de los miembros matriculados en el consulado sevillano entre los siglos XVI y XVII (VILA VILAR, 1999) se debe al abandono de la actividad mercantil por parte de los comerciantes más exitosos.
Desde mediados del XVII, la dependencia de la actividad comercial del río como principal vía de transporte se haría patente con el deterioro de las condiciones de navegación que ocasionaron la designación del puerto de Cádiz como sede de la Cabecera de las Flotas de Indias a partir de 1680, proceso que culminaría con el traslado de la Casa de Contratación y el Consulado en 1717. Por ello, desde finales del siglo XVIII y a lo largo de buena parte del siglo XIX, a instancias del sector comercial de la ciudad, se llevaron a cabo diferentes iniciativas para el acondicionamiento hidráulico del tramo bajo del Guadalquivir (véase el apartado 5.2. Actividad portuaria).
Desde la segunda mitad del XVIII, en el contexto de las reformas borbónicas que tenían por objetivo recuperar el control del comercio de Indias e incentivar la producción de manufacturas nacionales, se plantean diversas solucio- nes como alternativa al sistema de flotas vigente, entre ellas, la fundación de compañías de comercio. En Sevilla, en 1747 se crea la Real Compañía de San Fernando, con el fin de participar en el comercio ultramarino, iniciativa que sin embargo no prosperó. Con el Decreto de Libre Comercio de 1778, se produce la apertura al tráfico colonial de otros puertos españoles, culminándose el monopolio que primero Sevilla y posteriormente Cádiz habían mantenido.
Por todo ello, en Sevilla, durante la segunda mitad del siglo XVIII y el primer tercio del XIX, la actividad mercantil exterior quedaría reducida en su mayor parte. Aún así, la ciudad siguió actuando como polo de atracción, propiciando el asentamien- to y establecimiento de nuevos emigrantes, siendo especialmente significativos los procedentes de la región cántabra que, aunque durante este período tuvieron como destino principal Cádiz y su entorno, también se asentaron en la ciudad ante las posibilidades que el comercio ultramarino aún ofrecía con la Nueva España en la segunda mitad del XVIII y con Cuba en la primera mitad del XIX. Nuevamente vuelve a aparecer en esos momentos entre la arquitectura civil sevillana otro ejemplo de propiedad residencial de un personaje vinculado al comercio ultramarino: la Casa-palacio del Pumarejo.
No sería hasta la segunda mitad del XIX cuando se consolide la reactivación del comercio exterior gracias a la apertura de nuevos mercados en países europeos (Francia e Inglaterra) y posteriormente, desde finales del XIX, en América del Norte (BERNAL RODRÍGUEZ, 1986). Este incremento general del tráfico comercial exportador será el desencadenante de las transformaciones de adecuación y ampliación de las infraestructuras portuarias de la ciudad (véase el apartado 5.2. Activi- dad portuaria). Igualmente, será en esta coyuntura económica, donde la burguesía mercantil juega un papel relativamente activo, cuando se inaugure la actual Cámara de Comercio, Industria y Navegación fruto del Real Decreto de 1886.
Un factor importante que incidió en este relanzamiento económico fue el impacto que en la economía local produjo la repatria- ción y el establecimiento de diferentes indianos como consecuencia del proceso de independencia de las colonias españolas en América. Antonio Florencio señala como siendo la mayoría de ellos naturales de la cornisa cantábrica encontraron facilida- des para su instalación en Sevilla por la presencia de familiares ya establecidos que facilitaban la reubicación. De este modo, convergieron en la ciudad dos flujos migratorios que compartían la misma ascendencia regional: el que desde la segunda mitad del XVIII tenía como destino Andalucía y el de los repatriados (FLORENCIO PUNTAS, 2012). Pero igualmente, a lo largo del siglo XIX se instalan en la ciudad diversos individuos pertenecientes a familias de comerciantes y empresarios de procedencia vasca o catalana, que junto a los indianos retornados van a constituir la nueva élite mercantil. Su disponibilidad de liquidez se refleja en sus estrategias inversoras, que además de dirigirse hacia la adquisición de bienes rústicos y urbanos –refugio tradicional de la burguesía comercial–, se diversifican con su participación, entre otros, en casas y sociedades comerciales, la fundación de compañías de navegación dedicadas al tráfico de pasajeros o a la exportación de productos agrícolas y mineros, así como su implicación en diversas iniciativas industriales locales en los sectores metalúrgicos y agroalimentario.
En cuanto al comercio destinado al abastecimiento local, a lo largo del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX se fue con- solidando en la ciudad un modelo de práctica comercial de tipo minorista circunscrita a determinados ramos económicos que apor- taron una fuerte identidad formal, social y cultural al paisaje histórico urbano. Hoy en día, reconocidos bajo la denominación común de comercio tradicional, se aglutinan bajo este epígrafe diferentes tipologías con precedentes históricos en la mayoría de los casos.